
Edith Stein: La séptima morada (subtitulada en español)


Diego S. Garrocho publica esta columna en el periódico con ideas aprovechables para una buena ejercitación cuaresmal
NADIE sabe exactamente qué es el espíritu. Por más que Hegel dijera que había visto al espíritu del mundo a caballo, para referirse a un Napoleón montado que cruzaba las calles de Jena, todos intuimos que lo espiritual guarda un íntimo compromiso con el régimen de lo invisible. Ni siquiera en griego antiguo o en hebreo existiría una única palabra para referirse a esa intuición abstracta, y todavía en nuestra lengua tendríamos dificultades para discernir cuáles son las diferencias entre lo que nombramos cuando hablamos del alma, de la mente o del espíritu.
La más banal de las intuiciones en ocasiones sale a nuestro rescate y, aunque todos sospechemos a qué nos referimos al apelar a la condición espiritual, podríamos convenir una definición de urgencia. El espíritu es todo lo que importa y que no puedes tocar. Esta intangibilidad de lo mucho que somos, para bien o para mal, se opone con naturalidad a nuestra condición corporal que ahora tanto se celebra. Somos, por supuesto, un cuerpo. Pero somos un cuerpo animado y un cuerpo vivido, un cuerpo doliente y un cuerpo capaz de pensarse y amarse como algo que es mucho más que un cuerpo.
La insaciable obsesión por la corporalidad ha multiplicado los gimnasios, los ungüentos, las recetas y hasta las páginas de los ensayos. Eso que llaman autocuidado no hace más que evidenciarnos la escasa complejidad de la definición con la que hemos querido conformarnos. O que nos conformen. Cuidarse el pelo, las uñas, la piel o el vientre son, sin duda, actos de higiene y hasta de dignidad civil, pero cabría sospechar por qué esa sobreabundancia de atención por lo corpóreo ha acabado por coincidir con un olvido del espíritu. Hay algo revelador en que sea más sencillo escuchar hablar de las impurezas de la piel que de la purificación del ánimo.
Uno sobrevive con lo poco que aprende de algunas personas sabias, y a un hombre de hondura le oí decir que el silencio es para el alma lo mismo que el agua es al cuerpo. El silencio es una ausencia de estímulos sonoros que hace perceptibles las verdades más sutiles. Por eso la lectura es siempre un acto autodefensivo en el que el individuo se aísla para hacer del mundo algo distinto del mundo. No olvidemos, además, que cada vocablo escrito en su mero acto de significar anuncia una trascendencia que va desde la palabra hasta la cosa.
También será en el interior del silencio, esta vez sin lectura, donde podremos ensimismarnos, que diría Ortega, para establecer atención real por todo lo que hacemos y todo lo que nos pasa. La admiración, y por ello la mejor cultura, la oración para quien rece o el paseo son experiencias que redundan en ese imprescindible y olvidado cuidado del espíritu. Aunque al final, puede que el mejor cuidado de sí consista en olvidarse de uno para cuidar algo más de los otros.

El discurso parlamentario español más recordado es el de Emilio Castelar, quien, en 1869, habló así desde la tribuna: «Grande es Dios en el Sinaí; el trueno le precede, el rayo le acompaña, la luz le envuelve, la tierra tiembla, los montes se desgajan; pero hay un Dios más grande, más grande todavía, que no es el majestuoso Dios del Sinaí, sino el humilde Dios del Calvario, clavado en una cruz, herido, yerto, coronado de espinas, con la hiel en los labios y, sin embargo, diciendo: “¡Padre mío, perdónalos, perdona a mis verdugos, perdona a mis perseguidores, porque no saben lo que se hacen!”»
En efecto, Dios se manifestó en el Sinaí, en la Naturaleza y en el Templo entre temblores, estruendo y con todo el aparato del que habla el Antiguo Testamento. Pero también el Calvario, hendido por la cruz del humilde Redentor, tremó cuando se agitó la tierra en la tarde de su muerte.
Lo cuenta el evangelista san Mateo: «La tierra tembló, las rocas se resquebrajaron, las tumbas se abrieron y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron y, saliendo de las tumbas después que él resucitó, entraron en la Ciudad santa y se aparecieron a muchos. El centurión y sus hombres que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba, dijeron aterrorizados: “Verdaderamente este era Hijo de Dios”».
Quien visite actualmente la iglesia del Santo Sepulcro, en Jerusalén, nada más traspasar el umbral, a la derecha, verá que, en la base de la roca del Calvario, apreciable tras un cristal, hay una resquebrajadura que se cree que fue producida por un intenso seísmo. El mismo Jesús anunció que habría «grandes terremotos y, en diversos países, hambres y pestes».
Y cuando, en la mañana de Pascua, María Magdalena y la otra María fueron al sepulcro de Jesús «tembló fuertemente la tierra». De igual modo, estando el apóstol san Pablo prisionero en Filipos, hubo «un terremoto tan violento que temblaron los cimientos de la cárcel».
Sin embargo, el gran terremoto del que tenemos pormenorizadas noticias fue el que asoló Antioquía del Orontes en tiempos de Trajano. En el año 115. Ya había allí por entonces «cristianos», pues era así como los antioquenos llamaron desde su primera llegada a la ciudad a los seguidores de Cristo y fue allí en donde se acuñó el término que habría de universalizarse y dar nombre al cristianismo. Poco antes del terremoto había sido detenido el obispo de la ciudad, Ignacio, y llevado a Roma para dar testimonio de Cristo. Las cartas que escribió durante el viaje son de lo mejor de la literatura cristiana primitiva.
Aquel terremoto fue terrible. En la “Historia romana” de Dion Casio puede leerse el relato de lo acaecido: «Llegó, en primer lugar, de repente, un gran estruendo, al que siguió un tremendo temblor. Toda la tierra se levantó, y con ella se elevaron los edificios por los aires; algunos fueron desplazados solo para colapsar y romperse en pedazos, mientras otros fueron agitados de un lado para otro, como si estuviesen en medio del mar, y volcaron, extendiéndose los restos sobre una gran superficie, incluso en campo abierto».
Y prosigue: «El crujido de maderas que se quebraban, unido a las tejas y piedras que se rompían, resultó completamente aterrador; y se levantó una increíble cantidad de polvo, de forma que resultaba imposible que nadie viese nada, ni producir u oír una palabra. En cuanto a la gente, incluso muchos que estaban fuera de las casas resultaron heridos, siendo arrebatados y arrojados violentamente a tierra como si cayeran de un acantilado. Hasta hubo algunos casos de árboles arrojados por los aires, incluso con sus raíces».
No se sabe cuántos fueron los que murieron, golpeados en el cráneo por elementos de los edificios o sepultados bajo los escombros; muchos de los supervivientes quedaron mutilados de brazos o piernas. Mas también en aquella ocasión, al igual que en estos días de temblores, personas que deseaban salvar a las que pudieran estar aún con vida bajo las casas derruidas, encontraron a una mujer que sobrevivió alimentándose de su propia leche, a la vez que nutría con ella a su hijo.
Y un bebé, que yacía junto a su madre muerta, logró, mamando de sus pechos, no perecer. Son los milagros de ayer; los mismos de los que hablan los equipos de rescate de hoy, porque, cuando ya parece que no hay nada que hacer, un indicio de vida reclama que no cesen o se reemprendan las operaciones de búsqueda.
Y lo más sorprendente que hemos visto a través de la televisión, en este período de terremotos y réplicas en Turquía y Siria, es cómo, después de haber estado varios días sepultados bajo el peso de moles de cemento, arreglándoselas como podían para no sucumbir ante la angustia, el frío, el hambre y la sed, tanto niños como adultos, con unos ojos grandes y expresivos, y con un semblante de serenidad que para mí quisiera yo, nada más ser devueltos al exterior obsequiaban a sus salvadores y a cuantos los rodeaban con la más amplia, limpia y luminosa de las sonrisas.
Jorge Juan Fernández Sangrador
La Nueva España, domingo 19 de febrero de 2023, pp. 24-25

Resquebrajadura en la roca del Calvario. Se dice que la produjo un seísmo
El valor real de la Palabra de Dios no se establece en euros. Es otro. No solo superior, sino materialmente incuantificable. Pero lo de esta subasta acredita una vez más la enorme importancia cultural que posee la Biblia. Este es, según se dice, el texto hebreo más completo del Antiguo Testamento que existe: el Codex Sassoon (del siglo X aproximadamente).
La manosean bastante. Esperemos que sea auténtica.




Hace tiempo que vengo preguntándome cómo va a atacar la Inteligencia Artificial, en cuanto obra humana, al cristianismo, porque eso, tarde o temprano, ha de llegar. Y, como era de esperar, ha empezado ya a dar la cara.
Yo no sé si los que dispensan el dinero de los fondos “Next Generation” desde esa “nous” centroeuropea que todo lo dirige son sabedores de los revestimientos fraudulentos con los que algunos tratan de colar sus proyectos para que sean profusamente financiados, pero es que son ciegos si no se han dado cuenta ya de que esa condición que han impuesto, a saber, que las nuevas propuestas de atracción turística han de constituir una “experiencia” se están reduciendo en muchos casos a meras “experiencias inmersivas” virtuales. Y, la verdad, es que éstas ya cansan, no aportan gran cosa, no son reales y, además, marean. Son para entretener durante un rato.
Pero a lo que sí hay que estar muy atentos es a ese otro requisito que se exige y que reza así: «La línea Innova tiene como objetivos impulsar y fortalecer las redes de actores y crear narrativas sobre experiencias inspiradoras que construyan relatos a nivel país». Viene en el “Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia” del Ministerio de Industria, Comercio y Turismo. Muy logrado literariamente lo de «a nivel país».
Y por si no se entendió a la primera, insiste más adelante en lo de la «construcción de relatos inspiradores». Aunque no sean veraces. Hasta Irene Vallejo, autora del exitoso libro “El infinito en un junco”, ha afirmado muy convencida, cuando le pidieron su parecer sobre una colección de obras escritas para ponerlo todo patas arriba, que hay que «reinventar y reventar los clásicos», lo cual es, según ella, «innovador» y «precioso».
Pues algo así es lo que han hecho en el Coliseo de Roma. Un “chatbot” de Nerón conversa con los visitantes. Les responde a lo que preguntan y les cuenta lo que desean escuchar. «La elección de un sonriente Nerón vestido con toga» ha sido, de entre otras, la opción «más fuerte y atractiva», se lee en la nota de prensa emitida para el lanzamiento del producto turístico.
Esta iniciativa no ha tomado forma solo por las circunstancias actuales de financiación europea y de frenesí tecnológico, sino que se sustenta en las opiniones de una corriente historiográfica contemporánea que está tratando de blanquear la imagen de Nerón de acuerdo con una suerte de “negacionismo” disimuladamente consentido, asentido y promovido por la “cristianofobia” dominante. Sin embargo, lo que refiere Tácito, en los “Anales”, acerca del sujeto, causa espanto. Esto es lo que dice de cómo se ensañó con los cristianos, a los que acusó de haber incendiado Roma:
«El caso fue que se empezó por detener a los que confesaban abiertamente su fe, y luego, por denuncia de aquellos, a una ingente multitud y resultaron convictos no tanto de la acusación de incendio cuanto de odio al género humano. Pero a su suplicio se unió el escarnio, de manera que perecían desgarrados por los perros tras haberlos hecho cubrirse con pieles de fieras, o bien clavados en cruces, al caer el día, eran quemados de manera que sirvieran como iluminación durante la noche».
Y prosigue: «Nerón había ofrecido sus jardines para tal espectáculo, y daba festivales circenses mezclado con la plebe, con atuendo de auriga o subido en el carro. Por ello, aunque fueran culpables y merecieran los máximos castigos, provocaban la compasión, ante la idea de que perecían no por el bien público, sino por satisfacer la crueldad de uno solo». Bajo su reinado padecieron el martirio, según fuentes documentales, los apóstoles san Pedro y san Pablo.
Por otra parte, las palabras de Agripina, madre de Nerón, cuando vio que iban a matarla, son terribles: «Hiéreme aquí», le dijo al centurión que fue enviado a asesinarla, mientras le señalaba su propio vientre, en el que se había formado el imperial monstruo.
A la vista de todo ello, cabe preguntarse: en el futuro, Auschwitz ¿será explicado por un «simpático» chatbot del fautor de la Soá? Una mina de diamantes del Congo ¿por el de un rey belga? Un “killing field” camboyano ¿por el de un jémer rojo? Srebrenica ¿por el de un general serbio? Manila ¿por el de un emperador japonés? Hiroshima y Nagasaki ¿por el de un presidente estadounidense?
¿A que eso no va a suceder? ¿A que en lo del blanqueo de la figura de Nerón hay otro propósito que no es el del solo “divertimento” para turistas consumidores de lo que les echen? Claro que sí. Y es que ya nos hemos percatado de que algunos nuevos y dizque «inspiradores» relatos, «a nivel país», en el nuestro y en los de los demás, contienen dentro de sí más carga de ideología disolvente de lo que parece.
Jorge Juan Fernández Sangrador
La Nueva España, domingo 12 de febrero de 2023, p. 27


«Yo crecí en Nueva Inglaterra. La mayor parte de mis amigos eran judíos, pero crecí en una comunidad marcada por el cristianismo. No soy cristiana, pero me gusta el cristianismo. Desde el punto de vista de una escritora es una religión alucinante» (Diario «El Mundo», 5 de febrero de 2023, sección «Papel», p. 17)
El periódico británico “Daily Mail” ha dedicado algunas páginas a Asturias, en las que hace mención de Ponga, Somiedo, Las Ubiñas, Los Oscos, El Eo, Villaviciosa, Redes, Gijón, Avilés, la catedral de Oviedo, las casas de indianos, los quesos y los restaurantes más renombrados de la región. No es la primera vez que lo hace.
Estas referencias aparecen en el suplemento “Check-in” del popular diario, debido principalmente a la promoción que el Principado de Asturias hizo, en noviembre del año pasado, en la feria “World Travel Market”, en Londres, de los atractivos turísticos de nuestra tierra.
De igual modo, “The Sunday Times” ha publicado un reportaje sobre Somiedo y los avistamientos de osos y otros animales que gozan de libertad en aquellos hermosos parajes, y un centenar de taxis londinenses han lucido propaganda de Asturias en la capital del Reino Unido, en la que el restaurante “Hispania” funge en cierto modo de consulado representativo astur.
Falta hace que Asturias sea promocionada fuera del territorio nacional, porque apenas se la conoce. Uno se las ve y se las desea para explicar en qué parte de España nació y vive.
Yo suelo señalar, a quién me pregunta de dónde soy y en dónde está ese lugar, unas coordenadas geográficas no muy ceñidas a la inmediatez en el mapa, pero suficientemente próximas como para darse una idea: Asturias se halla entre Compostela y el País Vasco, puntos reconocibles por casi todo el mundo, aunque tampoco estoy muy seguro de que los interlocutores sepan ubicarlos sobre la piel de toro.
Por otra parte, los “Premios Princesa de Asturias” no le suenan a nadie fuera de España, y eso que son el mascarón de proa del conjunto de nuestras realidades culturales, a pesar de lo que diga el “Observatorio de la Cultura (La Fábrica)”, que, en el ranking de entidades culturales autóctonas del 2022, los coloca en el cuarto lugar, junto con la “Ópera de Oviedo”. En el nacional, en el septuagésimo quinto puesto, junto con el “Xacobeo”. No me parece que sea una clasificación aceptable. La Inteligencia Artificial la hará, en el futuro, con mayor objetividad y precisión, espero.
A propósito de todo este asunto de la propaganda turística, he descubierto últimamente la importancia promocional de los paneles que anuncian los horarios de las salidas y llegadas de los vuelos en los aeropuertos en los que operan las compañías de bajo coste.
Puesto que hay que ir al aeropuerto con tiempo, porque no existe certeza absoluta de que el avión vaya a salir o a hacerlo en la hora prevista, sino treinta minutos antes, una de las vías de aprovechamiento del tiempo es la de la lectura y ubicación en el mapa de los destinos, ignotos para el que aguarda el momento de embarcar en su avión, que van apareciendo en el tablero.
Y así, iphone en mano, se indaga en dónde se encuentran y qué hay que saber y ver de Rzeszow, Plovdiv, Bydgoszcz, Podgorica, Lamezia-Terze, Szczecin, Tallin, Chisinau o Essaouira, por ejemplo. Los pasajeros de estos lugares harán lo mismo que yo, imagino, respecto a Asturias, la cual, salvo que hayan hecho el “Camino primitivo de Santiago”, no les sonará de nada.
De ahí la importancia de que se establezcan conexiones desde nuestro aeropuerto con los de otras regiones de Europa y del mundo, pues sirven para que podamos conocernos mejor unos a otros, apreciar las infinitas bondades de tantos lugares maravillosos como existen en la amplitud del planeta, la genialidad de sus habitantes, la belleza de su cantos y composiciones musicales, la ancestral sabiduría de sus tradiciones; progresar en el manejo de idiomas diversos que nos permitan conversar con amistades nuevas y gozar de las increíbles riquezas literarias que florecen por doquier.
Jorge Juan Fernández Sangrador
La Nueva España, domingo 5 de febrero de 2023, pp. 26-27

A quien le guste Piranesi, encontrará un interesante libro multimedia en el siguiente enlace: https://www.piranesimultimediale.it/

Y aquí lo que escribí acerca de Piranesi en La Nueva España:
Piranesi en la Biblioteca Nacional
“Madrid, en agosto, con dinero y sin familia, Baden-Baden” es una sentencia que se atribuye al político y académico Francisco Silvela (1843-1905). Y, en estos días de calor canicular, si se visita la magnífica exposición de aguafuertes de Giovanni Battista Piranesi (1720-1778) en la Biblioteca Nacional de España, se puede reemplazar Baden-Baden por Roma, ya que, al deambular por las salas en las que se exhiben le vedute, el espectador siente que flanea realmente entre los templos, las iglesias y los palacios de la Ciudad Eterna que el arquitecto, grabador y teórico, natural de Mogliano Veneto, contempló y recreó.
En la muestra pueden verse casi trescientas estampas de Piranesi, que pertenecen en su mayoría a las series “Vedute di Roma”, “Le Carceri d´invenzione”, “Opere Varie”, “Il Campo Marzio dell’Antica Roma” y “Raccolta di alcuni disegni del Barberi da Cento detto Il Guercino”, junto con trabajos de Paladio, Dupérac, Juvarra, Fischer von Erlach, Vasi, Tiepolo y Canaletto.
Quien haya recibido el inapreciable don de saber viajar y elevarse hacia lugares lejanos con su imaginación dentro de los muros de una biblioteca podrá ejercitarse en él, y sin el menor esfuerzo, en la del Paseo de Recoletos de Madrid. Gozará allí de una visión de Roma que puede que no fuera la que experimentó, si es que se le presentó la ocasión, cuando viajó hasta ella la primera vez, buscando hallar por entonces en sus rioni lo que, en cambio, sí le ofrecen las estampas de Piranesi expuestas en la Biblioteca Nacional.
El romero acaso se decidió a emprender aquel viaje iniciático impulsado por la idea que se había formado de la ciudad, que era probablemente la que le instilaron en la mente, sin ser consciente de ello, el arquitecto moglianese y otros dibujantes de los fabulosos espacios, edificios, monumentos y ruinas de la antigua Roma. Y cayó en la cuenta de ello cuando vio, en las plazas Navona y España, o un lungotevere, en los puestos en los que se venden souvenirs, caballetes y bancos con copias de estampas de Piranesi.
Seguramente se trajo una a España, como recuerdo de su estancia en Roma, para que funja de ventana siempre abierta, desde la que se pueda avistar, en la placidez de lo consuetudinario, la inmarcesible hermosura de la Roma rovinata. Las de Piranesi lucen en las paredes de muchas casas curales de España, que sus moradores adquirieron durante el período de ampliación de estudios en alguno de los ateneos romanos o de la peregrinación al sepulcro de los santos apóstoles Pedro y Pablo.
Cuando Robert Louis Stevenson se fue a vivir, en 1891, a Samoa, hizo que le enviaran desde Edimburgo los muebles, la vajilla, los cubiertos, la cerámica, la biblioteca de su casa y los grabados de Piranesi, que el escritor deseaba admirar en su nuevo y último hogar de Vailima. En Asturias, la familia Selgas poseía, dado el amor que sus miembros profesaban a las antigüedades y a la arquitectura griega y romana, una interesante colección de vedute di Roma.
Mientras recorría la exposición de Piranesi se me venía a las mientes la llamada España vaciada, en la que hay casonas e iglesias de notable valor histórico y artístico, cuyos tejados comienzan a venirse abajo por inexistencia de vecindario que las atienda y repare. En otros países de Europa, en cambio, han sabido conservar y exaltar, al estilo de los románticos, la grandeza de las ruinas de algunos edificios. Así, en Gran Bretaña, las catedrales de Coventry y Elgin, o las abadías de Tintern, Rievaulx, Fountains, Glastonbury, Holyrood y Whitby; en Francia, la de Jumièges; en Alemania, la de Heisterbach. Son una muestra de que la hora de la ruina de un edificio no es la última ni constituye necesariamente su trágico final: «Romped a cantar a coro, ruinas de Jerusalén», invita el profeta Isaías a la ciudad asolada.
En un entorno cuidado, limpio, con césped, senderos bien trazados y bancos para sentarse a leer, mirar o pensar, puede fulgir de distinta manera la bella geometría de una iglesia o de una torre, de un monasterio o de un palacio, en los que el paso del tiempo ha dejado la irreparable cicatriz de su curso imparable, pero no ha logrado arrebatarles la dignidad que les han conferido la historia, el genius loci y, sobre todo, el amor con el que un día fueron levantados por sus constructores.
Y han sido dibujantes como Giambattista Piranesi quienes nos han enseñado a mirar con imaginación, afecto y veneración esa fase en la que desemboca la materia humanizada, para que, en la medida de lo posible, no se cumpla aquel triste destino que le cupo en desgracia a la ciudad de Troya: «Etiam periere ruinae». Perecieron incluso las ruinas.
Jorge Juan Fernández Sangrador
La Nueva España, domingo 25 de agosto de 2019, pp. 28-29
Agatha Christie (1890-1976), la popular novelista británica, escribió un entretenido relato («un parto de amor», según ella) de sus andanzas por el Líbano, Turquía, Iraq y Siria en compañía de su segundo marido, Max Mallowan (1904-1978), que era arqueólogo. La traducción al español acaba de ser publicada en un nuevo formato, a partir de la que ya había, de 1987, por Tusquets.
Se titula “Ven y dime cómo vives”. Se ve que la gente se dirigía a ella en estos términos: «O sea que tú haces excavaciones en Siria, ¿no? Háblame de eso. ¿Cómo vives? ¿En una tienda?».
Y para satisfacer la curiosidad de quienes deseaban saber lo que sucedía en el día a día de una campaña arqueológica, Agatha se decidió a escribir este libro, que concluyó en la primavera de 1944 y en el que refiere lo acaecido durante las cinco temporadas que estuvo con su esposo, en la década de 1930, haciendo prospecciones en las márgenes del río Jabur y excavando en Chagar Bazar y Tell Brak, en Siria.
Agatha llegó a la conclusión de que esas mismas preguntas son las que los arqueólogos les hacen a los que moraron en los lugares que excavan, invocándolos («venid»), para saber qué es lo que hacían («contadme cómo vivís»).
Y ellos, que, atendiendo a la llamada del estudioso, viajan desde el pasado al presente, a la vez que les muestran sus pertenencias responden: «así son nuestros pucheros», «con estas agujas cosemos la ropa», «aquí guardamos los pendientes para la dote de nuestra hija», «mira el bote de los cosméticos», «las ollas las fabrican en la alfarería de la esquina y son de lo más corriente» y cosas por el estilo.
La “dama del crimen” se encargaba, durante las campañas, de diversos quehaceres: revelar fotografías, ordenar piezas, etiquetar hallazgos o reparar utensilios, sin dejar por ello de atender su oficio de escritora de novelas.
En cierta ocasión, con el fin de entablar conversación y depositar allí algunos objetos, alguien entró en la habitación en la que Agatha se hallaba volcada y concentrada en la descripción de los sangrientos pormenores de un asesinato.
La novelista lo despachó secamente: «Tengo que mantenerme firme. Le explico con claridad que para mí es absolutamente imposible dedicarme a mi cadáver si cerca hay un cuerpo vivo que se mueve, respira y, con toda probabilidad, habla».
De esos años, e inspiradas en sus viajes por Egipto y el Próximo y Medio Oriente, son las novelas “Asesinato en el Orient Express”, “Asesinato en Mesopotamia”, “Muerte en el Nilo” y “Cita con la muerte”. Si no me equivoco, su residencia de Londres estaba por entonces en 58 Sheffield Terrace, Kensington, de donde tuvieron que salir, ella y su marido, en 1941 a causa de los bombardeos.
En el libro “Ven y dime cómo vives” se relatan episodios protagonizados por turcos, árabes, armenios, kurdos y yazidíes. Las circunstancias que se van sucediendo son las que han conocido los arqueólogos, empresarios, clérigos, militares, diplomáticos y exploradores occidentales que residieron temporal o definitivamente en aquellas tierras en las que Agatha fue tan feliz.
Refiriéndose a Siria, escribió: «Adoro ese generoso y fértil país y a sus gentes sencillas, que saben reír y gozar de la vida, que son ociosas y alegres, que tienen dignidad, educación y un gran sentido del humor, y para quienes la muerte no es terrible».
Y allí también logró percibir eso que mantiene a los biblistas afectivamente enganchados a aquellos inmensos territorios comprendidos entre el Nilo, al sudoeste, y el Éufrates y el Tigris, al nordeste, pues son los del Antiguo y del Nuevo Testamento, los de los patriarcas, los santuarios, los invasores de Israel, los profetas, el judaísmo exiliado, las lenguas semíticas, las ideas y costumbres del Oriente antiguo, los salmos, las sagas, los oráculos, las parábolas y los aforismos; los de Jesús y los evangelios, los de la Iglesia primitiva y los misioneros cristianos. Son, en fin, en los que tuvo lugar la Historia de la Salvación.
Jorge Juan Fernández Sangrador
La Nueva España, domingo 29 de enero de 2023, p. 24


Agatha Christie tecleó en esta casa, sita en 58 Sheffield Terrace, Holland Park, London, W8 7NA, Royal Borough of Kensington and Chelsea, y en la que vivió entre 1934 y 1941, algunas de sus famosas novelas. Hice esta foto el 2 de enero de 2023.