El marco

La gravedad de los actos vandálicos perpetrados contra varios cuadros expuestos en diversos museos europeos ha sido aminorada por el hecho de que las pinturas estaban protegidas por un cristal y los atacantes solamente dañaron, al pegarse a ellos, los marcos. A los grafitos en las paredes se les ha quitado importancia, porque éstas, al fin y al cabo, podrán ser repintadas.

La verdad es que, cuando vi los garabatos y las improntas de las manos en la pared, pensé: «Ahora tendrán que pintar toda la sala». Con los tonos de los colores que eligieron para que luciesen los cuadros, no creo que se arregle el desaguisado dándole un brochazo por encima. Tendrán que repasar, si no la galería entera, al menos todo el paño de pared de la que cuelgan las obras de arte. Menuda broma.

En cuanto a lo de restar importancia a los marcos de los cuadros, hay que hacer algunas precisiones. Porque no son elementos ajenos a la pieza. El marco es el traje del cuadro. Uno no está desnudo cuando recibe a alguien en casa o a un cliente en el trabajo. Los cuadros tampoco. El marco reviste la tabla y oculta las cacarañas que grapas y clavos le han infligido, así como aquellos rasgos estructurales que es mejor que nos estén a la vista.

Hay, por otra parte, marcos que poseen valor artístico y no son meros aditamentos que puedan ser reemplazados inopinadamente. Los de las majas de Goya, en el Museo del Prado, no son los de cuando estaban en la Real Academia de San Fernando; sin embargo, los actuales tienen más de cien años y fueron hechos expresamente para esas obras. Han de ser cuidados, protegidos y apreciados.

Una cuestión diferente es la del gusto en la elección de la moldura, aunque una decisión de ese tipo se toma siempre tras una ardua deliberación interior, hasta que se llega a la conclusión de que es ese marco en concreto el que le conviene al cuadro para su ornato y realce.

Y si una persona elegante es aquella que cuando sale de una reunión nadie se acuerda de qué ropa llevaba puesta, con los cuadros sucede lo mismo. Si está bien elegido el marco, nadie reparará en cómo es. Cumplirá elegantemente su función: conferir protagonismo a la obra de arte, relegándose él mismo a una posición secundaria y aparentemente irrelevante.

Dicho lo cual, invito al lector a que levante sus ojos por un instante del periódico y observe los marcos de los cuadros de su casa y, si es que nunca antes se había detenido a admirarlos ni ve la posible relación existente entre éstos y el asunto pictórico que enmarcan, puede deberse a que los marcos armonizan y dialogan bien con las obras que encuadran o a que el lector no tiene, al respecto, ni idea ni criterio.

Si es por la segunda razón, cabe pensar que pertenece al grupo de los que no le dan especial importancia a que alguien estropee con cola y salsa de tomate los de los museos. Se pone otro. Y en paz. También se pude deber a que nadie le enseñó a apreciar la invisible visibilidad de un marco.

Pero no.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 20 de noviembre de 2022, p. 37

«El archiduque Leopoldo Guillermo en su galería de pinturas en Bruselas» (1651), de David Teniers II, el Joven (Museo del Prado)

«Muchacho huyendo de un cuadro» (1874), de Pere Borrell del Caso (Colección del Banco de España)

En judeoespañol

Paloma Díaz-Mas leyó, en la tarde del pasado domingo, el discurso de entrada en la Real Academia Española. Versó sobre “Ciencia en judeoespañol”. El texto consta de ciento cincuenta y siete páginas, con veinticuatro de bibliografía, y es un tratado construido a conciencia sobre el asunto elegido para la disertación.

La nueva académica sucede en la silla “i” a la asturiana Margarita Salas Falguera, natural de Canero, a quien el luarqués Severo Ochoa logró entusiasmar de tal modo, durante una conferencia en Oviedo, que, de resultas del impacto, tomó la decisión de irse a Madrid para estudiar bioquímica en la Universidad Complutense.

Margarita Salas se educó en el colegio La Asunción de Gijón, del que Paloma Díaz-Mas hizo, en su discurso, esta elogiosa mención:

«No en vano el lema del colegio era “Sin miedo” y resulta encantador saber que a pocos años de acabar una guerra civil, en plena dictadura, unas monjas de un colegio de un barrio de Gijón animaban a sus alumnas –todas mujeres, ya que entonces no existía en España la enseñanza mixta- no a sentirse vulnerables por ser mujeres, no a requerir especial protección por su condición femenina, sino precisamente a vivir “sin miedo”. Y de esa educación sin miedo salieron mujeres como Margaritas Salas, una de las investigadoras españolas más reconocidas internacionalmente.»

El discurso de Díaz-Mas me trajo a la memoria una figura femenina de mi época de estudiante en el Instituto Español Bíblico y Arqueológico de Jerusalén (Casa de Santiago): Camelia Shájar, la locutora del noticiario vespertino en judeoespañol de la cadena radiofónica estatal israelí “Qol Israel”, la Voz de Israel.

Yo tenía por entonces veintiún años. Y no me desenvolvía en ninguna de las lenguas locales, hebreo y árabe, y tampoco en inglés, ya que, en el Instituto Rey Pelayo de Cangas de Onís, había estudiado francés con Carmina Montoto, María Luisa R. Madrid y Jorge G. Carrillo, y, en clases particulares, con Ana Puente. Idioma que, sin embargo, me fue de gran utilidad en Tierra Santa, porque, diariamente, a las ocho de la tarde, retransmitían por la televisión un informativo en francés desde Amán, la capital de Jordania, que podíamos ver en Jerusalén.

Era, con todo, el programa de Camelia Shájar el que me ponía al día de lo que ocurría en el mundo. Era una delicia escuchar su acento ladino. Nunca imaginé, en mi catetismo primevo, que la cultura sefardí llegara a ser tan importante en mi vida y que fuera ella precisamente la que me trajese, a lo largo de un curso académico, de octubre a junio, por las ondas de la radio, tarde tras tarde, menos en shabbat, la amorosa calidez de mi lengua y de mi país a Jerusalén, una ciudad que se hallaba -y sigue hallándose, naturalmente-, según Google, a cinco mil doscientos ochenta y dos kilómetros de aquella en la que nací y en la que estaban los míos: Cangas de Onís.

Camelia Shájar falleció hace ya unos años. Llegó a Palestina procedente de Turquía, en donde había nacido. En 1948 colaboró como enfermera en la guerra entre judíos y árabes. Después se dedicó al periodismo y a la recopilación y puesta por escrito de las ancestrales tradiciones, historias y composiciones literarias sefarditas.

Abría su sección radiofónica con el anuncio de que daba comienzo el programa en judeoespañol de la Voz de Israel y nos despedía con su célebre expresión: «Nochada buena desde Yerushalayim».

Hizo muchísimo por la cultura sefardita y por la conservación de la lengua que los descendientes de los judíos expulsos de Sefarad mantuvieron en la diáspora. Ahora, como tantas otras, debe ser protegida, pues también ésta podría desaparecer, tal como Paloma Díaz-Mas advirtió en su discurso de ingreso en la Real Academia Española:

«Hoy el judeoespañol está catalogado por la UNESCO como una lengua en peligro de extinción. Pero a medida que esa vida tradicional sefardí ha ido extinguiéndose, ha ido creciendo una corriente de memorialización, un acuciante deseo de recordar.»

Y lo explicó: «En los últimos cuarenta años se han publicado, en diferentes países y en diversas lenguas, muchos relatos autobiográficos escritos por sefardíes de distintas partes del mundo: libros de memorias, novelas autobiográficas, biografías de personas (muchas veces, miembros de la familia del autor), recuerdos de infancia.»

Y lo realmente interesante es que no son escritores profesionales quienes se dedican a esa tarea de preservación y transmisión de la lengua y de la cultura sefarditas, sino gente corriente que siente la necesidad de contar su propia vida y la de sus antepasados, hijos de Sefarad.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 13 de noviembre de 2022, p. 22

La nueva y preciosa librería diocesana de Oviedo

Fue inaugurada y bendecida, el pasado 21 de octubre de 2022, por el arzobispo de Oviedo, fray Jesús Sanz Montes, ofm.

Está en la Plaza «Alfonso II el Casto» (Plaza de la Catedral), número 4.

Es presencia de la fe cristiana en la plaza, en un espacio público, en el epicentro de la vida social de la ciudad, en el ágora.

En su logo figuran las letras griegas Alfa y Omega, que son las que penden también de los brazos de la Cruz de la Victoria, emblema de Asturias.

Los círculos no logran contener la totalidad de las letras Alfa y Omega porque nuestra capacidad de comprensión tampo puede abarcar en su totalidad la sabiduría de Dios ni sus designios.

Un midrás dice que «la Torá tiene setenta caras» (Bemidbar Rabbah 13:15-16). El lector no logrará verlas nunca todas simultáneamente.

Y en el Talmud se enseña que así como el martillo «rompe una piedra en varios fragmentos, así también Dios dice un versículo y de él surgen varias explicaciones» (Sanhedrín 34a, cf. Shabat 88b).

Aunque Jesús nos infundió la esperanza de que, en la limitación de nuestro intelecto, el Espíritu Santo nos conduciría a la verdad plena: «Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena» (Juan 16,12-15).

Alfa está en mayúscula. Omega, en minúscula. Porque el principio de la historia ha sido puesto ya (Alfa mayúscula), pero no su cumplimiento (omega minúscula), que tendrá lugar al final de los tiempos, cuando Dios la lleve a su plenitud.

Es por ello por lo que, en el cirio pascual de la parroquia o de la comunidad religiosa, la Omega ha de ir también en minúscula.

Recuérdese que el uso cristiano de Alfa y Omega se debe a que, en el Apocalipsis, se lee: «Dice el Señor Dios: «Yo soy el Alfa y la Omega, el que es, el que era y ha de venir, el todopoderoso»» (Apocalipsis 1,4-8).

Y en otro pasaje: «Mira, yo vengo pronto y traeré mi recompensa conmigo para dar a cada uno según sus obras. Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin, el primero y el último» (Apocalipsis 22,12-14).

Porque los libros de la Diocesana tratan, del primero al último, de principio a fin, de la revelación de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, y del ser y de la misión de la Iglesia, que es la Esposa de Cristo.

¿Y ese color tan peculiar que identifica a la librería? Es «viola tramonto».

«Tramonto» significa, en italiano, «ocaso». En la basílica inferior de Asís hay un fresco de la «Madonna dei tramonti», la Virgen de los ocasos, obra de Pietro Lorenzetti (1280-1348) entre 1320 y 1330.

Deseamos que la actividad que se desarrolle en esta Librería Diocesana de Oviedo sea para gloria de Dios y para provecho religioso de todos, y que, con el don de la sabiduría divina, instruidos en la sana doctrina, progresen los usuarios de sus libros en el conocimiento de las realidades divinas y humanas.

Hay un escenario, muy al estilo de los establecimientos de Nueva Inglaterra, en Norteamérica, para hacer presentaciones de libros.

El acceso a la librería es por el patio que antecede a la iglesia de san Tirso el Real. Fue el rey Alfonso II el Casto quien mandó, en el siglo IX, construirla. No existe, en Asturias, otra librería con un marco histórico, cultural y artístico semejante.

Los peregrinos a Compostela, que inicien su camino en la Catedral de Oviedo, hallarán, en la librería, la literatura esencial jacobea que les surta de las informaciones que precisan para ir por el Camino primitivo y del rosario con las avemarías que han de rezar en las etapas de su marcha hacia el sepulcro del Apóstol, sostenidos por la gracia del Santísimo Salvador, Jesucristo, y por la amorosa oración de intercesión de su Madre, la Virgen de los ocasos, la de las puestas del sol en el Occidente hacia el que dirigirán sus pasos, hacia Compostela.

¡Ah! Y las personas que atienden, en la librería, al público, … ¡estupendas!

Jorge Juan Fernández Sangrador

Por ese rayo de luz vespertina es por el que se la invoca como «La de los ocasos». Ella, María, es «la belleza de la tarde»

Tampoco a los conciertos

Se ve que la población menor de 30 años muestra un manifiesto desinterés no solo hacia la religión, sino también hacia la música clásica y los conciertos. Esto último es lo que afirma, en el diario El Comercio (6 de noviembre de 2022), Santiago González del Valle, presidente de la Sociedad Filarmónica:

«–¿La gente joven sigue mostrando reticencias a convertirse en socio?

–Atraer a la gente joven sigue siendo un problema para nosotros. Pero para la música clásica en general. Conseguir tener asociados por debajo de los cuarenta años es muy difícil. Aunque acabamos de sacar, de cara a esta temporada, un abono promocional para menores de 30 años. Es algo temporal porque tenemos que ver cómo lo recibe el público, pero consistiría en veinte conciertos (todos los de esta temporada) a un precio de cincuenta euros, en total.

–¿A qué cree que se debe que la gente joven no escuche música clásica?

–A que no la conocen. Yo siempre digo que la gente no escucha lo que le gusta, sino le gusta lo que escucha. El primer paso es conocer este estilo de música, conocer compositores y músicos. Escuchar, escuchar y escuchar. Ir buscando cuáles despiertan algo diferente. Además, la magia de un concierto en vivo no tiene precio.

–Ese primer paso, para quien no sabe de música de cámara, ¿puede ser cualquiera?

–Sin duda. Cualquier título de cualquier compositor puede enganchar a una persona a la música clásica.»

A nuestros viejos maestros

ABC – 7 de noviembre de 2022

POR JUAN ALFREDO OBARRIO MORENO, catedrático de Derecho Romano

El nuevo curso avanza. Muchos hemos impartido ya. Seguramente más de los que pudimos imaginar en nuestra primera juventud. Este tiempo que transcurre, aún de quietud, nos permite recordar a los viejos maestros que tuvimos; rememorar a aquellos profesores que nos enseñaron a pensar y a ver más allá de los libros; a docentes que nos abrieron un mundo que desconocíamos por completo: el del saber. No hablo de la letra muerta ni del holograma plano –del inane PowerPoint–, sino de la palabra viva con la que se cimentan las vidas de los alumnos, voces que nos orientan y nos recubren de una verdad nunca imaginada.

Como podrán advertir, me estoy refiriendo a docentes que dejaron una huella indeleble en nuestro frágil corazón, y que aún hoy los recordamos por sus actos, por sus palabras de aliento, por sus estimables consejos o por sus memorables clases. Benedetto Croce decía que el estilo hace al hombre. La ética, también, sobre todo si ésta se aleja de los tediosos cánones oficiales, cuando no de la aberrante burocracia que ha venido para ahogarnos en el tedio más absoluto. Tíldenme de decadente –Baudelaire lo consideraba un elogio–, pero, para mí, su recuerdo constituye todo un desafío al tiempo académico que nos toca vivir. Un tiempo cegado por las consabidas concesiones, ya sean políticas o académicas.

Advertirán que mis palabras están recubiertas de cierta melancolía por la enseñanza que me impartieron los viejos ‘magistri’, de los que habla Rabelais en su ‘Gargantúa’. No puedo negarlo. Con toda seguridad, la melancolía define una parte no exigua de nuestras vidas. Si nos paramos a pensar, todos recordamos las vidas de quienes cambiaron el mundo. Todos leemos, con agrado, los libros que no podremos escribir. Pero, sobre todo, nunca olvidamos a aquellos profesores a los que nos hubiera gustado parecernos; a esos docentes que se situaron en la otra orilla de la Historia –de esa Antigüedad tan querida por mí–, no solo para acercarla a nuestras vidas, sino para dialogar con esas voces del pasado con las que supieron mostrar que en la cultura clásica no cabe el anacronismo, sino la riqueza de unos textos que siguen poblando de preguntas y respuestas nuestras exiguas mentes, textos que impiden que se pueda decir de nuestros alumnos, como leemos en el memorable verso de Virgilio, ‘ibant osbscuri sola sub nocte per umbram’, («iban oscuros bajo la solitaria noche por la sombra»).

De ellos aprendimos que, para un docente, la cultura y el saber constituyen una pasión, un ‘modus vivendi’ que se ha vuelto irrenunciable. No entienden otra forma de ser y de estar. Mezcla de ‘memoria y deseo’ es la vida, dice el verso de Eliot, deseo como estímulo intelectual, memoria para reivindicar la ‘paideia’. Esta cuidada educación constituye su seña de identidad, la que han sabido transmitir a generaciones de estudiantes y a un nutrido número de colegas y compañeros, a quienes les hacen ver «que las cosas son de hecho tal como las exponemos en el logos» (Banquete), en esa palabra sin la cual no hay espacio para ese pensamiento que el sofista platónico definió como «un diálogo del alma consigo misma».

Atrás quedaron sus clases, sus reflexiones y un conocimiento que se me antoja inagotable –«Todo hombre debe ser capaz de todas las ideas», recuerda Borges, en feliz expresión–. Todos esos momentos los fui recogiendo a lo largo de los años. Años que me han enseñado que ver no es saber. El saber requiere de un largo y tortuoso camino, que se ensancha con el esfuerzo y la lectura callada y paciente. Ver no es saber, porque este requiere de un maestro paciente que espera que un alumno, un discípulo o un colega acudan a él, no para vanagloriarse de un conocimiento por todos sabido, sino para sugerir y orientar.

Ver no es saber, porque se empieza a saber cuando somos capaces de dar respuestas a las preguntas con las que creamos nuestro presente y con las que proyectamos un futuro que se nos presenta no muy lejano. Esta es una verdad que no la aprendimos paseando por el campo, ni mirando los árboles que repueblan las anchas avenidas, porque estos, como leemos en Fedro (230b-231a) «no quieren enseñarme nada; pero sí los hombres de la ciudad», hombres que se esforzaron para que pudiéramos entender que «conocer es recordar» (Menón, 81c), recordar a esos docentes que supieron contagiar un entusiasmo intelectual y una vitalidad tan profunda que el surco de su huella impide que nos convirtamos, como leemos en la ‘Odisea’, en seres capaces de olvidar a quienes tanto nos han acompañado y tan gratas horas nos han deparado.

El espacio que se otorga a un escritor es siempre escaso. Pero no quisiera concluir sin antes recordar que la preocupación de un maestro por la formación del ser humano siempre está presente. Es lógico que así sea, porque la cultura y el saber abordan cuestiones esenciales para el desarrollo de la vida. Así lo advierte el prisionero liberado, quien pronto comprende que la felicidad que proporciona el conocimiento determina un comportamiento ético, un compromiso de ineludible cumplimiento: la luz de la verdad obliga –siempre– a transmitirla (Philía), porque en ella, el pensamiento no se angosta, se dinamiza.

A este quehacer se dirigirá sin mayor demora, y lo hará aun sabiendo que sobre su cabeza sobrevuela un eco no olvidado: la muerte de Sócrates, y con ella una sucesión de inquietantes aporías: ¿para qué pensar?, ¿para qué filosofar?, ¿para qué dialogar? La respuesta se antoja sencilla: para no olvidar que en las palabras, pronunciadas o escritas, se abre un infinito espacio para esa verdad que el hombre anhela encontrar, mal que les pese a los defensores de lo políticamente correcto, de esa maldita cancelación que está corroyendo los cimientos más sólidos de nuestra vieja civilización.

A ese saber contribuyó la ‘paideia’, una educación que se aleja de la arbitrariedad del poder para formar el alma de quien se acoge a ella. Por esta razón, no nos debe extrañar que la propia cultura griega viera en la formación del ser humano no solo la fuente de la racionalidad y del saber, sino del bien y de la felicidad, un agua viva y convulsa que todo lo abraza y todo lo mueve: la pasión, el placer, el dolor, el amor, el miedo, el silencio, la memoria y el tiempo.

Así lo entendemos, y por esta razón deseamos dejarlo por escrito, no por vanidad ni por mera rebeldía, sino porque seguimos creyendo, con Kant, que la Universidad no es una mala idea. No puede serlo, porque en ella encontré a maestros que me recordaron, con Nietzsche, que «nadie puede construirte el puente por el que has de caminar sobre la corriente de la vida. Nadie a excepción de ti» (Schopenhauer educador). Maestros que vienen a mi memoria para darme aliento ante este tiempo –político y cultural– tan extravagante que nos ha tocado vivir.

Lo de Caravaca

En el suplemento dominical para Oviedo del diario El Comercio (6 de noviembre de 2022, p. 10) viene una entrevista al escultor Jaume Plensa (Barcelona, 1955):

«Uno de los artistas españoles más reconocidos. De medio mundo le llegan encargos de grandes esculturas públicas. Y en febrero se enfrentará a ‘Macbeth’ como director de escena, escenógrafo y figurinista. Feliz con su nuevo proyecto: ‘La puerta del Alma’ para la Basílica de la Vera Cruz, en la ciudad santa de Caravaca.

Viste de negro riguroso. Movimientos pausados. Artista de enorme éxito. La entrevista es en un espacio mágico próximo a la Basílica de la Vera Cruz, a la que él aportará un distinguido toque contemporáneo

¿En qué consistirá el toque contemporáneo? Lo confiesa claramente:

«La Basílica [de la Vera Cruz] es extraordinaria, y lo que representa tanto ella como esta ciudad santa también, pero tengo que decirle que lo que me convenció para realizar el proyecto fue la gente de aquí, los miembros de la Cofradía de la Vera Cruz. Desarrollamos un proyecto que me excita mucho, a mí que estoy más interesado en la espiritualidad que en la religión. Ellos tienen una voluntad ecuménica que aplaudo: cualquier persona de cualquier lugar, religión y cultura que quiera compartir su espiritualidad en este lugar, es bienvenida.

Me dieron la oportunidad de proyectar una puerta. Yo no quiero una puerta que cierre, yo quiero una puerta que cuando se abra parezca que te está abrazando e invitándote a entrar. Una puerta que estuviera a la altura de la Basílica, pero también a la altura de mi ambición por dejar clara esta información: no quiero saber de dónde venís ni quiénes sois (Nota del bloguero: ¡¡¡Haaalaaa!!!) lo importante es que habéis venido y estamos juntos. La mano de un Cristo Bendiciente es la protagonista de la puerta, que no rechaza ni tampoco escoge. Cuando se abre, la mano esculpida se expande convirtiéndose en el Cristo de amor generoso que protege y abraza a toda la Humanidad.

–¿Proyectaría una obra para una mezquita o una sinagoga?

–Si me lo encargara gente tan maravillosa como la que he encontrado aquí, sin ningún problema.»

No le interesa la Religión. Vale. Es cosa suya. Y no será ni el primero ni el último. Lo que deseamos saber es: ¿cuánto va a cobrar de la Religión por realizar una obra que difumine, descolore y, a ser posible, oculte la verdadera faz de la Religión?

Y, ya de paso, la cofradía, que parece estar encantada con el proyecto, que nos lo aclare: ¿qué le interesa más: la Espiritualidad o la Religión?

Como se entere Ratzinger.

El cuadro de Mondrian

Un cuadro del holandés Piet Mondrian (1872-1944) lleva más de setenta años colgado al revés. Primero, en el MoMa de Nueva York; después, en el Kunstsammlung Nordrhein-Westfalen de Düsseldorf, que es en donde se halla actualmente.

Y me pregunto: ¿habrá habido alguna vez, en él, un arriba y un abajo? ¿qué era lo que realmente anidaba en la mente del autor?

Por lo visto, un haz de rayas o cintas representan el cielo oscuro de Nueva York. De ahí es de donde dedujeron que estaba mal colocado. Y de una foto de un caballete con el cuadro en vida del artista.

Van a dejarlo, sin embargo, en la misma posición. Dan dos razones. Una: Siempre fue visto así. Dos: Se podría estropear con el giro.

Lo que en verdad produce perplejidad es que los entendidos digan ahora, después de siete décadas, que es “evidente” que está al revés. Hay que ser… Si no llega a advertirlo Susanne Meyer-Büsser, ellos no se habrían percatado jamás de nada.

Es lo que tienen las “evidencias”. Por lo general, no suelen estar nada claras.

Echan la culpa a los transportistas. Imagino que ya habrán muerto y no podrán referir lo que en verdad sucedió ni defenderse.

Por si el lector no lo sabe, en el préstamo de obras de arte, para exposiciones, las personas que han de estar más acreditadas para realizar la operación de traslado son los transportistas. Como no sea un personal de máxima confianza, que sepa muy bien qué es lo que carga en su vehículo, no hay convenio de cesión que valga.

¡Ay, si los transportistas hablasen! ¡Y las limpiadoras! ¡Y los vigilantes de seguridad! A ver si un día me animo y escribo unos diálogos entre ellos, en los que revelen su punto de vista acerca de las cosas que acontecen en un museo, y compongo una obra de teatro.

Le echan la culpa también al administrador de los bienes de Mondrian. Como el cuadro no llevaba firma, fue él quien puso el nombre del artista por la parte de atrás, estando para abajo lo que se estima que debía estar para arriba. Se guiaron, pues, por la escritura del reverso, no por lo que la obra emanaba de sí.

En fin, que los que adquirieron el Mondrian y sus asesores no lo habían visto nunca antes de que se constituyeran los lotes del legado del pintor.

Susanne Meyer-Büser, la descubridora, ha comentado que el cuadro «funciona increíblemente bien cuando le das la vuelta. De repente, tiene más plasticidad, más profundidad».

Y sigo preguntándome: los críticos de arte y los guías del museo, ¿qué explicación darían del cuadro a los visitantes? ¿qué dirían de lo que, debiendo estar arriba, está, por error, abajo? ¿qué razones se inventarían?

El caso es como para que se incorpore a las comicidades de una película del actor inglés Rowan Atkinson, o sea, “Míster Bean”.

El cuadro de Mondrian se titula “New York City 1” (1941) y será uno de los que cuelguen en la exposición “Mondrian. Evolution”, que podrá verse en el Kunstsammlung Nordrhein-Westfalen de Düsseldorf desde el 29 de octubre de este año hasta el 12 de febrero de 2023.

Con la publicidad que se le ha dado es de esperar que acudan muchos visitantes. Confiemos en que no aparezcan por allí esos que van últimamente por los museos montando un número con sus reclamaciones, estropeándolo todo, y le echen al “New York City 1” un chorro de kétchup por encima. Era ya lo que faltaba.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 6 de noviembre de 2022, p. 38

Juan Pablo II en España (1982)

Hoy, treinta y uno de octubre, se cumplen cuarenta años de la llegada del papa Juan Pablo II a España. Ningún sucesor de Pedro había pisado antes suelo español –primus omnium pontificum, proclama el victor que le dedicó la Universidad Pontificia de Salamanca-; pronunció, en diez días, cuarenta y seis discursos, que constituyen un auténtico tesoro magisterial; y la movilización de fieles fue espectacular.

Con aquel viaje apostólico, el más importante de cuantos realizó Juan Pablo II a nuestro país, se introdujo un dinamismo nuevo en la vida de la Iglesia. De él emanó el primer programa pastoral de la Conferencia Episcopal Española, al que se dio el título de La visita del papa y el servicio a la fe de nuestro pueblo, y la instrucción Testigos del Dios vivo. Reflexión sobre la misión e identidad de la Iglesia en nuestra sociedad. La eclesialidad de la fe y la misión evangelizadora se convirtieron, a partir de entonces, en los puntos principales en torno a los cuales habrían de girar la reflexión y la acción de la Iglesia española. Y ello hasta el presente.

Jorge Juan Fernández Sangrador