Belleza y afasia del catolicismo

Joseph Weiler sostiene que la paz en nuestro continente fue posible, después de la Segunda Guerra Mundial, gracias a que, entre los padres de la actual Unión Europea, se hallaban católicos como Robert Schuman, Alcide de Gasperi, Jean Monnet o Konrad Adenauer.

¿Y cuáles fueron los principios que, fundados en el Evangelio y en la Doctrina Social de la Iglesia, los adalides de confesión católica instilaron en la construcción de la nueva Europa? Pues dos esencialmente cristianos: el perdón y la redención. Sobre estos dos pilares se levantó la Europa de postguerra.

Como se recordará, Joseph Weiler, constitucionalista y experto en derecho comunitario, es judío practicante y un decidido defensor del cristianismo y un valiente reivindicador de la importancia que éste ha tenido en la fragua de la democracia, en la creación del Estado de derecho y en el que los derechos humanos sean preservados y defendidos en toda sociedad que desee llevar el sello de moderna, justa y avanzada.

Otro judío, el literato Abraham Yehoshua (1936-2022), agnóstico, calificado como escritor de izquierdas y con varias obras traducidas al español, se preguntaba por qué los católicos se están haciendo oír tan poco en un mundo globalizado, en el que las religiones están creciendo exponencialmente, en contra de lo que nos quieren hacer creer los irreligiosos creadores de opinión que militan en ideologías contrarias a cualquier modalidad de fe en la existencia de Dios, creador, providente y salvador.

Este judío israelí escribió mucho sobre las relaciones entre judaísmo e islam, preocupado por la tensión que existe entre esas dos confesiones religiosas en Israel, que, según él, no dejan de crecer y de hacerse más fuertes. Mas no así el cristianismo, y, en particular, el catolicismo.

«Dudáis en poner al catolicismo, la belleza del catolicismo, los valores del catolicismo, o del cristianismo en general, sobre la mesa del Nuevo mundo, como partner de una confrontación con las otras religiones. Los cristianos son los más tímidos a la hora de levantar la voz en un mundo en el que las otras dos religiones monoteístas, judaísmo e islam, están siendo cada vez más fuertes», comentó Abraham Yehoshua en cierta ocasión ante el auditorio católico que acudió a una conferencia suya pronunciada en una iglesia de Italia.

¿Y todo esto por qué? «Veis a la Iglesia como un museo y no como un lugar desde el que podéis trasmitir energía e ideas. No soy católico ni cristiano, pero opino que la voz del cristianismo es muy débil», añadió. Y que esto lo diga un no católico da que pensar. Y no será porque los representantes de la Iglesia no dejen de hablar sin parar, pero se ve que sirve de poco, como ha puesto de manifiesto, en el caso de los sacerdotes católicos, el último Estudio sobre “Confianza en la Sociedad Española” de la Fundación BBVA. La confianza depositada tradicionalmente por la sociedad española en los curas ha decaído notable, significativa y preocupantemente.

A ver si va a ser porque no se muestran convincentemente compenetrados e identificados con «ese algo más» del que habla Joseph Weiler: «la santidad y la sacralidad», características denotativas de una religión acreditada ante el mundo como verdadera, libre, profética, servicial, seductora y constructiva. Es preciso decir, con todo, que todavía salen peor parados, en la encuesta realizada por la Fundación BBVA, los políticos y los youtubers, aunque lo de saber que se está solo un poquito por encima de estos dos grupos tampoco es que sirva de gran consuelo.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 11 de diciembre de 2022, p. 27

Basilica Santa Maria Maggiore in Città Alta de Bergamo

La Navidad de Pedro de Silva

Pedro de Silva ha publicado hoy en La Nueva España (6 de diciembre de 2022) esta breve reflexión con el título «¿Natividad sin nacimiento?«:

«Las Navidades tienen hoy un contenido un tanto ecléctico, pero el núcleo de su relato es el nacimiento de Cristo, y la mayor parte de su simbología evoca ese hecho. Que uno asuma el ritual simbólico de las Navidades, e incluso lo practique, no le vincula de modo necesario a unas creencias religiosas, sino que es muestra de respeto a la expresión de unas tradiciones y del gusto por las cosas bellas que han producido, de igual modo que para ser devoto de la «Liturgia de San Juan Crisóstomo» de Rachmaninoff, la «Última Cena» de Leonardo, o el «Cántico espiritual» de Juan de Yepes no hace falta ser creyente. Por eso, caso de que uno las celebre (no hacerlo es igual de razonable), resulta más coherente la figura del ateo belenista que ciertos brotes de laicismo navideño que tratan de eludir los símbolos más explícitos del evento originario, como si borrar un buen relato fuera tan sencillo».

Trazos de mi biografía sonora

Entrevista que me ha hecho César Inclán para la sección «La caja de sonidos», del programa «Noche tras noche» de la RPA (Radio del Principado de Asturias) (5 de diciembre de 2022):

Este es el audio:

El sonido de tu infancia

En mi infancia hubo un sonido que pertenecía de forma absolutamente natural a la vida cotidiana de la familia: el ruido que producía la máquina de rellenar los sifones. Era la actividad principal del negocio de casa y la nuestra figuraba en el mapa de las sifonerías de Asturias, de las que pervive un cálido recuerdo, porque, aunque ha desaparecido el consumo del agua de Seltz, expulsada por el mecanismo de un sifón, los envases, algunos con originales formas y cabezales, son hoy piezas de museo. Y son de mi infancia también el sonido del molinillo manual del café, con el que se preparaba el primero del día, el de después de comer y el del atardecer, y el sonido del mar que se hacía oír desde el interior de una caracola.

El sonido de aquel verano

Uno que no es nada romántico: el estridular de las alas de una mosca en una tarde estival y el de las gotas de agua golpeando el fregadero porque el grifo no estaba cerrado del todo. Y con ello, el calor, la galbana, la luz anaranjada de la media tarde, una parra, una higuera, los dondiegos contenidos, la hierba luisa, un perro somnoliento, la silla de anea, el ronroneo de una gallina … En suma, los sonidos y la luz caniculares estando yo sentado en una habitación de una casa asturiana con su huerta fatigada a causa del calor.

Un sonido que no soportas

Son varios: el zumbido de un mosquito, especialmente durante la noche; el tictac de un reloj, el manoseo de un papel durante un concierto o una conferencia, la cháchara interminable de un pasajero hablando por el teléfono móvil en el tren o en el autobús, los chasquidos que se emiten al comer con la boca abierta y el tamborileo de los dedos sobre una mesa, entre otros.

Un sonido que te remueve por dentro y te hace nostálgico

La lengua hebrea, que estudié cuando era joven en Jerusalén. Asistí a clases a uno de los muchos centros a los que acudían los judíos emigrantes a Israel para aprender el idioma. Se llamaba “Ulpan Beit-Haam”. Creo que existe todavía. ¡Todo aquello era nuevo para mí! Y han transcurrido, desde entonces, más de cuarenta años, que es el tiempo que dura una generación en la Biblia. Pero lo recuerdo siempre como un período único y extraordinario de mi vida. Y si el vocablo “nostalgia” significa en griego “enfermedad del deseo de regresar”, confieso que, sin llegar a constituir una patología, sí, me gustaría volver a aquella ciudad, a la de aquellos años, para hacer lo mismo que hacía entonces.

El sonido de la voz de una persona o personaje al que recuerdes con cariño

La voz de mi madre al despertarme con cariñosos diminutivos cada mañana. Y la de todas las personas, de las que yo no conservo memoria, que se acercaban, en los primeros meses de mi vida, cuando yo estaba en la cuna, para hacerme fiestas, demostrarme su afecto, sacarme una sonrisa, enseñarme palabras como papá y mamá, decirme que yo era, para ellos, único en el mundo y trasladarme la inmediata percepción de que mi sola presencia les proporcionaba la más pura, natural y amorosa felicidad.

El sonido de un lugar

Cualquier lugar en el que cante un mirlo. Entiendo perfectamente lo que cuentan en algunos monasterios, en los que se dice que hubo, en la antigüedad, un monje que un día salió al bosque y quedó tan ensimismado escuchando el canto de un pájaro que cuando regresó al cenobio no reconocía a ninguno de los monjes. Habían transcurrido doscientos años. Y yo, aunque no llegue a tanto, siempre me detengo a escuchar ensimismado, cuando cantan, ya sea en solitario, ya sea en diálogo entre varios, a los mirlos.

El sonido de la banda sonora de tu vida

El sonido de la banda sonora de mi vida es el silencio. En silencio he escuchado, meditado y admirado. En silencio he padecido y superado las pruebas. En silencio he recordado y soñado. En silencio he estado alegre y llorado. En silencio he leído páginas memorables. En silencio he asistido a dramas inolvidables. En silencio es como mejor he logrado expresarme. En silencio he viajado por países y mares. En silencio he amado, perdonado y rezado. Y en silencio estoy siempre con Dios y él conmigo.

El sonido de la Palabra de Dios

Es como el de la brisa suave que acaricia el rostro y el del huracán impetuoso que lo arrastra todo. El del risueño rumor del arroyo cantarín y el del estruendo de las olas cuando rompen contra las rocas del acantilado. El del manso fluir de un río que se desliza hacia el mar y el de una muchedumbre de aguas tumultuosas. El de la dulce melodía que se desprende del arpa y el del seco tableteo del trueno que sigue al rayo. El de la amistosa confidencia en un tono inaudible y el de una voz potente que se replica en un eco inagotable. El del crepitar de un fuego que arde y no se consume en el lar y el del rugido de un volcán que vomita piroclastos. El de un pincho punzante cuando perfora la carne y el del amor cuando llama apasionadamente a la puerta. Son muchos, ciertamente, sus sonidos; ella, en cambio, es una sola Palabra.

Programa completo (minuto 50:47)

https://www.rtpa.es/audio:ras%20noche_1670278513.html

El día a día del prerrománico

Con la presentación del Libro Blanco del Prerrománico en Santa María del Naranco, el pasado lunes 4 de marzo, ha culminado el largo proceso de confección de este texto programático de la Consejería de Educación y Cultura del Gobierno del Principado de Asturias.

Han colaborado en la obra, bien directa, bien indirectamente, especialistas en las diferentes áreas de investigación y actuación en los monumentos prerrománicos: arqueología, historia, geología, biología, restauración, numismática, ingeniería, epigrafía, paleografía, arquitectura, ecología, museística, iconografía y teología.

Desde que, en 1844, se constituyera la Comisión de Monumentos Histórico-Artísticos de la Provincia de Oviedo, y, en 1846, se iniciaran los trabajos de restauración en San Miguel de Lillo, bajo la dirección de José Caveda y Nava, han transcurrido 175 años de intervenciones ininterrumpidas hasta el presente, que figuran por orden cronológico en el Libro Blanco. Son las más significativas, y son muchísimas, pero no todas las que en realidad se han ejecutado.

Antes de 1844, las comunidades cristianas ya se reunían, para la oración, el culto y los sacramentos, en las iglesias catalogadas como prerrománicas, y, durante mil años, desde su construcción hasta hoy, las han mantenido y conservado, y nos las han legado como un tesoro precioso: religioso, cultural e identificativo. Son los edificios más emblemáticos de nuestra región y no se entienden sin su irreemplazable naturaleza cristiana.

Decía el escritor británico-estadounidense Thomas Stearns Eliot que «un europeo puede no creer en la verdad de la fe cristiana, pero todo lo que dice, crea y hace, surge de su herencia cultural cristiana y sólo adquiere significado en relación con esa herencia. Sólo una cultura cristiana ha podido producir un Voltaire o un Nietzsche. No creo que la cultura europea sobreviviera a la desaparición completa de la fe cristiana. Y estoy convencido de ello, no sólo como cristiano, sino como estudiante de biología social. Si el cristianismo desaparece, toda nuestra cultura desaparecerá con él».

En el Libro Blanco del Prerrománico se deja constancia de una extensa labor investigadora, conservadora y restauradora, como acredita la relación de intervenciones realizadas y de bibliografía producida, pero en nuestra memoria han de ocupar su propio y justo lugar los párrocos y los fieles de esas iglesias, los de ayer y los de hoy, que se han preocupado y se preocupan de asegurar, en el día a día, que las piedras sagradas no sólo sean sillares que componen un edificio arquitectónicamente admirable, sino que conformen un cuerpo animado por la fe, la fraternidad y la esperanza.

Edith Stein, filósofa, monja carmelita con el nombre de Teresa Benedicta de la Cruz, mártir en Auschwitz y santa copatrona de Europa, decía que, «seguramente, los acontecimientos decisivos de la historia del mundo fueron esencialmente influenciados por almas sobre las cuales nada dicen los libros de historia. Y cuáles sean las almas a las que hemos de agradecer los acontecimientos decisivos de nuestra vida personal es algo que sabremos el día en el que todo lo oculto sea revelado». A esas personas, pues, que han conservado los monumentos a lo largo de los siglos, nuestra gratitud.

Se ha hecho mucho en favor de los monumentos prerrománicos, y aún queda mucho por hacer. El Libro Blanco describe el estado en el que se hallan los edificios reseñados e indica qué intervenciones son convenientes, o urgentes, o inaplazables, y es, por ello, un instrumento útil, pero perfectible, como lo son todas las herramientas. En un futuro próximo, se producirán grandes transformaciones en cuanto a la investigación, los métodos de trabajo, las soluciones y los procesos temporales de ejecución y desarrollo, que habrán de ser necesariamente más ágiles y expeditivos que en la actualidad. La inteligencia artificial y las máquinas dotadas de una precisión inimaginable cambiarán, más bien pronto que tarde, el escenario presente de las intervenciones en el patrimonio.

La Consejería de Educación y Cultura del Gobierno del Principado de Asturias se ha marcado a sí misma, con la publicación del Libro Blanco del Prerrománico, unos objetivos de atención, dedicación, financiación y mejoras, que requerirán una periódica evaluación y seguimiento, para que todo eso no quede en una mera reflexión vertida en papel, pero sin obligaciones inherentes de ejecución. Con la redacción de este documento, ha tratado de cumplir lo que exigen las normas y directrices de la UNESCO, la Unión Europea y el Gobierno de España. Es de suponer que estas entidades de rango superior asuman también las obligaciones que se derivan de las leyes que ellas mismas establecen para la conservación de los bienes culturales y provean los medios necesarios para la realización de los trabajos que se hayan de acometer en virtud de lo que acuerden la Iglesia y el Gobierno del Principado de Asturias.

La voluntad de seguir colaborando, con ilusión e ideas, en la preservación de las joyas arquitectónicas de nuestra fe, nuestra historia y nuestra cultura, no ha decaído nunca en las entidades concernidas, como pone de manifiesto el Libro Blanco del Prerrománico, que no constituye en sí mismo una meta, sino una parada reflexiva en un camino emprendido hace siglos, que hemos de recorrer, como hasta el presente, juntos.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 10 de marzo de 2019, pp. 33-34

Ínsula sacra

Se han reanudado, tras la suspensión a causa de la pandemia de COVID, las visitas de colegiales a los monumentos eclesiásticos en Oviedo que anualmente organiza la Delegación Episcopal de Enseñanza del Arzobispado. A esta actividad se la conoce como “Oviedo trascendente”.

«Oviedo es trascendente por sus tesoros conservados maravillosamente a lo largo de mil trescientos años de historia. A través de estos tesoros invitaremos a los alumnos a trascender, elevar su espíritu, desarrollar esa dimensión que nos hace plenamente humanos y llamados a ser divinos: la apertura trascendental», se lee en un folleto con el programa de visitas.

El conjunto de edificios levantados por la Iglesia en el centro de la ciudad de Oviedo es imponente. Y sobre todo los que se hallan en el casco histórico. Me refiero a la “ínsula sacra” ceñida, en cuadrilátero, por la plaza de la Catedral y las calles Santa Ana, Canóniga, San Vicente, Jovellanos y Águila.

Está primeramente la catedral, en la que su estilizada nave central reclama, desde la altura del cleristorio, al huésped, para que éste, alzando la mirada, se eleve hasta la fuente de la luz, y avance, hacia el presbiterio, y se encuentre allí con Cristo pantocrátor, el que es, el que era y el que vendrá al final de los tiempos.

Templo en el que están la cátedra del Magisterio ordinario de la Iglesia, el santo Sudario del Redentor, las cruces de la Victoria y de los Ángeles, y otras de incalculable valor religioso y artístico; las reliquias de innumerables testigos de la fe cristiana, el arca santa, una hidria de las bodas de Caná y el mausoleo de la monarquía asturiana.

Y San Tirso el Real, antiquísima sede parroquial, en cuyo atrio tuvieron lugar las primeras reuniones concejiles y de la población ovetense. Las asambleas ciudadanas de las que tanto se habla en la actualidad como modelo de referencia para la gestión de la cosa pública no la inventaron los partidos políticos ni las asociaciones vecinales de hoy, sino que nacieron en el “corral de Santo Tysso”, a la sombra de la santa madre Iglesia, que es en donde ha surgido cuanto de grande, noble y excelente existe en las sociedades de cuño moderno.

Y el Arzobispado, cuya fachada debe de ser una de las más fotografiadas de la ciudad, con la bandera del Vaticano, junto a la de España y la de Asturias, ondeando en el balcón principal, y ante la que no pasa nadie que no repare en ella. Desde el Arzobispado se administra la inmensa y multisecular red capilar de parroquias y comunidades cristianas de Asturias, generadoras y guardianas de un riquísimo patrimonio histórico, cultural, artístico y espiritual, que es lo mejor que se ha producido en la región durante milenios.

Y después de haber pasado ante una banquisa dorada, cálida y vertical, que es la fachada del claustro de la catedral, y del inigualable archivo capitular, en donde duermen los documentos más antiguos del Principado; y dejado a un lado la Casa de Venerables, es decir, la Sacerdotal; y esbozado una sonrisa al posar la vista en la balconada de la casa de un deán y recordar lo que se cuenta de por qué se construyó; y deleitado en la contemplación del hermoso conjunto que constituyen la residencia de María Inmaculada, con su recoleto patio de entrada, y la de las hijas de san Vicente de Paúl, que atienden la Cocina Económica, el viandante se adentrará entonces bajo un arco, alto como el erigido por un emperador romano, en los espacios del conjunto monástico de San Vicente y San Pelayo, parcelado en museo arqueológico, facultad de psicología, iglesia parroquial, comunidad de monjas y academia de la llingua.

Una inscripción reza así: «Reinando Fruela I, en el año 756, Máximo y Fromestano elevaron en este lugar, ya llamado Oveto, un monasterio que propició la inmediata fundación regia de la ciudad de Oviedo». Y menciona las que, en América, llevan este mismo nombre: en Paraguay, República Dominicana y Estados Unidos.

Las comunidades benedictinas implantadas en la ciudad fueron las que, junto con la catedral, confirieron a Oviedo el marchamo de europeidad. Una de ellas, la de la Vega, es la que ha dejado al municipio la amplia superficie en la que se realizan periódicamente las actuaciones de vanguardia social. Y es porque la vida monástica benedictina ha instilado en nuestro continente la savia cristiana que lo ha configurado como una gran comunidad de pueblos. Mientras que las catedrales, por su parte, son los monumentos más emblemáticos de la Europa civilizada, culta y espiritual.

La “ínsula sacra” de Oviedo es, pues, el referente máximo de su magnífica historia, el epicentro de su vida cotidiana, el más importante activo para su desarrollo económico, la más extensa e intensa concentración de belleza existente dentro del perímetro urbano, el mayor orgullo de sus ciudadanos y la más elocuente epifanía de Dios en la visibilidad de la materia. Y todo ello por ser simple, clara, llana e incuestionablemente cristiana.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 4 de diciembre de 2022, p. 26

Las campanas

El alcalde las hizo enmudecer. Habían estado dándole la vara los propietarios de un establecimiento hostelero y unos recién llegados al pueblo, provenientes de otra provincia de España, que habían comprado una casa en él para pasar allí temporadas. Los molestaba el que las dos campanas de la espadaña de la iglesia tañesen. Y arremetieron contra ellas.

Como los requerimientos por parte del ayuntamiento no cesaban, fueron silenciadas, primero, en su mester de dar las horas durante la noche; luego, en el de despertar al vecindario en las matutinas. Se transigió, aunque con desgana, en que llamasen, jubilosas, solo a misa y doblasen, quejumbrosas, cuando falleciera un parroquiano («¡Qué lúgubre!», se le escapó decir, en cierta ocasión, a un repipi foráneo).

Pero, para colmo de males, el cura dejó al poco tiempo de ir a celebrar misa los domingos. Tenía mucho territorio que atender, decía. Además, en el pueblo quedaba ya muy poca gente, y a la iglesia solo asistían tres o cuatro feligreses. Así que decidió acudir nada más que para hacer los entierros, con el funeral.

En tales ocasiones, el campanero, encaramado en el hastial, movía los dos badajos con la ancestral técnica que su padre le había enseñado y hería con fuerza el bronce de las campanas, que mostraban su aflicción con la emisión de unos sonidos lancinantes, espaciados, anunciadores en todo el valle de que la vida terrenal de un vecino había llegado a su término.

Eran los de una, graves; los de la otra, agudos. El repiqueteo final, frenético. Como para trasladar la idea de que la resurrección, después de las tristezas de este mundo, va a ser una irrupción de exuberancia inimaginable. Y a esto fue a lo que quedó reducido el toque de campanas en el pueblo, lo cual no es poco, aunque nada que ver con lo de antes, cuando existían otros códigos, aplicables a una multitud de situaciones distintas: ángelus, rosario, ánimas, procesión, concejo, fuego o tormenta, por citar solo algunas.

El cura ha mandado ahora que se toquen todos los días a las doce. Por lo del coronavirus. El campanero recuperó el de “ad repellendas tempestates”, que ejecuta después del que invita a recitar el ángelus. Los del hotel y los “foriatos” no dicen ni mu. Es más, el repipi, que está pasando, refugiado, la pandemia en el pueblo, ha sabido explicar mejor que el cura el significado de ese mandato.

Hubo, según él, un filósofo que, cuando, los domingos por la mañana, escuchaba el tañido de las campanas, estas le traían, con sus sones, pensamientos de futuro, pues, al igual que después del Viernes Santo hubo un Domingo de Resurrección, en el hacer humano habrá siempre un mañana de plenitud que confiera sentido a las aflicciones del presente.

Y es por ello por lo que, en estos días de extrema preocupación, tañen las campanas de las iglesias. Cumplen así su histórico cometido de alertar a la ciudadanía acerca de los peligros que la rondan y la instan a que les haga frente con la presencia de ánimo que la hizo vencer mayores y más resistentes adversidades en ocasiones pretéritas, y a que se mantenga unida y a que no pierda la esperanza. Ah, y el filósofo que se alegraba al oír el repique de las campanas en la mañana del domingo era Hegel.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 22 de marzo de 2020, p. 40

Jesucristo en la Quinta Avenida

Ana Calvo, la española que ha dado luz a San Patricio
La fachada de la catedral católica de Nueva York, uno de los iconos de la ciudad, se ilumina por primera vez en su historia
  • ABC (2 de diciembre de 2022)
  • Javier Ansorena, corresponsal en Nueva York
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Una multitud miraba ensimismada la otra noche el despliegue navideño de Saks Fifth Avenue, los grandes almacenes en la Quinta Avenida, con su fachada tatuada de luces en movimiento. «Creo que ahora hacen un espectáculo», decía una turista. Eso fue la semana anterior, cuando Elton John cantó aquí en directo para inaugurar el montaje. La joven debía haberse confundido con la actuación esa noche de Alicia Keys –un especial televisivo– en la plaza de Rockefeller Center, ahí mismo, con su árbol navideño a punto de encenderse y un público jovial con gorros de Papá Noel en tonos rojos y verdes. Antes de llegar allí, una entrada estaba tomada por una masa de neoyorquinos y visitantes arremolinados alrededor de tres intérpretes –parecían robados de algún musical de Broadway– cantar villancicos cursis.

Es probable que nadie –o casi nadie– de la marabunta navideña en estas manzanas del Midtown neoyorquino –capital del ‘jingle bells’– se diera cuenta de un acontecimiento: por primera vez, uno de los iconos de la ciudad se contagiaba de la luz navideña en las señaladas fechas.

La catedral de San Patricio es una bomba lumínica en su interior, con sus naves inundadas de luz para el disfrute del turista y del feligrés. Por fuera, en invierno, su fachada neogótica es como un fantasma que se asoma a la Quinta Avenida, con la única luz del reflejo que emite la ciudad. Eso cambió el pasado martes por la noche, y una española ha tenido mucho que ver con ello. Es Ana Calvo, cuya consultora de arte, Coolture, ha impulsado la idea de iluminar la catedral, terminada de construir en 1879. «Todo empezó con un proyecto de videoproyección sobre la fachada», explicaba la responsable a este periódico pocos minutos después de que encendieran las luces.

La idea le pareció demasiado ambiciosa a las autoridades del arzobispado de Nueva York –«yo les dije que el Papa ya había permitido algo así en el Vaticano», dijo sobre un proyecto similar en la plaza de San Pedro– pero sí vieron con buenos ojos empezar a llenar con luz la fachada de su catedral. También porque Coolture, con experiencia en la transformación de otros lugares emblemáticos de Nueva York, consiguió hacerlo sin coste con las donaciones de sus socios en el proyecto: la firma de diseño de iluminación L’Observatoire International y Nanometer Lighting, que junto a Color Kinetics han proporcionado las luces. «La luz da la bienvenida y sirve también para recordar a los millones de personas que pasan por aquí que Jesucristo también está en medio de la Quinta Avenida», aseguraba delante de la fachada el padre Enrique Salvo, rector de la catedral.

La iluminación es sobria, sutil y temporal: se apagará el próximo febrero. Emite luz desde dentro del templo, con una presencia tan contenida que quizá no reparen en ella los viandantes despistados.

Pero, por primera vez, asoman hacia fuera los colores de su rosetón y se ilumina la cruz que remata la portada. El conjunto no tiene nada de la espectacularidad de la decoración navideña de las tiendas de lujo de alrededor o del majestuoso árbol de navidad de Rockefeller Center.

Para los peregrinos a Compostela

A la vez que estampa su sello en la credencial de peregrino a Santiago de Compostela, la Librería Diocesana de Oviedo le recuerda al viandante que Alguien cuida de él en todo momento, que hay que orar siempre, sin desanimarse, y le ofrece gratuitamente esta hojita con unos versículos sálmicos y unas invocaciones para que rece, medite y se sienta fortalecido durante el Camino: