Ínsula sacra

Se han reanudado, tras la suspensión a causa de la pandemia de COVID, las visitas de colegiales a los monumentos eclesiásticos en Oviedo que anualmente organiza la Delegación Episcopal de Enseñanza del Arzobispado. A esta actividad se la conoce como “Oviedo trascendente”.

«Oviedo es trascendente por sus tesoros conservados maravillosamente a lo largo de mil trescientos años de historia. A través de estos tesoros invitaremos a los alumnos a trascender, elevar su espíritu, desarrollar esa dimensión que nos hace plenamente humanos y llamados a ser divinos: la apertura trascendental», se lee en un folleto con el programa de visitas.

El conjunto de edificios levantados por la Iglesia en el centro de la ciudad de Oviedo es imponente. Y sobre todo los que se hallan en el casco histórico. Me refiero a la “ínsula sacra” ceñida, en cuadrilátero, por la plaza de la Catedral y las calles Santa Ana, Canóniga, San Vicente, Jovellanos y Águila.

Está primeramente la catedral, en la que su estilizada nave central reclama, desde la altura del cleristorio, al huésped, para que éste, alzando la mirada, se eleve hasta la fuente de la luz, y avance, hacia el presbiterio, y se encuentre allí con Cristo pantocrátor, el que es, el que era y el que vendrá al final de los tiempos.

Templo en el que están la cátedra del Magisterio ordinario de la Iglesia, el santo Sudario del Redentor, las cruces de la Victoria y de los Ángeles, y otras de incalculable valor religioso y artístico; las reliquias de innumerables testigos de la fe cristiana, el arca santa, una hidria de las bodas de Caná y el mausoleo de la monarquía asturiana.

Y San Tirso el Real, antiquísima sede parroquial, en cuyo atrio tuvieron lugar las primeras reuniones concejiles y de la población ovetense. Las asambleas ciudadanas de las que tanto se habla en la actualidad como modelo de referencia para la gestión de la cosa pública no la inventaron los partidos políticos ni las asociaciones vecinales de hoy, sino que nacieron en el “corral de Santo Tysso”, a la sombra de la santa madre Iglesia, que es en donde ha surgido cuanto de grande, noble y excelente existe en las sociedades de cuño moderno.

Y el Arzobispado, cuya fachada debe de ser una de las más fotografiadas de la ciudad, con la bandera del Vaticano, junto a la de España y la de Asturias, ondeando en el balcón principal, y ante la que no pasa nadie que no repare en ella. Desde el Arzobispado se administra la inmensa y multisecular red capilar de parroquias y comunidades cristianas de Asturias, generadoras y guardianas de un riquísimo patrimonio histórico, cultural, artístico y espiritual, que es lo mejor que se ha producido en la región durante milenios.

Y después de haber pasado ante una banquisa dorada, cálida y vertical, que es la fachada del claustro de la catedral, y del inigualable archivo capitular, en donde duermen los documentos más antiguos del Principado; y dejado a un lado la Casa de Venerables, es decir, la Sacerdotal; y esbozado una sonrisa al posar la vista en la balconada de la casa de un deán y recordar lo que se cuenta de por qué se construyó; y deleitado en la contemplación del hermoso conjunto que constituyen la residencia de María Inmaculada, con su recoleto patio de entrada, y la de las hijas de san Vicente de Paúl, que atienden la Cocina Económica, el viandante se adentrará entonces bajo un arco, alto como el erigido por un emperador romano, en los espacios del conjunto monástico de San Vicente y San Pelayo, parcelado en museo arqueológico, facultad de psicología, iglesia parroquial, comunidad de monjas y academia de la llingua.

Una inscripción reza así: «Reinando Fruela I, en el año 756, Máximo y Fromestano elevaron en este lugar, ya llamado Oveto, un monasterio que propició la inmediata fundación regia de la ciudad de Oviedo». Y menciona las que, en América, llevan este mismo nombre: en Paraguay, República Dominicana y Estados Unidos.

Las comunidades benedictinas implantadas en la ciudad fueron las que, junto con la catedral, confirieron a Oviedo el marchamo de europeidad. Una de ellas, la de la Vega, es la que ha dejado al municipio la amplia superficie en la que se realizan periódicamente las actuaciones de vanguardia social. Y es porque la vida monástica benedictina ha instilado en nuestro continente la savia cristiana que lo ha configurado como una gran comunidad de pueblos. Mientras que las catedrales, por su parte, son los monumentos más emblemáticos de la Europa civilizada, culta y espiritual.

La “ínsula sacra” de Oviedo es, pues, el referente máximo de su magnífica historia, el epicentro de su vida cotidiana, el más importante activo para su desarrollo económico, la más extensa e intensa concentración de belleza existente dentro del perímetro urbano, el mayor orgullo de sus ciudadanos y la más elocuente epifanía de Dios en la visibilidad de la materia. Y todo ello por ser simple, clara, llana e incuestionablemente cristiana.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 4 de diciembre de 2022, p. 26

Las campanas

El alcalde las hizo enmudecer. Habían estado dándole la vara los propietarios de un establecimiento hostelero y unos recién llegados al pueblo, provenientes de otra provincia de España, que habían comprado una casa en él para pasar allí temporadas. Los molestaba el que las dos campanas de la espadaña de la iglesia tañesen. Y arremetieron contra ellas.

Como los requerimientos por parte del ayuntamiento no cesaban, fueron silenciadas, primero, en su mester de dar las horas durante la noche; luego, en el de despertar al vecindario en las matutinas. Se transigió, aunque con desgana, en que llamasen, jubilosas, solo a misa y doblasen, quejumbrosas, cuando falleciera un parroquiano («¡Qué lúgubre!», se le escapó decir, en cierta ocasión, a un repipi foráneo).

Pero, para colmo de males, el cura dejó al poco tiempo de ir a celebrar misa los domingos. Tenía mucho territorio que atender, decía. Además, en el pueblo quedaba ya muy poca gente, y a la iglesia solo asistían tres o cuatro feligreses. Así que decidió acudir nada más que para hacer los entierros, con el funeral.

En tales ocasiones, el campanero, encaramado en el hastial, movía los dos badajos con la ancestral técnica que su padre le había enseñado y hería con fuerza el bronce de las campanas, que mostraban su aflicción con la emisión de unos sonidos lancinantes, espaciados, anunciadores en todo el valle de que la vida terrenal de un vecino había llegado a su término.

Eran los de una, graves; los de la otra, agudos. El repiqueteo final, frenético. Como para trasladar la idea de que la resurrección, después de las tristezas de este mundo, va a ser una irrupción de exuberancia inimaginable. Y a esto fue a lo que quedó reducido el toque de campanas en el pueblo, lo cual no es poco, aunque nada que ver con lo de antes, cuando existían otros códigos, aplicables a una multitud de situaciones distintas: ángelus, rosario, ánimas, procesión, concejo, fuego o tormenta, por citar solo algunas.

El cura ha mandado ahora que se toquen todos los días a las doce. Por lo del coronavirus. El campanero recuperó el de “ad repellendas tempestates”, que ejecuta después del que invita a recitar el ángelus. Los del hotel y los “foriatos” no dicen ni mu. Es más, el repipi, que está pasando, refugiado, la pandemia en el pueblo, ha sabido explicar mejor que el cura el significado de ese mandato.

Hubo, según él, un filósofo que, cuando, los domingos por la mañana, escuchaba el tañido de las campanas, estas le traían, con sus sones, pensamientos de futuro, pues, al igual que después del Viernes Santo hubo un Domingo de Resurrección, en el hacer humano habrá siempre un mañana de plenitud que confiera sentido a las aflicciones del presente.

Y es por ello por lo que, en estos días de extrema preocupación, tañen las campanas de las iglesias. Cumplen así su histórico cometido de alertar a la ciudadanía acerca de los peligros que la rondan y la instan a que les haga frente con la presencia de ánimo que la hizo vencer mayores y más resistentes adversidades en ocasiones pretéritas, y a que se mantenga unida y a que no pierda la esperanza. Ah, y el filósofo que se alegraba al oír el repique de las campanas en la mañana del domingo era Hegel.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 22 de marzo de 2020, p. 40

Jesucristo en la Quinta Avenida

Ana Calvo, la española que ha dado luz a San Patricio
La fachada de la catedral católica de Nueva York, uno de los iconos de la ciudad, se ilumina por primera vez en su historia
  • ABC (2 de diciembre de 2022)
  • Javier Ansorena, corresponsal en Nueva York
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Una multitud miraba ensimismada la otra noche el despliegue navideño de Saks Fifth Avenue, los grandes almacenes en la Quinta Avenida, con su fachada tatuada de luces en movimiento. «Creo que ahora hacen un espectáculo», decía una turista. Eso fue la semana anterior, cuando Elton John cantó aquí en directo para inaugurar el montaje. La joven debía haberse confundido con la actuación esa noche de Alicia Keys –un especial televisivo– en la plaza de Rockefeller Center, ahí mismo, con su árbol navideño a punto de encenderse y un público jovial con gorros de Papá Noel en tonos rojos y verdes. Antes de llegar allí, una entrada estaba tomada por una masa de neoyorquinos y visitantes arremolinados alrededor de tres intérpretes –parecían robados de algún musical de Broadway– cantar villancicos cursis.

Es probable que nadie –o casi nadie– de la marabunta navideña en estas manzanas del Midtown neoyorquino –capital del ‘jingle bells’– se diera cuenta de un acontecimiento: por primera vez, uno de los iconos de la ciudad se contagiaba de la luz navideña en las señaladas fechas.

La catedral de San Patricio es una bomba lumínica en su interior, con sus naves inundadas de luz para el disfrute del turista y del feligrés. Por fuera, en invierno, su fachada neogótica es como un fantasma que se asoma a la Quinta Avenida, con la única luz del reflejo que emite la ciudad. Eso cambió el pasado martes por la noche, y una española ha tenido mucho que ver con ello. Es Ana Calvo, cuya consultora de arte, Coolture, ha impulsado la idea de iluminar la catedral, terminada de construir en 1879. «Todo empezó con un proyecto de videoproyección sobre la fachada», explicaba la responsable a este periódico pocos minutos después de que encendieran las luces.

La idea le pareció demasiado ambiciosa a las autoridades del arzobispado de Nueva York –«yo les dije que el Papa ya había permitido algo así en el Vaticano», dijo sobre un proyecto similar en la plaza de San Pedro– pero sí vieron con buenos ojos empezar a llenar con luz la fachada de su catedral. También porque Coolture, con experiencia en la transformación de otros lugares emblemáticos de Nueva York, consiguió hacerlo sin coste con las donaciones de sus socios en el proyecto: la firma de diseño de iluminación L’Observatoire International y Nanometer Lighting, que junto a Color Kinetics han proporcionado las luces. «La luz da la bienvenida y sirve también para recordar a los millones de personas que pasan por aquí que Jesucristo también está en medio de la Quinta Avenida», aseguraba delante de la fachada el padre Enrique Salvo, rector de la catedral.

La iluminación es sobria, sutil y temporal: se apagará el próximo febrero. Emite luz desde dentro del templo, con una presencia tan contenida que quizá no reparen en ella los viandantes despistados.

Pero, por primera vez, asoman hacia fuera los colores de su rosetón y se ilumina la cruz que remata la portada. El conjunto no tiene nada de la espectacularidad de la decoración navideña de las tiendas de lujo de alrededor o del majestuoso árbol de navidad de Rockefeller Center.

Para los peregrinos a Compostela

A la vez que estampa su sello en la credencial de peregrino a Santiago de Compostela, la Librería Diocesana de Oviedo le recuerda al viandante que Alguien cuida de él en todo momento, que hay que orar siempre, sin desanimarse, y le ofrece gratuitamente esta hojita con unos versículos sálmicos y unas invocaciones para que rece, medite y se sienta fortalecido durante el Camino:

Si es lo que yo digo acerca de los marcos

El museo reivindica el valor de los marcos en su colección

  • ABC
  • 30 Nov 2022
  • N. P.

El Prado atesora una amplia y heterogénea colección de marcos, desde el siglo XIII hasta el XX. Son objetos de valor en sí mismos, aunque suelen verse como secundarios y meramente decorativos. Gemma García defiende que «el marco no es solo parte de una obra de arte o un elemento decorativo, muchas veces es una obra de arte». En 2019 se puso en marcha el proyecto ‘Enmarcando el Prado’, con el apoyo de la American Friends of the Prado y el patrocinio de la Fundación American Express. Gracias a este proyecto ya se han cambiado los marcos de ‘Las hilanderas’, de Velázquez; de ‘Hipómenes y Atalanta’, de Guido Reni… Ahora le toca el turno a ‘Mercurio y Argos’, una de las últimas obras que pintó Velázquez, que luce un marco de nueva fabricación, similar al de ‘El caballero de la mano en el pecho’, del Greco. De madera de pino y dorado al agua, ha sido realizado por el artesano José Manuel García y ha costado 15.000 euros. Oculta los añadidos del XVIII (se le añadió una banda de 25 centímetros en su parte superior y otra de 10 centímetros en la inferior), dejando a la vista solo lo pintado por el maestro sevillano. Decoró el Salón de los Espejos del Alcázar de Madrid, junto con otras tres pinturas mitológicas de Velázquez, destruidas en el incendio de 1734. Solo se salvó de las llamas ‘Mercurio y Argos’.

Falomir: «El ataque a las ‘Majas’ es una agresión a todos los españoles»

▶ El director del Prado confirma que el Ministerio o el museo «se personará como parte afectada» en el proceso judicial contra los ecoactivistas

  • ABC
  • 30 Nov 2022
  • NATIVIDAD PULIDO

El pasado día 5 dos ecoactivistas se pegaban a los marcos de l as ‘ Majas’ de Goya en el Museo del Prado y hacían una pintada entre ambos lienzos. Fueron detenidos durante 48 horas y puestos en libertad con cargos, junto a otras dos personas que colaboraron con ellos. El Juzgado de Instrucción número 29 de Madrid aún no ha anunciado la fecha del proceso judicial. La pintada se limpió, los cuadros se colgaron de nuevo y la sala fue reabierta, pero los marcos aún no se han restaurado. Así lo confirma Gemma García Torres, responsable de la colección de marcos del Prado. ¿Cuál es el parte de daños? «No puedo decir mucho, porque está el proceso judicial. Hemos hecho un informe interno. Tienen daños los marcos, por supuesto. Cuando dicen que no se ataca, que no se daña la obra de arte… sí se está dañando, porque el marco es parte de ella. Todo lo que tenemos dentro del museo es BIC. Y los marcos son parte de la colección artística. Se estudian como cualquier obra artística». Sobre si son graves los daños, comenta: «Para mí es grave que se ataque una obra de arte. Son daños obviamente, pero no extremos».

El cuerpo del delito

García Torres subraya que todos los marcos que se están atacando son de época: Luis XIII, italianos… Los de las ‘Majas’ son de hacia 1907-1910, «de buena calidad». Explica que el pegamento, al retirarse, «se queda en superficie. Es un pegamento de cianoacrilato. Se aplicó una emulsión grasa para despegar la mano, pero siempre algo queda». ¿Por qué no se han restaurado aún? «Bueno, de momento Dirección ha decidido que se mantengan así». Le devolvemos la pregunta a Miguel Falomir, director del Prado. «De momento, no vamos a enterrar el cuerpo del delito. Hasta que empiece el proceso es bueno tenerlo así. Y habrá que ver. A lo mejor no está mal dejar un vestigio, ¿no?» ¿Se plantea dejarlos así? «¿Por qué no?»

¿Y por qué no se ha presentado el Prado como acusación particular en el caso? «Porque lo hace ya la Fiscalía. Primero tiene que ser el juez quien te llame. Nosotros presentaremos todo lo que tengamos que presentar» [incluidos todos los gastos de la limpieza de la pared, las horas extra de los trabajadores del Prado y lo que cueste la restauración de los marcos cuando se haga]. Interviene el director de comunicación del museo, Carlos Chaguaceda, para aclarar que «cuando los hechos suceden en un edificio público, ‘in fraganti’, actúa la policía y la Fiscalía lo lleva a un tribunal, el museo no tiene que hacer nada. No ha habido ninguna dejación».

Falomir retoma la palabra: «Por supuesto que nos vamos a presentar». Pero, ¿como testigos o como acusación? «No sabemos si nos corresponde a nosotros o es la Abogacía del Estado, el Ministerio, el que tiene que actuar. Pero desde luego que el Ministerio o el museo se personarán como parte afectada, sin ningún género de dudas. Apareceremos como afectados, pero en el momento en que el juez abra el proceso». Algunos partidos políticos están reclamando que se endurezcan las penas y se incrementen las multas en los casos de daños al patrimonio artístico. ¿Está de acuerdo? ¿Cree que la ley actual es suficiente? «No sé, supongo que depende mucho de cuál sea el grado de daño, el modo como se ha perpetrado… Eso corresponde a las autoridades judiciales. Creo que es suficiente la ley actual. Es un problema de opinión pública. Este no es el procedimiento para defender una causas que pueden ser más o menos legítimas. No tiene por qué ser el patrimonio artístico, que es de todos los españoles, el que pague».

¿Cómo se valora el daño de los marcos de las ‘Majas’ en ese informe del museo? «El daño que se ha hecho no es particularmente grave, pero es muy grave desde otros puntos de vista. No todo se puede medir en términos estrictamente materiales. Ha sido una agresión a una obra de arte, porque el marco es parte integral de la obra de arte. Se compone de una pintura y de un marco. Es una agresión a todos los españoles, porque es patrimonio de todos. Simplemente por el hecho de señalar al arte como culpable, se está criminalizando a los museos. Es un daño muy grande, probablemente mucho más grave que el que han sufrido puntualmente estos marcos. Los museos son instituciones culturales. Es muy fácil agredirlas y bastante cobarde la actitud por parte de estos agresores. Hay un daño, no sé si es mensurable judicialmente o no, pero sí me parece que debiera ser censurable desde el punto de vista de la opinión pública. Y lo que veo deja bastante que desear. España es el único país donde se han entrevistado a los agresores en los medios de comunicación. Esta gente actúa única y exclusivamente movida por la publicidad que obtienen sus actos».

Para Andrés Úbeda, director adjunto del museo, «el deterioro de un marco implica el deterioro de la obra de arte. Así lo entendemos en el Prado, donde dedicamos mucho esfuerzo, talento y dinero a la conservación de los marcos, parte consustancial de la obra de arte».

La Europa de Weiler

El Papa entregará, el próximo 1 de diciembre, el Premio Ratzinger 2022 a Michel Fédou (1952-) y a Joseph Weiler (1951-). El primero nació en Lyon y es patrólogo. Tras su entrada e inicial formación en la Compañía de Jesús, dirigió sus estudios hacia la teología del escritor cristiano y alejandrino Orígenes (184-253).

Fédou es profesor en el Centro Sèvres de París y autor de varias obras sobre cristología, patrística y diálogo interreligioso, aunque solamente hay un libro suyo traducido al español: “Las religiones según la fe cristiana”.

El segundo, Joseph Halevi Horowitz Weiler, nació en Johannesburgo y es constitucionalista y experto en derecho comunitario europeo. Estuvo vinculado a las universidades de Michigan, Harvard y Nueva York, así como a algunas instituciones académicas para asuntos jurídicos y de integración europea. Es doctor “honoris causa” por las universidades de Navarra y CEU San Pablo.

Desciende de una familia de judíos que residieron en Gerona en la Edad Media y observa religiosamente los preceptos de la torá y las tradiciones del judaísmo. Defendió a Italia ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos cuando el matrimonio Massimo Albertin y Soile Lautsi y sus hijos reclamaron de ese Tribunal que hiciese valer su derecho a que no hubiera un crucifijo en las aulas en las que estudiaban éstos. Es conocido como “el caso Lautsi contra Italia”.

Se les dio la razón. Solo que cuando Weiler recurrió y salió a defender la presencia del crucifijo en las aulas estatales fue tan convincente que el Tribunal de Derechos Humanos empezó a reconsiderar su posición. Acabó por reconocer que, en Europa, el crucifijo en un aula no vulnera el derecho de ningún librepensador que no quiera ver a Cristo ante él, ni tampoco el de los adeptos de las demás religiones, distintas de la católica. «Defiendo el crucifijo en las escuelas por pluralismo», confiesa el judío Weiler.

Participó también en un libro editado en Italia y traducido a nuestro idioma con el título “Dios salve la razón”. En la versión española colaboró el profesor Gustavo Bueno. Es una obra breve y de gran interés, en la que varias personalidades comentan, y corroboran, el famoso discurso pronunciado por Benedicto XVI, el 12 de septiembre de 2016, en el Aula Magna de la Universidad de Ratisbona. Recuérdese que la mención de un pensamiento del emperador bizantino Manuel II Paleólogo levantó un enorme revuelo.

Hay dos libros de Weiler en español: “Europa fin de siglo” y “Una Europa cristiana. Ensayo exploratorio”. El autor ha volcado en ellos su parecer, muy bien fundado, sobre la situación en la que se halla nuestro continente, que, tras haber alcanzado, por una parte, unas altas cotas de progreso y bienestar, está sumido, por otra, en una crisis espiritual.

En efecto, Weiler la califica así: espiritual. Lo explica pormenorizadamente en el que lleva por título “Una Europa cristiana” y ha sido objeto de reflexión en una sesión cultural celebrada hace unos días en la Librería Diocesana de Oviedo.

Y es espiritual a causa de estos factores: la secularización, la cristofobia, la falsa neutralidad de los gobiernos respecto a la presencia de la religión en los espacios públicos y la idea ya generalmente asumida por los creyentes de que la religión es cosa del ámbito privado.

Según Weiler, si Europa obvia sus raíces y su identidad cristiana, será un ente de naturaleza meramente comercial, defensiva y tecnológica, y nada más, sin proyecto de futuro, sin horizonte de sentido, sin “telos”. Todo esto que señala nuestro autor me recuerda a aquello que decía Paul Ricoeur: «Vivimos en una época en la que la bulimia de los medios corresponde a la atrofia de los fines».

En fin, que la Europa cristiana, tal como la entiende el nuevo Premio Ratzinger es «una Europa que respeta por igual de forma plena y completa a todos sus ciudadanos, creyentes y laicos, cristianos y no cristianos. Una Europa que, incluso celebrando la herencia noble de la Ilustración humanista, abandona su cristofobia, y no le causa miedo ni embarazo reconocer el cristianismo como uno de los elementos centrales en el desarrollo de su propia civilización».

Hay que agradecerle al profesor Joseph Weiler el que haya señalado con tanta precisión, en sus análisis como experto en derecho europeo, lo ventajoso que es para Europa el que se mantenga fiel a su ser cristiana y lo letal que puede resultar para ella, como si de un suicidio se tratase, porque la conduciría a la descomposición, avergonzarse de sus raíces cristianas, renunciar a su condición de cristiana y denostar cuanto provenga del cristianismo o se identifique con él.

Será la primera vez que se otorgue el Premio Ratzinger a un judío. Y es preciso reconocer que Joseph Weiler se lo ha ganado a pulso y que bien merecido tiene el que se lo den, por el gran servicio que ha hecho en favor de la verdad y la justicia. De ahí el que no quepa otra cosa más que decirle, y lo haré en hebreo, la lengua de sus antepasados, y de todo corazón: ¡todá rabá! ¡muchas gracias!

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 27 de noviembre de 2022, p. 25

El marco

La gravedad de los actos vandálicos perpetrados contra varios cuadros expuestos en diversos museos europeos ha sido aminorada por el hecho de que las pinturas estaban protegidas por un cristal y los atacantes solamente dañaron, al pegarse a ellos, los marcos. A los grafitos en las paredes se les ha quitado importancia, porque éstas, al fin y al cabo, podrán ser repintadas.

La verdad es que, cuando vi los garabatos y las improntas de las manos en la pared, pensé: «Ahora tendrán que pintar toda la sala». Con los tonos de los colores que eligieron para que luciesen los cuadros, no creo que se arregle el desaguisado dándole un brochazo por encima. Tendrán que repasar, si no la galería entera, al menos todo el paño de pared de la que cuelgan las obras de arte. Menuda broma.

En cuanto a lo de restar importancia a los marcos de los cuadros, hay que hacer algunas precisiones. Porque no son elementos ajenos a la pieza. El marco es el traje del cuadro. Uno no está desnudo cuando recibe a alguien en casa o a un cliente en el trabajo. Los cuadros tampoco. El marco reviste la tabla y oculta las cacarañas que grapas y clavos le han infligido, así como aquellos rasgos estructurales que es mejor que nos estén a la vista.

Hay, por otra parte, marcos que poseen valor artístico y no son meros aditamentos que puedan ser reemplazados inopinadamente. Los de las majas de Goya, en el Museo del Prado, no son los de cuando estaban en la Real Academia de San Fernando; sin embargo, los actuales tienen más de cien años y fueron hechos expresamente para esas obras. Han de ser cuidados, protegidos y apreciados.

Una cuestión diferente es la del gusto en la elección de la moldura, aunque una decisión de ese tipo se toma siempre tras una ardua deliberación interior, hasta que se llega a la conclusión de que es ese marco en concreto el que le conviene al cuadro para su ornato y realce.

Y si una persona elegante es aquella que cuando sale de una reunión nadie se acuerda de qué ropa llevaba puesta, con los cuadros sucede lo mismo. Si está bien elegido el marco, nadie reparará en cómo es. Cumplirá elegantemente su función: conferir protagonismo a la obra de arte, relegándose él mismo a una posición secundaria y aparentemente irrelevante.

Dicho lo cual, invito al lector a que levante sus ojos por un instante del periódico y observe los marcos de los cuadros de su casa y, si es que nunca antes se había detenido a admirarlos ni ve la posible relación existente entre éstos y el asunto pictórico que enmarcan, puede deberse a que los marcos armonizan y dialogan bien con las obras que encuadran o a que el lector no tiene, al respecto, ni idea ni criterio.

Si es por la segunda razón, cabe pensar que pertenece al grupo de los que no le dan especial importancia a que alguien estropee con cola y salsa de tomate los de los museos. Se pone otro. Y en paz. También se pude deber a que nadie le enseñó a apreciar la invisible visibilidad de un marco.

Pero no.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 20 de noviembre de 2022, p. 37

«El archiduque Leopoldo Guillermo en su galería de pinturas en Bruselas» (1651), de David Teniers II, el Joven (Museo del Prado)

«Muchacho huyendo de un cuadro» (1874), de Pere Borrell del Caso (Colección del Banco de España)