Maritain

En una sesión estival de ordenación de la biblioteca, al abrir una caja precintada y arrumbada junto a otras, en las que se contenían libros también, tras un traslado domiciliario de hace doce años, han aparecido dos obras que compré por unas monedas, a finales de la década de los ochenta, en el Centro “Cerfaux-Lefort” de la Universidad Católica de Lovaina, en el que se venden por poquísimo dinero las obras que se desechan, de entre los legados que recibe esa prestigiosa institución académica, por figurar ya en los fondos de la biblioteca.

Se trata de “Le Paysan de la Garonne”, de Jacques Maritain (1882-1973), y “Les grandes amitiés”, de Raïssa Oumançoff (1883-1960), su esposa. Han salido de la penumbra a la luz para saludarme en este quincuagésimo aniversario del fallecimiento de Maritain, uno de los más grandes pensadores cristianos del siglo XX. Hoy, por desgracia, poco leído, aunque se dice que existe una cierta “Maritain-Renaissance”.

Jacques Maritain procedía de una familia liberal, republicana, culta y protestante. Desde muy joven se sintió atraído por el socialismo y la revolución, pero no acababan de satisfacerlo plenamente ni lo uno ni la otra porque le parecía que a la actividad social y política le faltaban principios, cuerpo y voluntad de verdad.

Fue precisamente esa búsqueda de la verdad la que lo condujo a establecer un vínculo irrompible con una emigrante rusa, judía, que frecuentaba, como él, la universidad parisina de La Sorbona: Raïssa Oumançoff, con la que luego se casó.

Se enrolaron juntos en el estudio de los pensadores que mejor podían ayudarlos en su propósito de adentrarse y crecer en la verdad, y tras mucho afanarse y entusiasmarse con las obras de diversos autores, fueron a dar con Henri Bergson (1859-1941), quien les abrió la vía hacia el conocimiento de lo real y de lo absoluto.

Mas no sería Bergson, sino un literato asceta, Léon Bloy (1846-1917), el que habría de llevar a la joven pareja a la fe cristiana, al bautismo y a la Iglesia católica, hallando así las respuestas que anhelaban satisfacer ante sus existenciales y acuciantes preguntas. Entendieron, a la par que se convirtieron a Cristo, que era éste, y nadie más, quien daba unidad y sentido a sus vidas de buscadores de la verdad.

Con la conversión y el bautismo, Maritain aparcó la Filosofía por considerarla incompatible con la fe. Hasta que un dominico, Humbert Clérissac (1864-1914), los invitó, a él y a Raïssa, a que leyeran la “Summa Theologiae” de Santo Tomás de Aquino (1225-1274). Fue un verdadero hallazgo. Hasta el punto de que Maritain volvió a dedicarse por entero a la Filosofía: «Experimenté entonces como una iluminación de la razón», confesó.

El matrimonio creó en torno a sí un círculo de amistades que encontraban, en su casa, un hogar pleno de calidez, inteligencia y fe cristiana. En Versalles, primero, y en Meudon, después. Filósofos, teólogos, literatos y pintores eran asiduos de aquella iglesia doméstica. Varios se convirtieron al catolicismo o retornaron a la fe. Raïssa dejó constancia de algunos de esos encuentros en el libro “Les grandes amitiés”. La clave de bóveda que sostenía aquel edificio era el dogma católico en el que convergían y del que irradiaban, como si fueran las nervaturas de una cúpula, la verdad, la razón y el amor.

De entre los nuevos amigos que Jacques Maritain fue haciendo por afinidades intelectuales, hubo uno del que no se puede no hacer mención: Giovanni Battista Montini (1897-1978), joven sacerdote bresciano, culto y espiritual, que trabajaba en el servicio diplomático de la Santa Sede y se sentía absolutamente cautivado e identificado con la cultura francesa.

A este sacerdote, que llegó a ocupar un alto cargo en la Curia romana y fue arzobispo de Milán, los cardenales que asistieron al cónclave de 1963 lo eligieron Papa y adoptó el nombre de Pablo VI. Montini y Maritain mantuvieron la amistad hasta el fallecimiento de éste en la casa de los “Hermanos de Jesús” (Nota: «Petits Frères de Jesus, fundados, en 1933, por René Voillaume para vivir según el espíritu de Charles de Foucauld), en Toulouse.

Y así como Maritain fue unos de los intelectuales que intervinieron, por encargo de la ONU, en la confección de la Declaración Universal de Derechos Humanos, de 1948, fue él quien tuvo la idea de que, así como hubo una confesión de fe emanada del concilio de Nicea, debería haber una proclamación del Credo tras la clausura del concilio Vaticano II. A Pablo VI le pareció bien la idea, avalada por el cardenal Charles Journet (1891-1974), y el Papa le confió a Maritain la redacción del “Credo del Pueblo de Dios”, que Pablo VI proclamó, con algunos retoques suyos, en 1968.

En 2025 se conmemorarán dos importantes hechos históricos y eclesiales: mil setecientos años de la celebración del concilio de Nicea y de la definición de su Símbolo de fe (325), y ochocientos del nacimiento de Santo Tomás de Aquino (1225). Hasta que llegue ese momento, la relectura de las obras de Jacques Maritain puede ser, ya desde ahora, un estupendo preámbulo para una fructuosa celebración de esos dos trascendentales acontecimientos.

Jorge J. Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 13 de agosto de 2023, p. 27

Misa sobre el mundo

Hace cien años que el jesuita Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955) ofreció en Ordos (Mongolia), la “Misa sobre el mundo”. Fue en la mañana del 6 de agosto de 1923. No disponía de pan ni de vino para el sacrificio eucarístico, por eso la celebró con la fórmula oral que conocemos gracias a sus notas.

Ya le había sucedido lo mismo en los bosques que bordean el río Aisne, durante la Primera Guerra Mundial: «Yo que hoy no tengo, Señor, yo que soy vuestro sacerdote, ni pan, ni vino, ni altar, voy a extender mis manos sobre la totalidad del Universo y a tomar su inmensidad como materia de mi sacrificio».

Para conmemorar aquella elevación, en Asia, hace un siglo, del padre Teilhard de Chardin, también yo celebraré esta mañana del 6 de agosto de 2023, fiesta de la Transfiguración de Jesucristo, “Mi Misa sobre el mundo” en una de las cimas de nuestras montañas astures, con este texto de ofrenda que he compuesto:

«Yo, sacerdote tuyo, en mi alma inmortal, abierta al infinito, alma que es ahora patena y cáliz, te presento en esta altura en la que me hallo, Santísima Trinidad, la inmensidad, en todas sus formas, de la materia, constituida por átomos disgregados a los que tú confieres entidad, grandeza, permanencia y unidad.

Y no sólo la materia que, en este instante sublime, se extiende visible, en su arrobadora belleza, ante mis ojos, sino también los elementos invisibles que componen el inabarcable e incomprensible, aunque finito, universo. Ignoro cuáles puedan ser, de esos elementos, en su totalidad inaprensible, la naturaleza y las propiedades.

Recojo y te presento como oblación, ejerciendo el sacerdotal ministerio de mediación e intercesión que me confiaste, la oración que el cosmos eleva sin interrupción hacia ti, Dios Padre, su Creador, que has hecho todo cuanto existe por tu Verbo e Hijo Unigénito, Jesucristo, igual a ti en la divinidad, que nació en nuestra carne mortal, cuando llegó el tiempo establecido, de María siempre Virgen.

Todo lo has hecho por medio de Él y para Él, que vive eternamente unido a ti y al Espíritu Santo, Dios igualmente y Santificador, al que ahora invoco en epíclesis sobre la realidad que avisto y la que no, para que sea subsumida en la Carne de Cristo cual especie de pan que la Iglesia te presenta, y yo en ella, Dios Padre, para la transustanciación eucarística: “ut Corpus fiat Domini nostri Iesu Christi”.

Te presento la vida que, en el día de hoy, germinará, crecerá, se multiplicará, florecerá y morirá sobre la faz de la tierra, así como las penas, estrecheces, miedos, oscuridades, incertidumbres, soledades, trabajos, dolencias, fatigas, adversidades, naufragios, decaimientos, desencantos, desilusiones, derrotas, frustraciones, retrocesos y sufrimientos de la humanidad entera.

Pongo ante ti a las personas de ayer, hoy y mañana, a todas y a cada una en su individualidad y singularidad, especialmente a las que lloran, a las que desesperan, a las que les cuesta amar y perdonar, a las que no tienen quien las sostenga. Une este vino, el de sus vidas, las nuestras, que mana del lagar de la existencia, al que ha de ser, transustanciado eucarísticamente, por mi palabra y tu poder, Sangre de Cristo: “ut Sanguis fiat Domini nostri Iesu Christi”.

Emulsiónalo todo en ti, divina Trinidad, para que sea en sí, al igual que tú, unidad y distinción. Todo viene de ti y todo tiende y se mueve hacia ti, siendo Cristo, Cabeza de todo, el que le da consistencia, cuerpo y gloria.

Recibe, Dios Uno y Trino, a través de mi servicio sacerdotal, la oblación espiritual de cuantos, deseándolo, les será imposible asistir hoy a Misa. También la de quienes, si te conocieran, desearían asistir y que, aun sin tener consciencia de ello, se hacen a sí mismos, a su manera, ofrenda viva para ti.

Descienda sobre unos y otros, por este mi humilde servicio, tu amor, tu gracia, tu paz, tu perdón y tu vida divina. Los llevaré en espíritu a la Misa que luego celebraré sobre el altar de la iglesia, sacramento en el cual, al pronunciar las palabras “Hoc est enim Corpus meum” e “Hic est Calix Sanguinis mei”, siempre acontece el sobrenatural misterio de la consagración de las especies de pan y de vino en verdadero Cuerpo y verdadera Sangre de Cristo.

Y también del mundo -sus realidades y procesos-, que, como toda la creación, gime, siente dolores de parto y suspira por verse liberado de la servidumbre de la corrupción para participar en la libertad de la gloria de los hijos de Dios.

Per Christum, et cum ipso, et in ipso. Amén».

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 6 de agosto de 2023, p. 27

Gamoniteiru (Sierra del Aramo, 1.791 metros de altitud, Asturias), al alba del domingo 6 de agosto de 2023, fiesta de la Transfiguración del Señor, recordando la Misa sobre el mundo de Teilhard de Chardin en 1923.

Ignatieff y los salmos

En septiembre de 2017, en el Festival de Música Antigua de Utrecht, hubo varios conciertos en los que cuatro grupos musicales de gran renombre (Nederlands Kamerkoor, The Tallis Scholars, Det Norske Solistkor y The Choir of Trinity Wall Street) se distribuyeron el canto de los 150 salmos de la Biblia.

¿Por qué los salmos? Porque, según los organizadores, son la fuente literaria más importante para la música coral de los últimos mil años. Sin embargo, no se pensó en los salmos por su naturaleza religiosa, sino porque son un espejo de la humanidad doliente, oprimida, vejada y perseguida, al igual que cuando se compusieron hace siglos.

En aquellos días de septiembre de 2017 hubo también dos conferencias que complementaron el programa musical. Uno de los intervinientes fue Michael Ignatieff, ensayista y político canadiense, al que le pidieron que disertara sobre la justicia y la política en los salmos, argumento acerca del cual no tenía la menor idea: «Yo apenas sabía nada de ellos, pero acepté el encargo diciéndome que tenía tiempo de estudiarlos, lo que hice durante un verano, a partir de la versión oficial anglicana del rey Jacobo (1611)». Se declara, además, no creyente.

Después de haber pronunciado la conferencia, Ignatieff y Zsuzsanna Zsohar, su mujer, se sentaron entre el auditorio para escuchar el canto de los salmos, cuya letra podían leer en una gran pantalla colocada en la sala. Y sucedió entonces esto:

«La música era hermosa; las palabras, resonantes, y la experiencia me produjo un efecto catártico que he tratado de entender desde entonces. Fui a pronunciar una conferencia sobre justicia y política, pero encontré consuelo: en las palabras, la música y las lágrimas de reconocimiento del público», confiesa en el libro que acaba de publicar: “En busca de consuelo. Vivir con esperanza en tiempos oscuros”.

¿Cómo fue posible, se pregunta aún Ignatieff, que unos textos tan antiguos produjesen tal impacto en él y en algunas de las personas que se hallaban en la sala de conciertos de Utrecht? ¿Cómo pudo el antiguo lenguaje religioso de los salmos haberlo hechizado de aquella manera, sigue preguntándose, a él, que no es creyente?

Ignatieff anduvo, para entender lo que le sucedió, dando vueltas de aquí para allá, aunque, creo yo, con un exiguo resultado, porque no ha sido capaz de reconocer que lo que realmente aconteció fue que él y los circunstantes llegaron hasta el umbral de la fe. Como le sucedió a Paul Claudel mientras escuchaba el canto del Magníficat en la catedral de Notre-Dame de París, sólo que el escritor francés dio un paso hacia adelante:

“Yo estaba de pie entre la muchedumbre, cerca de la segunda columna, a la entrada del coro, a la derecha, del lado de la sacristía. Entonces fue cuando se produjo el acontecimiento que ha dominado toda mi vida. En un instante mi corazón fue tocado y creí”.

No es cosa de decírselo a Ignatieff, porque tal vez no le guste oírlo, pero lo que experimentó mientras escuchaba los salmos fue el poder de la Palabra de Dios, que «es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo; penetra hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y tuétanos; juzga los deseos e intenciones del corazón» (Hebreos 4,12). Y tampoco es cosa de advertirle de que, si vuelve a darse el caso, acabará por traspasar el umbral, como Claudel.

Jorge J. Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 30 de julio de 2023, p. 38

Geórgicas inmortales

En un fragmento de un ánfora para el aceite, procedente de un yacimiento arqueológico del Valle del Guadalquivir, se ha visto recientemente que figuran incisos unos versos en latín del Libro I de “Las Geórgicas” de Virgilio, que, según los epigrafistas, se corresponden con éstos de las ediciones críticas que solemos usar: «Cambió la bellota caonia por la espiga fértil y mezcló las aguas del Aqueloo con las uvas descubiertas» (Geórgicas I,8-9).

Se cree que los escribió un niño, tal vez uno de los muchos que trabajaban en los alfares de la zona, que no pretendía que fuesen leídos por nadie, dado que se hallan en la base del ánfora, en la que fueron inscritos cuando ésta estaba aún, en el proceso de fabricación, secándose. Debió de ser a finales del siglo II o en la primera mitad del III de la era cristiana.

El hallazgo constituye un ejemplo más de la importancia que se dio a Virgilio en la obra de alfabetización de los habitantes del Imperio romano, aunque, por lo general, era a “La Eneida”, no a “Las Geórgicas”, a la que mayormente se recurría. Aunque va a ser verdad lo que decía Gregorio Marañón, a saber, que “Las Geórgicas” son inmortales: «Aquel libro inmortal, tal vez el que más veces he leído, “Las Geórgicas”, del maestro del Dante».

Así se explica el que Marañón sea uno de los mejores escritores que ha habido en lengua española y que la lectura de sus ensayos científicos sea del máximo agrado para quien no esté especialmente instruido en las materias de las que se ha ocupado con gran brillantez el eximio médico español, porque, él, inspirándose en el mejor tratado de Agricultura de todos los tiempos, “Las Geórgicas”, obra de un poeta, trata siempre de vestir de belleza literaria las afirmaciones en las que, en los diferentes asuntos que aborda, vierte su extenso saber.

Benito Pérez Galdós tenía a Virgilio por el mejor de los poetas que han existido jamás y a “Las Geórgicas” por la más excelente obra poética de todos los tiempos. Le gustaba recitar el final del libro II: «Felices los labradores si conocieran los bienes de que gozan … Disfrutan segura tranquilidad, una vida exenta de engaños, rica de variados bienes, largos solaces en sus extensas heredades, grutas frondosas, lagos de agua viva, frescos valles, los mugidos de las vacadas y blandos sueños a la sombra de los árboles… Feliz aquel a quien fue dado conocer las causas de las cosas… Nada doblega su ánimo… No conoce ni las duras leyes, ni el insensato foro, ni los anales del pueblo».

Y prosigue: «El labrador ara la tierra con la corva reja. Éste es su trabajo de todo el año; con él sostiene a su patria y a sus pequeñuelos hijos, y a sus ganados y a sus yuntas… No sosiega hasta que el año rebosa en frutos… Entre tanto, sus dulces hijos les andan en derredor buscando y obteniendo caricias; su casta morada es el asilo de la honestidad… También él celebra los días festivos… Esta vida hacían en otro tiempo los antiguos sabinos; así vivían Remo y su hermano, así creció la fuerte Etruria, así sin duda llegó a ser Roma la más hermosa de las ciudades y única en el mundo».

En estos versos de “Las Geórgicas” (Geórgicas II,358-542) debió de inspirarse Cervantes para componer el discurso de don Quijote a los cabreros (Quijote I,11). Son como para que entren todos los años en la EBAU, en un ejercicio de memoria, y que no se dé de paso a nadie que no los sepa de carretilla en latín (“O fortunatos nimium, sua si bona norint, Agricolas!… Felix qui potuit rerum cognoscere causas… Agricola incurvo terram dimovit aratro… Casta pudicitiam servat domus”), como parece que intentó hacer, en su día, con los del libro I de la obra virgiliana, grabándolos en un ánfora, para aprenderlos, recordarlos y deleitarse leyéndolos, un niño del Valle del Guadalquivir.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 23 de julio de 2023, p. 24

Cardenales asturianos

José María Cantera Álvarez, párroco de Santa Eulalia de Laviana (Gozón), ha escrito estas semblanzas de los cardenales que, a lo largo de la historia del Sacro Colegio, han nacido en Asturias. Son siete:

  1. ÁLVARO CIENFUEGOS VILLAZÓN
    Nació en Agüerina (Belmonte de Miranda) en 1656.
    La Compañía de Jesús y la Universidad de Salamanca polarizan parte de su vida.
    Por avatares políticos, Lisboa y Coimbra, en Portugal, se benefician de su exilio.
    Clemente IX lo nombra Cardenal el 30 de septiembre de 1720, siendo así el Cardenal asturiano más antiguo.
    Participa en los cónclaves que eligen a Inocencio XIII y a Benedicto XIII.
    Desde sus responsabilidades en Roma, da muestras de asturianía, consiguiendo concesiones a nuestra Iglesia y enviando a su pueblo las reliquias de San Fructuoso.
    Curiosamente, fue Obispo en Monreal, Sicilia, y en Fünf-Kirchen (actual Pecs, en Hungría).
    Muere el 19 de agosto de 1739.

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2) PEDRO INGUANZO RIVERO
Nació en La Herrería (Vibaño, Llanes) en 1764.
Falleció en Toledo en 1836.
Ocupó altos cargos políticos, destacando el de Diputado para las Cortes de Cadiz.
Brillante orador.
Obispo de Zamora en 1814.
Arzobispo primado de Toledo en 1824.
Leon XII lo nombra Cardenal el 20 de diciembre de 1824.
Participó en dos cónclaves (1829 y 1830): para la elección de Pío VIII y de Gregorio XVI.

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3) CEFERINO GONZÁLEZ DÍAZ-TUÑÓN, O.P.
Nació en Villoria (Laviana) en 1831.
Falleció en Madrid en 1894.
Fraile Dominico, amigo y compañero de Melchor García Sampedro (San Melchor de Quirós), primer Santo asturiano, martirizado en Vietnam.
Gran fama como filosofo y escritor.Tras años en Filipinas vuelve a España.
Obispo preconizado de Málaga en 1874, sede que nunca ocupó.
Obispo de Córdoba en 1875.
Arzobispo de Sevilla en 1883.
Arzobispo primado de Toledo y Patriarca de las Indias Occidentales en 1885.
Nuevamente Arzobispo de Sevilla en 1886.
Leon XIII le nombra cardenal el 10 de noviembre de 1884.
Cabe señalar que en los últimos tiempos de su enfermedad fue cuidado con esmero por el P. Ramón Martínez Vigil, O. P., que fue Obispo de Oviedo y uno de los Prelados que más mimó y enalteció el Real Sitio de Covadonga.

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4) VICTORIANO GUISASOLA MENÉNDEZ
Nació en Oviedo, en la calle Rosal, en 1852.
Murió en Toledo en 1920.
Tuvo un tío Arzobispo de Santiago de Compostela.
Obispo de Osma, Soria, en 1893.
Obispo de Jaén en 1897.
Obispo de Madrid-Alcalá en 1901.
Arzobispo de Valencia en 1905. En esta sede fue sucedido por otro asturiano, Valeriano Menéndez-Conde, que había sido coadjutor de Pravia, mi pueblo. Don Valeriano está enterrado en la Capilla del Santo Cáliz de la Catedral de Valencia.
De Valencia pasa Don Victoriano a ser Arzobispo primado de Toledo en 1914.
San Pío X lo crea cardenal el 25 de mayo de 1914.

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5) MARIO CASARIEGO ACEVEDO, C.R.S.
Nació en Figueras, Castropol, en 1909.
Murió en Ciudad Guatemala en 1983.
Religioso Somasco.
Con una infancia dura a nivel familiar y con momentos de desamparo hasta ser adoptado.
En 1930 ingresa en los Padres Somascos,. Llegará a ejercer altas responsabilidades en la Orden.
Durante la Guerra Civil de Guatemala, su personalidad fue «contestada» e incluso sufrió un secuestro.
Es nombrado Arzobispo de Guatemala en 1964.
Pablo Vl lo crea cardenal el 28 de marzo de 1969 y, al regresar de recibir la birreta, visita su pueblo, Figueras. Volvería alguna vez más. En 1971 por última vez.
Figueras le rindió homenaje en 2009, en el centenario de su nacimiento.

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6) FRANCISCO ÁLVAREZ MARTÍNEZ.
Nació en Ferroñes (Llanera) en 1925.
Murió en Madrid en 2022.
«Fiel acompañante», sobre todo en su enfermedad, del primer Arzobispo de Oviedo, Don Francisco Javier Lauzurica Torralba, antecesor del cardenal Tarancón,
Dilatado servicio episcopal:
Obispo de Tarazona en 1973.
Obispo de Calahorra y La Calzada- Logroño en 1977.
Obispo de Orihuela-Alicante en 1989.
Arzobispo primado de Toledo en 1995.
Y Administrador Apostolico de Cuenca en 1996.
Creado cardenal por Juan Pablo II el 21 de febrero de 2001.
Participó en el cónclave que eligió a Benedicto XVI.

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7) ÁNGEL FERNÁNDEZ ARTIME, S.D.B.
Nació en Luanco (Gozón) en 1960.
Fue elegido Rector Mayor de los Salesianos en el Capítulo General de 24 de marzo de 2014.
Es el 10° Sucesor de Don Bosco y el primer español con esa responsabilidad.
Se ordenó y profesó en León y entre otras responsabilidades fue Profesor de Religión en el colegio Salesiano Santo Angel de Avilés.
Nombrado cardenal por el Papa Francisco el 9 de julio de 2023, será creado el 30 de septiembre.
Había sido responsable de la Inspectoria Argentina Sur, con sede en Buenos Aires.
Recientemente visitó su pueblo natal, Luanco, en Gozón, para celebrar el entierro y funeral de su madre.

La belleza del rescoldo

Han aparecido, en el fondo de una presa, restos de la Gran Sinagoga de Múnich, que Hitler ordenó demoler en 1938. Entre ellos, una lápida con unos imperativos verbales correspondientes a estos mandamientos de la Ley de Dios, entregada a Moisés en el monte Sinaí:

«No matarás. No cometerás adulterio. No robarás. No testificarás contra tu prójimo falso testimonio. No desearás la casa de tu prójimo, ni la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni nada de cuanto le pertenece» (Éxodo 20, 13-17).

Desaparecieron hace ya tiempo los causantes de la agresión al templo judío muniqués, pero han sobrevivido, en cambio, haciéndonos saber que la Palabra de Dios permanece para siempre, esos mandamientos de la Ley de Dios, que asestan un sonoro sopapo en toda la cara a la sociedad actual, que se jacta de su alejamiento de los principios morales de la Biblia y, en concreto, de los que figuran en la lápida rescatada de las aguas. «Aquí seguimos», nos dicen, «por si pensabais que ya habíamos caducado. Pues no».

La destrucción, según el plan establecido por los promotores del sacrilegio, debía ser perpetrada el 8 de julio, “Día del arte alemán”, de hace ochenta y cinco años. Cuando los jefes de la comunidad judía recibieron la noticia de que su santuario iba ser derruido, ellos y un grupo numeroso de fieles hebreos trabajaron intensamente durante la noche anterior a la demolición para poner a salvo los rollos de la Torá y los objetos rituales de la sinagoga.

Al leer esto en el periódico, recordé que dos años antes, en 1936, en la localidad de Pelliceira, en Ibias, un incendió devoró casi todas las casas del pueblo. El origen estuvo en el fatídico hecho de que, como los vecinos compartían las brasas, llevándolas de una casa a otra, a una persona que caminaba próxima a los teitos de paja, transportando el fuego, éste se le fue de entre las manos y se propagó inmediatamente en todas las direcciones.

Sin embargo, antes que salvar sus casas de la quema, los vecinos acudieron primeramente a la iglesia, que ardió por completo, para salvar las imágenes de la Virgen y de los santos. Allí están hoy, en la nueva iglesia, que levantaron entre todos en 1964, bajo la dirección del párroco, don Jesús López Rivas, que atiende a la feligresía desde hace sesenta años. Un campeón del ministerio sacerdotal.

En Pelliceira viven actualmente cuatro personas, a las que se suman, en señaladas fechas del año, las que han emigrado a otras zonas de Asturias, de España o del extranjero, que se sienten plenamente vinculadas a esa comunidad que se profesa, tanto por parte de las que residen allí todo el año como las que están fuera, incondicionalmente católica, en torno a su querida iglesia, en la que muchas de ellas, además de a rezar, aprendieron a leer y a emplear los números en la escuelina que se encuentra, formando parte del edificio, tras la pared del testero del templo.

Los pocos habitantes que residen hoy en Pelliceira mantienen vivo, al igual que las antiguas vestales en Roma, el rescoldo del fuego sagrado de la fe cristiana, con el que se iluminan y encienden, cuando regresan al pueblo, sus vástagos. Y esto es algo que se ve y se palpa en el ambiente, hasta tal punto que el visitante logra apreciar allí, con mayor evidencia que en otras localidades de nuestra región, en qué consiste una de las más difícilmente perceptibles formas de belleza: la del rescoldo.

Sí, la belleza del rescoldo de la fe cristiana, que arde, sin que las circunstancias sociales logren extinguirlo, en el corazón de tantos católicos, que, fieles, silenciosos y religiosísimos, perseveran, en sus pueblos, y, en no pocas ocasiones, desatendidos por los sacerdotes, en la fe cristiana que recibieron, en sus casas, de sus mayores. Y que, por la labor de sus párrocos, catequistas y maestros, en las actividades parroquiales de otro tiempo, aprendieron a conocerla en extensión y profundidad, y a vivir conforme a ella con sinceridad, sencillez y voluntad de totalidad. Como en Pelliceira.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 16 de julio de 2023, p. 22

Las velas

Apreciado I. A.:

Me has hecho llegar por escrito un hermoso testimonio acerca de «tu reencuentro con este bello camino» que es el de la fe, el de la vida cristiana y el de la liturgia. De ésta, de la liturgia, has ido descubriendo, semana tras semana, su grandeza y hermosura a través de los signos sacramentales, el mensaje de los pasajes bíblicos, las ideas de las homilías, la sacralidad del espacio, la sonoridad del órgano, la delicadeza de los cantos, la piedad y el recogimiento de los miembros de la asamblea, la inspiración de las oraciones o la viva luz de las velas.

Sin embargo, ¡ay, las velas!, te hiere internamente el violento soplido con el que las apagan al final de la Misa. Consideras que ésta no ha concluido hasta que su resplandor, el de las velas, se haya extinguido suavemente. He de decirte que mucho has progresado en tu retorno a la belleza de la fe si has captado vitalmente el elocuente significado de las velas en la celebración litúrgica.

¿Por qué no se emplea ese utensilio que hay para apagarlas?, me preguntas. Y te respondo que, en España, no busques finuras ceremoniales en las iglesias porque apenas existen. Ni en ninguna otra institución. En nuestro país, los actos que requieren un mínimo de protocolo y de ritualidad son un dolor.

Ese instrumento, con forma de capucha, que mencionas, se llama apagavelas. Lo encontrarás en el mercado por un euro. Pero ni regalándoselo a la parroquia lo usará. Irá a parar al cajón del mueble de la sacristía en el que se guardan dos bolígrafos, de los que uno ya no escribe; un bloc con hojas desprendidas, en las que figuran apuntados nombres y números de teléfono que nadie se acuerda ni de quiénes son los primeros ni de para qué se guardaron los segundos; una bolsita de plástico con residuos del revoltijo de Reyes, un mechero, unas chinchetas, un tornillo a punto de empezar a oxidarse y que rueda dando vueltas en cualquier dirección en cuanto abres el cajón, una alcayata, una tijera pequeñita, unos alicates y un rollo de celo.

Seguirán apagando las velas como si fueran las de una tarta de cumpleaños, salpicando así de cera y de partículas de saliva los lienzos que revisten la mesa del Sacrificio y sobre los que se pone el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Y pocas gracias si nos las sustituyen por esas de mercurio que imitan a las de verdad, como las que le ponen, junto al sagrario, al Santísimo Sacramento. Ganas no faltan.

No veas con qué respeto se encienden en los hogares y en las mesas de los restaurantes del centro y norte de Europa, pues allí entienden que la luz de una vela logra expresar aquello que las palabras no atinan a manifestar del todo e iluminan las pequeñas oscuridades de la cotidianidad. En la Misa, indican que lo que allí acontece no se puede ver con la luz solar o la eléctrica, sino con otro haz de luz, que es el que permite ver las realidades sobrenaturales.

¿Y entre los judíos? El encendido de las velas en la tarde del viernes, para la cena del sábado, va acompañado de un ritual que tiene siglos. Es el instante más bello y sublime de la semana en el hogar de la familia hebrea. Luego están las luces de la menorá y las de Janucá.

Hace unos meses asistí a una Misa pontifical en la catedral católica de Westminster, en Londres, y durante el encendido de los cirios de los candelabros estuvimos todos en vilo. Nos íbamos iluminando internamente al ritmo con el que el monaguillo alcanzaba con una vara el pábilo de cada uno de ellos. Era como si la Misa fuese comenzando lentamente con ese rito previo.

E íbamos saliendo internamente de la Misa al mismo ritmo con el que el monaguillo los apagaba. Nos quedamos en el banco para ver cómo, con el apagavelas, se iban extinguiendo las llamas, hasta quedar encendida una sola: la del corazón de cada uno de los que estábamos allí. En España, en cambio, no se espera, para salir, ni a que el sacerdote haya abandonado el presbiterio.

No sé si sabes que André Frossard (1915-1995) se convirtió al catolicismo al contemplar un cirio. Sí, sí, como lo oyes. Me costó entenderlo. Ahora tal vez un poco, pero, no creas, muy poco. Frossard era periodista y político, socialista y ateo, hijo de uno de los fundadores del partido comunista francés. Estaba sin bautizar. Dios no existía para él ni siquiera como un leve pensamiento ocasional. Nada.

El 8 de julio de 1935 entró para matar el tiempo, a las cinco y diez de la tarde, en una iglesia, en la que se hallaba un amigo suyo que había ido para confesarse. Había unas monjas y poca gente. Tenían expuesto en una custodia al Santísimo Sacramento. A las cinco y doce minutos ya era católico, apostólico y romano.

¿Qué fue lo que sucedió? Esto: «Mi mirada pasa de la sombra a la luz, vuelve a la concurrencia sin traer ningún pensamiento, va de los fieles a las religiosas inmóviles, de las religiosas al altar: luego, ignoro por qué, se fija en el segundo cirio que arde a la izquierda de la cruz. No el primero, ni el tercero, el segundo. Entonces se desencadena, bruscamente, la serie de prodigios cuya inexorable violencia va a desmantelar en un instante el ser absurdo que soy y va a traer al mundo, deslumbrado, el niño que jamás he sido». Creyó y fue bautizado en la Iglesia católica.

Lo cuenta en su libro “Dios existe. Yo me lo encontré”. Va ya por la vigésima octava edición en español. Te regalaré un ejemplar de los que tienen en la Librería diocesana de Oviedo. Te encantará. A Frossard, como a ti, la luz que lo iluminó no fue la de la vela, sino, desde la de la vela, la de la fe en Cristo, que ilumina al que se abre al esplendor de su verdad y de su amor. Decía Pascal que «Para quien quiere ver, hay luz suficiente; para quien no, siempre hay bastante oscuridad».

Ya hablaremos. Estoy seguro de que, después de leer esta carta que te dirijo a través del periódico, más de uno va a apagar las velas de altar de la iglesia, e incluso las de su propio hogar, con un poco más de atención, cuidado y reverencia. Y puede que con apagavelas. O con los dedos índice y pulgar. Me fijaré y te lo diré.

Un saludo con el afecto de siempre.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 9 de julio de 2023, p. 24

Nota: Al apagavelas se le da también el nombre de «silenciador de velas». Suena más poético, aunque no sé si el verbo «silenciar» puede tener una connotación que no resulte, para alguien, amable.

Mal colocados

En una iglesia, el obispo es la primera autoridad. Le corresponde, por tanto, el centro.

Y la segunda autoridad, el párroco, que es, además, el que, con la feligresía, cuida y mantiene la iglesia todo el año.

Aquí ya ni figura. Todos menos el dueño de casa:

Del párroco, que tira por aquello día a día, no se acordó nadie a la hora de las fotos. Ni de los feligreses, que son la base social real que dio vida a esa belleza de iglesia durante cuatrocientos años.