El cuadro, datado en 1439, es de Rogier van der Weyden (1399-1464). Se encuentra en la National Gallery de Londres y representa a María Magdalena leyendo. Se cree que es ella por el pomo de ungüento que está en el suelo, ya que se ha dicho que es la María de este pasaje del Evangelio según san Juan: «María, pues, tomó una libra de perfume muy caro, hecho de nardo puro, le ungió los pies y se los secó con sus cabellos, mientras la casa se llenaba del olor del perfume.» (Jn 12,3).
En la cartela del museo se dice que el varón que está de pie con un rosario en la mano es san José; el de la izquierda, san Juan Evangelista.
El cuadro es una preciosidad. Y el motivo, como para escribir un libro sobre él.
El distrito londinense de Bloomsbury no es el más vistoso de la ciudad, pero tiene algo que lo hace singularmente atractivo. Deambular por sus calles y plazas ajardinadas, y detenerse a leer las placas de color azul que indican qué personalidad residió en tal o cual casa de las de estilo georgiano es un ejercicio que estimula la imaginación, transporta al paseante a un pasado brillante y memorable de Londres, y hace que transcurra deleitosamente el tiempo de exploración.
El nombre se hizo internacionalmente famoso por ser el de un grupo de profesores, artistas, escritores y ensayistas que se juntaban en algunas viviendas de Gordon Square y Tavistock Square para hablar de literatura, estética, filosofía, economía, conductas sociales y hábitos particulares de vida. Virginia Woolf, Lytton Strachey, John Maynard Keynes y Edward Morgan Forster son tal vez los nombres más conocidos del denominado “Grupo de Bloomsbury”.
Y se ha difundido muchísimo también ese nombre porque el sello “Bloomsbury Publishing”, con sede en Bedford Square, es el que ha editado las novelas de J.K. Rowling sobre Harry Potter, pudiendo salir así el negocio a flote, porque hay que reconocer que la editorial que dé con un filón como ese está salvada por siglos. En la misma plaza se halla el Sotheby’s Institute of Art y en el distrito se encuentran igualmente varias entidades de formación en artes.
En la calle Gower nació la hermandad prerrafaelita y no muy lejos estuvo la casa, que ya no existe, en la que vivió Charles Darwin. Una placa en el muro exterior de un edificio del University College London recuerda que el padre del evolucionismo moró por allí. Y en el distrito de Bloomsbury residió también Charles Dickens.
Luego están las iglesias: Saint George, Saint Pancras y Christ The King. Las dos primeras fueron construidas inspirándose en edificios de la antigüedad: una, en el Mausoleo de Halicarnaso y en el templo de Baco de Baalbek; la otra, en el Erecteion y en la Torre de los Vientos de Atenas.
Aunque las instituciones principales en el distrito son el University College London (UCL) y el British Museum. El UCL, que es de lo mejor, tiene asociados no sé cuántos Premios Nobel y poseedores de medallas Fields. Y, naturalmente, como todas las instituciones universitarias serias, cuenta con una capellanía católica potente.
Por el Museo Británico, del que todo lo que se diga para exaltar su excelencia será siempre poco, imagino correteando a una niña rebelde y lista como ella sola, que vivió en una de las casas anejas al British: Kathleen Kenyon, hija del director.
Pocas personas podrán decir que han pasado la infancia y jugado, como fue su caso, entre toros alados asirios, colosos de Egipto, sarcófagos y enseres de tumbas faraónicas, estatuas del Partenón, figurillas fenicias y que los primeros caracteres escritos que reconoció, junto a los de la lengua inglesa, fueron cuneiformes y jeroglíficos, y que observaba la piedra de Rosetta con la misma naturalidad que los cuentos de Lewis Carroll o Charles Dickens.
Es incuantificable el número de personas que han oído hablar de miss Kenyon, porque fue la arqueóloga que sacó a la luz la torre neolítica de Jericó, construida siete u ocho mil años antes de Cristo. Torre que los peregrinos de Tierra Santa ven cuando visitan las ruinas de la ciudad del Antiguo Testamento y de la que los guías suelen ofrecer una explicación bastante bien documentada.
Y concluyo recordando que fue el duque de Bedford quien, en el siglo XIX, dio un gran impulso a la construcción del distrito de Bloomsbury. Un sucesor suyo en el título nobiliario escribió un libro sobre la figura del esnob. Con él quiso superar al de Thackeray acerca de ese mismo tema. Los dos están traducidos al español.
El de Bedford me ha sido útil para desenmascarar a tipos de ese gremio, el de los esnobs, aunque, en más de una ocasión, me bastó con tener presente solamente aquello que un día leí como dicho por Oscar Wilde: un esnob mataría para que le invitaran a una fiesta; un dandi para que le echaran de esa fiesta.
Jorge Juan Fernández Sangrador
La Nueva España, sábado 31 de diciembre de 2022, p. 27
La casa londinense del arquitecto John Soane, en Lincoln’s Inn Fields, ha sido convertida en museo.
No creo que exista un domicilio en el mundo en el que se acumulen tantos objetos artísticos en tan poco espacio.
Resulta curioso el hecho de que la dirección del museo haya puesto cardos secos en las sillas y poltronas de sir John con el fin de que los visitantes no se sienten en ellas.
En esta estela del Museo Británico aparece Shamshi-Adad V, rey de Asiria, hijo de Salmanasar III, marido de la gran Shammuramat (¿Semiramis?) y padre de Adad-Nirari III.
La estela es del año 814 antes de Cristo. Fue hallada cerca del templo de Nabu, en las ruinas de la antigua ciudad de Nimrud.
Nabu era el dios de la alfabetización, de los escribas y de la sabiduría. Conocemos, por el hebreo, un vocablo emparentado: nabí, que traducimos por «profeta».
El rey Shamshi-Adad V está adorando, en la estela, a cinco divinidades: Ashur, Shamash, Sin, Adad e Ishtar, pero lo que realmente lleva en el pecho y en su corazón es … la cruz.
Y es que, siglos antes, venía preparándose ya a la humanidad para el gran acontecimiento del Calvario.
Pasé por delante y no reparé en ella. Y eso que fui hasta allí para ver si había alguna obra religiosa. Alguien me dijo que tal vez no me di cuenta de su presencia porque, al igual que les ha sucedido a otras personas, me concentré en la contemplación de una de Kandinsky que se hallaba en la misma sala.
Me estoy refiriendo nada más y nada menos que a la “Madonna con Bambino” (1950-1953), escultura en cerámica esmaltada policromada, de Lucio Fontana en el Museo de Arte Contemporáneo “Helga de Alvear” de Cáceres.
Imperdonable por mi parte, que me declaro poco dotado para el reconocimiento del arte actual. Lo que me sucedió a mí no le habría acaecido a aquel niño de un pueblo de Asturias, quien, con su imaginación y creatividad infantil, montó, en el portal de su casa, un original Nacimiento.
Por las razones que fuesen, sus padres no habían colocado nunca un Nacimiento en la vivienda. En realidad, en ninguna del vecindario. Por entonces solo se ponía en la iglesia y en la escuela. Y el crío, conmovido por la belleza del relato evangélico de los primeros días de Jesús, con María y José, quiso tener uno propio, para mirarlo y remirarlo y convertir la entrada de su casa en el mejor portal de Belén que cupiese construir para acomodamiento del divino Niño.
Ni suplicó ni exigió que le comprasen figuras, ni casas, ni un molino, ni un puente, ni un castillo. Se las arregló él solo con cinco piedras, que fueron el Niño Jesús, la Virgen María, san José, la mula y el buey. No era que los representasen, no. Eran ellos. Ellos mismos. Y nadie sabía a qué personaje correspondía cada piedra. El rapacín sí que lo sabía. Y él habría reconocido, sin duda, a primera vista, en la obra de Fontana del “Helga de Alvear”, a una madonna y a un bambino.
Así debió de ser también aquel chiquillo del que se cuenta que entró un día en el taller del gran Miguel Ángel y vio un bloque enorme de mármol. Al cabo de unos meses volvió y se encontró con que, de la pieza marmórea, Miguel Ángel había esculpido el Moisés. Entonces el pequeño le preguntó: «¿Y cómo sabías que dentro del mármol estaba Moisés?».
La obra de arte estaba en el interior del monolito. El escultor se limitó a retirar la envoltura. Y apareció así el personaje. Y, en las piedras del portalín de la casa del apartado pueblo de Asturias, lo mismo: la sagrada Familia y los animales estaban conformados en el seno pétreo de aquellos cantos y solo el niño podía, con sus límpidos ojos, ver a los protagonistas de la Navidad primera en su diafanidad bajo la dura costra circundante.
Eso es lo que hace precisamente la fe. No es ciega, sino clarividente. Perfora la realidad más opaca y hace posible que el creyente vea lo que otros no ven. Hay un himno de la liturgia cristiana que dice: «La piedra, con ser la piedra, guarda una chispa caliente». Naturalmente que sí. En el mármol de Miguel Ángel, en las piedras del portalín de la casa de Asturias y en las situaciones más densas, espesas, oscuras e impenetrables de la vida. La fe lo puede todo.
Y lo curioso es que el niño asturiano guardaba, al concluir las fiestas, los cinco cantos rodados en una caja no sé si de zapatos o de zapatillas, para, transcurridos doce meses, disponerlos de nuevo en el portal de la casa cuando llegase la Navidad. Y no había confusión de piedras y de personajes: eran la misma piedra y el mismo personaje del Nacimiento del año anterior.
Jorge Juan Fernández Sangrador
La Nueva España, sábado 24 de diciembre de 2022, p. 30
Minnie Louise Haskins (1875-1957) nació en la localidad inglesa de Bitton (Gloucestershire), fue miembro de la Sociedad Misionera Metodista Wesleyana, de la London School of Economics and Political Science y misionera en Madrás.
Con el fin de recaudar fondos para una de las obras apostólicas y sociales en las que colaboraba, Minnie publicó, en 1912, bajo el título “The Desert”, un libro de poemas. En él figuraba uno, escrito en 1908, que llegó a alcanzar gran popularidad, porque el rey Jorge VI, padre de Isabel II, lo citó en su célebre discurso a la nación y al imperio en la Navidad de 1939, año en el que el Reino Unido entró en la Segunda Guerra Mundial: “God knows”.
Los versos recitados por el Rey fueron estos: «Y le dije al hombre que estaba a la puerta del año: / “Dame una luz para que pueda caminar con seguridad hacia lo desconocido” / Y él respondió: “Sal a la oscuridad y pon tu mano en la Mano de Dios. / Eso será para ti mejor que la luz y más seguro que un camino conocido”».
Se dice que era el poema favorito de Isabel Bowes-Lyon, Reina Madre, y que fue ella quien lo dio a conocer a Jorge VI, su marido. En el libreto del oficio religioso (“Funeral of Her Majesty Queen Elizabeth, The Queen Mother”) celebrado en la abadía de Westminster cuando murió, en 2002, aparece como colofón.
Y debió de haber sido evocado con frecuencia en la real Casa de Windsor, porque cuando se publicó un libro en honor de Isabel II, con motivo de su nonagésimo cumpleaños, en 2016, en el prólogo, firmado por la Reina misma, ésta pide, tanto a los editores como a los lectores, que mediten los arriba mencionados versos de Minnie Haskins.
El libro se titula “The Servant Queen and the King she serves” y en él se recogen fragmentos de discursos navideños pronunciados por Isabel II, en los que la Reina confiesa abiertamente su ferviente adhesión a Cristo.
Tom Hanks ha venido a España para promocionar su última película, que estará a finales de año en las salas de cine de nuestro país: “El peor vecino del mundo”.
Desde que se casó con Rita Wilson, Tom halló la estabilidad personal que proporcionan la familia y la religión, porque, de mano de su esposa, entró a formar parte de la Iglesia ortodoxa, en la que fue bautizada ella.
Ambos se confiesan creyentes y practicantes, y reconocen que la fe en Dios los sostuvo durante el tratamiento contra el cáncer de Rita y contra la adicción al alcohol y a las drogas de su hijo Chet.
Chet Hanks, que también es actor, declaró que el encuentro con Dios («Dios es real», afirma) lo hizo abandonar el ateísmo y salir del infierno en el que se encontraba sumido: «Me tocó la mano de Dios».
Tom Hanks fue, mientras vivió con su madre, católico; con su madrastra, mormón; con una tía, metodista nazareno. Y asistió durante años a círculos de estudio de la Biblia. Tuvo, pues, una «visión general itinerante de varias religiones», según manifestó en cierta ocasión.
Sin embargo, lo que experimentó de forma constante en el período de su infancia y en el de su adolescencia fue una terrible soledad. De ahí el que considere la película “El náufrago” como la más representativa de su historia personal.
Durante una entrevista que la presentadora Kirsty Young le hizo para la BBC, Tom se conmocionó cuando ésta le preguntó qué era lo que le atormentaba cuando tenía 14 o 15 años y él respondió con voz quebrada: «No me hagas esto… Era el vocabulario de la soledad. Yo no contaba con el vocabulario para expresar la soledad».
Era tan profundo y arraigado su sentimiento de soledad, que, cuando estaba dándole vueltas a lo de ser actor, sus dudas se disiparon en el mismo instante en el que oyó decir que todas las grandes obras de teatro tratan, en definitiva, de la soledad. Y de soledad iba él bien sobrado.
También van sobrados de soledad los ancianos de la Residencia de la Tercera Edad de Campolongo, en Pontevedra. Su director, Juan José López, ha escrito una carta a los jóvenes, que está circulando sin parar por las redes sociales, en la que dice: «No nos falta vida, os lo aseguro (…) Si acaso nos duele lo que nos sobra: soledad. Y nos sobra porque no estáis aquí (…) Habéis dejado de querernos (…) Pronto será Navidad, el tiempo más triste en nuestra casa (…) Quiero una lluvia de cariño en forma de cartas, de mensajes, de felicitaciones, de fotos».
En tan solo unos días han llegado a la residencia, en respuesta a la misiva del director, que dio voz a la soledad de los residentes, seis mil cartas con mensajes de cariño procedentes de diversas partes de España y de Europa.
«En Estados Unidos hay una epidemia de soledad», dijo Tom Hanks el otro día en uno de los actos de presentación de la película “El peor vecino del mundo”. Y, por lo que se ve, en Europa también, yendo, además, en aumento, a causa del individualismo, la indiferencia, el descenso de la natalidad, la desestructuración de las familias, las antropologías erráticas y las leyes contra la vida humana.
Son los efectos de ese modo de estar, de pensarse y de sentirse en el universo que es tan característico de nuestro tiempo, en el que andamos, como Tom Hanks, tratando de confeccionar el diccionario con los vocablos, precisos y certeros, que nos permitan poner claridad y orden intelectual y vivencial en la caótica confusión actual de identidades, referentes y paradigmas en extralimitación que desdibujan, afean, distorsionan y destruyen la verdad y la belleza de la persona, el matrimonio, la familia, la sociedad, la historia y el mundo, realidades en las que nos fundamos y cuya hermosura ha sido Dios mismo quien nos la ha dado a conocer hablándonos en amistosa conversación.
Mientras tanto, llega nuevamente la Navidad, en la que se celebra el máximo acontecimiento de la historia: el nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios y Dios igualmente él, que vino para compartir nuestro nacer y nuestro morir, para redimirnos de nuestros desvíos y nuestros desarreglos, y para, sosteniéndonos continuamente con la fuerza de su brazo, conducirnos, a través de las angosturas que nos oprimen, hasta el valle de los reencuentros, del banquete y de la fiesta sin fin.
Jorge Juan Fernández Sangrador
La Nueva España, domingo 18 de diciembre de 2022, p. 30
Joseph Weiler sostiene que la paz en nuestro continente fue posible, después de la Segunda Guerra Mundial, gracias a que, entre los padres de la actual Unión Europea, se hallaban católicos como Robert Schuman, Alcide de Gasperi, Jean Monnet o Konrad Adenauer.
¿Y cuáles fueron los principios que, fundados en el Evangelio y en la Doctrina Social de la Iglesia, los adalides de confesión católica instilaron en la construcción de la nueva Europa? Pues dos esencialmente cristianos: el perdón y la redención. Sobre estos dos pilares se levantó la Europa de postguerra.
Como se recordará, Joseph Weiler, constitucionalista y experto en derecho comunitario, es judío practicante y un decidido defensor del cristianismo y un valiente reivindicador de la importancia que éste ha tenido en la fragua de la democracia, en la creación del Estado de derecho y en el que los derechos humanos sean preservados y defendidos en toda sociedad que desee llevar el sello de moderna, justa y avanzada.
Otro judío, el literato Abraham Yehoshua (1936-2022), agnóstico, calificado como escritor de izquierdas y con varias obras traducidas al español, se preguntaba por qué los católicos se están haciendo oír tan poco en un mundo globalizado, en el que las religiones están creciendo exponencialmente, en contra de lo que nos quieren hacer creer los irreligiosos creadores de opinión que militan en ideologías contrarias a cualquier modalidad de fe en la existencia de Dios, creador, providente y salvador.
Este judío israelí escribió mucho sobre las relaciones entre judaísmo e islam, preocupado por la tensión que existe entre esas dos confesiones religiosas en Israel, que, según él, no dejan de crecer y de hacerse más fuertes. Mas no así el cristianismo, y, en particular, el catolicismo.
«Dudáis en poner al catolicismo, la belleza del catolicismo, los valores del catolicismo, o del cristianismo en general, sobre la mesa del Nuevo mundo, como partner de una confrontación con las otras religiones. Los cristianos son los más tímidos a la hora de levantar la voz en un mundo en el que las otras dos religiones monoteístas, judaísmo e islam, están siendo cada vez más fuertes», comentó Abraham Yehoshua en cierta ocasión ante el auditorio católico que acudió a una conferencia suya pronunciada en una iglesia de Italia.
¿Y todo esto por qué? «Veis a la Iglesia como un museo y no como un lugar desde el que podéis trasmitir energía e ideas. No soy católico ni cristiano, pero opino que la voz del cristianismo es muy débil», añadió. Y que esto lo diga un no católico da que pensar. Y no será porque los representantes de la Iglesia no dejen de hablar sin parar, pero se ve que sirve de poco, como ha puesto de manifiesto, en el caso de los sacerdotes católicos, el último Estudio sobre “Confianza en la Sociedad Española” de la Fundación BBVA. La confianza depositada tradicionalmente por la sociedad española en los curas ha decaído notable, significativa y preocupantemente.
A ver si va a ser porque no se muestran convincentemente compenetrados e identificados con «ese algo más» del que habla Joseph Weiler: «la santidad y la sacralidad», características denotativas de una religión acreditada ante el mundo como verdadera, libre, profética, servicial, seductora y constructiva. Es preciso decir, con todo, que todavía salen peor parados, en la encuesta realizada por la Fundación BBVA, los políticos y los youtubers, aunque lo de saber que se está solo un poquito por encima de estos dos grupos tampoco es que sirva de gran consuelo.
Jorge Juan Fernández Sangrador
La Nueva España, domingo 11 de diciembre de 2022, p. 27
Basilica Santa Maria Maggiore in Città Alta de Bergamo