Springsteen: The Middle

Se hablaba en la antigüedad del ombligo (ómphalos) del mundo. Era el centro a partir del cual habría sido creado todo, deviniendo ese lugar un espacio sagrado, como, por ejemplo, el “ádyton” de Delfos.

El “ómphalos” de los Estados Unidos se halla en la localidad de Lebanon, en Kansas. Allí, una pequeña capilla, de madera y pintada de blanco, en la que hay una cruz clavada, en el testero, sobre una bandera de los Estados Unidos, señala el centro geográfico de la nación.

Del significado de esa capilla trata el anuncio que protagoniza Bruce Springsteen, en la conmemoración del nacimiento, hace ochenta años, de la marca Jeep, la de los famosos vehículos todoterreno.

En la grabación, retransmitida durante el reciente Super Bowl, el cantante no menciona ni el modelo ni la firma, sino solo ese pequeño santuario que se alza en el punto de convergencia de los Estados contiguos de la Unión, en el que deja encendida, al final del soliloquio, una vela.

El vídeo está colgado en YouTube y, en él, dice Bruce Springsteen: «Hay una capilla en Kansas, que está en el centro exacto de los 48 estados meridionales (contiguos). Nunca está cerrada. Todo el mundo es bienvenido y a todos se los invita a que se reúnan aquí, en el centro».

A continuación, habla del descentramiento estructural: «No es un secreto. El centro ha sido un lugar difícil de alcanzar últimamente. Entre el rojo y el azul. El siervo y el ciudadano. Entre nuestra libertad y nuestro miedo. Ahora bien, el miedo no ha sido nunca la parte mejor de aquello que somos».

Y prosigue: «En cuanto a la libertad, no es patrimonio de unos pocos afortunados, sino que pertenece a todos. Quienquiera que seas y de donde quiera que seas. Esto es lo que nos une. Y tenemos necesidad de esa conexión. Tenemos necesidad del centro. Debemos solamente recordar que el terreno sobre el que nos encontramos es un espacio común».

Springsteen concluye su mensaje con una evocación de la marcha por el desierto, la luz en el camino, la subida a la montaña y la esperanza de futuro: «Así que podemos ir allí. Podemos llegar a la cima de la montaña, a través del desierto, y superaremos esta división. Nuestra luz ha encontrado siempre su camino en la oscuridad. Y hay esperanza en el camino … más adelante».

Como se recordará, el pasado mes de enero, en la gala de inauguración del mandato de Joe Biden como presidente de los Estados Unidos, Springsteen entonó, al pie de las escaleras del Lincoln Memorial de Washington, D.C., la que él calificó de «oración por nuestro país», refiriéndose a la canción “Land of Hope and Dreams”, que trata de campos, vías de tren, oscuridad y luz, cansancio, compañía, santos y pecadores, almas perdidas, fe y campanas de libertad, en un viaje hacia una tierra de sueños y esperanza.

Esos mismos motivos son los que subyacen en algunas de las imágenes del anuncio de Jeep: una carretera hacia el infinito, un paisaje nevado, un sombrero de cowboy, unas botas de piel en color “camel”, un molino de viento, un tren en marcha, el porche de una casa con la bandera de los Estados Unidos, un caballo, las torres de centrales termoeléctricas, los rascacielos de colores metálicos, los edificios de ladrillo rojo y un bar con el rótulo luminoso de una marca de bebida. Es la América profunda. A cuyos valores más genuinos y esenciales es preciso volver, para, así, recomponer el maltrecho tejido social.

Y el lar en el que permanecen aún vivas las brasas del fuego que ha surtido de energía a quienes han sido capaces de hacer realidad el sueño de los constructores de una nación, es un pequeño santuario, en el centro del país y del ser de cada ciudadano, en el que la fe religiosa es impulso configurador y dinamizador.

Es la fe religiosa a la que Martin Luther King aludía en el discurso que pronunció durante la Gran Marcha de la Libertad, en Detroit, en junio de 1963: «Con esta fe, iré y excavaré un túnel de esperanza a través de la montaña de la desesperación. Con esta fe, iré contigo y transformaré los oscuros ayeres en luminosos mañanas. Con esta fe, lograremos alcanzar ese nuevo día en el que todos los hijos de Dios, negros y blancos, judíos y gentiles, protestantes y católicos, unamos nuestras manos y cantemos con las palabras del antiguo espiritual negro: ¡Libres al fin! ¡Libres al fin! ¡Gracias, Dios todopoderoso, somos libres al fin!».

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 21 de febrero de 2021, p. 28

Véase el vídeo más abajo

Puede verse el vídeo subtitulado en Youtube: «Springsteen: The Middle subtitulado en español»

El de la esperanza (en la «Divina Comedia»)

«Abridme las puertas de la salvación», dijo el arzobispo de Santiago ante la Puerta Santa de la catedral compostelana, y el pueblo respondió: «Y entraré para dar gracias al Señor». El prelado dio entonces un golpe en la Puerta con la cara de un martillo de plata y madera de encina, regalo de un matrimonio alemán, en la que figura la ovetense Cruz de los Ángeles.

Y así otras dos veces, después de proclamar los correspondientes versículos bíblicos: «Entraré en tu casa, Señor» y «Abrid las puertas, que nuestro Dios está con nosotros». A continuación, alternando las acciones con versos sálmicos, introdujo una gran llave en la cerradura de la Puerta Santa y la hizo girar dentro, y atrajo luego hacia sí, ceremonialmente, sus hojas.

Repicaron las campanas, estallaron las bombas de una traca, encendieron la linterna de la Berenguela-Torre del Reloj, y sonaron, jubilosos, el órgano y las trompetas. El arzobispo recitó una oración, se arrodilló, enarbolando una cruz, en el umbral, los diáconos purificaron con ramos de olivo, impregnados de agua bendecida, las jambas de la Puerta y las personas designadas para ello la ornaron con capullos de rosas blancas. El coro cantaba “Iubilate Deo”.

El ingreso en la catedral fue procesional. Un solista desgranaba, con voz admirable, las estrofas del “Te Deum”. Impresionante. «Te per orbem terrarum sancta confitetur Ecclesia, Patrem immensae maiestatis», se escuchaba, mientras el cortejo avanzaba por una nave lateral hacia la Via Sacra, la que conduce «in recto» al Altar mayor, que luce, en sus dorados, imágenes y filigranas, con resplandores que evocan la gloria de la Jerusalén celestial. Inefable. «Tu, devicto mortis aculeo, aperuisti credentibus regna caelorum».

Y en el centro de aquel reflejo del cielo en la tierra, haciendo las funciones del clavero san Pedro, el apóstol Santiago. Asentado en un trono, como le había anunciado Cristo (Mateo 19,28), recibe a los peregrinos, que, vestidos con el traje que se requiere para la fiesta, le imploran que les alcance de Dios la gracia de poder tomar parte en el banquete de bodas del Cordero, como en la Ciudad Santa del Apocalipsis.

No creo que a san Pedro le parezca mal el que Santiago ejerza ese menester, dada la alta estima que se profesan, según refiere Dante en la “Divina Comedia”: «Igual que un palomo se posa junto a un compañero y le muestra el afecto dando vueltas y zureando, así vi que un gran príncipe glorioso acogió al otro mientras alababan el alimento que allá arriba se come». Es en el Canto 25 del Paraíso.

Concluido aquel «gratular», el apóstol Santiago y el Poeta mantuvieron un coloquio sobre la esperanza. «Es la esperanza, dijo Dante al Apóstol, certidumbre, producida por la gracia divina y el mérito precedente, de la gloria futura. De muchas estrellas me llegó esta luz, pero en mi corazón la destiló primero el máximo cantor del Guía supremo». Dante estaba pensando en David. «Después tú me la instilaste con tu epístola, y estoy tan lleno de ella, que en otros la derramo». Aludía a la neotestamentaria Carta de Santiago.

Es Santiago, pues, Apóstol de la esperanza y vector para que acaezca la transformación que se opera por la fe, activa en el amor. Decía Carl Gustav Jung que «el encuentro de dos personalidades es como el contacto de dos sustancias químicas: se produce una reacción tal que ambas se transforman». Y eso fue lo que les sucedió, cuando se encontraron con Jesús, a Pedro, Santiago y Juan; y a Dante, al compenetrarse con el alma inspirada de los autores de «las nuevas y las viejas escrituras».

Y eso es lo que le sucede al peregrino, que, cual palomo, por seguir usando la imagen de la “Divina Comedia”, vuela gozoso hasta el lugar del apóstol Santiago, el de la esperanza, para abrazarlo, regenerarse por el sacramento del perdón y gustar, ya en esta tierra, bajo la benevolente mirada del hijo de Zebedeo, el «alimento que allá arriba se come».

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 10 de enero de 2021, p. 29

Año de Dante

Cuando, en 1921, Benedicto XV publicó la encíclica “In praeclara summorum”, dedicada a Dante Alighieri en el sexto centenario de la muerte del poeta (Rávena, 13/14 de septiembre de 1321), el Papa se lamentaba ya por entonces de que hubiese fuerzas sociales que intentaran eliminar la religión de la escuela y educar a los jóvenes «como si Dios no existiera».

Lo de querer expulsar a la religión de dondequiera que esté es cosa que, como se ve, viene de antiguo. Y en aquellos tiempos no se hablaba de “deconstruccionismo”, pero esa era precisamente la noción que el Papa tenía en la cabeza cuando deploraba el que se explicase la “Divina Comedia” despojándola de su significado teológico.

Los últimos Papas han sido mucho de Dante. También el actual, que ha anunciado que, en este año, en el que se conmemora el séptimo centenario de la muerte del Sumo Poeta, publicará algunas consideraciones acerca de su figura. Pío XI tenía la “Divina Comedia” sobre la mesa de estudio siempre. Cuando era director de la Biblioteca Ambrosiana de Milán, la leía en los ratos de descanso. Y León XIII, buen conocedor de Dante, quiso, días antes de su muerte, según el testimonio de uno de sus colaboradores, tenerla junto a sí, para seguir nutriéndose, como había hecho desde su ya lejana juventud, del néctar celestial de los cantos.

«Los más dotados, que no solo tengan en la mano día y noche un ejemplar de la “Divina Comedia”, sublime obra maestra, sino que profundicen también en todo cuanto hay en ella de inexplorado y de oscuro. Procuren leerla todos íntegramente, sin precipitación ni de prisa, sino con mente penetrante y reflexión atenta», pedía Pablo VI en la Carta apostólica “Altissimi cantus”, publicada el 7 de diciembre de 1965, víspera de la clausura solemne del Concilio Vaticano II.

En una conversación con el pensador Jean Guitton, el Papa Montini le manifestó: «Dante me ha estado presente continuamente durante todo el Concilio. El final del Concilio coincidía con el séptimo centenario de su nacimiento en Florencia. Y al terminar la cuarta sesión, hice enviar a los obispos, a los observadores y a los auditores un ejemplar impreso exclusivamente para ellos, ligero y de bolsillo, ilustrado con alguna miniatura tomada de un códice del siglo XV conservado en el Vaticano, como un recuerdo del Concilio y un breviario de poesía. Incluso me arriesgué a componer para esa edición una dedicatoria en latín lapidario, intentando trasladar lo que podía aportar Dante a nuestro ideal ecuménico».

Y de todos los Papas del siglo XX se podría decir algo respecto a su relación con Dante. Existe un libro, publicado en 2018, en el que la autora, Valentina Merla, ha recogido y comentado las referencias dantescas por parte de los pontífices reinantes entre el final del siglo XIX y el inicio del XXI. Se titula “Papi che leggono Dante”. De los más recientes, Benedicto XVI será el que haya que estudiar con particular atención.

De modo que, en este Año Santo Compostelano, en el que se conmemora el séptimo centenario de la muerte de Dante Alighieri, habrá que leer detenidamente sus obras, pero, antes que ninguna otra, la “Divina Comedia”, con la que podremos realizar la más reparadora y salutífera de las peregrinaciones, la que discurre por dentro de cada cual, la del camino interior que conduce de la coacervación a lo esencial, la dispersión a la unidad, la fragmentación a la integridad, el engaño a la verdad, la tristeza al gozo, la desesperación a la esperanza, las tinieblas a la luz, el pecado a la gracia, el abismo a las alturas, el infierno al paraíso.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 3 de enero de 2021, p. 25

Illegio

Illegio es un pueblo que no llega a 350 habitantes. Se halla en la región histórica y geográfica de Friuli, en donde Italia alinda con Austria. Y se ha hecho famoso por las exposiciones de arte y los eventos culturales que en él se vienen organizando desde hace veinte años.

Al frente de todo ello están los dos sacerdotes que llevan la parroquia, dedicada a san Floriano: Angelo Zanello y Alessio Geretti. Atienden otras de la zona, pero en la de Illegio es en la que concurren los factores que han permitido desarrollar la fabulosa empresa que la ha hecho merecedora del respeto y del apoyo de las principales instituciones gubernamentales y culturales de Italia y de los museos más importantes de Europa.

En el año 2000, los dos sacerdotes le hablaron al pueblo en estos términos: «Vivís inmersos en un gran patrimonio de historia y de arte, pero, sobre todo, de fe: es necesario valorizarlo, por vosotros mismos y por los demás, inventando nuevas formas de misión y de evangelización».

Y el vecindario entero se puso manos a la obra. Se sumaron al “Proyecto cultural” que por entonces dirigía la Conferencia Episcopal Italiana. Ningún episcopado del mundo fue capaz de emprender una iniciativa como la que, durante varios años, lideró la Iglesia en Italia. Era algo fuera de serie. Y, siguiendo las indicaciones que les hacían llegar desde Roma, crearon el “Comitato di San Floriano”, acondicionaron la Casa Rectoral como sede de las exposiciones y echaron a andar. Un evento por año.

Quedó muy claro desde el principio que las actividades formaban parte del plan evangelizador y divulgador del conocimiento de la cultura cristiana por parte de la parroquia. De ahí el que las primeras exposiciones versasen sobre estos argumentos: “Mysterium. La eucaristía en las obras maestras del arte europeo”, “Apocalipsis. La última revelación”, “Génesis. El misterio de los orígenes” y temas por el estilo. 

Lograron, además, que la Galería de los Uffizi de Florencia, el Museo del Louvre de París, la Galería Doria-Pamphilj de Roma, los Museos Vaticanos o la Galería Estatal de Tret’jakov de Moscú les cediesen piezas para que fuesen expuestas en la casa parroquial del pequeño pueblo friulano. Y comenzaron a llegar los visitantes. No menos de 30.000 personas cada año.

¿Cómo se pueden alcanzar tal cota de éxito en una localidad de semejantes características? Pues con un trabajo previo, continuado y eficaz. Esos sacerdotes de la parroquia, que le decían a la gente que uno está en la periferia sólo cuando quiere estarlo y que hay que conservar y dar a conocer el patrimonio artístico y religioso local, habían creado anteriormente una cooperativa de trabajadores, mantuvieron abierta la escuela para solo cinco niños y reactivaron la tienda, a punto de cerrar por jubilación de la dueña, en la que los de Illegio se abastecían de los productos básicos y a la que acudían para verse, tomar algo y pasar un rato juntos, entre otras muchas realizaciones de carácter social.

La pandemia, especialmente dura en Italia, no consiguió aminorar el entusiasmo de los miembros del Comitato y de sus colaboradores. Han montado, para ilustración y deleite del público, en estos días, una exposición que se titula “Nulla è perduto”. Nada hay que no deje un rastro de vida, sentimientos, belleza o amistad tras de sí. 

Y, para alentar la esperanza de los habitantes de los pueblos de Friul-Venezia Giulia y de sus visitantes, en este complicado período global, han recurrido a los trabajos de Factum Arte, la organización que dirige Adam Lowe en Madrid, quien ha reconstruido, valiéndose de la más avanzada tecnología digital, y con el asesoramiento de historiadores y conservadores, algunas obras de arte que han desaparecido, bien porque fueron robadas, bien porque fueron quemadas. Han participado también Sky Arte y Ballandi Arts.

De modo que, en Illegio, gracias a las nuevas técnicas de reconstrucción y reproducción digital, pueden verse a día de hoy estas obras “rematerializadas”: “Concierto a tres”, de Johannes Vermeer; “La torre de los caballos azules”, de Franz Marc; “Myrto”, de Tamara de Lemicka: “Jarrón con cinco girasoles”, de Vincent van Gogh; “Medicina”, de Gustav Klimt; “Nenúfares”, de Claude Monnet; “Retrato de Sir Winston Churchill”, de Graham Sutherland; “San Mateo y el ángel”, de Caravaggio; y las vidrieras de la catedral de Chartres, que, aunque siguen estando en su lugar, resulta imposible apreciar de cerca, por su ubicación, los detalles.

La selección de los cuadros se corresponde con la de la serie de documentales, dirigidos por Giovanni Troilo y producidos por Sky Arts Production Hub, en los que, con el título “Il mistero dei capolavori perduti”, se muestra cómo fueron recreadas cada una de esas obras de arte. 

Y es que no hay que desesperar jamás. Es el mensaje que trae cada año, por estas fechas, el Adviento. Y quien sienta que su ilusión se viene abajo, por la razón que sea, que sepa que en un tronco seco puede nacer siempre una plantita que alegre con sus diminutas hojitas verdes la vista de aquel caminante que, cansado de deambular en la espesura del bosque, decida sentarse, para recobrar fuerzas, en el húmedo, ennegrecido, agrietado y deformado cilindro del árbol caído. Porque los milagros, en los que ahora nadie parece creer, siguen sucediendo, ¡vaya que si suceden! Y como muestra de ello, ahí está la “Casa delle Esposizioni” de Illegio.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 6 de diciembre de 2020, p. 27

Cometas y colibríes

En el convento franciscano de El Muski, en El Cairo, se guarda una valiosa colección de manuscritos en árabe, siríaco, copto, armenio, turco y persa, que, junto con los treinta mil volúmenes que componen la biblioteca, hacen que ese espacio de catolicismo culto, estudioso y servicial, sea frecuentado por investigadores de la Historia de la Iglesia en Oriente provenientes de ámbitos universitarios tanto egipcios como extranjeros, tanto cristianos como no cristianos.

La iglesia del convento, dedicada a la Asunción de María Santísima, es, con las dependencias anejas, sede parroquial de una comunidad católica de rito latino. El número de fieles ha ido en disminución desde que, en 1952, con la revolución egipcia y la intervención del Canal de Suez, las familias de los trabajadores italianos, malteses, austriacos, eslavos, franceses y de diversos países orientales, fueron abandonando el país. La parroquia llegó a tener cuarenta y cinco mil feligreses.

El Muski es un distrito cairota en el que uno se siente inmediatamente transportado a El Cairo medieval. Solo el trafico logra retrotraerlo al presente. De en medio de la congestión ocasionada por la apretura de coches en las calles no se sale si no es con la determinación y el arrojo con el que los conductores acometen la nada fácil empresa de ir abriéndose paso en la interminable colada de chapa que forman los automóviles.

En medio de aquel tráfago, el convento de los franciscanos es un oasis de paz. Y ya en el convento, la azotea. Desde ella se divisa una extensión interminable de terrados. Son los ajarafes del mundo bíblico y oriental. Y en los de El Cairo, al atardecer, se despliegan, vistosas, embridadas por manos de niños, un sinfín de cometas, que revolotean graciosamente haciendo repentinas guiñadas.

Las hay con pequeñas bombillas, para que produzcan efectos luminosos durante la noche, o con dibujos de superhéroes de Hollywood, o con el retrato de Mohamed Salah, jugador del Liverpool Football Club. Pues bien, el gobierno egipcio ha prohibido el vuelo de las cometas so pretexto de que, si se colocan en ellas cámaras de grabación, podrían tomarse desde el aire imágenes de instalaciones vitales para la seguridad nacional.

Con esta medida, las autoridades se han cargado sin miramientos la tradicional forma de diversión entre la chavalería egipcia. Durante el confinamiento covid, se organizaban certámenes. Los participantes no tenían que abandonar, para ello, su propio domicilio, ya que concursaban desde la azotea de su casa. Y servía, además, como un recordatorio de que es preciso saber mantenerse siempre por encima de las dificultades de la vida y no venirse abajo. Como un colibrí.

Esta es precisamente la idea de fondo con la que Sandro Veronesi ha tejido la trama de su novela “El colibrí”, cuya traducción, del italiano al español, ha llegado, en este mes de noviembre, a las librerías de nuestro país. El protagonista, un oftalmólogo, ha de afrontar una serie de infortunios que le van sobreviniendo intempestivamente, pero logra no perder, bajo el ametrallamiento al que le someten las circunstancias, ni el ánimo, ni la confianza en sí mismo, ni la esperanza, porque sabe mantenerse en vuelo, como un colibrí.

Existe una fábula en la que se cuenta que, tras haberse declarado un incendio en la selva, a causa del cual huyen, aterrorizados, todos los animales, un colibrí no deja de volar desde un lago hasta el fuego. A continuación, regresa al lago; después, nuevamente al fuego. Uno de los animales en fuga le pregunta: «¿Qué haces? ¿No ves que hay un incendio?». El colibrí le responde: «Recojo agua con el pico para derramarla sobre el fuego». Su interlocutor le dice: «¡Es absurdo! ¡No lograrás apagarlo con cuatro gotas!». El colibrí le replica: «¡Yo hago mi parte!».

Es tan sencillo y realista lo que pueden llegar a enseñarnos un juego de niños o un pequeño pájaro mosca acerca de cómo hemos de situarnos ante esas adversidades que, en la vida, tiran de nosotros para que descendamos a su suelo estercolado de desánimo y de claudicación. Y la cosa consiste en, primero, no venirse abajo, y, segundo, no dejar de realizar aquello que esté en nuestra mano hacer. «To keep a stiff upper lip», dicen los ingleses: mantenerse fuertes en las situaciones difíciles y no sucumbir a las emociones. Y que cada cual haga, además, su parte. Como el colibrí.

Jorge J. Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 15 de noviembre de 2020, p. 25

Invisible belleza

Ha sido una deliciosa lectura de verano la de la biografía de Antoine de Saint-Exupéry escrita por el periodista italiano Enzo Romeo. Y, mientras pasaba las páginas, me venían a la mente entrañables recuerdos de la adolescencia en Cangas de Onís, en donde un joven profesor de francés, Jorge V. Gutiérrez Carrillo, nos guiaba con excelentes dotes pedagógicas, en el Instituto “Rey Pelayo”, en una primera, y nada fácil, aproximación a “Le Petit Prince”.

El título del libro de Romeo es “L’invisibile bellezza”. Se halla en perfecta correspondencia con la línea del discurso trazada en el cuento de Saint-Exupéry, en el que el zorro le dice al Principito: «He aquí mi secreto, que no puede ser más simple: sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible para los ojos».

Comentaba dom Jacques Dupont, prior de la cartuja de Serra San Bruno, evocando las palabras de un maestro de novicios, que no es para cartujo quien no sea capaz de gustar la sabiduría remansada en “El principito”, del que el citado pensamiento sobre el escondido bien se ha erigido en destacado emblema.

Y es que, a Dios, tampoco lo vemos, pero está siempre ahí, invisible y esencial, y dándose a conocer por medio una “noticia amorosa” que él nos hace llegar como experiencia de comunicación interior, verdadera y totalizante, en el corazón, centro de nuestro ser.

A Saint-Exupéry se le hizo manifiesta la percepción de “lo que está y no se ve” durante un viaje en barco a Argentina. Fue en septiembre de 1929. Se dio cuenta de que, si arrimaba la frente a una pieza de hierro en la estructura de la nave, sentía una tenue vibración. Eran golpes secos, rítmicos y omnipresentes. Provenían de los motores, que, aunque nadie los veía, impulsaban incesantemente el bastimento.

Y la travesía, que duraba dieciocho días, podía transcurrir enteramente sin que los pasajeros se percatasen en absoluto de la existencia de aquella fuente de energía, oculta a sus ojos, que hacía posible el que, tras haber llegado al puerto de destino, comenzaran a realizarse sus sueños de éxito y de felicidad.

En Argentina precisamente conoció a la que luego fue su mujer, Consuelo Suncín, salvadoreña, quien, estando ya en Europa y residiendo en Jarcy, al regresar a casa desde París, vio que los rosalistas de la región estaban desesperados porque la helada iba a acabar con las flores. Ella, con determinación, entró en su alcoba y en el ropero, cogió las sábanas bordadas con el escudo de la familia de su marido y las tendió sobre las rosas, sobre las que buenamente pudo cubrir, para protegerlas. Y de igual modo, siguiendo su ejemplo, los vecinos.

Las rosas sobrevivieron. Al referirle el hecho a Saint-Exupéry, una persona le comentó: «Madame ama mucho las rosas, porque quiere salvarlas cueste lo que cueste. Más aún, Madame es ella misma también una rosa». Y esta fue probablemente una de las circunstancias que contribuyó a pergeñar la imagen de la rosa en “El principito”.

Sin embargo, para Saint-Exupéry es en el desierto en donde realmente se puede llegar a descubrir el real imperio del hombre: el interior. «Al principio, parece que no hay nada más que vacío y silencio; pero es sólo porque no se entrega a amantes de un solo día». Quienes entienden bien esto son los monjes. «El Sáhara se revela, aunque en nosotros mismos. No se allega uno a él visitando un oasis, sino en el sentimiento religioso de una fuente», escribió Saint-Exupéry.

Lo decía también el Principito: «Lo que da belleza al desierto es que oculta un pozo en algún sitio». En este capítulo, en el que el protagonista se expresa en tales términos, se reconocen semejanzas con el pasaje evangélico de la Samaritana, a la que Jesús le manifiesta, con las mismas palabras del Principito, su deseo: «Tengo sed de esta agua. Dame de beber». Solo que, en el Evangelio de san Juan, esa agua que fluye dentro, en torrentes incontenibles, salta hasta la vida eterna. Y es ella, y su búsqueda, la que hace infinitamente hermosa la vida. «¡Ya se trate de la casa, de las estrellas o del desierto, lo que les da belleza es un algo invisible!».

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 13 de septiembre de 2020, p. 26

La casa de Etty Hillesum

El edificio sito en Gabriël Metsustraat 6 podría ser demolido si el nuevo plan urbanístico de Ámsterdam sigue adelante. Su propietario, Ronald Egger, tiene vía libre, según las leyes, para hacerlo y para construir, en aquel espacio, varios apartamentos de lujo, porque el inmueble no figura en la lista de bienes con valor histórico y arquitectónico de la ciudad.

¿Por qué habría de ser clasificado como un bien cultural y preservado de la destrucción? Porque es un “mnemotopo”, es decir, un lugar para el recuerdo de lo que allí sucedió en un período trágico de la historia de Holanda: la invasión alemana de los Países Bajos. El próximo 5 de mayo se celebrará el 75.º aniversario de la Liberación.

En el segundo piso de esa casa vivió, desde 1937 hasta su reclusión en el campo de tránsito de Westerbork, Etty (Esther) Hillesum, autora de un Diario, que escribió, entre el 8 de marzo de 1941 y el 5 de junio de 1943, acodada sobre la mesa que se hallaba cerca de la ventana, a través de la cual veía, cuando levantaba los ojos del cuaderno en el que iba anotando su vida y sus pensamientos, el Rijksmuseum.

Fragmentos del Diario fueron publicados por primera vez en 1981, con el título “Het verstoorde leven” (Una vida trastornada). Todo un acontecimiento editorial. Y eso que, hasta entonces, nadie había querido publicar el Diario.

Antes de partir hacia Westerbork, Etty entregó los once cuadernos, en los que había dejado consignado su itinerario espiritual, a su amiga Maria Tuinzing, para que los hiciera llegar al escritor Klaas Smelik, quien, desde comienzos de los años cincuenta, estuvo llamando de puerta en puerta en busca de editor, sin encontrar a ninguno que se interesase por ese tesoro de humanidad y religiosidad. A finales de los setenta, Jan G. Gaarlandt accedió a descifrarlos, mecanografiarlos y publicarlos.

Y es que ya era un delito de lesa cultura el no darlos a conocer, pues Etty Hillesum forma parte de ese friso de mujeres judías que han escrito, ellas solas, un capítulo de la historia de Europa: Edith Stein, Anne Frank, Simone Weil y Hanna Arendt. La primera, convertida al catolicismo, ha sido declarada, por Juan Pablo II, Co-Patrona de Europa.

En el Diario, del que una parte está traducida al español, Etty describe su compleja relación amorosa con Julius Spier y Han Wegerif, de cómo la introdujo el primero en la lectura de los Evangelios, las cartas de san Pablo y los escritos de san Agustín, y, sobre todo, en la oración.

En su tránsito de la carnalidad a la espiritualidad, Etty descubrió a Dios entrando en sí misma de la mano de Rilke, escribiendo el Diario y tratando de llegar al alma de las cosas. De este modo, acabó entregándose por entero a Dios, al que deseaba ayudar (sic) con todas sus fuerzas en el campo de concentración, con el fin de que su luz no se extinguiese en aquella landa, en la que, si alguien había tenido algún principio de fe religiosa en su vida anterior al confinamiento, el terror y el sufrimiento lo laminaron por completo, haciéndose imposible seguir creyendo allí en la existencia, la justicia y la bondad de Dios.

Cuando se le presentó la oportunidad de ponerse a salvo, de refugiarse en un lugar oculto y seguro, Etty la rechazó, pues deseaba compartir el destino de su pueblo e ir con él al exterminio, siendo, mientras tanto, en el infierno de Westerbork, «un bálsamo derramado sobre tantas heridas», como confesó en la última línea de la última hoja del último cuaderno del Diario.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 3 de mayo de 2020, p. 36

Respirar

Respirar bien se ha convertido en el primordial anhelo de cientos de miles de personas, afectadas por la COVID-19. Las imágenes de pacientes extendidos sobre el suelo, en el pasillo de un hospital, tosiendo, ahogándose, que las cadenas de televisión han mostrado en los noticiarios, no las olvidaremos jamás.

El madrileño Paco Sanz, exjugador del Real Oviedo e hijo de Lorenzo Sanz, expresidente del Real Madrid, contó en La Nueva España, hace unos días, cuáles fueron sus padecimientos, a causa del coronavirus, durante su estancia en el hospital: «Me costaba respirar en cualquier posición. No entraba más aire. Como si te pasara un tren por encima. Un día tienes el cuerpo helado y a las horas sientes muchísimo calor». Paco logró, afortunadamente, salir adelante; no así, por desgracia, su padre.

De ahí el que los respiradores artificiales sean, en este momento, instrumentos imprescindibles en las unidades de cuidados intensivos. Son de tal importancia para salvar vidas humanas que, ante la escasez de este tipo de máquinas, los empleados de una casa de automóviles se han puesto a fabricar, bajo la dirección del ingeniero Sergio Arreciado, ventiladores mecánicos con motores de limpiaparabrisas de coches; en concreto, del modelo Seat León.

Y como la experiencia religiosa se imbrica en aquello que es esencialmente humano, y me estoy refiriendo al comer, beber, pensar, andar, dormir, reposar, cantar o amar, lo hace también en esa función básica de nuestra naturaleza: el respirar. En hebreo, lengua en la que fue escrita la mayor parte del Antiguo Testamento, “salvar” se dice “yasha’”, que significa, sin perjuicio de ulteriores desarrollos teológicos, posibilitarle a alguien el que tenga espacio para respirar. Puede verse en el capítulo del paso del mar Rojo: «Aquel día salvó el Señor a Israel» (Éxodo 14,30), porque no le faltó en ningún momento, mientras lo atravesaba a pie, pisando en seco, el oxígeno y pudo aspirar y espirar el aire a pleno pulmón cuando alcanzó la orilla de la libertad.

Estar salvado es, pues, vivir en desahogo, expansión, hondura y armonía, es poder ser uno mismo, sin constricciones, y, así, por poner otro ejemplo, quienes oran con los salmos suplican a Dios que los saque de la angustia, los rescate de la opresión, les perdone los pecados que atenazan la conciencia y los lleve a un lugar en el que se sientan seguros, sin estrecheces que los asfixien.

En la oración “Absolve” se pide para los difuntos «ut in resurrectionis gloria inter sanctos et electos tuos resuscitati respirent». Tras haber pasado el oprimente trance de la agonía y de la oscurísima noche de la muerte, la resurrección es como abrir las ventanas del ser a una nueva atmósfera, pura y luminosa. Aunque hay que decir también que suaves ráfagas de esa brisa de eternidad acariciaron ya la faz de la humanidad doliente, afligida y desesperanzada, cuando Cristo exhaló su último aliento, hálito divino, en la cruz, y, después, resucitado, lo insufló a los apóstoles, encerrados en una habitación a causa del miedo. De modo que si la salvación es anchura, es también respirar en Cristo.

En la historia ha habido figuras que se tomaron muy en serio lo de la respiración. Una de ellas fue Marcel Duchamp, el que nos endilgó como obra de arte “ready-made” un urinario de porcelana, tipo Bedfordshire, de fondo plano, con piquera, al que llamó “La fuente”. Duchamp, sin embargo, no se tenía por artista, sino por un “respirador” («Je suis un respirateur»), un individuo dedicado solo a respirar. Nada más. Y nada menos. Y en un acto de coherencia abandonó su labor creadora, pues decía que no quería repetirse ni pasarse la vida conformándose al cliché de sí mismo, así que decidió dedicarse a lo que realmente le gustaba, que era jugar al ajedrez. “Ars longa, vita brevis”.

No sé lo que habría dicho el filósofo Ludwig Wittgenstein si hubiese sabido del repunte, del pico de esencialismo en el que nos hallamos en este período de cuarentenas prolongadas, debatiendo si esto o aquello es esencial o no, pero estoy seguro de que quienes no albergan duda alguna acerca de la cuestión son los que han estado o están afectados por la COVID-19. Y si se les hiciese la pregunta de qué es, para ellos, lo realmente esencial, después de haber sufrido lo que nunca llegaron a imaginar que pudiera sobrevenirles, les bastaría con una sola palabra, un verbo, para formular la más convencida, densa y precisa respuesta: respirar.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 12 de abril de 2020, pp. 38-39

Catedral de Oviedo 2021

Desde el 24 de noviembre de 2019, la ciudad de Amiens se viene preparando para la celebración del octavo centenario de la dedicación de su catedral, el templo gótico más amplio de Francia, según dicen. La llaman “Biblia en piedra”. En el programa, que se desarrollará a lo largo de estos meses, hasta el 22 de noviembre de 2020, figuran conciertos, conferencias y vigilias de oración.

En diciembre, para iniciar la campaña de promoción del jubileo, la catedral fue iluminada, durante tres noches sucesivas, por 5.000 candelas. La empresa Nations 153, especializada en la organización de este tipo de eventos, se encargó de todo. Como ha declarado su presidente, Jean-Baptiste Brejon, la finalidad principal de ese gran despliegue de luces no era otra que la de causar un fuerte impacto por medio de la belleza lumínica en el interior de las personas que no frecuentan la iglesia.

Por otra parte, en Burgos fue constituida, en 2017, la “Fundación VIII Centenario de la Catedral. Burgos 2021”, con el fin de coordinar, realizar y financiar los actos conmemorativos de la dedicación del primer templo de aquella diócesis. Se prolongarán hasta 2022. Y, ya de paso, se impulsarán otros entes de máxima importancia cultural y turística: Atapuerca, el Camino de Santiago, el Geoparque de Las Loras, la Lengua castellana, el Camino del Cid y, ¡en Burgos, curiosamente!, el Consulado del Mar.

Pues bien, según el arqueólogo César García de Castro Valdés, la dedicación de la basílica de San Salvador de Oviedo tuvo lugar probablemente el 13 de octubre de 821. El año que viene habría que celebrar, de ser así, en la ciudad de Oviedo y en la diócesis, el duodécimo centenario de la consagración de la iglesia que devino tabernáculo de la cátedra episcopal ovetense. Se espera, no obstante, que los historiadores arrojen luz sobre la datación, por si hubiese otras opiniones al respecto.

Se ha dejado pasar la conmemoración de los mil doscientos años de la designación del primer obispo, Adolfo, que, tal como figura en la “Guía diocesana”, aconteció en 811. No se debería dejar caer ahora en el olvido, en puertas del Año Santo Compostelano 2021, una efeméride como la que constituye la de la dedicación de la basílica de San Salvador de Oviedo, dada su significación espiritual e histórica en los inicios de la peregrinación a la tumba del apóstol Santiago. Tampoco las de la consagración de San Tirso el Real y San Julián de los Prados.

Y es que, como sostiene Ken Follet, autor de la celebérrima novela “Los pilares de la tierra” y de una obrita titulada “Notre-Dame”, publicada recientemente en homenaje al templo parisiense, los basamentos del mundo no son ni los regímenes políticos ni las teorías socioeconómicas, sino las catedrales, que apuntan al cielo, elevando a la humanidad hacia Dios, quien, con la fuerza de su amor, sostiene a la ciudad y a sus habitantes. 

Follet pensaba en las de estilo gótico, que es, al fin y a la postre, del que se revistió la prerrománica basílica de San Salvador de Oviedo, la cual nos reclama, mil doscientos años después de su exclusiva dedicación al culto, a la dispensación de la gracia, al conocimiento del evangelio y a la edificación de la comunidad, que sigamos construyendo, desde ella, la catedral del mañana, con el mismo grado de excelencia que hasta el presente.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 12 de enero de 2020, p. 24

Catedral de Oviedo

Catedral de Amiens

Catedral de Amiens, iluminada por cinco mil candelas

Catedral de Amiens, iluminada por cinco mil candelas

La perla de la fragilidad

En el proceso de la Creación, existieron de las primeras, porque sin ellas no habría sido posible la vida en la tierra. Antes que el sol, la luna y las estrellas; antes que los seres marinos y las aves; antes que los ganados, los reptiles y las fieras; antes que el hombre y la mujer.

Después de haber sido proferida la luz, establecidos los límites de las aguas, antes que todo lo demás, comenzaron a existir las plantas, con semillas dotadas de una irreprimible fuerza multiplicadora, para que pudiesen reproducirse según sus especies.

Lo afirman el libro bíblico del Génesis y la bióloga argentina Sandra Myrna Díaz, galardonada con el Premio Princesa de Asturias de Investigación Científica y Técnica de este año. En el discurso que pronunció en el Teatro Campoamor habló amorosamente de las plantas: “Cada día llevan a cabo el increíble acto de transformar las moléculas inanimadas del agua y el suelo en vida para todo el planeta y también en alimento, cobijo e historias, para los seres humanos”.

Y nos dejó, como cierre de su alocución, una joya, hermosa como las gemas engarzadas en la Cruz de la Victoria, que los reyes de España, acompañados de sus hijas, admiraron durante la visita que realizaron, el día anterior, a la Cámara Santa de la catedral de Oviedo.

Sandra Myrna nos regaló esta perla: el tapiz de la vida, de la naturaleza, de lo que somos, «tiene la robustez de los muchos, una robustez hecha de innumerables fragilidades entretejidas».

Y fue ésta precisamente una de esas ocasiones en las que se tiene la impresión de que, tras una vida entera, gastada en un laboratorio, entre instrumentos de alta precisión, con extraordinarias aportaciones de orden práctico, gracias a las cuales la sociedad progresa saludablemente, el verdadero logro personal del científico consiste en haber sabido condensar toda la extensión de sus conocimientos de alta especialización en una breve sentencia. Clara, útil, inagotable.

Acerca de la fragilidad se ha escrito un libro exitoso en Italia. En cinco meses se vendieron trescientos mil ejemplares. Ha sido traducido al español con el título “El arte de la fragilidad”, aunque suena mejor el original: “L’arte di essere fragili”. Su autor, Alessandro d’Avenia, es uno de los profesores de Instituto más famosos en aquel país y sus libros gozan de gran popularidad entre la grey estudiantil.

Inspirándose en el poema de Giacomo Leopardi «La ginestra» (La retama), que Harold Bloom tenía por el mejor de los compuestos por el vate de Recanati, d’Avenia ha escrito un ensayo en el que, partiendo de las inquietudes de los adolescentes, y tras recorrer las etapas que conducen a la madurez personal, intenta guiar al lector hacia la aceptación de las propias debilidades como requisito necesario para ser felices. Y, en ese itinerario hacia la evidencia de lo que uno realmente es, los amigos, los otros, son indispensables. 

Es lo que pretendía también el Apóstol Pablo, quien llegó a confesar, en la segunda de sus cartas a los cristianos de Corinto, que la debilidad era su fuerza y que la ayuda para no sucumbir le venía de Otro. Y el hallazgo de esta perla, como si se tratase de aquella escondida en un campo, de la que habla Jesús en el Evangelio, y el aprecio de su valor acontecen cuando se ha llegado, no solo a aceptar, sino a amar la propia fragilidad.

El hecho de reconocerla denota grandeza de alma, fortaleza de espíritu y realismo existencial, y el mantener siempre encendida la conciencia de que todos estamos unidos en lo hondo del ser, al igual que los árboles de un bosque en sus soterradas raíces, es nutrir de motivos vitales el terreno, en ocasiones yermo, sobre el que se alzan las realizaciones humanas más sólidas y estables.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 27 de octubre de 2019, p. 27

Sandra Myrna Díaz