Nada de torres

A 5 de diciembre de 1725 los regidores de Oviedo «son noticiosos que el Colegio de la Compañía pretende hacer y fabricar ciertas obras sobre las paredes de su Yglesia, fronteando con la plaza pública y casas de la Ciudad en que viven los Regentes y se dice que dicha fábrica es para hacer dos torres levantadas sobre las paredes de dicho frontispicio lo cual si se ejecutase es en gravísimo perjuicio de la plaza pública y casas referidas y otras de las calles de esta Ciudad y de sus vecinos y lo sombrío que queda dicha plaza y las dichas casas de a dicha Ciudad aonde habitan los señores rexentes sin luz ni sol».

Así se lee en un documento del Archivo del Ayuntamiento de Oviedo. Las autoridades civiles no querían que se levantasen las torres de la Iglesia de San Matías (hoy San Isidoro). Decían que les iban a quitar el sol. Ponían palos en las ruedas a los jesuitas en cuanto se les presentaba la ocasión.

Así que edificaron la que estaba junto al colegio; la otra, seguramente la dejaron sin construir para no buscarse enemistades y problemas con los vecinos de ese lado de la plaza. Y si, además, andaban mal de dinero, un quebradero menos de cabeza. Yo nunca creí que los jesuitas, que jamás hicieron a medias los proyectos y las tareas que debían acometer, renunciaran a ella solamente por falta de dinero, visto todo lo que lograron levantar ahí a pesar de las dificultades que tuvieron que vencer.

Si la hubieran construido, habrían dejado mal al ayuntamiento, que tiene una torre, raquítica, y a las iglesias de alrededor, que tienen todas una sola torre, incluida la catedral. Habría quedado patente así su superioridad respecto a las instituciones civiles y religiosas de Vetusta, a las que Clarín, feligrés de la parroquia, caricaturizó magistralmente en «La Regenta».

Cuarenta años después de este affaire que recojo, los expulsaron de España. ¿Razón? Por listos, libres y eficientes. Pero nada, peor para España; los quiso, sin embargo, Catalina la Grande en Rusia. Por algo era Grande.

Stijn Lansdaal

Era diciembre de 2023 cuando se celebró la que todos creían que sería la última misa en la iglesia dedicada a San Lamberto de Maastricht, en Haren, un pequeño pueblo de la provincia holandesa de Brabante Septentrional.

Para este espléndido edificio sagrado, construido en 1867, un ejemplo del florecimiento de la arquitectura católica en los Países Bajos tras la restauración de la jerarquía episcopal en 1853, el destino de muchas otras iglesias del país parecía cernirse sobre ella: debido a la disminución del número de fieles y a los limitados recursos financieros de la parroquia, sería vendida.

Un empresario local ya había planeado transformarla en un centro de fisioterapia, y la venta parecía un hecho. Pero el acuerdo fracasó, y a principios de 2025, la iglesia fue adquirida por Stijn Lansdaal, un programador de 22 años, creador de BloedCheckup.nl, una plataforma digital para reservar análisis clínicos.

De acuerdo con la diócesis y la parroquia, pretende mantenerla como lugar de culto. Donde parecía destinado a construirse un centro de salud, ahora jóvenes de la zona acuden a rezar juntos, algunos en discernimiento vocacional. El objetivo, según declaró el nuevo propietario al periódico Brabants Dagblad, es devolverle su vitalidad y atractivo espiritual.

Stijn Lansdaal no recibió educación católica. Fue bautizado el 19 de mayo de 2024. Forma parte del muy comentado grupo de nuevos conversos en Francia, donde el fenómeno ha alcanzado proporciones sorprendentes, pero que también afecta, en distintos grados, a Bélgica y los Países Bajos. En los Países Bajos, 630 adultos se convirtieron al catolicismo en 2024, frente a los 455 del año anterior: casi un 40 % más. La historia de Stijn es un ejemplo espectacular.

La colección Mena Sánchez

En Espinosa de los Monteros, por donde desciende el río Trueba, en Burgos, los hermanos Mena Sánchez han habilitado un antiguo hotel para exponer algunas de las obras (unas 100) de su colección particular (unas 500).

La generosidad que estos dos hermanos, Enrique y Nieves, han tenido para, primero, honrar la memoria de sus padres, y, segundo, crear un museo en ese hermoso unpueblo castellano, a expensas de su patrimonio particular, para poner a disposición del público de toda España el conjunto de obras (Picasso, Dalí, Miró, Tapies, Guayasamin, Barjola, Guinovart,….) que adquirieron durante tres décadas, merece, no sólo el reconocimiento y la gratitud de todos, sino que ser ensalzado como un referente de cómo, cuando hay voluntad y convicciones, se puede crear algo grande y perdurable, como es esta colección y el edificio que la alberga.

Gracias, pues, Enrique y a Nieves, y enhorabuena, Espinosa de los Monteros.

Los Padres Hispanos y la Biblia

Los escritores cristianos de Hispania, al igual que otros autores eclesiásticos de la antigüedad, compusieron, a partir del siglo IV, tratados en los que se proponían comentar la Sagrada Escritura. Este legado literario y teológico ha llegado a constituirse en un rico fondo patrimonial que puede, con todo derecho, ser contado entre los capítulos importantes de la historia de la exégesis bíblica.

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Hispania, que el apóstol Pablo esperaba visitar (Romanos 15,24), se incorporó plenamente a la historia de la literatura cristiana a partir del siglo IV. Aunque existen alusiones a ella en escritos del siglo II, habrá que esperar al III para tener noticia de unas cartas dirigidas a la iglesia africana por cristianos de las comunidades de León, Astorga, Mérida y Zaragoza, tal como da a entender Cipriano de Cartago en la que él, junto con otros obispos, les envía en correspondencia (Epístola 67). El texto de la misiva hispana no se conserva.

Poco más tarde, con motivo de la persecución de Valeriano, murieron el obispo de Tarragona, Fructuoso, y los diáconos Augurio y Eulogio. Su acta martirial es el primer escrito hagiográfico de la península ibérica, al que, años después, en tiempos de Diocleciano, se sumará el de Vicente, diácono de Zaragoza. Ahora bien, teniendo en cuenta las discusiones de carácter crítico que existen respecto al valor histórico, al tiempo de composición o al género literario de estas passiones, al hablar de literatura cristiana propiamente dicha nos referimos a la que se generó como resultado de la reflexión bíblica o teológica, de la actividad poética y también de la epistolar.

El objetivo de este artículo es presentar sucintamente las obras que han sido redactadas en suelo hispano con el propósito de desarrollar una línea de pensamiento a partir de unos enunciados bíblicos antepuestos a modo de título. El uso de la Sagrada Escritura no ha quedado reducido sólo a los tratados que aquí se enuncian, pues, con motivo de la controversia arriana o la priscilianista, por ejemplo, son empleados con frecuencia versículos bíblicos que fortalecen el discurso dogmático. Lo mismo ocurre en las epístolas, escritas a variados destinatarios, y en la producción poética. Llegaremos hasta el tiempo de Isidoro de Sevilla.

El primer tratado sobre un argumento bíblico, atribuido a un escritor cristiano de la antigüedad hispana, fue De interpretatione vestium sacerdotalium quae sunt in Veteri Testamento de Osio (256 ca. – 357/358 ca.). La noticia es referida por Isidoro de Sevilla en De viris illustribus 1, en donde alaba al autor, obispo de Córdoba, y sus cualidades literarias; el texto, sin embargo, no ha llegado hasta nosotros.

En otro De viris illustribus 84, esta vez el de San Jerónimo, se dice que Juvenco “compuso cuatro libros …: casi a la letra los cuatro evangelios en versos hexámetros”. En efecto, este autor hispano escribió, hacia el año 330, Evangeliorum libri IV. La obra, a la que se da también el nombre de Historia evangelica, trata, en cuatro libros y 3.200 versos, de la vida de Jesús. Aunque, posteriormente, haya habido, como es el caso del igualmente hispano Aurelio Prudencio Clemente, mejores versificadores que Juvenco, éste es el primer poeta cristiano de occidente.

En cambio, el primer escritor hispano en prosa del que se pueden leer en la actualidad algunas obras es Potamio, obispo de Lisboa (fl. en la segunda mitad del siglo IV). Desde el siglo XVIII se le adjudican dos homilías, que anteriormente se pensaba podían ser de Zenón de VeronaDe Lazaro (también atribuida a Juan Crisóstomo) y De martyrio Esaiae prophetae. La primera describe la muerte y resurrección de Lázaro; la segunda, la muerte del profeta Isaías. Ésta se inspira en el apócrifo Ascensión de Isaías 63.

Mas será Gregorio de Elvira el primero que se dedique a comentar en toda regla libros y pasajes de la Sagrada Escritura. A finales del siglo IV, Jerónimo cuenta, en De viris illustribus 105, que Gregorio, bético y obispo de Elvira, escribió diversos tratados y un libro sobre la fe. Aún vivía por entonces. Tras haber realizado un detenido estudio de diferentes manuscritos se ha llegado a establecer que Gregorio de Elvira es el primer comentarista en occidente del libro bíblico Cantar de los Cantares. El título de su obra es In canticum canticorum libri quinque, o también Tractatus V de epithalamio. Hace teología a base de alegorías y a partir de un edición bíblica prejeronimiana del Cantar sumamente apreciada por los especialistas en critica textus del Antiguo Testamento copiado en latín.

De entre las obras asignadas a Gregorio de Elvira hay una en torno a la cual ha corrido tinta abundante antes de determinar quién ha sido su autor: Tractatus Origenis de libris Sacrarum Scripturarum. Al final parece que es el obispo de Elvira, aunque no todos lo den por bueno. De los veinte tratados sobre la Sagrada Escritura, sólo el último está dedicado a comentar pasajes del Antiguo Testamento; los seis primeros versan sobre Génesis; el siete, ocho y nueve sobre Éxodo; el décimo, sobre Levítico; el once, sobre Números; el doce, sobre Josué; el trece y catorce, sobre Jueces; el quince, sobre Reyes; el dieciséis, sobre Isaías; el diecisiete, sobre Ezequiel; el dieciocho, sobre Daniel; el diecinueve, sobre Zacarías.

También se cree que son de Gregorio de Elvira otras cuatro obras con títulos bíblicos: De Archa Noe, que es un tratado sobre la Iglesia a partir de varios pasajes sobre Noé y la construcción del arca; Expositio Origenis de Psalmo nonagesimo primo, en que se comenta el principio y el final del salmo noventa y uno, que es donde el autor halla una referencia alegórica a Cristo y a la Iglesia; Fragmentum tractatus in Genesin (3,22), sobre el pecado de Adán, sobre la encarnación de Cristo y la deificación del hombre; Item de eiusdem senis tractatibus in Genesin, en el que parece comentar Génesis15,9-11, sobre la cabra partida antes de establecer la alianza abrahámica.

Entre las obras dudosas de Gregorio de Elvira se cuentan: Fragmenta in Ecclesiasten, en que se comentan Eclesiastés 3,2 y 3,6, aplicados al nacimiento y muerte de Cristo, el primer versículo; a su pasión y encarnación, el segundo; De Salomone, en que, tomando como referencia Proverbios 30,19, se construye un tratado de cristología y eclesiología; De diversis generis leprarum, en que se interpretan alegóricamente los pasajes del Levítico sobre la lepra, lo que sirve al autor para mostrar la variedad y gravedad del pecado, así como los medios para remediar sus efectos; De duobus filiis frugi et lujurioso, que versa sobre la parábola del hijo pródigo.

Prisciliano (340/345 ca. en adelante) es conocido, además de por lo que deja entrever acerca de sí mismo en sus tratados, también por lo que Sulpicio Severo (Crónica II,46), Jerónimo (De viris illustribus 121; Epístola 133,3-4; In Isaiam 64) e Isidoro de Sevilla (De viris illustribus 2) cuentan de él. Obispo de Ávila, es autor de varios tratados. Con el III (De fide et apocryphis) se inicia una serie de consideraciones hechas desde la Biblia o sobre ésta: Tractatus Paschae (IV), Tractatus Genesis (V), Tractatus Exodi (VI), Tractatus primi psalmi (VII), Tractatus psalmi tertii (VIII), Tractatus ad populum I(IX, es probablemente un comentario al salmo 14), Tractatus ad populum II (X, es una reflexión sobre el salmo 59). El último, Benedictio super fideles (XI), que es de tipo litúrgico, aunque también de carácter bíblico-teológico, no es sin embargo como los anteriores.

Entre los opúsculos que Jerónimo atribuye a Prisciliano se cuentan los cánones, que han llegado hasta nosotros retocados por el obispo PeregrinoCanones in Pauli Apostoli epistulas. La obra es la primera sistematización que se ha llevado a cabo de la teología paulina y la primera división que se ha realizado para poder manejar con mayor facilidad el texto bíblico. Aunque los críticos literarios se hallan divididos, algunos atribuyen a Prisciliano unos prólogos monarquianos a los evangelios, atribuidos también a Jerónimo.

Peregrino, mencionado en el párrafo anterior, anterior a Isidoro de Sevilla y posterior a Jerónimo, y supuestamente obispo español de la segunda mitad del siglo V, puso un prólogo a los cánones de Prisciliano -que corrigió- sobre las epístolas de Pablo. Debió de realizar además una edición completa de la Vulgata.

Si Dámaso (papa en el año 366) es español, tenemos en él al gran promotor de la traducción latina de la Vulgata.

Aurelio Prudencio Clemente (nacido en el año 348). En el Dittochaeum se hallan escenas del Antiguo y Nuevo Testamento destinadas a surtir de motivos bíblicos a los pintores.

A finales del siglo IV, Egeria, si es hispana, opinión que no todo el mundo comparte, emprendió un viaje a oriente, a los Santos Lugares, legando a la posteridad, en un Itinerario, una valiosísima fuente documental para el conocimiento del mundo bíblico y de la antigüedad cristiana. También a finales del siglo IV, en el año 398, Lucinio Bético introdujo la Vulgata en España (ver la Epístola 75 de San Jerónimo).

Dictinio, hijo de Simposio, obispo de Astorga, y luego obispo él también de esta diócesis, seguidor de las tesis priscilianistas, escribió un tratado, Libra, que aún se leía en el año 447 y que fue condenado en el año 561 por el concilio I de Braga. Se trata de una suma moral inspirada, según algunos autores, en la obra apócrifa Passio Thomae.

Avito, presbítero de Braga, vivió en Jerusalén en el año 409. Indujo a un tal Luciano a que pusiera por escrito las visiones que éste había tenido acerca del lugar en que se hallaba sepultado el cuerpo del protomártir Esteban. Él mismo tradujo, para los cristianos bracarenses, la carta escrita por Luciano a todas las iglesias: Epistula de revelatione corporis Stephani. En el año 460, la emperatriz Eudoxia construyó una basílica para venerar dichos restos y en ese lugar se alza actualmente l’École Biblique et Arquéologique Française (PL 41,807-18). Hay, no obstante, tres Avitos, dos de los cuales traen a Hispania el pensamiento de Victorino (¿de Pettau?) y de Orígenes, con el correspondiente uso, tanto en un caso como en el otro, de la Sagrada Escritura.

Eutropio, un presbítero del que se dice que ejerció su ministerio a principios del siglo V en el nordeste de Hispania, escribió, entre otros, un tratado en el que explicaba el rito judío de la circuncisión, interpretado alegóricamente: De vera circumcisione.

Severo, obispo de Menorca, es el primer escritor eclesiástico balear. En el año 417 escribió la Epistula ad omnem ecclesiam, en la que consideraba el recurso a la Sagrada Escritura como el mejor medio para que los judíos de Mahón se convirtieran al cristianismo.

Toribio, obispo de Astorga (445 ca.) escribió una carta a Hidacio de Chaves y a Ceponio (Epistola ad Hidatium et Ceponium) en la que daba cuenta de los libros apócrifos que leían los priscilianistas: Hechos de Santo TomásHechos de San AndrésHechos de San JuanMemoria de los Apóstoles (PL 54,694). A Ceponio se atribuye De fabula Phaetontis, sobre la caída de Luzbel, y el Hexameron, sive de sex dierum opificio, sobre el Génesis y en hexámetros.

Ya en el siglo VI, Apringio, obispo pacense (¿Pax Julia = Beja de Portugal?, ¿Pax Augusta = Badajoz de España?), escribió Tractatus in Apocalypsin, que constituye una muestra representativa de la exégesis hispana de ese siglo y de la defensa de la fe católica frente al arrianismo, así como merecedora de grandes elogios por parte de Isidoro de Sevilla.

Justo de Urgel, promovido al episcopado en el año 517, escribió In Cantica Canticorum explicatio mystica, un comentario alegórico, verso a verso, del Cantar de los Cantares, con abundante doctrina cristológica, eclesiológica, mariológica y ascética.

Finalmente, Isidoro de Sevilla (560 ca. – 636), considerado por muchos como el último de los Padres de la Iglesia en occidente, escribió, entre otras obras, algunas de tema bíblico: In libros veteris et novi Testamenti proemia, en que se tratan cuestiones relativas al contenido, finalidad y autores de los libros de la Biblia; se ofrece además una lista de los que componen el canon escriturario (véase también Etimologías VI); De ortu et obitu Patrum describe 86 personajes del Antiguo (64) y Nuevo Testamento (22), de Adán a los Macabeos, de Zacarías a Tito; Liber numerorum, en el que se ofrecen interpretaciones místicas de los números que se contienen en la Sagrada Escritura; Allegoriae quaedam sacrae Scripturae, en que se explican teológicamente los nombres de 127 personajes del Antiguo Testamento y 119 del Nuevo; De fide catholica ex veteri et novo Testamento contra judaeos libri duo, en el que, a petición de su hermana Florentina, hace uso de pasajes bíblicos para explicar la fe católica; Mysticorum expositiones sacramentorum seu quaestiones in vetus Testamentum versan sobre los acontecimientos más importantes referidos en el Antiguo Testamento e interpretados alegóricamente a la luz del Nuevo.Como puede apreciarse, la contribución de los autores cristianos hispanos a la historia de la exégesis bíblica no es en absoluto desdeñable. Isidoro de Sevilla ha sido el último de los autores seleccionados, pero aún puede proseguirse la indagación entre otros escritores que no sólo han redactado comentarios a la Sagrada Escritura sino que emprendieron iniciativas que habrían de contribuir notablemente a un mayor conocimiento y a una más amplia difusión de la Palabra de Dios, pero que, por razones editoriales, ha de quedar emplazada para un próximo artículo.

Jorge Juan Fernández Sangrador, «Los Padres Hispanos y la Biblia», en: Fernández Sangrador, J.J. (coord.), Los Padres Latinos y la Biblia. Reseña Bíblica, 55 (Estella: Verbo Divino 2007) 49-55.

La Misa de Tigre Juan

Herminia nunca salía, sino los domingos, a misa. Le empavorecía la calle; exhibirse a la publica mirada reprobatoria, remover y soliviantar comentarios de difamación, menosprecio y burla. grosera. Según caminaba, abatida la cabeza el velillo tapándole el rostro, se figuraba ser una basura, expuesta en mitad del arroyo, que todo el mundo escupía o pisoteaba con la intención. No los sentía tanti por ella como por Tigre Juan. A Tigre Juan, por el contrario, le hubiera gustado sacar a lucir a su mujer muy a menudo, altaneramente y en son de desafío a la maledicencia calumniosa.

En un principio, Herminia declaró que no saldría ni a misa, como no fuese la de alba. Tigre Juan le respetó ese antojo. Pero, más tarde, obligó, como marido, a Herminia a ir con él a misa de doce a San Isidoro, la más concurrida de todo Pilares (Oviedo). Llevaba a su mujer del brazo, pausado y majestuoso el andar, los riñones muy hundidos, y en correspondiente proporción sacado el pecho afuera, tenso y enhiesto el pescuezo hasta su máxima longitud de más de un palmo, y al cabo de él, como en El Hierro de na lanza, clavada la cabeza, rotunda e implacable, desparramando en torno belicosas ojeadas.

(Ramón Pérez de Ayala”, en “El curandero de su honra”. Segunda parte de “Tigre Juan”, coda)

La procesión de Vetusta

Una hora antes de obscurecer salió la procesión del Entierro de la iglesia de San Isidro (San Isidoro El Real)

-«¡Ya llega, ya llega!» -murmuraban los socios del Casino apiñados en los balcones, codeándose, pisándose, estrujándose, los músculos del cuello en tensión, por el afán de ver mejor el extraño espectáculo, de contemplar a su sabor a la dama hermosa, a la perla de Vetusta, rodeada de curas y monagos, a pie y descalza, vestida de nazareno, ni más ni menos que el señor Vinagre, el cruelísimo maestro de escuela.

Como una ola de admiración precedía al fúnebre cortejo; antes de llegar la procesión a una calle, ya se sabía en ella, por las apretadas filas de las aceras, por la muchedumbre asomada a ventanas y balcones que «la Regenta venía guapísima, pálida, como la Virgen a cuyos pies caminaba». No se hablaba de otra cosa, no se pensaba en otra cosa. Cristo tendido en su lecho, bajo cristales, su Madre de negro, atravesada por siete espadas, que venía detrás, no merecían la atención del pueblo devoto; se esperaba a la Regenta, se la devoraba con los ojos…

(…)

Hombre era, y muy hombre, el maestro de escuela Vinagre, don Belisario, que se disfrazaba de Nazareno en tan solemne día, según costumbre inveterada y era el más terrible Herodes de primeras letras los demás días del año. Todos los chiquillos de su escuela, que le aborrecían de corazón, se agolpaban en calles, plazas y balcones, a ver pasar al señor maestro, con su cruz de cartón al hombro y su corona de espinas al natural, que le pinchaban efectivamente, como se conocía por el movimiento de las cejas y la expresión dolorosa de las arrugas de la frente. Deseaban los muchachos cordialmente que aquellas espinas le atravesasen el cráneo. El entierro de Cristo era la venganza de toda la escuela.  Vinagre, en su afán de mortificar a cuantas generaciones pasaban por su mano, se gozaba en lastimar a la suya, en su propia persona. Pero no sólo el prurito de darse tormento como a cada hijo de vecino, le había inspirado aquella diablura de coronarse de espinas y dar un gustazo a los recentales de su rebaño pedagógico, sino que era gran parte en aquella exhibición anual la pícara vanidad. El saber que una vez al año, él, Vinagre, don Belisario, era objeto de la espectación general, le llenaba el alma de gloria. Nadie se había atrevido a seguir su ejemplo; él era el único Nazareno de la población y gozaba de este privilegio tranquilamente muchos años hacía.

(…)

Allí iba la Regenta, a la derecha de Vinagre, un paso más adelante, a los pies de la Virgen enlutada, detrás de la urna de Jesús muerto. También Ana parecía de madera pintada; su palidez era como un barniz. Sus ojos no veían. A cada paso creía caer sin sentido. Sentía en los pies, que pisaban las piedras y el lodo un calor doloroso; cuidaba de que no asomasen debajo de la túnica morada; pero a veces se veían. Aquellos pies desnudos eran para ella la desnudez de todo el cuerpo y de toda el alma. «¡Ella era una loca que había caído en una especie de prostitución singular!; no sabía por qué, pero pensaba que después de aquel paseo a la vergüenza ya no había honor en su casa. Allí iba la tonta, la literata, Jorge Sandio, la mística, la fatua, la loca, la loca sin vergüenza». Ni un solo pensamiento de piedad vino en su ayuda en todo el camino. El pensamiento no le daba más que vinagre en aquel calvario de su recato. Hasta recordaba textos de Fray Luis de León en la Perfecta Casada, que, según ella, condenaban lo que estaba haciendo. «Me cegó la vanidad, no la piedad, pensaba». «Yo también soy cómica, soy lo que mi marido». Si alguna vez se atrevía a mirar hacia atrás, a la Virgen, sentía hielo en el alma. «La Madre de Jesús no la miraba, no hacía caso de ella; pensaba en su dolor cierto; ella, María, iba allí porque delante llevaba a su Hijo muerto, pero Ana, ¿a qué iba?…».

(Clarin, en “La Regenta”, cap. XXVI)

La boda de Tigre Juan y Herminia

El día de la boda, Tigre Juan se atavió a lo señor: chistera, levita, pantalones largos y botas de elástico. Doña Iluminada era de parecer, en su fuero íntimo, que la máscara terrible y el traje popular le sentaban mejor que la carátula grotesca y los arreos de petimetre. Quizás Herminia coincidía en la opinión de la viuda.

En el vestido de la novia Tigre Juan no quiso intervenir, salvo un pequeño detalle. El tránsito fugaz de la generala y sus hijas le había evocado una costumbre oriental: la de reducir el pie de la mujer en cárcel estrecha, como signo visible de la vida vegetativa y en clausura. Quiso él elegir los zapatos que llevase Herminia a la iglesia: tres números más pequeños de los que usualmente calzaba.

Por la mortificación intolerable del calzado, Herminia caminaba tambaleándose, con gesto de Dolorosa sobre andas. Contrastaban la satisfacción enfática de Tigre Juan y la concentración desolada de Herminia en una acorde discordante, vivo y romántico, de tragicomedia.

Asistieron a la ceremonia los veinticinco asilados del Colegio de Sordomudos y Ciegos, con don Sincerato a la cabeza. Todos eran desmedrados, voluminosa la cabeza; hacían muecas y visajes ridículos, como bufones enanos.

La boda se celebró al mediodía, en el templo de San Isidoro. Tigre Juan, deshecho de emoción, apenas pudo pronunciar el “sí “. Herminia, en cambio, respondió con un “sí quiero” arrogante, como si aceptase un reto. Después de la misa, los invitados fueron en carricoches a comer al merendero de Buenavista.

(Ramón Pérez de Ayala, en “El curandero de su honra”. Segunda parte de “Tigre Juan”)

Centro Cultural Católico «Santa Ana»

San Felipe Neri (1515-1595), fundador del Oratorio, fue el inspirador de los oratorios parroquiales de Italia, de los oratorios festivos de los salesianos y de los centros culturales católicos que existen en todo el mundo.

¿Qué son los centros culturales católicos? Son organismos eclesiales erigidos para estimular la creatividad cristiana, establecer relaciones con la universidad, analizar los fenómenos culturales más significativos, proponer una visión del hombre y de la sociedad abierta a Dios, dar a conocer la historia, las tradiciones y las costumbres locales; organizar ciclos de conferencias o exposiciones y publicar materiales de variada índole.

Para coordinar estos foros de encuentro, creatividad y belleza, se ha de constituir, en cada iglesia particular, el consejo diocesano de la cultura. En la diócesis de Oviedo, la Vicaría de Cultura y de Relaciones Institucionales cumple esa función de coordinación, mediación e impulso pastoral y evangelizador en el ámbito de la cultura.

El cuadro de san Felipe Neri en la sede de la Vicaría de Cultura sirve para recordar que la fundación del Centro Cultural «Santa Ana», en Oviedo, es un proyecto de arraigada tradición en la Iglesia y que precisa del optimismo, jovialidad, convicción y apertura que se mantenía ardiente en el corazón de este gran santo del Humanismo y entusiasta apóstol de los jóvenes.

El Cristo del Pasadizo (Catedral de Oviedo)

Algo la serenó instantáneamente: la lámpara alumbraba la imagen de un Ecce Homo colocado en una especie de hornacina poco profunda. Era un bajorrelieve del tamaño de un cuadro de habitación. Sobre el marco, apenas perceptible, se destacaban las manos de Jesús atadas con una cuerda de esparto. La expresión de su rostro era tan dulce, tan dolorida, que Lena olvidó su miedo y trató de sonreírle con ternura. 

-No te apures -le dijo, con la naturalidad con la que le hablaba siempre-. Yo desataré tus manos y te haré compañía. No tengas miedo a las sombras.

Le pareció que el Cristo crecía en su cuadro, que se acercaba a ella. Los dedos temblorosos de la muchacha acariciaron las atadas manos del Ecce Homo. Entonces se dio cuenta de que la imagen permanecía en su sitio, en su natural tamaño, y era ella la que se había acercado a Jesús y, puesta sobre las puntas de los pies, lograba alcanzarlo. De cualquier modo, aquella compañía le resultaba grata y disipaba su miedo.

Debajo del Ecce Homo, iluminada apenas por la vacilante llama de la lámpara, había colgada una tabla de madera carcomida. Difícilmente podía leerse la inscripción, casi borrada por la pátina del tiempo. Lena fue deletreándola con gran esfuerzo: «Tú que pasas, mírame… Contempla un poco mis llagas… y verás cuán mal me pagas… la sangre que derramé».

Volvió a levantar los ojos hacia la imagen y le pareció que aquella sangre se mantenía aún fresca sobre su rostro. En verdad, ella le había pagado mal aquella sangre derramada por la redención de los hombres.

Sugestionada por el lugar, por la penumbra, en gran parte actuando bajo la excitación nerviosa que la escena del claustro le había producido, sintió que las rodillas se doblaban dóciles y, postrada sobre las losas, deshizo en llanto la angustia que la oprimía. Unos sollozos nerviosos la sacudían con violencia, pero aquella descarga le hizo bien. Y se fue tranquilizando.

Acabó por sentirse invadida por una sensación dulce, una sensación nueva para ella… Su espíritu se aquietaba, y allí, a los pies de la imagen del Cristo del pasadizo, empezaba a disfrutar una paz hasta entonces desconocida.

Dolores Medio, Nosotros, los Rivero (Oviedo, 1953), capítulo 17.

Museo de la Iglesia de Asturias (Oviedo)