Mary’s Meals

El Premio Princesa de Asturias de la Concordia 2023 ha sido otorgado a Mary’s Meals, asociación de identidad católica, abierta a personas que tienen otros credos o ninguno, con sede en un cobertizo de la localidad escocesa de Dalmally (Argyll), ya que su fundador, Magnus MacFarlane-Barrow, no ha querido sacarla de ese espacio en el que nació y para que, así, se mantenga en su esencia y permanezca fiel a su finalidad constitutiva.

Todo comenzó en 1983, cuando, leyendo el periódico, Magnus MacFarlane-Barrow, que tenía quince años, y sus hermanos se enteraron de que la Virgen María se estaba apareciendo a unos adolescentes en Medjugorje. Y allá se fueron, junto con unos primos y unos amigos, para conocer el sitio.

La experiencia religiosa fue de tal intensidad que sus vidas cambiaron por completo, incluso siendo, como eran, fervientes católicos. Magnus lo resume así: «Nuestra Señora había venido a decirnos que Dios existía. Yo la creí en cada fibra de mi ser. Y decidí responder lo mejor que pude a la invitación de la Virgen en mi vida».

Años más tarde fueron sus padres quienes regresaron a Escocia desde Medjugorje tan tocados, que convirtieron su pequeño negocio familiar, un hotel para pescadores, en una casa para que quien lo desee pueda retirarse a ella a hacer oración. Véase la página http://www.craiglodge.org.

En noviembre de 1992, en el pub que frecuentaba con su hermano Fergus, Magnus vio unas escenas terribles sobre los sufrimientos que la gente de Bosnia-Herzegovina estaba padeciendo cuando lo de la limpieza étnica. Quedó impresionado. Y comenzó entonces a recoger alimentos y medicinas y a estudiar el modo de hacer llegar todo ese material a aquellas personas que carecían de lo más básico para subsistir. Y allá se fue de nuevo, al lugar en el que, años atrás, él había hecho el firme propósito de vivir por siempre jamás como amoroso hijo de la Virgen María.

En 2002, en Malawi, alguien le dijo a Magnus que, si en los países más pobres del mundo se pudiera dar una comida diaria a los niños en la escuela, el tercer mundo saldría de la pobreza. Y añadió estas palabras: «Si alguien tomara esta idea, se la ofreciera a María, madre de Jesús, y la llamara Mary’s Meals (comidas de María), entonces sería posible».

A partir de ese momento Magnus fue dándole vueltas a cómo llevar adelante tal iniciativa y lo logró. Es el programa que sufraga una comida diaria en la escuela a dos millones y medio de niños en dieciocho países y que la Fundación Princesa de Asturias ha galardonado con el Premio de la Concordia: Mary´s Meals.

Estas historias y otras muchas son las que refiere Magnus MacFarlane-Barrow en su libro “El cobertizo que alimentó a un millón de niños” (Planeta). La traducción española es de 2017 y va por la tercera edición. Más reciente, de 2022, en español, es “Give. La caridad y el arte de vivir con generosidad” (Nueva Eva). Es una reflexión de Magnus sobre la caridad. No sobre la solidaridad, sino sobre el amor de caridad. Sobre la caridad teologal.

A las familias católicas y a las personas que trabajan en Cáritas y en las parroquias les hará mucho bien la lectura del primero, el del cobertizo. Y es que no sólo jóvenes espabilados montaron en cobertizos, con piezas reutilizadas de otros instrumentos, los primeros ordenadores en California, sino que, en Escocia, un joven generoso, enamorado de la Virgen y de la Iglesia Católica, echó a andar, en un cobertizo también, un proyecto internacional de gran envergadura social, asistencial y caritativa, en el que la oración es la fuerza dinamizadora que hace real lo que a primera vista parece imposible: el de las comidas de María, que alimenta a millones de niños en el mundo bajo la condición de que acudan a la escuela, nutriéndose, así, de pan y de saberes.

Y ni Magnus ni los voluntarios de Mary’s Meals se arrogan para sí mismos mérito alguno. Todo lo que hay de grande y de exitoso en ese proyecto no es atribuible a nadie más que a la Virgen María, de la que ellos son sólo unos insignificantes, ilusionados y entregados colaboradores.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 22 de octubre de 2023, p. 23

Hélène Carrère d’Encausse: «En paix»

«Nuestra madre superiora», le llamaba uno de los miembros de la Academia francesa. Y no está mal dicho, pues las academias suelen tener algo de convento. Hélène Carrère d´Encausse era de una firmeza inquebrantable defendiendo la Lengua francesa frente a las novedades, estuvieran o no bien fundadas, que pretenden adaptar el idioma a las emergentes circunstancias sociales.

No procedía del mundo de la Filología, sino del de la Historia y las Ciencias Políticas, y fueron sus escritos sobre Rusia, además de su importante trayectoria profesional, los que la condujeron al sillón 14º de la Academia francesa en 1990 y a la Secretaría perpetua de esa institución desde 1999 hasta 2023.

Su autoridad era indiscutible. Es probable que en esa fortaleza de carácter haya tenido mucho que ver su condición de hija de inmigrantes que vivieron, al llegar a Francia desde la Unión Soviética, en unas condiciones de precariedad económica próxima a la pobreza.

Era ortodoxa, pero mantenía muy buena relación con los representantes de la Iglesia católica y su trato con los académicos eclesiásticos era sumamente cordial. Fue la que recibió al cardenal Lustiger en la Academia. También apreciaba enormemente al párroco de Saint-Germain-des-Prés.

Es costumbre en la Academia francesa hacer elogios de sus miembros difuntos en la iglesia parisina de Saint-Germain-des-Prés. Algunos los pronunció ella misma en razón de su cargo de Secretario perpetuo de la Academia. Sin embargo, el vínculo que la unía a esa parroquia era el de ser la Presidente del Comité para la salvaguarda de Saint-Germain-des-Prés.

Hélène respondió inmediata y afirmativamente al llamamiento que el párroco de Saint-Germain, Benoist de Sinety, dirigió a la sociedad parisina para que colaborase económicamente en la restauración del templo. Y, aunque no era católica, acudió a la convocatoria porque amaba el arte religioso y porque supuso que, para éste, no se iban a encontrar mecenas, al igual que tampoco los hay para la Academia ni para la Lengua francesa, por mucho que se hable del amor de Francia a su idioma.

Si hubiera sido una causa humanitaria llamativa, habrían aparecido seguramente financiadores, que posarían para la prensa y para la televisión en el momento de hacer entrega del donativo o en el acto de inauguración. Pero ¿dar dinero para la Academia? ¿para la Lengua? ¿para la Iglesia? Para éstas, nada. Por eso se entregó a trabajar en favor de ellas con la determinación que la caracterizaba.

«Una sociedad entera se unió para levantar los lugares de culto. A veces, durante varias generaciones. Cuando entro en esos santuarios percibo el formidable impulso colectivo y espiritual que viene de siglos», declaró en una entrevista con motivo de la aceptación de su madrinazgo para el Gran Premio Peregrino de Patrimonio.

Hélène, nada más ingresar en una clínica de cuidados paliativos, en el tramo final de su vida, llamó por teléfono al sacerdote Benoist de Sinety para comunicarle que se moría: «Je suis en paix», le dijo. Fue él quien presidió la ceremonia religiosa de despedida de Hélène en Saint-Germain-des-Prés, en la que intervino también un sacerdote ortodoxo, dado que ella pertenecía a la Ortodoxia.

En la despedida institucional que la Academia le ofreció en esa misma iglesia tras su fallecimiento, el escritor y crítico literario y cinematográfico Frédéric Vitoux, que fue quien le hizo el elogio fúnebre, recordó una frase de Joseph Joubert que expresa muy bien cómo era el temple luchador y nada quejumbroso de Hélène Carrère d’Encausse y que no nos vendrá mal evocarla en alguna que otra ocasión: «Es indigno de grandes almas compartir los tormentos que experimentan».

Descanse ya en la paz que Dios le concedió sentir como primicia antes de llamarla a gozar por siempre de su presencia.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, martes 17 de octubre de 2023, p. 34

Solesmes

«Terribilis est locus iste», comenzaron a cantar en gregoriano cuatro monjes benedictinos de la Abadía de San Pedro de Solesmes. Y los siguió el resto de la comunidad: «Hic domus Dei est, et porta caeli». Son palabras de Jacob en Génesis 28,17: «¡Qué terrible es este lugar!¡Es la casa de Dios y la puerta del cielo!»

En ese cenobio francés, famoso en todo el mundo por los estudios y la interpretación del gregoriano y por la solemnidad con la que se ofician los actos litúrgicos, el abad, dom Geoffroy Kemlin, presidió, el pasado jueves 12 de octubre, la Misa de aniversario de la dedicación de la iglesia abacial.

En esa misma ceremonia, Guiorgui Vodé, un joven de familia georgiana, hizo profesión solemne, le fue impuesta la cogulla negra y se convirtió así en miembro de pleno derecho de la comunidad monástica de San Pedro de Solesmes.

Fue un sacerdote diocesano, Prosper Guéranger (1805-1875), viendo el estado ruinoso en el que se hallaba el monasterio, no lejos de la casa en la que él nació, y tras tener noticia de que iba a ser vendido, quien se aplicó con todas sus fuerzas, y la compañía de algunos sacerdotes jóvenes, a levantarlo e implantar en él la vida benedictina, extinguida por entonces en Francia.

La lectura de la vida de dom Guéranguer debería ser obligatoria en los seminarios para curas. No se puede creer si no se ve lo que aquel sacerdote diocesano, que no era monje, logró construir sobre la absoluta miseria que yacía en forma de sillares a orillas del río Sarthe y el inmenso esplendor que alcanzó, bajo su guía, la vida monástica en Francia y en Europa.

Esto lo sabía bien el arzobispo ovetense Francisco Javier Lauzurica y Torralba, quien, a los cursos de verano que organizaba para los seminaristas de Asturias en Covadonga, invitaba, como profesores, a monjes de Solesmes, que acudían al santuario para instruir en la técnica y en las bellezas del canto gregoriano a los jóvenes candidatos al sacerdocio.

En Solesmes, no sólo el gregoriano, sino también la liturgia, la centralidad otorgada a los Santos Padres y a los principales teólogos y maestros de la Historia de la Iglesia, la seriedad en la observancia de la Regla de san Benito y la erudición de los monjes han ejercido una atracción irresistible en numerosos escritores e intelectuales.

Así, entre otros, Louis Veuillot, Léon Bloy, Joris-Karl Huysmans, Marguerite Aron, Jacques y Raïssa Maritain, Pieter van der Meer de Walcheren, Paul Claudel, François Mauriac, Pierre Reverdy, Paul Valéry, John Howard Griffin o Julien Green.

De entre los visitantes de Solesmes, la figura de Simone Weil (1909-1943) es especialmente significativa, porque, siendo judía, se convirtió allí, con todo el afecto de que era capaz su corazón, y lo era mucho, durante la Semana Santa de 1938, al cristianismo, si bien no llegó nunca a recibir el bautismo: «El pensamiento de la Pasión de Cristo ha entrado en mí de una vez para siempre». Más aún, en Solesmes tuvo una experiencia mística después de haber leído el poema “Love (III)” de George Herbert, que ella misma refirió en estos términos:

«Lo aprendí de memoria. A menudo, en el momento culminante de mis dolores de cabeza, yo me ejercitaba en recitarlo, poniendo toda mi atención y adhiriéndome con toda el alma a la ternura que en él se contiene. Yo pensaba que lo recitaba sólo como un hermoso poema, pero, sin yo ser consciente, esa recitación tenía la fuerza de una oración. Fue durante una de esas recitaciones cuando, como ya he dicho, Cristo mismo descendió hasta mí y me tomó».

Aún se recuerda, en la iglesia abacial de San Pedro de Solesmes, el lugar en el que Simone Weil se recogía en oración, en los bancos de atrás del templo, para gustar, en la intimidad de su ser, del abrazo del Amor, que vino a ella portando la muleta más firme sobre la que quepa apoyarse y descansar: la de la cruz de Cristo.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 15 de octubre de 2023, pp. 22-23

¡Oh, luz gozosa!

¡Oh, luz gozosa de la tarde! ¡Oh, luz inmortal! ¡Oh, luz de la santa gloria!

Y al caer de la tarde, la luz que entra por la puerta de la catedral de Oviedo nos inunda de claridad, de gozo y de esperanza. Allí quedará en reserva, como agua recogida en el pozo, para que no nos entristezcamos. No estaremos, durante la noche, solos, desasistidos, tristes. El que ha dicho «¡Yo soy la Luz!», vive entre nosotros, con nosotros, en nosotros, … en la Iglesia:

La luz entra en nosotros por una puerta ancha, por un ventanal, por una saetera o por una rendija, pero ella sabe cómo abrirse paso.

Tres rayos de la divina Trinidad:

Y nada que ver con esto de ayer en la «Noche blanca»:

Jon Fosse

La Academia Sueca ha otorgado el Premio Nobel de Literatura 2023 al escritor noruego Jon Fosse (Haugesund, 1959), por dar voz «a lo indecible» en su diversificada obra literaria: teatro, poesía, ensayo, novela, cuentos infantiles y traducciones.

En su juventud, Fosse se declaraba ateo y marxista. Era de guisa hippie y le gustaba la música y leer. Fue precisamente esta afición suya, la de la lectura, la que lo llevó a estudiar Literatura comparada en Bergen. Luego, se dedicó a la escritura.

En 2012 se convirtió al catolicismo, aunque, a decir verdad, ya desde la infancia sintió una llamada a cultivar el sentido espiritual de la existencia. Sin embargo, fueron sus lecturas del Maestro Eckhart (1260-1328), dominico, las que lo guiaron hacia la luz, que encontró al fin en la Iglesia católica, sobre todo después de haber sido azotado duramente por el flagelo del alcohol.

El proceso de aproximación a la Iglesia católica tuvo lugar después de haber observado que lo de escribir no era, en él, una moción que proviniera del corazón, sino de fuera: «En el proceso de escritura hubo algo que no pude entender del todo, un misterio: ¿de dónde viene? No viene de aquí (señala su corazón). No, es de ahí fuera», confesó en una entrevista que le hicieron para una revista de libros.

Y así empezó a creer en un Dios personal. Sin dogmas ni iglesias. Simplemente desde su vocación de escritor. En un Dios que está dentro y, a la vez, fuera. Y sintió la necesidad de compartir su fe con otros creyentes. Frecuentó entonces a los cuáqueros, de los que se fue separando en la medida en la que iba descubriendo que la escritura era su particular forma de orar y que cuando estaba a solas consigo mismo se hallaba en lo que él denominaba su “congregación silenciosa”.

«Hace muchos años dije que, para mí, escribir era rezar, que ése era mi modo de rezar. Me sentí estúpido cuando lo dije, pero después leí en alguna parte que Kafka había dicho exactamente eso mismo respecto a su escritura», le comentó recientemente Jon Fosse a un periodista.

Hasta que un día se dejó caer por una Iglesia católica a la hora de Misa. Y aquello le gustó. Y siguió yendo. Y comenzó a interesarse por las cuestiones relativas a la fe. Y por fin dio el paso: entró en la Iglesia, católica, apostólica y romana.

Es cierto que lo atrae, más que la romana, la liturgia de los ortodoxos, pero llegó a imbuirse de tal manera de la doctrina católica que le parece a él que ésta es la verdadera. Y si un místico como el Maestro Eckhart era hijo de la Iglesia católica es porque en ella se satisfacen plenamente las altas aspiraciones del ser humano que anhela descansar en Dios.

Desde que fue recibido en la Iglesia católica, en la literatura “fosseana” se aprecia notablemente su perspectiva como creyente en Dios. Y así, en “Septología”, por ejemplo, el lector hallará que, en la trama, en los personajes -sobre todo el protagonista- y en el desarrollo, hay mucho de la biografía espiritual del autor, en la que la luz de Cristo brilló con los inefables resplandores de su Pascua y de su Gloria.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 8 de octubre de 2023, p. 25

Circundados de belleza

Te vi desde el confesonario, en el que me encontraba, a última hora de la tarde. No reparé en ti hasta que te vi inclinado, observando el juego de luces, sobre un lampadario que hay junto a un altar del crucero de la catedral. Y, luego, sobre otro. Y así sobre todos los que ibas hallando en tu camino.

Cuando te quedaste extasiado mirando los reflejos de colores de las vidrieras en las baldosas del suelo, proyectados por los rayos vespertinos del sol, salí del confesonario para interesarme por la admiración que manifestabas ante ese fenómeno de indescriptible belleza, el cual también yo contemplo con deleite cuando me sale al encuentro en cualquiera de los puntos por los que las viras de luz se pasean por el templo según sean la hora del día y la estación del año.

«Es que me gusta mucho la catedral. La veo desde mi casa y me asomo a la ventana para mirarla y pienso que qué suerte tenemos en Oviedo por tener esta catedral», me comentaste. Luego fuiste refiriéndome cuáles eran los elementos de las naves que te llamaban especialmente la atención. Te confieso que me di cuenta, ya desde el principio de nuestra conversación, de lo que, por otra parte, te sucedía: asperger.

El domingo pasado me acordé de ti, porque un adolescente como tú recibió la primera comunión en la basílica de San Pedro de Roma. Asperger también. Se llama Diego. Le descubrieron hace tiempo mielodisplasia medular. A causa del tratamiento tuvo que permanecer en casa, sin ir a la escuela, durante un año y medio. Y se dedicó a la música, que tanto le gusta. Sin embargo, lo que más le atrae es el arte: «Vive para el arte», dice su madre.

Con su madre precisamente vio unos vídeos muy breves que Vatican News y los Museos Vaticanos realizaron durante la pandemia de coronavirus. Retransmitían uno al mes. Yo mismo los reenvié a mis amigos según iban colgándolos en la página web de Vatican News. El título de la serie era “Celata Pulchritudo”. El del “clavigero”, el encargado de las llaves que abren y cierran las puertas de los Museos, es sensacional. Todavía está en YouTube.

El “clavigero” se llama Gianni Crea y es el responsable de la apertura diaria, a partir de las cinco y media de la mañana, con otros cinco claveros, de las puertas y ventanas de los Museos Vaticanos. Dos mil setecientas noventa y siete llaves. La única no numerada y de la que no hay copias es la de la Capilla Sixtina. La número cuatrocientos uno, que es la del fabuloso Museo Pío Clementino, es la más antigua.

Diego estaba entusiasmado contemplando las bellezas de Vaticano en la pantalla. A su madre le vino la idea de escribir a la Dirección de los Museos y solicitar el que les permitieran visitarlos. La respuesta fue inmediata: «Están Ustedes invitados a los Museos Vaticanos. Serán Ustedes nuestros huéspedes».

Y allá se fueron. Se lo enseñaron todo y dejaron que Diego hiciera de “clavigero”, es decir, de clavero, el que abre y cierra. Estaba feliz. «No había visto a mi hijo así de feliz en toda su vida», dijo emocionada la madre. Y entonces una lucecita se encendió dentro de Diego y manifestó abiertamente su deseo de recibir la primera comunión. Allí en donde tanto bobo, a la vista de las bellezas del Vaticano, dice que se le va la fe, Diego se encontró con Jesús. Y quiso recibirlo en su interior.

No había hecho la primera comunión porque sus padres temían que Diego, que no soporta los espacios cerrados, no aguantase el ritmo de la catequesis. Y, además, entre personas extrañas. No, no acababan de decidirse. Y otra circunstancia añadida: lo pasa mal en los lugares de techos altos ¡Como para hacer que permaneciera durante mucho tiempo en una iglesia!

Y fue él mismo quien se lo dio resuelto, porque, según les dijo a los de casa, en las iglesias no tiene ese problema. En una iglesia se siente tranquilo ¿Y esto por qué? Pues porque dentro de una iglesia, por muy alta que sea su nave principal, está rodeado de arte y de belleza, y esto le da paz.

Y, de este modo, inició el proceso para recibir el sacramento. ¿Y sabes qué es lo más grande de esta historia? Que Diego es así de estupendo porque en su corazón imperan, por encima de todo, estos dos sentimientos: la gratitud y el amor. Y por eso el arte es, para él, como seguramente lo es también para ti, vida. Y camino. Camino que conduce a la Belleza infinita. Camino que lleva a Dios.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 1 de octubre de 2023, p. 26

Eremitorios urbanos

Tras una visita reciente al Centro de Investigación en Nanomateriales y Nanotecnología (CINN), en El Entrego (Asturias), durante la cual se nos explicó a los asistentes que la sola presencia de una persona en un edificio hace que éste se mueva en sus elementos compositivos más diminutos, me pregunto qué efecto provocará el ruido, por pequeño que sea, en los monumentos y en las personas. ¡Y cuánto más aquel que es ensordecedor!

Es preciso decir, con todo, que el repique de las campanas de las iglesias, el canto de los pájaros, el rumor de los ríos y de otros elementos de la naturaleza, así como los sonidos que acompasan la vida en los pueblos y aldeas, no entran en la categoría de ruidos molestos.

Pero es de justicia el reconocer que hoy se ha hecho muy necesario el silencio. Se trata de pura autodefensa ante las agresiones de la contaminación acústica. Ya hay vagones de tren en los que no está permitido hablar por el móvil, ni en voz alta, ni mantener conversaciones largas, ni emitir sonidos que perturben a los otros viajeros del compartimento.

De igual modo, en Italia ha sido creada una red de lugares en los que se ofrece a las personas que lo necesiten la posibilidad de orar en absoluto silencio. Curiosamente, no son ni monasterios ni iglesias. Y lo comprendo. En mis últimas visitas a monasterios españoles salí con el pensamiento de no regresar nunca más, para hacer un retiro, a ninguno de ellos. De silencio, más bien poco. En las iglesias parroquiales, lo mismo.

De aquí el que Juri Nervo, un seglar, casado con Luciana, dedicado a ayudar a quienes necesitan ser escuchados, a ser ungidos con el bálsamo del perdón y a encontrarse a sí mismos, haya habilitado, en uno de los brazos del antiguo complejo carcelario “Le Nuove” de Turín, un espacio al que ha denominado “Eremo del Silenzio”.

Ha confeccionado incluso una Regla, que es Evangelio puro, muy al estilo de las pautas de vida que le gustaban a san Francisco de Asís y a Carlos de Foucauld, y en un librito que acaba de publicar con el título “Il silenzio nella città. Esperienze di eremitaggio urbano”, Juri explica cuáles son los vectores por los que se rige su proyecto de servicio eclesial

Con algunos amigos, adecentó el lugar y lo preparó para que quienes deseen tener, en cualquier hora del día, un instante para estar en silencio, recogerse y orar, puedan realizarlo en ese “eremitorio urbano”. La idea está siendo desarrollada igualmente en diversas ciudades de Italia, en las que ya han sido abiertos locales para vivir en cristiano según estas nuevas formas de eremitismo en medio del mundo.

Los eremitorios no son como la “Sala de meditación”, llamada también “Sala de la tranquilidad”, sin símbolos religiosos, que hay, desde 1952 en la ONU. Según dijo Dag Hammarskjöld, que fue quien dispuso una renovación de la Sala durante su mandato como Secretario general de la ONU, «personas de muchos credos se reunirán aquí y, por esa razón, no se podría utilizar ninguno de los símbolos a los que estamos acostumbrados en nuestra meditación». O sea, una cosa descafeinada.

En los eremitorios urbanos, en cambio, el silencio no es el del vaciamiento de la mente que se concentra para alcanzar no sé qué estado de la conciencia, sino que se trata de un silencio «habitado» por la presencia de Alguien que, en nuestras prisas, preocupaciones, fatigas y estrecheces, nos inspira confianza, seguridad y paz, y nos infunde valor y fortaleza para hacer frente a las adversidades: «Tú no tengas miedo y no pierdas la calma, pues yo estoy siempre contigo y, en esos asuntos que te desbordan, y de los que ahora me estás hablando, estate tranquilo, que ya me ocupo yo».

La Nueva España, domingo 24 de septiembre de 2023, p. 26

Ab utero

Tu cabecita apareció de repente fuera del útero de tu mamá, Wiktoria, en el mismo instante en el que ésta fallecía a causa de la bala que un miembro de la policía leal al nazismo le disparó. Allí estaba, junto a vosotros, tu papá, Józef, al que también dieron muerte de la misma manera: de un balazo. Fue el 24 de marzo de 1944.

A papá y a mamá los mataron por haber escondido en vuestro hogar de Markowa, en Polonia, a ocho personas del pueblo judío que les pidieron cobijo. ¿Cómo decirles que no? En la Biblia que había en casa, y que alguien piadosamente recogió después de la matanza, figuraban subrayados en rojo los títulos de dos pasajes del Evangelio: “Mandamiento del amor. El buen samaritano” y “Sobre las obligaciones del cristiano: Si amáis sólo a los que os aman ¿qué merito tenéis?”.

Los acogidos bajo vuestro techo, que, como agradecimiento por la caridad para con ellos, ayudaban, desde su escondite, en las cosas de casa y de la granja, vivieron entre vosotros varios meses, mas quienes los buscaban, para matarlos, dieron con ellos. Y los fusilaron.

De repente, llegaron a ti, que, aún sin ver, tenías una aguda capacidad para intuir, gritos. Los de tus hermanos: Stanislawa, Barbara, Wladyslaw, Franciszek, Antoni y Maria. No eran como los que resonaban en ti cuando, estando todos juntos, reían, se peleaban o cantaban. Ahora eran gritos de terror. En su presencia, empujaron, golpearon, insultaron y mataron a papá y a mamá. Y por eso gritaban. Y, para acallarlos, los mataron. A ellos, angelitos inocentes, a los que tanto deseabas ver y con los que ahora eres infinitamente feliz en el cielo. Tenían entre dos y ocho años.

Allí te quedaste tú. Solito. La cabeza y la parte superior del tronco, fuera. El resto de tu cuerpecito, en tu cariñosa mamá. Y así te enterraron con ella. Y con todos los demás. En una fosa. Se supo de ti cuando, a los pocos días, los vecinos, al exhumaros, para daros un enterramiento digno, vieron que estabas aún entre sus piernas, a medio nacer.

No logro imaginarme qué fue lo que pudiste sentir durante aquellas horas, las primeras, las únicas de tu vida en este mundo. Padeciste un sufrimiento, una indefensión, una indiferencia, una angustia, inenarrables. Permaneciste bajo tierra, sin oxígeno e inmóvil. Y allí soterrado, en un instante, la llamita encendida de tu corazón se apagó, pues me parece que estabas aún vivo cuando os arrojaron sin miramientos al pozo.

¿Sabes que, en el mar de Lampedusa, hallaron a sesenta metros de profundidad a una madre que se mantuvo abrazada a su bebé hasta que los dos murieron durante la inmersión tras el hundimiento de la barca en la que viajaban?

En el pueblo se os conocía por vuestro apellido: los Ulma. Dejasteis tal estela de caridad cristiana que la autoridad eclesiástica dispuso que se iniciara el proceso de canonización. Os beatificaron el pasado domingo 10 de septiembre. A toda la familia. También a ti, porque recibiste el bautismo, el de fuego, en el recipiente bautismal más hermoso que pueda existir: las entrañas de tu mamá. Y, de este modo, fuiste ya, “ab utero matris tuae”, totalmente de Cristo.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 17 de septiembre de 2023, p. 32

La puerta del arte

Los años jubilares dan comienzo con la apertura de una puerta santa. Con la exposición de tres cuadros de El Greco en la iglesia romana de Sant’Agnese in Agone se ha abierto la primera puerta del Jubileo de 2025 en la Ciudad eterna: la del arte. De aquí el lema bajo el que se agruparán las sucesivas exposiciones que tendrán lugar en Roma hasta principios de 2026: “el Jubileo es cultura”.

En la puerta, para poner de relieve el carácter liminar de la exposición, de la hermosa y monumental iglesia de Sant’Agnese, levantada por Borromini, a instancias de Inocencio X, sobre el lugar en el que la adolescente Inés fue martirizada en el siglo IV, han sido colocados tres óleos sobre tela de Domínikos Theotokópoulos, el Greco. Dos proceden del Hospital de Tavera, en Toledo. El tercero, del Museo parroquial de El Bonillo, en la provincia de Albacete.

En el de El Bonillo, pintado entre 1590 y 1595, Cristo se muestra realmente vivo. La luz de los ojos es penetrante. Y la serenidad con la que porta la cruz, enorme, sobre sus hombros, sujetándola con sus estilizadas manos, como si no pesase absolutamente nada, abrazándola, es una invitación a que cada cual lleve la suya diariamente con la fortaleza y la paz que recibimos de Él.

El del bautismo de Jesús, del Hospital de Tavera, pintado entre 1608 y 1624, es como para sentarse a contemplarlo durante horas en sus detalles y en su alta significación. Allí aparece Cristo, entre los pecadores, recibiendo, de manos de Juan el Bautista, el agua purificadora del Jordán. Él, que no tenía pecado, no hizo ascos a mezclarse con nosotros, pecadores, para hacernos partícipes de su vida divina.

El de la Sagrada Familia con Santa Ana, también del Hospital de Tavera, pintado hacia 1595, muestra a María amamantado, con el seno derecho visible, a Jesús. El Hijo de Dios, al igual que todos nosotros, necesitó nutrirse de alimento para sobrevivir, porque su asunción de nuestra carne fue real y total.

Estos dos cuadros, realizados para un hospital, corresponden a una práctica de la Iglesia, que ahora ha caído en desuso: dotar a los centros sanitarios de elementos de belleza, porque, ésta es un medio terapéutico, que coadyuva a la curación del enfermo, y complementa el tratamiento recetado por los médicos y los cuidados de la familia y de los amigos.

Sin embargo, los hospitales han devenido naves funcionales y lo mismo cabe decir de los centros de enseñanza de construcción reciente. Son estructuras arquitectónicas, permítase el neologismo, aneducativas. Compárense, si no, con las antiguas escuelas de Salamanca, París, Lovaina, Oxford, Cambridge o Dublín.

La actual exposición en la plaza Navona de los tres cuadros del pintor cretense arriba mencionados, de la que el sacerdote Alessio Geretti es el comisario, se titula “I cieli aperti. El Greco a Roma”. Es el primer umbral que se nos ofrece para que lo traspasemos en la peregrinación hacia el Jubileo romano de 2025, cuyo lema será “Peregrinos de la esperanza”.

A través de una obra de arte, visible, se abre un óculo hacia lo invisible. Ella hace posible el que, desde lo material, lleguemos a lo espiritual, desde lo humano a lo divino. De aquí la especial significación del cuadro del bautismo de Cristo: el Espíritu Santo rasga el velo que separa el cielo y la tierra, y, en el Jordán, desciende sobre Jesús, apareciendo así, ante nuestros ojos, la gloria de Dios, uno y trino, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Y aquí radica precisamente el fundamento de la esperanza cristiana, en la que se centrará el próximo jubileo romano: con el nacimiento de Cristo, Dios ha venido al encuentro de la humanidad doliente, para aliviarla e introducirla en la vida verdadera, y, habiéndose despojado de todo y humillado hasta la muerte en cruz, la ha revestido de gloria divina. Y es lo que el visitante contempla en la iglesia de Sant’Agnese in Agone cuando se acerca allí para admirar las tres magníficas obras del gran pintor que fue Domínikos Theotokópoulos, el Greco.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 10 de septiembre de 2023, p. 24

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