Tú eres ágora, centro, corazón de la Ciudad. Tú eres la que haces de ésta, día a día, hora a hora, minuto a minuto, Ciudad de Dios.
Dicen que eres oscura. ¿Oscura? Eres el templo que deseaba Salomón: «El Señor puso el sol en los cielos, mas ha decidido habitar en densa nube» (1 Reyes 8,12).
Tú, que eres «Ecclesia mercatorum», señalas con el índice de tu torre hacia el cielo y traes a éste al mundo de las relaciones, los afanes y el progreso de las gentes que se mueven arrebujadas bajo la excelsitud de tu magnificencia en el Fontán.
Tú y yo, desposados, rezaremos día y noche por ellos y por toda la Ciudad.
