Hay quien dice que Pío XI fue el Papa más grande del siglo XX. Publicó treinta y una encíclicas, firmó veintitrés acuerdos internacionales, resolvió la “cuestión romana”, impulsó las misiones, organizó la Acción Católica, condenó tanto a nacionalismos como a totalitarismos, delineó el perfil del sacerdocio católico y del matrimonio cristiano, veló por la educación y la paz social, y canonizó a personalidades extraordinariamente representativas de la santidad en la Iglesia.
Antes de ser Papa, Achille Ratti (1857-1939) fue prefecto de las Bibliotecas Ambrosiana y Vaticana, nuncio en Polonia, visitador apostólico en varios países y arzobispo de Milán. Y a la Biblioteca-Pinacoteca Ambrosiana, de la que era prefecto, fue llamado, por Benedicto XVI, monseñor Gianfranco Ravasi (1942-), natural de Merate, en Lombardía, para que fuese presidente del Pontificio Consejo de la Cultura, cargo que ejerció desde 2007 hasta hace unos días.
Ahora que el cardenal Ravasi ha sido relevado, por razón de la edad, de esa encomienda, el papa Francisco ha llamado al Archivero y Bibliotecario de la Santa Iglesia Romana, cardenal José Tolentino de Mendonça (1965-), natural de la isla de Madeira, para que, en el nuevo organismo de la Curia vaticana que el actual Papa ha erigido con el nombre de “Dicasterio para la Cultura y la Educación”, se ocupe de las relaciones de la Iglesia con los diferentes ámbitos que componen el mundo de la cultura.
Los dos son prolíficos escritores. Ravasi ha publicado más de setenta libros y colabora con distintos diarios y revistas, como, por ejemplo, “L’Osservatore Romano”, “Avvenire”, “Famiglia Cristiana”, “Il Sole 24 Ore” y “Vida Nueva”. Es un conferenciante fuera de serie, que ha llevado adelante uno de los proyectos más interesantes de cuantos se han incoado en los últimos años en la Iglesia: el “Atrio de los gentiles”, un espacio de encuentro entre creyentes y no creyentes deseosos de abrirse a un horizonte que se extienda luminoso más allá de lo inmediato, tangible y perentorio.
Considero que una de las acciones más destacables de su gestión al frente del Pontificio Consejo de la Cultura ha sido la celebración de una sesión del “Atrio de los gentiles” en la Real Academia Sueca de Ciencias, en Estocolmo, sobre el tema “El mundo con o sin Dios”. La Academia, que otorga los premios Nobel, no es que se distinga precisamente por su afecto al catolicismo y a la romanidad de la Iglesia.
Por su parte, el cardenal José Tolentino de Mendonça ha publicado cerca del medio centenar de libros. Es, al igual que Ravasi, biblista. En 2018 dirigió los Ejercicios espirituales del Papa y de la Curia romana. Las pláticas han sido recogidas en un libro que lleva por título “Elogio de la sed”. Poco después de aquella tanda, Francisco lo eligió para el episcopado y lo nombró Bibliotecario y Archivero de la Santa Iglesia Romana. En 2019 lo hizo cardenal.
En una entrevista reciente, De Mendonça ha declarado que admira las obras de los arquitectos Álvaro Siza y Peter Zumthor, los pintores Miquel Barceló y Anselm Kiefer, la escultora Doris Salcedo, los músicos Arvo Pärt y Nick Cave, los novelistas António Lobo Antunes y Marilynne Robinson, los poetas Antonio Gamoneda, Charles Simic y Adélia Prado. Y hace unos meses le regaló al Papa, porque pensó que su lectura le resultaría agradable, un libro con poemas de la norteamericana Louise Glück: “Una vida de pueblo”.
El nuevo prefecto de “Cultura y Educación” seguirá la senda trazada en el campo de la cultura por los cardenales Gianfranco Ravasi y Paul Poupard (1930-), antecesores suyos. Ambos, con una magnífica formación humanística, y tratando de mostrar siempre la belleza, la razonabilidad y la consistencia de la fe católica, lograron establecer vínculos de afecto, reflexión y acción con científicos, pensadores y artistas contemporáneos, creados a partir de un mutuo conocimiento basado en las respectivas trayectorias de búsqueda anhelosa, seria y sincera de la verdad, y en la superación de una, en palabras de T.S. Eliot, “incapacidad emotiva”, que es la que, también según José Tolentino de Mendonça, denota el distanciamiento actual respecto a la fe religiosa por parte de la sociedad de nuestro tiempo.
Jorge Juan Fernández Sangrador
La Nueva España, domingo 9 de octubre de 2022, p. 27
Asamblea Plenaria del Pontificio Consejo de la Cultura (18 de noviembre de 2017)
«La Universidad de Salamanca ha celebrado, con una sesión académica solemne en el Paraninfo, el centenario del nombramiento de Santa Teresa como doctora honoris causa. Un acto en el que se ha recordado a «la mujer más importante de la historia de España por su proyección internacional y su capacidad intelectual«, según apuntó en su momento el rector, Ricardo Rivero.
Tras un cortejo académico por el Patio de Escuelas Menores, el acto se ha abierto con unas palabras del profesor Vicente González y ha contado con la proyección de vídeos conmemorativos de la efeméride, en los que se ha repasado la figura de la Santa. Además, cuatro estudiantes de la USAL han leído textos de Santa Teresa y Miguel de Unamuno.
El 8 de octubre de 1922, Alba de Tormes se engalanó para recibir a los reyes en uno de los actos centrales del nombramiento de Santa Teresa como doctora honoris causa de la Universidad de Salamanca, la primera mujer que consiguió este título en la USAL. Todo un acontemiento del que ahora se cumplen cien años y que la villa ducal celebra este fin de semana con una recreación histórica de la jornada.
Las crónicas de la época cuentan que fue un día repleto de anécdotas y detalles, que han quedado reflejados en diferentes documentos. Alfonso XIII y la reina Victoria Eugenia visitaron la localidad para imponerle a la imagen de la Santa sus insignias doctorales: el birrete y una pluma. Insignias que aún hoy luce la talla. Una jornada histórica que el Ayuntamiento, tal y como se refleja en las actas municipales, comenzó a preparar en 1921. No obstante, la primera vez que figura con certeza la visita real a la villa ducal es en agosto de 1922.
En su momento, el periódico ABC realizó una extensa crónica de los actos y de la estancia de Sus Majestades en Salamanca, donde participaron en el acto que tuvo lugar en el Paraninfo de la Universidad. Según cuenta, los reyes salieron de la capital en torno a las 9.30 horas y llegaron a Alba de Tormes sobre las 10.15. «Los monarcas saludaron afectuosamente a todos y, acompañados del alcalde de Salamanca, que fue con Sus Majestades hasta Alba de Tormes, partió al auto, en medio de ovaciones delirantes a los reyes y a Salamanca», cuenta el diario.
Y es que, el que por entonces era alcalde de Salamanca, Federico Anaya, miembro del partido republicano, acompañó al rey hasta Alba de Tormes y aprovechó sus momentos con él para charlar con el monarca. Así lo contaba ABC: «El monarca, en uno de los momentos en que le dejó libre la infinidad de actos a los que tuvo que asistir, conversó largo rato con el alcalde, expresándole su gratitud por el recibimiento que le había otorgado Salamanca, felicitándole por la organización de los festejos y añadiendo: He de volver a Salamanca, pero de incógnito, para conocer desde cerca sus necesidades y, de paso, descansar unos días en el campo. Nada me habéis pedido y es costumbre de otras capitales solicitar algo cuando los Reyes las visitan. Pero conozco bien los dos principales problemas que Salamanca anhela resolver, y que son el ferrocarril de Peñaranda a Ávila y la solución del expediente de los saltos del Duero. Ambas cosas serán objeto de rápida tramitación, especialmente la del ferrocarril, que ya debía estar terminado«.
A su llegada a la villa ducal, la comitiva real fue recibida por el alcalde, Antonio García, y numerosas autoridades civiles, militares y religiosas, además de «millares de almas de los pueblos cercanos que se habían trasladado a Alba para conocer a los Soberanos». Desde allí, se dirigieron a pie a la basílica de Santa Teresa, que se encontraba en construcción, donde tuvo lugar el momento central de la visita, para la imposición de las insignias doctorales.
Comenzó el acto levantándose los Soberanos y dirigiéndose a la imagen de Santa Teresa, llevada allí para este acto, la Reina tomó el birrete, magnífica joya regalo de las damas españolas, y se lo impuso a Santa Teresa; seguidamente el Rey colocó en la mano derecha de la Santa la pluma de oro que él le regalaba y besó la mano de la efigie. El público se dio cuenta de este beso de fe, prorrumpió en aclamaciones, vivas a los Reyes, a la Santa, a España y al Ejército. El momento fue sublime. Una lugareña dijo, cuando el silencio comenzaba a hacerse: ¡Viva el rey valiente!’«, cuenta ABC en su crónica.
Tras el acto, que incluyó un sermón del arzobispo de Valladolid y una misa rezada, la comitiva se desplazó hasta el convento de las Madres Carmelitas, donde visitaron las reliquias de Santa Teresa y la clausura del convento.
La jornada concluyó con un banquete real en lo que hoy es el Hostal América y que entonces era una hospedería mandada construir por el padre Cámara para las peregrinaciones. El Ayuntamiento de Alba de Tormes ha querido recordar esta efeméride con unos vídeos en los que relata algunos detalles de la visita y donde cuenta alguna anécdota de este banquete. Así, cuentan que los reyes se dieron cuenta de que había un grupo de bailarines charros que querían bailar ante ellos y salieron al balcón central para presenciar los bailes.
También cuenta la historia que el postre de ese banquete consistía en unas natillas carmelitanas elaboradas por el hermano Joaquín, un hermano carmelita cocinero que el rey había conocido en Las Hurdes. Sin embargo, los organizadores del banquete no estaban seguros del plato, por lo que le hicieron un gesto a la reina para que no comiera. Sin embargo, el rey se dio cuenta de este detalle y empezó a degustar el postre, del que quiso repetir.
Tras el banquete, los soberanos salieron hacia Ávila.
Toda una jornada cargada de detalles y anécdotas que continuaron días después. Así se recoge en las actas de la época, que cuentan que días después de su visita, el rey mandó 500 pesetas para repartirlas entre los pobres de la villa ducal.
Además, ABC también relata en su crónica una anécdota del paso de los reyes por Peñaranda de Bracamonte: «El gobernador civil ha contado lo ocurrido a los Reyes al cruzar por Peñaranda de Bracamonte, donde no pensaba detenerse la comitiva regia. Don Alfonso XIII, apreciando el desbordamiento de entusiasmo que suponían aquellos millares de almas de los pueblos cercanos congregadas en la carretera para ver a los reyes a su paso y agasajarles con una verdadera lluvia de flores y con aclamaciones delirantes, dirigiéndose a su augusta esposa, hondamente conmovido, le dijo:
– Vamos unos momentos a callejear por entre la multitud.
Y se apeó del automóvil. El entusiasmo popular de aquellos instantes es cosa inenarrable. Los señores Sánchez Guerra y el gobernador pretendieron abrir paso a los soberanos, lo que impidió el rey diciendo:
– Déjame, que me lleven donde quieran.
Los vítores continuaban atronando el espacio. Un campesino, que se hallaba junto al Rey, exclamó: «No te vas sin besarte», y abrazándose al monarca le besó en la mejilla izquierda. El Soberano rió complacido la ocurrencia del campesino. Su Majestad la Reina iba detrás del Monarca, confundida en un grupo formado por varios cientos de mujeres. Los reyes, después de atravesar el pueblo entre una lluvia de flores, lograron reanudar el viaje. Don Alfonso comentaba después, lleno de entusiasmo, la ocurrencia del campesino que le besó«.
Ahora, la villa ducal conmemora este fin de semana la efeméride de este visita y lo hace con una recreación histórica de la jornada, que tendrá lugar este domingo, 9 de octubre.»
A continuación el video con el desarrollo del acto en el Paraninfo de las Escuelas Mayores de la Universidad de Salamanca (6 de octubre de 2022, a las 13,00 horas)
La Razón (8 de octubre de 2022), por Andrea Azcona
El amor, la humildad y el perdón son solo algunos de los valores que promueven en redes sociales. Junto a su ya casi familia numerosa y éxito empresarial, el jovencísimo matrimonio puede presumir de ser los «influencers del momento»
Tomás Páramo y María G. de Jaime son una de las parejas de influencers que más tirón tienen en redes sociales. No es de extrañar; además de estilo, valores, una familia envidiable y éxito empresarial, el matrimonio presume de una simpatía y cercanía de la que cada vez carece más el mundo virtual.
Entre la frivolidad y pomposidad que inunda Instagram, ambos nos reciben en su humilde oficina de Castellana donde, pasito a paso y con mucho esfuerzo, han ido construyendo su firma de ropa Himba, que pronto cumplirá un año de vida.
Entre diferentes bocetos de diseños y retales, un burro con muestras de su colección y una gran mesa en la que trabaja el equipo –entre las cuales está Lucía Páramo, hermana del protagonista y también influencer–, llama la atención un pequeño altar que preside la estantería principal: La Virgen María y el niño Jesús, con una pequeña vela encendida.
Es la muestra de la gran fe que procesa la pareja, y de la que presumen en redes sociales día a día, como «el gran motor de su vida»; es precisamente esto uno de los rasgos que más les define y diferencia entre la gran marabunta de influencers.
«A nosotros noshan educado en la fe, María y yo descubrimos que Dios nos amaba», cuenta Tomás, quien desvela que sus mayores referentes en este ámbito son el Papa Juan Pablo II y la Madre Teresa de Calcuta, «dos personas que se movieron por amor».
Es precisamente esta palabra, amor, la que se repite en innumerables ocasiones durante toda la entrevista; también lo que la pareja rezuma por los cuatro costados. Juntos suman una comunidad de casi un millón de seguidores en Instagram, gracias a los cuales innegablemente han podido desarrollar su faceta como empresarios de dicha firma de ropa y «FlipEat», una aplicación de reservas gastronómicas.
Ambas les han hecho merecedores de tomar posición en la lista Forbes de los 100 más creativos en el mundo de los negocios, y aunque disfrutan de un éxito que va en aumento, prefieren solo hablar del ahora porque el futuro «Dios dirá», aunque Tomás tiene un mantra claro: «quien se esfuerza y trabaja, recoge».
Ambos reconocen que todavía «alucinan» cuando ven su cara en las revistas, y eso que incluso han desfilado por la alfombra roja del Festival de Cine de San Sebastián al más puro estilo hollywoodense. «Es una cosa que nos sigue sorprendiendo porque todo ha sido muy rápido», dicen al unísono.
Sin duda, son la nueva generación de rostros de la prensa rosa. Ocupan titulares, espacios televisivos y portadas de revista; podríamos incluso atrevernos –salvando las distancias– a compararlos con la Isabel Preysler y Julio Iglesias del momento, desbancando también a la «jet set», aunque a ellos la comparación les divierte ya que, de puertas para adentro, reconocen que tan solo son una familia normal. «Nunca hay que perder la cabeza», dice el joven publicista.
Ahora, además, a la familia de cuatro se suma un nuevo miembro, un bebé «muy esperado», que nacerá el 29 de marzo previsiblemente. Un Tauro más al que Tomás, María, Tomy (7) y Catalina (1), esperan con ilusión; y aunque por el momento se desconoce el sexo del bebé, ambos hacen sus apuestas por separado: «Tomás prefiere niño y yo, niña», confiesa María.
Pero a sus 26 años y en este segundo trimestre de un embarazo llevadero, parece no convencerles el refrán «dos es compañía, tres son multitud», ya que «siempre hemos querido cinco»; y es que ambos vienen de familias numerosas por lo que consideran que los hermanos son un regalo: «Si podemos permitirnos ser una familia numerosa, no vamos a poner ningún tipo de reparo a que así sea», asegura Tomás, ya que para él su felicidad «se ha multiplicado por cien» gracias a la paternidad, mientras que María entiende la maternidad como «una generosidad extrema porque tu vida pasa a un segundo plano, empiezas a vivir por y para tus hijos, pero todo lo que recibes a cambio es suficiente, es un amor incondicional».
«A veces me he cuestionado si ser sacerdote o monje»
El compositor habla con ABC sobre el cristianismo y su amor por el arte
ABC (8 de octubre de 2022), por ALEJANDRA RUBIO
Carlos Danés, de 26 años, es pianista y compositor y asegura estar intentando encontrar un sentido que llene su vida y el camino para servir a Dios a través del arte y del amor al prójimo. Su referente en la vida es Jesús, y cuando tiene alguna duda siempre se pregunta qué haría él en su lugar.
—¿Cuándo comenzó a descubrir su pasión por la música?
—Desde muy pequeño me gustaba cantar y bailar, pero comencé a desarrollarla a la par que estudiaba e iba creciendo como persona. Empecé a los ocho años a dar clases con Javier Negrín; él me enseñó hasta que terminé la carrera. Mis padres me apuntaron porque era un niño muy inquieto, fue una actividad enfocada a mi relajación y concentración, pero no fui consciente hasta mi adolescencia cuando empecé a comprender realmente la música. Pero eso tiene sus peligros.
—¿A qué peligros se refiere?
—Mientras que eres joven, eres soñador, te montas una película de lo que crees que es la música y piensas en la fama, conseguir engañar a alguna chica, potenciar tu inteligencia, pero hoy en día mi postura es otra.
—Completó los diez años en el conservatorio y luego estuvo cuatro estudiando la carrera en la universidad y un máster. ¿Cuál fue su siguiente paso?
—Tuve una crisis existencial y me convertí al cristianismo tras tener una experiencia con Dios. Decidí irme a Suiza a estudiar un año teología, filosofía y antropología para intentar ver dónde tenía una dirección sobre la cual construir mi fe.
—¿Pensó en convertirse en sacerdote?
—A veces me he cuestionado si ser sacerdote o monje, o dedicar mis fuerzas a transmitir el Evangelio a través de la música y el arte. Dudas en la vida siempre hay. Ahora estoy bien como músico, pero si Dios precisa otra cosa de mí, me lo hará saber.
—¿Encuentra refugio en la Biblia como Tamara Falcó tan de actualidad tras su participación en la XIV Edición del Congreso Mundial de las Familias celebrado en México?
—Es una de las fuentes principales donde los cristianos hallan un camino directo al encuentro con Dios. Para mí la Biblia y los Evangelios son refugio, inspiración y esperanza.
—En ese mismo encuentro hemos conocido que un actor mexicano, Eduardo Verástegui, ha practicado el celibato durante 17 años. ¿Qué le parece? ¿Se lo ha planteado?
—Para mí, la castidad, entendida como una virtud que propulsa al ser humano a realizar actos conservando una pureza, es decir, realizar actos con una disposición de verdadero amor (ojo, que esto no es fácil), es una meta a la que llegar. No solo en el ámbito sexual sino en todos los ámbitos.
—¿Tiene pareja?
—Sí, una chica maravillosa, con talento y mucho amor dentro. He aprendido tanto de ella… Le estoy muy agradecido. Es matemática, lo cual encaja bien con mi faceta de músico (ríe).
—Volvamos a la música y a uno de sus logros de los que está muy orgulloso: la Asociación Artística de Música Callada. ¿Cómo surgió la idea?
—Del consenso de un grupo de amigos que somos aficionados a la música clásica y que hemos detectado el desinterés general de la población hacia el arte. Los jóvenes artistas tienen más difícil sacar sus proyectos adelante, por eso creamos esta asociación, para ayudarles.
—¿Por qué ese nombre?
—‘Música callada, soledad sonora…’ es un poema de san Juan de la Cruz, tiene connotación religiosa porque para mí cualquier arte o acción que carezca de una voluntad espiritual es una acción vacía.
—¿A qué cree que se debe ese desinterés de la juventud por el arte en general?
—La estimulación excesiva de hoy en día no es compatible con la contemplación de una obra de arte. Para hacerlo necesitas silencio, tiempo, tener el corazón abierto, no tener prejuicios… Es un esfuerzo que hoy en día los jóvenes no quieren hacer.
—La asociación dice que es un pozo sin fondo y tuvieron que idear un plan para poder llevar a cabo los proyectos. ¿Qué se les ocurrió?
—Junto con seis socios creamos Quiet Music Studios, un estudio de grabación audiovisual donde componemos y grabamos música para películas y anuncios, entre otros. El equipo está formado por un experto de audio, uno de vídeo, un constructor de drones, un administrativo y un compositor que en este caso soy yo.
—Para ser un buen músico, ¿es necesario tener talento o se puede desarrollar con el trabajo diario?
—El talento es necesario, hay personas que no tienen ningún talento, se empeñan en ser músicos y lo pasan fatal, pero también te digo que hay gente que sin talento y mucho trabajo consiguen ser músicos y al revés. Sin trabajo el talento no sirve de nada.
—¿Cuál ha sido su mayor logro musical?
—Poder estrenar en el Auditorio Nacional de Madrid dos obras mías. Primero fue un quinteto para piano y cuarteto de cuerdas y después un concierto para dos pianos y orquesta que acaba con un solo de una soprano que se mete de repente en el concierto con el himno de San Francisco de Asís, que hace una alabanza a las criaturas del mundo.
—¿Y un sueño pendiente?
—Me gustaría tocar alguna obra que no sea mía, con una perfección técnica que requiere mucho tiempo y que no tengo.
Necesitamos más belleza y necesitamos más razón. Los sacerdotes de la parroquia de Illegio, don Angelo Zanello y don Alessio Geretti, y los miembros del “Comitato di San Floriano”, en las montañas alpinas de Carnia, en Italia, han sabido conjuntar ambas, belleza y razón, con brillantez, en la decimoctava “Mostra di Illegio”, que lleva por título “La bellezza della ragione”. Será clausurada, tras haber estado abierta al público desde mayo en la casa parroquial, a mediados de octubre.
Son cuarenta obras de arte, provenientes de diversos países de Europa, ante las que el espectador se abisma cuando aprecia, a través de ellas, los horrores que comporta la pérdida de la razón; se interroga, con los filósofos, por el origen y el sentido de todo lo que existe; y se sorprende de que los objetos que componen la realidad se dejen conocer por la razón científica y se rijan por sistemas coherentes de leyes.
Lo más interesante, con todo, es que, conducido por el estupendo guion que vertebra la exposición, el visitante logra elevarse a aquellas extensiones en las que la razón se dilata y se trasciende. Porque, más allá del análisis de los datos y de la pregunta por el sentido, el hombre es capaz, por su inteligencia, de adentrarse con la imaginación en otros mundos, establecer conexiones y relaciones insólitas, construir relatos fabulosos, jugar, soñar, crear obras de arte y ser, en definitiva, genial. Es la inteligencia fantástica e imaginativa.
Me parece que fue Thomas Hobbes el que dijo aquello de que, si hubiera dedicado tanto tiempo a leer libros como hacen los que van por la vida de listos, eruditos y sabios, habría sido tan tonto como ellos. Según él, hablarían solo lo que viene en los libros. Y nada más.
En este sentido, conozco un profesor que es de una cultura apabullante, un investigador metódico y sagaz como pocos, un docente magnífico y, además, escritor, en lo suyo, de primera. Goza de un prestigio al que nadie osa ponerle un “pero”, salvo una amiga mía italiana, que dice de él: «Ma non vola». No vuela.
Y no son pocas las ocasiones en las que, tras escuchar a alguien que se jacta de ser racional o cultor de la razón, acabe, al ver cómo discurre ese ego autosobrevalorado, diciéndome para mis adentros: «¡Jesús, qué descerebración la de esta persona!». Ni son pocas aquellas en las que la memoria me traiga a la consciencia actual lo que Marcel Proust escribió en “A la sombra de las muchachas en flor”, segunda obra del ciclo “En busca del tiempo perdido”: «Cada cual llama ideas claras a las que se hallan en el mismo grado de confusión que las suyas». Así mismo.
Mas volviendo a lo que estábamos, y para concluir, me parece tan significativo el que sea precisamente una pequeña parroquia católica de alta montaña en los Alpes la que, al referirse a la razón, la califique de “bella”, que eso lo dice todo acerca de cuál es la apreciación valorativa, positiva, amable, que la Iglesia tiene de la razón.
Como no puede ser de otra manera, pues el momento culminante de la racionalidad no se encuentra en la duda metódica, ni en el escepticismo, ni en el agnosticismo, sino en la apertura a Alguien que, con su sabiduría, ha infundido armonía, profundidad, grandeza y sentido a cuanto existe, ya que, de no ser así, la racionalidad sería un producto accidental e insignificante que emergería del magma de la irracionalidad y del azar que lleva y trae a su albur cuanto cae bajo su intrínseca volatilidad.
De ahí el que, ante esa radical apuesta en favor de la razón por parte de la fe católica, y de su hermosura, el creyente sea, además de inteligente, un devoto admirador de la complejidad del universo y de su esplendor, un contemplativo, que sabe y acepta con humildad que la realidad es siempre superior a nuestros cálculos y medidas, y que, por sus dimensiones, sobrepasa cualquier intento humano de delimitarla y controlarla con parámetros reductores, porque Aquel que con su amor lo ha creado todo de la nada es «Deus semper maior».
Jorge Juan Fernández Sangrador
La Nueva España, domingo 2 de octubre de 2022, p. 41
No dejan de pasar por mi mesa currículos vitales de personas que han estudiado en el Seminario Metropolitano o en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas de Oviedo y ni siquiera los nombran en el apartado de «Formación académica».
Y eso mismo lo observo también en las biografías que cuelgan algunos usuarios en los perfiles de facebook.
Ponen siempre que han estudiado en la Universidad Pontificia de Salamanca, cuando no es verdad. Han estudiado y se han examinado con profesores del Seminario o del Instituto de Ciencias Religiosas de Oviedo y frecuentado sus aulas, no las de Salamanca.
El Seminario Metropolitano y el Instituto Superior de Ciencias Religiosas están afiliados a la Universidad Pontificia de Salamanca, pero son instituciones académicas con personalidad propia.
Lo que sí pueden decir es que están titulados por la Ponti, pero no que han estudiado en la Ponti.
Y como se hace con intención de disfrazar la realidad y engañar un poquito al que contrata, ándese con cuidado con los antedichos «curriculantes». Como para fiarse.
Ingratos, además, con la Diócesis y con el Seminario.
El cardenal asturiano Álvaro Cienfuegos (1657-1739), natural de Agüerina, en Belmonte, y jesuita, enfermó, durante un viaje a Inglaterra, en Londres.
El familiar que lo acompañaba en el viaje le preguntó:
– ¿Sentiríais moriros ahora, monseñor?
– Ahora y siempre.
– Pero más ahora, que os enterrarían entre herejes.
– Pues que me entierren más hondo y hallaré católicos.
El cardenal Cienfuegos resaltaba de este modo la antigüedad católica de la isla.
Así es como lo cuenta Víctor de la Serna en el diario ABC del 21 de septiembre de 1954, p. 23, en la sección «De puerto a puerto» (El cardenal «a tiro limpio» y el capitán Towsend):
«De Agüerina, por ejemplo, que es un pueblo precioso a media falda del desfiladero, era aquel magnífico cardenal Cienfuegos, que empezó su carrera eclesiástica descerrajándole un tiro a un jesuita en Salamanca y acabó siendo una gloria de la Compañía. Vale la pena de contar una agudeza de su agitada vida. En un viaje por Inglaterra se sintió enfermo en Londres. Su familiar le preguntó:
– ¿Sentiríais moriros ahora, monseñor? – Ahora y siempre. – Pero más ahora, que os enterrarían entre herejes. – Pues que me entierren un poco más hondo y hallarécatólicos.
Así aludía el cardenal a la primacía del catolicismo en la isla. En Agüerina, cerca de Belmonte, se alojó en casa del cura, a fines del siglo XVIII, un escritor inglés cuyo nombre, lectora, acaso te evoque una historia romántica de amores contrariados entre una princesa y un capitán: se llamaba Towsend.
Como se ve, las relaciones entre la Gran Bretaña y Asturias son antiguas. Y cordiales, acaso con detrimento de la pureza de la fe de nuestros mayores. (En el concejo de Cangas de Narcea hay un pueblo, Besullo, donde casi todos los vecinos son protestantes anglicanos).
Se nos está haciendo de noche y hay que llegar a Villademar. Todavía por la enorme hendidura de la montaña, en cuyo fondo va la carretera, entra una luz lechosa. Hay luna y no sabemos ya cual es la luz que nos alumbra el camino: si de ocaso nacarado de sol o de orto argentino de luna. Se oyen, lejos, los cascos de los caballos de los vaqueiros sobre los senderos de roca.»
Los anglicanos de Gran Bretaña llamaban “ritualistas”, en el siglo XIX, con intención de denostarlos, a sus correligionarios anglicanos que se sentían atraídos por los dogmas y ceremonias de la Iglesia católica. Entre los “ritualistas” estaban John Henry Newman (1801-1890) y otros componentes del Movimiento de Oxford.
Ese esmero con el que los católicos procuran que las celebraciones litúrgicas luzcan con el máximo esplendor es el que da, junto a otros factores, razón de la perfecta organización que hemos tenido ocasión de admirar en las honras fúnebres del la reina Isabel II.
Porque es una antigua familia aristocrática inglesa, de las de mayor prosapia y multisecularmente católica, la que, por tradición (Hereditary Earl Marshal of England), se ocupa de preparar y dirigir las ceremonias de coronación, exequias y otros eventos protagonizados por la Familia real británica: la Casa ducal de Norfolk.
El actual duque, Edward W. Fitzalan-Howard (1956-), que hace el número dieciocho en la sucesión del título, recibió el encargo de Carlos III, según declaró en una rueda de prensa: «El Rey me ha ordenado que ponga en marcha los preparativos para el funeral de Estado de Su Majestad la Reina».
Al decimo sexto duque de Norfolk, Bernard Fitzalan-Howard (1908-1975), le correspondió organizar la coronación de Jorge VI y la de Isabel II, el funeral de Winston Churchill y la investidura de Carlos como Príncipe de Gales.
Y en la historia de la literatura cristiana es figura conocida la de Henry Fitzalan-Howard II (1847-1917), el decimoquinto en la recepción del título, porque fue a él a quien John Henry Newman dirigió, en 1874, su famosa “Carta al Duque de Norfolk”, un importante texto, en el campo de la moral, acerca de la conciencia.
En esa Carta se encuentra aquella conocida confesión de Newman: «Caso de verme obligado a traer a cuento la religión en un brindis de sobremesa (desde luego, no parece lo más apropiado…), por supuesto, beberé ¡Por el Papa!, y con mucho gusto. Aún así, primero ¡Por la conciencia!, y después ¡Por el Papa!».
Siendo, además, una familia prominente en la Corte de Isabel I, en la de los Norfolk no podía faltar un mártir. Y lo hubo: Saint Philip Howard (1557-1595), conde de Arundel e hijo del cuarto duque de Norfolk. Fue canonizado por en Roma, en 1970, junto a otros treinta y nueve mártires de Inglaterra y Gales.
En la homilía, el papa Pablo VI citó unas palabras dichas por el santo: «Lamento disponer solo de una vida para ofrecerla a esta noble causa». Se refería a la del seguimiento de Cristo en la Iglesia católica ¡Qué grandeza la de los mártires de la fe cristiana!
De modo que, cuando tengamos ante nuestros ojos las impresionantes ceremonias de la Corte británica, porque las estemos viendo a través del televisor, y digamos «qué bien hacen los ingleses esas cosas », lo haremos con mayor precisión si completamos la frase añadiendo: «qué bien hacen los católicos ingleses esas cosas».
Jorge Juan Fernández Sangrador
La Nueva España, domingo 25 de septiembre de 2022, p. 28
«La religión de Santa Teresa no es elevada, si no la más cotidiana posible»
La co-creadora de «Cardo», que ya ultima su segunda temporada, recomienda un libro lejos del caos de su serie
La Razón (24 de septiembre de 2022), por Matías G. REBOLLEDO
Santa Teresa de Jesús, en un retrato realizado en el taller de José de Ribera
Los planos son preciosistas y la historia, tremendamente caótica. «Cardo», la serie de ATRESPlayer y revelación de la pasada temporada televisiva, epató en la juventud por su pulso firme a la hora de retratar la crisis de identidad, desde el exceso, de buena parte de la juventud española contemporánea. Por eso llama la atención que su cocreadora Claudia Costafreda (escribe la serie junto a su protagonista, Ana Rujas), dirija su recomendación hacia uno de los libros clave de la teología. ¿Hay en ello, quizá, una reivindicación «punk»? Nada más lejos de la realidad.
¿Por qué el «Libro de la vida»?
Ha sido muy significativo para mí como creadora porque nos ha inspirado mucho a la hora de levantar la segunda temporada de la serie. Lo he visitado muchas veces para entender la relación de nuestra protagonista con la religión y con la espiritualidad, pero también para encontrar ahí un nexo de lo teológico con lo terrenal, con lo físico. La religión de Santa Teresa de Jesús no es esa elevada y lejana, es la más cotidiana. Seas cristiano o no, que yo no lo soy, hay muchas reflexiones ahí que, en realidad, son increíbles, placenteras de leer.
¿Qué puede haber en ese libro para alguien joven?
Es curioso, pero es mucho más «de calle», mucho más simple de lo que podría parecer. Es religión sencilla. Va más allá de lo cristiano. Y a mi generación, que está pegada a las pantallas, a lo digital y a lo que, en realidad, no es material, siempre le puede venir bien ese aislamiento momentáneo. Esa pausa para la reflexión, por llamarla así.
¿Se considera buena lectora?
Creo que, hoy en día, todos leemos menos de lo que nos gustaría. Sobre todo durante este último año, en el que nos han pasado tantas cosas y todas tan buenas. Una serie es muy exigente.
¿Cuándo suele leer Claudia Costafreda?
Siempre de noche, aunque en el verano es cuando más tiempo tengo para obsesionarme con los libros, como me ocurrió con este. La culpa es de Lluís Sellarès, guionista también de la serie, que es un experto en Santa Teresa.
¿Quién debería leer a Santa Teresa de Jesús?
Quizá alguien que esté pasando por un momento de especial ansiedad. Por eso digo que es realmente recomendable para los jóvenes, para la gente de mi generación. Hay una especie de resignación positiva, por ponerle un nombre, sobre la paz en el caos.
Esta maravillosa historia nos la refiere, con una indagación a fondo y la seriedad que le caracteriza, Luis Santamaría del Río, en Portaluz.org (23 de septiembre de 2022):
«De mormonas a carmelitas descalzas: la importante conversión a Cristo de dos valientes mujeres»
«Salt Lake City, la capital de Utah (Estados Unidos), es considerado el corazón del mormonismo. Efectivamente, esta ciudad alberga el templo más importante de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (IJSUD), la secta de origen cristiano que, fundada por el “vidente” Joseph Smith en 1830, se asentó en la zona. De manera que, casi dos siglos después, en torno al 60 % de la población de Utah son mormones.
Contemplativas en un “desierto espiritual”
Según cifras del año 2014, sólo el 5 % de los habitantes del estado son católicos. Sin embargo, se trata de una minoría muy significativa en un contexto tan peculiar. Pero hay un lugar casi desconocido que cobra una importancia singular: el convento del Inmaculado Corazón de María, fundado en 1952 en Salt Lake City por una comunidad de Carmelitas Descalzas procedentes de California.
Por la misma época, los Monjes Trapenses se habían establecido en otra ciudad del estado, Huntsville. Según cuentan las monjas, “en aquel tiempo Utah se consideraba un desierto espiritual y la población católica era una minoría”. Con el tiempo pudieron construir su convento actual, que “se erige allí como un ‘árbol de la vida’, humilde pero orgulloso, pobre pero magnífico, oculto pero poderoso”.
En efecto, como comunidad cristiana de vida contemplativa, este grupo de mujeres consagradas “permanece allí en el corazón de la Iglesia, enviando el mensaje de amor y oración al mundo entero”. Sí: “permanece allí como imagen del mismo Dios. Casi oculto, el Carmelo continúa su apostolado y misión de oración en la Iglesia”.
La monja que fue mormona y es hermana de un “apóstol” mormón
No es extraño que, en esta zona de mayoría mormona, alguna de las carmelitas hubiera tenido alguna relación con la secta fundada por Smith. Lo que sí resulta sorprendente es el grado de dicha relación: se trata de Lurlene Romney Cheney (1900-1982), la hermana de un importante líder mormón, Marion G. Romney (1897-1988), considerado “apóstol” y miembro de la Primera Presidencia de la IJSUD.
Marion y Lurlene nacieron y crecieron en una familia mormona de 10 hermanos. Su padre, George S. Romney (1874-1935), era natural de Utah, pero tuvo que trasladarse a México en su juventud, a las colonias de la secta que se habían establecido en aquel país cuando aumentaron los problemas para seguir viviendo su “matrimonio plural” (es decir, la poligamia) en los EE.UU.; una práctica aberrante que los mormones abolieron en 1890.
Ésta es la razón por la que tanto Marion como Lurlene nacieron en territorio mexicano. Él viajó a Australia para ejercer allí su servicio como misionero mormón y, a su regreso a los EE.UU., desempeñó diversos trabajos y realizó estudios superiores. Fue ascendiendo en la secta hasta ser elegido en 1951 miembro del Quórum de los Doce (un órgano de gobierno mormón) y nombrado “apóstol”. En las décadas siguientes llegó a ser consejero de la Primera Presidencia de la secta y, en sus últimos años de vida, presidente del Quórum de los Doce.
Una de las monjas fundadoras
Lurlene se casó con otro miembro de la secta y tuvieron hijos, pero más tarde abandonó el mormonismo para hacerse católica. No sólo eso: fue una de las hermanas fundadoras del Carmelo de Salt Lake City, dedicado al Sagrado Corazón de María, cambiando su nombre por el de sor Mary Catherine, y celebró su profesión perpetua en 1961. Así, a una edad ya avanzada, se entregó a Cristo en la Orden Carmelitana Descalza, siguiendo los pasos de Santa Teresa de Jesús, Santa Teresa de Lisieux y otras grandes figuras de la Historia de la Iglesia. Dos décadas después, en 1982, falleció.
Curiosamente, y como revela su apellido, sor Mary Catherine era familiar de uno de los mormones más influyentes en los últimos tiempos: Mitt Romney (n. 1947), que, a sus diversos cargos dentro de la secta, se unen los de haber sido gobernador de Massachusetts y senador por el Estado de Utah, además de luchar por la candidatura a la presidencia de los EE.UU. en 2008 por el Partido Republicano (que finalmente logró John McCain, quien perdió en las urnas frente a Barack Obama).
La enfermera que pensó: “mi Dios es mayor que eso”
Pero no ha sido la única carmelita descalza de Salt Lake City que procede de la secta de los mormones, IJSUD. En 2009 The Salt Lake Tribune publicó un reportaje muy interesante sobre la historia de otra monja del mismo convento. Se llamaba Barbara Whipperman y nació en 1933 en el seno de una familia convertida al mormonismo. Muy piadosa en su infancia y adolescencia, a los 14 años ya tenía claro que quería entregar su vida a Dios. Estudió Enfermería en la Universidad Brigham Young (propiedad de la secta) y se graduó en 1956.
Pero había algo que no le convencía en las doctrinas que le habían enseñado: que los hombres puedan convertirse en dioses en el cielo. En cierta ocasión, un maestro de la secta deslizó en una clase que no había ninguna base bíblica para esa doctrina y eso le hizo pensar y, con una arrogancia típicamente juvenil, reaccionó de forma crítica con la IJSUD. Aunque el asunto no quedó allí: “Yo no podía aceptar más la doctrina, su concepción de Dios. Mi Dios era mayor que eso”.
No se trataba de una cuestión teológica superficial: “una vez que esa doctrina se desmorona, todo lo demás se desmorona”. Por curiosidad, consiguió una traducción católica de la Biblia y empezó a asistir a la Misa dominical en algunas parroquias, pero con el miedo de que al volver a alguna de ellas los feligreses la convencieran de que se quedara. “Tenía un cierto resentimiento. Pensaba: ‘Ya me engañaron una vez’. No volvería a pasar”.
El camino a Jesucristo
Entonces le pidió a un sacerdote que le explicara la doctrina católica y comenzó a estudiar el Catecismo. Así descubrió una fe argumentada en la que no había agujeros, pero cuando en su casa descubrieron la deriva hacia el catolicismo, sus padres reaccionaron con enfado y tristeza. Se fue a vivir sola, pero la idea de dejar a los mormones despertaba en ella los temores del rechazo familiar, la expulsión de la comunidad y hasta la pérdida de su puesto de trabajo.
Un domingo de 1957 por la tarde, sus amigos la llevaron a un lugar novedoso en la zona: el convento carmelita de Salt Lake City. Allí conoció a una mujer que la cautivó: sor Mary Catherine Romney. “Su hermano estaba en la Manzana del Templo [el lugar que congrega los principales edificios mormones] y ella estaba aquí… ¡una monja! Y eso era todo lo que necesitaba saber”. En aquel momento, lo tuvo claro: “Di un paso adelante en la fe. Fe ciega”. En la Vigilia Pascual de 1957 recibió el bautismo. Tenía 24 años y sabía que sería religiosa.
Su modelo: Teresa de Lisieux
Finalmente, en 1963 se unió a la Orden con el nombre de sor Mary Joseph, algo que desconcertó a sus familiares y amigos, pero no la rechazaron. En 1975 hizo sus votos perpetuos. Cuando Kristen Mouton la entrevistó en 2009 para The Salt Lake Tribune, esta antigua mormona aseguraba no haberse arrepentido nunca del paso que dio. “Yo siempre digo: la mejor decisión que he tomado nunca es hacerme católica. La segunda mejor, hacerme monja carmelita”.
Preguntada por quién es su santo favorito –obviamente, además de la Virgen María–, sor Mary Joseph lo tenía claro: la monja carmelita francesa del siglo XIX Teresa de Lisieux (Santa Teresita del Niño Jesús). La norteamericana reconocía que se burló la primera vez que leyó sobre ella y conoció su mensaje espiritual. “Pensé: ¡qué almibarado!”. Pero en cuanto profundizó algo más, se dio cuenta de que Santa Teresita no era “ninguna tonta”, sino una santa “real y cotidiana”, “alguien a quien todos pueden emular”.
La necesidad de la oración
Muy popular en su entorno por ser el alma de la Feria Carmelitana, que constituía todo un acontecimiento anual mientras ella la organizó, no desaprovechaba las ocasiones de hablar en público para invitar al encuentro con el Señor, contagiando fe y alegría. En 1999 el periódico Deseret News publicaba declaraciones suyas en ese sentido. “¿Por qué no deberíamos ser felices? Tenemos todas las razones para ser las criaturas más felices”, aseguraba.
Dos años después Sor Mary Joseph aseguraba en el mismo rotativo: “Este país necesita oraciones. Necesitamos orar por la paz en el mundo, por la paz en nuestro propio corazón… Dios no necesita nuestras oraciones, obviamente. Nosotros las necesitamos. La oración nos hace conscientes de nuestras necesidades. Nos endereza”.
Esta ex mormona que acabó descubriendo a Cristo y uniéndose a él en la consagración religiosa, se reunió definitivamente con Él en 2010, cuando sumaba 77 años. En su funeral, el padre Bill Bonczewski aseguró que pudo oler una fragancia de flores antes de que la llevaran al centro asistencial donde murió. “Miré a mi alrededor para ver si podía ver alguna flor y no había alguna”, explicó. “Me pareció un indicio de que los del cielo venían a hacer sus preparativos para llevar a Mary Joseph al lugar de su descanso. Poco tiempo después, al morir, se hizo presente en la habitación una fragancia muy fuerte de rosas. Tuvo una hermosa vida y una hermosa muerte”.»