El Cristo del Pasadizo (Catedral de Oviedo)

Algo la serenó instantáneamente: la lámpara alumbraba la imagen de un Ecce Homo colocado en una especie de hornacina poco profunda. Era un bajorrelieve del tamaño de un cuadro de habitación. Sobre el marco, apenas perceptible, se destacaban las manos de Jesús atadas con una cuerda de esparto. La expresión de su rostro era tan dulce, tan dolorida, que Lena olvidó su miedo y trató de sonreírle con ternura. 

-No te apures -le dijo, con la naturalidad con la que le hablaba siempre-. Yo desataré tus manos y te haré compañía. No tengas miedo a las sombras.

Le pareció que el Cristo crecía en su cuadro, que se acercaba a ella. Los dedos temblorosos de la muchacha acariciaron las atadas manos del Ecce Homo. Entonces se dio cuenta de que la imagen permanecía en su sitio, en su natural tamaño, y era ella la que se había acercado a Jesús y, puesta sobre las puntas de los pies, lograba alcanzarlo. De cualquier modo, aquella compañía le resultaba grata y disipaba su miedo.

Debajo del Ecce Homo, iluminada apenas por la vacilante llama de la lámpara, había colgada una tabla de madera carcomida. Difícilmente podía leerse la inscripción, casi borrada por la pátina del tiempo. Lena fue deletreándola con gran esfuerzo: «Tú que pasas, mírame… Contempla un poco mis llagas… y verás cuán mal me pagas… la sangre que derramé».

Volvió a levantar los ojos hacia la imagen y le pareció que aquella sangre se mantenía aún fresca sobre su rostro. En verdad, ella le había pagado mal aquella sangre derramada por la redención de los hombres.

Sugestionada por el lugar, por la penumbra, en gran parte actuando bajo la excitación nerviosa que la escena del claustro le había producido, sintió que las rodillas se doblaban dóciles y, postrada sobre las losas, deshizo en llanto la angustia que la oprimía. Unos sollozos nerviosos la sacudían con violencia, pero aquella descarga le hizo bien. Y se fue tranquilizando.

Acabó por sentirse invadida por una sensación dulce, una sensación nueva para ella… Su espíritu se aquietaba, y allí, a los pies de la imagen del Cristo del pasadizo, empezaba a disfrutar una paz hasta entonces desconocida.

Dolores Medio, Nosotros, los Rivero (Oviedo, 1953), capítulo 17.

Museo de la Iglesia de Asturias (Oviedo)