A cada una por su nombre

León XIII erigió el Observatorio Astronómico, o Specola, en 1891, hace ciento veinticinco años, en los jardines del Vaticano. Que no se dijera que la Iglesia se desentendía de la ciencia. Sin embargo, los jesuitas que se dedicaban a las matemáticas y a la astronomía en el Colegio Romano venían trabajando en la observación del firmamento ya desde el siglo XVI, en la Torre de los Vientos, que Gregorio XIII mandó construir en el Vaticano, con el fin de que en ella se realizasen los trabajos de reforma del calendario. 

Desde entonces, la labor de la Compañía de Jesús en el campo de la astronomía ha sido memorable. Baste sólo con mencionar este dato: treinta y cinco cráteres de la luna tienen nombres de jesuitas. Aún en 2005, la Unión Astronómica Internacional bautizó con el nombre de Víctor L. Badillo, hijo de san Ignacio y director del Observatorio de Manila, un asteroide descubierto en 1988, suspendido entre Marte y Júpiter.

En 1906, Pío X nombró director de la Specola Vaticana al jesuita austriaco Johann Georg Hagen, director del Observatorio de la Universidad de Georgetown, en Washington, D.C. Era, en línea con Alexandre Théophile Vandermonde y Heinrich August Rothe, un fenómeno en matemáticas. El Papa le encargó que continuase la obra del sacerdote barnabita Francesco Denza, a quien León XIII había pedido que colaborase en la confección del mapa del cielo, un proyecto de gran envergadura propulsado desde Francia.

El papa Pecci quiso que la Santa Sede estuviese presente en las reuniones de astrónomos que, organizadas por el Observatorio de París y la Academia de Ciencias, tuvieron lugar en la Ciudad de la Luz con el propósito de establecer el modo de elaborar el índice de las estrellas y marcar la posición en la que se hallan en el firmamento. El primer boletín con las conclusiones fue publicado en 1887: Congrès astrophotographique international tenu à l’Observatoire de Paris pour le levé de la carte du ciel.

Para desarrollar el trabajo con mayor eficacia y amplitud, Hagen solicitó que le asignaran ayudantes, y que fuesen mujeres, pues en los observatorios de Inglaterra había conocido a algunas sumamente competentes por su rigor en las mediciones astrales. El Vaticano, como solía hacer entonces, acudió a los superiores mayores de algunas congregaciones religiosas, y fueron enviadas dos monjas, primero, y otras dos, después, del convento de Maria Bambina, que estaba cerca del lugar en el que habrían de desempeñar su cometido. Llegaron a clasificar y establecer la posición de casi quinientas mil estrellas, lo cual ha sido de máxima importancia para que sucesivas investigaciones acerca del espacio sidéreo pudieran avanzar a partir de datos exactos y referencias seguras.

Estas religiosas trabajaron en el Observatorio Vaticano desde 1910 hasta 1921, pero, con el paso del tiempo, el recuerdo de sus nombres fue desvaneciéndose, hasta caer en el olvido total. Ahora, el jesuita Sabino Maffeo ha encontrado, en el archivo del Observatorio, el registro en el que figuran, trayéndolos así, de nuevo, a la memoria: Emilia Ponzoni, Regina Colombo, Concetta Finardi y Luigia Panceri. Y ha sido la periodista Carol Glatz, de Catholic News Service, la que ha dado publicidad al hallazgo, pues considera que, de este modo, el mundo sabrá de la impagable contribución científica realizada por ellas en el silencio y el ocultamiento, sin buscar honores, ni reconocimiento, ni pretender otra cosa que no fuera el realizar con diligencia la labor confiada.

Es lo que el dominico Bartolomé de Medina, teólogo de Salamanca en el siglo XVI, pedía encarecidamente, cuando estaba para morir, al también dominico Domingo Báñez, quien le habría de suceder en la prestigiosa cátedra de Prima: “Estudie y trabaje como es razón, y no repare en que le ha de faltar la salud, y que se ha de morir en breve, que muertes semejantes, tan en servicio de su Orden y de la Iglesia católica, muy gloriosas son.”

Dice un salmo: “El Señor cuenta el número de las estrellas, a cada una la llama por su nombre.” La cifra es inimaginable. Las monjas de la Specola Vaticana escrutaban cada noche el firmamento para identificarlas, medir su brillo, calibrar sus dimensiones, asegurar su posición, calcular la distancia e imponerles un nombre que sólo ellas conocerían: “Tú no eres aquella otra”, se dirían para sí, mientras se deleitaban en esa armonía celeste que fascinaba a los pitagóricos e impelía al salmista a preguntar a Dios, creador del cielo, la luna y las estrellas: Ma enosh ki tizkerenu (¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?).

Jorge Juan Fernández Sangrador

Publicado en: Jorge Juan Fernández Sangrador, El hecho religioso diario, PPC Editorial, Boadilla del Monte 2018, páginas 91-93.

Resurrection Fest

El Festival de música y arte con el que se iba a conmemorar, en estos días, el quincuagésimo aniversario del de Woodstock, que tuvo lugar, en agosto de 1969, y al que acudieron casi quinientos mil espectadores, ha sido cancelado a causa de múltiples inconvenientes: la desconfianza por parte de los promotores y patrocinadores, el cambio de lugar y la descabalgadura de las principales estrellas.

En Vivero, provincia de Lugo, en cambio, el Resurrection Fest crece exponencialmente y con enorme vigor, ya que cuenta, además de con una afición totalmente entregada, con importantes patrocinadores. Basta solo con ver la relación de entidades colaboradoras en la página web del evento. Las entradas se agotan apenas salen a la venta y ya ha sido convocado “El Resu” 2020, en el que se aspira a celebrar por todo lo alto el primer quincenario de su existencia.

Al de 2019 han asistido cien mil espectadores y se estima que ha dejado en el concejo y en la comarca de La Mariña lucense más de once millones de euros. Aunque ya empiezan a surgir pequeñas fricciones: los grupos españoles reclaman mayor visibilidad, pues se consideran preteridos respecto a los extranjeros.

“El Resu” se desarrolla, a principios de verano, durante varios días, en los que comparecen sobre el escenario los representantes más conspicuos de los géneros metal, hardcore y punk, así como de sus correspondientes subgéneros. Aunque no se entiende bien que la marca Xacobeo, creada para impulsar y sostener el Camino de Santiago, por el que los peregrinos transitan silenciosa y reflexivamente para encontrarse con Dios en Compostela, junto al sepulcro del Apóstol, figure como primer patrocinador de un festival en el que lo nombres de los grupos y los títulos de las canciones son de este tenor: “Bad Religion”, “Devil in Me”, “Holy Cuervo”, “Thrasin’of the Christ”, “Poison the Preacher”, “Killing in the Name”, “First Day in Hell” y “No Gods No Masters”, entre otros. Se ve que les atrae lo de la muerte y lo de los abismos infernales.

Sin embargo, la noción primera y última por la que se rige el festival es la de “resurrección”. Tal vez porque, a lo largo de estos años catorce años, los organizadores han padecido toda suerte de dificultades, especialmente personales, y han logrado sacar adelante, una y otra vez, su idea, su programa y su realización, superando exitosamente las adversidades.

En la edición de 2019 ha sucedido algo extraordinario. Álex Domínguez, un joven de La Rioja, que tiene que desplazarse en silla de ruedas a causa de una parálisis, fue aupado por una multitud enfervorecida que quiso ofrecerle un instante de triunfo, de superación de las limitaciones y una visión privilegiada del escenario.

La expresión en el rostro de Alex, en alborozado “crowd surfing”, manifestaba, en su estado más puro, la felicidad y la gratitud que sentía en aquellos momentos. Sostenido en alto por los brazos tendidos, amistosos y solidarios de una multitud innumerable, se hizo realidad en aquel contexto de aficiones apocalípticas lo que dice el apóstol san Juan en una de sus cartas: «Sabemos que hemos sido trasladados de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos» (1 Juan 3,13).

El dinamismo de la vida es imparable, tanto en la escatología como en el tiempo de nuestra historia; tanto en Galicia como en Escandinavia o en Gran Bretaña, ya que, mientras escuchaba el último movimiento de la Sinfonía nº 2 en do menor de Gustav Mahler, “Auferstehung” (Resurrección), el adolescente noruego, ateo, aunque bautizado en la confesión luterana, Erik Varden, experimentó la proximidad de Dios. «¡Resucitarás, sí, resucitarás, polvo mío, tras breve descanso! ¡Vida inmortal te dará quien te llamó!», canta el coro. «Oh, créelo: ¡No has nacido en vano! ¡No has sufrido en vano!», canta la soprano.

Erik fue recibido, tras un proceso de búsqueda y de clarificación de las ideas y de los sentimientos, en la Iglesia católica, ingresó en la abadía cisterciense de Mount Saint Bernard, en Leicestershire, en Inglaterra, y es actualmente el abad del monasterio. Ha publicado un libro de gran éxito, que está siendo traducido a diferentes lenguas. Se titula “The Shattering of Loneliness” (Cuando la soledad se hace añicos).

Y mientras recita, en el silencio de la noche, los salmos, durante el oficio litúrgico de Vigilias, a las 3,30 “ante meridiem”, aguardando la luz de la mañana, seguramente recuerda las últimas estrofas del libreto de la sinfonía de Mahler, que un día ya lejano escuchó conmovido, en las que el coro, la soprano y la contralto entrelazan sus voces para decir cantando: «Con alas que he conquistado, en ardiente afán de amor, ¡levantaré el vuelo hacia la luz que no ha alcanzado ningún ojo! ¡Moriré para vivir!». Y luego concluir: «¡Resucitarás, sí, resucitarás, corazón mío en un instante! Lo que ha latido, ¡habrá de llevarte a Dios!».

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 11 de agosto de 2019, p. 28