Vídeo presentado por el Ayuntamiento de Villaviciosa (Asturias) en la Feria Internacional de Turismo (FITUR- Madrid) 2023:
La iglesia de San Salvador de Valdediós, también conocida popularmente como “El Conventín”, está emplazada en el profundo y recoleto valle de Boides, en Villaviciosa (Asturias), muy próxima a la iglesia cisterciense del monasterio de Santa María de Valdediós, construido en el siglo XIII.
Fue erigida por el monarca Alfonso III el Magno (866-910) y consagrada por siete obispos el 16 de septiembre del año 893, según consta en la inscripción de la lápida de consagración de mármol, conservada en la denominada “Capilla de los Obispos”.
Originalmente presentaba planta basilical de tres naves separadas por arquerías apoyadas sobre pilares macizos de sección cuadrada, y cubierta a diferentes alturas con bóvedas de cañón.
El ingreso se realiza a través de un vestíbulo flanqueado por dos pequeños habitáculos, de función incierta, a los que se ha atribuido una función penitencial o de cobijo al peregrino. Esta clara su función estructural pues sobre ellos se alza la tribuna regia, desde la que el Rey y su séquito asistirían a los oficios litúrgicos, y a la que se accede desde la nave meridional.
Alejandro Vega Riego, alcalde de Villaviciosa, y Loreto Pérez de la Fuente, coordinadora de la gestión turística de Valdediós, durante el acto de presentación de Valdediós en Fitur (Madrid, 18 de enero de 2023)
La editorial «Capitán Swing» acaba de traducir el libro de Lara Maiklem, «Mudlarking», al español. Traigo al blog el artículo sobre la edición inglesa que, en octubre de 2020, publiqué en el diario La Nueva España:
“Mudlarking” es el título de un libro de Lara Maiklem, que el sello editorial Bloomsbury le ha publicado este año. No es el primero que se escribe sobre el asunto principal de la obra, pero el hecho de que la autora tenga cuentas en Instagram, Facebook y Twitter le ha dado la notoriedad que las redes sociales otorgan a quien sabe desenvolverse en ellas.
Y la publicidad, naturalmente, que le han dado los periódicos: “Enchanting” (Sunday Times), “Delightful” (Daily Mail), “Fascinating” (Guardian), “Book of the Week” (BBC Radio 4), “Book of the Year” (Observer y Daily Express).
Existen ocupaciones, o “hobbies”, de los británicos que han adquirido, con el paso del tiempo y el desarrollo de la actividad, una singular aura de distinción intelectual y literaria. Y en el caso de que se diesen en otros países, no han logrado revestirse del vistoso ropaje con el que se visibilizan las del Reino Unido. Es el caso de los “mudlarks”.
“Mudlarks” son los buscadores de desechos aún aprovechables en el fango de los ríos y de los puertos fluviales o marítimos. En el período victoriano eran personas pobres, a menudo niños, que rastreaban el Támesis para ver lo que podían recuperar con el fin de venderlo y conseguir unas monedas.
Sin embargo, hoy es una actividad controlada por el Museo de Londres y la Oficina que registra los hallazgos arqueológicos de particulares (The Portable Antiquities Scheme). Los “mudlarks” han de tener licencia para realizar sus búsquedas en el río y deben informar a las autoridades de lo que hayan encontrado, si es que tiene más de 300 años. Pueden quedarse con ello en usufructo, sabiendo que no es un bien de su propiedad sino del Reino.
Lara Maiklem ha dedicado casi 20 años de su vida a rastrear las orillas del Támesis a la caza de antigüedades y de objetos curiosos. Es asombroso lo que la gente ha tirado al río a lo largo de la historia. En la actualidad debe de haber entre mil y dos mil personas acreditadas ante la Autoridad Portuaria de Londres para ejercer de “mudlarks”.
En el libro, Lara describe sus hallazgos y cómo dio con ellos: tapón de ánfora romana; losetas medievales; fragmentos de mosaico y de hipocausto romanos; peine, cuentas, dedal y aguja del siglo XVI; utensilios mesolíticos; fósiles; granates del Támesis; jarra Belarmino; alfileres, alcancías, pipas y monedas de diferentes épocas; horquillas y piezas de juego romanas; juguetes. Y muchas otras cosas de períodos comprendidos entre el de la ocupación romana y el de la reina Victoria.
Hace poco encontró el que ella tiene por el descubrimiento más importante de su carrera como “mudlark”: la insignia de un peregrino de la Edad Media, con la imagen de san Osmund de Salisbury. Debió de haber llegado al río hace 600 años, calcula Lara. Por lo visto aparecen muchos objetos que pertenecieron a devotos que iban o venían de los santuarios más concurridos. No sólo en los ríos, sino también en los campos.
Y uno se pregunta: en ese inmenso flujo de viandantes que han transitado por el Camino de Santiago desde la Edad Media, ¿cómo es posible que no se conserven sus pertenencias? Ni peines, ni escarapelas, ni calzas, ni borceguíes, ni guantes, ni sandalias, ni rosarios, ni medallas, ni tahalíes, ni tecas, ni escudillas, ni sartenes, ni muñecos, ni maravedíes, ni cuchillos, ni cinturones, ni gorros, ni broches, ni anillos, ni candiles.
Miles y miles y miles de personas han recorrido ese Camino, o Caminos, ¡sin que se les haya caído al suelo o extraviado nada de lo que llevaban encima! Se ve que solo los ingleses, galeses y escoceses iban por ahí perdiendo cosas, y esto únicamente en los condados de las islas británicas, porque alguno tuvo que venir también, ciertamente, a Santiago de Compostela.
En las ruinas de las históricas ciudades de Siria, por poner otro ejemplo y establecer una comparación, basta remover con la punta del zapato una piedra para que salgan a la luz monedas o asas de jarras. Y los cascotes de cerámica son innumerables por doquier. Eran sitios por los que pasaban soldados y mercaderes, que dejaron, en los objetos que allí permanecieron enterrados, vestigios de su presencia. Pues en el Camino de Santiago, no.
Tal vez, con la celebración del Año Santo Compostelano, que está ya a las puertas, haya ocasión de conducir trabajos de prospección en torno a los antiguos hospitales y albergues del Camino, y en los parajes por los que han transitado los peregrinos durante siglos, y podamos, así, formarnos una idea más precisa y completa de quiénes eran, de dónde provenían y de cuál era su mundo, el de todos y cada uno en particular, y, si nos fuese dado averiguarlo, desvelar la íntima moción que los impelió a salir de su casa y del círculo de los suyos para ir a postrarse a los pies del apóstol Santiago.
Jorge Juan Fernández Sangrador
La Nueva España, domingo 18 de octubre de 2020, p. 32
En 2022 se conmemoró el primer centenario de su bautismo. Fue el 1 de enero de 1922. El próximo miércoles se la recordará en la Librería diocesana de Oviedo (Plaza de la Catedral)
Por uno o por otro, durante el año 2022 fui posponiendo este modesto reconocimiento periodístico al poema “La tierra baldía” (The Waste Land), o “estéril”, como también se traduce en alguna edición española, del escritor estadounidense, afincado en Londres, Thomas Stearns Eliot (1888-1965), pero no quiero dejar pasar ya más tiempo sin dedicar unas líneas a este poema, publicado en 1922, que alguien ha calificado como el más influyente de cuantos se han escrito en el Reino Unido en el siglo XX.
El poema apareció primero en la revista “The Criterion” (1922); luego, en “The Dial” (1922); después, como edición príncipe, en la casa neoyorquina “Boni & Liveright” (1922); por último, en 1923, en la británica Hogarth Press, fundada en 1917 por Leonard y Virginia Woolf. De modo que, aunque estemos ya en 2023, llegamos a tiempo para conmemorar el primer centenario de su publicación, en forma de libro, en el Reino Unido.
Se ofrecen recorridos por los lugares londinenses asociados a esta obra de difícil intelección: el Puente de Londres, el Monumento al Gran Incendio, St Magnus the Martyr, St Dunstan in the East, St Mary at Hill, King William Street, St Mary Woolnoth, Queen Victoria Street o la solitaria torre de St Augustine, en Watling Street.
Eliot dedicó “La tierra baldía” a su amigo Ezra Pound (1885-1972), al que calificó, en el encabezamiento de la obra, de «il miglior fabbro», tomando esta expresión del Canto 26 del Purgatorio, línea 117, en la “Divina Comedia”. Dante se estaba refiriendo, con ella, al trovador Arnaut Daniel, «il miglior fabbro del parlar materno».
Pound, sin embargo, años más tarde, cuando Eliot solicitó ser bautizado en la Iglesia anglicana, no reaccionó nada bien: culpó al clérigo William Force Stead (1884-1967), capellán del Worcester College de Oxford, que fue el ministro que le administró el bautismo, de «corromperlo».
Todavía fue peor lo que se dice que escribió Virginia Woolf (1882-1941) respecto a la conversión de Eliot: «Acabo de tener una sumamente vergonzosa y penosa entrevista con Tom Eliot, a quien deberíamos considerar muerto de hoy en adelante. Se ha convertido al anglo-catolicismo y cree en Dios y en la inmortalidad y va a la Iglesia».
Se ve que a los componentes del Grupo de Bloomsbury, que se tenían por tan liberales y tan abiertos, y de cuyos miembros, según Dorothy Parker (1893-1967), vivían en «squares» (cuadrados), pintaban en círculos y amaban en triángulos, les iba de todo, menos el que alguien pudiera ser devoto cristiano. “Odium fidei”.
Eliot escribió “La tierra baldía” antes de su bautismo, que tuvo lugar, creo, en 1927, pero su corazón era ya, en 1922, horno inflamado, como el de san Agustín: «A Cartago llegué entonces / Ardiendo ardiendo ardiendo ardiendo / Oh Señor Tú me arrancas / Oh Señor Tú arrancas / ardiendo».
Y aunque estos versos que citaré a continuación fueron escritos por Eliot a partir del relato de una de las expediciones a la Antártida, en la que los exploradores, al límite de sus fuerzas, tenían la sensación de que entre ellos había, cuando contaban a los que se hallaban presentes, «uno más», a mí no se me quita de la cabeza que el poeta estaba pensando, cuando lo escribía, en Dios:
«¿Quién es ese tercero que anda siempre a tu lado? /Cuando cuento, solo estamos tú y yo juntos, / pero veo frente a mí, por el camino blanco, / siempre a otro que camina a tu lado, / deslizándose cubierto por un manto pardo, / embozado, no sé si es hombre o mujer / ¿pero quién es ese que va a tu vera?»
En el relato bíblico de los tres jóvenes condenados a morir en un horno encendido, el rey Nabucodonosor, sorprendido, exclamó: «‘¿No eran tres los hombres que atamos y echamos al horno?’ Le respondieron sus consejeros: ‘Así es, majestad’. Preguntó: ‘Entonces, ¿cómo es que veo cuatro hombres, sin atar, paseando por el fuego sin sufrir daño alguno? Y el cuarto parece un ser divino’» (Daniel 3,91-92).
Cuando salieron del horno, sin que el fuego hubiera hecho mella en ellos, «no se les había quemado el cabello de la cabeza, sus ropas estaban intactas y ni siquiera olían a humo». En la tradición iconográfica cristiana, desde las pinturas de las catacumbas hasta las de nuestro tiempo, al “cuarto” personaje se lo representa como un ángel.
El poeta español José María Souvirón (1904-1973) compuso un poema, “Ando por mi camino, pasajero”, incorporado por la Iglesia a su himnodia, en el que expresa bellamente esta misma idea:
«Ando por mi camino, pasajero, / y a veces creo que voy sin compañía, / hasta que siento el paso que me guía, / al compás de mi andar, de otro viajero. / No lo veo, pero está. Si voy ligero, / Él apresura el paso; se diría / que quiere ir a mi lado todo el día, / invisible y seguro el compañero. / Al llegar a terreno solitario, / Él me presta valor para que siga, / y, si descanso, junto a mí reposa. / Y, cuando hay que subir monte (Calvario / lo llama Él), siento en su mano amiga, / que me ayuda, una llaga dolorosa».
Y en la soledad de una tierra que parecía estéril y baldía, Thomas Stearns Eliot, acompañado y guiado por ese «Otro» que caminaba siempre a su lado, halló, en la fe cristiana, la luz, el gozo y paz que ni siquiera la más alegre primavera, si es que las hubiere («Abril es el mes más cruel»), logra insuflar en lo más íntimo del ser.
Jorge Juan Fernández Sangrador
(La Nueva España, domingo 15 de enero de 2023, p. 35)
Se sabe que, cuando, en 1977, hubo que proveer de pastor a la diócesis de Múnich y Frisinga, Pablo VI designó al teólogo Joseph Ratzinger. Sin embargo, el nombre de éste no figuraba en la relación de candidatos presentada al Papa.
Fue elegido “fuori terna”, es decir, sin estar entre los tres nombres de la lista confeccionada para que el Pontífice eligiese a uno de ellos y lo nombrase arzobispo de Múnich. De modo que, por la estima personal que sentía hacia Ratzinger, al que se ve que conocía bien, Pablo VI lo hizo obispo y, en el consistorio de 1977, lo creó cardenal.
Juan Pablo II reconoció en el teólogo alemán, con total acierto, los rasgos que mejor convenían al que debía ser Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, pero no hay que perder de vista que Ratzinger fue obispo y cardenal de Pablo VI, y que fue éste quien le abrió en realidad las puertas al sumo pontificado. Las demás funciones eran ya solamente encargos. Importantes, claro que sí, pero, a la postre, nada más que eso: tareas que se le confiaban.
Cuando, el 19 de abril de 2005, ya elegido Papa, Joseph Ratzinger salió, en su primera aparición pública, al balcón de la fachada de la basílica de San Pedro, para impartir la bendición, a muchos nos evocó, por su tono de voz y por sus gestos, a Pablo VI. Aunque, a decir verdad, éste nunca habría vestido una camisa negra, con los puños a la vista, bajo la sotana blanca como hizo Benedicto XVI.
En el mes de agosto de 2005 tuvo lugar, en Colonia, la 20.ª Jornada Mundial de la Juventud, a la que asistió Benedicto XVI. En esa ocasión nació una asociación católica que se denominó “Generación Benedicto”. Se expandió por varios países y llegó a constituirse también en España.
Eran jóvenes que se sentían plenamente identificados con el Papa Ratzinger. Y su línea de pensamiento consistía básicamente en esto: así como Juan Pablo II había logrado entusiasmarlos con Cristo y la Iglesia, querían que Benedicto XVI les dijese por qué.
Esos jóvenes de la “Generación Benedicto” se han hecho ver y oír en estos días de luto papal, y no han desaprovechado ni una sola de las ocasiones que se les han presentado para manifestar ante el mundo su inmenso aprecio y respeto hacia la persona de Benedicto XVI.
Porque existe, en verdad, una “Generación Benedicto”. Una “Generación Benedicto” que sobrepasa los límites de la arriba mencionada asociación católica y se compone de un número altísimo de hombres y de mujeres, de entre 30 y 45 años, que afirman rotundamente: «Mi Papa es Benedicto XVI».
Pues bien, a esa bolsa inconmensurable de potencial humano y eclesial, que es la “Generación Benedicto”, me atrevo a sugerirle:
a) Que lea, sin solución de continuidad, como una unidad, los escritos de Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI.
b) Que haga frente como grupo, tras haberse nutrido del fortísimo magisterio de esos tres papas, a la corriente de pensamiento disolvente que está deconstruyendo y secularizando a sus coetáneos generacionales, con los que comparten pasillo en los colegios y eventos recreativos a los que acuden sus hijos.
c) Que desarrolle una sabia y eclesial hermenéutica, bajo la Luz que indefectiblemente ilumina a la Iglesia, de las dos cuestiones que Benedicto XVI señaló en el penúltimo párrafo de su testamento espiritual: las ciencias naturales y la investigación histórica sobre Jesucristo. Son de la mayor importancia. «¡No os dejéis confundir!», escribió.
Y es que a Benedicto XVI le va a suceder lo mismo que a Pablo VI, su mentor, cuya figura, tras haber estado durante algunos años, después de su muerte, en un discreto lugar, su figura y sus enseñanzas al Pueblo de Dios están cobrando nuevamente gran auge en la Iglesia.
Así también Benedicto XVI. No hemos visto aún todo lo que, para el fortalecimiento de la adhesión de los jóvenes a la fe cristiana, pueden dar de sí su pensamiento, su teología y su magisterio, pero los frutos que han de producir, en un futuro más bien próximo, serán, sin que quepa el menor género de duda, abundantes, enjundiosos y duraderos.
Jorge Juan Fernández Sangrador
La Nueva España, domingo 8 de enero de 2023, pp. 30-31
El cuadro «La adoración de los reyes» está en la National Gallery de Londres. Fue pintado por Pieter Bruegel el Viejo en 1564. Yo nunca había visto a unos Magos con ese semblante ni un entorno tan siniestro. Pobrecillo Niño, desnudo, y todos con ropas de abrigo y armados. Pobrecillo Niño, cogidito de la mano -su más preciado tesoro- de su madre.
El cuadro, datado en 1439, es de Rogier van der Weyden (1399-1464). Se encuentra en la National Gallery de Londres y representa a María Magdalena leyendo. Se cree que es ella por el pomo de ungüento que está en el suelo, ya que se ha dicho que es la María de este pasaje del Evangelio según san Juan: «María, pues, tomó una libra de perfume muy caro, hecho de nardo puro, le ungió los pies y se los secó con sus cabellos, mientras la casa se llenaba del olor del perfume.» (Jn 12,3).
En la cartela del museo se dice que el varón que está de pie con un rosario en la mano es san José; el de la izquierda, san Juan Evangelista.
El cuadro es una preciosidad. Y el motivo, como para escribir un libro sobre él.
El distrito londinense de Bloomsbury no es el más vistoso de la ciudad, pero tiene algo que lo hace singularmente atractivo. Deambular por sus calles y plazas ajardinadas, y detenerse a leer las placas de color azul que indican qué personalidad residió en tal o cual casa de las de estilo georgiano es un ejercicio que estimula la imaginación, transporta al paseante a un pasado brillante y memorable de Londres, y hace que transcurra deleitosamente el tiempo de exploración.
El nombre se hizo internacionalmente famoso por ser el de un grupo de profesores, artistas, escritores y ensayistas que se juntaban en algunas viviendas de Gordon Square y Tavistock Square para hablar de literatura, estética, filosofía, economía, conductas sociales y hábitos particulares de vida. Virginia Woolf, Lytton Strachey, John Maynard Keynes y Edward Morgan Forster son tal vez los nombres más conocidos del denominado “Grupo de Bloomsbury”.
Y se ha difundido muchísimo también ese nombre porque el sello “Bloomsbury Publishing”, con sede en Bedford Square, es el que ha editado las novelas de J.K. Rowling sobre Harry Potter, pudiendo salir así el negocio a flote, porque hay que reconocer que la editorial que dé con un filón como ese está salvada por siglos. En la misma plaza se halla el Sotheby’s Institute of Art y en el distrito se encuentran igualmente varias entidades de formación en artes.
En la calle Gower nació la hermandad prerrafaelita y no muy lejos estuvo la casa, que ya no existe, en la que vivió Charles Darwin. Una placa en el muro exterior de un edificio del University College London recuerda que el padre del evolucionismo moró por allí. Y en el distrito de Bloomsbury residió también Charles Dickens.
Luego están las iglesias: Saint George, Saint Pancras y Christ The King. Las dos primeras fueron construidas inspirándose en edificios de la antigüedad: una, en el Mausoleo de Halicarnaso y en el templo de Baco de Baalbek; la otra, en el Erecteion y en la Torre de los Vientos de Atenas.
Aunque las instituciones principales en el distrito son el University College London (UCL) y el British Museum. El UCL, que es de lo mejor, tiene asociados no sé cuántos Premios Nobel y poseedores de medallas Fields. Y, naturalmente, como todas las instituciones universitarias serias, cuenta con una capellanía católica potente.
Por el Museo Británico, del que todo lo que se diga para exaltar su excelencia será siempre poco, imagino correteando a una niña rebelde y lista como ella sola, que vivió en una de las casas anejas al British: Kathleen Kenyon, hija del director.
Pocas personas podrán decir que han pasado la infancia y jugado, como fue su caso, entre toros alados asirios, colosos de Egipto, sarcófagos y enseres de tumbas faraónicas, estatuas del Partenón, figurillas fenicias y que los primeros caracteres escritos que reconoció, junto a los de la lengua inglesa, fueron cuneiformes y jeroglíficos, y que observaba la piedra de Rosetta con la misma naturalidad que los cuentos de Lewis Carroll o Charles Dickens.
Es incuantificable el número de personas que han oído hablar de miss Kenyon, porque fue la arqueóloga que sacó a la luz la torre neolítica de Jericó, construida siete u ocho mil años antes de Cristo. Torre que los peregrinos de Tierra Santa ven cuando visitan las ruinas de la ciudad del Antiguo Testamento y de la que los guías suelen ofrecer una explicación bastante bien documentada.
Y concluyo recordando que fue el duque de Bedford quien, en el siglo XIX, dio un gran impulso a la construcción del distrito de Bloomsbury. Un sucesor suyo en el título nobiliario escribió un libro sobre la figura del esnob. Con él quiso superar al de Thackeray acerca de ese mismo tema. Los dos están traducidos al español.
El de Bedford me ha sido útil para desenmascarar a tipos de ese gremio, el de los esnobs, aunque, en más de una ocasión, me bastó con tener presente solamente aquello que un día leí como dicho por Oscar Wilde: un esnob mataría para que le invitaran a una fiesta; un dandi para que le echaran de esa fiesta.
Jorge Juan Fernández Sangrador
La Nueva España, sábado 31 de diciembre de 2022, p. 27
La casa londinense del arquitecto John Soane, en Lincoln’s Inn Fields, ha sido convertida en museo.
No creo que exista un domicilio en el mundo en el que se acumulen tantos objetos artísticos en tan poco espacio.
Resulta curioso el hecho de que la dirección del museo haya puesto cardos secos en las sillas y poltronas de sir John con el fin de que los visitantes no se sienten en ellas.