La Capilla de La Cadellada

La Capilla de La Cadellada, en Oviedo, se encuentra actualmente en desuso. Estaba prevista su demolición cuando se pensó en la construcción del Hospital Universitario Central de Asturias (HUCA). Sin embargo, un mural con la Ultima Cena de Jesucristo, obra de Paulino Vicente, impidió que el plan fuese llevado a efecto.

Ahora, según ha publicado La Nueva España, podría ser declarada Bien de Interés Cultural (BIC). Así de fútiles y mudables son los criterios humanos, que pasan del intento de aniquilación al de exaltación en cuanto se produce el mínimo cambio en las circunstancias sociales.

La Capilla fue el lugar sacro erigido para la asistencia religiosa de los pacientes y el personal sanitario del Hospital Psiquiátrico Regional. A petición, en su día, del párroco de Nuestra Señora de Covadonga se permitió que los feligreses de esa comunidad cristiana pudieran hacer uso de ella.

En octubre de 1996 fue firmado un Convenio entre la Diócesis de Oviedo y el Servicio de Salud del Principado de Asturias que refrendaba la posibilidad de uso por parte de la feligresía parroquial, lo cual satisfacía, además, plenamente a la Administración pública, ya que de ese modo los residentes en el Hospital Psiquiátrico Regional estarían integrados en el entorno vecinal.

Así pues, la comunidad parroquial fungió mientras todo aquello se mantuvo en funcionamiento de vector de unión entre los pacientes del Hospital y el barrio. Y que esta labor ejercida por la Parroquia no se les pase por alto a quienes ahora, para hacer no se sabe qué en la Capilla, pretenden desahuciar a la Parroquia de aquel espacio. En fin, lo típico: quítate tú para que me ponga yo. Sin embargo, la experiencia dice que, cuando algo es de la Iglesia, es de todos; cuando no, es de unos pocos, que pretenden dirigir a los más que se dejen.

En enero de 2014, la Diócesis propuso firmar un nuevo Convenio con el Gobierno del Principado de Asturias en el que figurasen los siguientes puntos: 1) La Capilla exterior del HUCA sería de uso compartido entre la capellanía del Hospital y la Parroquia de Nuestra Señora de Covadonga; 2) el rector sería el párroco de Nuestra Señora de Covadonga; 3) el adecentamiento de la Capilla y la restauración del mural de la Última Cena se haría con fondos de la dotación presupuestaria para la puesta en marcha de servicios en el nuevo HUCA.

De todo el dinero que se metió allí, en el HUCA, la cifra con la que se pudo haber rehabilitado la Capilla hubiera sido proporcionalmente insignificante, pero no se hizo, pues era un lugar de culto católico y no había ni intención ni voluntad de emplear allí un solo céntimo. Y si la Diócesis quería la Capilla, que la pagase ella.

La Diócesis estaba dispuesta a financiar la obra, pero no a aceptar un proyecto arquitectónico impuesto por el Gobierno del Principado de Asturias, que se elevaba a una suma de dinero altísima para ser asumida por un particular. No se dio el visto bueno a que la Diócesis fuera realizando la obra por fases, con un presupuesto más ajustado a los fines cultuales, pastorales y asistenciales. Debía ser el que ya estaba confeccionado, en su totalidad, y no cabía otro.

Lo que en aquella negociación causaba estupor era que, después de pagar íntegramente la obra, en su alto coste, la Parroquia no podía hacer uso pleno de la Capilla. No se debían celebrar misas con el difunto de cuerpo presente, ni actos religiosos, como bodas, bautizos y primeras comuniones, en los que hubiera alboroto en el exterior, ni procesiones alrededor del templo. Se adujo que era por no perturbar a los pacientes y usuarios del Hospital.

El Convenio no fue firmado, la Capilla quedó segregada del plan general de construcción del nuevo Hospital; la torre, con una plataforma en su interior de excrementos de paloma del grosor del permafrost siberiano, hubo que cincharla porque estuvo a punto de desplomarse; el sótano, que fue en otro tiempo una morgue, devino una sentina de basura y el mural de Paulino Vicente siguió deteriorándose.

Desde entonces, representantes del Gobierno del Principado de Asturias preguntan periódicamente a la Diócesis si se haría cargo de la Capilla. Y siempre se les responde que sí. Les sobreviene, como es comprensible, un pánico atroz cuando alguien se la pide para destinarla a centro social: ¿para hacer qué? ¿contra quién? ¿cuánto va a acabar costando? ¿quién va a pagar? ¿cómo se autofinanciará?

Basta sólo con ver en lo que han quedado y el estado en el que se encuentran muchos, tal vez la mayoría, de los centros de interpretación de temática variopinta en Asturias. Y es que, aunque puede que a un amplio sector de la clase gubernamental no le guste la Iglesia, estima, aun así, que es mejor viajar con ésta antes que con algunos del propio partido político y espectro ideológico.

¿Qué labores desarrollaría la Diócesis de Oviedo en la Capilla exterior del HUCA? Además de las específicas de la Parroquia de Nuestra Señora de Covadonga, la Capilla sería un santuario del consuelo para los enfermos y sus familias, un espacio para recogerse, rezar, llorar, esperar, hablar con alguien que los escuche, recibir el tenue rayo de luz que puede iluminar y conferir un poco de sentido y aceptación a la persona que sufre en la espesa oscuridad de su drama personal, inesperado, desasosegante, irremediable y paralizador. Y para alabar y dar gracias a Dios.

La Capilla de La Cadellada será siempre un edificio sagrado, una mole estilizada y grácil configurada por el misterio sobrenatural al que nunca dejará de ofrecerle el servicio de ser su traslúcida envolvente; con su torre, de estilo centroeuropeo, que señala continuamente hacia el cielo y, dentro del templo, la representación de la Última Cena de Cristo antes de su pasión, muerte y gloriosa resurrección. Lo que fue consagrado a Dios una vez, no se desacraliza jamás, por muchos decretos que firme la autoridad eclesiástica y por sórdido que sea el uso al que se dedique ese espacio.

Y sea cual sea el destino que se le dé en el futuro, quien dirija la vista hacia la Capilla desde los amplios ventanales del HUCA verá que es ella en sí misma, con su volumetría, la que anuncia, por encima de los designios interesados de los hombres, que Dios está siempre cerca y que nadie logrará nunca desalojarlo de su Casa, aunque ésta sea destinada a cualquiera de las nimias, insatisfactorias y evanescentes aficiones y ocurrencias humanas.

Jorge Juan Fernández Sangrador

Nueva España, domingo 23 de abril de 2023, p. 27

OVIEDO MARIO ROJAS 17-06-14

Literatura y cristianismo

«Eres como Moeller escribiendo», me decía el sacerdote asturiano Rodobaldo Ruisánchez Blanco, quien falleció hace unos días, el Domingo de Resurrección precisamente, en Llanes. Era un lector fiel de esta columna semanal en La Nueva España y buen conocedor del mundo cultural argentino, en el que me inició mientras conversábamos paseando rodeados de la extraordinaria belleza con la que las flores de jacarandá nos regalaban la vista por las avenidas de Buenos Aires.

¡Qué más quisiera yo! ¡Qué más quisiéramos todos que hubiera alguien por ahí, en cualquier lugar, como el sacerdote belga Charles Moeller (1912-1986)! Fue una de esas grandes figuras de ayer, que lamentablemente no existen hoy y que sería deseable que las hubiera de nuevo mañana. En España se hizo famoso, al igual que en todo el mundo, por su obra, en varios volúmenes, “Literatura del siglo XX y cristianismo”, publicada en nuestro país por la editorial Gredos.

El primer volumen, en francés, apareció en 1953. El sexto, póstumo, en 1993. En ellos, Moeller escribió sobre Camus, Gide, Huxley, Simone Weil, Graham Greene, Julien Green, Bernanos, Sartre, Martin du Gard, Henry James, Joseph Malègue, Malraux, Kafka, Vercors, Cholokov, Alain Bombard, Françoise Sagan, Ladislas Reymont, Ana Franck, Unamuno, Gabriel Marcel, Du Bos, Hochwalder, Péguy, Brecht, Saint-Exupéry, Simone de Beauvoir, Valéry, Saint-John Perse, Marguerite Duras, Ingmar Bergman, Larbaud, Mauriac, Sigrid Undset y Gertrud von Le Fort.

Moeller entresacó cuanto hay de cristianismo en las obras de esos autores, es decir, las “semillas del Verbo” presentes en ellas, pues, ya desde los trece años de edad, en que su hermano mayor lo llevó a una reunión de personas deseosas de trabajar en favor de la unión de las iglesias, trató de buscar siempre aquello que tienen en común, no sólo éstas, sino también la literatura contemporánea respecto al mensaje evangélico.

Puesto que estaba dotado de cualidades para el ecumenismo y poseía una amplia cultura, fue requerido para que participase en la redacción del documento conciliar sobre la Iglesia en el mundo: la constitución “Gaudium et Spes”. Y en la Curia vaticana ocupó los cargos de Subsecretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe y Secretario del Secretariado para la Unidad de los Cristianos.

Pablo VI lo designó para que dirigiese el Instituto Ecuménico de Tantur, en la carretera que va de Jerusalén a Belén, cuyo objetivo fundacional es que en él se rece y se trabaje para que se logre la plena unidad entre los cristianos.

Charles Moeller fue autor de otros libros. Algunos han sido traducidos al español. Realizó una importante labor de crítica literaria y teológica sobre los escritos de los autores más destacados en la historia del pensamiento, como hizo también Romano Guardini (1885-1968). Ambos roturaron un campo, el de la literatura y la teología, que, en la Iglesia, debería seguir siendo atendido, y no parece que lo sea, con el profundo conocimiento y el buen estilo con que ellos lo cultivaron.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 16 de abril de 2023, p. 26

«Salvator Mundi» de Bernini en Fiumicino

Han hecho una reformas impresionante en el aeropuerto italiano de Fiumicino, preparándose ya para la gran afluencia de peregrinos con motivo delGran Jubileo de 2025.

¿Y qué es lo que el Gobierno ha colocado en el área de embarques? El busto del «Salvator Mundi» que Gian Lorenzo Bernini realizó en 1679 y regaló a la reina Cristina de Suecia.

Un busto de Cristo dando su bendición a los que van y vienen en uno de los aeropuertos con mayor tráfico del mundo.

Igualito igualito que en España.

Importante editorial de La Nueva España. No creo que les guste a los laicistas

La Semana Santa, un nuevo activo para Asturias
Un fenómeno de masas religioso, social y turístico plenamente consolidado que ha llenado la región estos días y aún cuenta con recorrido

8 de abril de 2023

«Hace apenas tres décadas aquí no existía la Semana Santa como fenómeno de masas religioso, turístico y social. Hoy es una realidad en estado de gracia por el impulso a variadas actividades de índole espiritual y lúdico en torno a estas fechas. Acabamos de ver en el primer gran puente festivo del año las calles de las urbes a rebosar, las villas saturadas y la vuelta de multitudes a los entornos rurales. El magnetismo de Asturias se sobrepuso incluso al impacto de la reciente ola de incendios, que no desanimó a los visitantes. El interés por los viajes y el ocio se está revelando como una expresión de la postpandemia. La cifra de visitantes que eligen la región para su descanso no toca techo. Y empieza a extenderse con fuerza, por fin, más allá de los meses de verano. Un nuevo activo que aprovechar.  

La Semana Santa en Oviedo estuvo prácticamente desaparecida hasta comienzos de este siglo. Hoy moviliza a decenas de miles de personas en las jornadas de máxima intensidad. Hasta la ciudad vive con devoción andaluza y saetas su propia «madrugá» en el amanecer del Viernes Santo. Pero no solo de devoción está construido el renacimiento. Atractivos gastronómicos, como los bocados del cofrade, lo acompañan. Y también una singularidad deportiva ovetense: esa competición nacional de fútbol base que llenó el área central. Treinta mil personas desembarcaron en la región, un ir y venir de autobuses, familias al completo con niños para competir y hacer turismo.

Gijón también registró un aluvión de foráneos, con lleno casi total. Las procesiones han vuelto a tomar impulso gracias a un puñado de entregadas hermandades. Y van a más, valgan las de este año como muestra, algo nada sencillo en una ciudad que profesa institucionalmente un reglamento de laicidad. Precisamente el sermón del Miércoles Santo reivindicó no reducir la religión a «la intimidad secreta».

Con un trabajo de recuperación paciente, peldaño a peldaño, los actos en Avilés pasaron de celebración «interior», minoritaria, a abarrotar las calles con respeto reverencial al discurrir de los pasos. Los avilesinos retroalimentaron un círculo virtuoso con una masiva captación de cofrades, profusión de trajes, ampliación de recorridos o adquisición y restauración de tallas que les valió la declaración como Fiesta de Interés Turístico Regional. Pugnan ahora por merecer ese reconocimiento en la categoría nacional. Y en fin, cómo olvidar la constancia, solemnidad, esplendor, originalidad y fervor de los actos de Villaviciosa, Infiesto, Luanco, Candás, Luarca, Piantón, Villanueva de Oscos, Cangas del Narcea, Cangas de Onís…   

Para creyentes y no creyentes, el destino Asturias funciona, aunque las tradiciones semanasenteras carezcan de la raigambre de otras regiones a las que contemplan ocho siglos de historia. La cercana Zamora, por ejemplo, cuadruplica su población cuando llegan los oficios y trasmuta sus calles en un gran teatro de la Pasión. Aunque aquí queda todavía mucho por recorrer –una sola cofradía zamorana tiene 11.500 integrantes, sin duda más que todas las asturianas juntas–, la explosión de este periodo como vivencia de la fe o para disfrute ya representa una feliz realidad. 

La competencia estimulante entre los distintos concejos por buscar atractivos que ofrecer no deja de proporcionar frutos interesantes. Ahí está por ejemplo el Camino de Santiago, un recurso de incalculable valor inmaterial que permaneció oculto hasta que varios municipios con Oviedo a la cabeza lo convirtieron en emblema. O las múltiples sendas que recorren de arriba a abajo y de un lado a otro la costa, los valles y los bosques. Dará la región con otra veta de posibilidades insospechadas a poco que esos itinerarios se mantengan limpios y bien señalizados, se coordine su plasmación para darles sentido global y se unifique su promoción bajo una acertada marca como lo sigue siendo todavía la de «Paraíso Natural».

Asturias cuenta con 7.500 establecimientos de todo tipo para visitantes, de los que unos 800 son hoteles, y ofrece más de cien mil plazas de alojamiento. A ello hay que sumar 2.500 restaurantes y 7.500 bares y cafeterías, lo que promedia un local hostelero por cada millar de habitantes. El 75 por ciento de los casi dos millones de viajeros que llega aquí lo hace para pasar sus vacaciones y el 70 por ciento en pareja o en grupos familiares.

La Variante, casi ya a la vista después de un tortuoso recorrido, cambiará las comunicaciones. Abrirá de par en par puertas para muchas cosas, pero en particular para los hoteleros, los hosteleros y los comerciantes. Así que su estreno no puede volver a pillarnos por sorpresa, con los deberes sin hacer en los pocos meses que faltan. Aunque la Asturias del futuro no puede ser exclusivamente turística. no cabe pensar en su porvenir menospreciando las capacidades actuales de un sector que da empleo a 30.000 trabajadores. Por si quedan incrédulos, basta con ver el éxito de la Semana Santa que estamos rematando».

Pues ahí queda eso

Matutina cognitio

En mi casa nos acostábamos temprano y, durante el curso escolar, y especialmente en tiempo de exámenes, mi madre nos despertaba a las cinco o cinco y media de la mañana para que hiciéramos los deberes de clase y aprendiésemos de memoria las lecciones que ella, a tales horas, nos preguntaba.

Así, contándoselas, quedarían bien fijadas en nuestra mente. Eran esas las mejores horas, decía, para, con una cabeza descansada y despejada, comprender, retener y repetir. El método, desde luego, funcionaba. Era “matutina cognitio”.

Entiendo perfectamente, dada esa circunstancia personal y familiar mía, a los escritores que madrugan para, en las dos o tres horas que anteceden a la del amanecer, en las que las musas se muestran obsequiosamente propicias, componer su obra literaria. Es “matutina cognitio”.

De “matutina cognitio” calificaron san Agustín y santo Tomás de Aquino, en sus comentarios al libro bíblico del Génesis, al superior modo de conocimiento de los ángeles, ilustrados por el Creador mismo de todo cuanto existe.

“Matutina cognitio” es la de los científicos estudiosos del universo y de los fenómenos astrofísicos, cuando, al dirigirse por la mañana a los observatorios y laboratorios en los que trabajan, en el umbral de la puerta de casa, al pisar la calle o en el coche, sin instrumentos, ni bibliografía, ni apuntes, se extasían momentáneamente en la contemplación de las últimas estrellas que escintilan en la bóveda celeste, de los colores del firmamento al amanecer y de las siluetas de las montañas estarcidas en el horizonte.

“Matutina cognitio” fue el abrírsele los ojos a María Magdalena cuando Cristo la llamó, en la gloriosa mañana de Pascua, por su nombre, «María», pues no lo había reconocido al principio cuando se le apareció resucitado. Pensó que era un hortelano. Y eso que ella formaba parte del grupo de sus más señalados seguidores.

“Matutina cognitio” es, de entre los recuerdos de la infancia, el de la mañana del domingo de Pascua, de la Misa con velón nuevo, flores de fragancia y agua bendecida en una gran caldera de cobre; del rosco relleno de almendra, circundado de merengue, adornado con cerezas confitadas, fruta escarchada, pollitos amarillos, plumas de colores y flores de oblea, con el que el padrino y la madrina nos recordaban que un día fuimos bautizados en la Iglesia.

“Matutina cognitio” es la de las realidades y vivencias que nos constituyen, sobre las que estamos fundados y a las que retornamos cuando nos percibimos desorientados. Es la de la luz del primer día de la Creación por la palabra de Dios. Es la de la luz de aquel primer día de la semana judía en el que Cristo, eterna Sabiduría, resucitó de entre los muertos y nos abrió el camino hacia la Vida y el conocimiento de la Verdad plena.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 9 de abril de 2023, p. 29

Silencio, palabra y signo

Sucedió en la abadía cisterciense de San Isidro de Dueñas. Hallándome en el monasterio, vi, en una de las dependencias de la hospedería, a dos monjes que se comunicaban entre sí por medio de gestos realizados con los dedos de las manos.

Debían de estar trasladándose mutuamente algo gracioso u ocurrente porque los dos sonreían. Alguien me explicó que la gesticulación manual era costumbre entre los trapenses y que era un sistema ideado para comunicarse entre ellos sin dejar de observar el silencio monástico.

Años más tarde, mientras daba un paseo por el parque madrileño de El Retiro me encontré con un monumento dedicado, en 1920, a un eclesiástico y a un niño. Ambos se miraban fijamente.

En el pedestal sobre el que reposaban las figuras había una inscripción en la que se daba razón de quién era el personaje: fray Pedro Ponce de León (1520-1584), «inventor del método oral puro para enseñar a hablar, leer, escribir y contar a los sordomudos”. La estatua era una representación del monje en el momento de comunicarse con el niño por medio de las manos.

Al benedictino Pedro Ponce de León, natural de Sahagún y monje de Oña, se le tiene, como reza la inscripción del monumento de El Retiro, por inventor del método que, perfeccionado por las sustanciales mutaciones que se produjeron con el paso del tiempo a partir de las incipientes y elementales lecciones de fray Pedro, ha ido derivando hacia el que hoy denominamos “lenguaje de signos”. En la América hispana le llaman, con mayor propiedad, “lenguaje de gestos”.

Solamente podía haberse originado entre monjes, quienes, desposados con el silencio, poseen el verdadero gusto de la palabra. Ésta es más profunda, más rica y más elocuente que la mera emisión del hálito de voz. Es como la que pronuncian los cielos y la tierra, que, sin hablar, pregonan la gloria de Dios.

De aquí el que sea particularmente doloroso el hecho de que personas que no oyen o hablan con dificultad se alejen de la Iglesia porque no haya quien les anuncie, de modo comprensible para ellas, el Evangelio, o les enseñe la doctrina, o les facilite la participación en los sacramentos, o los integre en la comunidad cristiana.

Esa matriz religiosa de la transmisión de la palabra, sin hablar, pero logrando establecer una plena comunicación de mente a mente, de corazón a corazón, es lo que explica el que, en Corea del Sur, en un colegio para sordos, un niño haya descubierto que Dios quería que él fuese sacerdote y dedicase su vida a los que no oyen.

Se trata del padre Benedikt Park Min-Seo, primer sordo ordenado sacerdote de toda Asia. Perdió el oído cuando tenía dos años y sintió la llamada a consagrarse a Dios y a entregarse a los hermanos en la escuela especial a la que asistió. Fue ordenado en 2007.

Esto puede que no suceda en España, pero sí en Corea, en donde la minoría católica tiene una identificación eclesial y una pujanza en la fe y en la caridad admirables. Nada tiene, pues, de extraño el que, en aquel país asiático, en un colegio de sordos, surjan, gracias a una buena formación religiosa, vocaciones al sacerdocio y a los diferentes estados de vida cristiana, como sucedía también, en el siglo XIX, en el ovetense colegio de huérfanos del padre Vinjoy.

Para desarrollar este trabajo cuentan, además, con vídeos e instrumentos que se utilizan, no sólo en las diócesis de Corea, sino en las de toda Asia. El proyecto “Catholic Video Doctrine”, por ejemplo, ofrece casi cincuenta catequesis filmadas, con subtítulos, gráficos y lenguaje de signos, para que, a través de ellas, los que no oyen conozcan las enseñanzas –estupendas- de la Iglesia sobre la vida, pasión, muerte y resurrección de Jesús, quien, con su palabra, hizo que los sordos oyeran y los mudos hablaran, y que con su propio silencio en la cruz resonase en los siglos el más elocuente y sublime mensaje de amor.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 2 de abril de 2023, p. 28

María Kodama: «¿Qué es la belleza?»

Ha fallecido María Kodama (1937-2023), esposa de Jorge Luis Borges, a la que conocí en la sede de la Fundación Internacional Jorge Luis Borges, en la calle Anchorena de Buenos Aires. Fue ella quien me recomendó, al preguntarle yo cuál era, a su entender, la mejor edición de las “Obras completas” del escritor, la de Sudamericana.

Me pareció un rasgo de honestidad intelectual, porque María estaba colaborando con otro sello editorial, cuando le pedí su opinión, en la publicación de la obra de Borges. Me dijo que era la mejor edición de los escritos borgeanos y compré todos los volúmenes en la librería Cúspide de la calle General Alvear de Buenos Aires. Fue en un día de finales de noviembre o principios de diciembre de 2014.

Aún recuerdo la silueta en cartón, de tamaño casi natural, del literato, que había en el recibidor de la Fundación, con esta leyenda: «Al cabo de los años he observado que la belleza, como la felicidad, es frecuente. No pasa un día en que no estemos, un instante, en el paraíso». Es del prólogo de “Los Conjurados” (1985).

Fue en aquel viaje mío a Buenos Aires cuando le oí a María contar la famosa anécdota que tanto le gustaba referir acerca de cómo descubrió la belleza. Cuando tenía sólo cuatro años, preguntó a su padre, Yosaburo Kodama: “¿Qué es la belleza?”. Él guardó silencio.

Al cabo de unos días, su padre le regaló un libro con fotografías de esculturas griegas y le mostró la Victoria de Samotracia. María dijo: “¡No tiene cabeza!”. Su padre le replicó: “¿Quién te ha dicho que la belleza está en una cabeza? Mira los pliegues de la túnica, agitados por la brisa del mar. Detener la brisa del mar en el movimiento de los pliegues de esa túnica para la eternidad, ésa es la belleza”.

Jorge Juan Fernández Sangrador

Sobrietas

El arzobispo don Gabino Díaz Merchán se marchó de este mundo sin ver con sus propios ojos ni siquiera el arranque de una historia de la diócesis realizada a partir de las biografías de todos y cada uno de los sacerdotes. Decía que era una lástima el que se fuera perdiendo el recuerdo de sus nombres, de su vida y de su obra en la Iglesia.

En esto han sido muy cuidadosos los chilenos, que han mantenido viva la memoria de todos los sacerdotes del país desde 1535 en el “Diccionario biográfico del clero secular chileno”, y también don Vicente Cárcel Ortí, que ha recopilado miles de reseñas biográficas en su “Diccionario de sacerdotes españoles del siglo XX”.

El de Chile debe de llegar hasta el año 2000. Era el padre Jorge José Falch Frey quien iba anotando los datos de cada uno durante el período en el que él se ocupó de tener al día el fichero. No sé si, después de su fallecimiento, hay alguien que prosiga su meritoria labor.

En “El extranjero”, de Albert Camus, el protagonista, en prisión, reconoce: «Cuanto más reflexionaba, más cosas desconocidas u olvidadas extraía de la memoria. Comprendí entonces que un hombre que no hubiera vivido más que un solo día podía vivir fácilmente cien años en una cárcel. Tendría bastantes recuerdos para no aburrirse».

En el caso de los sacerdotes, ni les cuento. Es tal la profusión de experiencias, anécdotas, percances y encuentros que se suceden en la vida ministerial, que, ya no centurias, sino milenios serían necesarios para poder plasmar en cuadernos lo vivido. Y si el sacerdote es como don Ángel Fernández Llano, recientemente fallecido en Avilés, el tiempo para recordar y contar habría que medirlo por eras geológicas.

Con bastante menos materia que la que podría aportar don Ángel, Bernanos escribió su “Diario de un cura rural”. Y de haberlo conocido un escritor de la categoría de Chesterton tal vez lo hubiera introducido en sus obras y en la historia de la literatura, al igual que hizo el autor inglés con su genial padre Brown.

De don Ángel pueden decirse todas las cosas buenas que quepa decir de un gran sacerdote, pero me quedo, de todas ellas, con ésta, que es en la que se encierran en síntesis todas aquellas que lo acreditan como figura destacada en el actual presbiterio ovetense: la sobriedad.

La sobriedad es una de las más notables virtudes del discipulado apostólico. Sin sobriedad y sensatez, por ejemplo, no se puede hacer oración de la buena. La seria. No lo digo yo, sino san Pedro en una de sus cartas. Porque, además, la sobriedad no es ornato, es mandato bíblico: «Sed sobrios».

Lo curioso es que, aunque no lo parezca, en la sobriedad hay placer. El que deriva de la victoria que supone el contenerse en el uso del dinero, la blandenguería de las delicadezas, el deseo de poseer cosas, la locuacidad incontrolada, el flujo de malos pensamientos o el presumir de apariencias. Sólo desasiéndose de todas estas afecciones anímicas puede resplandecer lo que de verdad se lleva dentro y que, cuando se comparte, engrandece y embellece la vida de los demás.

No creo que don Ángel hubiera hecho otros viajes que no fueran los estrictamente requeridos por la debida atención pastoral. Ni falta que le hacía. Permanecía cabe sí. Y no carecía, por ello, de ninguna de las riquezas atribuidas a la dromomanía. En esto habría contado con la aprobación de Chesterton, quien siempre sostuvo que «viajar nos estrecha la mente».

La sobriedad en un sacerdote no es cosa de tiempos pasados, sino de lo más moderno. Uno de los vocablos requetebuscados en Google es “estoicismo”. Es la corriente filosófica de moda. Como señalan sus divulgadores actuales, en el mundo en el que vivimos, en el que se da rienda suelta y descontrolada a los caprichos, a las ocurrencias y a hacer lo que a cada cual se le antoje, es preciso que sepamos gobernarnos, disciplinarnos y recogernos para centrarnos en lo esencial. Lo dicho: sobriedad y sensatez.

Y de ser así, nuestra salida de este mundo irá acompañada de la admiración, el respeto y el afecto con el que, el otro día en la avilesina iglesia de Santo Tomás de Cantorbery, una muchedumbre de fieles participó en la eucaristía ofrecida por el perdón de los pecados y el eterno descanso de don Ángel Fernández Llano y le rindió un último y emocionado homenaje, despidiéndolo con este esperanzado saludo: «¡Hasta el cielo, don Ángel!»

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 26 de marzo de 2023, p. 24

Empiezan a estar hartos y con razón

«Parece que por la edad en vez de ser cofrade debería ir de bares, ¿por qué?»
Los más jóvenes de las hermandades esperan las procesiones «como si llegaran los Reyes». Su sentimiento, sostienen, «no se puede explicar»
  • El Comercio (19 de marzo de 2023), por PILAR GUTIÉRREZ
◄ Los cofrades Miguel Goñi, Jorge Montero, María Antonia Martínez, Álvaro Fernández, Elena Martín, Andrea Cosío, Diego Villán, Fran Martín, Miguel y Pablo Fernández-Peña, Noemí Martínez, Alegra Álvarez e Iván Caveda, con Inés Rodríguez delante, en el Campo Valdés.

GIJÓN. El 1 de abril está a la vuelta de la esquina y en la ciudad se respira la cercanía de la Semana Santa. Aunque algunos la esperan con ilusión, nadie la vive más que las cofradías y hermandades de Gijón. Sus integrantes están envueltos en la locura que resulta organizar y ensayar cada procesión; algo que Ignacio Alvargonzález, presidente de la Junta Mayor de Hermandades y Cofradías de Gijón, lo resumió a EL COMERCIO no hace mucho como «el caos, el encanto de los nervios y la emoción de la fecha que estás esperando». «Es como un niño cuando llegan los Reyes Magos», aclara Elena Martín, de la Hermandad de la Vera Cruz.

Contrario a la opinión popular, el sentimiento de ser creyente no está ligado a la edad y no es extraño encontrar a población joven en las cofradías gijonesas.

Reunidos frente a la iglesia de San Pedro, un grupo de diferentes edades habla sobre la fe, vivir la Semana Santa y los prejuicios de sus congéneres por ser «raros».

«Dices que vas a misa o que eres cofrade y te miran raro», declara Diego Villán, cofrade junto a Martín. Una opinión que comparten sus compañeros de diferentes cofradías, quienes han tenido que aguantar algún comentario o mirada. «Parece que por edad lo que tendría que hacer es irme de bares, ¿para qué?», cuestiona Andrea Cosío, de la misma hermandad.

Para ellos, dar el paso y formar parte de la creencia pareció lo más natural, aunque la historia no es la misma para todos.

Algunos entraron por tradición familiar, como la pequeña Inés Rodríguez, que entró en la Hermandad de la Santa Misericordia a los 5 meses, siendo «la persona más joven que recibió la medalla», recuerda Alvargonzález.

Otros, en cambio, entraron por fe, cuando «llegó el momento», como bien señala Álvaro González, la última incorporación de la Vera Cruz que aunque no se encuentra entre los más jóvenes, sí forma parte de ‘los noveles’ junto a Alegra Álvarez e Iván Caveda, que añaden que «la idea siempre estuvo ahí». «Yo llevo un año en el Santo Sepulcro. Vivo en mi fe y qué menos que compartirlo con mi ciudad», expone Miguel Goñi.

Público ateo

Sin embargo, cada uno tiene una historia personal que le acompaña y que es difícil de aclarar «para el que no es creyente». «Vivir la Semana Santa es un sentimiento que no se puede explicar a la gente de fuera», alega Martín, «solo lo conocen los que salen de procesión, porque a nivel espiritual conectas muchísimo». «Yo lo hablo con mis amigos o gente que no es cofrade –que son creyentes aunque no tanto– pero no lo entienden», añade Cosío.

«La gente joven debería estar más involucrada pero ven la fe como algo extraño», sostiene Villán. Un argumento que relacionan con que «te lo inculquen en casa, en familia», advirtiendo que es difícil hallar a un cristiano creyente a nivel general, pero no tanto «encontrar a un ateo».

Esto se relaciona con el público que asiste a las procesiones, que no es tanto que vayan para admirar las imágenes como para «entretenerse», comparando la Semana Santa gijonesa con la sureña, en donde la gente «es más sentida». «La gente aquí, en Gijón, no sale a ver las procesiones, se las encuentran por la calle», apostilla Villán.

«Lo que más rabia da es cuando encuentran la procesión y no la respetan», relata María Antonia Martínez, de la Cofradía del Santo Sepulcro, «se ponen a gritar o pasan en medio de nosotros para cruzar la calle».

Por ahora, el sentimiento común de todos para este año es esperar por «una Semana Santa en la que el tiempo acompañe y no llueva», la cual comenzará el sábado con el traslado de la Virgen de la Piedad desde la parroquia de San José hasta la de San Pedro.

«Dices que vas a misa o que eres cofrade y te miran raro», afirma Diego Vallín, que forma parte de la cantera de las procesiones