Ejercicios Espirituales para sacerdotes

Decía san Ignacio de Loyola que por Ejercicios espirituales se entiende todo modo de examinar la conciencia, de meditar, de contemplar, de orar vocal y mentalmente, y de otras espirituales operaciones.

Los cinco días de retiro en la casa “San José” de Cabezuela del Valle (Cáceres) (17 al 22 de septiembre) estarán dirigidos, en primer lugar, a la contemplación de la escena evangélica de la transfiguración de Cristo en la cima de una montaña.

Hemos, para esto, no sólo de alejarnos momentáneamente de las tareas que nos ocupan a diario, sino elevarnos por encima de ellas para encontrarnos con Jesús y por medio de él con Dios Padre, que nos invita a escuchar a su Hijo amado.

Y este será el segundo objetivo de los días de Cabezuela: escuchar la Palabra de Dios y orar intensamente, con perseverancia, para acogerla en el campo fértil de nuestra conciencia, nuestros afectos y nuestra vida sacerdotal.

En el monte de la transfiguración hicieron su aparición Moisés y Elías, figuras muy destacadas en el antiguo Israel. A la luz de la Pascua de Cristo leeremos los pasajes de la Biblia en los que se refieren sus vidas y, en oración, pediremos la gracia de ser, como ellos, fieles servidores de Dios y diligentes cumplidores de su voluntad y de sus mandatos.

Se trata, en definitiva, de vivir aquella misma experiencia que tuvieron los tres apóstoles, Pedro, Santiago y Juan, a los que Jesús invitó a subir a la montaña y, así, seguirlo a él, después, fortalecidos, con mucho ánimo y esperanza, por el camino de la cruz, que inexorablemente hay que recorrer, para llegar a la gloria de la Pascua y a la vida eterna.

Invito a los feligreses de las parroquias de los sacerdotes que harán los Ejercicios a que estén unidos espiritualmente a ellos, ya que éstos se retirarán a hacer oración con el propósito de crecer en el conocimiento y en el amor de Cristo, recibir la gracia de la santificación personal y seguir siendo ilusionados trabajadores de la viña del Señor y de todas y cada una de las personas que la Iglesia les ha confiado para que caminen junto a ellas guiándolas como pastores buenos y fieles.

Reflejo de la Iglesia

Asturias se ha mostrado una vez más como lugar idóneo para pasar los meses estivales: el clima, el paisaje, las fiestas, el deporte, la gastronomía y la gente. En fin, todo.

En una de las veladas del verano astur, bajo un hórreo, en una pumarada, mientras degustábamos unos blinis revestidos de una preciadísima y sabrosísima sustancia alimentaria, alguien pronunció, como una respuesta al repertorio, allí ampliamente desarrollado por los circunstantes, de los males que asuelan actualmente la convivencia ciudadana, la siguiente sentencia: «La situación de la sociedad es fiel reflejo de la situación de la Iglesia y la sociedad está mal porque la Iglesia está fatal».

Llevo dándole vueltas a este pensamiento desde entonces. Y en el torbellino de ideas, sentimientos, exámenes de conciencia, reproches a mí mismo y auto inculpaciones, la memoria me ha traído al presente aquel verso del escritor estadounidense y anglo-católico Thomas Stearns Eliot (1888-1966) en “Coros de la Roca” (1934) VII: «¿Ha abandonado la Iglesia a la humanidad o ha abandonado la humanidad a la Iglesia?»

En términos absolutos es preciso decir que nunca jamás podrán darse ambas cosas, porque Cristo estará siempre en la Iglesia y en la humanidad. Y, por eso, en donde esté la Iglesia estarán siempre Cristo y la humanidad, y, en donde esté la humanidad, estarán siempre Cristo y la Iglesia. Indisolublemente unidos. Como si fuesen la Santísima Trinidad, en la que, en donde está una de las tres divinas personas están las otras dos. Así también la Iglesia y la humanidad, que son un cuerpo en Cristo: no podrán desmembrarse la una respecto de la otra en modo alguno.

Ahora bien, así como existe una apostasía de los de la Iglesia, que es la que tratan de llevar a efecto las personas que lo solicitan formalmente en las curias diocesanas, para abandonarla, renegando de su bautismo (otras lo hacen sólo en su fuero interno), de igual modo existe una suerte de apostasía por parte de miembros de la Iglesia que, en un acto de egoísmo suicida, abominan y se desentienden de la humanidad, que Cristo hizo suya en la encarnación y se desposó con ella para ser, como en todo matrimonio, una sola carne. Son apóstatas de la humanidad por la que Cristo derramó su sangre para redimirla y salvarla.

Decía Simone Weil (1909-1943), judía de corazón cristiano, que «lo que me hace entender si alguien ha pasado por el fuego divino no es su modo de hablar de Dios, sino su modo de hablar de las cosas terrenales». Y es que a quien, en la Iglesia, haya apostatado de la humanidad, incluso de forma silente, se le nota, porque, de alguna manera, lo ha hecho también, previamente, respecto a Dios y a la fe cristiana. Y conlleva las consecuencias de las que se habló en aquel atardecer asturiano: todo en derredor, y extendiéndose en círculos concéntricos, empieza a ir mal.

«La situación de la sociedad es fiel reflejo de la situación de la Iglesia y la sociedad está mal porque la Iglesia está fatal», se dijo. He de confesar que me agradó escuchar ese reconocimiento de la importancia y del alcance del ser y del actuar de la Iglesia, pero también me impelió a hacer un examen de conciencia: ¿Qué rasgo de esa humanidad que se considera a sí misma independiente de la Iglesia es el que los de la Iglesia –no ella, que es santa- deben retener como una imagen afeada de su propia faz?

Sin duda, la perversión del juicio moral. El no saber qué es el bien y qué es el mal, el confundirlo todo, el asignar equivocadamente nombres a conceptos y realidades que no se corresponden, el equivocarse en la percepción de las personas, el no tener bien fijado el fin natural, no inventado ni impostado, hacia el que se ha de tender.

Cuando los de la Iglesia pierden el rumbo, la sociedad también, porque la misión de la Iglesia en el mundo es precisamente la de mostrar el sentido, la meta última, el horizonte definitivo de la humanidad. Mas «si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán en el hoyo» (Mateo 15,14).

Y no es cosa de discursos grandilocuentes ni de declaraciones proféticas o apocalípticas, porque suelen contener, como osarios con materia putrefacta, mucha falsedad, sino de pureza y rectitud de intenciones, sazonadas con la humildad. En el número V de “Coros de la Roca”, Thomas Stearns Eliot escribe: «Oh, Señor, líbrame del hombre de excelente intención e impuro corazón: porque el corazón es engañoso sobre todas las cosas y desesperadamente perverso». Pureza de corazón es lo que se requiere y exige, porque es en éste en donde se halla el epicentro que todo lo dinamiza para bien o para mal.

«Dichosos los limpios de corazón» (Mateo 5,8), proclamó Jesús. Y dijo también que «lo que sale de dentro es lo que hace impuro. Porque del corazón salen los pensamientos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y son las que hacen impuro» (Marcos 7,20-23). Así que corazones puros serán los que regeneren, con su trabajo, ilusión y entrega, el tejido social. Y verán a Dios (Mateo 5,8).

Y otra cosa: Que nadie se extrañe de la desmemoria y del adanismo creciente en la sociedad, en la que se están desliendo los tradicionales anclajes en el pasado, porque ese es un reflejo igualmente de los graves y preocupantes niveles de paramnesia a los que están llegando los de la Iglesia. Y ésta, no se olvide, además de santa, es también la comunidad de la “anámnesis”, es decir, de la memoria grata, del recuerdo agradecido y de la eucaristía.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 27 de agosto de 2023, p. 33

Pontificando desde la cátedra de la Iglesia

Un magnate apropiándose de los símbolos. Total para decir una irrelevancia. Y todos embobados escuchando.

  • La Nueva España, 22 Aug 2023, Ángel Cabranes
Alejandro Irarragorri, durante su intervención en la santa cueva, ante jugadores y técnicos, con Laura Kalb, su mujer, y Andrés Fernández, capellán rojiblanco, atentos a sus palabras. |

Traje gris, camisa clara y el gesto concentrado de siempre. Sin lugar a la euforia por el último y rotundo triunfo, Alejandro Irarragorri hizo balance del inicio de la temporada del Sporting tras la visita a la Santa Cueva. «Tuvimos golpes duros, pero también aprendizajes. Así se crece y se fortalece. Nos veo hoy con una posibilidad de revancha importante en esta temporada», señaló el presidente rojiblanco, sin querer adelantarse al derbi, ya a la vuelta de la esquina, ni mucho menos a si el conjunto gijonés optará a final de temporada a estar en la zona alta de la tabla. Sí dejó la puerta abierta a la llegada de un delantero. «Haremos un esfuerzo», confesó en relación a las llegadas en estos últimos días de mercado.

El párroco ni aparece en la foto

Una actividad muy de nuestros tiempos: ocupar la iglesia para cosas que no son de la iglesia. Y los políticos plantados en medio.

Premio del coro de Lastres a la emoción por Colunga
  • El Comercio (Oviedo), 20 Aug 2023
El embajador, tras el reconocimiento del Coro Manín.

El coro marinero de Lastres entregó ayer su premio «Manín de Honor 2023» al diplomático colungués. La formación musical quiso así reconocer «sus méritos en la gestión y presidencia de la Asociación de Amigos del Concejo de Colunga». Jorge Hevia recibía el galardón «muy emocionado» y arropado por su familia, que, como él, no perdona los veranos en Colunga.

Insisto: Las iglesias no son para esto

¿Permitiría el alcalde que el párroco celebrase una Misa en el Salón de plenos del Ayuntamiento? ¿Es una iglesia el salón de actos de una asociación? Lo primero, seguro que no. Lo segundo, se ve que sí.

Jorge Hevia, «Manín de honor»: «Este es un premio para los Amigos de Colunga»
La entrega del galardón se enmarcó en las fiestas de San Roque de Lastres, que hoy celebra la procesión y la quema del «xigante»
  • La Nueva España (Oviedo), 20 Aug 2023, Sara Arias Lastres (Colunga)
Jorge Hevia, a la izquierda, recibe el galardón de manos del alcalde de Colunga, José Ángel Toyos, en presencia de los integrantes del Coro Manín. |

El presidente de la Asociación de Amigos del Concejo de Colunga, Jorge Hevia, recibió ayer con gran emoción en Lastres el premio «Manín de honor» de este año. Fue en el marco de las fiestas de San Roque de la localidad. El galardón, entregado por el alcalde, José Ángel Toyos, en el transcurso de un acto que tuvo lugar en la iglesia de Santa María de Sábada, pretende reconocer el «trabajo, esfuerzo y compromiso» del colectivo que dirige Hevia, quien subrayó que se trata de un premio para toda la Asociación de Amigos del Concejo de Colunga.

Además, el galardonado destacó la «sincera emoción» que le produjo el hecho de que la distinción se haya entregado en la iglesia de Lastres. «No puedo olvidar esas mañanas de domingo, cuando me acercaba con mi padre a las misas de diez», rememoró.

La ceremonia, que concluyó con un concierto del Coro Manín, supuso el acto central del programa festivo del día, abierto por la mañana con el tradicional «chupinazo».

Bud y Terence

Hay una cadena de televisión que va pasando en estos días del verano las películas, una a una, de Bud Spencer y Terence Hill, protagonistas de aquel film que los hizo famosos: “Le llamaban Trinidad”.

El napolitano Bud Spencer, el fuerte, se llamaba en realidad Carlo Pedersoli (1929-2016), pero adoptó el nombre artístico con el que se le conoce debido a la admiración que le profesaba a Spencer Tracy, su actor favorito, y por la cerveza Budweiser, que tanto le gustaba. De aquí lo de Bud Spencer.

Tenía estudios de Derecho, Química y Sociología, participó como nadador en dos olimpiadas y en numerosas competiciones, en las que obtuvo importantes victorias, y se desenvolvía bien en varios idiomas. Era un hombre de fe: «Soy católico. He comprendido que, sin Dios, el hombre no es nada». Leí en alguna parte que incluso emprendió un negocio para la atención del turismo religioso.

En la medida en que fue haciéndose mayor, la fe cristiana llegó a ser el centro de su vida y la más sólida fortaleza ante la muerte: «Creo que en realidad uno no muere y que nuestra alma está viva después de dejar la tierra. Estoy seguro de que la vida continúa. Entre tanto, afrontaré la muerte con dignidad. Y con la misma dignidad afrontaré el juicio de Dios».

Cuando falleció, en 2016, la misa exequial se celebró en Roma, en la “Iglesia de los artistas”, en “Piazza del Popolo”, presidida por don Walter Insero, rector del templo. Al final de la ceremonia se leyó la “Oración de los artistas”, que comienza así:

«Señor de la belleza, omnipotente creador de todas las cosas, tú que has plasmado las creaturas imprimiendo en ellas la impronta admirable de tu gloria, tú que has iluminado lo íntimo de cada persona con la luz de tu rostro, vuelve hacia nosotros tu mirada y ten piedad de nosotros, de nuestra debilidad, de nuestra pobreza; vuelve tus ojos hacia nuestro trabajo, nuestras fatigas de cada día. Míranos, somos los artistas, tus artistas».

En cuanto al veneciano Terence Hill, su compañero de cabello claro y ojos azules, cuyo nombre de verdad es Mario Girotti (1939-), es hijo de emigrantes en Alemania y padeció de niño los bombardeos de Dresde, sobreviviendo a éstos por puro milagro. Cursó estudios universitarios de Literatura clásica. En una cadena de televisión están pasando también, en estos días, la serie “Don Matteo”, en la que hace de sacerdote investigador de crímenes cometidos en su entorno. Como el Padre Brown.

Para Terence Hill fue muy importante la lectura del libro “Cartas del desierto”, de Carlo Carretto (1910-1988), al que hace referencia en la película que dirigió y protagonizó en el desierto de Almería: “My name is Thomas” (2018). Fue precisamente en esta provincia española en donde Terence Hill conoció a Bud Spencer y en donde recibió, mientras buscaba lugares para el rodaje, la noticia de su muerte.

El libro de Carretto, un clásico de la literatura del desierto, es de 1968. Su autor perteneció a la familia espiritual de Charles de Foucauld: en la Fraternidad de los Pequeños Hermanos de Jesús, primero, y en la de los Hermanos del Evangelio, después. Tras haber pasado varios años en el Sáhara regresó a Italia y se instaló en un monasterio abandonado de Perugia, creando allí un centro de hospitalidad y oración. Se llama “Casa San Girolamo”.

En “Cartas del desierto” refiere cómo fue su conversión a los 18 años, siendo maestro de un pueblo. Acudió a los sermones de una misión parroquial, que le parecieron aburridos y anacrónicos. Pero le dio por acercarse a confesar con el predicador. Y en ese momento cambió su vida. Se entregó por completo a la Acción católica. Hasta que, después de dos experiencias religiosas muy fuertes, se hizo contemplativo del desierto.

Pues todo esto fue lo que dejó fascinado a Terence Hill, que leyó, en los años 80, cuando vivía en América, “Cartas del desierto” por sugerencia de su mujer. El actor encontró en el libro «palabras muy profundas, parecen las de san Francisco, ideales para aquellos que –como yo- tienen sed de espiritualidad».

Mas, ¡ay!, lo que son los caminos del Señor. Yo leí ese libro hace cuarenta y cinco años en el Seminario. No le saqué nada de jugo. Lo tengo desde entonces en la estantería y no miré más para él. Sin embargo, he vuelto a leerlo sólo por tratar de averiguar qué fue lo que cautivó a ese actor que, con su compañero, en las películas, come de platos llenos a rebosar y reparte mamporros a diestro y siniestro, sin que nadie salga muerto.

Y claro que he encontrado vetas de vida interior. Me lo ha servido en bandeja un actor de cine, Terence Hill, que se fue a la región de Tabernas, en Almería, para revivir allí, sobre una moto, la experiencia de Carretto. En mi caso, pienso que era necesario que hubiesen transcurrido cuatro décadas de existencia personal para entender lo que el contemplativo en el Sáhara, Carlo Carretto, quería decirme. Al igual que le sucedió a Israel, que tuvo que caminar durante cuarenta años por el desierto para crecer en madurez, en comprensión y en libertad. Y es que Dios, al final, sigue esperándonos en nuestros orígenes.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 20 de agosto de 2023, p. 26

Maritain

En una sesión estival de ordenación de la biblioteca, al abrir una caja precintada y arrumbada junto a otras, en las que se contenían libros también, tras un traslado domiciliario de hace doce años, han aparecido dos obras que compré por unas monedas, a finales de la década de los ochenta, en el Centro “Cerfaux-Lefort” de la Universidad Católica de Lovaina, en el que se venden por poquísimo dinero las obras que se desechan, de entre los legados que recibe esa prestigiosa institución académica, por figurar ya en los fondos de la biblioteca.

Se trata de “Le Paysan de la Garonne”, de Jacques Maritain (1882-1973), y “Les grandes amitiés”, de Raïssa Oumançoff (1883-1960), su esposa. Han salido de la penumbra a la luz para saludarme en este quincuagésimo aniversario del fallecimiento de Maritain, uno de los más grandes pensadores cristianos del siglo XX. Hoy, por desgracia, poco leído, aunque se dice que existe una cierta “Maritain-Renaissance”.

Jacques Maritain procedía de una familia liberal, republicana, culta y protestante. Desde muy joven se sintió atraído por el socialismo y la revolución, pero no acababan de satisfacerlo plenamente ni lo uno ni la otra porque le parecía que a la actividad social y política le faltaban principios, cuerpo y voluntad de verdad.

Fue precisamente esa búsqueda de la verdad la que lo condujo a establecer un vínculo irrompible con una emigrante rusa, judía, que frecuentaba, como él, la universidad parisina de La Sorbona: Raïssa Oumançoff, con la que luego se casó.

Se enrolaron juntos en el estudio de los pensadores que mejor podían ayudarlos en su propósito de adentrarse y crecer en la verdad, y tras mucho afanarse y entusiasmarse con las obras de diversos autores, fueron a dar con Henri Bergson (1859-1941), quien les abrió la vía hacia el conocimiento de lo real y de lo absoluto.

Mas no sería Bergson, sino un literato asceta, Léon Bloy (1846-1917), el que habría de llevar a la joven pareja a la fe cristiana, al bautismo y a la Iglesia católica, hallando así las respuestas que anhelaban satisfacer ante sus existenciales y acuciantes preguntas. Entendieron, a la par que se convirtieron a Cristo, que era éste, y nadie más, quien daba unidad y sentido a sus vidas de buscadores de la verdad.

Con la conversión y el bautismo, Maritain aparcó la Filosofía por considerarla incompatible con la fe. Hasta que un dominico, Humbert Clérissac (1864-1914), los invitó, a él y a Raïssa, a que leyeran la “Summa Theologiae” de Santo Tomás de Aquino (1225-1274). Fue un verdadero hallazgo. Hasta el punto de que Maritain volvió a dedicarse por entero a la Filosofía: «Experimenté entonces como una iluminación de la razón», confesó.

El matrimonio creó en torno a sí un círculo de amistades que encontraban, en su casa, un hogar pleno de calidez, inteligencia y fe cristiana. En Versalles, primero, y en Meudon, después. Filósofos, teólogos, literatos y pintores eran asiduos de aquella iglesia doméstica. Varios se convirtieron al catolicismo o retornaron a la fe. Raïssa dejó constancia de algunos de esos encuentros en el libro “Les grandes amitiés”. La clave de bóveda que sostenía aquel edificio era el dogma católico en el que convergían y del que irradiaban, como si fueran las nervaturas de una cúpula, la verdad, la razón y el amor.

De entre los nuevos amigos que Jacques Maritain fue haciendo por afinidades intelectuales, hubo uno del que no se puede no hacer mención: Giovanni Battista Montini (1897-1978), joven sacerdote bresciano, culto y espiritual, que trabajaba en el servicio diplomático de la Santa Sede y se sentía absolutamente cautivado e identificado con la cultura francesa.

A este sacerdote, que llegó a ocupar un alto cargo en la Curia romana y fue arzobispo de Milán, los cardenales que asistieron al cónclave de 1963 lo eligieron Papa y adoptó el nombre de Pablo VI. Montini y Maritain mantuvieron la amistad hasta el fallecimiento de éste en la casa de los “Hermanos de Jesús” (Nota: «Petits Frères de Jesus, fundados, en 1933, por René Voillaume para vivir según el espíritu de Charles de Foucauld), en Toulouse.

Y así como Maritain fue unos de los intelectuales que intervinieron, por encargo de la ONU, en la confección de la Declaración Universal de Derechos Humanos, de 1948, fue él quien tuvo la idea de que, así como hubo una confesión de fe emanada del concilio de Nicea, debería haber una proclamación del Credo tras la clausura del concilio Vaticano II. A Pablo VI le pareció bien la idea, avalada por el cardenal Charles Journet (1891-1974), y el Papa le confió a Maritain la redacción del “Credo del Pueblo de Dios”, que Pablo VI proclamó, con algunos retoques suyos, en 1968.

En 2025 se conmemorarán dos importantes hechos históricos y eclesiales: mil setecientos años de la celebración del concilio de Nicea y de la definición de su Símbolo de fe (325), y ochocientos del nacimiento de Santo Tomás de Aquino (1225). Hasta que llegue ese momento, la relectura de las obras de Jacques Maritain puede ser, ya desde ahora, un estupendo preámbulo para una fructuosa celebración de esos dos trascendentales acontecimientos.

Jorge J. Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 13 de agosto de 2023, p. 27

Misa sobre el mundo

Hace cien años que el jesuita Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955) ofreció en Ordos (Mongolia), la “Misa sobre el mundo”. Fue en la mañana del 6 de agosto de 1923. No disponía de pan ni de vino para el sacrificio eucarístico, por eso la celebró con la fórmula oral que conocemos gracias a sus notas.

Ya le había sucedido lo mismo en los bosques que bordean el río Aisne, durante la Primera Guerra Mundial: «Yo que hoy no tengo, Señor, yo que soy vuestro sacerdote, ni pan, ni vino, ni altar, voy a extender mis manos sobre la totalidad del Universo y a tomar su inmensidad como materia de mi sacrificio».

Para conmemorar aquella elevación, en Asia, hace un siglo, del padre Teilhard de Chardin, también yo celebraré esta mañana del 6 de agosto de 2023, fiesta de la Transfiguración de Jesucristo, “Mi Misa sobre el mundo” en una de las cimas de nuestras montañas astures, con este texto de ofrenda que he compuesto:

«Yo, sacerdote tuyo, en mi alma inmortal, abierta al infinito, alma que es ahora patena y cáliz, te presento en esta altura en la que me hallo, Santísima Trinidad, la inmensidad, en todas sus formas, de la materia, constituida por átomos disgregados a los que tú confieres entidad, grandeza, permanencia y unidad.

Y no sólo la materia que, en este instante sublime, se extiende visible, en su arrobadora belleza, ante mis ojos, sino también los elementos invisibles que componen el inabarcable e incomprensible, aunque finito, universo. Ignoro cuáles puedan ser, de esos elementos, en su totalidad inaprensible, la naturaleza y las propiedades.

Recojo y te presento como oblación, ejerciendo el sacerdotal ministerio de mediación e intercesión que me confiaste, la oración que el cosmos eleva sin interrupción hacia ti, Dios Padre, su Creador, que has hecho todo cuanto existe por tu Verbo e Hijo Unigénito, Jesucristo, igual a ti en la divinidad, que nació en nuestra carne mortal, cuando llegó el tiempo establecido, de María siempre Virgen.

Todo lo has hecho por medio de Él y para Él, que vive eternamente unido a ti y al Espíritu Santo, Dios igualmente y Santificador, al que ahora invoco en epíclesis sobre la realidad que avisto y la que no, para que sea subsumida en la Carne de Cristo cual especie de pan que la Iglesia te presenta, y yo en ella, Dios Padre, para la transustanciación eucarística: “ut Corpus fiat Domini nostri Iesu Christi”.

Te presento la vida que, en el día de hoy, germinará, crecerá, se multiplicará, florecerá y morirá sobre la faz de la tierra, así como las penas, estrecheces, miedos, oscuridades, incertidumbres, soledades, trabajos, dolencias, fatigas, adversidades, naufragios, decaimientos, desencantos, desilusiones, derrotas, frustraciones, retrocesos y sufrimientos de la humanidad entera.

Pongo ante ti a las personas de ayer, hoy y mañana, a todas y a cada una en su individualidad y singularidad, especialmente a las que lloran, a las que desesperan, a las que les cuesta amar y perdonar, a las que no tienen quien las sostenga. Une este vino, el de sus vidas, las nuestras, que mana del lagar de la existencia, al que ha de ser, transustanciado eucarísticamente, por mi palabra y tu poder, Sangre de Cristo: “ut Sanguis fiat Domini nostri Iesu Christi”.

Emulsiónalo todo en ti, divina Trinidad, para que sea en sí, al igual que tú, unidad y distinción. Todo viene de ti y todo tiende y se mueve hacia ti, siendo Cristo, Cabeza de todo, el que le da consistencia, cuerpo y gloria.

Recibe, Dios Uno y Trino, a través de mi servicio sacerdotal, la oblación espiritual de cuantos, deseándolo, les será imposible asistir hoy a Misa. También la de quienes, si te conocieran, desearían asistir y que, aun sin tener consciencia de ello, se hacen a sí mismos, a su manera, ofrenda viva para ti.

Descienda sobre unos y otros, por este mi humilde servicio, tu amor, tu gracia, tu paz, tu perdón y tu vida divina. Los llevaré en espíritu a la Misa que luego celebraré sobre el altar de la iglesia, sacramento en el cual, al pronunciar las palabras “Hoc est enim Corpus meum” e “Hic est Calix Sanguinis mei”, siempre acontece el sobrenatural misterio de la consagración de las especies de pan y de vino en verdadero Cuerpo y verdadera Sangre de Cristo.

Y también del mundo -sus realidades y procesos-, que, como toda la creación, gime, siente dolores de parto y suspira por verse liberado de la servidumbre de la corrupción para participar en la libertad de la gloria de los hijos de Dios.

Per Christum, et cum ipso, et in ipso. Amén».

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 6 de agosto de 2023, p. 27

Gamoniteiru (Sierra del Aramo, 1.791 metros de altitud, Asturias), al alba del domingo 6 de agosto de 2023, fiesta de la Transfiguración del Señor, recordando la Misa sobre el mundo de Teilhard de Chardin en 1923.

Ignatieff y los salmos

En septiembre de 2017, en el Festival de Música Antigua de Utrecht, hubo varios conciertos en los que cuatro grupos musicales de gran renombre (Nederlands Kamerkoor, The Tallis Scholars, Det Norske Solistkor y The Choir of Trinity Wall Street) se distribuyeron el canto de los 150 salmos de la Biblia.

¿Por qué los salmos? Porque, según los organizadores, son la fuente literaria más importante para la música coral de los últimos mil años. Sin embargo, no se pensó en los salmos por su naturaleza religiosa, sino porque son un espejo de la humanidad doliente, oprimida, vejada y perseguida, al igual que cuando se compusieron hace siglos.

En aquellos días de septiembre de 2017 hubo también dos conferencias que complementaron el programa musical. Uno de los intervinientes fue Michael Ignatieff, ensayista y político canadiense, al que le pidieron que disertara sobre la justicia y la política en los salmos, argumento acerca del cual no tenía la menor idea: «Yo apenas sabía nada de ellos, pero acepté el encargo diciéndome que tenía tiempo de estudiarlos, lo que hice durante un verano, a partir de la versión oficial anglicana del rey Jacobo (1611)». Se declara, además, no creyente.

Después de haber pronunciado la conferencia, Ignatieff y Zsuzsanna Zsohar, su mujer, se sentaron entre el auditorio para escuchar el canto de los salmos, cuya letra podían leer en una gran pantalla colocada en la sala. Y sucedió entonces esto:

«La música era hermosa; las palabras, resonantes, y la experiencia me produjo un efecto catártico que he tratado de entender desde entonces. Fui a pronunciar una conferencia sobre justicia y política, pero encontré consuelo: en las palabras, la música y las lágrimas de reconocimiento del público», confiesa en el libro que acaba de publicar: “En busca de consuelo. Vivir con esperanza en tiempos oscuros”.

¿Cómo fue posible, se pregunta aún Ignatieff, que unos textos tan antiguos produjesen tal impacto en él y en algunas de las personas que se hallaban en la sala de conciertos de Utrecht? ¿Cómo pudo el antiguo lenguaje religioso de los salmos haberlo hechizado de aquella manera, sigue preguntándose, a él, que no es creyente?

Ignatieff anduvo, para entender lo que le sucedió, dando vueltas de aquí para allá, aunque, creo yo, con un exiguo resultado, porque no ha sido capaz de reconocer que lo que realmente aconteció fue que él y los circunstantes llegaron hasta el umbral de la fe. Como le sucedió a Paul Claudel mientras escuchaba el canto del Magníficat en la catedral de Notre-Dame de París, sólo que el escritor francés dio un paso hacia adelante:

“Yo estaba de pie entre la muchedumbre, cerca de la segunda columna, a la entrada del coro, a la derecha, del lado de la sacristía. Entonces fue cuando se produjo el acontecimiento que ha dominado toda mi vida. En un instante mi corazón fue tocado y creí”.

No es cosa de decírselo a Ignatieff, porque tal vez no le guste oírlo, pero lo que experimentó mientras escuchaba los salmos fue el poder de la Palabra de Dios, que «es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo; penetra hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y tuétanos; juzga los deseos e intenciones del corazón» (Hebreos 4,12). Y tampoco es cosa de advertirle de que, si vuelve a darse el caso, acabará por traspasar el umbral, como Claudel.

Jorge J. Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 30 de julio de 2023, p. 38