En esta casa, conocida como «Atalaya del Castro», se confesó el filósofo Manuel García Morente, después de su conversión, con el obispo Leopoldo Eijo Garay. Aquí tuvo lugar su «segunda primera comunión».
La casa fue donada a la parroquia de «Nuestra Señora de la Soledad» de Vigo por Monseñor Eijo Garay. Hoy es la Casa Rectoral.
Una visita rápida, en la tarde estuosa del 1 de agosto, al monasterio pontevedrés de Poyo me indujo a releer algo que escribió, el 16 de septiembre de 1938, el filósofo Manuel García Morente (1886-1942) en ese lugar.
Había llegado a Vigo en junio, procedente de Tucumán, a través de Lisboa, con su familia. Y se encontraba ya en el monasterio de Poyo, porque, habiéndole manifestado al obispo de Madrid, Leopoldo Eijo Garay (1878-1963), su intención de ser sacerdote, éste le pidió que viviese durante algún tiempo con la comunidad de Mercedarios del monasterio.
Monseñor Eijo Garay deseaba abrir un seminario en Rozas de Puerto Real, pero el frente, en aquellos días de guerra civil, estaba cerca y la prudencia aconsejaba no precipitarse en la ejecución del plan. De ahí el que el obispo de Madrid hubiese acomodado a Manuel García Morente en Poyo y le rogase que, hasta que pudiese regresar definitivamente a la capital de España, permaneciese allí.
A García Morente no le supuso un gran esfuerzo: «disfruto de una serie de ventajas extraordinarias; una buena biblioteca, la compañía, consejo y ejemplo de estos padres, muchos de ellos muy sabios y todos buenísimos, una deliciosa soledad en un bellísimo paisaje junto a la ría de Pontevedra, enfín las condiciones ideales para prepararme a la vida del sacerdocio que, por convicción profunda y por gratitud debida y por imposición directa de Nuestro Señor, quiero abrazar».
No sé cómo sería la biblioteca del monasterio cuando García Morente estuvo en Poyo, pero en la actualidad, tiene entre ciento veinte y ciento cincuenta mil libros. A él, dada su altura intelectual, debió de parecerle una bendición del cielo.
Mas volviendo al escrito de Manuel García Morente, estas son sus últimas consideraciones: «Para mí el sufrimiento propio y el de los míos, la angustiosa espera de la salida de mis hijas y su reunión conmigo, el espectáculo de tanto crimen y de tanto sublime heroísmo, el ejemplo de tanto santo mártir de Dios, todo eso y sobre todo eso la insondable voluntad de Dios han sido causa de que se encienda en mi corazón la gracia divina».
Y prosigue: «Acabáronse las inquietudes, vacilaciones y desorientaciones de una razón impotente y radicalmente ignorante. Con la fé he recibido al fin la paz, la tranquilidad, un norte seguro y firme para lo que me resta de vida».
Así era como se encontraba interiormente después de tantos años de alejamiento de Dios y de la Iglesia, de búsqueda de la verdad y de reflexión filosófica. Al fin, creía. Como se recordará, Manuel García Morente, agnóstico, tuvo, en la noche del 29 al 30 de abril de 1937, en París, una experiencia, a la que él denominó «hecho extraordinario», mientras escuchaba por la radio un fragmento de “L’Enfance du Christ”, de Hector Berlioz. «Hecho» que lo condujo a abrazar la fe cristiana y a ser sacerdote.
Jorge J. Fernández Sangrador
La Nueva España, domingo 7 de agosto de 2022, p. 24
Me dicen, por ser yo asturiano, que Vigo y Gijón tienen muchas cosas en común. Y es verdad. Pero a mí a la ciudad a la que realmente se me parece Vigo es a la de Buenos Aires: las avenidas con edificios que emulan a los de las grandes capitales europeas, las fundaciones culturales, los museos, las librerías, los negocios de anticuariado, la población joven, la extensión del área metropolitana, la soltura en el buen hablar y en el escribir, y su historia cultural entrelazada con la de la prosperidad económica.
Por otra parte, el irrompible vínculo que se ha establecido entre Galicia y Argentina, y con toda Iberoamérica, a través del puerto de Vigo, ha hecho de esta ciudad el propileo de España ante los que vienen, navegando, de América o viajan a ella.
Tiene Vigo un centro espiritual en la Concatedral-Basílica de Santa María, en la que el Santísimo Cristo de la Victoria es venerado multitudinariamente, en estos días primeros del mes de agosto, en los actos de la novena religiosa que precede a los festejos locales en su honor y a una procesión como habrá pocas en España. Es imposible calcular el número real de asistentes. Son miles y miles.
Y he tratado de imaginar lo que pensaría Concepción Arenal, adalid del feminismo, de acendradas convicciones católicas, natural de Ferrol (1820) y residente en Gijón (1875-1879) y en Vigo, en donde falleció (1890-1893), al ver procesionar por las calles de la ciudad gallega al Santísimo Cristo de la Victoria.
Lo he hecho porque sé que tanto el dolor como la compasión eran de gran significación para ella. ¿Y quién es, en la historia, el más alto ejemplo de dolor y de compasión sino Cristo crucificado, que, una vez al año, en el primer domingo de agosto, recorre Vigo? Concepción Arenal contemplaría emocionada -estoy seguro- el paso del Santísimo Cristo de la Victoria.
Se cuenta que, cuando alguien instó a Enrique Tierno Galván para que retirara un crucifijo de su despacho en el Ayuntamiento de Madrid, el alcalde opuso esta razón: «La contemplación de un hombre justo que murió por los demás no molesta a nadie. Déjenlo donde está».
Y esto es precisamente lo que sabe apreciar la amplia extensión de la ciudadanía. Y pongo, a bote pronto, dos ejemplos. Uno: la imagen de Jesús del Gran Poder, con la cruz a cuestas, peregrinó el año pasado desde su basílica en la plaza sevillana de San Lorenzo hasta las zonas periféricas de la ciudad de Sevilla, en el marco de una Santa Misión, al cumplirse lo cuatrocientos años de la talla. Pues bien, doscientas mil personas acompañaron a Jesús del Gran Poder desde su salida hasta su retorno a la basílica.
Dos: en la pasada Semana Santa, un millón de personas participaron en la Madrugá de Sevilla, según ha informado el Ayuntamiento de la ciudad. Son seis hermandades las que salen a la calle esa noche, cierto. Unas con la imagen de Cristo; otras, con la de la Virgen. Sin embargo, la cifra total da que pensar y es como para preguntarse si el laicismo ha avanzado de verdad tanto como sus ideólogos pregonan.
Y es que ante una imagen de Cristo crucificado enmudecen las disertaciones sobre si la piedad es auténtica o mera tradición o una invención de la mente humana, porque hay que ser muy insensible para no conmoverse ante alguien que, siendo inocente, ha sido condenado injustamente a muerte, escarnecido y clavado en un poste.
Todo por amor a los demás, para que otros vivan y se abra ante ellos, sin renunciar a hacerles frente a las dificultades, un nuevo horizonte de esperanza. Cristo en la cruz, con su silencio, habla de un dolor que adecuadamente entendido y atendido produce fruto, y de un amor que reconcilia, une y eleva a la humanidad entera, que, si se dejase iluminar por su palabra y lo siguiese, como hacen miles de personas cada mes de agosto en Vigo, la llevaría a alcanzar unas metas que, logradas, serían ya un adelanto, en el tiempo, de aquella que ha de ser la victoria última, total, definitiva y eterna sobre el pecado, la muerte y toda suerte de mal.
Jorge J. Fernández Sangrador
El Faro de Vigo, domingo 7 de agosto de 2022, p. 8
Van y presentan la «Santa Cerveza» en una capilla. ¿De dónde han sacado a los asesores de imagen o de marketing? Luego se extrañarán de que la gente se pase a otra marca de agua mineral.
Por cierto, «los actos públicos oficiales serán exclusivamente seculares y no tendrán connotación religiosa alguna», reza el -no sé si en vigor ya- «Reglamento de aconfesionalidad o laicidad municipal» (art. 4.2) del Ayuntamiento de Gijón. Bien empiezan.
Entronizada en el retablo y en el lugar del sagrario
Desde el eremitorio que había en este alto del Pico Sacro se divisaron aquellas luces (Campus Stellae) que señalaban el sepulcro del Apóstol Santiago en tiempos del rey Alfonso II el Casto (siglo IX). Se eleva sobre el valle del Río Ulla y pertenece actualmente a la parroquia de Boqueixón. En la cima, una capilla dedicada a san Sebastián.
La Fundación José Antonio de Castro patrocina un proyecto cultural que, en el ámbito editorial, no tiene rival en España: la Biblioteca Castro, en la que se publican las obras de las figuras más representativas de nuestra literatura de todos los tiempos.
Los libros, encuadernados en tela estampada en oro y con inconfundibles sobrecubiertas plastificadas, con un papel suave como el de una biblia y de color hueso, agradable tipografía Baskerville y unas cintas de registro, son de lo mejor que pueda hallarse en una librería.
El último volumen publicado lleva por título “Al pasar de los años. Artículos periodísticos (1930-1981)”. Se trata de una recopilación de escritos del literato mindoniense Álvaro Cunqueiro que Miguel González Somovilla, natural de Arriondas y figura destacada del mundo de la comunicación, se ha preocupado de seleccionar y editar. Doscientos, de unos veinte mil.
El compilador y la Biblioteca Castro nos entregan este haz de escritos cuando ya están en marcha los preparativos para la celebración del inmediato Año Santo Compostelano 2021. Al viandante del Camino de Santiago le servirán de vademécum aquellos en los que Cunqueiro refirió sus impresiones sobre los lugares que visitó cuando hizo el Camino desde Francia hasta Compostela en coche y en compañía de un fotógrafo. Las publicó, en octubre de 1962 y en junio de 1964, en el diario “Faro de Vigo”.
González Somovilla ha agrupado esos relatos bajo el título “Por la ruta jacobea” y yo le sugiero que los extraiga para hacer con ellos un libro que le sirva de lectura al peregrino. Se pueden añadir otros de las restantes secciones que componen la obra. Los hay sobre el mapa de Galicia, el mar que la rodea, el arte coquinaria, los ángeles y los santos, que surtirían de aproximaciones nuevas a las ya conocidas gracias a ediciones anteriores de “Por el camino de las peregrinaciones” y “Camino de Santiago. De Roncesvalles al Cebreiro”.
Y si es que se hace algo, sea lo que sea, la piedra angular que haya de sostener el conjunto debe ser la declaración que Cunqueiro publicó, en julio de 1948, en un número de “La Noche”, con el título “Eterna Compostela”, ciudad en la que «aún hay ojos abiertos para el milagro, ojos que viven en pleno misterio con vivacidad». El artículo es una pieza literaria breve y enjundiosa, una gema engastada en el cerne del libro.
Al transitar las páginas escritas por Álvaro Cunqueiro con su máquina Smith Premier 10 de doble teclado, heredada de su padre, y agavilladas en este libro de deliciosa lectura, sobreviene un sentimiento de orfandad, porque ya no existen bardos de esa escuela y tradición, que enseñen a mirar, a decir y a cantar con los ojos y las voces de antes. «Nas feiras ogano non se merca outro tempo igoal» (En las ferias hogaño no se compra otro tiempo igual).
Álvaro Cunqueiro sigue regalándonos el espíritu con esa suerte de bálsamo revitalizador de los sentidos, que en los días de su vida mixturó para solaz de lectores coetáneos en el pomo de la prensa periódica, y ahora nos llega, merced a esta edición reciente de la Biblioteca Castro, de la mano de Miguel González Somovilla, deleitándonos y dejándonos las citas de dos autores predilectos de Cunqueiro, que nos hacen más fácil el adentramiento en su “forma mentis”.
Una es de Léon-Paul Fargue, la cual da razón de su precisión en el empleo del lenguaje: «Hay que escribir caro, muy caro, como si cada palabra costase todo lo que ha vivido y vive detrás de ella». La otra, “pars pro toto”, se inspira en un verso de Lucie Delarue-Mardrus: «Todo el aroma de mi país está en esta manzana». Certeras ambas, sí, mas desarrollarlas en su íntimo significado, aun siendo esenciales, como Álvaro Cunqueiro las entendía, nos llevaría no sé cuántas primaveras.
Jorge J. Fernández Sangrador
La Nueva España, domingo 8 de marzo de 2020, p. 34
Ha fallecido Eugenio Scalfari (1924-2022), fundador del diario “La Repubblica”, cofundador del magacín “L’Espresso” y figura muy destacada del periodismo italiano. El Papa Francisco lo apreciaba muchísimo. Y eso que Scalfari se declaraba no creyente y no era especialmente benévolo con la Iglesia ni con la religión, pero habían mantenido ambos una estrecha relación, que el Papa ha calificado de «leal amistad».
Una lealtad muy peculiar, porque el Vaticano tuvo que salir, al menos en dos ocasiones, a dar explicaciones, pues algunas expresiones que Scalfari puso en boca de Francisco, como dichas literalmente por el Papa en unas entrevistas que el director de “La Repubblica” le hizo, eran, tal como aparecieron en el periódico, una interpretación de Scalfari. Éste admitió abiertamente su tergiversación.
«Soy un no creyente que se interesa y se siente fascinado, desde hace muchos años, por la predicación de Jesús de Nazaret, hijo de María y de José, hebreo de la estirpe de David. Tengo una cultura iluminista y no busco a Dios. Pienso que Dios es una invención consolatoria de la mente humana», confesaba Scalfari.
Sin embargo, en “Incontro con Io” (1994), el primer libro de su trilogía sobre asuntos metafísicos, al que han seguido “Alla ricerca della morale perduta” (1995) y “L’uomo che non credeva in Dio” (2008), Scalfari inició su relato escrito con la evocación de una historia personal.
Se hallaba con unos amigos en la parte de atrás de un bar y conversaban sobre temas diversos. Uno de ellos, levantándose, dijo: «Y queda finalmente Dios, pero no sabemos en dónde está”. Y otro respondió: «Hagamos un viaje y lo descubriremos».
«Haremos ese viaje largo. Propongo que lo hagamos todos juntos, intercambiándonos las informaciones que logremos obtener. Al final, escribiremos el libro más formidable que se haya escrito jamás, en el que todo, finalmente, se esclarezca», dijo uno de ellos.
Scalfari emprendió aquel viaje y se encontró, no sé si con Dios, pero sí con el “Yo”, al que dedicó “Incontro con Io”, que es una suerte de autobiografía. «No soy yo quien ha hecho mi libro, sino que es mi libro el que me ha hecho a mí», decía citando a Montaigne, su maestro cultural. Un libro que, durante su gestación, fue llevándolo a lecturas imprevistas, a ensartar pensamientos que le sobrevenían, uno tras otro, inesperadamente, a encontrarse con su propio ser.
Todas las obras escritas por Scalfari están aderezadas con referencias bíblicas o teológicas. «Se declaraba no creyente, si bien en los años en los que yo lo conocí reflexionaba profundamente también sobre el sentido de la fe. Se interrogaba siempre por la presencia de Dios, por las cosas últimas y por la vida después de esta vida», dijo de él Francisco en las declaraciones que hizo tras el fallecimiento del periodista.
Tuvo, en los años de infancia y primera juventud, una buena formación y práctica religiosas, pero las abandonó porque, explicaba Scalfari, se encontró con Atenas. Aunque, a decir verdad, no se ve, en eso, la necesidad de la relación causa-efecto, porque también hemos llegado a Atenas otros y seguimos creyendo en Cristo. Además, él mismo reconoció que había aprendido a razonar haciendo Ejercicios espirituales de san Ignacio con el Padre Lombardi.
Hizo el viaje de su vida a su manera. Si no hubiese andado en lides políticas, periodísticas y empresariales, puede que hubiese llegado más allá en el alcance de nuevas luces que iluminasen sus interrogaciones por las cuestiones últimas de la existencia. O no, ¡quién sabe! Y pienso igualmente que, en el trasfondo de su singladura intelectual, siempre estuvo presente, para bien, la figura de su catolicísima madre y lo que ésta le transmitió en los años iniciales de su vida en el hogar familiar.
Jorge Juan Fernández Sangrador
La Nueva España, domingo 31 de julio de 2022, p. 24
Hoy, 30 de julio de 2022, hace cien años que Gilbert Keith Chesterton fue recibido en la Iglesia Católica.
Se convirtió al catolicismo porque es «la única religión antigua que se halla en grado de parecer nueva» y «en la que todas las verdades se dan cita».
A Chesterton se le dio el nombre de the laughing philosopher, el filósofo que ríe, porque desenmascaró las falsedades y las contradicciones que se esconden tras las herejías y ciertas modas de pensamiento.
Y después de haber recibido el bautismo, escribió unos versos que concluyen así: «Mi nombre es Lázaro y estoy vivo».
«Aquella esfinge maragata«, Tercera de ABC (29 de julio de 2022), por Martín-Miguel Rubio Esteban, escritor:
«Si Concha Espina no hubiese llevado el más acendrado cristianismo en el alma y sí hubiese sido una patente ‘roja’, ‘La esfinge maragata’ hubiera sido el libro pionero de la novela social en España, y primera muestra de un espléndido feminismo combativo.
Toda la novela es en sí apasionado homenaje a la mujer maragata que, entregada su belleza y juventud al trabajo esclavo incesante y desagradecido, conseguía convertir trozos de las tierras del páramo, en donde aún resuenan los cascos guerreros de la batalla terrible en que el godo Teodorico destruyó las tropas del rey suevo Rechiario, en pequeños edenes de centeno y flores, como este de Valdecruces, topónimo literario bajo el que quizás se esconda el corónimo actual de Castrillo de los Polvazares, aunque no siempre se puede identificar automáticamente la geografía de un universo literario con la realidad ésta por la que andamos.
Es así que es necio buscar, por ejemplo, La Mancha universal de Don Quijote en la de Emiliano García-Page. ‘La esfinge maragata’ es la novela de la dignidad triunfante en medio de la desoladora pobreza y desgracias colaterales.
El párroco de Valdecruces, don Miguel, es el reverso santo del diabólico don Fermín de Pas, de Vetusta, siendo verdadero y humilde apóstol de Jesús y hermano mayor de la aldea. Por otro lado, su relación de amistad con Rogelio Terán, hidalgo montañés, el amor de Mariflor, lo hace elemento fundamental e imprescindible en la trama amorosa, lo mismo que el franciscano fray Lorenzo en ‘Romeo y Julieta’.
Don Miguel es ejemplo del cura que se arruina procurando que no se arruinen sus parroquianos.»