San Felipe Neri (1515-1595), fundador del Oratorio, fue el inspirador de los oratorios parroquiales de Italia, de los oratorios festivos de los salesianos y de los centros culturales católicos que existen en todo el mundo.
¿Qué son los centros culturales católicos? Son organismos eclesiales erigidos para estimular la creatividad cristiana, establecer relaciones con la universidad, analizar los fenómenos culturales más significativos, proponer una visión del hombre y de la sociedad abierta a Dios, dar a conocer la historia, las tradiciones y las costumbres locales; organizar ciclos de conferencias o exposiciones y publicar materiales de variada índole.
Para coordinar estos foros de encuentro, creatividad y belleza, se ha de constituir, en cada iglesia particular, el consejo diocesano de la cultura. En la diócesis de Oviedo, la Vicaría de Cultura y de Relaciones Institucionales cumple esa función de coordinación, mediación e impulso pastoral y evangelizador en el ámbito de la cultura.
El cuadro de san Felipe Neri en la sede de la Vicaría de Cultura sirve para recordar que la fundación del Centro Cultural «Santa Ana», en Oviedo, es un proyecto de arraigada tradición en la Iglesia y que precisa del optimismo, jovialidad, convicción y apertura que se mantenía ardiente en el corazón de este gran santo del Humanismo y entusiasta apóstol de los jóvenes.
Algo la serenó instantáneamente: la lámpara alumbraba la imagen de un Ecce Homo colocado en una especie de hornacina poco profunda. Era un bajorrelieve del tamaño de un cuadro de habitación. Sobre el marco, apenas perceptible, se destacaban las manos de Jesús atadas con una cuerda de esparto. La expresión de su rostro era tan dulce, tan dolorida, que Lena olvidó su miedo y trató de sonreírle con ternura.
-No te apures -le dijo, con la naturalidad con la que le hablaba siempre-. Yo desataré tus manos y te haré compañía. No tengas miedo a las sombras.
Le pareció que el Cristo crecía en su cuadro, que se acercaba a ella. Los dedos temblorosos de la muchacha acariciaron las atadas manos del Ecce Homo. Entonces se dio cuenta de que la imagen permanecía en su sitio, en su natural tamaño, y era ella la que se había acercado a Jesús y, puesta sobre las puntas de los pies, lograba alcanzarlo. De cualquier modo, aquella compañía le resultaba grata y disipaba su miedo.
Debajo del Ecce Homo, iluminada apenas por la vacilante llama de la lámpara, había colgada una tabla de madera carcomida. Difícilmente podía leerse la inscripción, casi borrada por la pátina del tiempo. Lena fue deletreándola con gran esfuerzo: «Tú que pasas, mírame… Contempla un poco mis llagas… y verás cuán mal me pagas… la sangre que derramé».
Volvió a levantar los ojos hacia la imagen y le pareció que aquella sangre se mantenía aún fresca sobre su rostro. En verdad, ella le había pagado mal aquella sangre derramada por la redención de los hombres.
Sugestionada por el lugar, por la penumbra, en gran parte actuando bajo la excitación nerviosa que la escena del claustro le había producido, sintió que las rodillas se doblaban dóciles y, postrada sobre las losas, deshizo en llanto la angustia que la oprimía. Unos sollozos nerviosos la sacudían con violencia, pero aquella descarga le hizo bien. Y se fue tranquilizando.
Acabó por sentirse invadida por una sensación dulce, una sensación nueva para ella… Su espíritu se aquietaba, y allí, a los pies de la imagen del Cristo del pasadizo, empezaba a disfrutar una paz hasta entonces desconocida.
Dolores Medio, Nosotros, los Rivero (Oviedo, 1953), capítulo 17.
Tú eres ágora, centro, corazón de la Ciudad. Tú eres la que haces de ésta, día a día, hora a hora, minuto a minuto, Ciudad de Dios.
Dicen que eres oscura. ¿Oscura? Eres el templo que deseaba Salomón: «El Señor puso el sol en los cielos, mas ha decidido habitar en densa nube» (1 Reyes 8,12).
Tú, que eres «Ecclesia mercatorum», señalas con el índice de tu torre hacia el cielo y traes a éste al mundo de las relaciones, los afanes y el progreso de las gentes que se mueven arrebujadas bajo la excelsitud de tu magnificencia en el Fontán.
Tú y yo, desposados, rezaremos día y noche por ellos y por toda la Ciudad.
Un sugerente exposición sobre las raíces bíblicas de la obra de Pablo Picasso está a punto de ser clausurada. El texto introductorio de la exposición, mostrando el itinerario religioso del pintor, desde su infancia y con sus crisis, está muy bien hecho. Han publicado, además, un magnífico catálogo.
Hombre (1958)
Cristo en el sepulcro adorado por los ángeles (1896)
Hoy, la tentación de ganar popularidad avivando el fuego de las polarizaciones parece crecer, en lugar de disminuir; la dignidad humana no deja de ser violada. Por eso necesitamos cultura, interioridad, una educación libre y de calidad, necesitamos trascendencia.
Es necesario, sobre todo por parte de quienes tienen responsabilidades económicas, políticas e institucionales, dar un salto cualitativo, un cambio de rumbo en las inversiones destinadas a la escuela, la universidad y la investigación, a las comunidades locales y a la sociedad civil como semillero de participación y mediación cultural.
En este hermoso país es imposible no admirar la huella de creatividad que atraviesa su historia y da forma a su identidad. Una hermosura visible en sus ciudades, en sus calles, sus monumentos, en las plazas y jardines, en sus universidades e iglesias, en la música, la pintura, la danza, en su gastronomía. Aquí se percibe también el alma de las generaciones que transformaron el paisaje y le dieron un rostro propio, y eso nos revela en cada trazo la inteligencia y la voluntad que residen en el alma humana.
Nuestra sociedad, en efecto, posee una extraordinaria capacidad para producir, innovar y comunicar, sin embargo, parece que todavía necesitamos aprender a custodiar el alma de aquello que esta genera.
En el ADN de la humanidad está radicado el deseo de bien, de belleza, de verdad; y es a partir de esa aspiración profundamente humana y de nuestra experiencia plurisecular, que la Iglesia propone caminos para una vida digna y el bien común.
Ella (la Iglesia) no puede desentenderse de la cultura, porque a través de ella, el hombre en cuanto hombre “es” más.
Y justamente porque “cultura” evoca “cultivo”, como sugiere la raíz etimológica que ambos términos comparten, estamos llamados a preguntarnos qué es lo que hoy sembramos, qué es lo que florece y qué se marchita silenciosamente en nuestra sociedad; qué valores estamos preservando y cuáles estamos dejando morir. Son preguntas profundas, necesarias y que no pueden ser ignoradas.
Tejer redes significa crear juntos. «La fe ―afirmó el Papa Benedicto XVI- es amor y por ello crea poesía y crea música. La fe es alegría y por ello crea belleza». Todos hemos experimentado algo hermoso, tanto que nos cambió interiormente: una canción, un poema, una iglesia silenciosa, una voz, una mirada, incluso un partido de baloncesto vivido con amigos.
No es extraño entonces que la proclamación de la Buena Nueva y la conciencia de sabernos hermanos se exprese con forma de saeta en una Semana Santa, de poesía mística, de maestría literaria en autores como Lope de Vega, santa Teresa de Jesús o san Juan de la Cruz, Calderón de la Barca, o en la prosa serena de santo Tomás de Aquino, de quien hemos heredado los hermosos himnos del Corpus Christi, que celebramos hoy. Todo ello muestra el vínculo entre lo material y lo espiritual que constituye nuestra existencia.
Os invito a ser hilos nuevos para tejer redes nuevas que armonicen todos los ámbitos de la vida, para entramar una sociedad renovada en donde el tiempo se impregne de eternidad, la cultura custodie la memoria y favorezca el diálogo, la educación promueva la búsqueda de la verdad con espíritu crítico, el arte despierte asombro y genere emociones nobles, la empresa reconozca la dignidad de la persona y el trabajo siga siendo motor de esperanza.
Para acompañar a otros a descubrir la belleza de nuestra fe, recordad que ninguno de nosotros nació siendo maestro y que, ante el Señor, todos somos discípulos.
En comunidad, en los grupos de jóvenes, en la familia, podemos todos aprender lo que es la belleza de nuestra fe.
Viéndoos, queridos jóvenes, llenos de este entusiasmo motivado por la fe, me ilusiona pensar en la capacidad que tenéis de testimoniar a Cristo en el mundo, incluida la realidad digital, para comunicar los valores y la belleza del Evangelio.
España posee una memoria particularmente rica. Su identidad geográfica y política se ha ido entretejiendo con una historia en la que la fe y la razón, el arte y el derecho, la tradicióny el pensamiento han sabido encontrarse fecundamente. En sus catedrales y universidades, en su literatura inmortal, en sus instituciones jurídicas y en el ánimo mismo de su pueblo, permanece viva una herencia que ha dado forma a un modo de vivir la libertad, practicar la justicia y ordenar la vida común.
Hoy, los nuevos mundos que se abren ante nosotros ya no se dibujan en los mapas: se despliegan en la técnica, en la economía, en la biomedicina y en el universo digital, donde el poder humano alcanza ámbitos cada vez más delicados de la vida personal y social.
El mundo atraviesa una profunda crisis espiritual y cultural, que se manifiesta en múltiples formas de violencia, polarización y desconfianza recíproca.
Dentro de las propias sociedades es urgente construir una cultura de la reciprocidad.
(La paz) se instaura y se protege también a través del lenguaje. Las palabras pueden abrir caminos o cerrarlos; pueden iluminar la realidad o deformarla hasta hacer imposible el encuentro. Quienes ejercen una responsabilidad pública tienen, por eso, una especial obligación de custodiar la palabra para «desarmar el lenguaje». La firmeza no exige desprecio; la discrepancia no conlleva humillación.
(España) cuenta con una lengua que une continentes; una tradición cultural, jurídica y espiritual que ha sabido poner en diálogo fe y razón, derecho y conciencia, unidad y pluralidad. Esta experiencia histórica recuerda también el valor de la concordia y del esfuerzo paciente por construir una convivencia pacífica y justa. Que esta noble nación jamás pierda la memoria de sus raíces ni la audacia de mirar al futuro. Que España continúe siendo tierra de encuentro, de cultura, de solidaridad y de esperanza. Y que su vida pública sepa unir siempre la firmeza de las convicciones con la nobleza del diálogo y la grandeza del servicio.
Cómo no recordar aquí el inmenso patrimonio cristiano de vuestra tierra, la enorme capacidad de convocatoria que esa riqueza nos proporciona: con su belleza, que llega hasta el no creyente, o con los vínculos de pertenencia que ha sido capaz de tejer en la identidad espiritual de cada rincón de este amado pueblo, y que permanece presente incluso en los momentos en que su fe vacila. Un enorme desafío, ciertamente, al que estamos llamados a responder con valentía, para que este patrimonio produzca los frutos de los que es capaz.
La imagen de Cristo se deja reconocer en el mosaico vivo de la Iglesia, donde muchas teselas, sin confundirse, convergen para manifestar la belleza del único Señor.
Cantar es una necesidad que impregna la convivencia e interpela la cultura, la incita a permanecer abierta y en constante evolución.
Cada vez se hace más patente la especificidad de la misión cristiana en el seno de las grandes realidades urbanas, donde «una cultura inédita late y se elabora».
En las grandes ciudades, más que en otros lugares, a veces nos parece que ya no tenemos los mapas para movernos con seguridad. Entonces hay que volver a aprender el arte espiritual de ser cordiales, sin el cual incluso el anuncio del Evangelio corre el riesgo de convertirse en una repetición impersonal y, al perder eficacia, deja espacio a la frustración y la desconfianza.
Invito a los presbíteros a reconocer la práctica del discernimiento comunitario como una de las mayores oportunidades que la sinodalidad ofrece a su ministerio. Queridos hermanos, sin apartaros de lo esencial, el hecho de deteneros regularmente con vuestro pueblo para interpretar la vida de los barrios, los cambios culturales, las tensiones sociales y las prácticas eclesiales a la luz del Evangelio enriquecerá y consolará vuestro ministerio.
Hay momentos de oscuridad y de sufrimiento que nuestra sociedad hace callar, porque precisamente algunos modelos culturales nos quieren siempre vencedores y perfectos y, por eso, el límite, la fragilidad y el dolor deben ser eliminados, o confinados al silencio ensordecedor de la soledad o incluso de la vergüenza. Y, en estos momentos, podemos pensar instintivamente que también Dios nos haya abandonado. Pero la cruz de Jesús nos dice que Dios no nos abandona.
Las solemnes procesiones de este día han plasmado durante siglos la piedad, el arte, la música, la arquitectura y la vida del pueblo español y, todavía hoy, expresan y manifiestan el sentimiento espiritual de este país también a través de la belleza y la elegancia de las alfombras florales, de los altares en las calles, del cuidado de las custodias y de los expositores, de los cantos y de los ornamentos. No se trata de una manifestación exterior, de una supervivencia folclórica o de un simple adorno estético: aquí se trata de la fe en la presencia del Señor Resucitado, que está vivo y sigue pasando en medio de nosotros, que se hace pan para nuestra hambre de vida y visita los rincones de nuestro corazón y de nuestra historia, también los más oscuros.
He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe de la que beber también hoy.
Es precisamente la fe la que da forma a las piedras y sentido al edificio que habitamos juntos. En nuestra oración descubrimos, por tanto, el vínculo originario de las cosas con Dios, creador del cielo y de la tierra: Él es el artista que ha impreso su esplendor en el cosmos. Creado a su imagen, el hombre responde a la obra de Dios con su propio ingenio: así es como el artista convierte el talento en alabanza y la creatividad en testimonio del mismo Creador. Como arquitecto ardiente de fe, el venerable Antoni Gaudí concibió estos espacios con el deseo de narrar los misterios de la vida del Señor: de este modo nos ha propuesto una peregrinación espiritual, que conduce al encuentro con Cristo nacido, muerto y resucitado por nosotros. Junto con Gaudí, de quien conmemoramos el centenario de su muerte, recordamos y damos las gracias esta tarde a todos los promotores y benefactores, a los artistas y a los trabajadores que cooperan en la construcción de una obra maestra arquitectónica, que es también una elocuente catequesis hecha de piedras, colores y luz. En su sabiduría, la Iglesia renueva así la Biblia pauperum de las antiguas catedrales, que son en sí mismas mensajes de evangelización de gran riqueza. En este tiempo de la imagen, resulta aún más evidente cómo el arte y la belleza son eminentes canales de evangelización.
Entre el de Juan de Mesa, en la catedral de la Almudena, y el que han puesto en el altar de Cibeles para la Misa del Papa, me quedo con el crucifijo de la Almudena.
La piedra con la que se construyeron la Catedral, los monumentos Prerrománicos y buena parte del patrimonio histórico de Oviedo acaba de recibir uno de los mayores reconocimientos internacionales que puede obtener un material geológico. La caliza de Piedramuelle ha sido declarada Piedra de Patrimonio Mundial por la Unión Internacional de Ciencias Geológicas (IUGS), una distinción reservada a rocas que han desempeñado un papel relevante en la historia arquitectónica y cultural de diferentes lugares del planeta. El reconocimiento incorpora a la capital asturiana a un reducido catálogo internacional y añade un nuevo argumento al valor patrimonial de la ciudad.
La declaración es oficial desde este año y llega después de varios años de trabajo de investigadores de la Universidad de Oviedo y de la empresa GEA Asesoría Geológica, que han estudiado la composición, el comportamiento y la evolución de los materiales utilizados en algunos de los edificios más representativos del concejo. «Es algo así como la ONU de los geólogos», resume Víctor Cárdenes, investigador de la institución académica asturiana.
La IUGS, a través de una de sus subcomisiones científicas, se encarga de identificar y proteger piedras que forman parte del patrimonio histórico de la humanidad. Actualmente, apenas unas ochenta rocas cuentan con esta consideración en todo el mundo, una lista en la que figuran materiales empleados en monumentos y conjuntos arquitectónicos de relevancia internacional.
La presencia de la caliza de Piedramuelle en Oviedo resulta difícil de separar de la propia imagen de la ciudad. Su tonalidad característica puede apreciarse en la Catedral de San Salvador y en numerosos edificios históricos del casco antiguo. Sólo unas ochenta rocas de todo el mundo cuentan con el reconocimiento que logran ahora las joyas ovetenses del Prerrománico, como Santa María del Naranco o San Miguel de Lillo. Durante siglos ha sido uno de los principales materiales de construcción del entorno ovetense y ha contribuido a definir una estética urbana fácilmente reconocible.
«Pone en relieve la arquitectura y la geología de las piedras de Oviedo y les otorga un papel cultural y social muy importante», señala Cárdenes. Porque la distinción no reconoce únicamente las propiedades de una roca, sino también la relación que un territorio ha mantenido con ella a lo largo del tiempo. En el caso de la capital asturiana, la caliza de Piedramuelle forma parte de algunos de sus principales símbolos monumentales y de buena parte de su patrimonio construido.
El reconocimiento tiene además una vertiente divulgativa. Según explican los investigadores, la inclusión en este catálogo internacional ayudará a dar a conocer fuera de Asturias el origen geológico de muchos de los edificios más representativos de Oviedo y favorecerá futuras iniciativas de conservación y estudio. «La piedra forma parte de nuestra memoria y de nuestro patrimonio colectivo», sostiene el geólogo.
La caliza de Piedramuelle comparte ahora distinción con materiales empleados en enclaves tan conocidos como el Taj Mahal o edificios históricos vinculados al Vaticano. Un reconocimiento que sitúa a Oviedo en una red internacional de ciudades cuya historia arquitectónica está estrechamente ligada a la piedra con la que fueron construidas.
La declaración llega además en un momento especialmente significativo para la capital asturiana, inmersa en la carrera por convertirse en Capital Europea de la Cultura en 2031. La ciudad suma así un nuevo elemento para reforzar el valor de su patrimonio histórico y cultural. «Es otro motivo más para presumir de riqueza histórica, cultural y artística», afirma Cárdenes.
Oviedo gana también una nueva forma de explicar su pasado. La de una ciudad cuya imagen monumental, desde la Catedral hasta el Prerrománico, no puede entenderse sin la piedra extraída durante siglos de las canteras de Piedramuelle. Una roca local que acaba de obtener un reconocimiento de alcance mundial.
Mario Canteli, en el diario La Nueva España (3 de junio de 2026)
La fotografía es de la Iglesia de Santa Maria del Naranco
Fueron construidas con caliza de Piedramuelle también en Oviedo:
León XIV en «Magnifica Humanitas», 213, nos recuerda este pensamiento de Tolkien puesto en boca de uno de sus personajes:
«No nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que está en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir, extirpando el mal en los campos que conocemos, y dejando a los que vendrán después una tierra limpia para la labranza».
(J.R.R. Tolkien, El señor de los anillos, III: El retorno del rey, Barcelona 1991, 194)
Encuentro con representantes de asociaciones del Camino de Santiago en Asturias para ver cómo mejorar la atención a los peregrinos a la tumba de Santiago Apóstol.