Geórgicas inmortales

En un fragmento de un ánfora para el aceite, procedente de un yacimiento arqueológico del Valle del Guadalquivir, se ha visto recientemente que figuran incisos unos versos en latín del Libro I de “Las Geórgicas” de Virgilio, que, según los epigrafistas, se corresponden con éstos de las ediciones críticas que solemos usar: «Cambió la bellota caonia por la espiga fértil y mezcló las aguas del Aqueloo con las uvas descubiertas» (Geórgicas I,8-9).

Se cree que los escribió un niño, tal vez uno de los muchos que trabajaban en los alfares de la zona, que no pretendía que fuesen leídos por nadie, dado que se hallan en la base del ánfora, en la que fueron inscritos cuando ésta estaba aún, en el proceso de fabricación, secándose. Debió de ser a finales del siglo II o en la primera mitad del III de la era cristiana.

El hallazgo constituye un ejemplo más de la importancia que se dio a Virgilio en la obra de alfabetización de los habitantes del Imperio romano, aunque, por lo general, era a “La Eneida”, no a “Las Geórgicas”, a la que mayormente se recurría. Aunque va a ser verdad lo que decía Gregorio Marañón, a saber, que “Las Geórgicas” son inmortales: «Aquel libro inmortal, tal vez el que más veces he leído, “Las Geórgicas”, del maestro del Dante».

Así se explica el que Marañón sea uno de los mejores escritores que ha habido en lengua española y que la lectura de sus ensayos científicos sea del máximo agrado para quien no esté especialmente instruido en las materias de las que se ha ocupado con gran brillantez el eximio médico español, porque, él, inspirándose en el mejor tratado de Agricultura de todos los tiempos, “Las Geórgicas”, obra de un poeta, trata siempre de vestir de belleza literaria las afirmaciones en las que, en los diferentes asuntos que aborda, vierte su extenso saber.

Benito Pérez Galdós tenía a Virgilio por el mejor de los poetas que han existido jamás y a “Las Geórgicas” por la más excelente obra poética de todos los tiempos. Le gustaba recitar el final del libro II: «Felices los labradores si conocieran los bienes de que gozan … Disfrutan segura tranquilidad, una vida exenta de engaños, rica de variados bienes, largos solaces en sus extensas heredades, grutas frondosas, lagos de agua viva, frescos valles, los mugidos de las vacadas y blandos sueños a la sombra de los árboles… Feliz aquel a quien fue dado conocer las causas de las cosas… Nada doblega su ánimo… No conoce ni las duras leyes, ni el insensato foro, ni los anales del pueblo».

Y prosigue: «El labrador ara la tierra con la corva reja. Éste es su trabajo de todo el año; con él sostiene a su patria y a sus pequeñuelos hijos, y a sus ganados y a sus yuntas… No sosiega hasta que el año rebosa en frutos… Entre tanto, sus dulces hijos les andan en derredor buscando y obteniendo caricias; su casta morada es el asilo de la honestidad… También él celebra los días festivos… Esta vida hacían en otro tiempo los antiguos sabinos; así vivían Remo y su hermano, así creció la fuerte Etruria, así sin duda llegó a ser Roma la más hermosa de las ciudades y única en el mundo».

En estos versos de “Las Geórgicas” (Geórgicas II,358-542) debió de inspirarse Cervantes para componer el discurso de don Quijote a los cabreros (Quijote I,11). Son como para que entren todos los años en la EBAU, en un ejercicio de memoria, y que no se dé de paso a nadie que no los sepa de carretilla en latín (“O fortunatos nimium, sua si bona norint, Agricolas!… Felix qui potuit rerum cognoscere causas… Agricola incurvo terram dimovit aratro… Casta pudicitiam servat domus”), como parece que intentó hacer, en su día, con los del libro I de la obra virgiliana, grabándolos en un ánfora, para aprenderlos, recordarlos y deleitarse leyéndolos, un niño del Valle del Guadalquivir.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 23 de julio de 2023, p. 24

Cardenales asturianos

José María Cantera Álvarez, párroco de Santa Eulalia de Laviana (Gozón), ha escrito estas semblanzas de los cardenales que, a lo largo de la historia del Sacro Colegio, han nacido en Asturias. Son siete:

  1. ÁLVARO CIENFUEGOS VILLAZÓN
    Nació en Agüerina (Belmonte de Miranda) en 1656.
    La Compañía de Jesús y la Universidad de Salamanca polarizan parte de su vida.
    Por avatares políticos, Lisboa y Coimbra, en Portugal, se benefician de su exilio.
    Clemente IX lo nombra Cardenal el 30 de septiembre de 1720, siendo así el Cardenal asturiano más antiguo.
    Participa en los cónclaves que eligen a Inocencio XIII y a Benedicto XIII.
    Desde sus responsabilidades en Roma, da muestras de asturianía, consiguiendo concesiones a nuestra Iglesia y enviando a su pueblo las reliquias de San Fructuoso.
    Curiosamente, fue Obispo en Monreal, Sicilia, y en Fünf-Kirchen (actual Pecs, en Hungría).
    Muere el 19 de agosto de 1739.

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2) PEDRO INGUANZO RIVERO
Nació en La Herrería (Vibaño, Llanes) en 1764.
Falleció en Toledo en 1836.
Ocupó altos cargos políticos, destacando el de Diputado para las Cortes de Cadiz.
Brillante orador.
Obispo de Zamora en 1814.
Arzobispo primado de Toledo en 1824.
Leon XII lo nombra Cardenal el 20 de diciembre de 1824.
Participó en dos cónclaves (1829 y 1830): para la elección de Pío VIII y de Gregorio XVI.

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3) CEFERINO GONZÁLEZ DÍAZ-TUÑÓN, O.P.
Nació en Villoria (Laviana) en 1831.
Falleció en Madrid en 1894.
Fraile Dominico, amigo y compañero de Melchor García Sampedro (San Melchor de Quirós), primer Santo asturiano, martirizado en Vietnam.
Gran fama como filosofo y escritor.Tras años en Filipinas vuelve a España.
Obispo preconizado de Málaga en 1874, sede que nunca ocupó.
Obispo de Córdoba en 1875.
Arzobispo de Sevilla en 1883.
Arzobispo primado de Toledo y Patriarca de las Indias Occidentales en 1885.
Nuevamente Arzobispo de Sevilla en 1886.
Leon XIII le nombra cardenal el 10 de noviembre de 1884.
Cabe señalar que en los últimos tiempos de su enfermedad fue cuidado con esmero por el P. Ramón Martínez Vigil, O. P., que fue Obispo de Oviedo y uno de los Prelados que más mimó y enalteció el Real Sitio de Covadonga.

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4) VICTORIANO GUISASOLA MENÉNDEZ
Nació en Oviedo, en la calle Rosal, en 1852.
Murió en Toledo en 1920.
Tuvo un tío Arzobispo de Santiago de Compostela.
Obispo de Osma, Soria, en 1893.
Obispo de Jaén en 1897.
Obispo de Madrid-Alcalá en 1901.
Arzobispo de Valencia en 1905. En esta sede fue sucedido por otro asturiano, Valeriano Menéndez-Conde, que había sido coadjutor de Pravia, mi pueblo. Don Valeriano está enterrado en la Capilla del Santo Cáliz de la Catedral de Valencia.
De Valencia pasa Don Victoriano a ser Arzobispo primado de Toledo en 1914.
San Pío X lo crea cardenal el 25 de mayo de 1914.

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5) MARIO CASARIEGO ACEVEDO, C.R.S.
Nació en Figueras, Castropol, en 1909.
Murió en Ciudad Guatemala en 1983.
Religioso Somasco.
Con una infancia dura a nivel familiar y con momentos de desamparo hasta ser adoptado.
En 1930 ingresa en los Padres Somascos,. Llegará a ejercer altas responsabilidades en la Orden.
Durante la Guerra Civil de Guatemala, su personalidad fue «contestada» e incluso sufrió un secuestro.
Es nombrado Arzobispo de Guatemala en 1964.
Pablo Vl lo crea cardenal el 28 de marzo de 1969 y, al regresar de recibir la birreta, visita su pueblo, Figueras. Volvería alguna vez más. En 1971 por última vez.
Figueras le rindió homenaje en 2009, en el centenario de su nacimiento.

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6) FRANCISCO ÁLVAREZ MARTÍNEZ.
Nació en Ferroñes (Llanera) en 1925.
Murió en Madrid en 2022.
«Fiel acompañante», sobre todo en su enfermedad, del primer Arzobispo de Oviedo, Don Francisco Javier Lauzurica Torralba, antecesor del cardenal Tarancón,
Dilatado servicio episcopal:
Obispo de Tarazona en 1973.
Obispo de Calahorra y La Calzada- Logroño en 1977.
Obispo de Orihuela-Alicante en 1989.
Arzobispo primado de Toledo en 1995.
Y Administrador Apostolico de Cuenca en 1996.
Creado cardenal por Juan Pablo II el 21 de febrero de 2001.
Participó en el cónclave que eligió a Benedicto XVI.

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7) ÁNGEL FERNÁNDEZ ARTIME, S.D.B.
Nació en Luanco (Gozón) en 1960.
Fue elegido Rector Mayor de los Salesianos en el Capítulo General de 24 de marzo de 2014.
Es el 10° Sucesor de Don Bosco y el primer español con esa responsabilidad.
Se ordenó y profesó en León y entre otras responsabilidades fue Profesor de Religión en el colegio Salesiano Santo Angel de Avilés.
Nombrado cardenal por el Papa Francisco el 9 de julio de 2023, será creado el 30 de septiembre.
Había sido responsable de la Inspectoria Argentina Sur, con sede en Buenos Aires.
Recientemente visitó su pueblo natal, Luanco, en Gozón, para celebrar el entierro y funeral de su madre.

La belleza del rescoldo

Han aparecido, en el fondo de una presa, restos de la Gran Sinagoga de Múnich, que Hitler ordenó demoler en 1938. Entre ellos, una lápida con unos imperativos verbales correspondientes a estos mandamientos de la Ley de Dios, entregada a Moisés en el monte Sinaí:

«No matarás. No cometerás adulterio. No robarás. No testificarás contra tu prójimo falso testimonio. No desearás la casa de tu prójimo, ni la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni nada de cuanto le pertenece» (Éxodo 20, 13-17).

Desaparecieron hace ya tiempo los causantes de la agresión al templo judío muniqués, pero han sobrevivido, en cambio, haciéndonos saber que la Palabra de Dios permanece para siempre, esos mandamientos de la Ley de Dios, que asestan un sonoro sopapo en toda la cara a la sociedad actual, que se jacta de su alejamiento de los principios morales de la Biblia y, en concreto, de los que figuran en la lápida rescatada de las aguas. «Aquí seguimos», nos dicen, «por si pensabais que ya habíamos caducado. Pues no».

La destrucción, según el plan establecido por los promotores del sacrilegio, debía ser perpetrada el 8 de julio, “Día del arte alemán”, de hace ochenta y cinco años. Cuando los jefes de la comunidad judía recibieron la noticia de que su santuario iba ser derruido, ellos y un grupo numeroso de fieles hebreos trabajaron intensamente durante la noche anterior a la demolición para poner a salvo los rollos de la Torá y los objetos rituales de la sinagoga.

Al leer esto en el periódico, recordé que dos años antes, en 1936, en la localidad de Pelliceira, en Ibias, un incendió devoró casi todas las casas del pueblo. El origen estuvo en el fatídico hecho de que, como los vecinos compartían las brasas, llevándolas de una casa a otra, a una persona que caminaba próxima a los teitos de paja, transportando el fuego, éste se le fue de entre las manos y se propagó inmediatamente en todas las direcciones.

Sin embargo, antes que salvar sus casas de la quema, los vecinos acudieron primeramente a la iglesia, que ardió por completo, para salvar las imágenes de la Virgen y de los santos. Allí están hoy, en la nueva iglesia, que levantaron entre todos en 1964, bajo la dirección del párroco, don Jesús López Rivas, que atiende a la feligresía desde hace sesenta años. Un campeón del ministerio sacerdotal.

En Pelliceira viven actualmente cuatro personas, a las que se suman, en señaladas fechas del año, las que han emigrado a otras zonas de Asturias, de España o del extranjero, que se sienten plenamente vinculadas a esa comunidad que se profesa, tanto por parte de las que residen allí todo el año como las que están fuera, incondicionalmente católica, en torno a su querida iglesia, en la que muchas de ellas, además de a rezar, aprendieron a leer y a emplear los números en la escuelina que se encuentra, formando parte del edificio, tras la pared del testero del templo.

Los pocos habitantes que residen hoy en Pelliceira mantienen vivo, al igual que las antiguas vestales en Roma, el rescoldo del fuego sagrado de la fe cristiana, con el que se iluminan y encienden, cuando regresan al pueblo, sus vástagos. Y esto es algo que se ve y se palpa en el ambiente, hasta tal punto que el visitante logra apreciar allí, con mayor evidencia que en otras localidades de nuestra región, en qué consiste una de las más difícilmente perceptibles formas de belleza: la del rescoldo.

Sí, la belleza del rescoldo de la fe cristiana, que arde, sin que las circunstancias sociales logren extinguirlo, en el corazón de tantos católicos, que, fieles, silenciosos y religiosísimos, perseveran, en sus pueblos, y, en no pocas ocasiones, desatendidos por los sacerdotes, en la fe cristiana que recibieron, en sus casas, de sus mayores. Y que, por la labor de sus párrocos, catequistas y maestros, en las actividades parroquiales de otro tiempo, aprendieron a conocerla en extensión y profundidad, y a vivir conforme a ella con sinceridad, sencillez y voluntad de totalidad. Como en Pelliceira.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 16 de julio de 2023, p. 22

Las velas

Apreciado I. A.:

Me has hecho llegar por escrito un hermoso testimonio acerca de «tu reencuentro con este bello camino» que es el de la fe, el de la vida cristiana y el de la liturgia. De ésta, de la liturgia, has ido descubriendo, semana tras semana, su grandeza y hermosura a través de los signos sacramentales, el mensaje de los pasajes bíblicos, las ideas de las homilías, la sacralidad del espacio, la sonoridad del órgano, la delicadeza de los cantos, la piedad y el recogimiento de los miembros de la asamblea, la inspiración de las oraciones o la viva luz de las velas.

Sin embargo, ¡ay, las velas!, te hiere internamente el violento soplido con el que las apagan al final de la Misa. Consideras que ésta no ha concluido hasta que su resplandor, el de las velas, se haya extinguido suavemente. He de decirte que mucho has progresado en tu retorno a la belleza de la fe si has captado vitalmente el elocuente significado de las velas en la celebración litúrgica.

¿Por qué no se emplea ese utensilio que hay para apagarlas?, me preguntas. Y te respondo que, en España, no busques finuras ceremoniales en las iglesias porque apenas existen. Ni en ninguna otra institución. En nuestro país, los actos que requieren un mínimo de protocolo y de ritualidad son un dolor.

Ese instrumento, con forma de capucha, que mencionas, se llama apagavelas. Lo encontrarás en el mercado por un euro. Pero ni regalándoselo a la parroquia lo usará. Irá a parar al cajón del mueble de la sacristía en el que se guardan dos bolígrafos, de los que uno ya no escribe; un bloc con hojas desprendidas, en las que figuran apuntados nombres y números de teléfono que nadie se acuerda ni de quiénes son los primeros ni de para qué se guardaron los segundos; una bolsita de plástico con residuos del revoltijo de Reyes, un mechero, unas chinchetas, un tornillo a punto de empezar a oxidarse y que rueda dando vueltas en cualquier dirección en cuanto abres el cajón, una alcayata, una tijera pequeñita, unos alicates y un rollo de celo.

Seguirán apagando las velas como si fueran las de una tarta de cumpleaños, salpicando así de cera y de partículas de saliva los lienzos que revisten la mesa del Sacrificio y sobre los que se pone el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Y pocas gracias si nos las sustituyen por esas de mercurio que imitan a las de verdad, como las que le ponen, junto al sagrario, al Santísimo Sacramento. Ganas no faltan.

No veas con qué respeto se encienden en los hogares y en las mesas de los restaurantes del centro y norte de Europa, pues allí entienden que la luz de una vela logra expresar aquello que las palabras no atinan a manifestar del todo e iluminan las pequeñas oscuridades de la cotidianidad. En la Misa, indican que lo que allí acontece no se puede ver con la luz solar o la eléctrica, sino con otro haz de luz, que es el que permite ver las realidades sobrenaturales.

¿Y entre los judíos? El encendido de las velas en la tarde del viernes, para la cena del sábado, va acompañado de un ritual que tiene siglos. Es el instante más bello y sublime de la semana en el hogar de la familia hebrea. Luego están las luces de la menorá y las de Janucá.

Hace unos meses asistí a una Misa pontifical en la catedral católica de Westminster, en Londres, y durante el encendido de los cirios de los candelabros estuvimos todos en vilo. Nos íbamos iluminando internamente al ritmo con el que el monaguillo alcanzaba con una vara el pábilo de cada uno de ellos. Era como si la Misa fuese comenzando lentamente con ese rito previo.

E íbamos saliendo internamente de la Misa al mismo ritmo con el que el monaguillo los apagaba. Nos quedamos en el banco para ver cómo, con el apagavelas, se iban extinguiendo las llamas, hasta quedar encendida una sola: la del corazón de cada uno de los que estábamos allí. En España, en cambio, no se espera, para salir, ni a que el sacerdote haya abandonado el presbiterio.

No sé si sabes que André Frossard (1915-1995) se convirtió al catolicismo al contemplar un cirio. Sí, sí, como lo oyes. Me costó entenderlo. Ahora tal vez un poco, pero, no creas, muy poco. Frossard era periodista y político, socialista y ateo, hijo de uno de los fundadores del partido comunista francés. Estaba sin bautizar. Dios no existía para él ni siquiera como un leve pensamiento ocasional. Nada.

El 8 de julio de 1935 entró para matar el tiempo, a las cinco y diez de la tarde, en una iglesia, en la que se hallaba un amigo suyo que había ido para confesarse. Había unas monjas y poca gente. Tenían expuesto en una custodia al Santísimo Sacramento. A las cinco y doce minutos ya era católico, apostólico y romano.

¿Qué fue lo que sucedió? Esto: «Mi mirada pasa de la sombra a la luz, vuelve a la concurrencia sin traer ningún pensamiento, va de los fieles a las religiosas inmóviles, de las religiosas al altar: luego, ignoro por qué, se fija en el segundo cirio que arde a la izquierda de la cruz. No el primero, ni el tercero, el segundo. Entonces se desencadena, bruscamente, la serie de prodigios cuya inexorable violencia va a desmantelar en un instante el ser absurdo que soy y va a traer al mundo, deslumbrado, el niño que jamás he sido». Creyó y fue bautizado en la Iglesia católica.

Lo cuenta en su libro “Dios existe. Yo me lo encontré”. Va ya por la vigésima octava edición en español. Te regalaré un ejemplar de los que tienen en la Librería diocesana de Oviedo. Te encantará. A Frossard, como a ti, la luz que lo iluminó no fue la de la vela, sino, desde la de la vela, la de la fe en Cristo, que ilumina al que se abre al esplendor de su verdad y de su amor. Decía Pascal que «Para quien quiere ver, hay luz suficiente; para quien no, siempre hay bastante oscuridad».

Ya hablaremos. Estoy seguro de que, después de leer esta carta que te dirijo a través del periódico, más de uno va a apagar las velas de altar de la iglesia, e incluso las de su propio hogar, con un poco más de atención, cuidado y reverencia. Y puede que con apagavelas. O con los dedos índice y pulgar. Me fijaré y te lo diré.

Un saludo con el afecto de siempre.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 9 de julio de 2023, p. 24

Nota: Al apagavelas se le da también el nombre de «silenciador de velas». Suena más poético, aunque no sé si el verbo «silenciar» puede tener una connotación que no resulte, para alguien, amable.

Mal colocados

En una iglesia, el obispo es la primera autoridad. Le corresponde, por tanto, el centro.

Y la segunda autoridad, el párroco, que es, además, el que, con la feligresía, cuida y mantiene la iglesia todo el año.

Aquí ya ni figura. Todos menos el dueño de casa:

Del párroco, que tira por aquello día a día, no se acordó nadie a la hora de las fotos. Ni de los feligreses, que son la base social real que dio vida a esa belleza de iglesia durante cuatrocientos años.

Religión y bienestar

Lo publicó el diario El Mundo (19 de marzo de 2023), en la sección «Papel», páginas 6 y 7.

Tyler Vanderweele es catedrático de Harvard y lidera un grupo de investigación que recopila métricas sobre nuestro bienestar. Por primera vez, la generación Z -y no los adultos- es la más desdichada, pero el origen del problema no está solo en la pandemia:

P. ¿Cómo se explica esta infelicidad de los jóvenes?

R. Hay una parte relacionada con la pandemia. Cuando llegaron las restricciones, los mayores ya tenían afianzadas sus relaciones sociales y las pudieron extender virtualmente. Pero, en el caso de los jóvenes, estaban en el momento de la vida en que se hacen amigos. Durante dos años esto estuvo restringido. Otra explicación es la cantidad de tiempo que pasan frente a las pantallas, además de que se ha vuelto muy evidente que la participación en las redes sociales contribuye negativamente al bienestar. Por otro lado, los jóvenes de Estados Unidos y Europa sienten que es difícil abrirse camino en la vida y que no tienen las mismas oportunidades que sus padres. Otra cuestión: se están enfrentando en una etapa muy temprana de su vida a la pandemia, la guerra en Ucrania, el cambio climático… Los adultos vivieron décadas más estables. Por último, nuestra investigación indica que tanto el matrimonio como la participación en una comunidad religiosa están poderosamente relacionados con muchos aspectos del bienestar. Y en Estados Unidos y Europa Occidental, las tasas de matrimonio están disminuyendo y la participación en comunidades religiosas, también.

P. ¿Por qué considera importante la religión?

R. Quienes participan regularmente en comunidades religiosas tienen un 30% menos de riesgo de morir durante 15 años y de sufrir depresión, una probabilidad cinco veces menor de suicidarse y la mitad de probabilidades de divorciarse. No hay una única razón. En parte es una cuestión social, porque proporciona un foro para el compromiso de la comunidad para desarrollar relaciones de apoyo en momentos malos. Probablemente esté también relacionada con comportamientos más saludables. La participación en la comunidad religiosa afecta a tantos aspectos diferentes de la vida de una persona que se obtienen grandes efectos en salud y bienestar.

Cáritas

La asociación “Amigos de Cudillero” ha otorgado el “Amuravela de Oro 2023” a Cáritas, benemérito organismo de la Diócesis de Oviedo para la atención de los más necesitados en la sociedad.

Es impresionante la obra que realiza Cáritas en España a través de las Cáritas locales: 120.000 personas pueden pagar el alquiler de su casa; 100.000, los recibos de suministros; 385.000, comprar alimentos; 12.000, hallar un empleo. Sirvan estos datos como somera muestra de la inmensa labor realizada por Cáritas, financiada principalmente por donaciones económicas de particulares.

Aunque son innumerables los proyectos que Cáritas desarrolla en el mundo, tal vez por ser lector muy afecto a la Biblia he entendido siempre que su campo de acción, es, no obstante, la “carne”, porque, si bien pueda parecer a ojos de algunos como una oenegé más de carácter meramente asistencial, la obra de Cáritas no se entiende correcta y plenamente si no se tiene en cuenta el sustrato neotestamentario sobre el que se funda y en el que es tan importante la “carne”. En hebreo, “basar”; en griego, “sarx”; en latín, “caro”.

Si será importante para el cristianismo que tres veces al día tocan las campanas de las iglesias para recordar que el «Verbo de Dios se hizo carne» («Verbum caro factum est»). Jesús mismo dijo que el que comiera su carne tendría vida eterna. Por otra parte, la voz humana rompió el silencio por vez primera en la historia, según narra la Biblia, para decir, en forma de canto, aquello de «hueso de mis huesos y carne de mi carne». Y el último artículo de la profesión de fe es «creo en la resurrección de la carne».

Es lo que somos: carne. Hacemos esfuerzos extenuantes por re-decirnos, re-interpretarnos y re-definirnos. Hoy, en la creciente variedad de lecturas antropológicas que constantemente se hacen, se habla incluso de diferentes identidades. Hay que decir, sin embargo, que somos lo que somos, por muchos aditamentos y reclasificaciones que queramos superponer. Al Papa Francisco le gusta decir, a este respecto, que «la realidad es superior a la idea».

La carne es el elemento por medio del cual la persona tiene sensibilidad, concreción, identidad, ubicación en el tiempo y en el espacio, estímulos sensoriales de excitación, repulsa y ternura, experiencia de la fragilidad, del límite, de la vulnerabilidad, del riesgo, del fin, y de espera de una plenitud que aún no se posee, porque la carne es la materia del espíritu y está animada, en perfecta unión, por un alma inmortal, creación de Dios. Decía Simone Weil que «la belleza seduce a la carne para obtener el permiso de pasar a través de ella hasta el alma». Volveré más adelante a lo de la belleza.

Este es el campo de acción de Cáritas: la carne, nuestra carne, por la que Cristo entregó la suya, derramando sobre ella su amor y santificándola. «Caro salutis est cardo» (La carne es el quicio de la salvación), escribió Tertuliano. De aquí la atención concreta, esmerada, personalizada, constante e infatigable de Cáritas a la realidad esencial, fundamental, constitutiva de la persona, de toda persona, sin discriminación ni exclusión. Y es ahora cuando hace su aparición otro vocablo, de gran importancia para el cristianismo: “agape”. Es decir, amor total a la humanidad entera en la especificidad de cada individuo en particular. Es más que solidaridad. Es caridad.

Sólo que, cuando el amor es perfecto, éste requiere normas, leyes, mandatos y ritos. O sea, organización. Y eso es también Cáritas: amor universal organizado. Porque, aunque la forma institucional actual de Cáritas es de mediados del siglo pasado, sus antecedentes se remontan a la primera comunidad cristiana de Jerusalén: “No había entre ellos necesitados, porque todos los que tenían hacienda o casas las vendían, llevaban el precio de lo vendido, lo ponían a los pies de los apóstoles, y se repartía a cada uno según su necesidad”, se lee en el libro de Hechos de los Apóstoles.

Y para ese servicio hubo diáconos y ministros, que distribuían limosnas entre huérfanos, viudas y extranjeros sin recursos, cuidaban de los enfermos, se ocupaban de que los huérfanos recibieran educación, daban trabajo a los que no lo tenían, alimentaban y vestían a los que carecían de comida o ropa, auxiliaban a los encarcelados, socorrían a los contagiados de peste, enseñaban un oficio a los jóvenes y proporcionaban alojamiento a los forasteros.

El último eslabón de esa cadena, que viene de la Antigüedad cristiana y perdura en nuestros días, es esta Cáritas que hoy conocemos y a la que el jurado de la asociación “Amigos de Cudillero” ha otorgado el “Amuravela de Oro”. Bien merecido, por lo mucho que Cáritas hace en favor de los demás, pero también por ser el ente de asistencia social más antiguo de Asturias, vinculado a ella, desde hace siglos, por medio de las iglesias de la Diócesis de Oviedo, en las que siempre ha existido, con diferentes formas, la “caridad parroquial”.

Aún hay más. Decía santo Tomás de Aquino que lo bueno y lo bello son una misma cosa realmente. De Cáritas emana una belleza singular, que es la que ejerce una irresistible atracción en miles de voluntarios de y por todo el mundo, que se sienten impelidos a colaborar con ella, a servir a través de ella y a dar un sentido a sus vidas en ella. Una luminosa armonía. Y, al igual que existen la “caridad intelectual” y la “caridad política”, en Francia, una asociación católica está tratando de unir “caridad” y “belleza”: “Diaconie de la beauté” (Diaconía de la belleza), se llama ese original proyecto.

Mientras que, en Gran Bretaña, Phil McCarthy, ex director de “Caritas Social Action Network”, agencia de la Conferencia episcopal de Inglaterra y Gales para la acción social, ha ideado el proyecto “Hearts in Search of God” (Corazones en busca de Dios), que consiste en ir a pie de una catedral a otra, de un santuario a otro, para tener una experiencia de peregrinación, gozar de la amplitud del paisaje y conocer los lugares de fe y belleza en las diócesis. Y también para recaudar fondos para Cáritas.

Acerca de la relación entre el arte y la pobreza, las palabras pronunciadas por el Papa, hace unos días, ante doscientos artistas en la Capilla Sixtina, son de las que pasarán a la historia: «Deseo pediros que no os olvidéis de los pobres, que son los preferidos de Cristo, en todos los modos en los que se es pobre hoy. También los pobres necesitan del arte y de la belleza. Algunos experimentan formas durísimas de privación de la vida; por esto es por lo que tienen aún más necesidad. Por lo general, no tienen voz para hacerse oír. Vosotros podéis hacer de intérpretes de su grito silencioso».

Y sobre este punto, el de la relación entre arte y caridad, me he permitido sugerir a la actual directora de Cáritas diocesana el que se exploren posibles campos de actuación, en los que irradie con mayor intensidad la ya de por si bella realidad de Cáritas, que, en su dilatada red de presencias e intervenciones, muestra la más hermosa de las sinfonías, la sinfonía del amor, y el más deslumbrante de los espectáculos, el espectáculo de la caridad.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 2 de julio de 2023, p. 25

Belleza y feísmo

La educación nunca fue ni será neutra

POR CATHERINE L´ECUYER, doctora en Educación y Psicología (ABC, 27 Jun 2023)

EDUCAR nunca fue neutro. Educar, decía Platón, es enseñar a desear lo bello. Lo bello, decían los griegos, es la expresión visible de la verdad y de la bondad. La potencia del bien se ha refugiado en la naturaleza de lo bello, afirmaba Platón. En los griegos no existe una verdad que no sea bella, o una belleza que no sea expresión de lo verdadero y de lo bueno. Verdad, bondad y belleza, también llamados trascendentales, forman un todo indivisible.

Podríamos decir que la razón de ser de la educación clásica es que el educado aspire a encarnar la belleza. Que sienta placer al hacer el bien, conocer la verdad y saborear lo bello. La virtud, por lo tanto, no consiste en un suplemento de fuerza en la voluntad, o en ir meramente a contracorriente de las propias tendencias; consiste en que todo el ser marque una tendencia natural hacía los trascendentales. El virtuoso no es aquel que sufre continuamente al hacer por deber lo que le disgusta, sino el que disfruta haciendo el bien, buscando la verdad y anhelando lo bello. Llana y sencillamente lo hace porque le da la gana. El motor de la virtud es la belleza; es bello aquello que tiene sentido. Podemos imaginar algo falso, pero solo podemos encontrar sentido y comprender aquello que es verdadero, decía Newton. Es precisamente por tener sentido que la belleza llena de sentido al que la anhela.

La metafísica clásica tampoco es neutra. «Existe belleza en todas las cosas», afirma el optimista Aquinate. Según la filosofía clásica, el ser es necesariamente bello por el mero hecho de ser. ¿Existe entonces la fealdad? Sí, pero los filósofos clásicos afirman que solo existe en contraposición con lo bello: la fealdad es ausencia de belleza (que nunca puede ser completa). Para entendernos, si algo es feo, es que solo lleva un 2% de belleza; si es hermoso llevará un 50%; y si algo es bello a lo mejor alcanza un 90%. Los educadores llevan siglos en búsqueda del medidor de belleza. Pero no existe tal artefacto. Para captar la cantidad de belleza, solo existen pieles finas o pieles de elefante capaces de filtrar lo mediocre para transmitir lo excelente. Esa piel fina es la sensibilidad del educador que le permite sintonizar con lo bello.

Desde Rousseau, se hizo un giro metafísico respecto a los trascendentales. El Romanticismo, que surge como contrapeso al racionalismo y en rebelión a la filosofía clásica, da una importancia prioritaria a la imaginación productiva. Para el Romanticismo, la realidad es subjetiva y su valor depende del impacto que los sentimientos individuales tienen sobre la imaginación. La imaginación es productiva porque es, en sí misma, la medida de la realidad. «Lo que se llama Romanticismo es una metafísica sentimental», apunta Américo Castro. «No estoy seguro de nada más que de la santidad de los afectos del corazón y de la verdad de la imaginación. Lo que la imaginación toma como belleza debe ser verdad –existiera antes o no– […]», afirma Keats.

Asistimos recientemente a una vuelta de tuerca más al giro metafísico iniciado por la modernidad: el culto al feísmo. El culto al feísmo ha impregnado el arte, la educación, la política y la cultura en general. Solo hay que analizar las películas que ven nuestros hijos: el malo es el bueno y el bueno es el malo. En política, el mentiroso es el espabilado y el que dice la verdad es el bobo que se cree las noticias falsas. En el arte, la belleza se ve como un pegote cursi y la fealdad ‘mola’. En la educación la apología de la ignorancia campa a sus anchas y se habla de la cultura y del conocimiento como obstáculos al progreso.

El culto al feísmo tampoco es neutro. Es una forma de rebelión hacia lo bello, según la cual toda Belleza es un engaño que debe desenmascararse, destruirse. El culto a la fealdad actúa como el pirómano que encuentra satisfacción en destruir la belleza de los bosques. Se trata de un giro metafísico radical en el que los trascendentales pasan a ser la fealdad, la mentira y el mal. Ve en las virtudes mentiras y en el vicio una manifestación de sinceridad. La sospecha hacia todo lo bueno y lo bello es consecuencia de una falta de asombro. El cinismo y el desdén universal son consecuencia de la pérdida de la capacidad de admiración. Lo que distingue la situación actual a la de otros periodos oscuros o aparentemente peores de la historia, es que entonces el mal se consideraba mal y el bien se llamaba por su nombre. Ahora, el mal está disfrazado de virtud y de superioridad moral, y se sospecha de la verdad como si fuese mentira y odio. El rechazo por llamar bien al bien y mal al mal llega hasta el extremo de llevarnos a quemar libros de literatura clásica que nos recuerdan esos cánones.

Educar no es neutro. Y cuando decimos que lo es, no solamente estamos tomando partido a favor de cierta versión de la modernidad, sino que entramos en una dinámica que hace imposible la tarea de educar. ¿Por qué? Cuando dejamos, por afán de neutralidad, de enseñar lo que está bien y lo que está mal, entramos en el bucle del activismo y del eclecticismo pedagógico. Cuando dejamos de describir la realidad tal como es, el alumno pierde el compás interno que dirige sus acciones, pierde la intuición que le hace capaz de distinguir lo que es falso de lo que es verdadero y se adormece el asombro que le permite admirarse y conmocionarse ante lo bello. Pierde la motivación vital que le hace disfrutar al aprender lo que tiene sentido. Una vez educar parece haberse convertido en una tarea utópica, sentimos la necesidad de echamos mano de una panoplia de artilugios metodológicos, didácticos y tecnológicos y de confiar la educación a la suerte de los magos, los ‘gurús’ iluminados y las empresas tecnológicas. Una educación que aspira a ser neutra siempre acaba desnortada.

¿Cómo volver a encontrarse con el placer de aprender acerca de lo verdadero, de admirarse ante lo bello y de aspirar al bien? Para ello, los educadores debemos salir de la cómoda postura de la neutralidad y volver a la esencia de lo que significa educar. Debemos descubrir la belleza que se encuentra en la verdad y la bondad. Sin complejos. En un mundo que entiende el progreso en término de vorágine de la innovación, hemos de ser consciente de que ni los métodos, ni la didáctica, ni la innovación son neutros. Cada uno de ellos estará al servicio de una antropología romántico-idealista, mecanicista, o bien clásico-realista. La innovación sí puede tener sentido, pero siempre y cuando parta de unos fines de la educación que son estables y que resuenan con la naturaleza humana. Por eso, solo un educador capaz de usar los métodos clásicos de toda la vida es capaz de innovar con sentido. No, la educación nunca fue ni será neutra.