Adviento es tiempo de esperanza. Y necesitamos ver signos de esperanza también en la Iglesia. Los hay. Cada día, un conferenciante distinto hablará de un signo diferente, que será como una estrella brillante en la oscuridad de la noche, que nos ilumine y nos alegre en nuestro caminar hacia el alba de un nuevo día en la nueva creación obrada por Dios en Cristo.
Hace cien años que fue instituida la “Comisión Permanente para la Tutela de los Monumentos Históricos y Artísticos de la Santa Sede” (1923). A ella le corresponde emitir el parecer acerca de los proyectos de restauración y conservación de los edificios de interés artístico, histórico, arqueológico y paisajístico del Vaticano o de otros lugares que sean propiedad de la Santa Sede.
Se encarga también de supervisar, siempre y sólo respecto al conjunto de los bienes de la Santa Sede, la construcción, renovación o demolición de inmuebles, así como de mejorar las instalaciones de los museos o lugares que requieran particular atención en el tratamiento por su importancia, y de dar el visto bueno a los préstamos de obras de arte y de bienes móviles que gocen de universal aprecio por su especial valor cultural.
En estos cien años se construyeron, bajo la tutela de la Comisión, el palacio del Governorato, la estación del tren de San Pedro, el palacio del Tribunal, el acceso a los Museos, con la imponente rampa helicoidal; el cuartel de la Guardia Suiza, el portón de Santa Ana, las Postas Vaticanas, la Sala Nervi, la Domus Sanctae Marthae, por señalar solamente algunas de las obras más relevantes.
Con motivo de la celebración de este centésimo aniversario, el Papa ha dirigido un mensaje al Presidente de la Comisión, profesor Francesco Buranelli, en el que recapitula lo mucho que ha hecho la Santa Sede en la protección de los bienes culturales de la Iglesia desde la Edad Media, siendo ella la primera que se dotó de un estatuto jurídico para la salvaguarda de tan preciados tesoros de la cultura. Ese estatuto fue el que adoptaron posteriormente todos los estados modernos a la hora de legislar sobre la protección, el estudio, la catalogación, el disfrute o la prohibición de enajenar o exportar bienes culturales.
Francisco evocó en su misiva una expresión de Pablo VI, en un discurso que dirigió a los archiveros de la Iglesia en 1963, que es realmente significativa: “Transitus Domini”, refiriéndose con ella a la importancia que se ha de otorgar a los documentos de los archivos eclesiásticos, en los que va quedando reflejado el paso, el tránsito, de Dios por nuestra historia. De ahí el que, decía el Papa Montini, guardar, cuidar y legar a las generaciones venideras los papeles que se custodian en los archivos sea una forma de dar culto a Cristo.
En un mensaje que Francisco nos dirigió a los participantes en el congreso “Dio non abita più qui? Dismissione di luoghi di culto e gestione integrata del beni culturali ecclesiastici”, organizado por el Pontificio Consejo de la Cultura en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, en noviembre de 2018, retomó la expresión “Transitus Domini” y agrupó en ella a todos los bienes culturales de la Iglesia: también éstos, al igual que los documentos de los archivos, «narran» el paso de Dios por nuestro mundo.
Y, si se trata de una iglesia desacralizada, ya pueden poner en ella un supermercado, una hamburguesería, una discoteca o un salón de actos para eventos de tipo político o cultural, que siempre permanecerá impresa en ella la marca del “transitus Domini”. Y quienes desarrollen en ella actividades ajenas y extrañas a la naturaleza propia, específica e irreemplazable del edificio serán siempre “okupas”, aunque posean el título de propiedad.
De aquí el que los edificios y objetos sagrados, los documentos que emanan de la actividad teologal, jurídica, administrativa y pastoral de la Iglesia, los instrumentos que son de uso en el día a día de una parroquia o de una comunidad cristiana para servicio de la fe y de la caridad, hayan de ser tratadas con respeto y veneración, y si en verdad son, como dicen los papas, presencia de Cristo entre nosotros, también con temor reverencial: «Timeo enim Iesum transeuntem», dijo san Agustín en uno de sus sermones. Temo a Jesús cuando pasa.
Jorge Juan Fernández Sangrador
La Nueva España, domingo 26 de noviembre de 2023, p. 30
Cuando ya se pudo visitar, en casa, a la madre, que se llamaba Carmen, y a su bebé, después de la venida de éste al mundo en el hospital regional, Rosina, que era muy católica y amiga de la familia de toda la vida, fue de las primeras en ir a conocer a la criatura. En realidad, lo que pretendía era hacer una comprobación: verle los piececillos, para asegurarse de que no tenía pezuñas de macho cabrío.
Sin embargo, el crío llevaba tanta ropa encima que no había modo de cumplir aquel extraño deseo que tanto la inquietaba últimamente. Tal vez más de lo debido. Mirarle las orejas resultaba, en cambio, muy fácil. Y no eran, afortunadamente, puntiagudas como las de un sátiro.
No iba a pedirle a Carmen, la madre, que desvistiera al niño de pocos días para que le enseñara las diminutas extremidades inferiores, infundiendo así sospechas, pero, tras darle vueltas en la cabeza, Rosina pensó que lo mejor era regalarle unos patucos y que se los pusieran estando ella presente. Para probarlos. Por si había que devolverlos. Y así fue.
En efecto, al quitarle los que traía, y antes de ponerle los nuevos, quedó patente que el recién nacido tenía los piececillos como los de cualquier otro niño: rechonchitos, coloraditos, levemente violáceos en algunos puntos y con las plantas en paralelo a causa del arqueo de las piernecillas. Los deditos de la mano, también bien, sin apófisis ungueal ni nada por el estilo ¡Qué alivio!
El desasosiego de Rosina se debía a que la madre del bebé, Carmen, andaba diciendo por ahí, con tono reivindicativo, que ella era nieta de una de las brujas que no pudo quemar la Inquisición. Al proclamar semejante barbaridad, la puérpera estaba refiriéndose claramente a Lola, su abuela, que era como una hermana para Rosina. Ésta no había apreciado jamás, ni en Lola, ni en sus hijas, ni en sus nietas, ninguno de los rasgos que caracterizaban a las brujas de Zugarramurdi, en la película de Álex de la Iglesia, que había visto en la televisión. ¡Qué horror!
Rosina se puso a buscar similitudes entre las de la película y las de la familia de Lola, pero no las hallaba. Es más, Lola acudía a Misa los sábados por la tarde ¡Si hasta pasaba la bandeja! Era, hay que decirlo todo, moderna. Siempre lo fue. Avanzada para los tiempos, sí, pero muy formal y trabajadora. Como era igual de presumida que de joven, Lola iba, con una hija y la nieta confesamente bruja, a Pilates, pero no constaba que ninguna de las tres se subiese por las paredes ni que caminase, dicho vulgarmente, a cuatro patas por los techos, como las de la película.
Tampoco tenían una lengua larga, de iguana. Eso sí, la mamá del bebé, Carmen, había ido mucho a Navarra, fuera tiempo de sanfermines o no, antes de juntarse con Paco, el supuestamente padre del crío, ¡que vete tú a saber! Sin embargo, ahora que lo pensaba: ¿no habría ido a aquelarres en la cuevona de Zugarramurdi? Carmen comentó, además, en cierta ocasión, que cortejaba algo con uno de por allí. De Nafarroa, decía ella ¡A ver si era Lucifer! ¡A que concibió del demonio y se casó con Paco para disimular!
Rosina recordaba, de cuando era joven e iba al cine los domingos a las 8 de la tarde, la cara que puso Mia Farrow, protagonista de “La semilla del diablo”, de Roman Polanski, cuando vio al niño que había engendrado de Satanás a cambio del dinero que le soltaron al sinvergüenza de su marido unos siniestros vecinos que la narcotizaron para que el Príncipe de las tinieblas la inseminara. ¡Qué miedo! ¡Como para no asegurarse de que el biznieto de Lola, recién nacido, fuera cien por cien normal, oyendo lo que vociferaba por ahí la madre de la criatura acerca de sus antecedentes brujeriles!
El niño creció sano, pero sin recibir el bautismo. Tenía la misma cara y los mismos andares de Paco, el padre. Quedaba despejada así cualquier posible duda respecto a de quién era realmente el conducto por el que había salido escopetado el espermatozoide ganador de la carrera. Sin embargo, la idea de hacerlo hijo de la Iglesia estaba tan fuera de las mentes de sus padres, Carmen y Paco, como la de ir a celebrar a Jápeto, uno de los satélites de Saturno, el séptimo aniversario del su ajuntamiento, el de ambos dos, que no llegó a formalizarse nunca, ni sacramentalmente ante Dios ni legalmente ante un concejal.
Al niño le impusieron el nombre de Luis, Luisito, sin que mediara rito alguno: ni cristiano, ni druídico, ni apotropaico, ni ninguna de las diecisiete mil soserías iniciáticas con las que el laicismo desea, intenta y no puede reemplazar a la religión. Y lo matricularon, llegada la edad, en un colegio público, muy renombrado por enviar cartas a los padres con mensajes así de entrañables por Navidad: «En el colegio no estará permitido dibujar o colorear estrellas porque es un ejercicio que puede herir la sensibilidad de los niños y de las niñas». Incluidos los hijos y las hijas de familias cristianas practicantes.
En esa usina de deconstrucción de personas cesaba, en el tránsito del mes de octubre al de noviembre, toda actividad académica regular, para que los profesores y los infantes entregasen sus almas a las tenebrosas prácticas de Halloween en los días del termidor actual, ese que se han sacado de la manga los amantes del submundo: samain, que debe de significar algo así como «la mitad más oscura del año». Todo esto, a juicio de la dirección del colegio, no dejaba en las mentes de los niños y de las niñas aquel daño psicológico irreparable que les infligirían las luces alegres de la Navidad.
Los alumnos acudieron al aquelarre institucional con los atuendos más terroríficos que cupiera imaginar, aunque, a decir verdad, nunca antes se había visto de forma tan manifiesta aquello de que un niño vestido de Halloween es el más vivo y fidedigno retrato de sus padres. Se diría que el colegio se había convertido por unas horas en un círculo del infierno de la “Divina Comedia”, de Dante, si no fuera porque la celebración de Halloween era una solemne, tétrica y brutal payasada.
A Luisito lo vistieron de mayordomo terrorífico. O ese era el propósito inicial. A aquel chavalín, que pronto cumpliría siete años, le ensombrecieron el entorno de los ojos con potingues, le pusieron no sé qué por la cabeza para que pareciera calvo, como Nosferatu, y le colocaron una bandeja vacía sobre la palma de la mano derecha, como si fuera un sirviente de “Downton Abbey”. Y, para darle mayor tenebrosidad, le endosaron una toalla hecha una pelota a la espalda, bajo la ropa, para que pareciera una joroba y clavaron en ella un puñal de verdad. Le dio miedo hasta a uno de los profesores que habían promovido tan aberrante fiesta de la muerte.
Y de aquella guisa, con una bandeja vacía sobre, ora la palma de la mano derecha, ora la de la izquierda, igual que un camarero cuando regresa de la terraza a la barra, y un puñal en la espalda, tuvieron durante horas a la criaturita circulando por aulas y calles. Como las celebraciones de Halloween no son otra cosa más que ganas de fastidiar al catolicismo, Carmen y Paco no dejaron iglesia ni institución eclesial delante de la cual no hicieran una foto con el móvil al pequeño aprendiz de anticristo. Sólo por provocar.
Al pasar por delante de una tienda de libros y de objetos religiosos, Luisito reparó en que, en el escaparate, había una imagen de un niño sonriente, cubierto solamente con un trapito a la altura de la cintura. Tenía unas cosas de metal dorado detrás de la cabeza, parecidas a rayos de sol. De repente, el niño sonriente de la imagen en el escaparate le guiñó el ojo derecho. Y en aquel preciso instante se encendió en el interior de Luisito una luz, que, para él, criado en la oscuridad de las supersticiones del paganismo y del laicismo, era una sensación completamente nueva. Y le guiñó entonces, sonriente, bajo aquella costra infernal de la que lo habían revestido sus padres, el suyo, el derecho, al Niño Jesús del escaparate.
Nota: Este microrrelato es una ficción literaria. Cualquier similitud con personas o situaciones reales, o con aquelarres de Halloween tenidos en familias, colegios, incluso católicos, asociaciones vecinales, clubes, campos de iglesias o locales parroquiales es pura coincidencia.
Jorge Juan Fernández Sangrador
La Nueva España, domingo 19 de noviembre de 2023, pp. 22-23
… Mientras escuchaba el último movimiento de la Sinfonía nº 2 en do menor de Gustav Mahler, “Auferstehung” (Resurrección), el adolescente noruego, ateo, aunque bautizado en la confesión luterana, Erik Varden, experimentó la proximidad de Dios. «¡Resucitarás, sí, resucitarás, polvo mío, tras breve descanso! ¡Vida inmortal te dará quien te llamó!», canta el coro. «Oh, créelo: ¡No has nacido en vano! ¡No has sufrido en vano!», canta la soprano.
Erik fue recibido, tras un proceso de búsqueda y de clarificación de las ideas y de los sentimientos, en la Iglesia católica, ingresó en la abadía cisterciense de Mount Saint Bernard, en Leicestershire, en Inglaterra, y es actualmente el abad del monasterio. Ha publicado un libro de gran éxito, que está siendo traducido a diferentes lenguas. Se titula “The Shattering of Loneliness” (Cuando la soledad se hace añicos).
Y mientras recita, en el silencio de la noche, los salmos, durante el oficio litúrgico de Vigilias, a las 3,30 “ante meridiem”, aguardando la luz de la mañana, seguramente recuerda las últimas estrofas del libreto de la sinfonía de Mahler, que un día ya lejano escuchó conmovido, en las que el coro, la soprano y la contralto entrelazan sus voces para decir cantando: «Con alas que he conquistado, en ardiente afán de amor, ¡levantaré el vuelo hacia la luz que no ha alcanzado ningún ojo! ¡Moriré para vivir!». Y luego concluir: «¡Resucitarás, sí, resucitarás, corazón mío en un instante! Lo que ha latido, ¡habrá de llevarte a Dios!».
Jorge Juan Fernández Sangrador
Extracto del artículo «Resurrection Fest», publicado en La Nueva España, domingo 11 de agosto de 2019, p. 28
Erik Varden es hoy Obispo de Trondheim, en Noruega
Decía Paul Ricoeur que la bulimia de los medios y la atrofia de los fines es uno de los rasgos definitorios de nuestro tiempo. Tenemos a nuestra disposición una inmensidad de recursos instrumentales, que adquirimos y manipulamos con concupiscente voracidad, como nunca antes sucedió en la historia.
Mas no sabemos ni qué hacer con ellos a la larga ni para la prosecución de qué meta última cabría emplearlos, porque, en realidad, realizamos el viaje de nuestra existencia temporal con instrumentos, increíblemente sofisticados, que son como brújulas que no poseen la capacidad de indicar el norte hacia el que dirigirse.
Viene esto a colación después de haber asistido a un encuentro, en Covadonga, de los obispos, vicarios y arciprestes de la provincia eclesiástica de Oviedo, en el que el asunto principal de la reflexión conjunta fue la comunicación en la Iglesia desde tres vertientes: teologal, social e institucional.
No creo que exista una entidad en la que se haya invertido tanto tiempo y dinero en la implantación, mantenimiento y constante renovación de los medios que se requieren hoy para intentar establecer una más diáfana y extensa comunicación dentro de ella y con la sociedad como ha hecho la Iglesia.
Ya no son sólo las emisoras de radio, los periódicos, las revistas o las cadenas de televisión que tiene en todo el mundo, sino que, en las últimas décadas, ha creado por doquier, en sus universidades, punteras facultades de comunicación, de las que han egresado miles de periodistas.
Por otra parte, curas, monjas, religiosos, seminaristas y seglares muy implicados en las labores pastorales de las respectivas diócesis o congregaciones religiosas van de un continente a otro, por cientos, para matricularse en la inabarcable oferta de másteres, cursos y actividades formativas que se imparten en donde haya un dirigente que crea que lo que se haga en ese campo será siempre poco.
De aparatos, programas, posibilidades, aplicaciones, redes, vídeos, montajes, saben la tira. Luego no funciona nada. A los seis meses de su creación, queda ya obsoleta la página web que se instaló y pagó a un precio que cualquiera diría que el diseñador que la construyó era de la NASA.
Y venga a hacer cursillos para poder entender lo que debía ser entendible por sí mismo desde el principio. “Obscurum per obscurius, ignotus per ignotius”. O sea, ir hacia lo ininteligible por medio de lo que es más ininteligible todavía. Además, el aparato último modelo suele resultar notablemente peor que el anterior.
Se dice, para colmo, que el aprendizaje del uso de artilugios no es a base de metodología, sino de intuición. Es decir, a base de dar porrazos con los extremos de las garras contra teclados y pantallas. Muy humano, sí.
Para más inri, no hay reunión de programación y de revisión de lo que sea en la que alguien no se queje de las insuficiencias del sistema, o del emitente, o del contenido, o de la eficiencia. Hay que reconocer, no obstante, que no le falta razón, pues se avanza a una velocidad de vértigo en la actividad fabril de los soportes para la comunicación.
Y, sin embargo, te ves y te las deseas para encontrar quién esté dispuesto a rellenar un folio en blanco para salir a defender una idea en consonancia con las enseñanzas de la Iglesia en un periódico de amplia difusión regional o nacional.
¿En dónde están los miles de titulados por las facultades de comunicación de las universidades católicas? ¿en dónde los miles de inscritos en los innumerables másteres, cursos, cursillos, talleres y charlas online que se organizan sobre la faz de la tierra para cumplir con el mandato que nos ha dejado Cristo de anunciar el Evangelio al mundo? ¿en dónde los que dan lecciones de cómo se debe hacer?
Salvo contadas excepciones, que sí comparecen por escrito, en los medios, ni rastro del resto. A lo más que llegan es a ser correas de transmisión, llevando noticias de acá para allá, sin creatividad ni producción de pensamiento. O a enviar un tuit o un post. Son los aficionados, sin trayectoria mediática, quienes están haciendo ese trabajo que debieran realizar quienes se prepararon expresamente para salir con competencia a la palestra en la que se exponen las ideas, en la que éstas se debaten y en la que se muestra la belleza de aquello en lo que se cree.
Lo lamentable es que no se escribe porque, primero, requiere tiempo, preparación y sacrificio; segundo, no se sabe escribir porque o no se lee o se lee cualquier cosa; tercero, no hay convicciones bien asentadas e impelentes. Falta “orghé”, ardor, pasión impetuosa.
Y, cuarto, y más dramático, es porque no hay un plan, ni un objetivo, ni un ideal, ni una meta última que uno se haya trazado y en la que crea hasta el punto de estar dispuesto a verter por ella la última gota de su sangre y de la tinta de su bolígrafo.
En resumen, que vivimos ciertamente en una época de profusión de instrumentos e inanidad de pensamiento original, en la que la bulimia de los medios corresponde la atrofia de los fines, como aseveraba Paul Ricoeur.
Jorge Juan Fernández Sangrador
La Nueva España, domingo 12 de noviembre de 2023, p. 26
Tras vencer a los judíos acaudillados por Bar Kokhba, el emperador Adriano, a la par que demolía Jerusalén para trazar una nueva planta urbana, le impuso, en el año 135 d.C., el nombre de Aelia Capitolina. Pretendía, de este modo, soterrar once siglos de historia.
Y con el fin de erradicar el concepto judaísmo, así como todas sus derivaciones, mandó que la provincia de Judea pasara a denominarse Palaestina. A sabiendas de lo que ello significaba, el sucesor de Trajano recuperaba, vertido al latín, el antiguo topónimo peleset, es decir, Filistea, cuyos moradores eran, según cuentan los libros bíblicos de Jueces y Samuel, enemigos acérrimos de Israel.
Filistea era el nombre por el que se designaba, antes del período helenístico, a la Sefelah, una llanura que se extiende desde Jaffa hasta wadi Gazzah. En ella se alzaban las ciudades de Gat, Eqron, Ascalón, Asdod y Gaza. Ésta, fundada probablemente en el Bronce Reciente I, fue, antes que filistea, egipcia. Se llamaba entonces Hazattu y sólo queda de ella lo que pueda haber en los estratos más profundos de Tell Haruba.
Cuando los llamados pueblos del mar se instalaron en la región, Gaza dejó de ser egipcia para convertirse en filistea. En ella tuvo lugar la hazaña épica de Sansón, quien, con su proverbial fuerza, destruyó el templo dedicado al dios Dagón.
Charnela entre dos continentes, Gaza se vio afectada por los regímenes políticos que, a lo largo de los siglos, se sucedieron en el Próximo y Medio Oriente: desde el del Egipto faraónico hasta el de la reciente Autonomía Palestina.
Y el conflicto que actualmente atormenta aquella franja y su entorno es deudor en buena parte de una historia azarosa que arranca de hechos acaecidos durante el segundo milenio antes de Jesucristo.
Era uno de esos curas que llevan un anillo descomunal en el dedo anular de la mano derecha. De primeras pensó en ponérselo en el meñique, como el rey Juan Carlos o como Carlos de Inglaterra. Si lo traían ellos sería porque eso era lo propio de la realeza y le daría al cura la prestancia que él deseaba alcanzar a ojos de la gente.
No se daba cuenta de lo llamativos, vulgares y repulsivos que eran sus continuados intentos de desclasamiento, ya desde el primer día después de la ordenación sacerdotal, respecto al estatus social de su familia: modesta, trabajadora y abnegada. Era como para sentirse extremadamente orgulloso de ella. Pero no: él hubiera elegido para nacer otra bien distinta, de alcurnia, como una de esas entre las cuales se pasaba los mediodías, las tardes y las noches.
Y un día, yendo para la Misa de la tarde, nada más hollar con sus presbiterales plantas el atrio de la iglesia, una feligresa le espetó: «¡Uy, el anillo en el meñique, como Elton John!». Al cura no le gustó la comparación y despachó a la señora con un ademán despectivo. Sólo faltaba que ahora se le ocurriese a alguien, en la comunidad parroquial, establecer otras concomitancias con el cantante inglés. Eso sí que no. Al dedo, pues, anular.
En la Misa, durante el ofertorio y la consagración, la mano derecha del cura, con el anillo, se movía sobre los paños sagrados con agilidad asombrosa, a la par que con solemnidad. Parecía que se hubiese desprendido del antebrazo, como esa que circula autónomamente en las películas de la familia Addams. ¡Qué destellos, qué fulgor, qué reverberaciones las del anillo del cura, especialmente al alzar la patena y el cáliz! La feligresía no dejaba de tener la joya ante sus ojos ni un solo instante. ¡Si había de girar, que fuese el mundo el que girase en torno al eje del dedo anular, ceñido por la pieza de orfebrería! ¡Éste, el dedo, desde luego, con la alhaja, estaría en todo momento visible “coram populo”!
En una peregrinación de la parroquia a Roma, el cura y los feligreses asistieron a una audiencia papal en la Plaza de San Pedro. Los acomodaron, gracias a influencias de conseguidores, en la segunda fila. Era tal la proximidad al estrado sobre el que el Vicario de Cristo leía su discurso, que un prelado de la Casa Pontifica apreció, desde el puesto preeminente en el que se encontraba, un destello provocado por un rayo de sol en la bruñida superficie del anillo del cura. «Obispo no me parece que sea, se dijo el monseñor para sus adentros, aunque, por lo que abulta el anillo, bien podría serlo». Envió a un emisario a preguntar. Cuando se aclaró el asunto, uno de los encargados de velar por el estricto cumplimiento de todos los requisitos exigidos por el ceremonial del Vaticano pidió al cura que se lo quitase del dedo antes de extender la mano hacia el Santo Padre, no fuera que éste, al verlo, le diese, en virtud del colegueo episcopal, un ósculo fraterno en vez de la bendición apostólica.
Más violento fue lo que sucedió durante la comida con la que se clausuraba la Santa Visita Pastoral al arciprestazgo en el que se encontraba la parroquia del cura del anillo. Se hallaba presente, como era lógico, el Señor Obispo. Un camarero que se las daba de entender de protocolo fue designado para servir exclusivamente la mesa en la que comían y charlaban animadamente el Señor Obispo, el cura del que nos estamos ocupando y los sacerdotes del arciprestazgo. Y enseguida se hizo patente que, para el camarero, el cura del anillo, por cómo lo lucía, era el de más alto rango en la mesa: al inclinarse le susurraba cálidas confidencias al oído, era al primero al que le servía las viandas y le recogía reverentemente la servilleta si se le caía al suelo.
Al Señor Obispo, en cambio, ni caso. Éste hacía como que no le importaba la preterición a la que continuamente se veía sometido por el camarero gentil, pero, en su interior, la bilis se revolvía como la leche dentro de una mantequera en una cabaña de un pastor de Los Beyos. ¡Quién le habría mandado a él –se reconcomía por dentro el Señor Obispo- ponerse un anillo de los que llaman del concilio, cuando la ordenación episcopal, para representar esa elegancia que dicen que emana de la sencillez! Ahora, por ganas, se habría ceñido uno de garras de dragón o un protector de uñas bien puntiagudo, como aquellos con los que las revestían, tiempo atrás, los potentados manchúes. Mas ¿qué otra cosa cabía hacer en ese momento que no fuera el tratar de contener estoicamente el furibundo pronto?
La que no se contuvo fue la señora que comparó al cura con Elton John. Nada más llegar a casa le refirió a su marido lo ocurrido en el atrio de la iglesia parroquial. El cónyuge era militar y participaba de esa idea bastante difundida de que la Iglesia tiene de autoridad jerárquica lo que Putin de pacifista, porque le parecía a él que cada uno hacía, en la Santa Viña del Señor, lo que le daba la gana, sin que nadie les dijese nada a los que actuaban indebidamente por libre, entre los que figuraban, por ejemplo, los curas que traían anillo, cosa que no le gustaba ni un pelo porque entendía que su uso estaba reservado a obispos y a abades.
Y si no se lo decía el Señor Obispo al cura, lo haría él. Y se plantó en la casa rectoral. En cuanto acabó de explicarle al cura el porqué de su visita, le lanzó, como colofón, esta pregunta: «Si, en el ejército, un sargento sale a la calle con la estrella de comandante cosida en el uniforme, los mandos superiores, además de llamarle bobo, lo reprenden, lo sancionan con una multa y lo condenan a arresto durante varios días, ¿qué está legislado en la Iglesia que se haga cuando alguien exhibe insignias que no corresponden a su grado, sino a uno superior en el orden jerárquico, provocando, además, con esa suplantación, confusión en la gente? Como lo de que los curas lleven anillos de obispos».
No le dijo que también encontraba anormal el que, siendo el aro fino en el dedo anular un signo de la alianza matrimonial, hubiera curas que llevaran, siendo célibes, un aro de casados. Prefirió dejarlo para otra ocasión. El cura, mirando de hito en hito al cabreado visitante, decidió sacudírselo de encima cuanto antes dándole algunas vagas explicaciones: que no era un anillo de obispo, que se lo habían regalado, que si patatín, que si patatán. En fin, que salió como pudo del aquel inesperado consejo de guerra y, cuando el militar, musitando no se sabe qué entre dientes, se fue de la casa rectoral, al cura le vino de repente este pensamiento: «¡Hombre, ponerme, como el sargento, una estrella de comandante en el ojal de la solapa de la americana o cosida en la sotana, no; pero una cruz pectoral, como la del Señor Obispo, con una buena cadena, sobre la camisa de clergyman, e incluso sobre la talar, bien visible, igual sí!»
Nota: Este microrrelato es ficción literaria. Cualquier parecido con personas o situaciones reales es pura coincidencia.
Jorge Juan Fernández Sangrador
La Nueva España, domingo 5 de noviembre de 2023, pp. 26-27
Ya han puesto fecha para la apertura, concluidas las obras de reparación llevadas a cabo tras el incendio de 2019, de Notre-Dame de París: el 8 de diciembre de 2024, solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María.
Con este motivo, la Iglesia Católica en Francia dedicará los próximos meses a reflexionar sobre el estado del patrimonio religioso del país, que se eleva a cien mil edificios. Sesenta mil están en manos de particulares, de congregaciones religiosas y de entidades escolares y hospitalarias, y cuarenta mil en las de los ayuntamientos. De las diócesis son solamente dos mil. Las catedrales son del Estado.
El desinterés ante el decaimiento del patrimonio religioso por parte del Estado es de tales dimensiones que, para hacer frente a las críticas que se publican diariamente en los medios de comunicación social contra la gestión patrimonial del Gobierno francés, el presidente Emmanuel Macron ha tenido que salir al paso con una declaración de intenciones en Semur-en-Auxois (Borgoña), a saber, que trataría de recaudar, en cuatro años, doscientos millones de euros para invertir en restauraciones.
¡Así anda Francia: el Presidente de la República haciendo crowdfunding, porque no piensa poner ni un solo euro del presupuesto nacional para sostener los edificios religiosos, que son, en su totalidad, el primer y más grande museo del país!
Las autoridades francesas se arrepienten ahora de haberle quitado a la Iglesia la titularidad de los edificios religiosos a principios del siglo XX. Pues, muy bien, que los cuiden. Ella mira por los que fue construyendo a partir de esta fecha, aunque imagino que hará no pocas obras en los que son de los ayuntamientos y se celebra en ellos el culto católico. ¡Con todo lo que ya tienen los alcaldes encima!
Bien es verdad que los alcaldes y las corporaciones municipales no se cortan un pelo a la hora de estropear el entorno paisajístico de los templos, cubriendo de asfalto, en cuanto se les presenta la ocasión, el campo vestido de hierba verde que circunda a una iglesia y colocando en él columpios y toboganes de colores. Padecen “horror vacui”. Sin embargo, la erradicación de esos elementos, que desentonan del conjunto monumental, será algo que, a no tardar, habrá que realizar.
El campo de una iglesia no es un parque, ni un polideportivo, ni un aparcamiento, ni un muladar para poner los contenedores de la basura, ni un recinto para la compra y venta de ganado, ni para hacer barbacoas ni aquelarres de halloween, ni un área para levantar en ella placas conmemorativas de actos que no tienen nada que ver con la Iglesia. Es un espacio para la espiritualidad, para el disfrute de la belleza del templo, para recuperar el sosiego que el tráfago de la vida cotidiana se empeña en anegar, para respirar. Es sencilla y principalmente un santuario para encontrarse con Dios, para deleitarse en pensamientos de trascendencia y para rezar.
Jorge Juan Fernández Sangrador
La Nueva España, domingo 29 de octubre de 2023, p. 28
El Premio Princesa de Asturias de la Concordia 2023 ha sido otorgado a Mary’s Meals, asociación de identidad católica, abierta a personas que tienen otros credos o ninguno, con sede en un cobertizo de la localidad escocesa de Dalmally (Argyll), ya que su fundador, Magnus MacFarlane-Barrow, no ha querido sacarla de ese espacio en el que nació y para que, así, se mantenga en su esencia y permanezca fiel a su finalidad constitutiva.
Todo comenzó en 1983, cuando, leyendo el periódico, Magnus MacFarlane-Barrow, que tenía quince años, y sus hermanos se enteraron de que la Virgen María se estaba apareciendo a unos adolescentes en Medjugorje. Y allá se fueron, junto con unos primos y unos amigos, para conocer el sitio.
La experiencia religiosa fue de tal intensidad que sus vidas cambiaron por completo, incluso siendo, como eran, fervientes católicos. Magnus lo resume así: «Nuestra Señora había venido a decirnos que Dios existía. Yo la creí en cada fibra de mi ser. Y decidí responder lo mejor que pude a la invitación de la Virgen en mi vida».
Años más tarde fueron sus padres quienes regresaron a Escocia desde Medjugorje tan tocados, que convirtieron su pequeño negocio familiar, un hotel para pescadores, en una casa para que quien lo desee pueda retirarse a ella a hacer oración. Véase la página http://www.craiglodge.org.
En noviembre de 1992, en el pub que frecuentaba con su hermano Fergus, Magnus vio unas escenas terribles sobre los sufrimientos que la gente de Bosnia-Herzegovina estaba padeciendo cuando lo de la limpieza étnica. Quedó impresionado. Y comenzó entonces a recoger alimentos y medicinas y a estudiar el modo de hacer llegar todo ese material a aquellas personas que carecían de lo más básico para subsistir. Y allá se fue de nuevo, al lugar en el que, años atrás, él había hecho el firme propósito de vivir por siempre jamás como amoroso hijo de la Virgen María.
En 2002, en Malawi, alguien le dijo a Magnus que, si en los países más pobres del mundo se pudiera dar una comida diaria a los niños en la escuela, el tercer mundo saldría de la pobreza. Y añadió estas palabras: «Si alguien tomara esta idea, se la ofreciera a María, madre de Jesús, y la llamara Mary’s Meals (comidas de María), entonces sería posible».
A partir de ese momento Magnus fue dándole vueltas a cómo llevar adelante tal iniciativa y lo logró. Es el programa que sufraga una comida diaria en la escuela a dos millones y medio de niños en dieciocho países y que la Fundación Princesa de Asturias ha galardonado con el Premio de la Concordia: Mary´s Meals.
Estas historias y otras muchas son las que refiere Magnus MacFarlane-Barrow en su libro “El cobertizo que alimentó a un millón de niños” (Planeta). La traducción española es de 2017 y va por la tercera edición. Más reciente, de 2022, en español, es “Give. La caridad y el arte de vivir con generosidad” (Nueva Eva). Es una reflexión de Magnus sobre la caridad. No sobre la solidaridad, sino sobre el amor de caridad. Sobre la caridad teologal.
A las familias católicas y a las personas que trabajan en Cáritas y en las parroquias les hará mucho bien la lectura del primero, el del cobertizo. Y es que no sólo jóvenes espabilados montaron en cobertizos, con piezas reutilizadas de otros instrumentos, los primeros ordenadores en California, sino que, en Escocia, un joven generoso, enamorado de la Virgen y de la Iglesia Católica, echó a andar, en un cobertizo también, un proyecto internacional de gran envergadura social, asistencial y caritativa, en el que la oración es la fuerza dinamizadora que hace real lo que a primera vista parece imposible: el de las comidas de María, que alimenta a millones de niños en el mundo bajo la condición de que acudan a la escuela, nutriéndose, así, de pan y de saberes.
Y ni Magnus ni los voluntarios de Mary’s Meals se arrogan para sí mismos mérito alguno. Todo lo que hay de grande y de exitoso en ese proyecto no es atribuible a nadie más que a la Virgen María, de la que ellos son sólo unos insignificantes, ilusionados y entregados colaboradores.
Jorge Juan Fernández Sangrador
La Nueva España, domingo 22 de octubre de 2023, p. 23
«Nuestra madre superiora», le llamaba uno de los miembros de la Academia francesa. Y no está mal dicho, pues las academias suelen tener algo de convento. Hélène Carrère d´Encausse era de una firmeza inquebrantable defendiendo la Lengua francesa frente a las novedades, estuvieran o no bien fundadas, que pretenden adaptar el idioma a las emergentes circunstancias sociales.
No procedía del mundo de la Filología, sino del de la Historia y las Ciencias Políticas, y fueron sus escritos sobre Rusia, además de su importante trayectoria profesional, los que la condujeron al sillón 14º de la Academia francesa en 1990 y a la Secretaría perpetua de esa institución desde 1999 hasta 2023.
Su autoridad era indiscutible. Es probable que en esa fortaleza de carácter haya tenido mucho que ver su condición de hija de inmigrantes que vivieron, al llegar a Francia desde la Unión Soviética, en unas condiciones de precariedad económica próxima a la pobreza.
Era ortodoxa, pero mantenía muy buena relación con los representantes de la Iglesia católica y su trato con los académicos eclesiásticos era sumamente cordial. Fue la que recibió al cardenal Lustiger en la Academia. También apreciaba enormemente al párroco de Saint-Germain-des-Prés.
Es costumbre en la Academia francesa hacer elogios de sus miembros difuntos en la iglesia parisina de Saint-Germain-des-Prés. Algunos los pronunció ella misma en razón de su cargo de Secretario perpetuo de la Academia. Sin embargo, el vínculo que la unía a esa parroquia era el de ser la Presidente del Comité para la salvaguarda de Saint-Germain-des-Prés.
Hélène respondió inmediata y afirmativamente al llamamiento que el párroco de Saint-Germain, Benoist de Sinety, dirigió a la sociedad parisina para que colaborase económicamente en la restauración del templo. Y, aunque no era católica, acudió a la convocatoria porque amaba el arte religioso y porque supuso que, para éste, no se iban a encontrar mecenas, al igual que tampoco los hay para la Academia ni para la Lengua francesa, por mucho que se hable del amor de Francia a su idioma.
Si hubiera sido una causa humanitaria llamativa, habrían aparecido seguramente financiadores, que posarían para la prensa y para la televisión en el momento de hacer entrega del donativo o en el acto de inauguración. Pero ¿dar dinero para la Academia? ¿para la Lengua? ¿para la Iglesia? Para éstas, nada. Por eso se entregó a trabajar en favor de ellas con la determinación que la caracterizaba.
«Una sociedad entera se unió para levantar los lugares de culto. A veces, durante varias generaciones. Cuando entro en esos santuarios percibo el formidable impulso colectivo y espiritual que viene de siglos», declaró en una entrevista con motivo de la aceptación de su madrinazgo para el Gran Premio Peregrino de Patrimonio.
Hélène, nada más ingresar en una clínica de cuidados paliativos, en el tramo final de su vida, llamó por teléfono al sacerdote Benoist de Sinety para comunicarle que se moría: «Je suis en paix», le dijo. Fue él quien presidió la ceremonia religiosa de despedida de Hélène en Saint-Germain-des-Prés, en la que intervino también un sacerdote ortodoxo, dado que ella pertenecía a la Ortodoxia.
En la despedida institucional que la Academia le ofreció en esa misma iglesia tras su fallecimiento, el escritor y crítico literario y cinematográfico Frédéric Vitoux, que fue quien le hizo el elogio fúnebre, recordó una frase de Joseph Joubert que expresa muy bien cómo era el temple luchador y nada quejumbroso de Hélène Carrère d’Encausse y que no nos vendrá mal evocarla en alguna que otra ocasión: «Es indigno de grandes almas compartir los tormentos que experimentan».
Descanse ya en la paz que Dios le concedió sentir como primicia antes de llamarla a gozar por siempre de su presencia.
Jorge Juan Fernández Sangrador
La Nueva España, martes 17 de octubre de 2023, p. 34