Mío

En Viveiro están en plena celebración del “Resurrection Fest”. El “Resu” le llaman. Asisten miles de personas de las más variadas procedencias geográficas corrientes del rock, hard, heavy y metal. Se definen a sí mismos como “satánicos”.

Allí se van a representar durante el fin de semana, en una capilla que parece una estación del tren de la bruja, cuarenta bodas, en las que las parejas se combinan entre sí de todas las formas posibles en las que a la gente le gusta hacerlo hoy. Ni son bodas ni son nada. En realidad, son parodias de las que se celebran por el rito católico. Han tenido mil quinientas solicitudes.

A esa simulación la denominan «resumonio». El ministro del rito hace todo tipo de aspavientos para mostrarse como ciudadano del infierno. Alguien debería decirle a ese plagiario de cura que como acabe cayendo en manos del diablo, el de verdad, a base de tanto invocarlo, va a quedar bien enterado de lo que es tenerlo de huésped.

Da igual que se advierta, que se repita y que se insista, porque nadie hace caso: cuidado con realizar ese tipo de juegos, pues muchas de las personas que se prestan a ello terminan en la consulta del exorcista. Decía Nicolás Gómez Dávila que «el máximo error moderno no es anunciar que Dios murió, sino creer que el diablo ha muerto».

El ”Resu” de este año se inauguró con la actuación de Alice Cooper. Tiene 76 años y ha sido uno de los pioneros del rock gótico. Dado su aspecto, cuando se pinta el contorno de cada uno sus ojos para actuar, mejor es que no haya de verse uno en el trance de tener que montar a solas con él en un ascensor. Resulta, sin embargo, que es creyente: «Sé, como cristiano, que Jesús es mi Salvador».

Se siente muy orgulloso de que su padre hubiera sido misionero entre los apaches y su abuelo entre los sioux. Lee diariamente la Biblia y va los domingos a la iglesia. «Soy cristiano», confiesa. De siempre. «Desde niño he sido creyente. Es una de esas cosas que no puedes explicar, pero no me convencerán de lo contrario». Lo que sucede, reconoce abiertamente, es que le gusta montar ese tipo de espectáculos y, como le va bien con un público que se siente atraído por su estilo, es a lo que se dedica.

Es también como para que dé que pensar lo que ha sucedido en el festival de Eurovisión de este año. Dos cantantes ucranianas, Alyona Alyona y Jerry Heil, han concursado con una canción dedicada a la Virgen María y a santa Teresa de Calcuta. Se titula “Teresa & Maria”. La letra dice algo así: «La Madre Teresa y la Virgen María están con nosotros. Descalzas, caminan por el suelo».

Quedaron las terceras. Cosa rara, porque, tratándose de una canción de temática católica, lo normal es que hubiera ido a parar a uno de los últimos puestos, los de la cola, por detrás de España, que ya es decir. Yo creo que, en aquel zuriburri y con tanto montaje audiovisual, el jurado no entendió bien la letra, porque otra explicación no cabe. A no ser que haya más catolicismo en ese mundo festivalero de lo que se cree.

Otro caso significativo es el del croata Baby Lasagna, que quedó el segundo en Eurovisión con la canción “Rim Tim Tagi Dim”. El argumento versa sobre el tránsito de la sociedad rural a la urbana. Actuó moviéndose agitadamente sobre un escenario en el que había fumarolas y efectos luminosos y sonoros impactantes, y unos acompañantes que vestían extrañamente, con la cara amortajada, y otros que se revolvían y emitían rugidos. Las mangas de la casaca del cantante estaban hechas con una malla de arandelas, como las de un somier, a la altura del brazo, y eran aparatosamente abullonadas a la del antebrazo. En fin, muy en consonancia con el estilo de la edición de 2024.

Sin embargo, este joven, de nombre artístico Baby Lasagna, al que impusieron el de Marko en el bautismo, Marko Purisic, y que luce unos aros enormes en los lóbulos de las orejas, asiste, como buen católico, a Misa, lee diariamente la Biblia, quiere ser santo, admira a san Pablo y al Padre Pío, se dirige espiritualmente con un sacerdote, llora viendo la serie The Chosen y destina una buena parte de su dinero a obras de caridad.

Pertenece a una familia de práctica religiosa y fue educado en la fe católica, pero, al igual que otros jóvenes, se apartó, en una etapa de su vida, de la Iglesia, llegando a manifestarse incluso como anticristiano. Volvió a la fe cuando, tras una fuerte crisis interior y la conversación con un sacerdote, tuvo, en el momento más duro, oscuro y punzante de su desorientación existencial, una íntima experiencia de que Dios le decía sin palabras, haciéndoselo sentir muy adentro: «Tú eres mío».

Y, desde ese mismo instante, a Baby-Marko le cambió la vida, porque a una declaración así sólo cabe corresponder con esta otra: «Sí, tuyo. Y tú, mío». Y todo, entonces, se hace inconmensurablemente grande, nuevo, hermoso, infinito.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 30 de junio de 2024, p. 30

Palabra y belleza

Dominique Ponnau, historiador del arte, director de l’École du Louvre y firme defensor de la naturaleza cultual de las iglesias que componen el patrimonio histórico y cultural religioso de Francia, falleció el pasado mes de abril en París. En 2004 publicó un libro con el título «La beauté pour sacerdoce» (La belleza como sacerdocio).

Durante un viaje que realicé a la capital de Francia, lo vi expuesto, como novedad bibliográfica, en los anaqueles de Galignani y lo compré, no sólo por el contenido, sino por lo significativo que me resultó el título.

El libro caía en mis manos justamente en el período de mi vida en el que estuve plenamente incorporado a la Universidad Pontificia de Salamanca ejerciendo de profesor en la Facultad de Teología.

E hice una trasposición del título del libro a mi situación personal en la Academia salmantina: la universidad como sacerdocio. Porque hay quienes lo ejercen en una parroquia, o en una capellanía o en una misión.

Y los hay que desempeñan su ministerio sacerdotal en la universidad. Algunos de éstos han sido grandes figuras del pensamiento, de las humanidades, de la teología y de la docencia, pues también esa actividad es de carácter pastoral, y sus libros son aún hoy referentes irreemplazables de la cultura cristiana en su intento de acercamiento a la sociedad contemporánea. 

El vínculo existente entre las universidades y la fe católica es patente si se tiene en cuenta quiénes fundaron las que son consideradas, por su antigüedad, históricas, quiénes velaron por su inicial andadura y quiénes les dieron identidad, renombre y futuro. Y fueron, en todas esas etapas, personalidades eclesiásticas.

Hoy, al ir desmarcándose de sus orígenes religiosos, las universidades estatales españolas proponen las asignaturas referentes al hecho cristiano como opcionales. Sucede así en la Universidad de Oviedo, en la que se imparten aún cursos de ese campo del saber y del espíritu, al igual que en las más prestigiosas de Alemania, en las que las «Geisteswissenschaften», las ciencias del espíritu, gozan de gran prestigio. Y en ellas entra naturalmente la Teología.

He tenido el privilegio de ser profesor de esta materia en la Facultad de Formación del Profesorado y Educación de la Universidad de Oviedo, en donde, llamada en otro tiempo Escuela Normal, se formaron los maestros de mi infancia. Ha sido una experiencia magnífica y la ocasión para conocer a personas extraordinariamente interesantes, tanto de los cargos directivos y del personal administrativo y de servicios, como de los profesores y de los alumnos.

Acabo de jubilarme y puedo decir de estos últimos, de los alumnos, lo mismo que manifestó Jacques-Bénigne Bossuet, obispo y célebre orador en Francia, respecto al Delfín, al que el rey Luis XIV le confió para que fuese el preceptor. Habiendo aceptado de no muy buena gana el encargo real, Bossuet reconoció que, al cabo de los años, había descubierto cuánto se puede aprender de las preguntas formuladas por un joven. Así también yo con mis alumnos de la Universidad ovetense, que han elegido libremente cursar la asignatura de «Mensaje cristiano» para completar su formación humanista y cristiana.

Gracias a todos ellos por su saber estar, por su interés intelectual y por su participación empática. Me han surtido, con sus comentarios y confidencias, de relatos biográficos sumamente interesantes e impactantes, que no olvidaré jamás.

Estos años en la Universidad han sido para mí de incalculable riqueza: en aprendizajes, en relaciones y en prodigalidad. Y eso que la materia que impartí podía ser considerada por algunos como inapropiada en aquel contexto de métodos pedagógicos y de implementos tecnológicos.

Digo esto porque lo mío era la Biblia, a la que el poeta, pintor y grabador inglés William Blake calificó de «gran código del arte». Basándose en esta sentencia, el profesor canadiense Northrop  Frye publicó, en 1982, su conocida obra «The Great Code. The Bible and Literature», en la que trató de mostrar cómo la Sagrada Escritura es el gran código, la clave de interpretación, de la cultura occidental.

He ido viendo con el paso del tiempo que lo que confiere actualidad a un curso sobre Biblia es el adentramiento, con ánimo de filólogo, amante de la narración y de la poesía, en su léxico hebreo, arameo y griego para rescatar lo que en él se contiene de permanente, nuclear, existencial y humano. «So all my best is dressing old words new» (Revestir de novedad las palabras antiguas es lo que mejor sé hacer), escribió Shakespeare en uno de sus sonetos. Y eso es precisamente lo que intenté hacer en mis clases de Biblia en la Facultad de Formación del Profesorado y Educación: revestir de novedad palabras antiguas.

Y que no faltasen, además, las referencias a la belleza: «Lo que hayáis de decir, enseñar o hacer en el aula, que sea siempre expresado con belleza», les insistí. Esto resulta muy fácil de llevarlo a efecto en un curso sobre la Biblia, dada la correlación existente entre ésta y la historia del arte ¡Ha sido tan inspiradora la Biblia y ha generado, como decía Blake, tanta hermosura pictórica, escultórica, arquitectónica y literaria a lo largo de los siglos! De hecho, todas y cada una de sus perícopas pueden ser explicadas e ilustradas por medio de una obra de arte, como apreciará el lector si tiene un poco de tiempo para asomarse al sitio web “Christian Art”.

Me pregunto a menudo qué habrá sido de aquellos alumnos que Dios puso en mi vida y si les habrá sido de utilidad algo de lo que les expliqué con el apasionamiento de quien cree en lo que enseña, y le pido a Él que los sostenga siempre con la fuerza todopoderosa de su amor, a ellos y a los miembros que componen la gran familia de la Facultad de Formación del Profesorado y Educación de la Universidad de Oviedo, así como la de la Universidad Pontificia de Salamanca.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 23 de junio de 2024, p. 24

Hospitalitas

“Las Edades del Hombre” es una de las más importantes propuestas artísticas, de iniciativa privada, realizadas en España. No sé a qué esperan para darle los premios “Princesa de Asturias” y “Ratzinger”. Desde 1988, doce millones de personas han visitado el total de las exposiciones, en las que se han podido admirar 5.228 obras. De éstas, 2.398 han sido restauradas antes de que las viese el público.

La de este año, bajo el título “Hospitalitas. La Gracia del Encuentro. A Graza do Encontro”, es la vigesimoséptima edición y fue inaugurada, el pasado 12 de junio, por Felipe VI. El acto real tuvo lugar en la iglesia de Santiago y en la colegiata de Santa María de Villafranca del Bierzo, si bien habrá simultáneamente otras dos sedes en Santiago de Compostela: la Cripta del Pórtico de la Gloria, en la catedral, y el monasterio de San Martín Pinario. Para la elección del tema y de los emplazamientos se quiso que estuvieran vinculados al Camino de Santiago.

En la colegiata de Villafranca, la disposición de las salas se ha hecho en conformidad con el dístico del dominico medieval Agustín de Dacia sobre los cuatro sentidos de la Sagrada Escritura: «La letra enseña los hechos, la alegoría lo que has de creer, / El sentido moral lo que has de hacer, la anagogía a lo que has de tender». 

Así, en la primera estancia (la de la “Letra”) se presentan hechos de hospitalidad, misericordia y compasión, tanto en la mitología greco-romana como en la historia bíblica; en la segunda (la de la “Alegoría”), imágenes que ilustran la noción teológica en la que se sustentan nuestras relaciones con el prójimo y con el extranjero; en la tercera (la de la “Moral”), representaciones de las acciones coherentes que se han de seguir a partir de la revelación divina y de la alianza sellada entre Dios y la humanidad en la Biblia; en la cuarta, (la de la “Anagogía”), expresiones de la bienaventuranza con la que Cristo premiará, cuando vuelva en gloria al final de los tiempos, a quienes lo hayan acogido y auxiliado en los demás, especialmente en los pobres y necesitados.

Antes de iniciar la visita de la exposición en la colegiata, conviene ir a la iglesia de Santiago, convertida en sala audiovisual, para “inmergirse” en una experiencia provocada por el flujo y el reflujo de imágenes y de envolventes efectos luminosos y sonoros, tan en boga hoy, que adelantan algunos de los temas que se podrán apreciar después serena y gustosamente en el placentero deambular entre las hermosas piezas artísticas seleccionadas para la muestra de este año.

El término latino “hospes” (huésped) proviene de la misma raíz indoeuropea, “ghosti-“, que “hostis” (hostil). Ambos están, en su origen, íntimamente imbricados y prevalecerá una acepción u otra según sea nuestra posición respecto a aquella persona de la que, por el mero hecho y desde el mismo instante en que ha llegado hasta la puerta de nuestra propia casa, puede decirse que ya ha entrado de alguna manera en nuestras vidas: ¿es potencialmente amigo o potencialmente enemigo?

El cristianismo, que se mostró extremadamente cauto, como puede leerse en la “Didajé” y en las reglas del monacato, en lo de dar recibimiento al giróvago, es decir, al zascandil que anda de acá para allá, logró crear una universal fraternidad en todo el mundo, haciendo del enemigo, un amigo; del forastero, un ciudadano; del extraño, un hermano; de la humanidad dispersa, un pueblo. Y es que Cristo allí en donde entra, une.

En la exposición berciana de “Las Edades del Hombre”, imágenes y tablas de antaño hacen presente un tema, el de la acogida, al que los desencuentros, el individualismo, la guerra y la soledad, en un mundo en el que la circulación de las personas de un sitio para otro se ha acentuado vertiginosamente, le confieren máxima actualidad, confluyendo en ella -la exposición- el pasado y el presente. Y también el futuro, pues, como escribió Rainer Maria Rilke en una de sus cartas a un joven poeta: 

“Se nos podría hacer creer fácilmente que nada ha ocurrido y, sin embargo, hemos cambiado como cambia una casa en la que ha entrado un huésped. No podemos decir quién ha llegado, tal vez no lo sepamos nunca, pero muchos indicios hablan del futuro que acaba de entrar para transformarse en nosotros, mucho antes de que acontezca y se manifieste.”

En efecto, con la llegada del huésped, el futuro se anticipa y se hace presente ya en nuestras vidas, y da comienzo, sin saber bien cómo, un proceso de transformación.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 16 de junio de 2024, p. 30

De la materia a la luz

Las obras de renovación de la capilla del Seminario Mayor de la Inmaculada Concepción de Plasencia, realizadas por el arquitecto de raíces extremeñas Pablo Guillén Llanos, han concluido. «Finis coronat opus». Tras una breve visita a ese espacio sagrado, corazón de la institución diocesana en la que se han formado los sacerdotes placentinos, puse por escrito algunas impresiones que deseo compartir con los lectores.

Un retranqueo en el pasillo, cuando nos aproximamos a la capilla, produce un efecto sorpresa. No nos lo esperábamos. Es, además, un ensanchamiento del camino. En realidad, eso es lo que sucede cuando nos dirigimos hacia el encuentro con Dios: todo es amplitud. «Correré por el camino de tus mandatos cuando me ensanches el corazón», dice un salmo. Mas, ¿qué es eso que tenemos ante nuestros ojos? ¿un armario? No: es la puerta. Flanqueándola, unas planchas de piedra rugosa y jaspeada de la cantera de Campaspero, en Valladolid, nos advierten de que la materia, no sólo espera, anhelante, a que el espíritu la perfeccione, sino que ella es, en sí misma, vía de acceso a la realidad espiritual, pues, en virtud del principio de la encarnación, según la teología cristiana, por lo tangible llegamos a lo intangible.

Por la materia y la vida cotidiana. El armario es un enser de los muchos que componen la habitabilidad de un hogar, un mueble en el que guardamos esas cosas que están en contacto inmediatamente con nuestra materia carnal y que casi son parte del propio cuerpo: la ropa con la que nos recubrimos y con la que proyectamos ante los demás la idea que deseamos que se formen de nosotros. El armario, como vía de acceso a un universo distinto de este nuestro, ha adquirido una singular significación a partir de la obra del escritor irlandés C.S. Lewis. Así también el armario que hace de puerta en la capilla del Seminario.

Por la materia, la vida cotidiana y un libro. El original tirador de la puerta evoca todo libro, cualquier libro: el que avivó en la infancia nuestra imaginación y nos hizo soñar despiertos, o aquel otro que abrió nuestro espíritu a la comprensión de la dimensión sobrenatural de la realidad, o el que escribimos ante el desafío provocador de una incitadora hoja en blanco. Y, por supuesto, la Biblia, el libro de los libros, inspirada por Dios, que quiso que nuestras palabras sirvieran de vehículo a su logos revelador.

Por la materia, la vida cotidiana, un libro y la humildad. Al igual que para entrar en la basílica de la Natividad en Belén hay que inclinarse para poder traspasar la puerta de altura rebajada, en la capilla del Seminario hay que doblarse para leer la inscripción grabada en el tirador: «Oh, Señora mía; oh, Madre mía, yo me ofrezco enteramente a ti». Es una antigua oración dirigida a la Virgen María, modelo y ejemplo de perfecta oferente, como habrá ocasión de apreciar ya en el interior de la capilla, y figura de la Iglesia, que es también nuestra Madre, en cuyo seno hemos sido engendrados para una vida nueva y eterna, y ser, nosotros también, una ofrenda viva.

Unos poyos de piedra, a ambos lados de la puerta, son para que nos sentemos en ellos, reposemos y nos recuperemos de las fatigas del tráfago cotidiano. A la Casa de Dios no se entra atropellada, presurosa o inconscientemente. Es preciso que nos dispongamos internamente, reflexionemos sobre en qué estado interior nos hallamos y que, si estamos airados con nuestro prójimo, nos levantemos y vayamos a reconciliarnos con él antes de traspasar el umbral del templo.

Una brevísima vía sacra, de madera, nos introduce en el santuario, revestido del rojo de los amaneceres, de los atardeceres y de la luna pascual que asistió silenciosa a los acontecimientos más trascendentales de la historia de la humanidad: la muerte y la resurrección de Cristo. Tres ventanales en lo alto, en forma de triángulo isósceles, hacen presente a la Santísima Trinidad. Y, si el triángulo es la figura geométrica de la perfección trinitaria, el efecto isósceles muestra que el Padre es la fuente primordial de la luz que ilumina la andadura humana, siendo luz también el Hijo y el Espíritu Santo.

Y, al fondo, del mismo tipo que las planchas de la entrada de la capilla, las piedras del altar, el ambón y la sede aparecen como las de un nuevo templo no construido por manos humanas, pero sí con los elementos que constituyen lo humano, lo carnal, lo material. Son las piedras que se conmovieron en el preciso instante de la muerte de Cristo, cuyo cuerpo es ofrecido, con las manos extendidas, por su madre, María, en el conjunto escultórico realizado por el donbenitense Fernando Cidoncha Pérez. El Hijo, glorioso, no la mira a ella, oferente y suplicante, sino a la ciudad, a través de un balcón, bendiciendo a sus habitantes.

Un ventanal, en el testero de la capilla, con láminas de alabastro, fungirá de faro en la noche, para que, cuando las tormentas que azotan la vida cotidiana se recrudezcan, tengan los placentinos una luz de referencia, hacia la que dirigir sus miradas, que les infunda confianza, esperanza y paz. De ese ventanal proviene la luz que se proyecta en el pedestal del sagrario. Es la luz de la eternidad, que emana de detrás del lienzo del presbiterio. Es la de la Jerusalén celestial, que se barrunta en una hilada de ladrillos apreciable desde la nave de la capilla. Los de la Jerusalén del cielo son de materiales preciosos, éstos, en cambio, se asientan sobre la mampostería del muro medieval, haciendo que converjan, en la capilla, la ciudad levantada por manos humanas, en la que perdura un glorioso pasado de historia y de fe cristiana, y la ciudad de Dios.

Y, por último, el sagrario, realizado por los orfebres que heredaron las habilidades artísticas del sacerdote asturiano Félix Granda. El diseño es del arquitecto Heliodoro Dols. Se inspiró en la Casa de los Picos de Segovia, pero, ¿no habíamos dicho que los triángulos son la más ajustada representación geométrica de la Santísima Trinidad? Hay en ese tabernáculo innumerables pirámides diminutas, triángulos que apuntan al cielo, y es que, en su interior, está Aquel que es perfecto Dios y perfecto Hombre, al que el cielo no puede contener, porque es inabarcable e inasible. Sin embargo, ha querido mostrarnos su gloria y su amor en ese cubo -figura geométrica asociada a la infinitud- pleno de triángulos, que es, en la exuberancia de sus hendiduras y picos, una representación de la zarza ardiente desde la que Dios habló a Moisés en el desierto para revelarle su Nombre: «Yo soy el que soy».

Jorge Juan Fernández Sangrador

El Periódico de Extremadura, domingo 8 de junio de 2024, p. 20

Otro ingrato

«Pero donde se inició mi verdadera inclinación hacia la música fue en Covadonga, y eso que casi no me quedo. Tras la selección preliminar por los pueblos de la región había una semana de pruebas donde se confirmaba quiénes se quedaban y quiénes no. El director no me escogió ya que por aquel entonces yo tenía nódulos en las cuerdas vocales, mi voz no funcionaba, aunque el oído y la destreza rítmica parece ser que sí. Con la maleta ya subida en el coche mi padre predijo: ‘Si no selecciona a este niño usted se arrepentirá toda su vida’. No sé qué efecto tuvieron estas palabras pero lo siguiente que oí fue al director decir: ‘Chaval, baja esa maleta’. Y así me quedé. Sin esta crucial decisión yo no podría haber disfrutado durante esos cinco años de cantar la música de Palestrina o de Victoria, ni haber empezado a tocar el violín o conocer a Bach o Beethoven. Pues bien, el año pasado el obispado asturiano se cargó la Escolanía tras ¡80 años de historia!».» (La Nueva España, 8 de junio de 2024).

¿Y no le dará el caletre para entender que, a base de acoger y mantener a quien no valía para cantar, como fue su caso, se ha venido la escolanía abajo? Tenía oído, eso sí, y ritmo, pero no voz para cantar, que es lo que se espera de una escolanía.

Con todo, la Iglesia le dio una aceptable formación musical. Culpa, por otra parte, al obispado sin saber de qué está hablando. El caso es intoxicar. Aunque tal vez tenga razón: igual habría sido mejor cerrar la escolanía antes, total …

Con su coro actúa y hace grabaciones en las iglesias, sin preguntar si se debe algo para poder pagar la luz, y luego promociona con ellas su propio negociado, creyendo, para colmo, que le hace un favor, dándole publicidad, al monumento luciéndose en él.

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Help us

A principios de esta semana que concluye tuvieron lugar en Madrid unas jornadas, organizadas por la Conferencia Episcopal Española, sobre economía, sostenimiento y transparencia en la Iglesia, en las que fue presentado un libro sobre normativa fiscal.

Uno de los intervinientes en el acto confesó que últimamente venía observando que, así como, hasta no hace mucho tiempo, el grueso mayor de libros editados por la Conferencia Episcopal provenía de los departamentos de acción pastoral, a éstos los había adelantado ahora, en lo que se refiere al volumen de producción bibliográfica, el departamento de economía.

Tal vez porque están viniendo a menos, en la Iglesia, el pensamiento, la teología, la literatura, el arte, el testimonio, el empuje vital y la creatividad apostólica. De ser así, nos hallaríamos ante un indicativo irrefutable del estado de descomposición eclesial que pronosticaba, hace años, Louis Bouyer. Era tan grande la inquietud que le producía el considerar que esa preocupante deriva de la Iglesia aconteciese, que Pablo VI, conversando en cierta ocasión con un prelado de la Curia romana acerca de la posibilidad de que eso llegase a suceder, le dijo: «Hemos de procurar que no sea así».

Todo esto viene a cuento porque nos hallamos ante unas elecciones de nuestros representantes en el Parlamento europeo y lo que los medios de comunicación social nos trasladan acerca de los candidatos es que están hablando de todo menos de Europa: que si la esposa de uno, que si hay que ponerles un pie delante a los otros, y todo así.

Para saber de qué va la cosa hay que leer los programas que han colgado en las respectivas páginas web. Con todo, no resulta fácil saber en qué se distinguen de aquellos que ofrecen en las campañas electorales ordinarias para el Congreso y el Senado de nuestro país, que versan también, por lo general, sobre agricultura, ecología, desarrollo, empleo, emigración, inclusión o sostenibilidad. O sea, los mismos. No es que se hayan matado precisamente en pensar y decir algo original.

Y es que esos son asuntos importantes, cómo no, pero se ve que la prioridad se la llevan la eficiencia reactiva ante ciertos problemas, el pragmatismo y la tecnocracia, mas no la búsqueda de la cohesión, que es el elemento constitutivo y el más importante del proyecto europeo, del que penden, como de una percha, los programas, las leyes y las acciones políticas concretas que emanan de la cámara de representantes en la Unión.

En realidad, se trata, pues, de hablar allí, en Bruselas, de lo mismo que aquí, en España, sin que se pueda apreciar en los candidatos, ni en unos ni en otros, una doctrina, una mirada global o una idea de Europa, siendo, pues, sumamente urgente el que se recupere el alma del proyecto europeo.

¿Y la Iglesia? En el capítulo 16 del libro de los Hechos de los Apóstoles se refiere cómo llegó el cristianismo a Europa. Pablo vio en sueños a un macedonio que le suplicaba: «Ayúdanos». El apóstol atendió a esta petición y se fue a Filipos, colonia romana, en donde, en coloquio con unas mujeres, sembró la semilla del Evangelio, que prendió, como primicia, en el corazón de una de ellas, la empresaria Lidia, primera conversa a la fe en Cristo y primera bautizada en nuestro continente.

Europa, que hoy no habla griego, sino inglés, implora, como aquel macedonio de los tiempos de san Pablo, a la Iglesia: «Help us». Necesita el Evangelio que anuncia la Iglesia. «Ayúdanos», le dicen las personas y los pueblos que viven, se afanan y esperan sobre el solar europeo. Y, aunque consideren que, con la disolución de la noción de Dios en sus intelectos, han alcanzado una meta de desarrollo humano impensable anteriormente en la inconmensurable historia de la humanidad, necesitan a Cristo, al que conocen, admiran, respetan y estiman de aquella peculiar manera con la que se relacionan con él quienes dicen negar su naturaleza divina.

Y le piden a la Iglesia que les hable de él con la libertad, autenticidad, diafanidad, sencillez y proximidad con las que ella ha de aparejarse constantemente a sí misma, sin desdibujarse en la adopción de erráticas estrategias, sin traicionarse por seguir cualquier suerte de intereses mundanos, sin sucumbir a la hoy frecuente fascinación que fútiles tecnicismos de limitada inmanencia ejercen en los ánimos humanos, y ejerza limpiamente la misión que le compete realizar en medio de quienes reclaman su ayuda y para que se manifieste ante ellos, con indubitable sinceridad, como el espacio inigualable de luz, verdad, concordia y trascendencia que esperan y desean que sea.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 2 de junio de 2024 ha, p. 24

”Pasa a Macedonia. Ayúdanos”, le dice, en sueños, un macedonio al apóstol san Pablo.

Placa conmemorativa laicista

En el camino primitivo de las peregrinaciones a Santiago de Compostela, con mil años (probablemente más) de profesión ininterrumpida de fe cristiana, con siglos de vida monástica a las espaldas, con una comunidad parroquial que es de lo mejor y un cura al que adoran, van los organizadores de los fastos y eliminan el nombre del titular: San Salvador.

La M ¿es la de gmail?

¡Ay, San Salvador de Cornellana, las artes de quienes quisieron desconfigurarte en el siglo XIX permanecen aún activas!