He tenido noticia de que, cuando explorasteis, en Mérida, el interior de una antigua cisterna que formaba parte de una casa romana y encontrasteis en ella los trazos de un crismón, testimonio de que, en aquel lugar, hubo culto cristiano, echaste mano del rosario que llevabas contigo y te pusiste a desgranar padrenuestros, avemarías y gloriapatris.
El arqueólogo jefe no supo qué decir: «Al volverme vi al dibujante de las excavaciones que estaba rezando un rosario y se me pusieron los pelos de punta. Entonces entendí el valor que tenía para mucha gente». Ese que rezaba el rosario en aquella cavidad, en la que parece que se escondieron los cristianos durante las persecuciones, eras tú, que, con toda naturalidad, sin ocultar tus creencias religiosas, le expusiste el motivo de tu devota actuación: «Para mí es importante estar rezando en donde se rezaba hace casi dos mil años».
No creo que haya muchos como tú, confesantes de su fe cristiana, en los equipos de arqueólogos. Sé de alguien que se presentó un día en los trabajos de excavación de una iglesia y depositó allí una vela encendida. Los investigadores de campo, expectantes, seguían con la mirada lo que hacía el hombre, habitante en las inmediaciones, que se había desplazado en coche desde su casa hasta aquellas ruinas, abandonadas desde hacía sabe Dios cuánto tiempo y de las que los arqueólogos trataban de extraer toda la información posible. «Es el sitio en el que rezaban mis antepasados», les dijo el lugareño, dando así razón de su presencia y de su religioso y libre comportamiento.
La sacralidad de un espacio, en el que un día se experimentó el gozo de la oración, de la adoración a Dios y de la comunidad de fe no desaparece jamás. Una de las notas características de nuestro tiempo es la de intentar profanarlos siempre que se presente la ocasión por medio de la blasfemia, la burla, la indiferencia, el uso indebido, la resignificación o la reutilización con fines sórdidos. Lo único que consigue el sujeto que acomete estos intentos es denigrarse a sí mismo, pues Dios es siempre mayor y está por encima de esas ocurrencias excretadas por los bajos instintos.
Tengo casualmente un libro sobre el teólogo suizo Hans Urs von Balthasar (1905-1988) encima de la mesa. Refiere cómo fue su Camino de Damasco en 1927, siendo estudiante de Germánicas, durante un retiro espiritual en Whylen: «Aún hoy, después de treinta años, podría encontrar en un sendero perdido de la Selva Negra alemana, no lejos de Basilea, el árbol bajo el cual fui alcanzado de improviso como por un rayo… pero no fueron ni la teología ni el sacerdocio lo que entonces vislumbré ante mí. Era únicamente: ‘Tú eres llamado, tú no servirás, alguien se servirá de ti; no debes hacer proyectos, pues no eres más que una pequeña tesela de un mosaico preparado desde hace tiempo’». En 1929 ingresó en la Compañía de Jesús.
Junto a un árbol, en la cima de una montaña, en una oquedad abierta en la roca, en un cruce de caminos, a la vera de una fuente o de un río, en una iglesia, ante un cuadro o una imagen, en el desierto o en un hospital… vete a saber en dónde estará aguardándonos Dios, que siempre nos sorprende. Incluso en el interior de una cisterna excavada para recoger el agua de lluvia, como fue en tu caso.
He de decirte, no obstante, que el arqueólogo jefe se sintió tocado al ver ese gesto tuyo, espontáneo, de tirar inmediatamente de rosario y de ponerte a rezar sin importarte lo que pensasen tus colegas de trinchera, entre los que pudiera haber alguno con corazón impermeable ante cualquier cosa que provenga de la fe religiosa. «A mí, como arqueólogo, me interesa la historia, el patrimonio, pero ese lugar toca la parte trascendental de las personas», le confesó a un periodista.
Cuando tengamos ocasión de vernos, y espero que sea pronto, te hablaré de situaciones muy parecidas a la que has protagonizado tú, pues han constituido el inicio de una nueva vida para quienes supieron vislumbrar en ellas una Presencia, real, amorosa y con una irresistible potencia transformadora.
Nada más por ahora. Cuídate. Tuyo afectísimo en Xro (Cristo) (por lo del crismón).
La Nueva España, domingo 21 de mayo de 2023, p. 32
En el diario El Comercio del domingo 14 de mayo de 2023:
«Varios patinetes eléctricos municipales aparecieron ayer aparcados en las esculturas de los jardines del campus de El Milán y no en los aparcabicis de la zona. Al tratarse de un error, el Ayuntamiento los retiró rápidamente».
A Hélène Carrère d’Encausse, galardonada con el Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales 2023, le correspondió, el 14 de marzo de 1996, pronunciar el discurso de recepción del cardenal Jean-Marie Lustiger, arzobispo de París, en la Academia francesa.
El parisino Aron Lustiger nació en 1926. Sus padres eran emigrantes polacos, de religión judía, que, con esfuerzo y mucho sacrificio, consiguieron abrir su propio negocio en la ciudad del Sena. La madre fue arrestada en tiempos de la dominación alemana y gaseada en Auschwitz. El padre, al igual que Aron y su hermana, lograron sobrevivir a las insidias antijudías.
La irrevocable decisión de solicitar el don de ser bautizado en la fe de la Iglesia católica, en 1940, cuando tenía 14 años, fue motivada por el gran impacto que le produjo, al entrar un Viernes Santo en la catedral de Orléans, la desnudez del templo, las imágenes cubiertas con un velo y el gran silencio de ese día del calendario cristiano. Sin renunciar a su nombre hebreo Aron, en el bautismo recibió también los de Jean y Marie.
Aron Jean-Marie Lustiger fue luego sacerdote al servicio de la diócesis de París, obispo de la de Orléans y finalmente arzobispo de París. Juan Pablo II lo creó cardenal y depositó en él toda su confianza para la gestión de los asuntos más importantes de la Iglesia en Francia.
El cardenal Lustiger puede figurar, sin duda alguna, en la nómina de las grandes personalidades de la historia del país vecino. Así lo reconoció la Academia francesa cuando lo designó para que ocupase el sillón que había quedado vacante por la muerte del cardenal Albert Decourtray.
En el discurso de acogida de Jean-Marie Lustiger, la académica Hélène Carrère d’Encausse hizo la “laudatio” del nuevo miembro de la Academia francesa del modo más realista e inteligente que cupiera hacer, cosa que, entre los franceses, es lo habitual, que saben, además, decirlo bella y educadamente, en discursos sazonados con las oportunas menciones de otras personalidades relevantes por sus dichos o acciones.
Para la Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales 2023, en un mundo en el que el progreso científico ha hecho que se volatilizasen las certezas del pasado, entre las que figuraban las que proporcionaba una incuestionable visión religiosa de la historia, de la sociedad, de la persona y de las relaciones humanas, la Iglesia debe dar a conocer, con un lenguaje que ha de estar a la altura de lo que requieren los tiempos, cuáles son las verdades que han de congregar en torno a sí nuevamente a una humanidad que, ebria de avances tecnológicos, no deja de sentirse atribulada, por otro lado, de tantas maneras y anda en una búsqueda desesperada de no se sabe qué.
Y es, prosigue Madame Carrère d’Encausse, precisamente en esa inflexión cultural, que parece que no tiene vuelta atrás, en la que surge un titán como Jean-Marie Lustiger, bajo cuyo pastoreo episcopal, y en la laica Francia, aumentaron las conversiones a la fe católica, las vocaciones jóvenes al sacerdocio y los pensadores hábiles en saber decantar en medio de la ventolera de doctrinas y opiniones del momento en dónde se halla el núcleo esencial de la verdad sobre la persona, su destino, su dignidad y su felicidad.
Esto, además, navegando con el viento en contra, no sólo del flujo ideológico socialmente imperante, sino también de amplios sectores de la Iglesia, no menos ideologizados y dominantes. Pero como si nada. Aron Jean-Marie Lustiger, a lo suyo. Se dedicó, con plena libertad, a decir y a hacer lo que creía que debía decir y hacer. Y Hélène Carrère d’Encausse, toda una señora, desde su alta misión cultural en la Academia francesa, también.
La Nueva España, domingo 14 de mayo de 2023, p. 32
«Apreciamos la belleza, la verdad y la virtud porque son sumamente frágiles»
El pensador explica en ‘En busca de consuelo’ (Taurus) cómo la tradición occidental puede servirnos de ayuda para enfrentar la desesperación
ABC, 12 de mayo 2023, por DIEGO S. GARROCHO (MADRID)
Michael Ignatieff es un ensayista singular. En su trayectoria académica figuran los nombres de las instituciones más reputadas del mundo: Oxford, Cambridge, Harvard o la Universidad de Toronto son algunos de los lugares en los que ha ejercido la docencia y la investigación. Fue discípulo de Isaiah Berlin y, sobre todo, es un pensador audaz capaz de dar el paso que Platón nunca se atrevió a ejecutar: asumir una responsabilidad política. Ignatieff lideró el Partido Liberal de Canadá en 2011 y cosechó una sonora derrota electoral. De aquel fracaso dio testimonio en ‘Fuego y cenizas’, un libro que le procuró la atención del gran público. La sinceridad con la que habla de sus derrotas dan muestra de su honestidad: Ignatieff es uno de los pocos pensadores que ha sabido desdecirse y reconocer, cuando lo ha creído oportuno, algunos errores.
Los amantes de las trincheras suelen desconcertarse con un pensador que, sobre todo, resulta enormemente elegante. Ahora presenta su último libro, ‘En busca de consuelo’ (Taurus), un ensayo que expone el modo en el que la tradición occidental puede servirnos de ayuda para enfrentar la desesperación que acompaña a toda biografía. El profesor Ignatieff acude en los diferentes capítulos del libro a pensadores que un día tuvieron que afrontar la derrota, el dolor o la muerte. Desde los Salmos hasta Primo Levi o Camus, pasando por Cicerón, Marco Aurelio o Marx, el libro que ahora presenta nos ofrece una lectura reconciliada con la experiencia de aquellos que nos precedieron. Hoy presenta el libro a las 19.00 en el Espacio Fundación Telefónica de Madrid. El encuentro lo ha organizado el Aspen Institute España, que ha tenido, además, la gentileza de abrirnos sus puertas para conversar con el profesor Ignatieff. —Este libro parte del estudio y de la escucha de los Salmos, pero no es un texto confesional. Me pregunto qué verdades puede encontrar un agnóstico en la escritura religiosa. —Muchas personas religiosas me dicen que no podemos ser consolados por un texto religioso a menos que seas creyente. Yo estoy en desacuerdo. Para leer los Salmos basta con escuchar una voz de muchos miles de años de antigüedad. Una voz que sabe perfectamente lo asustado que estás y que entiende ese miedo y desesperación. Cuando nos sentimos comprendidos se crea la posibilidad de ser consolados.
—Desde 1984, con ‘The Needs of Strangers’, usted no escribía sobre la historia de la filosofía. ¿Por qué regresa ahora a textos antiguos?
—Porque soy más viejo [sonríe]. Creo que vuelvo a estos textos por amor, me encantan estos textos y me siento consolado por ellos. El libro es una historia de la consolación a través de dos mil años, pero es algo muy personal. Siento que estas personas son mis hermanas y mis hermanos. Es agradable estar en compañía de estas personas que parece que me entienden.
—¿Se siente uno menos solo cuando constata que gigantes como Hume, Condorcet o Lincoln han sufrido tanto o más que nosotros?
—La peor parte de la desesperación es la sensación de que estás solo. Creo que este libro y estas vidas pueden consolar a las personas porque nos dicen: sé lo que sientes, sé por lo que has pasado, te entiendo. Se ha referido al ejemplo de Hume y el Hume al que yo quiero no es el filósofo seguro, maestro en su disciplina. El Hume al que amo es el Hume que está solo, que tiene miedo con 26 años, cuando escribe el mejor libro de filosofía en lengua inglesa (el ‘Tratado de la naturaleza humana’) y se siente como si estuviera en un barquito, en un mar con tormenta y está sobrecogido por todo lo que está intentando hacer. Ese es el Hume al que quiero. Y siento esto con los demás personajes también. Asociamos al emperador Marco Aurelio con esas estatuas que hay en nuestros museos, sereno, imperial, con control… Pero olvidamos que escribió las ‘Meditaciones’ en medio de una guerra brutal con las tribus bárbaras asediándole. Es un hombre que está al final de todo. Ese es el emperador con el que me siento cercano.
—Platón creía que una vida plena y satisfecha está también plagada de sufrimientos buenos. No sé si usted ha encontrado un sentido para el dolor. —Odio el sufrimiento. Siento que cualquier persona normal odia el sufrimiento. Yo he tenido una buena vida. Me casé con la chica adecuada… pero sí creo que el sufrimiento es simplemente parte del viaje. No puedes elegir, es algo que te ocurre. Y es importante el hecho de que le suceda a todo el mundo. No vale la pena preguntarse por qué a mí. —Usted fue más valiente que Platón. Se atrevió a entrar en política y no se conformó con susurrar a los tiranos al oído…
—Sí, qué idiota fui…
—¿Se arrepiente?
—No, para nada. Creo que no vale la pena vivir una vida en la que llegas al final y piensas: tendría que haberle dado un beso a esa chica… Hay que dar ese beso.
—Una de las ideas más inspiradas del libro es que en el mundo contemporáneo sólo buscamos consejo y consuelo de manera individual y aislada: el terapeuta, el psicólogo… Sin embargo, en otros momentos de la historia la catarsis o el consuelo se ejercitaban de forma colectiva. En una sinagoga, en una iglesia…
—Parece que ahora están más vacías las iglesias que antes. Yo, de hecho, no soy religioso, pero mi padre murió en Navidades y fuimos a la iglesia, le enterramos en la iglesia… Y me alegro. Así que sí creo que esas fuentes de consolación colectivas están más debilitadas hoy en día. Aunque solemos acabar en las iglesias cuando llegan los momentos difíciles. Recuerdo la mañana del 11 de septiembre. Estaba en Harvard con mi mujer, y después de que los aviones chocaran con las torres fuimos a la capilla de Appleton. Nos sentamos en la iglesia, no había nadie, nos quedamos allí sentados. No rezamos, pero nos alegramos de estar allí. Nos contamos una historia en relación con la secularización que nos hace creer que la consolación religiosa ya no es posible, pero yo no me lo creo. Estas grandes instituciones siguen estando ahí.
—En su libro se apela también a una suerte de nostalgia espiritual. Presenta la religión como un recurso históricamente vencido o superado, pero existen signos que parecen anunciar un cierto retorno a lo espiritual, ¿no?
—Francamente, no sé qué es posible y no puedo ver el futuro. Lo único que sé es que cuando estoy en esa iglesia en Toledo y miro ‘El entierro del Conde Orgaz’, esa maravillosa pintura que recrea el mundo entero de lo que se creía un toledano en 1586, no siento nostalgia porque creían en algo que no se puede recuperar. Pero sí me pregunto por qué los artistas modernos no pueden crear algo parecido, con esa gran confianza en la belleza. No hay manera de volver atrás, la nostalgia es algo imposible, pero El Greco es como una crítica de nosotros mismos. Realmente, siento que es fantástico. Me parece increíble y no siento nostalgia por esos momentos. Simplemente me inspiran.
—¿No somos más parecidos los demás seres humanos de la historia de lo que el presentismo nos hace creer?
—Ese es un mensaje del libro. Existe una gran continuidad en la experiencia humana, porque si no estaríamos anclados en el presente, como si estuviéramos en una isla, pero no estamos en una isla sino en un archipiélago que conecta con la tierra principal de toda nuestra historia. Y no siento ninguna simpatía con la desesperanza cultural o el pesimismo histórico, precisamente porque el pasado sigue siendo algo que podemos utilizar, incluso el pasado que tú creas, que yo creo, que creamos… se podrá utilizar por nuestros nietos y nuestros bisnietos.
—¿Romper con la tradición es una falsa estrategia de emancipación?
—Sí, soy muy conservador en ese sentido. Tenemos que ejercer una ruptura cuando esas tradiciones nos ciegan, cuando nos impiden entender. Pero cuando una tradición sigue explicando el mundo, cuando no falsifica la realidad, es una automutilación el romper con ello.
—Douglas Murray ha denunciado que Occidente parece estar suicidándose culturalmente. ¿Por qué somos tan hipercríticos con nuestro pasado?
—No me gusta hablar de suicidio cultural. Todo lo contrario, lo que creo es que hay un hambre enorme por nuestra cultura. Estuve con mi mujer en Ámsterdam para ver la exposición de Vermeer y veíamos a la gente mirando estos cuadros y tenían gran apetito por la belleza, por esa perfección sorprendente. Es lo más cerca que ha llegado el ser humano a la perfección. Hay ochocientas mil personas que han esperado para ver esa exposición de 28 cuadros. Estos días iré al Museo del Prado para ver l as pinturas de Velázquez de esas personas pequeñas que te miran con tanta sabiduría, con tanta tristeza… Yo creo que malentendemos todo si pensamos que estas expresiones artísticas son exclusivamente del gusto de las élites. Hay mil es de personas que van al Prado porque tienen un enorme apetito. Mientras ese hambre exista, todo irá bien. Pero necesitamos ser muy serios en cuanto a lo que debemos a estos artistas. Ellos restauran nuestra fe en el proyecto humano en su totalidad. Vermeer representa a toda nuestra especie.
—Volviendo a un marco clásico del pensamiento y pensando en su experiencia política… ¿es rentable la virtud?
—No, a veces la virtud es muy poco rentable y el bien muchas veces se castiga. El bien en las personas despierta la envidia y la rabia de los malos. Es algo muy común. Apreciamos la belleza, la verdad y la virtud porque son tan sumamente frágiles y vulnerables. En el libro recuerdo un momento en el que Primo Levi, en Auschwitz , en el verano de 1945, recuerda unas palabras de Dante. La belleza y la verdad son cosas muy frágiles que pueden ser aplastadas por personas malas. Pero Levi demuestra que el recordar a Dante, literalmente, le mantuvo con vida. Dante le hizo recordar que había un mundo al otro lado de la valla metálica. Me preocupa que no estemos enseñando esto a nuestros hijos. Yo soy un profesor y me temo que no enseñamos esto. No son simplemente libros. Nuestra supervivencia depende de que cuidemos este legado.
—Hay una conciencia casi terminal de fin de época. ¿Nos encontramos ante la caída de un modelo civilizatorio o es optimista con respecto al futuro?
—Salimos de los escombros de 1945 y vamos a tener que volver a salir de esos escombros. A Putin se le puede vencer. Tenemos la tecnología, la voluntad política y también tenemos el conocimiento. Si perdemos la fe en que podemos conseguirlo, todo se habrá acabado. El pesimismo está de moda, pero yo no quiero estar de moda. No quiero fingir que no me sorprende nada. Quiero ver el mundo tal y como es. Pero no quiero renunciar a las capacidades y las herramientas que nos han traído hasta aquí. Hay que preguntarse si preferiríamos vivir en algún otro momento de la historia distinto de este, y la respuesta es no. No es una cuestión mitológica o ideológica: hay razones para la esperanza.
Cristina Campo (1923-1977), sobrenombre literario de Vittoria Guerrini, habría cumplido hace unos días cien años. Se dice que fue la “Simone Weil italiana”, pues Cristina no sólo la admiró desde el mismo instante en que supo de ella por referencias del poeta Mario Luzi (1914-2005), sino porque compartió con la escritora francesa la misma ansia de Absoluto.
De Simone Weil (1909-1943), de la que tradujo algunos escritos al italiano, aprendió a dirigir su mirada sobre el mundo y a fijar su atención en la realidad, a la que solamente se puede percibir en su verdad cuando se tienen las propias raíces firmemente hincadas en el cielo. En una entrevista televisiva, Cristina declaró: «Creo poquísimo en lo visible; creo más en lo invisible y es quizás lo que más me interesa».
Cristina Campo nació en el seno de una familia culta, en la que fue iniciada muy pronto en la música, la lectura y el conocimiento de lenguas vivas y muertas. Sobre ese sustrato creció su aprecio por el oído, órgano, según ella, superior al de la visión, pues permite escuchar la voz interior, gustar de la música y de la palabra, y expresarse con belleza, armonía y una íntima y cautivadora sonoridad.
Dado que padecía una dolencia cardiaca, que fue la que le produjo la muerte en 1977, pasó, ya desde la infancia, mucho tiempo en casa, llevando una vida cuasi anacorética, en la que creció, maduró y comenzó a desarrollar su genialidad filosófica y literaria. Cuando se encontraba con un conocido le preguntaba: «¿Sobre qué está fundada tu vida hoy? Quiero decir: ¿Qué estás leyendo?»
En España no es, me parece, muy conocida, aunque fue amiga de María Zambrano (1904-1991) y de algún otro escritor de nuestro país. Tal vez no se le dio el reconocimiento que merece porque, por su amor a la liturgia latina y al gregoriano, se pronunció en contra de algunas de las reformas en la liturgia que se acometieron en la Iglesia después del Concilio Vaticano II. A Cristina se la tiene por inspiradora de la asociación “Una Voce”, fundada para salvaguardar la liturgia latino-gregoriana.
Amaba tanto la liturgia y el canto gregoriano que, en Roma, se fue a vivir al Aventino, para estar cerca del Anselmianum, monasterio y colegio internacional de los monjes benedictinos. Y la fascinaba la liturgia bizantina. Consideraba que lo trascendente es nuestra última defensa frente a una modernidad que intenta aplastar todo cuanto no se asemeje a ella. Una modernidad que no concede atención a la belleza. De ahí el que sostuviese que la liturgia es el arquetipo hacia el que la música y la poesía tienden en su búsqueda de la perfección.
A través de una conversación con una amiga mía, durante la cual salió a relucir el concepto “sprezzatura” en Cristina Campo, entré en contacto con la obra literaria de la escritora italiana. Mi idea hasta entonces de “sprezzatura” era la de Baltasar Castiglione (1478-1529), es decir, la de actuar de tal manera que la ejecución de lo más arduo o difícil se haga como dando la impresión de que es fácil y como si lo complicado fuera sencillo.
En Cristina Campo “sprezzatura” tiene que ver con la belleza, que es rebeldía frente a la imperfección y la fealdad del mundo, rebeldía frente a la falta de sentido en tantos sectores de la sociedad, anclados en estereotipos, rutinas y vaniloquios, que cortocircuitan el vínculo con todo lo que sea trascendente. En esta situación, la belleza es la que posibilita el hallazgo personal de una consoladora certeza: el mundo no está abandonado a sí mismo y condenado irremediablemente al absurdo.
“Sprezzatura” es, pues, el resultado de esa experiencia y la actitud vital que se adopta cuando se descubre que existe un orden que se eleva por encima de las vicisitudes diarias, de la fealdad, de la carencia de sentido, y que cualesquiera que sean las bajezas mundanas que intenten atraernos hacia ellas y tumbarnos en el marojo de su nimiedad no son ni significan nada.
Sin embargo, eso no acaecerá si no nos mantenemos en un espíritu de renuncia, de distanciamiento respecto a los bienes terrenales, indiferentes ante la muerte y reverentes hacia la realidad superior e invisible que se manifiesta en las formas visibles. Y será en la búsqueda de la belleza como nos edificaremos a nosotros mismos, nos liberaremos de la estandarización y ¡quién sabe! tal vez lleguemos a ser como aquel que, condenado a morir en la guillotina cuando la rebelión de los bóxers en China (1899-1901), mientras le llegaba el turno para ser decapitado, aguardaba su hora en la fila leyendo tranquilamente un libro.
Dinamarca recorta un festivo laboral para financiar su creciente gasto militar
La ‘Store Bedegag’, una fiesta religiosa desde 1686, se celebró ayer por última vez
ABC (6 de mayo de 2023) ROSALÍA SÁNCHEZ
La primera ministra Mette Frederiksen en el Parlamento danés
Ayer los daneses degustaron un tradicional pastel de trigo a base de la última harina de la cosecha, para celebrar las tradicionales confirmaciones que suelen tener lugar en el ‘Store Bedegag’, el cuarto viernes después de Pascua, y que coincide a menudo con la explosión de la primavera en la naturaleza nórdica. Las familias se reunieron en un puente propicio para viajes cortos o jornadas de navegación, mientras que la Iglesia Evangélica llamó a la «gran oración». Esta fiesta se ha celebrado de forma ininterrumpida desde 1686, cuando se introdujo para unificar varias festividades cristianas.
Este año, los daneses han celebrado el ‘Store Bedegag’ con especial entusiasmo por tratarse del último. A pesar de las protestas masivas y de las manifestaciones con hasta 50.000 personas ante las puertas del Parlamento, el Gobierno aprobó su abolición para añadir un día laboral al calendario y aumentar la productividad económica y los ingresos del Estado, que necesita urgentemente nueva financiación para su política de rearme.
El obispo evangélico de Viborg Stift, Henrik Stubkjaer, ha criticado el hecho de que se esté convirtiendo el «gran día de oración» en un «gran día de las bombas». La socialdemócrata Mette Frederiksen y sus socios, el liberal Venstre y los moderados de Lars Løkke Rasmussen, cuentan con unos ingresos adicionales para el Estado de 3.000 millones de coronas danesas en los primeros años, el equivalente a unos 430 millones de euros y a la carga fiscal de 8.500 empleados a tiempo completo.
Dinamarca no sólo está rearmando su Ejército a marchas forzadas para cumplir con las exigencias de la OTAN, sino que, además, participa de forma activa en los envíos de armas Ucrania.
El último anuncio del ministro de Defensa danés, Jakob Jensen, se refería a la entrega de 19 obuses autopropulsados Caesar de artillería, que se suman a la oferta de tanques de combate Leopard. No está claro si a los daneses les disgusta más la medida en sí o la forma en la que el Gobierno la está aplicando, pero, según una encuesta, el 70% de los encuestados se manifiesta explícitamente en contra de la eliminación del festivo y sólo el 19% a favor. Los sindicatos todavía no pierden la esperanza de volver a disfrutarlo en 2024: han recogido más de 450.000 firmas en Dinamarca contra la abolición y están dispuestos a seguir convocando movilizaciones masivas.
En Meres (Asturias) hubo, en 1260, una torre, embrión del conjunto palaciego que actualmente conocemos, cuya iglesia hace de templo parroquial para la feligresía del entorno.
A una torre como aquella, en su predio familiar, encerrándose voluntariamente, hastiado de la vida pública, se retiró Michel de Montaigne con el fin de dedicarse a la lectura y a poner por escrito los pensamientos que le provocaban los más de mil libros de que disponía, herencia en su mayor parte de Étienne de la Boétie, y de los que fue extrayendo las frases que aún perduran incisas en las vigas de la sala en la que estudiaba.
En el Libro II de sus “Ensayos”, Montaigne escribió: «Es la belleza cualidad de recomendación primordial en el comercio de los humanos y el primer medio de conciliación entre unos y otros. Ningún hombre, por montaraz y bárbaro que sea, deja de sentirse de algún modo herido por su dulzura».
Dentro de unos días tendrán lugar, en la iglesia del Palacio de Meres, unas jornadas sobre la belleza, que consistirán en tres meditaciones acompañadas por unas interpretaciones musicales. Han sido organizadas por la Unidad pastoral de La Carrera en colaboración con la dirección del Palacio. Serán el 8, 9 y 10 de mayo por la tarde, abiertas al público metaparroquial, es decir, a todas las personas que sientan interés por el argumento.
Las parroquias que componen esa Unidad pastoral estiman que, al igual que existen conferencias cuaresmales, ha de haberlas también pascuales, pues la resurrección de Cristo es en verdad causa de alegría para el mundo, pero lo es también de una vida cristiana más exigente, por ser ésta, después del encuentro con Jesús resucitado y de haber recibido el bautismo, radicalmente distinta de la que se haya podido llevar anteriormente. La novedad de vida ha de apreciarse con claridad en la forma de pensar y de vivir.
Esas obras (“ergoi”) de creaturas ya redimidas que manda cumplir Jesús, para que resplandezcan ante todo el mundo, han de ser, según el texto original en griego del Evangelio, “kaloi”, es decir, “bellas”. En las versiones de la Biblia este adjetivo suele ser traducido por “buenas”: «Vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos» (Mateo 5,16). El texto dice, en griego, “bellas”, aunque, cuando se explica por qué se traduce el vocablo “kaloi” por “buenas”, se entiende fácilmente.
Y para meditar sobre el vínculo que une a la belleza, con la bondad, la verdad y la utilidad se ofrecen tres encuentros vespertinos, en el marco de las actividades de esas parroquias del arciprestazgo de Siero, en un lugar especialmente hermoso, por el conjunto arquitectónico con su jardín y el bosque, como es el Palacio de Meres. El título general bajo el que se agrupan las tres sesiones es “Belleza que hiere, une y salva”.
¿Por qué? Porque «la belleza hiere», dijo, en cierta ocasión, al igual que Montaigne, el cardenal Joseph Ratzinger. El entonces prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe se inspiró, para hablar de la herida de la belleza, no en las palabras del humanista francés, sino en las de un teólogo bizantino del siglo XIV, Nicolás Cabasilas, quien atribuía al dardo ardiente de la belleza divina, lanzado por Dios mismo hacia nuestra intimidad más honda, la herida abierta que, dentro de nosotros, anhela una realidad que se halla por encima de nuestra naturaleza. Hacia ella tiende nuestro ser y, en éste, todas las facultades que nos constituyen. Es por esa herida por la que nos entra la luz.
Mas la belleza, como sostiene Montaigne, es también vector de unidad y de conciliación, pues la armonía le pertenece intrínsecamente. De ahí el que en el salmo 133 se diga con exultación: «¡Qué belleza y qué gusto que los hermanos estén juntos!». De esa unión de mentes y de corazones provienen las expresiones sublimes que sólo la creatividad humana puede proyectar, generar y desarrollar para hermoseamiento de la vida en comunidad. Emanan de la herida luminosa causada por la flecha de la belleza de Dios en lo profundo de nuestro ser. Son las artes, los oficios y todas las manifestaciones que se agrupan bajo la extensa noción de cultura. Y también la política, entendida como el arte de preservar y procurar la belleza de la convivencia humana en el marco de la res publica.
La belleza hiere, une y también salva. En la novela “El idiota”, de Fiódor Dostoyevski, el personaje Hipólito pregunta al príncipe Michkin si es cierto que él ha dicho que la belleza salvaría al mundo. Y lo emplaza a que dé razón de su aserto: «¿Qué clase de belleza será la que salve al mundo?». Y lo que cabe responder a quien ha formulado la pregunta es que la belleza que salva al mundo es la que colma de plenitud de sentido al ser y resplandece luminosa, no sólo a pesar de los padecimientos humanos, sino precisamente en ellos, pues es ahí, en ese fondo de realidad doliente, frágil y al final muriente, en donde se encuentra la belleza que no caduca con las modas, ni se agosta con el paso de los años, sino que perdura en el tiempo y en la eternidad, porque proviene del autor mismo de la belleza: Dios, suma Bondad, suma Verdad y suma Belleza. Y porque es la de Jesucristo, el Hijo de Dios, quien, en su encarnación y en su morir por nosotros, nos ha revelado cuál es la belleza que realmente redime y salva al mundo.
En una escena de la película “Verbo” (2011), el protagonista pide con vehemencia: «¡Devolvednos la belleza!». Y eso es precisamente lo que reclaman muchas personas en el seno de la Iglesia. Y me parece que fuera de ella también. Los tres encuentros de los fieles de las parroquias de la Unidad pastoral de La Carrera en el Palacio de Meres son un modesto intento de atender a ese deseo y de introducir el vocablo, el concepto y la realidad de la belleza en el discurso y en la actividad del día a día de aquellas comunidades parroquiales. Y se hará, además, en esta ocasión, bajo la luz de la Resurrección de Jesucristo, quien, Glorioso, derrama su perdón, su gracia y su amor sobre la inmensa extensión de la faz de la tierra.
Jorge Juan Fernández Sangrador
La Nueva España, domingo 30 de abril de 2023, p. 28
Bert Daelemans, de la Compañía de Jesús, presentará, en un acto organizado por la Librería diocesana, sus libros sobre Arte y espiritualidad, hablará de su actividad como director de Ejercicios Espirituales y de grupos de oración en los que las obras de arte religioso cumplen el fin primordial para el que fueron creadas: llevar al encuentro con Dios.
Esta presentación de Bert Daelemans puede ser de interés para profesores y alumnos de Religión, catequistas, directores de Ejercicios Espirituales, profesores de Teología espiritual, estudiantes de Teología y de Ciencias Religiosas y para personas interesadas en Historia del Arte.
La Capilla de La Cadellada, en Oviedo, se encuentra actualmente en desuso. Estaba prevista su demolición cuando se pensó en la construcción del Hospital Universitario Central de Asturias (HUCA). Sin embargo, un mural con la Ultima Cena de Jesucristo, obra de Paulino Vicente, impidió que el plan fuese llevado a efecto.
Ahora, según ha publicado La Nueva España, podría ser declarada Bien de Interés Cultural (BIC). Así de fútiles y mudables son los criterios humanos, que pasan del intento de aniquilación al de exaltación en cuanto se produce el mínimo cambio en las circunstancias sociales.
La Capilla fue el lugar sacro erigido para la asistencia religiosa de los pacientes y el personal sanitario del Hospital Psiquiátrico Regional. A petición, en su día, del párroco de Nuestra Señora de Covadonga se permitió que los feligreses de esa comunidad cristiana pudieran hacer uso de ella.
En octubre de 1996 fue firmado un Convenio entre la Diócesis de Oviedo y el Servicio de Salud del Principado de Asturias que refrendaba la posibilidad de uso por parte de la feligresía parroquial, lo cual satisfacía, además, plenamente a la Administración pública, ya que de ese modo los residentes en el Hospital Psiquiátrico Regional estarían integrados en el entorno vecinal.
Así pues, la comunidad parroquial fungió mientras todo aquello se mantuvo en funcionamiento de vector de unión entre los pacientes del Hospital y el barrio. Y que esta labor ejercida por la Parroquia no se les pase por alto a quienes ahora, para hacer no se sabe qué en la Capilla, pretenden desahuciar a la Parroquia de aquel espacio. En fin, lo típico: quítate tú para que me ponga yo. Sin embargo, la experiencia dice que, cuando algo es de la Iglesia, es de todos; cuando no, es de unos pocos, que pretenden dirigir a los más que se dejen.
En enero de 2014, la Diócesis propuso firmar un nuevo Convenio con el Gobierno del Principado de Asturias en el que figurasen los siguientes puntos: 1) La Capilla exterior del HUCA sería de uso compartido entre la capellanía del Hospital y la Parroquia de Nuestra Señora de Covadonga; 2) el rector sería el párroco de Nuestra Señora de Covadonga; 3) el adecentamiento de la Capilla y la restauración del mural de la Última Cena se haría con fondos de la dotación presupuestaria para la puesta en marcha de servicios en el nuevo HUCA.
De todo el dinero que se metió allí, en el HUCA, la cifra con la que se pudo haber rehabilitado la Capilla hubiera sido proporcionalmente insignificante, pero no se hizo, pues era un lugar de culto católico y no había ni intención ni voluntad de emplear allí un solo céntimo. Y si la Diócesis quería la Capilla, que la pagase ella.
La Diócesis estaba dispuesta a financiar la obra, pero no a aceptar un proyecto arquitectónico impuesto por el Gobierno del Principado de Asturias, que se elevaba a una suma de dinero altísima para ser asumida por un particular. No se dio el visto bueno a que la Diócesis fuera realizando la obra por fases, con un presupuesto más ajustado a los fines cultuales, pastorales y asistenciales. Debía ser el que ya estaba confeccionado, en su totalidad, y no cabía otro.
Lo que en aquella negociación causaba estupor era que, después de pagar íntegramente la obra, en su alto coste, la Parroquia no podía hacer uso pleno de la Capilla. No se debían celebrar misas con el difunto de cuerpo presente, ni actos religiosos, como bodas, bautizos y primeras comuniones, en los que hubiera alboroto en el exterior, ni procesiones alrededor del templo. Se adujo que era por no perturbar a los pacientes y usuarios del Hospital.
El Convenio no fue firmado, la Capilla quedó segregada del plan general de construcción del nuevo Hospital; la torre, con una plataforma en su interior de excrementos de paloma del grosor del permafrost siberiano, hubo que cincharla porque estuvo a punto de desplomarse; el sótano, que fue en otro tiempo una morgue, devino una sentina de basura y el mural de Paulino Vicente siguió deteriorándose.
Desde entonces, representantes del Gobierno del Principado de Asturias preguntan periódicamente a la Diócesis si se haría cargo de la Capilla. Y siempre se les responde que sí. Les sobreviene, como es comprensible, un pánico atroz cuando alguien se la pide para destinarla a centro social: ¿para hacer qué? ¿contra quién? ¿cuánto va a acabar costando? ¿quién va a pagar? ¿cómo se autofinanciará?
Basta sólo con ver en lo que han quedado y el estado en el que se encuentran muchos, tal vez la mayoría, de los centros de interpretación de temática variopinta en Asturias. Y es que, aunque puede que a un amplio sector de la clase gubernamental no le guste la Iglesia, estima, aun así, que es mejor viajar con ésta antes que con algunos del propio partido político y espectro ideológico.
¿Qué labores desarrollaría la Diócesis de Oviedo en la Capilla exterior del HUCA? Además de las específicas de la Parroquia de Nuestra Señora de Covadonga, la Capilla sería un santuario del consuelo para los enfermos y sus familias, un espacio para recogerse, rezar, llorar, esperar, hablar con alguien que los escuche, recibir el tenue rayo de luz que puede iluminar y conferir un poco de sentido y aceptación a la persona que sufre en la espesa oscuridad de su drama personal, inesperado, desasosegante, irremediable y paralizador. Y para alabar y dar gracias a Dios.
La Capilla de La Cadellada será siempre un edificio sagrado, una mole estilizada y grácil configurada por el misterio sobrenatural al que nunca dejará de ofrecerle el servicio de ser su traslúcida envolvente; con su torre, de estilo centroeuropeo, que señala continuamente hacia el cielo y, dentro del templo, la representación de la Última Cena de Cristo antes de su pasión, muerte y gloriosa resurrección. Lo que fue consagrado a Dios una vez, no se desacraliza jamás, por muchos decretos que firme la autoridad eclesiástica y por sórdido que sea el uso al que se dedique ese espacio.
Y sea cual sea el destino que se le dé en el futuro, quien dirija la vista hacia la Capilla desde los amplios ventanales del HUCA verá que es ella en sí misma, con su volumetría, la que anuncia, por encima de los designios interesados de los hombres, que Dios está siempre cerca y que nadie logrará nunca desalojarlo de su Casa, aunque ésta sea destinada a cualquiera de las nimias, insatisfactorias y evanescentes aficiones y ocurrencias humanas.