El Concilio de Trento definió, en 1546, el canon de los libros que constituyen la Biblia. Y, aunque ya está dogmáticamente cerrado, y no cabe incorporar otros nuevos, al lector nadie le quita de que se recree, en su interior, con la idea de que, al sostener en sus manos las hojas sabanales de un diario, está leyendo la página última de la Biblia, compuesta, durante la noche, en los talleres del periódico. No sólo lee, sino que escruta las noticias, para descubrir, en ellas, los trazos de la Historia de la Salvación, incoada en la aurora de los tiempos, antes de que existiese la escritura, y continuada en el hodierno fluir.
“Deja la actualidad, que se hace sola, y ve al presente, que te necesita”, escribió el poeta malagueño Álvaro García. Ahí es precisamente adonde, como lector de periódicos, he pretendido llegar: a la realidad profunda, humana y trascendente, que latita bajo la pátina de los titulares, a la eternidad como presente continuo, a ese hoy, que es, según la Biblia, inagotable, porque, en él, está Dios.
Dietrología y Sense-Making. He aquí los dos vocablos que expresan el propósito que he perseguido al asomarme diariamente al periódico, ente singular con múltiples cabeceras. En primer lugar, el de rastrear las páginas de arte, cultura, ciencia, tecnología, economía, espectáculos, deportes y opinión, tratando de identificar los topoi, los lugares comunes, los clichés de la época sobre la religión, ante los que un redactor, o un columnista, o un entrevistador sucumbe, acaso sin percatarse de que la hoja, además de ser una superficie de papel tintado, puede devenir “un espejo de íntimas cobardías”, como la memoria de Abulcásim, según Jorge Luis Borges en La busca de Averroes.
En este blog figuran los artículos que semanalmente he publicado en «La Nueva España» (Grupo Prensa Ibérica), diario que, según el Estudio General de Medios, ocupa el octavo puesto en el ranking de periódicos españoles de información general, con cerca de trescientos mil lectores diarios. Sus artículos de opinión se publican en otras catorce cabeceras pertenecientes a Prensa Ibérica, tanto en la Península como en las Islas Baleares y Canarias. De modo que si una columna, por su interés, aparece publicada simultáneamente en varios periódicos del grupo, la leerán un millón cuatrocientas setenta y seis mil personas.
No puedo aducir, como Blaise Pascal, que me han salido largos por la prisa o porque no he tenido todo el tiempo que se requería para hacerlos cortos. En absoluto. He dedicado muchas horas, especialmente de la noche, a reflexionar, escribir, contrastar, pulir, rehacer y concluir las tribunas. Y también del día, pues los temas, las ideas, los sinónimos, las conjunciones, la sintaxis, los extranjerismos, la onomástica, la toponimia y la bibliografía, no dejan de perseguir a uno en todo momento. Devienen inseparables del escritor.
Y que nadie piense que la faena queda plenamente rematada al pulsar la tecla del punto final. Los detalles, esos diablillos emboscados en la foresta de las sílabas, aguardan a que el escritor caiga exhausto tras el esfuerzo último para lanzarle a los ojos, cuando menos lo espere, las llamaradas oxhídricas de las erratas, inexactitudes o contradicciones. A veces, el susto es de muerte, y la zozobra en la que se agita la voluntad, antes de enviar el texto a la rotativa, puede ser dramática.
Sin embargo, como escribió Vladimir Nabokov, “en la ciencia y en el arte no hay placer sin detalles”. Y es esta delectación en las menudencias, los datos, los vocablos y lo inusual, en la que la prolijidad, si es que la hubiere, halla cierta justificación. Al tintar las páginas del periódico con los argumentos semanalmente expuestos, he pensado en aquellos lectores que no se conforman con rastrear titulares, sino en los que encuentran deleite en la metafísica, el pensamiento laborioso, la cruz del concepto, el verbo desacostumbrado, el dato histórico desconocido, la muestra de arte difícilmente comprensible, la cita del libro que nunca han leído, la mención del autor que han frecuentado poco y, en definitiva, en el artículo largo. Al fin y al cabo, en un templo, el fuste de la columna puede ser bien del talle de una sílfide, bien del perímetro inabarcable de las de Dídima.
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