God knows

Minnie Louise Haskins lo escribió en 1908 y lo publicó en 1912 con el título «God knows». Dicen que era uno de los poemas favoritos de las dos Elizabeth: la Reina Madre y Elizabeth II.

«Y le dije al hombre que estaba a la puerta del año:

“Dame una luz para que pueda caminar con seguridad hacia lo desconocido”.

Y él respondió: “Sal a la oscuridad y pon tu mano en la Mano de Dios.

Eso será para ti mejor que la luz y más seguro que un camino conocido».

Así que salí y, encontrando la Mano de Dios, me adentré con alegría en la noche.

Y Él me condujo hacia las colinas y el amanecer en el solitario Este».

De la mano de Dios

Minnie Louise Haskins (1875-1957) nació en la localidad inglesa de Bitton (Gloucestershire), fue miembro de la Sociedad Misionera Metodista Wesleyana, de la London School of Economics and Political Science y misionera en Madrás.

Con el fin de recaudar fondos para una de las obras apostólicas y sociales en las que colaboraba, Minnie publicó, en 1912, bajo el título “The Desert”, un libro de poemas. En él figuraba uno, escrito en 1908, que llegó a alcanzar gran popularidad, porque el rey Jorge VI, padre de Isabel II, lo citó en su célebre discurso a la nación y al imperio en la Navidad de 1939, año en el que el Reino Unido entró en la Segunda Guerra Mundial: “God knows”.

Los versos recitados por el Rey fueron estos: «Y le dije al hombre que estaba a la puerta del año: /  “Dame una luz para que pueda caminar con seguridad hacia lo desconocido” / Y él respondió: “Sal a la oscuridad y pon tu mano en la Mano de Dios. / Eso será para ti mejor que la luz y más seguro que un camino conocido”».

Se dice que era el poema favorito de Isabel Bowes-Lyon, Reina Madre, y que fue ella quien lo dio a conocer a Jorge VI, su marido. En el libreto del oficio religioso (“Funeral of Her Majesty Queen Elizabeth, The Queen Mother”) celebrado en la abadía de Westminster cuando murió, en 2002,  aparece como colofón.

Y debió de haber sido evocado con frecuencia en la real Casa de Windsor, porque cuando se publicó un libro en honor de Isabel II, con motivo de su nonagésimo cumpleaños, en 2016, en el prólogo, firmado por la Reina misma, ésta pide, tanto a los editores como a los lectores, que mediten los arriba mencionados versos de Minnie Haskins.

El libro se titula “The Servant Queen and the King she serves” y en él se recogen fragmentos de discursos navideños pronunciados por Isabel II, en los que la Reina confiesa abiertamente su ferviente adhesión a Cristo, «ni un filósofo ni un general –aunque son importantes-, sino el Salvador, con poder de perdonar», y al Evangelio.

En el del año 2014 dijo: «Para mí, la vida de Jesucristo, Príncipe de la Paz, cuyo nacimiento celebramos hoy, es una inspiración y un ancla de mi vida. Es un modelo a seguir de reconciliación y perdón».

En el de 2002 declaró: «Sé cuánto confío en mi propia fe para conducirme en los buenos y malos momentos. Cada día es un nuevo comienzo. Sé que la única forma de vivir mi vida es tratar de hacer lo correcto, mirar a largo plazo, dar lo mejor de mí en todo lo que me depare el día y poner mi confianza en Dios. Como muchos de vosotros, que sacáis inspiración de vuestra propia fe, yo saco fuerzas del mensaje de esperanza del Evangelio cristiano».

Y en el de 2008 habló así a los oyentes: «Espero que, como yo, seáis confortados por el ejemplo de Jesús de Nazaret, quien, a menudo en circunstancias de gran adversidad, supo vivir una vida abierta, desinteresada y sacrificada. Millones de personas en todo el mundo continúan celebrando su nacimiento en Navidad, inspirados por su enseñanza, en la que deja claro que la felicidad y la satisfacción humanas genuinas radican más en dar que en recibir, más en servir que en ser servido».

Y es que Isabel II no manifestó nunca en público su parecer acerca de las más altas cuestiones de Estado, ni de los primeros ministros, ni de las políticas de sus gobiernos, ni de la economía, ni del parlamento, ni del Brexit, y esto ha sido considerado por todo el mundo como un rasgo definitorio de su modo de ejercer el reinado, pero hubo algo sobre lo que jamás extendió ese manto de admirado, aplaudido y regio silencio, sino que hablaba de ello, cuando se presentaba la ocasión, con libertad y convicción: su confianza en Dios y su fe en Cristo.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 11 de septiembre de 2022, p. 26

Elizabeth II y Cristo

En la Navidad del 2000, Elizabeth II, como cada año desde el inicio de su reinado, se dirigió a la nación en estos términos:

«La Navidad es el cumpleaños tradicional, si no el real, de un hombre que estaba destinado a cambiar el curso de nuestra historia. Y hoy estamos celebrando el hecho de que Jesucristo nació hace dos mil años; este es el verdadero aniversario del Milenio.

Los simples hechos de la vida de Jesús nos dan pocas pistas sobre la influencia que iba a tener en el mundo. De niño aprendió el oficio de carpintero. Luego se convirtió en predicador y reclutó a doce seguidores para que lo ayudaran.

Pero su ministerio solo duró unos pocos años y él mismo nunca escribió nada. Cuando tenía poco más de treinta años, fue arrestado, torturado y crucificado con dos criminales. Su muerte pudo haber sido el final de la historia, pero luego vino la resurrección y con ella el fundamento de la fe cristiana.

Incluso en nuestra era material, el impacto de la vida de Cristo está a nuestro alrededor. Si quieres ver una expresión de la fe cristiana, solo tienes que mirar nuestras imponentes catedrales y abadías, escuchar su música o mirar sus vidrieras, sus libros y sus cuadros.

Pero la verdadera medida de la influencia de Cristo no está sólo en la vida de los santos, sino también en las buenas obras realizadas silenciosamente por millones de hombres y mujeres día tras día a lo largo de los siglos.

Muchos se habrán sentido inspirados por la sencilla pero poderosa enseñanza de Jesús: ama a Dios y ama a tu prójimo como a ti mismo; en otras palabras, trata a los demás como te gustaría que te trataran a ti. Su gran énfasis fue dar a la espiritualidad un propósito práctico.

Ya sea que creamos en Dios o no, creo que la mayoría de nosotros tenemos un sentido de lo espiritual, ese reconocimiento de un significado y propósito más profundos en nuestras vidas, y creo que este sentido florece a pesar de las presiones de nuestro mundo.

Esta espiritualidad se puede ver en las enseñanzas de otras grandes religiones. Por supuesto que la religión puede dividir, pero la Biblia, el Corán y los textos sagrados de judíos e hindúes, budistas y sikhs, son fuentes de inspiración divina y guía práctica que se transmiten de generación en generación.

Para muchos de nosotros, nuestras creencias tienen una importancia fundamental. Para mí, las enseñanzas de Cristo y mi propia responsabilidad personal ante Dios proporcionan un marco en el que trato de llevar mi vida. Yo, como muchos de vosotros, he obtenido un gran consuelo en tiempos difíciles de las palabras y el ejemplo de Cristo.

Creo que el mensaje cristiano, en las palabras de una bendición familiar, sigue siendo profundamente importante para todos nosotros:

“Id en paz por el mundo,
tened buen ánimo,
retened lo bueno,
no devolváis a nadie mal por mal,
fortaleced a los pusilánimes,
sostén a los débiles,
ayuda a los afligidos,
honra a todos los hombres”.

Es un mensaje simple de compasión… y, sin embargo, tan poderoso como siempre hoy, dos mil años después del nacimiento de Cristo.»

Humildad

«Qualcuno, qui in Curia, mi ha definito una figura insignificante. Non è una scoperta. Io l’ho sempre saputo e Nostro Signore prima di me. Non sono stato io a voler diventare Papa. Io, come Albino Luciani, sono una ciabatta rotta, ma come Giovanni Paolo I è Dio che opera in me» (Giovanni Paolo I)

[Alguno, aquí en la Curia, me ha definido como una figura insignificante. No es un descubrimiento. Yo lo he sabido siempre y Nuestro Señor antes que yo. No he sido yo el que ha querido llegar a ser Papa. Yo, como Albino Luciani, soy una zapatilla rota, pero como Juan Pablo I es Dios quien obra en mí]

—–

«Stammi ancor vicino, Signore. Tieni la tua mano sul mio capo, ma fa che anch’io tenga il capo sotto la tua mano. Prendimi come sono, con i miei difetti, con i miei peccati, ma fammi diventare come tu desideri e come anch’io desidero»

[Estate junto a mí, Señor. Mantén tu mano sobre mi cabeza, pero haz que también yo mantenga mi cabeza bajo tu mano. Tómame como soy, con mis defectos, con mis pecados, pero haz que llegue a ser como deseas Tú y también yo]

Escudo cardenalicio de Albino Luciani

Karen Armstrong

En el diario «El Mundo» de hoy (4 de septiembre de 2022), Karen Armstrong, experta en el entendimiento entre las tres grandes religiones monoteístas, asesora de la ONU, miembro del grupo de expertos de la Alianza de Civilizaciones, Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales 2017 y ex monja de clausura, confiesa que no sabe que el Papa Francisco haya hablado sobre ecología y medio ambiente. Extraño, ¿no?

La serenidad del Patriarca

La inigualable Venecia es, en estos días, escenario de la “Mostra Internazionale d’Arte Cinematografica”, que, tras haber tenido un exitoso inicio en 1932, ha llegado, en el presente año, a su septuagésima novena edición.

Los galardonados recibirán una figurilla de un león, que es el símbolo del evangelista san Marcos y que la ciudad de los canales exhibe como emblema, con la leyenda: “Pax tibi, Marce, evangelista meus”. En el otro festival internacional de cine, el de Cannes, a los premiados se les entrega una palma, que es el emblema de la abadía cisterciense de Lérins.

Como puede apreciarse, lo de apropiarse de unos símbolos de origen cristiano, tratar de eliminar cualquier elemento que indique esa procedencia y desfigurarlos con nuevos diseños, hasta que, después de estropearlos, no se sepa qué son realmente, es un modo de proceder ya tipificado en la taxonomía de las ideologías resignificadoras. Solo que, al final, no logran que la desnaturalización cuele del todo, pues nunca ha de faltar quién haga cuanto esté en su mano para que no se olvide la matriz de proveniencia.

En Venecia, la obra verdaderamente monumental es la Basílica de San Marcos. No muy grande, en cuanto a la superficie del templo, pero magnífica en su conjunto. En la fachada de un edificio anejo a San Marcos hay dos placas en las que se rinde homenaje a dos patriarcas que moraron en él: Angelo Giuseppe Roncalli y Albino Luciani.

El primero salió para el cónclave romano en 1958 y ya se quedó a vivir en el Vaticano. Adoptó el nombre de Juan XXIII. Al segundo, en 1978, le sucedió lo mismo. Éste eligió el nombre de Juan Pablo I. El primero fue beatificado en 2000 y canonizado en 2014. El segundo será beatificado hoy.

De Albino Luciani se dice en la inscripción de la arriba mencionada lápida: «En esta sede patriarcal, el cardenal Albino Luciani vivió, gobernando su grey con bondad y operosa humildad, de 1970 a 1978, cuando, elegido Papa Juan Pablo I, durante treinta y tres días como Padre y Maestro universal abrió el camino hacia una nueva esperanza».

Aunque su pontificado romano fue breve («magis ostentus quam datus»), ni la Iglesia ni el mundo han podido olvidar su bondad y su humildad a lo largo de los cuarenta y cuatro años transcurridos desde su muerte. Y especialmente en las diócesis vénetas en las que ejerció su ministerio sacerdotal y episcopal. Fue precisamente su diócesis natal, Belluno, la que abrió, cuando debería haber sido el Vaticano el que la iniciase, la investigación sobre la vida, las virtudes y la fama de santidad de Albino Luciani.

De las cosas que he leído acerca de él, hay una que me ha parecido particularmente interesante y que da una idea de cómo era el amor que sentía por los sacerdotes. Y es ésta: A mediados de los años 70, un periodista le hizo una entrevista para una publicación local. Luciani era patriarca de Venecia. Y muchísimos sacerdotes abandonaban por entonces el ministerio. El periodista va y le pregunta:

«Patriarca serenísimo, ¿qué siente Usted ante los sacerdotes que fallan, caen o desean dejar el ministerio? ¿cómo se comporta Usted?». Y Luciani respondió: «¿Ve Usted esos vasos que hay sobre el aparador? ¿de quién son?». El periodista contestó: «Suyos, Eminencia». Prosiguió el patriarca: «Y si uno de esos vasos cae y se rompe, ¿de quién son los fragmentos?». «Siempre suyos, Eminencia», replicó el entrevistador. «Pues bien, los sacerdotes, arreglados o rotos, ¡son siempre míos!», concluyó Albino Luciani.

Y si esta conversación del patriarca con el periodista captó particularmente mi atención fue porque percibí, en esa serena actitud suya, un rasgo de Jesús, quien, en un momento de extremada dificultad, por parte de los apóstoles, para seguirlo, aun así dijo: «No he perdido a ninguno de los que me diste» (Juan 18,9). Y en esto, en lo de la unión con los sacerdotes, como en otras tantas cosas, Juan Pablo I quiso parecerse lo más posible a Cristo, como la Iglesia va a proclamar hoy, en el rito de beatificación, ante el mundo y los siglos.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 4 de septiembre de 2022, pp. 24-25

Pablo VI se despoja de su estola papal y se la impone a Albino Luciani en Venecia

Dos imprentas antiguas

He conocido, en este verano, dos lugares de especial referencia editorial:

1) El lugar del taller, en Vigo, en el que fueron impresos por primera vez, en 1863, «Cantares gallegos», de Rosalía de Castro (2 de agosto de 2022).

2) Y, en Venecia, el del gran impresor de caracteres griegos e inventor de la cursiva (itálica): Aldo Manuzio (1449-1515) (2 de septiembre de 2022).

Vigo

Venecia

El Espejo de la Iglesia (10): John Henry Newman

Pasado mañana será canonizado en Roma el cardenal John Henry Newman, figura colosal de la Iglesia en el siglo XIX y profeta de lo que iba a acaecer en el siglo XXI, pues, ya en 1873, advirtió que el cristianismo se adentraría en una etapa nueva en su historia, nunca experimentada anteriormente: la de vivir en un mundo simplemente irreligioso. El cristianismo, que en períodos pretéritos mantuvo tensiones y conflictos con otras religiones, no había llegado nunca a conocer un mundo privado totalmente de religión como ahora. Pero Newman ha indicado también la vía por la que se ha de transitar para que el encuentro entre la fe cristiana y la indiferencia religiosa no derive en un choque frontal, sino que discurra con serenidad y razonabilidad, y esa vía no es otra que la del coloquio respetuoso y honesto, que tiene lugar de tú a tú y de corazón a corazón.

(Jorge Juan Fernández Sangrador, en «El Espejo de la Iglesia», en Cope Asturias, 11 de octubre de 2019)

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