Inteligencia artificial y sabiduría del corazón

Paolo Benanti es un fraile franciscano de la Tercera Orden Regular y profesor de la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, en la que dirige cursos sobre inteligencia artificial (IA) y ética. Su especialización en ese campo lo ha llevado a ser el asesor del Vaticano en cuestiones de IA, a sentarse en la mesa constituida por la ONU para evaluar los riesgos, las consecuencias y las oportunidades de la IA en la política internacional, y a presidir una Comisión, vinculada a la Presidencia del Consejo de ministros de Italia, sobre IA e información.

La inteligencia artificial es el futuro, no cabe la menor duda, pero comienza a dar muestras de poseer unos rasgos tan sumamente animales -¿o humanos?- que es como para estar preocupados. Su voracidad es insaciable. Parece que se traga unos 4.3 GW de energía en todo el mundo, que son, según dicen, los niveles de consumo de varios países pequeños juntamente, y se prevé que, en 2028, devore entre 13.5 y 20 GW. Para echarle de comer, la empresa Microsoft está pensando en construir reactores nucleares modulares.

La tragona de ella es, además, dipsómana. No de alcohol, sino de agua. Cuando Meta anunció que iba a crear un “datacenter” en las inmediaciones de Talavera de la Reina cundió el pánico entre los residentes en la zona, porque, con la sequía que hay, la empresa dijo que necesitaría 665 millones de litros de agua potable al año. Luego resultó que podían arreglarse con menos.

Según el informe “Global Cloud Computing Energy and Water Impact”, realizado por la Universidad de Nuevo Méjico, un centro de datos puede consumir entre 1.7 y 2.2 millones de litros de agua por día, principalmente para la refrigeración. De modo que, a ese paso, la IA acabará bebiéndose los océanos.

Pero lo más gordo es que tiene pulsiones criminales. Un equipo de científicos le pidió que tomara decisiones en situaciones de alto riesgo en una serie de simulaciones de juegos de guerra y la IA se decidió por la solución más efectiva: el empleo de armas nucleares. «¿Las tenemos? Pues úsense, ¿para qué andar con rodeos, negociaciones diplomáticas y componendas?», vino a decir. Y se quedó tan fresca.

Es, pues, comprensible que el Papa haya dedicado a las diversas formas de Inteligencia artificial su mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2024, en el que advierte:

«La búsqueda de tecnologías emergentes en el sector de los denominados “sistemas de armas autónomas letales”, incluido el uso bélico de la inteligencia artificial, es un gran motivo de preocupación ética. Los sistemas de armas autónomos no podrán ser nunca sujetos moralmente responsables. La exclusiva capacidad humana de juicio moral y de decisión ética es más que un complejo conjunto de algoritmos, y dicha capacidad no puede reducirse a la programación de una máquina que, aun siendo “inteligente”, no deja de ser siempre una máquina. Por este motivo, es imperioso garantizar una supervisión humana adecuada, significativa y coherente de los sistemas de armas».

De no seguir el rumbo correcto, al final, dice el Papa, el que acabará siendo «artificial» será el corazón del hombre.

Y de inteligencia artificial y sabiduría del corazón va el mensaje pontificio para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales 2024:

«No podemos esperar esta sabiduría de las máquinas. Aunque el término “inteligencia artificial” ha suplantado al más correcto utilizado en la literatura científica, “machine learning”, el uso mismo de la palabra “inteligencia” es engañoso. Sin duda, las máquinas poseen una capacidad inconmensurablemente mayor que los humanos para almacenar datos y correlacionarlos entre sí, pero corresponde al hombre, y sólo a él, descifrar su significado. No se trata, pues, de exigir que las máquinas parezcan humanas; sino más bien de despertar al hombre de la hipnosis en la que ha caído debido a su delirio de omnipotencia, creyéndose un sujeto totalmente autónomo y autorreferencial, separado de todo vínculo social y ajeno a su creaturalidad».

Así pues, fray Paolo Benanti tiene por delante una tarea inmensa. Seguramente se quedará solo defendiendo sus ideas y principios de antropología cristiana en un entorno al que todo eso debe de importarle bastante poco, o nada, pero, por su cualificación en los dominios de la inteligencia artificial, se ve que goza de reconocimiento internacional y su trabajo contribuirá, sin duda, a que la humanidad del mañana logre que la inteligencia artificial y la sabiduría del corazón corran de la mano en la apasionante misión de forjar una sociedad nueva, que, a día de hoy, no sabemos con certeza por qué derroteros va a transitar.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 17 de marzo de 2024, p. 26

El móvil

«Tomad y bebed todos de él», dijo el sacerdote que presidía la Misa, y, en ese instante, sonó la alarma de un teléfono móvil.

Stop en la consagración. Paró la Misa. Los concelebrantes se quedaron con las manos en suspensión, extendidas hacia el cáliz. El que trataba de establecer contacto con alguno de los que estaban en el templo a esa hora insistía, erre que erre. El presidente de la asamblea litúrgica decidió que la Misa no podía seguir adelante con aquella tabarra, porque música no era, pitidos tampoco. No sé definirlo. Algo como acuático.

Tenía que ser el celular de un cura, porque, cuando es el de un fiel, éste se pone inmediatamente nervioso e intenta apagarlo a toda prisa, pero la pantalla táctil no reconoce, en ese trance de apuro, las líneas digitales que la golpean. Al final, abandona, azorado, la iglesia.

Ciertamente debía de ser de uno de los curas presentes. Mas ¿de cuál? Pero, nada, no había modo de saberlo, ya que el dueño del aparatejo no movía ni un músculo. Ni del rostro, ni de los brazos, ni de las piernas.

En ocasiones como ésa suele ponerse cara de póker, a ver si así, al igual que cuando se le escapa a alguien una ventosidad, se diluye la culpa entre todos los asistentes. Es preciso decir, no obstante, que quienquiera que fuese, el sujeto vale para agente secreto. Esas estrategias de disimulo y de despiste son las que algunos gobiernos enseñan a niños, seleccionados desde los primeros días de su vida, para que, cuando sean adultos, ejerzan de espías.

Al cabo de un rato, cuando la intempestiva cantilena cesó, pudo proseguir serenamente la Misa. No me extrañaría que el cura del móvil, si es que era un concelebrante, fuese de los que arremeten desde el púlpito contra los actuales hábitos humanos de dependencia de cachivaches.

Los curas ¿por qué no dejan los celulares en la sacristía, o los ponen en modo silencio, antes de salir a Misa? ¿O es que, si coincide la llamada con otra parte de la celebración que no sea la de la consagración, van a atenderla? ¿Tal vez aprovechando que todos estén rezando el credo nicenoconstantinopolitano, el largo, por ejemplo? No sería de extrañar porque ya se ha visto de todo.

Es en este tipo de cosas en las que se aprecia la edad avanzada del clero. Y de los fieles. No hay Misa en la que no suene un teléfono. Es el de gente ya mayor. A un adolescente o a un joven no le sonará jamás, estando incluso todo el tiempo pendiente de él, pues sabe cómo hacer para que no se oiga. Ni siquiera la vibración.

Lo que adolescentes y jóvenes, en cambio, no pueden evitar es el que la luz de la pantalla no brille en una sala de cine. Entre las palomitas, el kétchup o la mostaza de los perritos calientes y las luciérnagas de los móviles no hay quien pueda estar relajado viendo una película. Wasapean todo el tiempo, mastican el maíz quebrándolo con ruido, es decir, ronzan, hacen partícipes a los espectadores de cuándo han llegado al fondo del barreño, que no vaso, de Coca-Cola, por la vehemencia con la que sorben por una pajita los residuos del refresco, y, además, hablan. Es preciso añadir que hay adultos que tampoco hacen mal todo esto. El hedor del kétchup o de la mostaza pertenece a otra gama de percepciones sensoriales, no a las auditivas.

En fin, que, después de todo, me quedo con los curas. Hasta con aquellos a los que les suena el teléfono durante la consagración. Y mi felicitación a las personas que gozan de esa magnífica puntería, la de acertar, desde sus casas, con ese momento de la Misa ¡Qué sincronía!¡Qué telepatía!¡Qué sinestesia! Llaman, por lo general para nada, no antes ni después, sino en el minuto exacto: «Tomad, comed», «Tomad, bebed».

Con un poco de perfeccionamiento, el celular podría llegar a suplantar, a distancia, a la campanilla de la elevación. He de averiguar si suena también, durante la oración comunitaria, en las mezquitas y en las pagodas. En las sinagogas, al menos los sábados no. ¿Y por semana? Lo preguntaré.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 10 de marzo de 2024, p. 35

En constelación

Agradezco de todo corazón el premio El Ciervo–Enrique Ferrán de periodismo, del que me hicieron entrega el pasado 29 de febrero de 2024 en el significativo espacio artístico y universitario «Elisava. Facultad de Diseño e Ingeniería de Barcelona».

Las primeras personas que, en 1968, recibieron el galardón fueron «ex aequo» el sacerdote riosellano Salvador Blanco Piñán (1911-1987) y el periodista barcelonés Agustí Pons Mir (1947-). Al primero le fue otorgado por su artículo «Hacia nuevas fronteras de la teología», escrito cuando era capellán del monasterio de agustinas recoletas de Oviedo.

Otro asturiano, el gijonés Jordi Doce (1967-), recogió, a principios de este año, el premio Lorenzo Gomis de poesía, promovido igualmente por la revista El Ciervo, que el jurado concedió a su poema «Descenso».

Blanco Piñán fue asiduo escritor de un periódico colegial salmantino que se titulaba «Incunable», dirigido por el canonista Lamberto de Echeverría, que, en su primer número, llevaba como encabezamiento el de «Revista de la Residencia Jaime Balmes de Salamanca».

No era la única revista que nacía a la sombra de la Universidad Pontificia de Salamanca, erigida en 1940 con el fin de restaurar, en la Ciudad del Tormes, los estudios de teología y de derecho canónico, suprimidos en 1852. Otras cabeceras de esos años eran «Pax», «Ambiente» y «Reparación», que confluyeron, en 1958, en la revista que aún se publica hoy «Vida Nueva», de la que fue director Bernardino M. Hernando, segundo ganador del premio El Ciervo–Enrique Ferrán, en 1970, por el artículo «La abolición de la pena de muerte».

De esos años es también la creación de la asociación «Propaganda Popular Católica», fundada en 1955. Hoy es sello editorial PPC y está, al igual que la revista «Vida Nueva», dentro del grupo SM.

Y bajo los auspicios de la Universidad Pontificia de Salamanca nació, en 1944, la Biblioteca de Autores Cristianos (BAC), que comparte un mismo logo con la revista El Ciervo. Se trata del ciervo del salmo 42, que comienza con el conocido verso en latín: «Sicut cervus ad fontes». Igual que va el ciervo hacia las fuentes de agua viva, así te anhela mi alma, Dios mío.

Además, tanto en el origen de la BAC como en el de la revista El Ciervo han estado presentes miembros de la Asociación Católica de Propagandistas.

¿Y por qué cuento todo esto?

Pues porque he sido profesor de la Universidad Pontificia de Salamanca, columnista de la revista «Vida Nueva», director de la Biblioteca de Autores Cristianos, mi último libro fue publicado por PPC y, en 2020, recibí el Premio «Ángel Herrera Oria» de periodismo, otorgado por la Universidad San Pablo-Ceu de Madrid, promovida por la Asociación Católica de Propagandistas.

Está claro que somos seres en constelación. Así que yo debía acabar necesariamente, de una forma u otra, en El Ciervo, que es, por otra parte, la primera revista de carácter social y cultural que manejé en mi vida. En el Seminario de Oviedo. Tenía yo dieciséis años.

Recuerdo el enorme esfuerzo intelectual que por entonces yo hacía para tratar de adentrarme del modo que fuese en un mundo de ideas que me rebasaba, dada la altura de los argumentos expuestos en sus páginas y la aún poco desarrollada trayectoria cultural en aquel tránsito mío entre la adolescencia y la juventud.

Fue la convocatoria de este concurso la que salió a mi encuentro cuando tuve que presentar hace unos meses a un periodista que ganó varios premios de relatos cortos. Buscando algunos de esos títulos en la red me encontré con el argumento de la «soledad» que la revista proponía para que se escribiese una reflexión sobre esta realidad que tiene, como todo lo humano, un aspecto bifronte: belleza y negación, sentido y caos, horizontes y rutina, esperanza y decepción.

Agavillé cuatro casos reales, en los que la soledad no es una maldición, sino una posibilidad de poder desarrollar la vida personal como uno desea que discurra. El de Luisa, la señora que reside sola en un pueblo de Asturias, se corresponde plenamente con la foto de Nara Fusté, alumna de Elisava, que figura en la portada del número de la revista. 

Sin embargo, los efectos negativos que la soledad está acarreando no sólo a personas ancianas, sino también a jóvenes, han llevado a los gobiernos del Reino Unido y de Japón a tomarse en serio esta situación de grave emergencia social y a crear el Ministerio de la Soledad (Ministry of Loneliness)

El teólogo Olegario González de Cardedal, amigo y colaborador de la revista El Ciervo, dice que, de los tres vocablos que existen en castellano para referirse a ella, «soledumbre», frente a «muchedumbre», sería, desde la perspectiva de las lesiones anímicas, el más adecuado, mientras que «soledad» se referiría a la necesaria distancia que se requiere para poder reconocernos a nosotros mismos y a los demás. «Solitud», el tercero, designaría la absoluta cerrazón de quien se afianza a sí mismo sin relación con nadie. Ni con los demás ni con Dios.

Reitero mi agradecimiento a Jaume Boix Angelats, director de El Ciervo, al igual que a los restantes cargos directivos y al personal de la revista por sus atenciones para conmigo, así como a los miembros del jurado que han tenido a bien concederme este galardón, que me colma de felicidad porque me une a quienes lo han recibido en ediciones anteriores con mayores merecimientos que yo y, sobre todo, porque me une a una historia intensa, poblada de personalidades de primer orden y de máxima categoría, colmada de logros y de realizaciones, como ha sido, es y será la de la revista El Ciervo.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 3 de marzo de 2024, pp. 24-25

El sacramento cuaresmal

Las oraciones en lengua española de la edición última del Misal romano han sido revisadas en su totalidad con el fin de que fuesen más fieles, en la literalidad, a los textos originales en latín.

Algunas resultan extrañas a oídos de quienes han empleado durante décadas la edición anterior. Una de ellas es ésta del domingo pasado, primero de Cuaresma, en la que se dice: «Dios todopoderoso, por medio de las prácticas anuales del sacramento cuaresmal (quadragesimalis exercitia sacramenti) concédenos progresar en el conocimiento del misterio de Cristo».

¿Qué es el sacramento cuaresmal?, se preguntan muchos sacerdotes y fieles, que no entienden bien a qué se está refiriendo esta traducción novedosa.

Y, para saber cuál es su significado, es preciso remontarse a la antigua y venerable consideración del tiempo de Cuaresma como el de un combate, el que emprende la Iglesia entera, ejército en orden de batalla, contra el Maligno, sus obras y sus seducciones, siendo el ayuno, instituido por Cristo mismo en el desierto, el arma más eficaz para derrotarlo durante la sagrada cuarentena eclesial.

El carácter militar puede apreciarse en la actual traducción de la oración colecta de la Misa del Miércoles de Ceniza: «Concédenos, Señor, comenzar el combate cristiano (praesidia militiae christianae) con el ayuno santo, para que, al luchar contra los enemigos espirituales (contra spiritales nequitias pugnaturi), seamos fortalecidos con la ayuda de la austeridad (continentiae muniamur auxiliis)».

¿Qué es entonces el sacramento cuaresmal? La primera acepción de «sacramentum» en este contexto es «juramento militar». Es decir, la firme determinación, el compromiso, la implicación personal, la convicción, la lealtad, la perseverancia con la que se van a acometer los entrenamientos, las maniobras, las pruebas, las estrategias que se precisan para alcanzar las victorias parciales y la victoria final del combate último. Y, por encima de todo, la promesa inquebrantable hecha a Dios de mantenerse en el propósito inicial y de tratar, por todos los medios posibles, a sabiendas de las dificultades que inevitablemente habrá que arrostrar y de los sacrificios que será necesario autoimponerse, alcanzar la meta y conseguir los laureles de la gloria.

Eso mismo es también lo que el pueblo cristiano se juramenta («sacramentum») que hará al salir a pelear, bajo el estandarte de Cristo, en una batalla que durará cuarenta días («quadragesimalis»), en la que, insisto, el arma principal será el ayuno, que purifica y autentifica la oración y la caridad. Éstas dos son, en realidad, de todos los días del año.

Hay que decir que hoy el ayuno ha quedado tan relegado en las prácticas cuaresmales que los sacerdotes ya ni saben cómo proponerlo en las vaguedades que predican acerca de la Cuaresma, presentándola como si fuese el paseo romántico de unos turistas que emprenden un viaje, en plan aventura, por un desierto de postal, privándose tan sólo de algunas, poquitas, cosillas. A Wadi Rum, en Jordania, por ejemplo. Nada que ver ni con la extenuante marcha de Israel hacia la Tierra prometida, según el libro del Éxodo; ni con la estancia de Jesús en las solitarias estepas a las que lo condujo el Espíritu para ser tentado por el diablo, ni con las asperezas del modo de vida de Juan el Bautista, ni con los rigores ascéticos de los primeros monjes cristianos de Oriente.

Por otra parte, aunque, en teología, la noción de «sacramento» está reservada principalmente a los sietes signos sensibles que, instituidos por Jesucristo, según el Concilio de Trento, comunican la gracia, estos cuarenta días gozan del privilegio, conferido por la Iglesia, de ser, por la observancia de la materialidad de las obras penitenciales, un sacramento, que, al igual que la Eucaristía, hace posible el que quien se aplica en cumplirlas, por inspiración y con el auxilio de la gracia, se adentre en los arcanos del misterio de Cristo. Se retomará esta idea en la oración sobre las ofrendas del domingo primero de Cuaresma: «El comienzo de un mismo sacramento admirable».

Así pues, la Cuaresma es un período sacramental en el que toda la Iglesia se encuentra en estado de Ejercicios espirituales. De aquí el que estas fechas sean muy apropiadas para hacerlos individualmente. Como a muchas personas les resulta imposible recluirse durante varios días, a causa de sus obligaciones familiares o profesionales, en una casa para Ejercicios, en ésta y en cualquier otra época del año, les cabe la posibilidad de participar en los que, desde el 4 al 8 de marzo, de 20,00 a 21,00 horas, se predicarán en la iglesia de San Tirso el Real de Oviedo. Serán unos Ejercicios espirituales, con el Evangelio de san Lucas, abiertos a todo el Pueblo de Dios.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 25 de febrero de 2024, p. 26

Screenshot

Nefarious

Hoy es el primer domingo de Cuaresma. En la Misa se leerá el fragmento evangélico de las tentaciones diabólicas que padeció Jesús en el desierto. Es por ello por lo que creo que, para un católico, puede ser de interés el que vea la película que está actualmente en las salas de cine: «Nefarious. Cuando habla el diablo».

Tal vez no reciba ningún premio por ser un film en el que se desarrolla un tema de carácter religioso, aunque lo merece, pues el guion y los actores, sobre todo los principales, que son dos, logran captar la atención del espectador, sin que decaiga ni un instante, en la hora y treinta y siete minutos que dura la película. A los que han hecho el doblaje al español habría que otorgarles una mención especial en algún festival de ese ramo por la calidad de su trabajo. 

Digo que a un católico puede resultarle de interés el verla, ya que, en el coloquio entre un preso y un psiquiatra, van saliendo, muy bien entrelazadas, diferentes cuestiones de la dogmática cristiana: Dios Padre, Cristo, la creación, las creaturas, el pecado, el mal, el dolor, la muerte, la culpa, la condenación, la redención, la fe, la no fe, las posibilidades de la razón humana, la gracia, la biblia, el evangelio y la vida eterna.

Se verá que siempre está de fondo la incredulidad humana, a la que también puede sucumbir un sacerdote, respecto a las realidades que nos sobrepasan y que no apreciamos inmediatamente con los ojos o que no somos capaces de reconocer valiéndonos de los recursos de nuestra inteligencia, que se complace en reposar sólo sobre datos aparentemente constatables.

El psiquiatra es, por supuesto, jactanciosamente ateo. Hasta que alguien del inframundo, en este caso Nefarious, le revela con insidiosa puntería cuáles son los males morales que hay en su vida. Se trata, en realidad, de un descenso momentáneo, no como el de los condenados eternamente, sino como el de Dante Alighieri, hasta el último círculo del infierno, en donde, tras contemplar, cara a cara, la faz inabarcable del Mal, con mayúscula, cabe, con la ayuda de la gracia de Dios, iniciar el camino que conduce al Paraíso.

Porque, mientras hay vida, hay esperanza, como le sucedió, en la “Divina Comedia”, a Bonconte de Montefeltro, quien, antes de emitir el último hálito de su existencia en el campo de batalla, la invocación del nombre de María, la Virgen, y una lágrima de arrepentimiento impidieron que fuera atrapado por las garras de los seres infernales:

«Allí donde el nombre le resulta ya inútil llegué yo, herido en la garganta, huyendo a pie y ensangrentando la llanura. Allí perdí la vista, pronuncié como última palabra el nombre de María, allí caí y allí quedó mi cuerpo abandonado. Te diré la verdad y tú la repetirás entre los vivos: el ángel de Dios me acogió y el del infierno gritaba: “¡Oh, tú, el del cielo! ¿Por qué me privas de él? Te llevas lo eterno suyo por una lagrimita que me lo arrebata» (Canto 5 del Purgatorio).

Confíe, pues, el que haya estado alejado de Dios, negándolo, ignorándolo u ofendiéndolo, en que una sola «lagrimita» de devoto arrepentimiento y un grito de sincera súplica dirigido a Él pidiendo su auxilio puedan abrirle, en el último trance, las puertas del Paraíso. «Lavant aquae, lavant lacrimae».

En la película se cita una frase en latín y no se da razón de su procedencia. Es del evangelio. Sale de la boca del endemoniado de Gerasa: «Me llamo Legión, porque somos muchos». Y, al final, unas palabras en arameo: «Mene, Tekel Uparsim». Son del libro bíblico de Daniel. Un dedo las escribió en la pared del palacio del rey Baltasar de Babilonia durante un banquete, en el que los comensales usaban, para beber, los vasos sagrados del templo de Jerusalén. Significan «Contado, Pesado y Dividido».

El claretiano Darrin Merlino, que aparece en la película haciendo de guardia, fue el asesor teológico, si bien el guion se corresponde con el argumento de la novela “A Nefarious Plot”, de Steve Deace. Y el obispo José Ignacio Munilla, que, en una de sus intervenciones radiofónicas, ha recomendado, al igual que el exorcista de nuestra diócesis, verla, la ha calificado de «un gol al demonio».

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 18 de febrero de 2024, p. 24

La Virgen de La Atalaya

«¿Y qué va a ser de esta imagen de la Virgen?», se preguntaban Diego y Encarnita cada vez que, desde Figueras, iban a la antigua Residencia Sanitaria “Nuestra Señora de Covadonga” de Oviedo y pasaban a hacerle una visita en la capilla.

Y, temiendo que pudiera quedar abandonada y sucederle sabe Dios qué cosas, concibieron la idea de ofrecerle un hogar en la capilla de San Román, junto al puente de Los Santos, en la desembocadura del Eo.

Iniciaron conversaciones con el párroco de Figueras, los capellanes de la Residencia Sanitaria y el Arzobispado de Oviedo para ver qué trámites había que hacer con el fin de que la imagen de la Virgen de Covadonga pudiera estar con su hijo, el Cristo del Buen Viaje, en la capilla de La Atalaya, y recibir con Él a quienes, por la autovía A-8, dejando atrás la provincia de Lugo, entrasen en Asturias.

Con el interés que siempre mostraron Diego López García y Encarna Díaz Fernández, y junto a ellos José Vijande Méndez, para que ese sueño suyo se hiciese realidad, enseguida se sintieron implicados en la operación los miembros de la Asociación parroquial “Vía al Pa”, erigida hace años para colaborar en las obras de mejora del cementerio. De aquí el nombre, tal como dirimió el por entonces párroco de Figueras, don Luciano, ante otras posibles denominaciones: «¿A dónde vamos cuando nos morimos? Al Padre. Así que ‘Vía al Pa’ se llamará la Asociación». Camino hacia Dios Padre, primera Persona de la Santísima Trinidad. Hoy la Asociación, bajo la presidencia de María del Carmen Rodríguez Pérez, desarrolla también otras actividades desde su identidad eclesial.

Después, gracias a las gestiones realizadas por el Ecónomo del Arzobispado de Oviedo, la Delegada del Gobierno en Asturias y el Director Provincial de la Tesorería General de la Seguridad Social, así como por algunas personas que trabajan en estas entidades, se pudo arribar al fin deseado, con la cesión, por parte del Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, de la imagen de Nuestra Señora de Covadonga, por un período de setenta y cinco años, a la capilla de San Román de Figueras.

Y hubo que redactar entonces un Convenio en el que quedasen establecidas las condiciones para la entrega, iniciándose así una cordial relación de colaboración entre la Iglesia y la Dirección Provincial de la Tesorería General de la Seguridad Social en Asturias para ultimar los detalles de ese documento, que se firmó el 13 de diciembre de 2023. La imagen, restaurada, se halla, desde el 31 de enero de 2024, sobre un sólido pedestal de granito en La Atalaya.

El pasado jueves, 8 de febrero de 2024, tuvo lugar la ceremonia de entronización de la imagen de la Virgen de Covadonga. Hubo airón, gotas de agua de la ría por todas partes, misa, devoción, chocolate, bizcocho, alegría, discursos, gaita, desvelamiento de una placa conmemorativa y una oración de bendición y de súplica por cuantos hicieron posible el que la Virgen esté en la capilla. El coro dedicó un canto a san Román y aclamó a la Virgen con el «Estrella de los mares» y el «Bendita la Reina». Salió todo perfecto. 

¿Lo más guapo? Lo que se leyó allí del libro bíblico del Eclesiástico como referido a la Virgen: «Yo soy la madre del amor hermoso y del temor, del conocimiento y de la santa esperanza. Me doy a todos mis hijos, escogidos por él desde la eternidad. Venid a mí los que me deseáis y saciaos de mis frutos. Pues mi recuerdo es más dulce que la miel, mi heredad más dulce que los panales. Los que me comen todavía tendrán hambre y los que me beben todavía tendrán sed. Quien me obedece no pasará vergüenza y los que se ocupan de mí no pecarán». Así que, vecinos de Figueras, a ello: a amarla, a cuidarla y a vivir en gracia de Dios.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 11 de febrero de 2024, p. 20

Pinacotecas

«Buenas, desearía ver un cuadro que, tras recorrer las salas y no hallarlo expuesto, debe de estar en el almacén», le digo a un miembro del personal de un importante museo. Doy la referencia completa de la obra. «Ese cuadro no está aquí», me responde. «Jamás oí hablar de él», me confiesa con total sinceridad.

«He visto la ficha en internet y figura como depositado aquí», insisto. «Espere». Y llama por teléfono a alguien que viene inmediatamente a mi encuentro. Vuelvo a contar la historia. Tampoco a esta persona le suena que tal cuadro pernocte en el museo.

Nos tuteamos. «Tengo interés en verlo. Si podéis hacer averiguaciones y confirmarme si está con vosotros, o no, en algún estante del sótano, os lo agradeceré». Les facilito el modo más eficaz de ponerse en contacto conmigo. Hasta hoy. Y eso que han pasado meses. Muchísimos. Deduzco que no está allí. Y no es cosa de preguntarle al propietario, al que tengo acceso, pues se alarmaría, y con razón, si es que realmente se lo cedió en depósito. Por otra parte, ¡como para fiarse de internet!

Tengo la impresión, porque no estoy metido en esa harina, de que muchas pinacotecas están recogiendo cuadros de aquí y de allá con demasiada benevolencia. A mi juicio, desnaturalizándose, porque devienen almacenes de obras que, en no pocas ocasiones, provienen de líos de herencias, de personas que envejecen y no saben qué hacer con ellas. No pueden venderlas, por trabas legales, y, por si esto fuera poco, las supremas instancias culturales les exigen mantenerlas en buen estado. En conclusión, lo mejor es no tener nada.

Otra de las razones que impele a los donantes a depositar sus cuadros en las pinacotecas estatales, amén de posibles beneficios fiscales, es la de que sus nietos no quieren recibir como legados “post mortem” ni cuadros ni libros, salvo que quepa mutarlos inmediata y fácilmente en dinero. Es la generación de Wallapop, de la venta cuanto antes de todo lo que ocupe, estorbando, sitio en casa.

Además, las «experiencias inmersivas», con mareo del personal a base de torbellinos audiovisuales, que los fondos NextGeneration han promovido, están haciendo mella en la gente joven, a la que lo que realmente le gusta es ¡emoción! ¡emoción! Por lo general, le resulta más atrayente eso que los museos, que deberán resituarse, e incluso redefinirse, ante los intereses culturales y recreativos de las generaciones venideras.

Y luego a ver quién paga la restauración de los cuadros, que llegan con hongos, descoloramientos y la obligación, por parte de la dirección, de conservarlos, repararlos y exponerlos, si no permanentemente, de vez en cuando. Esto último los museos, si pueden, se lo saltan, porque el cedente no va a ir a retirar el bien, ya que logró quitárselo de encima y, con él, un problema, pero es que, como sea un pelma, pobre director del museo.

Pero todo esto tiene, empero, sus ventajas: sabes a dónde ir a pedir un cuadro en caso de que haya que montar una exposición temporal. Encontrarás lo que casi nadie ha podido ver porque estaba en el salón o en el pasillo de una residencia particular. La pinacoteca te lo prestará con enorme alivio, sobre todo si vas a pagar la restauración que se precisa para que el cuadro esté aceptablemente contemplable.

De paso, y eso siempre es de agradecer, se le da publicidad a la institución y, en la cartela, al propietario. ¡Ay, las cartelas, la guerra que dan! Se requiere más tacto y paciencia para redactar las cuatro líneas que las componen que para conducir una negociación como la que precedió a la puesta por escrito de los acuerdos del Tratado de Tordesillas.

He de ir a ver un cuadro que está, según se cree, en la bodega de un museo. A saber. Hay que echar una solicitud. Espero que esté allí. Y que respondan en el sentido que sea, afirmativa o negativamente, pero algo. Cruzaré los dedos. Ya les contaré.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 4 de febrero de 2024, p. 27

Apropiación indebida y consentida

Cerca de todos, cerca de ti y haciendo el negocio en el campo sagrado de la Iglesia.

Y los coches bien pegaditos al monumento. Sólo faltan los contenedores de basura.

Y esta es la publicidad de un banco que dice que contribuye a sostener la cultura.

Y luego los ayuntamientos no saben qué hacer con lo suyo:

Y esto es en Asturias. Los contenedores de basura incorporados como parte esencial del monumento. Será por falta de prados para habilitar algo saneado:

Studium Biblicum Franciscanum

Hubo un tiempo en el que se consideraba que un estudioso de la Biblia, serio y riguroso, debería dedicarse al Antiguo Testamento y, sobre todo, a los niveles primitivos y arcaicos de éste. Y mejor que al hebreo, tendría que frecuentar preferentemente otras lenguas del Oriente: sumerio, acádico, ugarítico, por señalar sólo las más representativas.

¿Y el Nuevo Testamento? Al estudio de éste habrían de dedicarse quienes se sintiesen llamados a ejercer el ministerio de las pláticas espirituales dirigidas a sacerdotes, religiosos y cristianos de a pie. En fin, cosas de franciscanos, pensaban los jesuitas del Pontificio Instituto Bíblico de Roma y los dominicos de la Escuela Bíblica y Arqueológica Francesa de Jerusalén, en cuyos programas de estudios, amén de en sus imponentes bibliotecas, ocupaban, y ocupan, un lugar preponderante las ciencias auxiliares de la Biblia: arqueología, epigrafía, numismática, paleografía, papirología y el orientalismo antiguo en general.

Ese juicio sobre los franciscanos se debía a que, en Tierra Santa, éstos son administradores, desde hace siglos, de la mayoría de los santuarios cristianos y a que, para el culto y la atención a los peregrinos, su trabajo haya consistido principalmente en la construcción y en la conservación de iglesias, capillas y hospederías, con el fin de que los fieles pudieran alojarse en albergues económicos, oír misa, rezar y meditar sobre los misterios de la vida de Cristo en los lugares en los que ha pervivido la memoria del paso del Redentor por este mundo. Los franciscanos de la Custodia de Tierra Santa tienen conventos también en Jordania, Líbano, Siria, Egipto, Chipre y Grecia.

No se debe olvidar que, en ese servicio a la cristiandad, ha habido frailes que, por su deseo de permanecer en aquella tierra para salvaguardar los Santos Lugares y la posibilidad de que los peregrinos pudieran visitarlos, padecieron el martirio, como puede leerse en el “Martirologio di Terra Santa”, de Cristoforo Alvi, en el que se recogen sus nombres y el día de su conmemoración litúrgica.

Sin embargo, en 1923, los franciscanos crearon un centro de estudios que, durante los cien últimos años, fue adquiriendo importancia en los círculos de estudio de la Biblia gracias a los trabajos arqueológicos que los Hermanos menores emprendieron en los santuarios cristianos y en otros sitios de importancia para el conocimiento de la historia evangélica y bíblica: Santo Sepulcro, Monte Sion, Nazaret, Belén, Cafarnaúm, Dominus Flevit, Emaús-Qubeibeh, Betania, Tabgha, Herodion, Maqueronte, Monte Nebo o Mádaba.

Los nombres de quienes condujeron esas campañas arqueológicas y nos las mostraron a los que entonces nos iniciábamos en los estudios de Sagrada Escritura permanecerán siempre en nuestro recuerdo: Bellarmino Bagatti (1905-1990), Virgilio Corbo (1918-1991), Michele Piccirillo (1944-2008) o Stanislao Loffreda (1932-). Y los profesores de hebreo, griego, geografía, historia y judaísmo: Virginio Ravanelli (1927-2014), Lino Cignelli (1931-2010) o Frédéric Manns (1942-2021).

Este centro centenario, acerca del que estoy escribiendo, se llama “Studium Biblicum Franciscanum” y concede los grados de licenciatura y doctorado en Ciencias bíblicas y Arqueología. Tiene su sede en el convento anejo al santuario de la “Flagelación” y contiguo al antiguo Litóstrotos de Jerusalén, sobre cuyas losas Jesús fue golpeado, escupido, insultado, vestido de purpura y coronado de espinas. Los peregrinos lo conocen bien porque en la “Flagelación” se cogen las cruces que han de portar por la Vía Dolorosa que recorrerán, haciendo el Vía Crucis, hasta llegar a la roca del Calvario.

El Papa recibió, hace unos días, a los franciscanos de la comunidad académica del “Studium Biblicum Franciscanum”, para agradecerles el servicio que realizan en los Santos Lugares al servicio de la fe, de la ciencia y de las comunidades cristianas que hay allí y que son hijas de la primitiva Iglesia de Jerusalén.

Fue en esa audiencia cuando el Papa confesó que hablaba todos los días por teléfono con la parroquia de Gaza. Y es que, en aquel escenario de guerra, han permanecido, para estar en todo momento con sus feligreses, además de los franciscanos de la Custodia de Tierra Santa y de los miembros de otras congregaciones religiosas, también los sacerdotes del Patriarcado latino de Jerusalén, los de los ritos orientales católicos y los de las diversas confesiones cristianas que tienen, en Gaza, iglesias, escuelas y dispensarios médicos, y que tratan de vivir según aquel alto ideal de caridad por el que se distinguió a ojos de todo el mundo, según los Hechos de los Apóstoles, la primera comunidad cristiana de Jerusalén.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 21 de enero de 2024, p. 27