En esta estela del Museo Británico aparece Shamshi-Adad V, rey de Asiria, hijo de Salmanasar III, marido de la gran Shammuramat (¿Semiramis?) y padre de Adad-Nirari III.
La estela es del año 814 antes de Cristo. Fue hallada cerca del templo de Nabu, en las ruinas de la antigua ciudad de Nimrud.
Nabu era el dios de la alfabetización, de los escribas y de la sabiduría. Conocemos, por el hebreo, un vocablo emparentado: nabí, que traducimos por «profeta».
El rey Shamshi-Adad V está adorando, en la estela, a cinco divinidades: Ashur, Shamash, Sin, Adad e Ishtar, pero lo que realmente lleva en el pecho y en su corazón es … la cruz.
Y es que, siglos antes, venía preparándose ya a la humanidad para el gran acontecimiento del Calvario.
Pasé por delante y no reparé en ella. Y eso que fui hasta allí para ver si había alguna obra religiosa. Alguien me dijo que tal vez no me di cuenta de su presencia porque, al igual que les ha sucedido a otras personas, me concentré en la contemplación de una de Kandinsky que se hallaba en la misma sala.
Me estoy refiriendo nada más y nada menos que a la “Madonna con Bambino” (1950-1953), escultura en cerámica esmaltada policromada, de Lucio Fontana en el Museo de Arte Contemporáneo “Helga de Alvear” de Cáceres.
Imperdonable por mi parte, que me declaro poco dotado para el reconocimiento del arte actual. Lo que me sucedió a mí no le habría acaecido a aquel niño de un pueblo de Asturias, quien, con su imaginación y creatividad infantil, montó, en el portal de su casa, un original Nacimiento.
Por las razones que fuesen, sus padres no habían colocado nunca un Nacimiento en la vivienda. En realidad, en ninguna del vecindario. Por entonces solo se ponía en la iglesia y en la escuela. Y el crío, conmovido por la belleza del relato evangélico de los primeros días de Jesús, con María y José, quiso tener uno propio, para mirarlo y remirarlo y convertir la entrada de su casa en el mejor portal de Belén que cupiese construir para acomodamiento del divino Niño.
Ni suplicó ni exigió que le comprasen figuras, ni casas, ni un molino, ni un puente, ni un castillo. Se las arregló él solo con cinco piedras, que fueron el Niño Jesús, la Virgen María, san José, la mula y el buey. No era que los representasen, no. Eran ellos. Ellos mismos. Y nadie sabía a qué personaje correspondía cada piedra. El rapacín sí que lo sabía. Y él habría reconocido, sin duda, a primera vista, en la obra de Fontana del “Helga de Alvear”, a una madonna y a un bambino.
Así debió de ser también aquel chiquillo del que se cuenta que entró un día en el taller del gran Miguel Ángel y vio un bloque enorme de mármol. Al cabo de unos meses volvió y se encontró con que, de la pieza marmórea, Miguel Ángel había esculpido el Moisés. Entonces el pequeño le preguntó: «¿Y cómo sabías que dentro del mármol estaba Moisés?».
La obra de arte estaba en el interior del monolito. El escultor se limitó a retirar la envoltura. Y apareció así el personaje. Y, en las piedras del portalín de la casa del apartado pueblo de Asturias, lo mismo: la sagrada Familia y los animales estaban conformados en el seno pétreo de aquellos cantos y solo el niño podía, con sus límpidos ojos, ver a los protagonistas de la Navidad primera en su diafanidad bajo la dura costra circundante.
Eso es lo que hace precisamente la fe. No es ciega, sino clarividente. Perfora la realidad más opaca y hace posible que el creyente vea lo que otros no ven. Hay un himno de la liturgia cristiana que dice: «La piedra, con ser la piedra, guarda una chispa caliente». Naturalmente que sí. En el mármol de Miguel Ángel, en las piedras del portalín de la casa de Asturias y en las situaciones más densas, espesas, oscuras e impenetrables de la vida. La fe lo puede todo.
Y lo curioso es que el niño asturiano guardaba, al concluir las fiestas, los cinco cantos rodados en una caja no sé si de zapatos o de zapatillas, para, transcurridos doce meses, disponerlos de nuevo en el portal de la casa cuando llegase la Navidad. Y no había confusión de piedras y de personajes: eran la misma piedra y el mismo personaje del Nacimiento del año anterior.
Jorge Juan Fernández Sangrador
La Nueva España, sábado 24 de diciembre de 2022, p. 30
Minnie Louise Haskins (1875-1957) nació en la localidad inglesa de Bitton (Gloucestershire), fue miembro de la Sociedad Misionera Metodista Wesleyana, de la London School of Economics and Political Science y misionera en Madrás.
Con el fin de recaudar fondos para una de las obras apostólicas y sociales en las que colaboraba, Minnie publicó, en 1912, bajo el título “The Desert”, un libro de poemas. En él figuraba uno, escrito en 1908, que llegó a alcanzar gran popularidad, porque el rey Jorge VI, padre de Isabel II, lo citó en su célebre discurso a la nación y al imperio en la Navidad de 1939, año en el que el Reino Unido entró en la Segunda Guerra Mundial: “God knows”.
Los versos recitados por el Rey fueron estos: «Y le dije al hombre que estaba a la puerta del año: / “Dame una luz para que pueda caminar con seguridad hacia lo desconocido” / Y él respondió: “Sal a la oscuridad y pon tu mano en la Mano de Dios. / Eso será para ti mejor que la luz y más seguro que un camino conocido”».
Se dice que era el poema favorito de Isabel Bowes-Lyon, Reina Madre, y que fue ella quien lo dio a conocer a Jorge VI, su marido. En el libreto del oficio religioso (“Funeral of Her Majesty Queen Elizabeth, The Queen Mother”) celebrado en la abadía de Westminster cuando murió, en 2002, aparece como colofón.
Y debió de haber sido evocado con frecuencia en la real Casa de Windsor, porque cuando se publicó un libro en honor de Isabel II, con motivo de su nonagésimo cumpleaños, en 2016, en el prólogo, firmado por la Reina misma, ésta pide, tanto a los editores como a los lectores, que mediten los arriba mencionados versos de Minnie Haskins.
El libro se titula “The Servant Queen and the King she serves” y en él se recogen fragmentos de discursos navideños pronunciados por Isabel II, en los que la Reina confiesa abiertamente su ferviente adhesión a Cristo.
Tom Hanks ha venido a España para promocionar su última película, que estará a finales de año en las salas de cine de nuestro país: “El peor vecino del mundo”.
Desde que se casó con Rita Wilson, Tom halló la estabilidad personal que proporcionan la familia y la religión, porque, de mano de su esposa, entró a formar parte de la Iglesia ortodoxa, en la que fue bautizada ella.
Ambos se confiesan creyentes y practicantes, y reconocen que la fe en Dios los sostuvo durante el tratamiento contra el cáncer de Rita y contra la adicción al alcohol y a las drogas de su hijo Chet.
Chet Hanks, que también es actor, declaró que el encuentro con Dios («Dios es real», afirma) lo hizo abandonar el ateísmo y salir del infierno en el que se encontraba sumido: «Me tocó la mano de Dios».
Tom Hanks fue, mientras vivió con su madre, católico; con su madrastra, mormón; con una tía, metodista nazareno. Y asistió durante años a círculos de estudio de la Biblia. Tuvo, pues, una «visión general itinerante de varias religiones», según manifestó en cierta ocasión.
Sin embargo, lo que experimentó de forma constante en el período de su infancia y en el de su adolescencia fue una terrible soledad. De ahí el que considere la película “El náufrago” como la más representativa de su historia personal.
Durante una entrevista que la presentadora Kirsty Young le hizo para la BBC, Tom se conmocionó cuando ésta le preguntó qué era lo que le atormentaba cuando tenía 14 o 15 años y él respondió con voz quebrada: «No me hagas esto… Era el vocabulario de la soledad. Yo no contaba con el vocabulario para expresar la soledad».
Era tan profundo y arraigado su sentimiento de soledad, que, cuando estaba dándole vueltas a lo de ser actor, sus dudas se disiparon en el mismo instante en el que oyó decir que todas las grandes obras de teatro tratan, en definitiva, de la soledad. Y de soledad iba él bien sobrado.
También van sobrados de soledad los ancianos de la Residencia de la Tercera Edad de Campolongo, en Pontevedra. Su director, Juan José López, ha escrito una carta a los jóvenes, que está circulando sin parar por las redes sociales, en la que dice: «No nos falta vida, os lo aseguro (…) Si acaso nos duele lo que nos sobra: soledad. Y nos sobra porque no estáis aquí (…) Habéis dejado de querernos (…) Pronto será Navidad, el tiempo más triste en nuestra casa (…) Quiero una lluvia de cariño en forma de cartas, de mensajes, de felicitaciones, de fotos».
En tan solo unos días han llegado a la residencia, en respuesta a la misiva del director, que dio voz a la soledad de los residentes, seis mil cartas con mensajes de cariño procedentes de diversas partes de España y de Europa.
«En Estados Unidos hay una epidemia de soledad», dijo Tom Hanks el otro día en uno de los actos de presentación de la película “El peor vecino del mundo”. Y, por lo que se ve, en Europa también, yendo, además, en aumento, a causa del individualismo, la indiferencia, el descenso de la natalidad, la desestructuración de las familias, las antropologías erráticas y las leyes contra la vida humana.
Son los efectos de ese modo de estar, de pensarse y de sentirse en el universo que es tan característico de nuestro tiempo, en el que andamos, como Tom Hanks, tratando de confeccionar el diccionario con los vocablos, precisos y certeros, que nos permitan poner claridad y orden intelectual y vivencial en la caótica confusión actual de identidades, referentes y paradigmas en extralimitación que desdibujan, afean, distorsionan y destruyen la verdad y la belleza de la persona, el matrimonio, la familia, la sociedad, la historia y el mundo, realidades en las que nos fundamos y cuya hermosura ha sido Dios mismo quien nos la ha dado a conocer hablándonos en amistosa conversación.
Mientras tanto, llega nuevamente la Navidad, en la que se celebra el máximo acontecimiento de la historia: el nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios y Dios igualmente él, que vino para compartir nuestro nacer y nuestro morir, para redimirnos de nuestros desvíos y nuestros desarreglos, y para, sosteniéndonos continuamente con la fuerza de su brazo, conducirnos, a través de las angosturas que nos oprimen, hasta el valle de los reencuentros, del banquete y de la fiesta sin fin.
Jorge Juan Fernández Sangrador
La Nueva España, domingo 18 de diciembre de 2022, p. 30
Joseph Weiler sostiene que la paz en nuestro continente fue posible, después de la Segunda Guerra Mundial, gracias a que, entre los padres de la actual Unión Europea, se hallaban católicos como Robert Schuman, Alcide de Gasperi, Jean Monnet o Konrad Adenauer.
¿Y cuáles fueron los principios que, fundados en el Evangelio y en la Doctrina Social de la Iglesia, los adalides de confesión católica instilaron en la construcción de la nueva Europa? Pues dos esencialmente cristianos: el perdón y la redención. Sobre estos dos pilares se levantó la Europa de postguerra.
Como se recordará, Joseph Weiler, constitucionalista y experto en derecho comunitario, es judío practicante y un decidido defensor del cristianismo y un valiente reivindicador de la importancia que éste ha tenido en la fragua de la democracia, en la creación del Estado de derecho y en el que los derechos humanos sean preservados y defendidos en toda sociedad que desee llevar el sello de moderna, justa y avanzada.
Otro judío, el literato Abraham Yehoshua (1936-2022), agnóstico, calificado como escritor de izquierdas y con varias obras traducidas al español, se preguntaba por qué los católicos se están haciendo oír tan poco en un mundo globalizado, en el que las religiones están creciendo exponencialmente, en contra de lo que nos quieren hacer creer los irreligiosos creadores de opinión que militan en ideologías contrarias a cualquier modalidad de fe en la existencia de Dios, creador, providente y salvador.
Este judío israelí escribió mucho sobre las relaciones entre judaísmo e islam, preocupado por la tensión que existe entre esas dos confesiones religiosas en Israel, que, según él, no dejan de crecer y de hacerse más fuertes. Mas no así el cristianismo, y, en particular, el catolicismo.
«Dudáis en poner al catolicismo, la belleza del catolicismo, los valores del catolicismo, o del cristianismo en general, sobre la mesa del Nuevo mundo, como partner de una confrontación con las otras religiones. Los cristianos son los más tímidos a la hora de levantar la voz en un mundo en el que las otras dos religiones monoteístas, judaísmo e islam, están siendo cada vez más fuertes», comentó Abraham Yehoshua en cierta ocasión ante el auditorio católico que acudió a una conferencia suya pronunciada en una iglesia de Italia.
¿Y todo esto por qué? «Veis a la Iglesia como un museo y no como un lugar desde el que podéis trasmitir energía e ideas. No soy católico ni cristiano, pero opino que la voz del cristianismo es muy débil», añadió. Y que esto lo diga un no católico da que pensar. Y no será porque los representantes de la Iglesia no dejen de hablar sin parar, pero se ve que sirve de poco, como ha puesto de manifiesto, en el caso de los sacerdotes católicos, el último Estudio sobre “Confianza en la Sociedad Española” de la Fundación BBVA. La confianza depositada tradicionalmente por la sociedad española en los curas ha decaído notable, significativa y preocupantemente.
A ver si va a ser porque no se muestran convincentemente compenetrados e identificados con «ese algo más» del que habla Joseph Weiler: «la santidad y la sacralidad», características denotativas de una religión acreditada ante el mundo como verdadera, libre, profética, servicial, seductora y constructiva. Es preciso decir, con todo, que todavía salen peor parados, en la encuesta realizada por la Fundación BBVA, los políticos y los youtubers, aunque lo de saber que se está solo un poquito por encima de estos dos grupos tampoco es que sirva de gran consuelo.
Jorge Juan Fernández Sangrador
La Nueva España, domingo 11 de diciembre de 2022, p. 27
Basilica Santa Maria Maggiore in Città Alta de Bergamo
Pedro de Silva ha publicado hoy en La Nueva España (6 de diciembre de 2022) esta breve reflexión con el título «¿Natividad sin nacimiento?«:
«Las Navidades tienen hoy un contenido un tanto ecléctico, pero el núcleo de su relato es el nacimiento de Cristo, y la mayor parte de su simbología evoca ese hecho. Que uno asuma el ritual simbólico de las Navidades, e incluso lo practique, no le vincula de modo necesario a unas creencias religiosas, sino que es muestra de respeto a la expresión deunas tradiciones y del gusto por las cosas bellas que han producido, de igual modo que para ser devoto de la «Liturgia de San Juan Crisóstomo» de Rachmaninoff, la «Última Cena» de Leonardo, o el «Cántico espiritual» de Juan de Yepes no hace falta ser creyente. Por eso, caso de que uno las celebre (no hacerlo es igual de razonable), resulta más coherente la figura del ateo belenista que ciertos brotes de laicismo navideño que tratan de eludir los símbolos más explícitos del evento originario, como si borrar un buen relato fuera tan sencillo».
Entrevista que me ha hecho César Inclán para la sección «La caja de sonidos», del programa «Noche tras noche» de la RPA (Radio del Principado de Asturias) (5 de diciembrede 2022):
Este es el audio:
El sonido de tu infancia
En mi infancia hubo un sonido que pertenecía de forma absolutamente natural a la vida cotidiana de la familia: el ruido que producía la máquina de rellenar los sifones. Era la actividad principal del negocio de casa y la nuestra figuraba en el mapa de las sifonerías de Asturias, de las que pervive un cálido recuerdo, porque, aunque ha desaparecido el consumo del agua de Seltz, expulsada por el mecanismo de un sifón, los envases, algunos con originales formas y cabezales, son hoy piezas de museo. Y son de mi infancia también el sonido del molinillo manual del café, con el que se preparaba el primero del día, el de después de comer y el del atardecer, y el sonido del mar que se hacía oír desde el interior de una caracola.
El sonido de aquel verano
Uno que no es nada romántico: el estridular de las alas de una mosca en una tarde estival y el de las gotas de agua golpeando el fregadero porque el grifo no estaba cerrado del todo. Y con ello, el calor, la galbana, la luz anaranjada de la media tarde, una parra, una higuera, los dondiegos contenidos, la hierba luisa, un perro somnoliento, la silla de anea, el ronroneo de una gallina … En suma, los sonidos y la luz caniculares estando yo sentado en una habitación de una casa asturiana con su huerta fatigada a causa del calor.
Un sonido que no soportas
Son varios: el zumbido de un mosquito, especialmente durante la noche; el tictac de un reloj, el manoseo de un papel durante un concierto o una conferencia, la cháchara interminable de un pasajero hablando por el teléfono móvil en el tren o en el autobús, los chasquidos que se emiten al comer con la boca abierta y el tamborileo de los dedos sobre una mesa, entre otros.
Un sonido que te remueve por dentro y te hace nostálgico
La lengua hebrea, que estudié cuando era joven en Jerusalén. Asistí a clases a uno de los muchos centros a los que acudían los judíos emigrantes a Israel para aprender el idioma. Se llamaba “Ulpan Beit-Haam”. Creo que existe todavía. ¡Todo aquello era nuevo para mí! Y han transcurrido, desde entonces, más de cuarenta años, que es el tiempo que dura una generación en la Biblia. Pero lo recuerdo siempre como un período único y extraordinario de mi vida. Y si el vocablo “nostalgia” significa en griego “enfermedad del deseo de regresar”, confieso que, sin llegar a constituir una patología, sí, me gustaría volver a aquella ciudad, a la de aquellos años, para hacer lo mismo que hacía entonces.
El sonido de la voz de una persona o personaje al que recuerdes con cariño
La voz de mi madre al despertarme con cariñosos diminutivos cada mañana. Y la de todas las personas, de las que yo no conservo memoria, que se acercaban, en los primeros meses de mi vida, cuando yo estaba en la cuna, para hacerme fiestas, demostrarme su afecto, sacarme una sonrisa, enseñarme palabras como papá y mamá, decirme que yo era, para ellos, único en el mundo y trasladarme la inmediata percepción de que mi sola presencia les proporcionaba la más pura, natural y amorosa felicidad.
El sonido de un lugar
Cualquier lugar en el que cante un mirlo. Entiendo perfectamente lo que cuentan en algunos monasterios, en los que se dice que hubo, en la antigüedad, un monje que un día salió al bosque y quedó tan ensimismado escuchando el canto de un pájaro que cuando regresó al cenobio no reconocía a ninguno de los monjes. Habían transcurrido doscientos años. Y yo, aunque no llegue a tanto, siempre me detengo a escuchar ensimismado, cuando cantan, ya sea en solitario, ya sea en diálogo entre varios, a los mirlos.
El sonido de la banda sonora de tu vida
El sonido de la banda sonora de mi vida es el silencio. En silencio he escuchado, meditado y admirado. En silencio he padecido y superado las pruebas. En silencio he recordado y soñado. En silencio he estado alegre y llorado. En silencio he leído páginas memorables. En silencio he asistido a dramas inolvidables. En silencio es como mejor he logrado expresarme. En silencio he viajado por países y mares. En silencio he amado, perdonado y rezado. Y en silencio estoy siempre con Dios y él conmigo.
El sonido de la Palabra de Dios
Es como el de la brisa suave que acaricia el rostro y el del huracán impetuoso que lo arrastra todo. El del risueño rumor del arroyo cantarín y el del estruendo de las olas cuando rompen contra las rocas del acantilado. El del manso fluir de un río que se desliza hacia el mar y el de una muchedumbre de aguas tumultuosas. El de la dulce melodía que se desprende del arpa y el del seco tableteo del trueno que sigue al rayo. El de la amistosa confidencia en un tono inaudible y el de una voz potente que se replica en un eco inagotable. El del crepitar de un fuego que arde y no se consume en el lar y el del rugido de un volcán que vomita piroclastos. El de un pincho punzante cuando perfora la carne y el del amor cuando llama apasionadamente a la puerta. Son muchos, ciertamente, sus sonidos; ella, en cambio, es una sola Palabra.
Con la presentación del Libro Blanco del Prerrománico en Santa María del Naranco, el pasado lunes 4 de marzo, ha culminado el largo proceso de confección de este texto programático de la Consejería de Educación y Cultura del Gobierno del Principado de Asturias.
Han colaborado en la obra, bien directa, bien indirectamente, especialistas en las diferentes áreas de investigación y actuación en los monumentos prerrománicos: arqueología, historia, geología, biología, restauración, numismática, ingeniería, epigrafía, paleografía, arquitectura, ecología, museística, iconografía y teología.
Desde que, en 1844, se constituyera la Comisión de Monumentos Histórico-Artísticos de la Provincia de Oviedo, y, en 1846, se iniciaran los trabajos de restauración en San Miguel de Lillo, bajo la dirección de José Caveda y Nava, han transcurrido 175 años de intervenciones ininterrumpidas hasta el presente, que figuran por orden cronológico en el Libro Blanco. Son las más significativas, y son muchísimas, pero no todas las que en realidad se han ejecutado.
Antes de 1844, las comunidades cristianas ya se reunían, para la oración, el culto y los sacramentos, en las iglesias catalogadas como prerrománicas, y, durante mil años, desde su construcción hasta hoy, las han mantenido y conservado, y nos las han legado como un tesoro precioso: religioso, cultural e identificativo. Son los edificios más emblemáticos de nuestra región y no se entienden sin su irreemplazable naturaleza cristiana.
Decía el escritor británico-estadounidense Thomas Stearns Eliot que «un europeo puede no creer en la verdad de la fe cristiana, pero todo lo que dice, crea y hace, surge de su herencia cultural cristiana y sólo adquiere significado en relación con esa herencia. Sólo una cultura cristiana ha podido producir un Voltaire o un Nietzsche. No creo que la cultura europea sobreviviera a la desaparición completa de la fe cristiana. Y estoy convencido de ello, no sólo como cristiano, sino como estudiante de biología social. Si el cristianismo desaparece, toda nuestra cultura desaparecerá con él».
En el Libro Blanco del Prerrománico se deja constancia de una extensa labor investigadora, conservadora y restauradora, como acredita la relación de intervenciones realizadas y de bibliografía producida, pero en nuestra memoria han de ocupar su propio y justo lugar los párrocos y los fieles de esas iglesias, los de ayer y los de hoy, que se han preocupado y se preocupan de asegurar, en el día a día, que las piedras sagradas no sólo sean sillares que componen un edificio arquitectónicamente admirable, sino que conformen un cuerpo animado por la fe, la fraternidad y la esperanza.
Edith Stein, filósofa, monja carmelita con el nombre de Teresa Benedicta de la Cruz, mártir en Auschwitz y santa copatrona de Europa, decía que, «seguramente, los acontecimientos decisivos de la historia del mundo fueron esencialmente influenciados por almas sobre las cuales nada dicen los libros de historia. Y cuáles sean las almas a las que hemos de agradecer los acontecimientos decisivos de nuestra vida personal es algo que sabremos el día en el que todo lo oculto sea revelado». A esas personas, pues, que han conservado los monumentos a lo largo de los siglos, nuestra gratitud.
Se ha hecho mucho en favor de los monumentos prerrománicos, y aún queda mucho por hacer. El Libro Blanco describe el estado en el que se hallan los edificios reseñados e indica qué intervenciones son convenientes, o urgentes, o inaplazables, y es, por ello, un instrumento útil, pero perfectible, como lo son todas las herramientas. En un futuro próximo, se producirán grandes transformaciones en cuanto a la investigación, los métodos de trabajo, las soluciones y los procesos temporales de ejecución y desarrollo, que habrán de ser necesariamente más ágiles y expeditivos que en la actualidad. La inteligencia artificial y las máquinas dotadas de una precisión inimaginable cambiarán, más bien pronto que tarde, el escenario presente de las intervenciones en el patrimonio.
La Consejería de Educación y Cultura del Gobierno del Principado de Asturias se ha marcado a sí misma, con la publicación del Libro Blanco del Prerrománico, unos objetivos de atención, dedicación, financiación y mejoras, que requerirán una periódica evaluación y seguimiento, para que todo eso no quede en una mera reflexión vertida en papel, pero sin obligaciones inherentes de ejecución. Con la redacción de este documento, ha tratado de cumplir lo que exigen las normas y directrices de la UNESCO, la Unión Europea y el Gobierno de España. Es de suponer que estas entidades de rango superior asuman también las obligaciones que se derivan de las leyes que ellas mismas establecen para la conservación de los bienes culturales y provean los medios necesarios para la realización de los trabajos que se hayan de acometer en virtud de lo que acuerden la Iglesia y el Gobierno del Principado de Asturias.
La voluntad de seguir colaborando, con ilusión e ideas, en la preservación de las joyas arquitectónicas de nuestra fe, nuestra historia y nuestra cultura, no ha decaído nunca en las entidades concernidas, como pone de manifiesto el Libro Blanco del Prerrománico, que no constituye en sí mismo una meta, sino una parada reflexiva en un camino emprendido hace siglos, que hemos de recorrer, como hasta el presente, juntos.
Jorge Juan Fernández Sangrador
La Nueva España, domingo 10 de marzo de 2019, pp. 33-34