Sobre el proyecto del nuevo albergue de peregrinos

El Cabildo de la Catedral de Oviedo se enteró por la prensa del 19 de abril de 2021 que el acceso al albergue de peregrinos que se pretende crear en el Real Monasterio de San Pelayo será por los jardines de la Catedral.

Era de suponer que, puesto que se trata de un espacio que da acceso a la Capilla de Santa María del Rey Casto, en la que se celebra diariamente el culto y es Panteón Real, la Catedral fuese debidamente informada. Y escuchada. Es por ello por lo que el Cabildo presentó un escrito, con fecha 21 de octubre de 2021, en el Ayuntamiento de Oviedo, en el que lo instaba a que no emprendiese la acción irreversible de abrir un acceso independiente desde los jardines de la Catedral al proyectado albergue del Monasterio de San Pelayo y a que no alterase la fisonomía de ese hermoso y recogido lugar del Oviedo histórico que es el Jardín de los Reyes Caudillos.

De nada ha servido. El pasado 30 de noviembre se dio nuevamente la noticia en la prensa de que el Principado mantiene su propósito de «abrir un acceso directo al edificio de Las Pelayas desde las inmediaciones del Jardín de los Reyes Caudillos». Se ve que lo están hablando a tres bandas el Principado, el Ayuntamiento y las monjas, y trazando ya un protocolo de actuación.

Resulta incomprensible el que la Dirección General de Cultura y Patrimonio del Gobierno del Principado de Asturias haya dado su aprobación al proyecto, pues, en ese lienzo de la pared del Monasterio de San Pelayo, colindante con el Jardín de los Reyes Caudillos, no procede abrir una vía de acceso que descomponga el entorno monumental catedralicio, del que forman parte integrada los amplios espacios que lo circundan y que no deberían ser empleados para usos de hospedería. Ni siquiera monástica. Y de ningún modo para extensiones de hostelería. La escalera, el rellano y el Jardín de los Reyes Caudillos constituyen una entrada ceremonial a la Catedral.

Por otra parte, si se trata de ofrecerles a los peregrinos la acogida que se merecen, no cabe imaginar un área de recepción mejor que el majestuoso portón del Monasterio de San Pelayo en la calle del Águila, por el que se accede a un patio interior, en el que los usuarios del albergue podrán dejar sus pertenencias: coches, bicicletas, motos, caballos, borriquillos, mascotas, mochilas, ropa, calzado y todos los elementos que se precisan para hacer el Camino de Santiago. De este modo, el Jardín, la Plaza y los aledaños de la Catedral se mantendrán despejados y limpios, como corresponde en una ciudad que se precia de ser una referencia cultural para las demás capitales de provincia españolas y sueña con que la Unesco la proclame Patrimonio Mundial de la Humanidad.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 10 de diciembre de 2023, p. 28

Inflexión (45.º aniversario de Prensa Ibérica)

Cuatro décadas son, según la Biblia, el tiempo que dura una generación. El número cuarenta no es sólo la suma de unidades que se van añadiendo cada doce meses, sino que, en su totalidad, indica que se ha alcanzado una cima, que se ha logrado la madurez, que el proyecto vital se ha consumado y que se ha perfeccionado aquello que se encontraba “in fieri”, en proceso, en búsqueda de la plenitud.

No significa esto que la Historia haya llegado a su final, sino que ha concluido una etapa y que, en la que se inicia después de la de la primera y laboriosa andadura de autodefinición, de construcción y de estabilización, en la que se han cosechado no pocos éxitos, será preciso, en la segunda, concebir nuevas metas, reclutar a personas jóvenes y trazar los métodos que mejor convengan a lo que exigen los tiempos.

El grupo Prensa Ibérica cumple cuarenta y cinco años de existencia. Ha traspuesto, pues, el umbral del cuadragésimo de su primera etapa vital y se ha adentrado en una segunda y nueva, incoada en estos cinco últimos años, que son, por decirlo siguiendo la idea que la Biblia tiene de la sucesión de las generaciones, los de un hoy que es en realidad un momento de inflexión entre el ayer y el mañana.

Mas los responsables de Prensa ibérica saben bien que no se trata de realizar adaptaciones coyunturales, de mejoras puntuales o de modernización instrumental, sino que lo que tienen ante sí es la fisura cultural e intergeneracional de enormes dimensiones que singulariza a nuestro tiempo, la cual es descrita como un fenómeno absolutamente único, nunca antes acaecido en la historia de la humanidad.

Hay que dejarse tranquilizar, con todo, por el sereno qohélet, como el de la Biblia, que, de vez en cuando, en alguna parte, aquí y allá, alza su voz para recordarnos que, aunque todo lo que está aconteciendo aparezca como un “novum” insólito, inusitado e inabordable, no hay que sucumbir temerosos ante las emergentes incertidumbres: «Lo que pasó volverá a ocurrir: nada hay nuevo bajo el sol. De algunas cosas se dice: “Mira, esto es nuevo”. Sin embargo, ya sucedió en otros tiempos, mucho antes de nosotros» (Eclesiastés 1,9-10).

En efecto, hay que desdramatizar. Cuando se fundó Prensa ibérica en 1978 se debatía si el nombre y la realidad de la Iglesia católica debía figurar en la Constitución española o no. Algunos tal vez pensaron que era una entidad ya sin significación y sin proyección de futuro. Mas prevaleció el sentido común y fue incluida. En el artículo 16.

Desde entonces, al igual que ya sucedía con anterioridad, no hay día en el que la luz de la Iglesia no brille en los medios de comunicación social con el fulgor de la belleza de su historia y de su mensaje, mostrando lo importante, esencial y capilar que es su presencia y su actividad en la vida pública de nuestro país.

Y esto gracias, en gran medida, a los periódicos de Prensa ibérica, que fungen de correa de transmisión entre el quehacer de la Iglesia en todos y cada uno de los pueblos de España y los miles de lectores de los diarios del Grupo. Allí, en cualquier lugar de nuestra geografía en el que haya una realidad eclesial, están siempre sus profesionales para informar de cuanto compone el día a día de la vida de la Iglesia en aldeas, villas y ciudades: obras en templos, fiestas, cofradías, cáritas, cursillos, campamentos, coros, campañas o exposiciones artísticas, por citar sólo algunas de las más representativas de las infinitas realidades que existen en las diócesis.

Sí, es éste ciertamente un tiempo de inflexión entre un ayer y un mañana, para todos, también para los medios de comunicación social y para la Iglesia, pero no de una preocupante, sino, como acreditan sus respectivas andaduras, de una apasionante y esperanzada inflexión.

Jorge Juan Fernández Sangrador

Número especial con motivo de 45.º aniversario del grupo Prensa Ibérica, 6 de diciembre de 2023, página 289

Navidad sin Adviento

Es la tarde del sábado 27 de octubre. Le pregunto al conductor del taxi que me lleva a casa:

– «Las luces ornamentales que hay colgadas sobre la calle, ¿son todavía las de las fiestas patronales de septiembre?»

– Responde: «No, son las de Navidad».

– Pregunto: «¿Tan pronto?»

– Responde: «Sí. Están instaladas ya en todos los barrios de la ciudad».

– Protesto: «¡Pero si faltan todavía dos meses para la Navidad!»

– Responde: «Es que dicen que, si no, no les da tiempo a ponerlas».

Lo entendí cuando leí que hay una carrera a nivel nacional para ver quién enciende primero las luces navideñas. El Adviento, que empieza hoy, llega tarde. Se le adelantó la Navidad. Una Navidad sin Adviento.

El Adviento nació en suelo hispano. Ya en el Concilio de Zaragoza del año 380 se establecieron algunas disposiciones para que se observasen entre el 17 de diciembre y el 6 de enero, fiesta de la Epifanía. Esos veintiún días son el germen del actual Adviento. Los galos empezaron a celebrarlo más tarde, en el siglo V. Y lo de que dure cuatro semanas se debe al papa san Gregorio Magno (siglos VI-VII). Eran tiempos aquellos en los que todos nos copiaban. Así que el Adviento lo hemos creado nosotros y llevamos celebrándolo en la Península ibérica desde hace más de mil seiscientos años.

En las parroquias se sabe que estamos en Adviento por la casulla morada del sacerdote y el paño de ese mismo color que cubre el ambón de las lecturas de la Misa; por las cuatro velas, tres moradas y una rosada, de la corona que ahora se estila tanto, importada del norte de Europa, con una más alta y blanca en el centro; por el canto del «¡Ven, ven, Señor, no tardes!» y porque hay cajas con cosas del belén y adornos navideños por los rincones de la sacristía. Y nada más.

Debería haber, al igual que en Cuaresma, conferencias de Adviento que versasen sobre alguno de estos temas: la esperanza, el sentido de la existencia, la escatología, la paz, la alegría, la humildad, la pobreza, los textos celebrativos de la liturgia hispana, la singularidad de la Virgen María, las figuras de san José y de san Juan Bautista, los ángeles y los profetas; el origen de la Navidad y el del día de su celebración, dejando bien claro que la designación de la fecha del 25 de diciembre no fue para cristianizar una fiesta pagana.

En Adviento, además, la liturgia invita a estar vigilantes, a mantenerse en vela. Sería conveniente rezar en días señalados el Oficio de Lecturas de la Liturgia de las Horas. Y para que la comunidad celebre sobriamente el Día del Señor, pero que no deje de celebrarlo, estaría muy bien el ofrecer a la feligresía un ágape después de la Misa dominical con dulces de los que se hacen sólo en Adviento, o requesón con miel, o caldo, o vino caliente con especias, o refrescos de frutos silvestres, o castañas acompañadas de zumo de manzana.

En España no existe la costumbre, pero se puede iniciar: regalar velas con frases de los profetas de Israel o del Evangelio, alusivas a la venida del Mesías o al nacimiento de Cristo, para ponerlas encima de un mueble del salón de casa o de la mesa del comedor, y que estén encendidas mientras se reza el Rosario, y en especial los misterios gozosos, o se lee la Biblia en familia, o durante las comidas, e iluminen con resplandores de esperanza los hogares.

Y es ahora también, cuando comienza el año litúrgico, el momento de adquirir un almanaque bonito y original, en el que figuren bien visibles las fiestas cristianas de los doce próximos meses y para que, teniéndolo a la vista, se programen, en familia, actividades conjuntas, sin tener que echar mano constantemente del calendario del teléfono móvil.

El de Adviento es, sin duda, de los cuatro períodos que componen el año cristiano, el más hermoso. No dejemos que el alocamiento, el frenesí, el dispendio, la superficialidad y el secularismo fútil lo ahoguen. Y que lleguemos a la santa Navidad sin que le hayan faltado a ésta ni la preparación, ni la luz, ni el calor, ni la alegría, ni la esperanza, ni la belleza del Adviento.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 3 de diciembre de 2023, p. 28

Conferencias de Adviento 2023

Adviento es tiempo de esperanza. Y necesitamos ver signos de esperanza también en la Iglesia. Los hay. Cada día, un conferenciante distinto hablará de un signo diferente, que será como una estrella brillante en la oscuridad de la noche, que nos ilumine y nos alegre en nuestro caminar hacia el alba de un nuevo día en la nueva creación obrada por Dios en Cristo.

Transitus Domini

Hace cien años que fue instituida la “Comisión Permanente para la Tutela de los Monumentos Históricos y Artísticos de la Santa Sede” (1923). A ella le corresponde emitir el parecer acerca de los proyectos de restauración y conservación de los edificios de interés artístico, histórico, arqueológico y paisajístico del Vaticano o de otros lugares que sean propiedad de la Santa Sede.

Se encarga también de supervisar, siempre y sólo respecto al conjunto de los bienes de la Santa Sede, la construcción, renovación o demolición de inmuebles, así como de mejorar las instalaciones de los museos o lugares que requieran particular atención en el tratamiento por su importancia, y de dar el visto bueno a los préstamos de obras de arte y de bienes móviles que gocen de universal aprecio por su especial valor cultural.

En estos cien años se construyeron, bajo la tutela de la Comisión, el palacio del Governorato, la estación del tren de San Pedro, el palacio del Tribunal, el acceso a los Museos, con la imponente rampa helicoidal; el cuartel de la Guardia Suiza, el portón de Santa Ana, las Postas Vaticanas, la Sala Nervi, la Domus Sanctae Marthae, por señalar solamente algunas de las obras más relevantes.

Con motivo de la celebración de este centésimo aniversario, el Papa ha dirigido un mensaje al Presidente de la Comisión, profesor Francesco Buranelli, en el que recapitula lo mucho que ha hecho la Santa Sede en la protección de los bienes culturales de la Iglesia desde la Edad Media, siendo ella la primera que se dotó de un estatuto jurídico para la salvaguarda de tan preciados tesoros de la cultura. Ese estatuto fue el que adoptaron posteriormente todos los estados modernos a la hora de legislar sobre la protección, el estudio, la catalogación, el disfrute o la prohibición de enajenar o exportar bienes culturales.

Francisco evocó en su misiva una expresión de Pablo VI, en un discurso que dirigió a los archiveros de la Iglesia en 1963, que es realmente significativa: “Transitus Domini”, refiriéndose con ella a la importancia que se ha de otorgar a los documentos de los archivos eclesiásticos, en los que va quedando reflejado el paso, el tránsito, de Dios por nuestra historia. De ahí el que, decía el Papa Montini, guardar, cuidar y legar a las generaciones venideras los papeles que se custodian en los archivos sea una forma de dar culto a Cristo.

En un mensaje que Francisco nos dirigió a los participantes en el congreso “Dio non abita più qui? Dismissione di luoghi di culto e gestione integrata del beni culturali ecclesiastici”, organizado por el Pontificio Consejo de la Cultura en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, en noviembre de 2018, retomó la expresión “Transitus Domini” y agrupó en ella a todos los bienes culturales de la Iglesia: también éstos, al igual que los documentos de los archivos, «narran» el paso de Dios por nuestro mundo.

Y, si se trata de una iglesia desacralizada, ya pueden poner en ella un supermercado, una hamburguesería, una discoteca o un salón de actos para eventos de tipo político o cultural, que siempre permanecerá impresa en ella la marca del “transitus Domini”. Y quienes desarrollen en ella actividades ajenas y extrañas a la naturaleza propia, específica e irreemplazable del edificio serán siempre “okupas”, aunque posean el título de propiedad.

De aquí el que los edificios y objetos sagrados, los documentos que emanan de la actividad teologal, jurídica, administrativa y pastoral de la Iglesia, los instrumentos que son de uso en el día a día de una parroquia o de una comunidad cristiana para servicio de la fe y de la caridad, hayan de ser tratadas con respeto y veneración, y si en verdad son, como dicen los papas, presencia de Cristo entre nosotros, también con temor reverencial: «Timeo enim Iesum transeuntem», dijo san Agustín en uno de sus sermones. Temo a Jesús cuando pasa.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 26 de noviembre de 2023, p. 30

Rampa helicoidal de acceso a los Museos Vaticanos

Halloween

Cuando ya se pudo visitar, en casa, a la madre, que se llamaba Carmen, y a su bebé, después de la venida de éste al mundo en el hospital regional, Rosina, que era muy católica y amiga de la familia de toda la vida, fue de las primeras en ir a conocer a la criatura. En realidad, lo que pretendía era hacer una comprobación: verle los piececillos, para asegurarse de que no tenía pezuñas de macho cabrío.

Sin embargo, el crío llevaba tanta ropa encima que no había modo de cumplir aquel extraño deseo que tanto la inquietaba últimamente. Tal vez más de lo debido. Mirarle las orejas resultaba, en cambio, muy fácil. Y no eran, afortunadamente, puntiagudas como las de un sátiro.

No iba a pedirle a Carmen, la madre, que desvistiera al niño de pocos días para que le enseñara las diminutas extremidades inferiores, infundiendo así sospechas, pero, tras darle vueltas en la cabeza, Rosina pensó que lo mejor era regalarle unos patucos y que se los pusieran estando ella presente. Para probarlos. Por si había que devolverlos. Y así fue.

En efecto, al quitarle los que traía, y antes de ponerle los nuevos, quedó patente que el recién nacido tenía los piececillos como los de cualquier otro niño: rechonchitos, coloraditos, levemente violáceos en algunos puntos y con las plantas en paralelo a causa del arqueo de las piernecillas. Los deditos de la mano, también bien, sin apófisis ungueal ni nada por el estilo ¡Qué alivio!

El desasosiego de Rosina se debía a que la madre del bebé, Carmen, andaba diciendo por ahí, con tono reivindicativo, que ella era nieta de una de las brujas que no pudo quemar la Inquisición. Al proclamar semejante barbaridad, la puérpera estaba refiriéndose claramente a Lola, su abuela, que era como una hermana para Rosina. Ésta no había apreciado jamás, ni en Lola, ni en sus hijas, ni en sus nietas, ninguno de los rasgos que caracterizaban a las brujas de Zugarramurdi, en la película de Álex de la Iglesia, que había visto en la televisión. ¡Qué horror!

Rosina se puso a buscar similitudes entre las de la película y las de la familia de Lola, pero no las hallaba. Es más, Lola acudía a Misa los sábados por la tarde ¡Si hasta pasaba la bandeja! Era, hay que decirlo todo, moderna. Siempre lo fue. Avanzada para los tiempos, sí, pero muy formal y trabajadora. Como era igual de presumida que de joven, Lola iba, con una hija y la nieta confesamente bruja, a Pilates, pero no constaba que ninguna de las tres se subiese por las paredes ni que caminase, dicho vulgarmente, a cuatro patas por los techos, como las de la película.

Tampoco tenían una lengua larga, de iguana. Eso sí, la mamá del bebé, Carmen, había ido mucho a Navarra, fuera tiempo de sanfermines o no, antes de juntarse con Paco, el supuestamente padre del crío, ¡que vete tú a saber! Sin embargo, ahora que lo pensaba: ¿no habría ido a aquelarres en la cuevona de Zugarramurdi? Carmen comentó, además, en cierta ocasión, que cortejaba algo con uno de por allí. De Nafarroa, decía ella ¡A ver si era Lucifer! ¡A que concibió del demonio y se casó con Paco para disimular!

Rosina recordaba, de cuando era joven e iba al cine los domingos a las 8 de la tarde, la cara que puso Mia Farrow, protagonista de “La semilla del diablo”, de Roman Polanski, cuando vio al niño que había engendrado de Satanás a cambio del dinero que le soltaron al sinvergüenza de su marido unos siniestros vecinos que la narcotizaron para que el Príncipe de las tinieblas la inseminara. ¡Qué miedo! ¡Como para no asegurarse de que el biznieto de Lola, recién nacido, fuera cien por cien normal, oyendo lo que vociferaba por ahí la madre de la criatura acerca de sus antecedentes brujeriles!

El niño creció sano, pero sin recibir el bautismo. Tenía la misma cara y los mismos andares de Paco, el padre. Quedaba despejada así cualquier posible duda respecto a de quién era realmente el conducto por el que había salido escopetado el espermatozoide ganador de la carrera. Sin embargo, la idea de hacerlo hijo de la Iglesia estaba tan fuera de las mentes de sus padres, Carmen y Paco, como la de ir a celebrar a Jápeto, uno de los satélites de Saturno, el séptimo aniversario del su ajuntamiento, el de ambos dos, que no llegó a formalizarse nunca, ni sacramentalmente ante Dios ni legalmente ante un concejal.

Al niño le impusieron el nombre de Luis, Luisito, sin que mediara rito alguno: ni cristiano, ni druídico, ni apotropaico, ni ninguna de las diecisiete mil soserías iniciáticas con las que el laicismo desea, intenta y no puede reemplazar a la religión. Y lo matricularon, llegada la edad, en un colegio público, muy renombrado por enviar cartas a los padres con mensajes así de entrañables por Navidad: «En el colegio no estará permitido dibujar o colorear estrellas porque es un ejercicio que puede herir la sensibilidad de los niños y de las niñas». Incluidos los hijos y las hijas de familias cristianas practicantes.

En esa usina de deconstrucción de personas cesaba, en el tránsito del mes de octubre al de noviembre, toda actividad académica regular, para que los profesores y los infantes entregasen sus almas a las tenebrosas prácticas de Halloween en los días del termidor actual, ese que se han sacado de la manga los amantes del submundo: samain, que debe de significar algo así como «la mitad más oscura del año». Todo esto, a juicio de la dirección del colegio, no dejaba en las mentes de los niños y de las niñas aquel daño psicológico irreparable que les infligirían las luces alegres de la Navidad.

Los alumnos acudieron al aquelarre institucional con los atuendos más terroríficos que cupiera imaginar, aunque, a decir verdad, nunca antes se había visto de forma tan manifiesta aquello de que un niño vestido de Halloween es el más vivo y fidedigno retrato de sus padres. Se diría que el colegio se había convertido por unas horas en un círculo del infierno de la “Divina Comedia”, de Dante, si no fuera porque la celebración de Halloween era una solemne, tétrica y brutal payasada.

A Luisito lo vistieron de mayordomo terrorífico. O ese era el propósito inicial. A aquel chavalín, que pronto cumpliría siete años, le ensombrecieron el entorno de los ojos con potingues, le pusieron no sé qué por la cabeza para que pareciera calvo, como Nosferatu, y le colocaron una bandeja vacía sobre la palma de la mano derecha, como si fuera un sirviente de “Downton Abbey”. Y, para darle mayor tenebrosidad, le endosaron una toalla hecha una pelota a la espalda, bajo la ropa, para que pareciera una joroba y clavaron en ella un puñal de verdad. Le dio miedo hasta a uno de los profesores que habían promovido tan aberrante fiesta de la muerte.

Y de aquella guisa, con una bandeja vacía sobre, ora la palma de la mano derecha, ora la de la izquierda, igual que un camarero cuando regresa de la terraza a la barra, y un puñal en la espalda, tuvieron durante horas a la criaturita circulando por aulas y calles. Como las celebraciones de Halloween no son otra cosa más que ganas de fastidiar al catolicismo, Carmen y Paco no dejaron iglesia ni institución eclesial delante de la cual no hicieran una foto con el móvil al pequeño aprendiz de anticristo. Sólo por provocar.

Al pasar por delante de una tienda de libros y de objetos religiosos, Luisito reparó en que, en el escaparate, había una imagen de un niño sonriente, cubierto solamente con un trapito a la altura de la cintura. Tenía unas cosas de metal dorado detrás de la cabeza, parecidas a rayos de sol. De repente, el niño sonriente de la imagen en el escaparate le guiñó el ojo derecho. Y en aquel preciso instante se encendió en el interior de Luisito una luz, que, para él, criado en la oscuridad de las supersticiones del paganismo y del laicismo, era una sensación completamente nueva. Y le guiñó entonces, sonriente, bajo aquella costra infernal de la que lo habían revestido sus padres, el suyo, el derecho, al Niño Jesús del escaparate.

Nota: Este microrrelato es una ficción literaria. Cualquier similitud con personas o situaciones reales, o con aquelarres de Halloween tenidos en familias, colegios, incluso católicos, asociaciones vecinales, clubes, campos de iglesias o locales parroquiales es pura coincidencia.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 19 de noviembre de 2023, pp. 22-23

La resurrección de Erik Varden

… Mientras escuchaba el último movimiento de la Sinfonía nº 2 en do menor de Gustav Mahler, “Auferstehung” (Resurrección), el adolescente noruego, ateo, aunque bautizado en la confesión luterana, Erik Varden, experimentó la proximidad de Dios. «¡Resucitarás, sí, resucitarás, polvo mío, tras breve descanso! ¡Vida inmortal te dará quien te llamó!», canta el coro. «Oh, créelo: ¡No has nacido en vano! ¡No has sufrido en vano!», canta la soprano.

Erik fue recibido, tras un proceso de búsqueda y de clarificación de las ideas y de los sentimientos, en la Iglesia católica, ingresó en la abadía cisterciense de Mount Saint Bernard, en Leicestershire, en Inglaterra, y es actualmente el abad del monasterio. Ha publicado un libro de gran éxito, que está siendo traducido a diferentes lenguas. Se titula “The Shattering of Loneliness” (Cuando la soledad se hace añicos).

Y mientras recita, en el silencio de la noche, los salmos, durante el oficio litúrgico de Vigilias, a las 3,30 “ante meridiem”, aguardando la luz de la mañana, seguramente recuerda las últimas estrofas del libreto de la sinfonía de Mahler, que un día ya lejano escuchó conmovido, en las que el coro, la soprano y la contralto entrelazan sus voces para decir cantando: «Con alas que he conquistado, en ardiente afán de amor, ¡levantaré el vuelo hacia la luz que no ha alcanzado ningún ojo! ¡Moriré para vivir!». Y luego concluir: «¡Resucitarás, sí, resucitarás, corazón mío en un instante! Lo que ha latido, ¡habrá de llevarte a Dios!».

Jorge Juan Fernández Sangrador

Extracto del artículo «Resurrection Fest», publicado en La Nueva España, domingo 11 de agosto de 2019, p. 28

Erik Varden es hoy Obispo de Trondheim, en Noruega

Bulimia y atrofia

Decía Paul Ricoeur que la bulimia de los medios y la atrofia de los fines es uno de los rasgos definitorios de nuestro tiempo. Tenemos a nuestra disposición una inmensidad de recursos instrumentales, que adquirimos y manipulamos con concupiscente voracidad, como nunca antes sucedió en la historia.

Mas no sabemos ni qué hacer con ellos a la larga ni para la prosecución de qué meta última cabría emplearlos, porque, en realidad, realizamos el viaje de nuestra existencia temporal con instrumentos, increíblemente sofisticados, que son como brújulas que no poseen la capacidad de indicar el norte hacia el que dirigirse.

Viene esto a colación después de haber asistido a un encuentro, en Covadonga, de los obispos, vicarios y arciprestes de la provincia eclesiástica de Oviedo, en el que el asunto principal de la reflexión conjunta fue la comunicación en la Iglesia desde tres vertientes: teologal, social e institucional.

No creo que exista una entidad en la que se haya invertido tanto tiempo y dinero en la implantación, mantenimiento y constante renovación de los medios que se requieren hoy para intentar establecer una más diáfana y extensa comunicación dentro de ella y con la sociedad como ha hecho la Iglesia.

Ya no son sólo las emisoras de radio, los periódicos, las revistas o las cadenas de televisión que tiene en todo el mundo, sino que, en las últimas décadas, ha creado por doquier, en sus universidades, punteras facultades de comunicación, de las que han egresado miles de periodistas.

Por otra parte, curas, monjas, religiosos, seminaristas y seglares muy implicados en las labores pastorales de las respectivas diócesis o congregaciones religiosas van de un continente a otro, por cientos, para matricularse en la inabarcable oferta de másteres, cursos y actividades formativas que se imparten en donde haya un dirigente que crea que lo que se haga en ese campo será siempre poco.

De aparatos, programas, posibilidades, aplicaciones, redes, vídeos, montajes, saben la tira. Luego no funciona nada. A los seis meses de su creación, queda ya obsoleta la página web que se instaló y pagó a un precio que cualquiera diría que el diseñador que la construyó era de la NASA.

Y venga a hacer cursillos para poder entender lo que debía ser entendible por sí mismo desde el principio. “Obscurum per obscurius, ignotus per ignotius”. O sea, ir hacia lo ininteligible por medio de lo que es más ininteligible todavía. Además, el aparato último modelo suele resultar notablemente peor que el anterior.

Se dice, para colmo, que el aprendizaje del uso de artilugios no es a base de metodología, sino de intuición. Es decir, a base de dar porrazos con los extremos de las garras contra teclados y pantallas. Muy humano, sí.

Para más inri, no hay reunión de programación y de revisión de lo que sea en la que alguien no se queje de las insuficiencias del sistema, o del emitente, o del contenido, o de la eficiencia. Hay que reconocer, no obstante, que no le falta razón, pues se avanza a una velocidad de vértigo en la actividad fabril de los soportes para la comunicación.

Y, sin embargo, te ves y te las deseas para encontrar quién esté dispuesto a rellenar un folio en blanco para salir a defender una idea en consonancia con las enseñanzas de la Iglesia en un periódico de amplia difusión regional o nacional.

¿En dónde están los miles de titulados por las facultades de comunicación de las universidades católicas? ¿en dónde los miles de inscritos en los innumerables másteres, cursos, cursillos, talleres y charlas online que se organizan sobre la faz de la tierra para cumplir con el mandato que nos ha dejado Cristo de anunciar el Evangelio al mundo? ¿en dónde los que dan lecciones de cómo se debe hacer?

Salvo contadas excepciones, que sí comparecen por escrito, en los medios, ni rastro del resto. A lo más que llegan es a ser correas de transmisión, llevando noticias de acá para allá, sin creatividad ni producción de pensamiento. O a enviar un tuit o un post. Son los aficionados, sin trayectoria mediática, quienes están haciendo ese trabajo que debieran realizar quienes se prepararon expresamente para salir con competencia a la palestra en la que se exponen las ideas, en la que éstas se debaten y en la que se muestra la belleza de aquello en lo que se cree.

Lo lamentable es que no se escribe porque, primero, requiere tiempo, preparación y sacrificio; segundo, no se sabe escribir porque o no se lee o se lee cualquier cosa; tercero, no hay convicciones bien asentadas e impelentes. Falta “orghé”, ardor, pasión impetuosa.

Y, cuarto, y más dramático, es porque no hay un plan, ni un objetivo, ni un ideal, ni una meta última que uno se haya trazado y en la que crea hasta el punto de estar dispuesto a verter por ella la última gota de su sangre y de la tinta de su bolígrafo.

En resumen, que vivimos ciertamente en una época de profusión de instrumentos e inanidad de pensamiento original, en la que la bulimia de los medios corresponde la atrofia de los fines, como aseveraba Paul Ricoeur.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 12 de noviembre de 2023, p. 26

La cuestión de Gaza

Tras vencer a los judíos acaudillados por Bar Kokhba, el emperador Adriano, a la par que demolía Jerusalén para trazar una nueva planta urbana, le impuso, en el año 135 d.C., el nombre de Aelia Capitolina. Pretendía, de este modo, soterrar once siglos de historia.

Y con el fin de erradicar el concepto judaísmo, así como todas sus derivaciones, mandó que la provincia de Judea pasara a denominarse Palaestina. A sabiendas de lo que ello significaba, el sucesor de Trajano recuperaba, vertido al latín, el antiguo topónimo peleset, es decir, Filistea, cuyos moradores eran, según cuentan los libros bíblicos de Jueces y Samuel, enemigos acérrimos de Israel.

Filistea era el nombre por el que se designaba, antes del período helenístico, a la Sefelah, una llanura que se extiende desde Jaffa hasta wadi Gazzah. En ella se alzaban las ciudades de Gat, Eqron, Ascalón, Asdod y Gaza. Ésta, fundada probablemente en el Bronce Reciente I, fue, antes que filistea, egipcia. Se llamaba entonces Hazattu y sólo queda de ella lo que pueda haber en los estratos más profundos de Tell Haruba. 

Cuando los llamados pueblos del mar se instalaron en la región, Gaza dejó de ser egipcia para convertirse en filistea. En ella tuvo lugar la hazaña épica de Sansón, quien, con su proverbial fuerza, destruyó el templo dedicado al dios Dagón.

Charnela entre dos continentes, Gaza se vio afectada por los regímenes políticos que, a lo largo de los siglos, se sucedieron en el Próximo y Medio Oriente: desde el del Egipto faraónico hasta el de la reciente Autonomía Palestina.

Y el conflicto que actualmente atormenta aquella franja y su entorno es deudor en buena parte de una historia azarosa que arranca de hechos acaecidos durante el segundo milenio antes de Jesucristo.

Jorge Juan Fernández Sangrador

Revista Vida Nueva, 27 de febrero de 2009