Mónica en el siglo XXI

Estimada A.M.:

Sé que cuando hablé, en la conferencia a la que tuviste la deferencia de asistir, de las conversiones en cadena que hubo a partir de la vuelta del escritor francés Charles Péguy (1873-1914) a la fe católica, te conmoviste. Me lo contó tu párroco, al que le comentaste: «Vine para casa con la esperanza de que algún día mis nietos abracen la fe». Creo que lo esperas igualmente de una persona más allegada aún a ti.

Cuando el sacerdote me lo dijo, yo estaba ya muy sensibilizado sobre esa cuestión, porque el domingo anterior, al finalizar la Misa de 1 en la catedral, vino una persona a decir que, escuchando la música del órgano, durante la celebración, sintió súbitamente el deseo de confesarse. No lo había hecho en años. No lo dijo sólo para que lo oyera yo, sino también los circunstantes. Así que no revelo nada manifestado de forma confidencial. Creo que fue Bach quien indicó que el único propósito y razón final de toda la música debería ser la gloria de Dios y el alivio del espíritu. Y así fue en aquella ocasión.

El domingo pasado, durante la Misa, en Tolmezzo, en la región montañosa de Carnia, al norte de Italia, uno de los asistentes, de unos cuarenta años, dejó caer, mientras recitaba una de las preces de la Oración de los fieles, que se había convertido a la fe en un viaje realizado con un grupo de parroquianos, hacía poco, a Tierra Santa. Nos dejó impresionados a todos. Presidía aquella Misa un sacerdote que celebraba el vigésimo quinto aniversario de su ordenación. La iglesia estaba abarrotada de feligreses que había acudido para acompañarlo en tan significativa fecha.

Y me acordé de ti y de tantas personas que sienten esa misma inquietud tuya respecto al abandono de la fe, de la Iglesia y de las prácticas religiosas por parte de sus hijos y nietos, y el deseo de que retornen a ellas. Sé que padres y abuelos os preguntáis en vuestro interior en qué habéis podido fallar. Te aseguro que en nada. Y no es momento ahora de andar buscando responsables individuales o grupales. Es así. Y punto.

Quiero decirte, no obstante, que no hay que desesperar jamás de que el encuentro con Cristo acaezca, porque Él está siempre a la puerta, llamando, incansable. Nosotros somos inconstantes, impacientes e indiferentes, pero Cristo no desespera jamás de que le permitamos entrar en el secreto recinto de nuestro corazón, para que allí pueda dar comienzo el banquete más gozoso que quepa celebrar. Solos. Y para que eso suceda, Él no se aleja ni un instante de nosotros. Está siempre ahí, a la puerta, siempre, siempre, siempre, llama que te llama. Insisto: siempre.

Y lo hace sin violentar a nadie. Antes de obrar un milagro, preguntaba: «¿Quieres quedar sano?» Se podía responder: ¡no! Cosa extraña, pero la cosa es así ¿Que uno no quiere? Pues, nada, que siga su camino. Cristo, en cambio, no deja de pensar en cada uno de nosotros y de amarnos. Insisto: siempre.

         Santa Mónica, madre de san Agustín, sufría tanto como tú y derramaba lágrimas y oraciones al ver el desentendimiento de su hijo para con las realidades de la fe cristiana, el cual, sin embargo, en cierto momento de su vida, no pudo resistirse a la acción de Cristo y le abrió la puerta:

«Me llamaste y clamaste, y quebraste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume, y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseo con ansia la paz que procede de ti», dejó escrito san Agustín en sus “Confesiones” para que tú lo supieras, A.M. Sí, aunque te cueste creerlo: para que lo supieras precisamente tú, A.M.

Tu párroco, que sabe cómo situarse ante esta circunstancia tuya y de los tuyos, te será de máxima ayuda en esa cierta desazón que te embarga. Y no desesperes de que el fuego de la fe que parece haberse apagado totalmente en tus seres más queridos se reavive y sea de nuevo una luz de sabiduría, alegría y santidad en ellos y, en consecuencia, si bien tú ya gozas de esa gracia, también, plenamente, en ti.

Ya me contarás.

Un cordial saludo.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 11 de junio de 2023, p. 28

San Agustín y Santa Mónica (obra de fr. Miguel Lucas, osa)

Ciudades de la poesía

No sé cómo irá de avanzado el proyecto de declarar a Asturias capital mundial de la poesía, pero ya pueden espabilarse los promotores porque hay mucha competencia. En España, por poner un ejemplo, la entrañable Soria, en la que compusieron y recitaron sus versos Gustavo Adolfo Bécquer, Antonio Machado y Gerardo Diego, se autoproclama “Ciudad de los poetas”.

En Italia, Recanati, con la “siepe” del “Infinito” de Leopardi, y Rávena, en donde se halla el sepulcro de Dante, sumo Poeta, son lugares a los que peregrinan los literatos y amantes de la poesía procedentes de todo el mundo.

Un investigador y profesor de literatura italiana en los Estados Unidos, David G. Lummus, ha publicado un libro, “The City of Poetry”, sobre la función cívica de la labor poética, en el siglo XIV, de Mussato, Dante, Petrarca y Boccaccio, quienes, con sus composiciones literarias, embellecieron y elevaron hasta lo indecible el grado de excelencia, a través de la poesía, de la convivencia urbana de su tiempo. Y es que Italia, en esto, como en tantas cosas, es difícilmente igualable.

Por otra parte, en un libro de Lorenzo Pompeo titulado “Le città della poesia”, señala, como representativas, las siguientes: San Petersburgo, Berlín, Praga, Buenos Aires, Sao Paulo, Río de Janeiro, Ciudad de México, La Habana, Roma, Barcelona y Cracovia. No figura Asturias, ni tampoco Udine, en la que escribo estas líneas.

Sita al norte de Italia, en la región de Friuli-Venezia Giulia, la ciudad de Udine es, como todas las de Italia, de una sugestiva belleza. Lo primero con lo que se encuentra el viajero, al llegar a ella, es con una torre de la empresa distribuidora de luz y gas ENEL, en la que un udinese, Simone Mestroni, ha pintado un mural de siete metros en el que se lee: “Udine Città della Poesia”.

Se trata de un proyecto de un joven artista, Mestroni, que se ha empeñado en que la poesía y los pensamientos de las más célebres figuras de la cultura estén presentes, en forma “street art”, en puntos muy transitados de la ciudad. Arte que no alcanza ni remotamente la altura del de Tiépolo, cuya obra pictórica luce cautivadora, en Udine, en las galerías del Palacio Patriarcal, la Catedral y el Oratorio de la Purità.

Hace unos días, en un discurso ante los asistentes al congreso “La estética global de la imaginación católica”, organizado por “La Civiltà Cattolica” y la Universidad de Georgetown, el Papa dijo cosas muy interesantes sobre la poesía y el arte en general, basándose en su propia experiencia como profesor de Literatura en Argentina.

Dijo de los poetas que son «ojos que miran y sueñan», invocando una cita literaria de un autor latinoamericano, no sé si de Miguel Ángel Asturias: «Tenemos dos ojos: uno de carne y el otro de vidrio. Con el de carne vemos lo que miramos; con el de vidrio vemos lo que soñamos». Los de los poetas, añadió Francisco, con una expresión de Paul Claudel, son, además, «ojos que escuchan».

De modo que si lo de “Asturias, capital mundial de la poesía” va adelante, la imagen de santo Tomás, la del apostolado románico de la Cámara Santa, será el icono perfecto de ese proyecto, pues con sus dos ojos de zafiro, distintos de los de los restantes apóstoles, que los tienen espolvoreados con azabache, extiende su mirada hacia una realidad que se encuentra más allá de las apariencias, la imaginación y los sueños.

Realidad que intuye y entrevé un verdadero poeta, como lo fue el gran Rainer Maria Rilke, quien, contemplando las aguas del Adriático, mientras paseaba en 1912 por un sendero del castillo de Duino, no lejos de donde me encuentro, exclamó: «¿Quién si yo gritara llegaría a oírme desde los coros de los ángeles?» Clamor de un poeta que escucha con los ojos y desea ser escuchado por Dios. Y así, en aquel instante, nacieron las “Elegías de Duino”, que Rilke publicó, tras haber dedicado a ellas diez años de su vida, hace ahora un siglo.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 4 de junio de 2023, p. 28

Santo Tomás (con ojos de zafiro) (el de la izquierda) y San Bartolomé (Cámara Santa de la Catedral de Oviedo)

Patti Smith: «Sigo los pasos de Cristo»

«Empecé a estudiar la Biblia cuando era pequeña, en el colegio. Tuve una buena educación religiosa. A los 13 años decidí que no quería una religión en particular ni quedarme atrapada en sus dogmas, pero siempre me ha atraído desde niña el arte religioso, especialmente el del catolicismo, como las pinturas de Giotto de la vida de San Francisco o el San Juan Bautista de Caravaggio. Y sigue teniendo un gran significado para mí. Básicamente, soy cristiana. Me criaron como cristiana, sigo los pasos de Cristo y me interesa lo mejor de cada religión, y me encanta la época de Pascua, pero a mi manera, en mi propia cosmología».

(Patti Smith, en «El Mundo» del sábado, 27 de mayo de 2023)

Inadvertencias

Me resultó llamativo hace unos meses el hecho de que, en la tienda del Museo Británico, en Londres, fuera mayor, en los estantes, el despliegue de ejemplares de un librito dedicado a Isabel II que las monografías sobre historia, geografía o arqueología. Acabé comprándolo. Se titula “The wicked wit of Queen Elizabeth II”. En él se recogen episodios y comentarios ingeniosos de la reina. Divertidísimos.

En la misma editorial hay uno sobre Felipe de Edimburgo: “The wicked wit of Prince Philip”. Sobre el esposo de la reina Isabel existe algún otro libro de semejantes características, porque, en ocurrencias, era inigualable entre sus homólogos de sangre azul. Hay uno que se titula “I know I am rude”. Es del mismo tenor que los anteriores y se ve, por la autodefinición, que el duque era bien consciente de que la diplomacia no era precisamente lo suyo.

Imagino que la tradición le habrá atribuido dichos y hechos que no se corresponden plenamente con lo acaecido o puede incluso que ni siquiera hayan tenido lugar. Y hay uno que no sé si sucedió realmente. Me refiero a aquel comentario suyo, a propósito de las obras no fácilmente comprensibles de un artista contemporáneo, que el duque de Edimburgo clasificó de esta manera: si cuelgan de la pared, son cuadros; si puedes dar vueltas en torno a ellas, son esculturas. Y la que tenía delante de él, en el momento en el que expresaba estas opiniones, servía, a su juicio, para colgar las toallas.

Esta situación, si es que realmente se dio, es cómica. Como también lo es la de aparcar unos patinetes eléctricos en la obra de un artista que adorna los jardines del Campus universitario del Milán, en Oviedo. Se trata de un largo elemento metálico que serpentea haciendo grandes espirales sobre el césped, en las que los usuarios dejaron apoyados los patinetes. Sé de estudiantes de Historia del Arte en ese Campus que jamás repararon en la presencia de la mencionada obra. Y eso que está en un sitio bien visible.

Son inadvertencias. Como las de la persona responsable de colocar en su justo orden las magníficas xilografías de Salvador Dalí sobre la “Divina Comedia” de Dante Alighieri que se exhiben en el Centro Niemeyer de Avilés. El título de la exposición es “Dibujar lo escrito”. Magnífica. Y pregunto: ¿No cabría poner algún banco en el centro de las salas con el fin de que el visitante pueda contemplar, cómodamente sentado, el conjunto de las xilografías?

A mi entender, sin embargo, están intercambiadas, en los cantos del Infierno, las que corresponden a los números 19 (“Los simoníacos”) y 26 (“Los habitantes de Prado”); en los del Paraíso, 13 (“Así se creó la tierra”) y 14 (“La aparición de Cristo”), 29 (“La creación de los ángeles”) y 30 (“Para el Empíreo”), 31 (“El arcángel Gabriel”) y 32 (“Preparación para la oración final”).

Yo diría, además, que, en la cartela del canto 27 de Paraíso, debería leerse “Gloria Patri” en vez de “Gloria patria”, y en la del 33 del Infierno, “Los traidores hacia los anfitriones”, habría de figurar “Los que traicionan a los huéspedes”. Aunque puede que el que esté equivocado en las apreciaciones que acabo de exponer sea yo. Son las inadvertencias en las que los humanos incurrimos con una frecuencia que excede sobremanera nuestra capacidad de controlar lo que hacemos o decimos.

He manejado los seis volúmenes de la “Divine Comédie”, publicada por Editions d’Art Les Heures Claires, con las ilustraciones de Salvador Dalí, y he ido a visitar varias veces la exposición daliniana del Niemeyer. El arte, la técnica y la hermenéutica del pintor español me han sido de gran utilidad para detenerme, guiado por su sensibilidad, en pasajes concretos de la obra de Dante. Estimo, por ello, que, ahora que los dibujos lucen en Avilés, hay que ir a verlos y leer, a la par,  la “Divina Comedia”, para darse así el gusto de admirar cómo interactúan, a partir del texto del gran poema, el inspirado escritor y el genial pintor.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 28 de mayo de 2023, p. 26

La vida de Brian: censurada

Como era una sutil parodia del cristianismo y del judaísmo del siglo I, a partir de los relatos evangélicos, era jaleada y reproducida en televisión todas las Semanas Santas. Más que nada para hacer befa sin que pareciese que se hacía. Y ahora por una escena que puede ofender a cierto sector en la cresta de la ola… ha sido censurada. Sin que sus productores se atrevan a decir ni mu acerca de su derecho a la libertad de expresión, al que invocan cuando alguien les indica que su película discurre en el límite de la blasfemia. Pues ahí lo tienen ahora. De repente se ha volatilizado en ellos el sentido de la sátira. ¡Hala, a recortar el guion! ¡Y sin rechistar!

La censura mutila ‘La vida de Brian’

▶ La corrección política lleva a John Cleese, de los Monty Python, a cortar una escena en su adaptación teatral.

▶ «Hoy en día no se pueden hacer estas cosas», dijeron algunos actores, en referencia a una broma sobre lo trans.

  • ABC (24 de mayo de 2023), por IVANNIA SALAZAR, CORRESPONSAL EN LONDRES

Casi medio siglo después, la corrección política obliga a cortar una escena en su última adaptación teatral

No solo fue un éxito en taquilla cuando se estrenó en 1979, sino que ‘La vida de Brian’ se convirtió pronto en una película de culto. Considerada por la crítica una de las mejores comedias de la historia del cine, cuenta la vida de Brian, el hijo de un soldado romano y una feminista judía que es confundido por la gente con el Mesías.

La fina parodia, dirigida por Terry Jones y escrita por los Monty Python, es decir, por Terry Jones, Terry Gilliam, Eric Idle, John Cleese, Michael Palin y Graham Chapman, que interpretaba a Brian, fue calificada como «obscena y sacrílega» por el presidente de EMI Films cuando leyó el guion, que por ese motivo se negó a financiar. «No permitiré que la gente diga que yo me burlé del jodido Jesucristo», dicen que dijo en su momento, temiendo la censura.

Finalmente, el proyecto vio la luz gracias a que el que fuera uno de los cuatro Beatles George Harrison se implicara tanto que incluso montó una productora e hipotecó su casa. Pero la temida censura ha llegado casi medio siglo después. Y es que la adaptación teatral del filme, que está previsto que se estrene en Londres el próximo año, eliminará algunas escenas para no herir la sensibilidad de sus potenciales espectadores. Según recoge el diario británico ‘ The Telegraph’, una de las partes censuradas será una escena sobre un hombre que quiere gestar a su propio hijo.

Es precisamente John Cleese, actor, guionista y miembro de l os Monty Python, y responsable de la adaptación a las tablas, quien tomó la decisión de eliminarla después de que algunos actores que participaron en la lectura del guion llamaran su atención: «Nos encanta el guion, pero hoy en día no se pueden hacer esas cosas», le dijeron. «Estas cosas» se refiere, por ejemplo, a que el personaje de Eric Idle, Stan, explica que quiere ser mujer y por ello pide que le llamen Loretta, porque esto es su «derecho como hombre» y afirma que desea «tener hijos». Como, en su opinión, «los hombres tienen derecho a tener hijos», pide además que «no le opriman». Pero esta no es la parte más polémica, que l lega cuando el personaje de Cleese, Reg, le explica a Stan que su intención no es oprimirle, pero que le será imposible gestar sin tener útero. «¿Dónde vas a gestar el feto, lo vas a meter en una caja?», le cuestiona.

Al parecer, siempre según ‘The Telegraph’, el propio Cleese, de 83 años, habló sobre su decisión de eliminar la escena durante un espectáculo privado, en el que se cuestionó ante su público el tema de la cancelación: «Tenemos algo de lo que nunca ha habido una queja en 40 años, que yo sepa, y ahora no podemos hacerlo porque ofenderá a la gente. ¿Qué se supone que hay que hacer con eso?», se preguntó.

Edu Galán, columnista de ABC, escritor, guionista, humorista y fundador de la revista ‘Mongolia’, opina al respecto que «Cleese se equivoca profundamente». «Creo que el mantener la escena atraería a más público del que le quita. Es una decisión completamente absurda», asevera. Dice que la escena, «en el contexto de ‘La vida de Brian’, es un chiste que tiene todo el sentido, que está plenamente justificado, que no tiene ni mucho menos la intención de reírse de los transexuales». Esa, dice, es una interpretación actual que no tiene que ver con la intención original. «Ceder a estas sensibilidades es una derrota para la sociedad democrática».

Galán apunta al tipo de contratos que se firman ahora, que conllevan sanciones económicas por cualquier error o cualquier palabra mal dicha. «Creo que ahí puede haber una explicación de por qué Cleese se ha plegado; no es que se haya vuelto ‘woke’ de pronto, pero la libertad de expresión depende también de la libertad empresarial». «Si tú no tienes una posición de fuerza, date por jodido, creo que ese es el problema. No me creo que haya cedido así como así», insiste. Sobre los contratos habla con ABC Lucy G. H, directora irlandesa que confirma que en el teatro, al menos en su experiencia y la de su entorno, se tienen que firmar cláusulas «sangrantes en las que se nos penaliza por decir cualquier palabra, cualquier frase políticamente incorrecta». «Vivimos con el miedo a que una vez hecha l a i nversión, nos cancelen antes de estrenar por algún motivo ‘woke’».

Sangrante es también que los Monty Python, con sus comedias, sus parodias, su ácido sentido del humor, ejercieran de adalides de la libertad de expresión hace cuatro décadas y ahora sean víctimas de la cancelación. Para Galán, la película más famosa de las que hicieron posiblemente hoy no podría filmarse y el propio Cleese seguramente se vio en una encrucijada para poder poner en marcha esta producción con todos esos cambios, pese a que en los últimos años ha sido un abanderado contra la cultura de la cancelación y la corrección política. De hecho, ha sido acusado de transfobia por defender a J. K. Rowling, autora de Harry Potter, quien incluso ha recibido amenazas de muerte por su posición de defensa de las mujeres biológicas y de los espacios exclusivos para ellas.

«Me da mucha pena la época censora y tonta en la que vivimos –lamenta Galán–, en la que amparados en sensibilidades como la de estos actores papanatas, obras de arte como ‘La vida de Brian’ se tienen que recortar». «La ofensa personal no es una unidad de medida, la unidad de medida es la legalidad, con una interpretación cultural crítica seria». Para él, esta es «una censura que se dedica a señalar obras artísticas en base a sensibilidades individuales».

Polémica con Eric Idle

La telenovela no acaba allí. Una publicación en la cuenta de Twitter de la ‘British Comedy Guide’ en la que afirmaba que «la versión teatral de ‘La vida de Brian’ de Monty Python se lanzará en Londres en 2024, según ha confirmado John Cleese. Él e Idle han hecho cambios; por ejemplo, no habrá una escena de crucifixión», provocó la respuesta de Eric Idle, de 80 años, que negó cualquier participación en la producción teatral. «No tengo nada que ver con esta producción o adaptación», escribió, y añadió una frase que ha generado curiosidad y que refleja que las relaciones entre ambos no están en su mejor momento: «Aparentemente, Cleese cortó la canción. Por supuesto». Idle estaría refiriéndose a ‘Always look on the bright side of life’, la canción que escribió para la escena de la crucifixión y que es una de las más relevantes de la banda sonora. Si finalmente será incluida en otra parte de la obra es de momento un misterio.

Fue ‘ The Daily Mail’ el medio que informó primero de que las estrellas habían estado «trabajando en nuevas escenas y tramas para un espectáculo de gran éxito» con la directora Caroline Jay Ranger, que incluyen momentos que no aparecen en la película y otros que han sido eliminados, como la crucifixión, aunque de momento no se han explicado los motivos. Mientras tanto, Idle manifestó en una entrevista un punto de vista más suave con respecto a la cancelación. Concretamente, hizo referencia a las quejas del comediante estadounidense Dave Chappelle de que está siendo silenciado por sus controvertidos chistes. Incluso, su ‘show ’ en Netflix fue cancelado en el último minuto, al igual que otros espectáculos en directo, porque algunos de sus chistes son supuestamente ofensivos para las personas transgénero y transexuales. La reacción de Idle fue que «no debes quejarte de la audiencia. No hay nada malo con la audiencia. Si no se ríen de tus chistes, hay algo mal con tu broma».

Carta a un dibujante

Estimado amigo,

He tenido noticia de que, cuando explorasteis, en Mérida, el interior de una antigua cisterna que formaba parte de una casa romana y encontrasteis en ella los trazos de un crismón, testimonio de que, en aquel lugar, hubo culto cristiano, echaste mano del rosario que llevabas contigo y te pusiste a desgranar padrenuestros, avemarías y gloriapatris.

El arqueólogo jefe no supo qué decir: «Al volverme vi al dibujante de las excavaciones que estaba rezando un rosario y se me pusieron los pelos de punta. Entonces entendí el valor que tenía para mucha gente». Ese que rezaba el rosario en aquella cavidad, en la que parece que se escondieron los cristianos durante las persecuciones, eras tú, que, con toda naturalidad, sin ocultar tus creencias religiosas, le expusiste el motivo de tu devota actuación: «Para mí es importante estar rezando en donde se rezaba hace casi dos mil años».

No creo que haya muchos como tú, confesantes de su fe cristiana, en los equipos de arqueólogos. Sé de alguien que se presentó un día en los trabajos de excavación de una iglesia y depositó allí una vela encendida. Los investigadores de campo, expectantes, seguían con la mirada lo que hacía el hombre, habitante en las inmediaciones, que se había desplazado en coche desde su casa hasta aquellas ruinas, abandonadas desde hacía sabe Dios cuánto tiempo y de las que los arqueólogos trataban de extraer toda la información posible. «Es el sitio en el que rezaban mis antepasados», les dijo el lugareño, dando así razón de su presencia y de su religioso y libre comportamiento.

La sacralidad de un espacio, en el que un día se experimentó el gozo de la oración, de la adoración a Dios y de la comunidad de fe no desaparece jamás. Una de las notas características de nuestro tiempo es la de intentar profanarlos siempre que se presente la ocasión por medio de la blasfemia, la burla, la indiferencia, el uso indebido, la resignificación o la reutilización con fines sórdidos. Lo único que consigue el sujeto que acomete estos intentos es denigrarse a sí mismo, pues Dios es siempre mayor y está por encima de esas ocurrencias excretadas por los bajos instintos.

Tengo casualmente un libro sobre el teólogo suizo Hans Urs von Balthasar (1905-1988) encima de la mesa. Refiere cómo fue su Camino de Damasco en 1927, siendo estudiante de Germánicas, durante un retiro espiritual en Whylen: «Aún hoy, después de treinta años, podría encontrar en un sendero perdido de la Selva Negra alemana, no lejos de Basilea, el árbol bajo el cual fui alcanzado de improviso como por un rayo… pero no fueron ni la teología ni el sacerdocio lo que entonces vislumbré ante mí. Era únicamente: ‘Tú eres llamado, tú no servirás, alguien se servirá de ti; no debes hacer proyectos, pues no eres más que una pequeña tesela de un mosaico preparado desde hace tiempo’». En 1929 ingresó en la Compañía de Jesús.

Junto a un árbol, en la cima de una montaña, en una oquedad abierta en la roca, en un cruce de caminos, a la vera de una fuente o de un río, en una iglesia, ante un cuadro o una imagen, en el desierto o en un hospital… vete a saber en dónde estará aguardándonos Dios, que siempre nos sorprende. Incluso en el interior de una cisterna excavada para recoger el agua de lluvia, como fue en tu caso.

He de decirte, no obstante, que el arqueólogo jefe se sintió tocado al ver ese gesto tuyo, espontáneo, de tirar inmediatamente de rosario y de ponerte a rezar sin importarte lo que pensasen tus colegas de trinchera, entre los que pudiera haber alguno con corazón impermeable ante cualquier cosa que provenga de la fe religiosa. «A mí, como arqueólogo, me interesa la historia, el patrimonio, pero ese lugar toca la parte trascendental de las personas», le confesó a un periodista.

Cuando tengamos ocasión de vernos, y espero que sea pronto, te hablaré de situaciones muy parecidas a la que has protagonizado tú, pues han constituido el inicio de una nueva vida para quienes supieron vislumbrar en ellas una Presencia, real, amorosa y con una irresistible potencia transformadora.

Nada más por ahora. Cuídate. Tuyo afectísimo en Xro (Cristo) (por lo del crismón).

La Nueva España, domingo 21 de mayo de 2023, p. 32

Artistas y Ágora de Humanidades

En el diario El Comercio del domingo 14 de mayo de 2023:

«Varios patinetes eléctricos municipales aparecieron ayer aparcados en las esculturas de los jardines del campus de El Milán y no en los aparcabicis de la zona. Al tratarse de un error, el Ayuntamiento los retiró rápidamente».

https://www.elcomercio.es/oviedo/retiran-patinetes-aparcados-esculturas-oviedo-20230514005529-nt.html

Carrère d’Encausse y Lustiger

A Hélène Carrère d’Encausse, galardonada con el Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales 2023, le correspondió, el 14 de marzo de 1996, pronunciar el discurso de recepción del cardenal Jean-Marie Lustiger, arzobispo de París, en la Academia francesa.

El parisino Aron Lustiger nació en 1926. Sus padres eran emigrantes polacos, de religión judía, que, con esfuerzo y mucho sacrificio, consiguieron abrir su propio negocio en la ciudad del Sena. La madre fue arrestada en tiempos de la dominación alemana y gaseada en Auschwitz. El padre, al igual que Aron y su hermana, lograron sobrevivir a las insidias antijudías.

La irrevocable decisión de solicitar el don de ser bautizado en la fe de la Iglesia católica, en 1940, cuando tenía 14 años, fue motivada por el gran impacto que le produjo, al entrar un Viernes Santo en la catedral de Orléans, la desnudez del templo, las imágenes cubiertas con un velo y el gran silencio de ese día del calendario cristiano. Sin renunciar a su nombre hebreo Aron, en el bautismo recibió también los de Jean y Marie.

Aron Jean-Marie Lustiger fue luego sacerdote al servicio de la diócesis de París, obispo de la de Orléans y finalmente arzobispo de París. Juan Pablo II lo creó cardenal y depositó en él toda su confianza para la gestión de los asuntos más importantes de la Iglesia en Francia.

El cardenal Lustiger puede figurar, sin duda alguna, en la nómina de las grandes personalidades de la historia del país vecino. Así lo reconoció la Academia francesa cuando lo designó para que ocupase el sillón que había quedado vacante por la muerte del cardenal Albert Decourtray.

En el discurso de acogida de Jean-Marie Lustiger, la académica Hélène Carrère d’Encausse hizo la “laudatio” del nuevo miembro de la Academia francesa del modo más realista e inteligente que cupiera hacer, cosa que, entre los franceses, es lo habitual, que saben, además, decirlo bella y educadamente, en discursos sazonados con las oportunas menciones de otras personalidades relevantes por sus dichos o acciones.

Para la Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales 2023, en un mundo en el que el progreso científico ha hecho que se volatilizasen las certezas del pasado, entre las que figuraban las que proporcionaba una incuestionable visión religiosa de la historia, de la sociedad, de la persona y de las relaciones humanas, la Iglesia debe dar a conocer, con un lenguaje que ha de estar a la altura de lo que requieren los tiempos, cuáles son las verdades que han de congregar en torno a sí nuevamente a una humanidad que, ebria de avances tecnológicos, no deja de sentirse atribulada, por otro lado, de tantas maneras y anda en una búsqueda desesperada de no se sabe qué.

Y es, prosigue Madame Carrère d’Encausse, precisamente en esa inflexión cultural, que parece que no tiene vuelta atrás, en la que surge un titán como Jean-Marie Lustiger, bajo cuyo pastoreo episcopal, y en la laica Francia, aumentaron las conversiones a la fe católica, las vocaciones jóvenes al sacerdocio y los pensadores hábiles en saber decantar en medio de la ventolera de doctrinas y opiniones del momento en dónde se halla el núcleo esencial de la verdad sobre la persona, su destino, su dignidad y su felicidad.

Esto, además, navegando con el viento en contra, no sólo del flujo ideológico socialmente imperante, sino también de amplios sectores de la Iglesia, no menos ideologizados y dominantes. Pero como si nada. Aron Jean-Marie Lustiger, a lo suyo. Se dedicó, con plena libertad, a decir y a hacer lo que creía que debía decir y hacer. Y Hélène Carrère d’Encausse, toda una señora, desde su alta misión cultural en la Academia francesa, también.

La Nueva España, domingo 14 de mayo de 2023, p. 32

Ignatieff: el agnóstico que halla consuelo en los salmos

«Apreciamos la belleza, la verdad y la virtud porque son sumamente frágiles»
El pensador explica en ‘En busca de consuelo’ (Taurus) cómo la tradición occidental puede servirnos de ayuda para enfrentar la desesperación

ABC, 12 de mayo 2023, por DIEGO S. GARROCHO (MADRID)

Michael Ignatieff es un ensayista singular. En su trayectoria académica figuran los nombres de las instituciones más reputadas del mundo: Oxford, Cambridge, Harvard o la Universidad de Toronto son algunos de los lugares en los que ha ejercido la docencia y la investigación. Fue discípulo de Isaiah Berlin y, sobre todo, es un pensador audaz capaz de dar el paso que Platón nunca se atrevió a ejecutar: asumir una responsabilidad política. Ignatieff lideró el Partido Liberal de Canadá en 2011 y cosechó una sonora derrota electoral. De aquel fracaso dio testimonio en ‘Fuego y cenizas’, un libro que le procuró la atención del gran público. La sinceridad con la que habla de sus derrotas dan muestra de su honestidad: Ignatieff es uno de los pocos pensadores que ha sabido desdecirse y reconocer, cuando lo ha creído oportuno, algunos errores.

Los amantes de las trincheras suelen desconcertarse con un pensador que, sobre todo, resulta enormemente elegante. Ahora presenta su último libro, ‘En busca de consuelo’ (Taurus), un ensayo que expone el modo en el que la tradición occidental puede servirnos de ayuda para enfrentar la desesperación que acompaña a toda biografía. El profesor Ignatieff acude en los diferentes capítulos del libro a pensadores que un día tuvieron que afrontar la derrota, el dolor o la muerte. Desde los Salmos hasta Primo Levi o Camus, pasando por Cicerón, Marco Aurelio o Marx, el libro que ahora presenta nos ofrece una lectura reconciliada con la experiencia de aquellos que nos precedieron. Hoy presenta el libro a las 19.00 en el Espacio Fundación Telefónica de Madrid. El encuentro lo ha organizado el Aspen Institute España, que ha tenido, además, la gentileza de abrirnos sus puertas para conversar con el profesor Ignatieff. —Este libro parte del estudio y de la escucha de los Salmos, pero no es un texto confesional. Me pregunto qué verdades puede encontrar un agnóstico en la escritura religiosa. —Muchas personas religiosas me dicen que no podemos ser consolados por un texto religioso a menos que seas creyente. Yo estoy en desacuerdo. Para leer los Salmos basta con escuchar una voz de muchos miles de años de antigüedad. Una voz que sabe perfectamente lo asustado que estás y que entiende ese miedo y desesperación. Cuando nos sentimos comprendidos se crea la posibilidad de ser consolados.

—Desde 1984, con ‘The Needs of Strangers’, usted no escribía sobre la historia de la filosofía. ¿Por qué regresa ahora a textos antiguos?

—Porque soy más viejo [sonríe]. Creo que vuelvo a estos textos por amor, me encantan estos textos y me siento consolado por ellos. El libro es una historia de la consolación a través de dos mil años, pero es algo muy personal. Siento que estas personas son mis hermanas y mis hermanos. Es agradable estar en compañía de estas personas que parece que me entienden.

—¿Se siente uno menos solo cuando constata que gigantes como Hume, Condorcet o Lincoln han sufrido tanto o más que nosotros?

—La peor parte de la desesperación es la sensación de que estás solo. Creo que este libro y estas vidas pueden consolar a las personas porque nos dicen: sé lo que sientes, sé por lo que has pasado, te entiendo. Se ha referido al ejemplo de Hume y el Hume al que yo quiero no es el filósofo seguro, maestro en su disciplina. El Hume al que amo es el Hume que está solo, que tiene miedo con 26 años, cuando escribe el mejor libro de filosofía en lengua inglesa (el ‘Tratado de la naturaleza humana’) y se siente como si estuviera en un barquito, en un mar con tormenta y está sobrecogido por todo lo que está intentando hacer. Ese es el Hume al que quiero. Y siento esto con los demás personajes también. Asociamos al emperador Marco Aurelio con esas estatuas que hay en nuestros museos, sereno, imperial, con control… Pero olvidamos que escribió las ‘Meditaciones’ en medio de una guerra brutal con las tribus bárbaras asediándole. Es un hombre que está al final de todo. Ese es el emperador con el que me siento cercano.

—Platón creía que una vida plena y satisfecha está también plagada de sufrimientos buenos. No sé si usted ha encontrado un sentido para el dolor. —Odio el sufrimiento. Siento que cualquier persona normal odia el sufrimiento. Yo he tenido una buena vida. Me casé con la chica adecuada… pero sí creo que el sufrimiento es simplemente parte del viaje. No puedes elegir, es algo que te ocurre. Y es importante el hecho de que le suceda a todo el mundo. No vale la pena preguntarse por qué a mí. —Usted fue más valiente que Platón. Se atrevió a entrar en política y no se conformó con susurrar a los tiranos al oído…

—Sí, qué idiota fui…

—¿Se arrepiente?

—No, para nada. Creo que no vale la pena vivir una vida en la que llegas al final y piensas: tendría que haberle dado un beso a esa chica… Hay que dar ese beso.

—Una de las ideas más inspiradas del libro es que en el mundo contemporáneo sólo buscamos consejo y consuelo de manera individual y aislada: el terapeuta, el psicólogo… Sin embargo, en otros momentos de la historia la catarsis o el consuelo se ejercitaban de forma colectiva. En una sinagoga, en una iglesia…

—Parece que ahora están más vacías las iglesias que antes. Yo, de hecho, no soy religioso, pero mi padre murió en Navidades y fuimos a la iglesia, le enterramos en la iglesia… Y me alegro. Así que sí creo que esas fuentes de consolación colectivas están más debilitadas hoy en día. Aunque solemos acabar en las iglesias cuando llegan los momentos difíciles. Recuerdo la mañana del 11 de septiembre. Estaba en Harvard con mi mujer, y después de que los aviones chocaran con las torres fuimos a la capilla de Appleton. Nos sentamos en la iglesia, no había nadie, nos quedamos allí sentados. No rezamos, pero nos alegramos de estar allí. Nos contamos una historia en relación con la secularización que nos hace creer que la consolación religiosa ya no es posible, pero yo no me lo creo. Estas grandes instituciones siguen estando ahí.

—En su libro se apela también a una suerte de nostalgia espiritual. Presenta la religión como un recurso históricamente vencido o superado, pero existen signos que parecen anunciar un cierto retorno a lo espiritual, ¿no?

—Francamente, no sé qué es posible y no puedo ver el futuro. Lo único que sé es que cuando estoy en esa iglesia en Toledo y miro ‘El entierro del Conde Orgaz’, esa maravillosa pintura que recrea el mundo entero de lo que se creía un toledano en 1586, no siento nostalgia porque creían en algo que no se puede recuperar. Pero sí me pregunto por qué los artistas modernos no pueden crear algo parecido, con esa gran confianza en la belleza. No hay manera de volver atrás, la nostalgia es algo imposible, pero El Greco es como una crítica de nosotros mismos. Realmente, siento que es fantástico. Me parece increíble y no siento nostalgia por esos momentos. Simplemente me inspiran.

—¿No somos más parecidos los demás seres humanos de la historia de lo que el presentismo nos hace creer?

—Ese es un mensaje del libro. Existe una gran continuidad en la experiencia humana, porque si no estaríamos anclados en el presente, como si estuviéramos en una isla, pero no estamos en una isla sino en un archipiélago que conecta con la tierra principal de toda nuestra historia. Y no siento ninguna simpatía con la desesperanza cultural o el pesimismo histórico, precisamente porque el pasado sigue siendo algo que podemos utilizar, incluso el pasado que tú creas, que yo creo, que creamos… se podrá utilizar por nuestros nietos y nuestros bisnietos.

—¿Romper con la tradición es una falsa estrategia de emancipación?

—Sí, soy muy conservador en ese sentido. Tenemos que ejercer una ruptura cuando esas tradiciones nos ciegan, cuando nos impiden entender. Pero cuando una tradición sigue explicando el mundo, cuando no falsifica la realidad, es una automutilación el romper con ello.

—Douglas Murray ha denunciado que Occidente parece estar suicidándose culturalmente. ¿Por qué somos tan hipercríticos con nuestro pasado?

—No me gusta hablar de suicidio cultural. Todo lo contrario, lo que creo es que hay un hambre enorme por nuestra cultura. Estuve con mi mujer en Ámsterdam para ver la exposición de Vermeer y veíamos a la gente mirando estos cuadros y tenían gran apetito por la belleza, por esa perfección sorprendente. Es lo más cerca que ha llegado el ser humano a la perfección. Hay ochocientas mil personas que han esperado para ver esa exposición de 28 cuadros. Estos días iré al Museo del Prado para ver l as pinturas de Velázquez de esas personas pequeñas que te miran con tanta sabiduría, con tanta tristeza… Yo creo que malentendemos todo si pensamos que estas expresiones artísticas son exclusivamente del gusto de las élites. Hay mil es de personas que van al Prado porque tienen un enorme apetito. Mientras ese hambre exista, todo irá bien. Pero necesitamos ser muy serios en cuanto a lo que debemos a estos artistas. Ellos restauran nuestra fe en el proyecto humano en su totalidad. Vermeer representa a toda nuestra especie.

—Volviendo a un marco clásico del pensamiento y pensando en su experiencia política… ¿es rentable la virtud?

—No, a veces la virtud es muy poco rentable y el bien muchas veces se castiga. El bien en las personas despierta la envidia y la rabia de los malos. Es algo muy común. Apreciamos la belleza, la verdad y la virtud porque son tan sumamente frágiles y vulnerables. En el libro recuerdo un momento en el que Primo Levi, en Auschwitz , en el verano de 1945, recuerda unas palabras de Dante. La belleza y la verdad son cosas muy frágiles que pueden ser aplastadas por personas malas. Pero Levi demuestra que el recordar a Dante, literalmente, le mantuvo con vida. Dante le hizo recordar que había un mundo al otro lado de la valla metálica. Me preocupa que no estemos enseñando esto a nuestros hijos. Yo soy un profesor y me temo que no enseñamos esto. No son simplemente libros. Nuestra supervivencia depende de que cuidemos este legado.

—Hay una conciencia casi terminal de fin de época. ¿Nos encontramos ante la caída de un modelo civilizatorio o es optimista con respecto al futuro?

—Salimos de los escombros de 1945 y vamos a tener que volver a salir de esos escombros. A Putin se le puede vencer. Tenemos la tecnología, la voluntad política y también tenemos el conocimiento. Si perdemos la fe en que podemos conseguirlo, todo se habrá acabado. El pesimismo está de moda, pero yo no quiero estar de moda. No quiero fingir que no me sorprende nada. Quiero ver el mundo tal y como es. Pero no quiero renunciar a las capacidades y las herramientas que nos han traído hasta aquí. Hay que preguntarse si preferiríamos vivir en algún otro momento de la historia distinto de este, y la respuesta es no. No es una cuestión mitológica o ideológica: hay razones para la esperanza.

Sprezzatura

Cristina Campo (1923-1977), sobrenombre literario de Vittoria Guerrini, habría cumplido hace unos días cien años. Se dice que fue la “Simone Weil italiana”, pues Cristina no sólo la admiró desde el mismo instante en que supo de ella por referencias del poeta Mario Luzi (1914-2005), sino porque compartió con la escritora francesa la misma ansia de Absoluto.

De Simone Weil (1909-1943), de la que tradujo algunos escritos al italiano, aprendió a dirigir su mirada sobre el mundo y a fijar su atención en la realidad, a la que solamente se puede percibir en su verdad cuando se tienen las propias raíces firmemente hincadas en el cielo. En una entrevista televisiva, Cristina declaró: «Creo poquísimo en lo visible; creo más en lo invisible y es quizás lo que más me interesa».

Cristina Campo nació en el seno de una familia culta, en la que fue iniciada muy pronto en la música, la lectura y el conocimiento de lenguas vivas y muertas. Sobre ese sustrato creció su aprecio por el oído, órgano, según ella, superior al de la visión, pues permite escuchar la voz interior, gustar de la música y de la palabra, y expresarse con belleza, armonía y una íntima y cautivadora sonoridad.

Dado que padecía una dolencia cardiaca, que fue la que le produjo la muerte en 1977, pasó, ya desde la infancia, mucho tiempo en casa, llevando una vida cuasi anacorética, en la que creció, maduró y comenzó a desarrollar su genialidad filosófica y literaria. Cuando se encontraba con un conocido le preguntaba: «¿Sobre qué está fundada tu vida hoy? Quiero decir: ¿Qué estás leyendo?»

En España no es, me parece, muy conocida, aunque fue amiga de María Zambrano (1904-1991) y de algún otro escritor de nuestro país. Tal vez no se le dio el reconocimiento que merece porque, por su amor a la liturgia latina y al gregoriano, se pronunció en contra de algunas de las reformas en la liturgia que se acometieron en la Iglesia después del Concilio Vaticano II. A Cristina se la tiene por inspiradora de la asociación “Una Voce”, fundada para salvaguardar la liturgia latino-gregoriana.

Amaba tanto la liturgia y el canto gregoriano que, en Roma, se fue a vivir al Aventino, para estar cerca del Anselmianum, monasterio y colegio internacional de los monjes benedictinos. Y la fascinaba la liturgia bizantina. Consideraba que lo trascendente es nuestra última defensa frente a una modernidad que intenta aplastar todo cuanto no se asemeje a ella. Una modernidad que no concede atención a la belleza. De ahí el que sostuviese que la liturgia es el arquetipo hacia el que la música y la poesía tienden en su búsqueda de la perfección.

A través de una conversación con una amiga mía, durante la cual salió a relucir el concepto “sprezzatura” en Cristina Campo, entré en contacto con la obra literaria de la escritora italiana. Mi idea hasta entonces de “sprezzatura” era la de Baltasar Castiglione (1478-1529), es decir, la de actuar de tal manera que la ejecución de lo más arduo o difícil se haga como dando la impresión de que es fácil y como si lo complicado fuera sencillo.

En Cristina Campo “sprezzatura” tiene que ver con la belleza, que es rebeldía frente a la imperfección y la fealdad del mundo, rebeldía frente a la falta de sentido en tantos sectores de la sociedad, anclados en estereotipos, rutinas y vaniloquios, que cortocircuitan el vínculo con todo lo que sea trascendente. En esta situación, la belleza es la que posibilita el hallazgo personal de una consoladora certeza: el mundo no está abandonado a sí mismo y condenado irremediablemente al absurdo.

“Sprezzatura” es, pues, el resultado de esa experiencia y la actitud vital que se adopta cuando se descubre que existe un orden que se eleva por encima de las vicisitudes diarias, de la fealdad, de la carencia de sentido, y que cualesquiera que sean las bajezas mundanas que intenten atraernos hacia ellas y tumbarnos en el marojo de su nimiedad no son ni significan nada.

Sin embargo, eso no acaecerá si no nos mantenemos en un espíritu de renuncia, de distanciamiento respecto a los bienes terrenales, indiferentes ante la muerte y reverentes hacia la realidad superior e invisible que se manifiesta en las formas visibles. Y será en la búsqueda de la belleza como nos edificaremos a nosotros mismos, nos liberaremos de la estandarización y ¡quién sabe! tal vez lleguemos a ser como aquel que, condenado a morir en la guillotina cuando la rebelión de los bóxers en China (1899-1901), mientras le llegaba el turno para ser decapitado, aguardaba su hora en la fila leyendo tranquilamente un libro.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 7 de mayo de 2023, p. 24