«Esforzaos en entrar por la puerta estrecha, pues os digo que muchos intentarán entrar y no podrán. Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta diciendo: “Señor, ábrenos”; pero él os dirá: “No sé quiénes sois”»(Lucas 13,24-25)
La puerta «estrecha» del convento de san Pedro de Alcántara en El Palancar (Cáceres).
La escritora asturiana Carmen Gómez Ojea (1945-2022) acaba de fallecer y ha dejado un legado literario que ronda la treintena de títulos. Recibió a lo largo de su carrera varios premios, de entre los que destaca el Nadal, y le fueron concedidas afectuosas distinciones con las que se pretendía otorgarle el reconocimiento que, a juicio de la crítica, merecía.
En las entrevistas que le hicieron en vida siempre dejó claro que no quería ser otra que no fuera lo que ya era: ama de casa. «Cocino muy requetebién y lo mismo hago un espléndido plato chino que una fabada», declaró en cierta ocasión. Ama de casa, sí, pero que «dedica tres horas diarias, desde la nueve a las doce de la noche, a escribir como una máquina».
Cuando leí esto me acordé de que Carmen Laforet (1921-2004), también ama de casa y premio Nadal, escribía, debido a sus obligaciones familiares durante el día, de cinco a ocho de la mañana. Y María Moliner (1900-1981), autora del “Diccionario de uso del español”, se levantaba también a las cinco de la mañana y hacía fichas de palabras. Hasta que llegaba el momento de preparar desayunos. Seguidamente se ocupaba de las labores del hogar e iba a trabajar a una biblioteca.
«Trapero del tiempo». Así es como se autodefinía Gregorio Marañón (1887-1960), cuya altura profesional, intelectual y literaria lo condujo a ser miembro de varias Reales Academias. A las siete de la mañana atendía la correspondencia, pasaba a limpio las anotaciones del día anterior y ordenaba fichas. A eso de las nueve y media se entregaba al cumplimiento de sus deberes como médico.
Para él, una jornada no se contabilizaba por horas, sino por minutos. Alguien me contó en cierta ocasión que Marañón era un as aprovechando, para escribir, el tiempo que distaba entre el momento en el que le avisaban de que la comida estaba lista sobre la mesa y el de alzarse de la silla frente al escritorio.
Se ve que en ese instante entre el pensar que ya hay que ir a comer e ir decididamente a comer se puede iniciar, proseguir o concluir la redacción de un libro. Virginia Woolf (1882-1941) refiere, en su “Diario” (5 de enero de 1939), que dio principio a uno de los suyos en «los últimos cinco minutos antes del almuerzo».
Marañón leía, después de la cena, hasta las dos de la mañana. Se acostaba tarde. Como el Papa Pablo VI (1897-1978). Solo que éste se levantaba un poco más temprano: a las seis de la mañana. Celebraba la Misa, recitaba la Liturgia de las Horas, rezaba las oraciones y hacía la meditación. Después desayunaba y leía los periódicos.
A las nueve menos cuarto repasaba el plan de audiencias del día, que daban comienzo a las diez. Almorzaba a la una y media. Luego, oración, descanso y lectura. Por la tarde, a trabajar. Hasta la hora de la cena. A las nueve y media de la noche volvía al despacho para seguir con la tarea. Paraba a las once para rezar Completas. Se despedía de los colaboradores: «Buenas noches. Dios os bendiga. Gracias por todo». Y se dirigía nuevamente al despacho para sumirse, hasta las dos, en la lectura de papeles de todo tipo, que subrayaba y glosaba. Los discursos solía escribirlos él mismo. Son buenísimos.
De modo que el que diga que no emprende, redacta y concluye una tesina, una tesis, un ensayo, una novela, un artículo o un discurso, porque no dispone de tiempo, verá que, si lo piensa un poco, hay, a lo largo del día y de la noche, diminutos espacios de tiempo, que duran lo que un semáforo en rojo, en los que se puede llegar a construir, de diez en diez líneas, una inmensa obra literaria.
Jorge Juan Fernández Sangrador
La Nueva España, domingo 21 de agosto de 2022, p. 28
Giovanni Battista Montini (Pablo VI) de joven. Y escritor desde siempre.
En un espacio culturalmente «top», el de los Masaveu, en la Feria Internacional de Muestras de Gijón, hay una sala en la que se le rinde homenaje al padre de la genética: el sacerdote agustino Gregor Mendel (1822-1884). Clérigo, científico y el que propuso las primeras leyes de la herencia, de las que ahora todo el mundo bebe. Si es que lo que ha hecho la Iglesia por la ciencia es impagable e inabarcable.
En hebreo שְׁוָא (léase sheva o shevá) son dos puntos verticales que se colocan debajo de una letra. Bien se pronuncia como una «e», bien no se pronuncia. Son los dos puntos en rojo:
La lingüística internacional lo ha adoptado para indicar una vocal indistinta, un sonido entre «a»/»e»/»o». Se representa como una «e» al revés o como un «6» visto en un espejo.
En Italia hay quien pretende que se use en los finales de las palabras escritas como un signo inclusivo.
A ver lo que tarda en llegar a España. Aunque aquí ya se emplea la «arroba» (¿o es el «arroba»?).
Y todavía hay quién le pregunta a uno con desdén para qué sirve estudiar hebreo.
En la carta que Jacques Maritain dirigió a Victoria Ocampo, con fecha 13 de noviembre de 1936, el filósofo francés le comenta:
«Querida amiga,
Su carta nos esperaba en Meudon.
Gracias por habernos escrito sobre Don Orione; es un gesto [de amistad] hacia nosotros habernos hecho saber enseguida que estuvo en su misa con Michaux. ¿Lo ha vuelto a ver?
Encuentro en él [en Don Orione] una fuerza espiritual profunda, una humildad y una generosidad que me hace creer que es un santo. Se parece a un viejo cura que conocimos, al que llamaban el cura de los traperos, y al que mucho debemos y al que queríamos tiernamente. Parecía, puede ser, más dulce que Don Orione: era también de origen campesino. Siempre veía ángeles y santos, y había en él una delicadeza y grandeza maravillosas. Le enviaré un pequeño libro que recoge sus conversaciones.
¿Sabe lo que Don Orione le ha dicho a Bourdieu acerca de mí? Que me agradecía especialmente haber asistido al congreso del PEN Club.»
La carta prosigue con otros asuntos: llegada a Meudon, regreso de Gide desde Rusia, etc.
En: Victoria Ocampo – Jacques Maritain, No sé rezar. Cartas y otros textos 1936-1943. Prólogo, introducción, estudios y selección: María Laura Picón. Investigación, traducción y notas: Juan Javier Negri (Editorial Sur- Buenos Aires 2021) pp. 112-113.
Juan Antonio Bourdieu (1892-1984), abogado, poeta y escritor argentino, fue uno de los fundadores de los Cursos de Cultura Católica.
En la carta que Victoria Ocampo dirige a Jacques y Raïssa Maritain, con fecha 17 de octubre de 1936, la escritora argentina les comenta, según leo en la recopilación No sé rezar:
«Queridos amigos:
Esta mañana a las ocho, Michaux y yo fuimos a escuchar la misa (Don Orione). Me parece que fue la primera vez que escuché una misa auténtica, no a las apuradas, balbuceada o mascullada. Fue emocionante.
Luego de la misa no fui a hablar con Don Orione porque no habría sabido qué decirle. Lo que uno siente en él es la fe (yo no siento amor en él) [«en casa» está agregado en el original]. Pero tengo la impresión de que me resultaría difícil comunicarme con él… o más bien que no me comunicaría, porque sólo hablé con él un instante en el barco el día que ustedes partieron.
Siempre vuelvo a Gandhi. Estoy más conmovida por ese hombre, incluyendo el recuerdo de su existencia y de sus menores palabras, que por todo lo demás. Me acerca, más intensamente, a eso que se parece a la fe.
Esta carta llegará a París antes que ustedes. Y me gustaría que les diera la bienvenida diciéndoles lo que no pude decirles o les dije mal: mi gratitud y mi alegría por haberlos conocido.
Victoria Ocampo»
En: Victoria Ocampo – Jacques Maritain, No sé rezar. Cartas y otros textos 1936-1943. Prólogo, introducción, estudios y selección: María Laura Picón. Investigación, traducción y notas: Juan Javier Negri (Editorial Sur) Buenos Aires, 2021, pp. 108-111.
Henri Michaux (1899-1984) fue un poeta y pintor de origen belga y de nacionalidad francesa.
“No sé rezar” es el título que María Laura Picón, con Juan Javier Negri, ha dado al libro en el que ha recopilado las cartas que la escritora argentina Victoria Ocampo y el filósofo francés Jacques Maritain (1882-1973) se enviaron entre 1936 y 1943.
El carteo comenzó a partir de la estancia del matrimonio Maritain-Oumançoff en Argentina, a donde viajaron, en 1936, para participar en el XIV Congreso de los PEN Clubs y en los Cursos de Cultura Católica.
Victoria Ocampo (1890-1979) nació en una familia acaudalada de aquel país. Es imposible reducir a cinco líneas su vida y su obra. Baste recordar aquí que fue la fundadora de la revista y editorial “Sur”.
Siempre leí con interés todo lo relativo a Victoria y he visitado su tumba en el cementerio bonaerense de “La Recoleta”. De ahí el que, en cuanto vi que había sido publicado el libro, deseé hacerme con él, pues su correspondiente epistolar, Jacques Maritain, fue figura destacada de la intelectualidad católica del siglo XX. El Papa Pablo VI lo apreciaba muchísimo.
Para conseguir un ejemplar, trayéndolo de Buenos Aires a Oviedo, tuve que recurrir a unos amigos, a quienes les doy las gracias por haberme procurado ese compendio de cartas, que leí de un tirón.
Fue en una misiva a Maritain, enviada en septiembre de 1936, en donde Victoria escribió la confesión que da título a la obra: «Lo he escuchado ayer por primera vez. Si usted pudiera captar la atención de los católicos como ha logrado captar la mía, si puede hacerse oír entre ellos como lo ha hecho conmigo, nada me habría alejado de ellos. No sé rezar. Pero me gustaría que alguien rezara para que los católicos [tales como los que conozco] se conviertan a sus palabras, ya que las que están en el Evangelio les parecen ser [hoy por hoy] incomprensibles».
Victoria Ocampo había descubierto en Maritain al interlocutor con el que podía compartir las más profundas inquietudes de su alma. Jacques provenía de una familia protestante; Raïssa Oumançoff (1883-1960), su esposa, de una judía. Los dos, conversos al catolicismo, encontraron en el Evangelio, en el Credo, en el Magisterio doctrinal y moral de la Iglesia Católica, y en la “Summa” de santo Tomás de Aquino, la Verdad que, juntos, buscaban apasionadamente.
Eran tantas las personas, anhelantes de infinito, que acudían a las reuniones que se organizaban en su casa o a visitarlos, para conversar con ellos, que su vivienda en Meudon llegó a ser el más importante espacio de encuentro de personalidades en búsqueda de la verdad en la Europa del siglo XX: pintores, escritores, músicos y filósofos. La mayoría, famosos. Fueron muchos los que se convirtieron, gracias a aquellos coloquios con el matrimonio, a la fe católica.
La correspondencia entre Jacques Maritain y Victoria Ocampo es, además, una muestra de cómo esa irradiación de la Verdad, desde el pensamiento, la cultura, el arte y la palabra, brilló en América, de mano de Jacques y de Raïssa, con no menor resplandor que en Europa, logrando despabilar, con el rigor, la autenticidad, la seriedad, la coherencia y la afabilidad que distinguían a ambos, cuanto había de ansias de luz, de plenitud y de eternidad en los espíritus indómitos de allende el Atlántico, como el de Victoria Ocampo, y dirigirlos hacia Dios.
Jorge Juan Fernández Sangrador
La Nueva España, domingo 14 de agosto de 2022, p. 27
Por la foto parece que sí. El dueño del Real Oviedo, Jesús Martínez, le ha enseñado a Xuan Fernández, periodista de La Nueva España, las 40 hectáreas de la ciudad deportiva de Pachuca (Hidalgo), en Méjico: 11 campos de fútbol, una residencia de estudiantes, una universidad, un hospital, …
En el reportaje de cuatro páginas de La Nueva España (31 de julio de 2022) se habla al detalle de todo lo que hay en ese emporio. Por demás. Hasta de una mesa de tenis en un vestuario. De la iglesia, si es que la hay, ni mención.
Durante la visita a Covadonga del otro día (11 de agosto de 2022), Jesús Martínez lo explicó y manifestó su intención de crear una capilla para el Real Oviedo:
Esos actos denominados «prometer el cargo» son suplantaciones de los que, con carácter religioso, se realizan ante un Crucifijo y una Biblia. El formato es similar, solo que sin núcleo.
Y como tratan de parecerse a los ritos religiosos, porque no hay inventiva para crear otros que sean absolutamente laicos, pues son eso: actos pseudorreligiosos.
Poner la mano sobre una página con una enumeración de artículos de lo que sea, incluidos los de la Constitución, y decir «prometo» es como ponerla sobre los estatutos de una fundación cualquiera y decir «prometo». No existe contraprestación moral alguna. Si quieren, pueden ponerla también sobre el prospecto del Ibuprofeno, porque vale lo mismo: nada.