Susurrar el Evangelio

Giorgio Marengo (Cuneo, 1974) es desde 2022 el cardenal más joven de la Iglesia. Tiene 47 años. Después de haber profesado como miembro del Instituto misionero de la Consolata, fue enviado por sus superiores a anunciar el Evangelio en Mongolia en 2003 y el Papa Francisco lo nombró Prefecto apostólico en ese país en 2020.

Marengo confiesa que le causaron una gran impresión las palabras de un obispo de la India, Thomas Menamparampil, quien, en el Primer Congreso Misionero de Asia, celebrado en 2006 en Tailandia, les dijo a los misioneros que han de presentar a Jesús tal como aparece en los Evangelios, y que la narración del relato de su vida, muerte, resurrección y ascensión lo es todo en su labor apostólica.

En aquel congreso, Marengo oyó también de labios de Menamparampil una expresión poética que le gustó muchísimo y lo indujo a escribir un libro sobre el argumento: “Susurrar el Evangelio”. Su título, en italiano, es “Sussurrare il Vangelo nella terra dell’eterno Cielo blu”.

La tierra del cielo infinito es Mongolia, la de Gengis Kan y Kublai Kan, las yurtas, los caballos de Przewalski, el desierto de Gobi, los camellos bactrianos, el viaje de Marco Polo, la Misa sobre el mundo de Teilhard de Chardin, los monasterios budistas y los mil quinientos católicos, “pusillus grex” de Dios.

En aquellas regiones de bravura, dureza y fuerza, la Iglesia anuncia a Cristo, y su maravillosa historia, con respeto, empatía y profundidad. Esto es susurrar el Evangelio.

En el libro bíblico de 1 Reyes (19,11-12) se cuenta cómo el profeta Elías se dirigió al Horeb y allí hubo un huracán que hendía y quebraba montañas y rocas, y un terremoto y fuego, pero Dios no estaba en esos elementos. Y de pronto, se oyó un susurro. Fue éste el que hizo que Elías adoptase una actitud, y postura, de adoración y de escucha.

Porque, para escuchar la voz de Dios, hay que agudizar mucho el oído. “Qol demamah daqqah”, dice el texto hebreo: “Voz que se acalla fragmentándose”. Es como si fuese un sólido que se va pulverizando y descomponiendo en partículas imperceptibles. Así también la voz de Dios: es de extraordinaria finura. Una voz que vibra tenuemente y queda aleteando levemente en el silencio, como la contenencia de las aves cuando permanecen suspendidas en el aire. De aquí la dificultad para oírla y reconocerla.

Y hay que ser muy sencillo para que eso acontezca. Es el caso de Gantulga Tumursukh, mongol, hombre del campo, que perdió sus pertenencias a causa de no sé qué calamidad. Alguien le dijo que se dirigiese a la Iglesia para pedir ayuda. Y la encontró. Él y su familia. La comunidad católica no sólo los auxilió, sino que los acogió con la sonrisa y el afecto de quien tiene conciencia de que la caridad es más que la distribución de bienes materiales. Es darse. Y así fue.

«Antes de haber experimentado el perdón de Dios cometí muchos errores. Era un hombre alcoholizado, violento, rudo con el prójimo. Mas cuando comencé a ir a la Iglesia, a escuchar la Palabra de Dios, a verme con los sacerdotes, sentí que el bálsamo de la misericordia descendía hasta mí y que un torrente de ternura me inundaba. En ese instante palpé el amor de Dios, creí en él y deseé entonces recibir el bautismo».

Gantulga fue bautizado y es a día de hoy animador de la comunidad católica y compositor de cantos religiosos: «En ocasiones trato de imaginarme cómo sería mi vida sin haberme encontrado con Cristo. Me habría arrastrado el torbellino de la desesperación. Hoy, por la gracia de Dios, soy una persona, un marido y un padre mejor porque he recibido la misericordia de Dios y me ha concedido el don de ser misericordioso con los demás».

He aquí una muestra de la fe que el Papa conocerá durante su viaje apostólico a Mongolia, en donde el Evangelio es proclamado con la dulzura, la tenuidad y el frescor de un susurro. El de la voz de Dios, que se comunica de corazón a corazón, en su Iglesia.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 3 de septiembre de 2023, p. 28

Ejercicios Espirituales para sacerdotes

Decía san Ignacio de Loyola que por Ejercicios espirituales se entiende todo modo de examinar la conciencia, de meditar, de contemplar, de orar vocal y mentalmente, y de otras espirituales operaciones.

Los cinco días de retiro en la casa “San José” de Cabezuela del Valle (Cáceres) (17 al 22 de septiembre) estarán dirigidos, en primer lugar, a la contemplación de la escena evangélica de la transfiguración de Cristo en la cima de una montaña.

Hemos, para esto, no sólo de alejarnos momentáneamente de las tareas que nos ocupan a diario, sino elevarnos por encima de ellas para encontrarnos con Jesús y por medio de él con Dios Padre, que nos invita a escuchar a su Hijo amado.

Y este será el segundo objetivo de los días de Cabezuela: escuchar la Palabra de Dios y orar intensamente, con perseverancia, para acogerla en el campo fértil de nuestra conciencia, nuestros afectos y nuestra vida sacerdotal.

En el monte de la transfiguración hicieron su aparición Moisés y Elías, figuras muy destacadas en el antiguo Israel. A la luz de la Pascua de Cristo leeremos los pasajes de la Biblia en los que se refieren sus vidas y, en oración, pediremos la gracia de ser, como ellos, fieles servidores de Dios y diligentes cumplidores de su voluntad y de sus mandatos.

Se trata, en definitiva, de vivir aquella misma experiencia que tuvieron los tres apóstoles, Pedro, Santiago y Juan, a los que Jesús invitó a subir a la montaña y, así, seguirlo a él, después, fortalecidos, con mucho ánimo y esperanza, por el camino de la cruz, que inexorablemente hay que recorrer, para llegar a la gloria de la Pascua y a la vida eterna.

Invito a los feligreses de las parroquias de los sacerdotes que harán los Ejercicios a que estén unidos espiritualmente a ellos, ya que éstos se retirarán a hacer oración con el propósito de crecer en el conocimiento y en el amor de Cristo, recibir la gracia de la santificación personal y seguir siendo ilusionados trabajadores de la viña del Señor y de todas y cada una de las personas que la Iglesia les ha confiado para que caminen junto a ellas guiándolas como pastores buenos y fieles.

Reflejo de la Iglesia

Asturias se ha mostrado una vez más como lugar idóneo para pasar los meses estivales: el clima, el paisaje, las fiestas, el deporte, la gastronomía y la gente. En fin, todo.

En una de las veladas del verano astur, bajo un hórreo, en una pumarada, mientras degustábamos unos blinis revestidos de una preciadísima y sabrosísima sustancia alimentaria, alguien pronunció, como una respuesta al repertorio, allí ampliamente desarrollado por los circunstantes, de los males que asuelan actualmente la convivencia ciudadana, la siguiente sentencia: «La situación de la sociedad es fiel reflejo de la situación de la Iglesia y la sociedad está mal porque la Iglesia está fatal».

Llevo dándole vueltas a este pensamiento desde entonces. Y en el torbellino de ideas, sentimientos, exámenes de conciencia, reproches a mí mismo y auto inculpaciones, la memoria me ha traído al presente aquel verso del escritor estadounidense y anglo-católico Thomas Stearns Eliot (1888-1966) en “Coros de la Roca” (1934) VII: «¿Ha abandonado la Iglesia a la humanidad o ha abandonado la humanidad a la Iglesia?»

En términos absolutos es preciso decir que nunca jamás podrán darse ambas cosas, porque Cristo estará siempre en la Iglesia y en la humanidad. Y, por eso, en donde esté la Iglesia estarán siempre Cristo y la humanidad, y, en donde esté la humanidad, estarán siempre Cristo y la Iglesia. Indisolublemente unidos. Como si fuesen la Santísima Trinidad, en la que, en donde está una de las tres divinas personas están las otras dos. Así también la Iglesia y la humanidad, que son un cuerpo en Cristo: no podrán desmembrarse la una respecto de la otra en modo alguno.

Ahora bien, así como existe una apostasía de los de la Iglesia, que es la que tratan de llevar a efecto las personas que lo solicitan formalmente en las curias diocesanas, para abandonarla, renegando de su bautismo (otras lo hacen sólo en su fuero interno), de igual modo existe una suerte de apostasía por parte de miembros de la Iglesia que, en un acto de egoísmo suicida, abominan y se desentienden de la humanidad, que Cristo hizo suya en la encarnación y se desposó con ella para ser, como en todo matrimonio, una sola carne. Son apóstatas de la humanidad por la que Cristo derramó su sangre para redimirla y salvarla.

Decía Simone Weil (1909-1943), judía de corazón cristiano, que «lo que me hace entender si alguien ha pasado por el fuego divino no es su modo de hablar de Dios, sino su modo de hablar de las cosas terrenales». Y es que a quien, en la Iglesia, haya apostatado de la humanidad, incluso de forma silente, se le nota, porque, de alguna manera, lo ha hecho también, previamente, respecto a Dios y a la fe cristiana. Y conlleva las consecuencias de las que se habló en aquel atardecer asturiano: todo en derredor, y extendiéndose en círculos concéntricos, empieza a ir mal.

«La situación de la sociedad es fiel reflejo de la situación de la Iglesia y la sociedad está mal porque la Iglesia está fatal», se dijo. He de confesar que me agradó escuchar ese reconocimiento de la importancia y del alcance del ser y del actuar de la Iglesia, pero también me impelió a hacer un examen de conciencia: ¿Qué rasgo de esa humanidad que se considera a sí misma independiente de la Iglesia es el que los de la Iglesia –no ella, que es santa- deben retener como una imagen afeada de su propia faz?

Sin duda, la perversión del juicio moral. El no saber qué es el bien y qué es el mal, el confundirlo todo, el asignar equivocadamente nombres a conceptos y realidades que no se corresponden, el equivocarse en la percepción de las personas, el no tener bien fijado el fin natural, no inventado ni impostado, hacia el que se ha de tender.

Cuando los de la Iglesia pierden el rumbo, la sociedad también, porque la misión de la Iglesia en el mundo es precisamente la de mostrar el sentido, la meta última, el horizonte definitivo de la humanidad. Mas «si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán en el hoyo» (Mateo 15,14).

Y no es cosa de discursos grandilocuentes ni de declaraciones proféticas o apocalípticas, porque suelen contener, como osarios con materia putrefacta, mucha falsedad, sino de pureza y rectitud de intenciones, sazonadas con la humildad. En el número V de “Coros de la Roca”, Thomas Stearns Eliot escribe: «Oh, Señor, líbrame del hombre de excelente intención e impuro corazón: porque el corazón es engañoso sobre todas las cosas y desesperadamente perverso». Pureza de corazón es lo que se requiere y exige, porque es en éste en donde se halla el epicentro que todo lo dinamiza para bien o para mal.

«Dichosos los limpios de corazón» (Mateo 5,8), proclamó Jesús. Y dijo también que «lo que sale de dentro es lo que hace impuro. Porque del corazón salen los pensamientos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y son las que hacen impuro» (Marcos 7,20-23). Así que corazones puros serán los que regeneren, con su trabajo, ilusión y entrega, el tejido social. Y verán a Dios (Mateo 5,8).

Y otra cosa: Que nadie se extrañe de la desmemoria y del adanismo creciente en la sociedad, en la que se están desliendo los tradicionales anclajes en el pasado, porque ese es un reflejo igualmente de los graves y preocupantes niveles de paramnesia a los que están llegando los de la Iglesia. Y ésta, no se olvide, además de santa, es también la comunidad de la “anámnesis”, es decir, de la memoria grata, del recuerdo agradecido y de la eucaristía.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 27 de agosto de 2023, p. 33

Pontificando desde la cátedra de la Iglesia

Un magnate apropiándose de los símbolos. Total para decir una irrelevancia. Y todos embobados escuchando.

  • La Nueva España, 22 Aug 2023, Ángel Cabranes
Alejandro Irarragorri, durante su intervención en la santa cueva, ante jugadores y técnicos, con Laura Kalb, su mujer, y Andrés Fernández, capellán rojiblanco, atentos a sus palabras. |

Traje gris, camisa clara y el gesto concentrado de siempre. Sin lugar a la euforia por el último y rotundo triunfo, Alejandro Irarragorri hizo balance del inicio de la temporada del Sporting tras la visita a la Santa Cueva. «Tuvimos golpes duros, pero también aprendizajes. Así se crece y se fortalece. Nos veo hoy con una posibilidad de revancha importante en esta temporada», señaló el presidente rojiblanco, sin querer adelantarse al derbi, ya a la vuelta de la esquina, ni mucho menos a si el conjunto gijonés optará a final de temporada a estar en la zona alta de la tabla. Sí dejó la puerta abierta a la llegada de un delantero. «Haremos un esfuerzo», confesó en relación a las llegadas en estos últimos días de mercado.

El párroco ni aparece en la foto

Una actividad muy de nuestros tiempos: ocupar la iglesia para cosas que no son de la iglesia. Y los políticos plantados en medio.

Premio del coro de Lastres a la emoción por Colunga
  • El Comercio (Oviedo), 20 Aug 2023
El embajador, tras el reconocimiento del Coro Manín.

El coro marinero de Lastres entregó ayer su premio «Manín de Honor 2023» al diplomático colungués. La formación musical quiso así reconocer «sus méritos en la gestión y presidencia de la Asociación de Amigos del Concejo de Colunga». Jorge Hevia recibía el galardón «muy emocionado» y arropado por su familia, que, como él, no perdona los veranos en Colunga.

Insisto: Las iglesias no son para esto

¿Permitiría el alcalde que el párroco celebrase una Misa en el Salón de plenos del Ayuntamiento? ¿Es una iglesia el salón de actos de una asociación? Lo primero, seguro que no. Lo segundo, se ve que sí.

Jorge Hevia, «Manín de honor»: «Este es un premio para los Amigos de Colunga»
La entrega del galardón se enmarcó en las fiestas de San Roque de Lastres, que hoy celebra la procesión y la quema del «xigante»
  • La Nueva España (Oviedo), 20 Aug 2023, Sara Arias Lastres (Colunga)
Jorge Hevia, a la izquierda, recibe el galardón de manos del alcalde de Colunga, José Ángel Toyos, en presencia de los integrantes del Coro Manín. |

El presidente de la Asociación de Amigos del Concejo de Colunga, Jorge Hevia, recibió ayer con gran emoción en Lastres el premio «Manín de honor» de este año. Fue en el marco de las fiestas de San Roque de la localidad. El galardón, entregado por el alcalde, José Ángel Toyos, en el transcurso de un acto que tuvo lugar en la iglesia de Santa María de Sábada, pretende reconocer el «trabajo, esfuerzo y compromiso» del colectivo que dirige Hevia, quien subrayó que se trata de un premio para toda la Asociación de Amigos del Concejo de Colunga.

Además, el galardonado destacó la «sincera emoción» que le produjo el hecho de que la distinción se haya entregado en la iglesia de Lastres. «No puedo olvidar esas mañanas de domingo, cuando me acercaba con mi padre a las misas de diez», rememoró.

La ceremonia, que concluyó con un concierto del Coro Manín, supuso el acto central del programa festivo del día, abierto por la mañana con el tradicional «chupinazo».

Bud y Terence

Hay una cadena de televisión que va pasando en estos días del verano las películas, una a una, de Bud Spencer y Terence Hill, protagonistas de aquel film que los hizo famosos: “Le llamaban Trinidad”.

El napolitano Bud Spencer, el fuerte, se llamaba en realidad Carlo Pedersoli (1929-2016), pero adoptó el nombre artístico con el que se le conoce debido a la admiración que le profesaba a Spencer Tracy, su actor favorito, y por la cerveza Budweiser, que tanto le gustaba. De aquí lo de Bud Spencer.

Tenía estudios de Derecho, Química y Sociología, participó como nadador en dos olimpiadas y en numerosas competiciones, en las que obtuvo importantes victorias, y se desenvolvía bien en varios idiomas. Era un hombre de fe: «Soy católico. He comprendido que, sin Dios, el hombre no es nada». Leí en alguna parte que incluso emprendió un negocio para la atención del turismo religioso.

En la medida en que fue haciéndose mayor, la fe cristiana llegó a ser el centro de su vida y la más sólida fortaleza ante la muerte: «Creo que en realidad uno no muere y que nuestra alma está viva después de dejar la tierra. Estoy seguro de que la vida continúa. Entre tanto, afrontaré la muerte con dignidad. Y con la misma dignidad afrontaré el juicio de Dios».

Cuando falleció, en 2016, la misa exequial se celebró en Roma, en la “Iglesia de los artistas”, en “Piazza del Popolo”, presidida por don Walter Insero, rector del templo. Al final de la ceremonia se leyó la “Oración de los artistas”, que comienza así:

«Señor de la belleza, omnipotente creador de todas las cosas, tú que has plasmado las creaturas imprimiendo en ellas la impronta admirable de tu gloria, tú que has iluminado lo íntimo de cada persona con la luz de tu rostro, vuelve hacia nosotros tu mirada y ten piedad de nosotros, de nuestra debilidad, de nuestra pobreza; vuelve tus ojos hacia nuestro trabajo, nuestras fatigas de cada día. Míranos, somos los artistas, tus artistas».

En cuanto al veneciano Terence Hill, su compañero de cabello claro y ojos azules, cuyo nombre de verdad es Mario Girotti (1939-), es hijo de emigrantes en Alemania y padeció de niño los bombardeos de Dresde, sobreviviendo a éstos por puro milagro. Cursó estudios universitarios de Literatura clásica. En una cadena de televisión están pasando también, en estos días, la serie “Don Matteo”, en la que hace de sacerdote investigador de crímenes cometidos en su entorno. Como el Padre Brown.

Para Terence Hill fue muy importante la lectura del libro “Cartas del desierto”, de Carlo Carretto (1910-1988), al que hace referencia en la película que dirigió y protagonizó en el desierto de Almería: “My name is Thomas” (2018). Fue precisamente en esta provincia española en donde Terence Hill conoció a Bud Spencer y en donde recibió, mientras buscaba lugares para el rodaje, la noticia de su muerte.

El libro de Carretto, un clásico de la literatura del desierto, es de 1968. Su autor perteneció a la familia espiritual de Charles de Foucauld: en la Fraternidad de los Pequeños Hermanos de Jesús, primero, y en la de los Hermanos del Evangelio, después. Tras haber pasado varios años en el Sáhara regresó a Italia y se instaló en un monasterio abandonado de Perugia, creando allí un centro de hospitalidad y oración. Se llama “Casa San Girolamo”.

En “Cartas del desierto” refiere cómo fue su conversión a los 18 años, siendo maestro de un pueblo. Acudió a los sermones de una misión parroquial, que le parecieron aburridos y anacrónicos. Pero le dio por acercarse a confesar con el predicador. Y en ese momento cambió su vida. Se entregó por completo a la Acción católica. Hasta que, después de dos experiencias religiosas muy fuertes, se hizo contemplativo del desierto.

Pues todo esto fue lo que dejó fascinado a Terence Hill, que leyó, en los años 80, cuando vivía en América, “Cartas del desierto” por sugerencia de su mujer. El actor encontró en el libro «palabras muy profundas, parecen las de san Francisco, ideales para aquellos que –como yo- tienen sed de espiritualidad».

Mas, ¡ay!, lo que son los caminos del Señor. Yo leí ese libro hace cuarenta y cinco años en el Seminario. No le saqué nada de jugo. Lo tengo desde entonces en la estantería y no miré más para él. Sin embargo, he vuelto a leerlo sólo por tratar de averiguar qué fue lo que cautivó a ese actor que, con su compañero, en las películas, come de platos llenos a rebosar y reparte mamporros a diestro y siniestro, sin que nadie salga muerto.

Y claro que he encontrado vetas de vida interior. Me lo ha servido en bandeja un actor de cine, Terence Hill, que se fue a la región de Tabernas, en Almería, para revivir allí, sobre una moto, la experiencia de Carretto. En mi caso, pienso que era necesario que hubiesen transcurrido cuatro décadas de existencia personal para entender lo que el contemplativo en el Sáhara, Carlo Carretto, quería decirme. Al igual que le sucedió a Israel, que tuvo que caminar durante cuarenta años por el desierto para crecer en madurez, en comprensión y en libertad. Y es que Dios, al final, sigue esperándonos en nuestros orígenes.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 20 de agosto de 2023, p. 26