Belleza y feísmo

La educación nunca fue ni será neutra

POR CATHERINE L´ECUYER, doctora en Educación y Psicología (ABC, 27 Jun 2023)

EDUCAR nunca fue neutro. Educar, decía Platón, es enseñar a desear lo bello. Lo bello, decían los griegos, es la expresión visible de la verdad y de la bondad. La potencia del bien se ha refugiado en la naturaleza de lo bello, afirmaba Platón. En los griegos no existe una verdad que no sea bella, o una belleza que no sea expresión de lo verdadero y de lo bueno. Verdad, bondad y belleza, también llamados trascendentales, forman un todo indivisible.

Podríamos decir que la razón de ser de la educación clásica es que el educado aspire a encarnar la belleza. Que sienta placer al hacer el bien, conocer la verdad y saborear lo bello. La virtud, por lo tanto, no consiste en un suplemento de fuerza en la voluntad, o en ir meramente a contracorriente de las propias tendencias; consiste en que todo el ser marque una tendencia natural hacía los trascendentales. El virtuoso no es aquel que sufre continuamente al hacer por deber lo que le disgusta, sino el que disfruta haciendo el bien, buscando la verdad y anhelando lo bello. Llana y sencillamente lo hace porque le da la gana. El motor de la virtud es la belleza; es bello aquello que tiene sentido. Podemos imaginar algo falso, pero solo podemos encontrar sentido y comprender aquello que es verdadero, decía Newton. Es precisamente por tener sentido que la belleza llena de sentido al que la anhela.

La metafísica clásica tampoco es neutra. «Existe belleza en todas las cosas», afirma el optimista Aquinate. Según la filosofía clásica, el ser es necesariamente bello por el mero hecho de ser. ¿Existe entonces la fealdad? Sí, pero los filósofos clásicos afirman que solo existe en contraposición con lo bello: la fealdad es ausencia de belleza (que nunca puede ser completa). Para entendernos, si algo es feo, es que solo lleva un 2% de belleza; si es hermoso llevará un 50%; y si algo es bello a lo mejor alcanza un 90%. Los educadores llevan siglos en búsqueda del medidor de belleza. Pero no existe tal artefacto. Para captar la cantidad de belleza, solo existen pieles finas o pieles de elefante capaces de filtrar lo mediocre para transmitir lo excelente. Esa piel fina es la sensibilidad del educador que le permite sintonizar con lo bello.

Desde Rousseau, se hizo un giro metafísico respecto a los trascendentales. El Romanticismo, que surge como contrapeso al racionalismo y en rebelión a la filosofía clásica, da una importancia prioritaria a la imaginación productiva. Para el Romanticismo, la realidad es subjetiva y su valor depende del impacto que los sentimientos individuales tienen sobre la imaginación. La imaginación es productiva porque es, en sí misma, la medida de la realidad. «Lo que se llama Romanticismo es una metafísica sentimental», apunta Américo Castro. «No estoy seguro de nada más que de la santidad de los afectos del corazón y de la verdad de la imaginación. Lo que la imaginación toma como belleza debe ser verdad –existiera antes o no– […]», afirma Keats.

Asistimos recientemente a una vuelta de tuerca más al giro metafísico iniciado por la modernidad: el culto al feísmo. El culto al feísmo ha impregnado el arte, la educación, la política y la cultura en general. Solo hay que analizar las películas que ven nuestros hijos: el malo es el bueno y el bueno es el malo. En política, el mentiroso es el espabilado y el que dice la verdad es el bobo que se cree las noticias falsas. En el arte, la belleza se ve como un pegote cursi y la fealdad ‘mola’. En la educación la apología de la ignorancia campa a sus anchas y se habla de la cultura y del conocimiento como obstáculos al progreso.

El culto al feísmo tampoco es neutro. Es una forma de rebelión hacia lo bello, según la cual toda Belleza es un engaño que debe desenmascararse, destruirse. El culto a la fealdad actúa como el pirómano que encuentra satisfacción en destruir la belleza de los bosques. Se trata de un giro metafísico radical en el que los trascendentales pasan a ser la fealdad, la mentira y el mal. Ve en las virtudes mentiras y en el vicio una manifestación de sinceridad. La sospecha hacia todo lo bueno y lo bello es consecuencia de una falta de asombro. El cinismo y el desdén universal son consecuencia de la pérdida de la capacidad de admiración. Lo que distingue la situación actual a la de otros periodos oscuros o aparentemente peores de la historia, es que entonces el mal se consideraba mal y el bien se llamaba por su nombre. Ahora, el mal está disfrazado de virtud y de superioridad moral, y se sospecha de la verdad como si fuese mentira y odio. El rechazo por llamar bien al bien y mal al mal llega hasta el extremo de llevarnos a quemar libros de literatura clásica que nos recuerdan esos cánones.

Educar no es neutro. Y cuando decimos que lo es, no solamente estamos tomando partido a favor de cierta versión de la modernidad, sino que entramos en una dinámica que hace imposible la tarea de educar. ¿Por qué? Cuando dejamos, por afán de neutralidad, de enseñar lo que está bien y lo que está mal, entramos en el bucle del activismo y del eclecticismo pedagógico. Cuando dejamos de describir la realidad tal como es, el alumno pierde el compás interno que dirige sus acciones, pierde la intuición que le hace capaz de distinguir lo que es falso de lo que es verdadero y se adormece el asombro que le permite admirarse y conmocionarse ante lo bello. Pierde la motivación vital que le hace disfrutar al aprender lo que tiene sentido. Una vez educar parece haberse convertido en una tarea utópica, sentimos la necesidad de echamos mano de una panoplia de artilugios metodológicos, didácticos y tecnológicos y de confiar la educación a la suerte de los magos, los ‘gurús’ iluminados y las empresas tecnológicas. Una educación que aspira a ser neutra siempre acaba desnortada.

¿Cómo volver a encontrarse con el placer de aprender acerca de lo verdadero, de admirarse ante lo bello y de aspirar al bien? Para ello, los educadores debemos salir de la cómoda postura de la neutralidad y volver a la esencia de lo que significa educar. Debemos descubrir la belleza que se encuentra en la verdad y la bondad. Sin complejos. En un mundo que entiende el progreso en término de vorágine de la innovación, hemos de ser consciente de que ni los métodos, ni la didáctica, ni la innovación son neutros. Cada uno de ellos estará al servicio de una antropología romántico-idealista, mecanicista, o bien clásico-realista. La innovación sí puede tener sentido, pero siempre y cuando parta de unos fines de la educación que son estables y que resuenan con la naturaleza humana. Por eso, solo un educador capaz de usar los métodos clásicos de toda la vida es capaz de innovar con sentido. No, la educación nunca fue ni será neutra.

Pascal

El Papa Francisco ha publicado una Carta apostólica con el título “Sublimitas et miseria hominis” (Sublimidad y miseria del hombre), para conmemorar el nacimiento, hace cuatrocientos años, en la localidad francesa de Clermont-Ferrand, del infatigable buscador de la verdad Blaise Pascal (1623-1662). No es la primera que el actual pontífice escribe acerca de una figura notable de la tradición cristiana. Lo hizo anteriormente sobre san Francisco de Sales (2022), san Ireneo de Lyon (2022), Dante Alighieri (2021) y san Jerónimo (2020).

Tengo la impresión de que estas enjundiosas misivas papales se divulgan poco y se leen menos, cuando podrían constituir, en cambio, un acicate para la renovación de los tediosos repertorios de formación en las diócesis, que languidecen por falta de los estímulos intelectuales que se precisan para que la vida espiritual sea vigorosa, gozosa y apostólica.

Pascal es el más preclaro ejemplo de cómo se puede ser pensador, inventor, matemático, físico, escritor y moderno, y, a la par, creer en Jesucristo y formar parte de esa gran familia que es la Iglesia católica. He leído en alguna parte que el Papa no ve mayores dificultades en beatificarlo. No me extraña, porque el relato biográfico de Pascal que escribió su propia hermana, Madame Perier, no puede ser más edificante desde el punto de vista religioso.

En la Carta apostólica “Sublimitas et miseria hominis”, Francisco aborda, no obstante, la cuestión de la relación de Pascal con el jansenismo, un movimiento del siglo XVII que, al hacer frente a las doctrinas pelagianas y semipelagianas de los jesuitas molinistas, se excedió en sentido contrario. Algunas de las proposiciones jansenistas fueron declaradas heréticas por la Iglesia. Aun así, respecto a la vinculación de Pascal con el jansenismo, dice el Papa: «Reconozcámosle la franqueza y la sinceridad de sus intenciones».

Pascal fue un genio. Tenía una facilidad asombrosa para inventar máquinas y artilugios. Y eso que desde los dieciocho años no pasó ni un solo día de su vida sin dolor. Padecía unas jaquecas terribles, tenía problemas de estómago y otras dolencias, que lo condujeron a escribir una extensa oración para el buen uso de las enfermedades.

Su conocida obra “Pensamientos” es un compendio de fragmentos, que, aun en el estado de postración en el que se hallaba, Pascal fue escribiendo cuando le venían a la mente con la intención de desarrollarlos más adelante, si es que lograba recuperar las fuerzas. Esto me parece que es maravilloso y una invitación a que pongamos por escrito las cosas que nos pasan por la mente y las que nos ocurren, porque ya se ve el gran valor que pueden llegar a tener, primeramente, para el autor y, después, quién sabe si algún día también para aquellos a cuyas manos vayan a parar.

Llevaba siempre cosido en el doble de su gabán un trozo de pergamino, en el que plasmó las mociones espirituales de la noche del 23 al 24 de noviembre de 1654, en la que tuvo una intensa experiencia religiosa, que no olvidó jamás. Un “kairós”. A partir de ese momento, Pascal se consagró enteramente al estudio de la Biblia y de la Teología, a la oración, a la ejercitación de una vida moralmente recta y al servicio de los pobres. Recojo aquí, para los lectores de Prensa Ibérica que no lo conozcan, el testimonio de esa vivencia especialísima, porque es una pieza inigualable. Se le ha dado el nombre de “memorial”:

«Año de gracia de 1654. Lunes, 23 de noviembre, día de san Clemente, papa y mártir, y otros mártires. Víspera de san Crisógono, mártir, y otros. Después de las diez y media de la tarde hasta alrededor de las doce y media de la noche. Fuego. Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob, no de los filósofos ni de los sabios. Certidumbre. Certidumbre. Sentimiento. Alegría. Paz. Dios de Jesucristo. Deum meum et Deum vestrum. Tu Dios será mi Dios. Olvido del mundo y de todo lo que no sea Dios. Él sólo puede ser encontrado por los caminos que enseña el Evangelio. Grandeza del alma humana. Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido. Alegría, alegría, alegría, llantos de alegría. Me he separado de Él. Dereliquerunt me fontem aquae vivae. Dios mío, ¿me abandonarás? Que no me vea eternamente separado de Él. Esta es la vida eterna, que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y al que tú has enviado, J.C. Jesucristo. Jesucristo. Me separé de Él; lo rehuí, negué y crucifiqué. Que nunca me separe de Él. No se conserva más que por los caminos enseñados en el Evangelio. Renuncia total y dulce. Sumisión total a Jesucristo y a mi director. Eternamente en alegría por un día de ejercitación en la tierra. Non obliviscar sermones tuos. Amén».

De la obra escrita por Pascal, la colección de sus “Pensamientos” es la más conocida. Los han traducido, entre otros, Xabier Zubiri y Alicia Villar. Una edición reciente y muy publicitada es la de Gabriel Albiac. Hay más. Para leer, en el verano que acaba de entrar, servirá cualquiera de ellas y le dará, al período estival, profundidad, espiritualidad y trascendencia, pues su autor fue, como se recordó en el acto de presentación de la Carta apostólica en la Sala Stampa del Vaticano, «el genio más grande que ha tenido la tierra» (Charles Péguy) y «el hombre más profundo de los tiempos modernos» (Friedrich Nietzsche), que encontró la verdad plena, que tanto anheló hallar, en Cristo y en su amor.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 25 de junio de 2023, p. 26

Corazones en busca de Dios

El objetivo de este proyecto de tres años es promover la peregrinación a pie dentro de las diócesis católicas de Inglaterra y Gales mediante el desarrollo de Caminos del Peregrino entre la catedral de cada diócesis y uno o más santuarios dentro de esa diócesis. 

El título del proyecto proviene de las palabras del Papa Francisco, quien ha dicho de los peregrinos:

“Sean quienes sean, jóvenes o viejos, ricos o pobres, enfermos y afligidos o turistas curiosos, encuentren la debida acogida, porque en cada persona hay un corazón en busca de Dios, a veces sin ser plenamente consciente de ello”. 

Ninguno de nosotros es plenamente consciente de lo que estamos buscando en la vida, pero sea quien sea, esperamos que encuentre inspiración y sustento para su viaje a través de este sitio web.

El líder del proyecto es Phil McCarthy, un ex médico de cabecera con un gran interés en la peregrinación a pie. Cuenta con el apoyo de un panel de expertos. Todos los involucrados ofrecen su tiempo libremente.

Véase más información en:

https://www.pilgrimways.org.uk/

La fe del Nobel

Al fin, uno. Premio Nobel de Física 2022. Es austriaco. Al fin un físico que le espeta al periodista, que, si no le pregunta si cree en Dios, revienta: «Sí, creo. ¿Por qué no creer?»

El entrevistado es Anton Zeilinger, quien ha estado estos días en Valencia formando parte de un jurado que había de otorgar un premio. Pues sí, cree en Dios. ¿Por qué no creer en Dios?

En un diario español se publican habitualmente, en la contraportada, unas entrevistas a personajes distintos, en las que no falta nunca la pregunta de si el sujeto cree en Dios.

Quienes responden afirmativamente lo hacen con un simple “sí”. Quienes responden con un “no” sienten que deben decir alguna cosilla más que lo explique. Y si pueden añadir algo que ofenda a los que creen, mejor.

Y no se dan cuenta de que lo que realmente están haciendo es cargarse la entrevista, porque las explicaciones que ofrecen, para dar razón de su ateísmo, agnosticismo o arreligiosidad, carecen por completo de interés.

Suelen hacerlo tan mal, que logran estropear ese momento de gloria que se les brinda desde una página de un periódico. Y el lector acaba por adoptar una postura. Ésta: que sigan leyéndolo, si quieren, los de su familia.

Además, el placer que se experimenta al dejar de comprar un periódico, o pasar página, o cambiar de cadena de radio o de canal de televisión, cuando alguien desea molestarte a través de ellos, es de los que no constituye pecado.

Hubo en cierta ocasión, fuera de España, un debate entre un creyente y un no creyente. El no creyente es un físico que goza de mucha fama por sus dotes para lo que hoy se conoce por “divulgación científica”. O sea, de esos que se pasan la vida en platós y escenarios en vez de estar dejándose las pestañas encima de la mesa de estudio y en el laboratorio.

Se trataba de poner en común aquello en lo que un creyente y un no creyente convergen. Pues al científico no se le ocurrió otra cosa que comenzar leyendo un manifiesto de por qué él es ateo, dejando perplejo al auditorio y haciendo pasar un mal rato a los organizadores.

Quiso desmarcarse maleducadamente de su interlocutor, ya desde el principio, sin venir a cuento. Todo el mundo sabía que estaba allí por ser ateo. Había sido invitado precisamente por eso.

Hizo el ridículo de tal manera, que ahora ya no se lo ve como un pedagogo que contribuye a hacer asequible a la gente lo más intrincado de la investigación científica, sino un mentecato que carece de sindéresis.

Y por aquí es por donde se empieza a cuestionar el resto: a ver si no va a ser tan listo como él se cree y sus palmeros sostienen. Porque se puede regresar de todas partes, menos del ridículo.

Por cierto, la reacción del interlocutor creyente fue de tal altura en cuanto a categoría humana, que logró encender, con su actitud y su discurso, una luz en la penumbra de la necedad.

Nuestro Premio Nobel, Zeilinger, en cambio, es de los que no entiende eso de que los científicos han de ser, por principio, individuos sin fe. ¿Qué tendrá que ver lo uno con lo otro?

Y lo dice él, que es un fenómeno en física cuántica, la del futuro, y que sabe cómo teletransportar fotones de luz entrelazados a kilómetros de distancia, abriendo así la vía a un universo nuevo de conocimientos útiles y de aplicaciones prácticas.

Anton Zeilinger, de madre protestante y padre católico, fue educado en el catolicismo y confiesa abiertamente su fe en Dios. Para que la Academia Sueca le diera el premio Nobel, con lo anticatólica y antirromana que es, ya tiene que ser bueno en su campo de investigación y experimentación.

«Sí, creo. ¿Por qué no creer? El célebre Isaac Newton publicó libros sobre muchos temas, pero escribió mucho más sobre religión que sobre física. Era una persona muy religiosa», le responde Zeilinger al periodista, que no deja de volver al tema de la fe. Tal vez porque no sabe hacia dónde tirar en lo del cuantismo.

En resumen, de las intervenciones de Anton Zeilinger, en ámbitos distintos, sobre esta materia, sobre la metodología en la observación y sobre la naturaleza de nuestro conocimiento, llego a la conclusión de que la epistemología de la fe y la científica comparten un único y mismo subsuelo humano, padecen idénticas dudas e incertidumbres y se abren igualmente maravilladas a infinitas posibilidades escatológicas, y que, al final, en ambos casos, te está esperando Dios.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 18 de junio de 2023, p. 36

Así lo vieron dos artistas

Hace un año que falleció monseñor Gabino Díaz Merchán, arzobispo de Oviedo. Al ingente número de artículos y reseñas biográficas publicadas en diversos medios de comunicación social sobre esta gran figura de la Iglesia en España, cabe sumar lo que de él han percibido dos magníficos retratistas actuales: Isabel Guerra y José Pantaleón.

Isabel Guerra (1947), natural de Madrid, es monja cisterciense en Zaragoza. Realizó el retrato por encargo de la Conferencia Episcopal Española, de la que monseñor Gabino Díaz Merchán fue presidente de 1981 a 1987. El cuadro se halla en la planta noble de la sede de ese organismo de la Iglesia en la madrileña calle de Añastro.

Mientras que el ovetense José Pantaleón (1955), cuyo estudio se encuentra en la calle Gascona de la capital del Principado de Asturias, pintó el cuadro de monseñor Díaz Merchán por encargo del Arzobispado de Oviedo, con el fin de incorporarlo a la galería de retratos de obispos en el claustro alto del palacio episcopal.

Los dos pintores coinciden en que, durante las sesiones en las que el prelado tuvo que posar y en las diversas entrevistas que fue preciso mantener con él, para ir perfeccionado la obra, se mostró siempre con la naturalidad, la sencillez, la gracia y la afabilidad que lo caracterizaron en vida. Buen pastor, virtuoso, paternal, alma de oración, respetuoso, dignísimo en su porte y en su modo de obrar, de mente abierta, inteligente, sabio, culto. Así era.

Un pintor no repite, valiéndose de los pinceles, lo que ve, sino que hace visible aquello que la generalidad de los mortales no sabemos ver. Y así sucede con estos dos retratos, en los que cada uno de sus autores, con estilos tan distintos, ha proyectado en el lienzo, con original belleza, su particular percepción de la personalidad de monseñor Gabino Díaz Merchán.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, miércoles 14 de junio de 2023, p. 23

Retrato realizado por Isabel Guerra para la Conferencia Episcopal Española (1999)

Retrato realizado por José Pantaleón para el Arzobispado de Oviedo (2003)

Primer aniversario del fallecimiento de Monseñor Gabino Díaz Merchán

El Sr. Arzobispo, fray Jesús Sanz Montes, ofm, presidirá, en la Santa Iglesia Catedral de Oviedo, la Santa Misa por el eterno descanso de Monseñor Gabino Díaz Merchán, nuestro venerado Padre.

La celebración tendrá lugar, Dios mediante, a las 12,00 horas del miércoles 14 de junio, día en el que se cumplirá el primer aniversario de su fallecimiento.

En el recordatorio adjunto a esta carta, además del retrato realizado para la Conferencia Episcopal Española, de la que fue Presidente, por la monja cisterciense Isabel Guerra, figuran unas palabras del testamento de Monseñor Díaz Merchán:

«Espero que nuestra separación por mi muerte sea ocasión de que recéis por mí y ofrezcáis sufragios a nuestro Señor Jesucristo, para que por el Espíritu Santo me purifique de mis pecados e imperfecciones y me pueda presentar limpio de toda mancha al abrazo del Padre Dios».

Atendamos a esta petición del que fue durante décadas nuestro Pastor y elevemos una oración por él a Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, confiando en la maternal intercesión de la Santísima Virgen María de Covadonga, de la que siempre se mostró devoto hijo.

Con el deseo de que, si sus obligaciones se lo permiten, pueda Usted asistir a la Santa Misa y orar ante la última morada de Monseñor Díaz Merchán en este mundo, reciba un afectuoso saludo en Cristo.

Jorge Juan Fernández Sangrador

Vicario General

Mónica en el siglo XXI

Estimada A.M.:

Sé que cuando hablé, en la conferencia a la que tuviste la deferencia de asistir, de las conversiones en cadena que hubo a partir de la vuelta del escritor francés Charles Péguy (1873-1914) a la fe católica, te conmoviste. Me lo contó tu párroco, al que le comentaste: «Vine para casa con la esperanza de que algún día mis nietos abracen la fe». Creo que lo esperas igualmente de una persona más allegada aún a ti.

Cuando el sacerdote me lo dijo, yo estaba ya muy sensibilizado sobre esa cuestión, porque el domingo anterior, al finalizar la Misa de 1 en la catedral, vino una persona a decir que, escuchando la música del órgano, durante la celebración, sintió súbitamente el deseo de confesarse. No lo había hecho en años. No lo dijo sólo para que lo oyera yo, sino también los circunstantes. Así que no revelo nada manifestado de forma confidencial. Creo que fue Bach quien indicó que el único propósito y razón final de toda la música debería ser la gloria de Dios y el alivio del espíritu. Y así fue en aquella ocasión.

El domingo pasado, durante la Misa, en Tolmezzo, en la región montañosa de Carnia, al norte de Italia, uno de los asistentes, de unos cuarenta años, dejó caer, mientras recitaba una de las preces de la Oración de los fieles, que se había convertido a la fe en un viaje realizado con un grupo de parroquianos, hacía poco, a Tierra Santa. Nos dejó impresionados a todos. Presidía aquella Misa un sacerdote que celebraba el vigésimo quinto aniversario de su ordenación. La iglesia estaba abarrotada de feligreses que había acudido para acompañarlo en tan significativa fecha.

Y me acordé de ti y de tantas personas que sienten esa misma inquietud tuya respecto al abandono de la fe, de la Iglesia y de las prácticas religiosas por parte de sus hijos y nietos, y el deseo de que retornen a ellas. Sé que padres y abuelos os preguntáis en vuestro interior en qué habéis podido fallar. Te aseguro que en nada. Y no es momento ahora de andar buscando responsables individuales o grupales. Es así. Y punto.

Quiero decirte, no obstante, que no hay que desesperar jamás de que el encuentro con Cristo acaezca, porque Él está siempre a la puerta, llamando, incansable. Nosotros somos inconstantes, impacientes e indiferentes, pero Cristo no desespera jamás de que le permitamos entrar en el secreto recinto de nuestro corazón, para que allí pueda dar comienzo el banquete más gozoso que quepa celebrar. Solos. Y para que eso suceda, Él no se aleja ni un instante de nosotros. Está siempre ahí, a la puerta, siempre, siempre, siempre, llama que te llama. Insisto: siempre.

Y lo hace sin violentar a nadie. Antes de obrar un milagro, preguntaba: «¿Quieres quedar sano?» Se podía responder: ¡no! Cosa extraña, pero la cosa es así ¿Que uno no quiere? Pues, nada, que siga su camino. Cristo, en cambio, no deja de pensar en cada uno de nosotros y de amarnos. Insisto: siempre.

         Santa Mónica, madre de san Agustín, sufría tanto como tú y derramaba lágrimas y oraciones al ver el desentendimiento de su hijo para con las realidades de la fe cristiana, el cual, sin embargo, en cierto momento de su vida, no pudo resistirse a la acción de Cristo y le abrió la puerta:

«Me llamaste y clamaste, y quebraste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume, y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseo con ansia la paz que procede de ti», dejó escrito san Agustín en sus “Confesiones” para que tú lo supieras, A.M. Sí, aunque te cueste creerlo: para que lo supieras precisamente tú, A.M.

Tu párroco, que sabe cómo situarse ante esta circunstancia tuya y de los tuyos, te será de máxima ayuda en esa cierta desazón que te embarga. Y no desesperes de que el fuego de la fe que parece haberse apagado totalmente en tus seres más queridos se reavive y sea de nuevo una luz de sabiduría, alegría y santidad en ellos y, en consecuencia, si bien tú ya gozas de esa gracia, también, plenamente, en ti.

Ya me contarás.

Un cordial saludo.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 11 de junio de 2023, p. 28

San Agustín y Santa Mónica (obra de fr. Miguel Lucas, osa)

Ciudades de la poesía

No sé cómo irá de avanzado el proyecto de declarar a Asturias capital mundial de la poesía, pero ya pueden espabilarse los promotores porque hay mucha competencia. En España, por poner un ejemplo, la entrañable Soria, en la que compusieron y recitaron sus versos Gustavo Adolfo Bécquer, Antonio Machado y Gerardo Diego, se autoproclama “Ciudad de los poetas”.

En Italia, Recanati, con la “siepe” del “Infinito” de Leopardi, y Rávena, en donde se halla el sepulcro de Dante, sumo Poeta, son lugares a los que peregrinan los literatos y amantes de la poesía procedentes de todo el mundo.

Un investigador y profesor de literatura italiana en los Estados Unidos, David G. Lummus, ha publicado un libro, “The City of Poetry”, sobre la función cívica de la labor poética, en el siglo XIV, de Mussato, Dante, Petrarca y Boccaccio, quienes, con sus composiciones literarias, embellecieron y elevaron hasta lo indecible el grado de excelencia, a través de la poesía, de la convivencia urbana de su tiempo. Y es que Italia, en esto, como en tantas cosas, es difícilmente igualable.

Por otra parte, en un libro de Lorenzo Pompeo titulado “Le città della poesia”, señala, como representativas, las siguientes: San Petersburgo, Berlín, Praga, Buenos Aires, Sao Paulo, Río de Janeiro, Ciudad de México, La Habana, Roma, Barcelona y Cracovia. No figura Asturias, ni tampoco Udine, en la que escribo estas líneas.

Sita al norte de Italia, en la región de Friuli-Venezia Giulia, la ciudad de Udine es, como todas las de Italia, de una sugestiva belleza. Lo primero con lo que se encuentra el viajero, al llegar a ella, es con una torre de la empresa distribuidora de luz y gas ENEL, en la que un udinese, Simone Mestroni, ha pintado un mural de siete metros en el que se lee: “Udine Città della Poesia”.

Se trata de un proyecto de un joven artista, Mestroni, que se ha empeñado en que la poesía y los pensamientos de las más célebres figuras de la cultura estén presentes, en forma “street art”, en puntos muy transitados de la ciudad. Arte que no alcanza ni remotamente la altura del de Tiépolo, cuya obra pictórica luce cautivadora, en Udine, en las galerías del Palacio Patriarcal, la Catedral y el Oratorio de la Purità.

Hace unos días, en un discurso ante los asistentes al congreso “La estética global de la imaginación católica”, organizado por “La Civiltà Cattolica” y la Universidad de Georgetown, el Papa dijo cosas muy interesantes sobre la poesía y el arte en general, basándose en su propia experiencia como profesor de Literatura en Argentina.

Dijo de los poetas que son «ojos que miran y sueñan», invocando una cita literaria de un autor latinoamericano, no sé si de Miguel Ángel Asturias: «Tenemos dos ojos: uno de carne y el otro de vidrio. Con el de carne vemos lo que miramos; con el de vidrio vemos lo que soñamos». Los de los poetas, añadió Francisco, con una expresión de Paul Claudel, son, además, «ojos que escuchan».

De modo que si lo de “Asturias, capital mundial de la poesía” va adelante, la imagen de santo Tomás, la del apostolado románico de la Cámara Santa, será el icono perfecto de ese proyecto, pues con sus dos ojos de zafiro, distintos de los de los restantes apóstoles, que los tienen espolvoreados con azabache, extiende su mirada hacia una realidad que se encuentra más allá de las apariencias, la imaginación y los sueños.

Realidad que intuye y entrevé un verdadero poeta, como lo fue el gran Rainer Maria Rilke, quien, contemplando las aguas del Adriático, mientras paseaba en 1912 por un sendero del castillo de Duino, no lejos de donde me encuentro, exclamó: «¿Quién si yo gritara llegaría a oírme desde los coros de los ángeles?» Clamor de un poeta que escucha con los ojos y desea ser escuchado por Dios. Y así, en aquel instante, nacieron las “Elegías de Duino”, que Rilke publicó, tras haber dedicado a ellas diez años de su vida, hace ahora un siglo.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 4 de junio de 2023, p. 28

Santo Tomás (con ojos de zafiro) (el de la izquierda) y San Bartolomé (Cámara Santa de la Catedral de Oviedo)

Patti Smith: «Sigo los pasos de Cristo»

«Empecé a estudiar la Biblia cuando era pequeña, en el colegio. Tuve una buena educación religiosa. A los 13 años decidí que no quería una religión en particular ni quedarme atrapada en sus dogmas, pero siempre me ha atraído desde niña el arte religioso, especialmente el del catolicismo, como las pinturas de Giotto de la vida de San Francisco o el San Juan Bautista de Caravaggio. Y sigue teniendo un gran significado para mí. Básicamente, soy cristiana. Me criaron como cristiana, sigo los pasos de Cristo y me interesa lo mejor de cada religión, y me encanta la época de Pascua, pero a mi manera, en mi propia cosmología».

(Patti Smith, en «El Mundo» del sábado, 27 de mayo de 2023)

Inadvertencias

Me resultó llamativo hace unos meses el hecho de que, en la tienda del Museo Británico, en Londres, fuera mayor, en los estantes, el despliegue de ejemplares de un librito dedicado a Isabel II que las monografías sobre historia, geografía o arqueología. Acabé comprándolo. Se titula “The wicked wit of Queen Elizabeth II”. En él se recogen episodios y comentarios ingeniosos de la reina. Divertidísimos.

En la misma editorial hay uno sobre Felipe de Edimburgo: “The wicked wit of Prince Philip”. Sobre el esposo de la reina Isabel existe algún otro libro de semejantes características, porque, en ocurrencias, era inigualable entre sus homólogos de sangre azul. Hay uno que se titula “I know I am rude”. Es del mismo tenor que los anteriores y se ve, por la autodefinición, que el duque era bien consciente de que la diplomacia no era precisamente lo suyo.

Imagino que la tradición le habrá atribuido dichos y hechos que no se corresponden plenamente con lo acaecido o puede incluso que ni siquiera hayan tenido lugar. Y hay uno que no sé si sucedió realmente. Me refiero a aquel comentario suyo, a propósito de las obras no fácilmente comprensibles de un artista contemporáneo, que el duque de Edimburgo clasificó de esta manera: si cuelgan de la pared, son cuadros; si puedes dar vueltas en torno a ellas, son esculturas. Y la que tenía delante de él, en el momento en el que expresaba estas opiniones, servía, a su juicio, para colgar las toallas.

Esta situación, si es que realmente se dio, es cómica. Como también lo es la de aparcar unos patinetes eléctricos en la obra de un artista que adorna los jardines del Campus universitario del Milán, en Oviedo. Se trata de un largo elemento metálico que serpentea haciendo grandes espirales sobre el césped, en las que los usuarios dejaron apoyados los patinetes. Sé de estudiantes de Historia del Arte en ese Campus que jamás repararon en la presencia de la mencionada obra. Y eso que está en un sitio bien visible.

Son inadvertencias. Como las de la persona responsable de colocar en su justo orden las magníficas xilografías de Salvador Dalí sobre la “Divina Comedia” de Dante Alighieri que se exhiben en el Centro Niemeyer de Avilés. El título de la exposición es “Dibujar lo escrito”. Magnífica. Y pregunto: ¿No cabría poner algún banco en el centro de las salas con el fin de que el visitante pueda contemplar, cómodamente sentado, el conjunto de las xilografías?

A mi entender, sin embargo, están intercambiadas, en los cantos del Infierno, las que corresponden a los números 19 (“Los simoníacos”) y 26 (“Los habitantes de Prado”); en los del Paraíso, 13 (“Así se creó la tierra”) y 14 (“La aparición de Cristo”), 29 (“La creación de los ángeles”) y 30 (“Para el Empíreo”), 31 (“El arcángel Gabriel”) y 32 (“Preparación para la oración final”).

Yo diría, además, que, en la cartela del canto 27 de Paraíso, debería leerse “Gloria Patri” en vez de “Gloria patria”, y en la del 33 del Infierno, “Los traidores hacia los anfitriones”, habría de figurar “Los que traicionan a los huéspedes”. Aunque puede que el que esté equivocado en las apreciaciones que acabo de exponer sea yo. Son las inadvertencias en las que los humanos incurrimos con una frecuencia que excede sobremanera nuestra capacidad de controlar lo que hacemos o decimos.

He manejado los seis volúmenes de la “Divine Comédie”, publicada por Editions d’Art Les Heures Claires, con las ilustraciones de Salvador Dalí, y he ido a visitar varias veces la exposición daliniana del Niemeyer. El arte, la técnica y la hermenéutica del pintor español me han sido de gran utilidad para detenerme, guiado por su sensibilidad, en pasajes concretos de la obra de Dante. Estimo, por ello, que, ahora que los dibujos lucen en Avilés, hay que ir a verlos y leer, a la par,  la “Divina Comedia”, para darse así el gusto de admirar cómo interactúan, a partir del texto del gran poema, el inspirado escritor y el genial pintor.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 28 de mayo de 2023, p. 26