Jon Fosse

La Academia Sueca ha otorgado el Premio Nobel de Literatura 2023 al escritor noruego Jon Fosse (Haugesund, 1959), por dar voz «a lo indecible» en su diversificada obra literaria: teatro, poesía, ensayo, novela, cuentos infantiles y traducciones.

En su juventud, Fosse se declaraba ateo y marxista. Era de guisa hippie y le gustaba la música y leer. Fue precisamente esta afición suya, la de la lectura, la que lo llevó a estudiar Literatura comparada en Bergen. Luego, se dedicó a la escritura.

En 2012 se convirtió al catolicismo, aunque, a decir verdad, ya desde la infancia sintió una llamada a cultivar el sentido espiritual de la existencia. Sin embargo, fueron sus lecturas del Maestro Eckhart (1260-1328), dominico, las que lo guiaron hacia la luz, que encontró al fin en la Iglesia católica, sobre todo después de haber sido azotado duramente por el flagelo del alcohol.

El proceso de aproximación a la Iglesia católica tuvo lugar después de haber observado que lo de escribir no era, en él, una moción que proviniera del corazón, sino de fuera: «En el proceso de escritura hubo algo que no pude entender del todo, un misterio: ¿de dónde viene? No viene de aquí (señala su corazón). No, es de ahí fuera», confesó en una entrevista que le hicieron para una revista de libros.

Y así empezó a creer en un Dios personal. Sin dogmas ni iglesias. Simplemente desde su vocación de escritor. En un Dios que está dentro y, a la vez, fuera. Y sintió la necesidad de compartir su fe con otros creyentes. Frecuentó entonces a los cuáqueros, de los que se fue separando en la medida en la que iba descubriendo que la escritura era su particular forma de orar y que cuando estaba a solas consigo mismo se hallaba en lo que él denominaba su “congregación silenciosa”.

«Hace muchos años dije que, para mí, escribir era rezar, que ése era mi modo de rezar. Me sentí estúpido cuando lo dije, pero después leí en alguna parte que Kafka había dicho exactamente eso mismo respecto a su escritura», le comentó recientemente Jon Fosse a un periodista.

Hasta que un día se dejó caer por una Iglesia católica a la hora de Misa. Y aquello le gustó. Y siguió yendo. Y comenzó a interesarse por las cuestiones relativas a la fe. Y por fin dio el paso: entró en la Iglesia, católica, apostólica y romana.

Es cierto que lo atrae, más que la romana, la liturgia de los ortodoxos, pero llegó a imbuirse de tal manera de la doctrina católica que le parece a él que ésta es la verdadera. Y si un místico como el Maestro Eckhart era hijo de la Iglesia católica es porque en ella se satisfacen plenamente las altas aspiraciones del ser humano que anhela descansar en Dios.

Desde que fue recibido en la Iglesia católica, en la literatura “fosseana” se aprecia notablemente su perspectiva como creyente en Dios. Y así, en “Septología”, por ejemplo, el lector hallará que, en la trama, en los personajes -sobre todo el protagonista- y en el desarrollo, hay mucho de la biografía espiritual del autor, en la que la luz de Cristo brilló con los inefables resplandores de su Pascua y de su Gloria.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 8 de octubre de 2023, p. 25

Circundados de belleza

Te vi desde el confesonario, en el que me encontraba, a última hora de la tarde. No reparé en ti hasta que te vi inclinado, observando el juego de luces, sobre un lampadario que hay junto a un altar del crucero de la catedral. Y, luego, sobre otro. Y así sobre todos los que ibas hallando en tu camino.

Cuando te quedaste extasiado mirando los reflejos de colores de las vidrieras en las baldosas del suelo, proyectados por los rayos vespertinos del sol, salí del confesonario para interesarme por la admiración que manifestabas ante ese fenómeno de indescriptible belleza, el cual también yo contemplo con deleite cuando me sale al encuentro en cualquiera de los puntos por los que las viras de luz se pasean por el templo según sean la hora del día y la estación del año.

«Es que me gusta mucho la catedral. La veo desde mi casa y me asomo a la ventana para mirarla y pienso que qué suerte tenemos en Oviedo por tener esta catedral», me comentaste. Luego fuiste refiriéndome cuáles eran los elementos de las naves que te llamaban especialmente la atención. Te confieso que me di cuenta, ya desde el principio de nuestra conversación, de lo que, por otra parte, te sucedía: asperger.

El domingo pasado me acordé de ti, porque un adolescente como tú recibió la primera comunión en la basílica de San Pedro de Roma. Asperger también. Se llama Diego. Le descubrieron hace tiempo mielodisplasia medular. A causa del tratamiento tuvo que permanecer en casa, sin ir a la escuela, durante un año y medio. Y se dedicó a la música, que tanto le gusta. Sin embargo, lo que más le atrae es el arte: «Vive para el arte», dice su madre.

Con su madre precisamente vio unos vídeos muy breves que Vatican News y los Museos Vaticanos realizaron durante la pandemia de coronavirus. Retransmitían uno al mes. Yo mismo los reenvié a mis amigos según iban colgándolos en la página web de Vatican News. El título de la serie era “Celata Pulchritudo”. El del “clavigero”, el encargado de las llaves que abren y cierran las puertas de los Museos, es sensacional. Todavía está en YouTube.

El “clavigero” se llama Gianni Crea y es el responsable de la apertura diaria, a partir de las cinco y media de la mañana, con otros cinco claveros, de las puertas y ventanas de los Museos Vaticanos. Dos mil setecientas noventa y siete llaves. La única no numerada y de la que no hay copias es la de la Capilla Sixtina. La número cuatrocientos uno, que es la del fabuloso Museo Pío Clementino, es la más antigua.

Diego estaba entusiasmado contemplando las bellezas de Vaticano en la pantalla. A su madre le vino la idea de escribir a la Dirección de los Museos y solicitar el que les permitieran visitarlos. La respuesta fue inmediata: «Están Ustedes invitados a los Museos Vaticanos. Serán Ustedes nuestros huéspedes».

Y allá se fueron. Se lo enseñaron todo y dejaron que Diego hiciera de “clavigero”, es decir, de clavero, el que abre y cierra. Estaba feliz. «No había visto a mi hijo así de feliz en toda su vida», dijo emocionada la madre. Y entonces una lucecita se encendió dentro de Diego y manifestó abiertamente su deseo de recibir la primera comunión. Allí en donde tanto bobo, a la vista de las bellezas del Vaticano, dice que se le va la fe, Diego se encontró con Jesús. Y quiso recibirlo en su interior.

No había hecho la primera comunión porque sus padres temían que Diego, que no soporta los espacios cerrados, no aguantase el ritmo de la catequesis. Y, además, entre personas extrañas. No, no acababan de decidirse. Y otra circunstancia añadida: lo pasa mal en los lugares de techos altos ¡Como para hacer que permaneciera durante mucho tiempo en una iglesia!

Y fue él mismo quien se lo dio resuelto, porque, según les dijo a los de casa, en las iglesias no tiene ese problema. En una iglesia se siente tranquilo ¿Y esto por qué? Pues porque dentro de una iglesia, por muy alta que sea su nave principal, está rodeado de arte y de belleza, y esto le da paz.

Y, de este modo, inició el proceso para recibir el sacramento. ¿Y sabes qué es lo más grande de esta historia? Que Diego es así de estupendo porque en su corazón imperan, por encima de todo, estos dos sentimientos: la gratitud y el amor. Y por eso el arte es, para él, como seguramente lo es también para ti, vida. Y camino. Camino que conduce a la Belleza infinita. Camino que lleva a Dios.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 1 de octubre de 2023, p. 26

Eremitorios urbanos

Tras una visita reciente al Centro de Investigación en Nanomateriales y Nanotecnología (CINN), en El Entrego (Asturias), durante la cual se nos explicó a los asistentes que la sola presencia de una persona en un edificio hace que éste se mueva en sus elementos compositivos más diminutos, me pregunto qué efecto provocará el ruido, por pequeño que sea, en los monumentos y en las personas. ¡Y cuánto más aquel que es ensordecedor!

Es preciso decir, con todo, que el repique de las campanas de las iglesias, el canto de los pájaros, el rumor de los ríos y de otros elementos de la naturaleza, así como los sonidos que acompasan la vida en los pueblos y aldeas, no entran en la categoría de ruidos molestos.

Pero es de justicia el reconocer que hoy se ha hecho muy necesario el silencio. Se trata de pura autodefensa ante las agresiones de la contaminación acústica. Ya hay vagones de tren en los que no está permitido hablar por el móvil, ni en voz alta, ni mantener conversaciones largas, ni emitir sonidos que perturben a los otros viajeros del compartimento.

De igual modo, en Italia ha sido creada una red de lugares en los que se ofrece a las personas que lo necesiten la posibilidad de orar en absoluto silencio. Curiosamente, no son ni monasterios ni iglesias. Y lo comprendo. En mis últimas visitas a monasterios españoles salí con el pensamiento de no regresar nunca más, para hacer un retiro, a ninguno de ellos. De silencio, más bien poco. En las iglesias parroquiales, lo mismo.

De aquí el que Juri Nervo, un seglar, casado con Luciana, dedicado a ayudar a quienes necesitan ser escuchados, a ser ungidos con el bálsamo del perdón y a encontrarse a sí mismos, haya habilitado, en uno de los brazos del antiguo complejo carcelario “Le Nuove” de Turín, un espacio al que ha denominado “Eremo del Silenzio”.

Ha confeccionado incluso una Regla, que es Evangelio puro, muy al estilo de las pautas de vida que le gustaban a san Francisco de Asís y a Carlos de Foucauld, y en un librito que acaba de publicar con el título “Il silenzio nella città. Esperienze di eremitaggio urbano”, Juri explica cuáles son los vectores por los que se rige su proyecto de servicio eclesial

Con algunos amigos, adecentó el lugar y lo preparó para que quienes deseen tener, en cualquier hora del día, un instante para estar en silencio, recogerse y orar, puedan realizarlo en ese “eremitorio urbano”. La idea está siendo desarrollada igualmente en diversas ciudades de Italia, en las que ya han sido abiertos locales para vivir en cristiano según estas nuevas formas de eremitismo en medio del mundo.

Los eremitorios no son como la “Sala de meditación”, llamada también “Sala de la tranquilidad”, sin símbolos religiosos, que hay, desde 1952 en la ONU. Según dijo Dag Hammarskjöld, que fue quien dispuso una renovación de la Sala durante su mandato como Secretario general de la ONU, «personas de muchos credos se reunirán aquí y, por esa razón, no se podría utilizar ninguno de los símbolos a los que estamos acostumbrados en nuestra meditación». O sea, una cosa descafeinada.

En los eremitorios urbanos, en cambio, el silencio no es el del vaciamiento de la mente que se concentra para alcanzar no sé qué estado de la conciencia, sino que se trata de un silencio «habitado» por la presencia de Alguien que, en nuestras prisas, preocupaciones, fatigas y estrecheces, nos inspira confianza, seguridad y paz, y nos infunde valor y fortaleza para hacer frente a las adversidades: «Tú no tengas miedo y no pierdas la calma, pues yo estoy siempre contigo y, en esos asuntos que te desbordan, y de los que ahora me estás hablando, estate tranquilo, que ya me ocupo yo».

La Nueva España, domingo 24 de septiembre de 2023, p. 26

Ab utero

Tu cabecita apareció de repente fuera del útero de tu mamá, Wiktoria, en el mismo instante en el que ésta fallecía a causa de la bala que un miembro de la policía leal al nazismo le disparó. Allí estaba, junto a vosotros, tu papá, Józef, al que también dieron muerte de la misma manera: de un balazo. Fue el 24 de marzo de 1944.

A papá y a mamá los mataron por haber escondido en vuestro hogar de Markowa, en Polonia, a ocho personas del pueblo judío que les pidieron cobijo. ¿Cómo decirles que no? En la Biblia que había en casa, y que alguien piadosamente recogió después de la matanza, figuraban subrayados en rojo los títulos de dos pasajes del Evangelio: “Mandamiento del amor. El buen samaritano” y “Sobre las obligaciones del cristiano: Si amáis sólo a los que os aman ¿qué merito tenéis?”.

Los acogidos bajo vuestro techo, que, como agradecimiento por la caridad para con ellos, ayudaban, desde su escondite, en las cosas de casa y de la granja, vivieron entre vosotros varios meses, mas quienes los buscaban, para matarlos, dieron con ellos. Y los fusilaron.

De repente, llegaron a ti, que, aún sin ver, tenías una aguda capacidad para intuir, gritos. Los de tus hermanos: Stanislawa, Barbara, Wladyslaw, Franciszek, Antoni y Maria. No eran como los que resonaban en ti cuando, estando todos juntos, reían, se peleaban o cantaban. Ahora eran gritos de terror. En su presencia, empujaron, golpearon, insultaron y mataron a papá y a mamá. Y por eso gritaban. Y, para acallarlos, los mataron. A ellos, angelitos inocentes, a los que tanto deseabas ver y con los que ahora eres infinitamente feliz en el cielo. Tenían entre dos y ocho años.

Allí te quedaste tú. Solito. La cabeza y la parte superior del tronco, fuera. El resto de tu cuerpecito, en tu cariñosa mamá. Y así te enterraron con ella. Y con todos los demás. En una fosa. Se supo de ti cuando, a los pocos días, los vecinos, al exhumaros, para daros un enterramiento digno, vieron que estabas aún entre sus piernas, a medio nacer.

No logro imaginarme qué fue lo que pudiste sentir durante aquellas horas, las primeras, las únicas de tu vida en este mundo. Padeciste un sufrimiento, una indefensión, una indiferencia, una angustia, inenarrables. Permaneciste bajo tierra, sin oxígeno e inmóvil. Y allí soterrado, en un instante, la llamita encendida de tu corazón se apagó, pues me parece que estabas aún vivo cuando os arrojaron sin miramientos al pozo.

¿Sabes que, en el mar de Lampedusa, hallaron a sesenta metros de profundidad a una madre que se mantuvo abrazada a su bebé hasta que los dos murieron durante la inmersión tras el hundimiento de la barca en la que viajaban?

En el pueblo se os conocía por vuestro apellido: los Ulma. Dejasteis tal estela de caridad cristiana que la autoridad eclesiástica dispuso que se iniciara el proceso de canonización. Os beatificaron el pasado domingo 10 de septiembre. A toda la familia. También a ti, porque recibiste el bautismo, el de fuego, en el recipiente bautismal más hermoso que pueda existir: las entrañas de tu mamá. Y, de este modo, fuiste ya, “ab utero matris tuae”, totalmente de Cristo.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 17 de septiembre de 2023, p. 32

La puerta del arte

Los años jubilares dan comienzo con la apertura de una puerta santa. Con la exposición de tres cuadros de El Greco en la iglesia romana de Sant’Agnese in Agone se ha abierto la primera puerta del Jubileo de 2025 en la Ciudad eterna: la del arte. De aquí el lema bajo el que se agruparán las sucesivas exposiciones que tendrán lugar en Roma hasta principios de 2026: “el Jubileo es cultura”.

En la puerta, para poner de relieve el carácter liminar de la exposición, de la hermosa y monumental iglesia de Sant’Agnese, levantada por Borromini, a instancias de Inocencio X, sobre el lugar en el que la adolescente Inés fue martirizada en el siglo IV, han sido colocados tres óleos sobre tela de Domínikos Theotokópoulos, el Greco. Dos proceden del Hospital de Tavera, en Toledo. El tercero, del Museo parroquial de El Bonillo, en la provincia de Albacete.

En el de El Bonillo, pintado entre 1590 y 1595, Cristo se muestra realmente vivo. La luz de los ojos es penetrante. Y la serenidad con la que porta la cruz, enorme, sobre sus hombros, sujetándola con sus estilizadas manos, como si no pesase absolutamente nada, abrazándola, es una invitación a que cada cual lleve la suya diariamente con la fortaleza y la paz que recibimos de Él.

El del bautismo de Jesús, del Hospital de Tavera, pintado entre 1608 y 1624, es como para sentarse a contemplarlo durante horas en sus detalles y en su alta significación. Allí aparece Cristo, entre los pecadores, recibiendo, de manos de Juan el Bautista, el agua purificadora del Jordán. Él, que no tenía pecado, no hizo ascos a mezclarse con nosotros, pecadores, para hacernos partícipes de su vida divina.

El de la Sagrada Familia con Santa Ana, también del Hospital de Tavera, pintado hacia 1595, muestra a María amamantado, con el seno derecho visible, a Jesús. El Hijo de Dios, al igual que todos nosotros, necesitó nutrirse de alimento para sobrevivir, porque su asunción de nuestra carne fue real y total.

Estos dos cuadros, realizados para un hospital, corresponden a una práctica de la Iglesia, que ahora ha caído en desuso: dotar a los centros sanitarios de elementos de belleza, porque, ésta es un medio terapéutico, que coadyuva a la curación del enfermo, y complementa el tratamiento recetado por los médicos y los cuidados de la familia y de los amigos.

Sin embargo, los hospitales han devenido naves funcionales y lo mismo cabe decir de los centros de enseñanza de construcción reciente. Son estructuras arquitectónicas, permítase el neologismo, aneducativas. Compárense, si no, con las antiguas escuelas de Salamanca, París, Lovaina, Oxford, Cambridge o Dublín.

La actual exposición en la plaza Navona de los tres cuadros del pintor cretense arriba mencionados, de la que el sacerdote Alessio Geretti es el comisario, se titula “I cieli aperti. El Greco a Roma”. Es el primer umbral que se nos ofrece para que lo traspasemos en la peregrinación hacia el Jubileo romano de 2025, cuyo lema será “Peregrinos de la esperanza”.

A través de una obra de arte, visible, se abre un óculo hacia lo invisible. Ella hace posible el que, desde lo material, lleguemos a lo espiritual, desde lo humano a lo divino. De aquí la especial significación del cuadro del bautismo de Cristo: el Espíritu Santo rasga el velo que separa el cielo y la tierra, y, en el Jordán, desciende sobre Jesús, apareciendo así, ante nuestros ojos, la gloria de Dios, uno y trino, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Y aquí radica precisamente el fundamento de la esperanza cristiana, en la que se centrará el próximo jubileo romano: con el nacimiento de Cristo, Dios ha venido al encuentro de la humanidad doliente, para aliviarla e introducirla en la vida verdadera, y, habiéndose despojado de todo y humillado hasta la muerte en cruz, la ha revestido de gloria divina. Y es lo que el visitante contempla en la iglesia de Sant’Agnese in Agone cuando se acerca allí para admirar las tres magníficas obras del gran pintor que fue Domínikos Theotokópoulos, el Greco.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 10 de septiembre de 2023, p. 24

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Susurrar el Evangelio

Giorgio Marengo (Cuneo, 1974) es desde 2022 el cardenal más joven de la Iglesia. Tiene 47 años. Después de haber profesado como miembro del Instituto misionero de la Consolata, fue enviado por sus superiores a anunciar el Evangelio en Mongolia en 2003 y el Papa Francisco lo nombró Prefecto apostólico en ese país en 2020.

Marengo confiesa que le causaron una gran impresión las palabras de un obispo de la India, Thomas Menamparampil, quien, en el Primer Congreso Misionero de Asia, celebrado en 2006 en Tailandia, les dijo a los misioneros que han de presentar a Jesús tal como aparece en los Evangelios, y que la narración del relato de su vida, muerte, resurrección y ascensión lo es todo en su labor apostólica.

En aquel congreso, Marengo oyó también de labios de Menamparampil una expresión poética que le gustó muchísimo y lo indujo a escribir un libro sobre el argumento: “Susurrar el Evangelio”. Su título, en italiano, es “Sussurrare il Vangelo nella terra dell’eterno Cielo blu”.

La tierra del cielo infinito es Mongolia, la de Gengis Kan y Kublai Kan, las yurtas, los caballos de Przewalski, el desierto de Gobi, los camellos bactrianos, el viaje de Marco Polo, la Misa sobre el mundo de Teilhard de Chardin, los monasterios budistas y los mil quinientos católicos, “pusillus grex” de Dios.

En aquellas regiones de bravura, dureza y fuerza, la Iglesia anuncia a Cristo, y su maravillosa historia, con respeto, empatía y profundidad. Esto es susurrar el Evangelio.

En el libro bíblico de 1 Reyes (19,11-12) se cuenta cómo el profeta Elías se dirigió al Horeb y allí hubo un huracán que hendía y quebraba montañas y rocas, y un terremoto y fuego, pero Dios no estaba en esos elementos. Y de pronto, se oyó un susurro. Fue éste el que hizo que Elías adoptase una actitud, y postura, de adoración y de escucha.

Porque, para escuchar la voz de Dios, hay que agudizar mucho el oído. “Qol demamah daqqah”, dice el texto hebreo: “Voz que se acalla fragmentándose”. Es como si fuese un sólido que se va pulverizando y descomponiendo en partículas imperceptibles. Así también la voz de Dios: es de extraordinaria finura. Una voz que vibra tenuemente y queda aleteando levemente en el silencio, como la contenencia de las aves cuando permanecen suspendidas en el aire. De aquí la dificultad para oírla y reconocerla.

Y hay que ser muy sencillo para que eso acontezca. Es el caso de Gantulga Tumursukh, mongol, hombre del campo, que perdió sus pertenencias a causa de no sé qué calamidad. Alguien le dijo que se dirigiese a la Iglesia para pedir ayuda. Y la encontró. Él y su familia. La comunidad católica no sólo los auxilió, sino que los acogió con la sonrisa y el afecto de quien tiene conciencia de que la caridad es más que la distribución de bienes materiales. Es darse. Y así fue.

«Antes de haber experimentado el perdón de Dios cometí muchos errores. Era un hombre alcoholizado, violento, rudo con el prójimo. Mas cuando comencé a ir a la Iglesia, a escuchar la Palabra de Dios, a verme con los sacerdotes, sentí que el bálsamo de la misericordia descendía hasta mí y que un torrente de ternura me inundaba. En ese instante palpé el amor de Dios, creí en él y deseé entonces recibir el bautismo».

Gantulga fue bautizado y es a día de hoy animador de la comunidad católica y compositor de cantos religiosos: «En ocasiones trato de imaginarme cómo sería mi vida sin haberme encontrado con Cristo. Me habría arrastrado el torbellino de la desesperación. Hoy, por la gracia de Dios, soy una persona, un marido y un padre mejor porque he recibido la misericordia de Dios y me ha concedido el don de ser misericordioso con los demás».

He aquí una muestra de la fe que el Papa conocerá durante su viaje apostólico a Mongolia, en donde el Evangelio es proclamado con la dulzura, la tenuidad y el frescor de un susurro. El de la voz de Dios, que se comunica de corazón a corazón, en su Iglesia.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 3 de septiembre de 2023, p. 28

Ejercicios Espirituales para sacerdotes

Decía san Ignacio de Loyola que por Ejercicios espirituales se entiende todo modo de examinar la conciencia, de meditar, de contemplar, de orar vocal y mentalmente, y de otras espirituales operaciones.

Los cinco días de retiro en la casa “San José” de Cabezuela del Valle (Cáceres) (17 al 22 de septiembre) estarán dirigidos, en primer lugar, a la contemplación de la escena evangélica de la transfiguración de Cristo en la cima de una montaña.

Hemos, para esto, no sólo de alejarnos momentáneamente de las tareas que nos ocupan a diario, sino elevarnos por encima de ellas para encontrarnos con Jesús y por medio de él con Dios Padre, que nos invita a escuchar a su Hijo amado.

Y este será el segundo objetivo de los días de Cabezuela: escuchar la Palabra de Dios y orar intensamente, con perseverancia, para acogerla en el campo fértil de nuestra conciencia, nuestros afectos y nuestra vida sacerdotal.

En el monte de la transfiguración hicieron su aparición Moisés y Elías, figuras muy destacadas en el antiguo Israel. A la luz de la Pascua de Cristo leeremos los pasajes de la Biblia en los que se refieren sus vidas y, en oración, pediremos la gracia de ser, como ellos, fieles servidores de Dios y diligentes cumplidores de su voluntad y de sus mandatos.

Se trata, en definitiva, de vivir aquella misma experiencia que tuvieron los tres apóstoles, Pedro, Santiago y Juan, a los que Jesús invitó a subir a la montaña y, así, seguirlo a él, después, fortalecidos, con mucho ánimo y esperanza, por el camino de la cruz, que inexorablemente hay que recorrer, para llegar a la gloria de la Pascua y a la vida eterna.

Invito a los feligreses de las parroquias de los sacerdotes que harán los Ejercicios a que estén unidos espiritualmente a ellos, ya que éstos se retirarán a hacer oración con el propósito de crecer en el conocimiento y en el amor de Cristo, recibir la gracia de la santificación personal y seguir siendo ilusionados trabajadores de la viña del Señor y de todas y cada una de las personas que la Iglesia les ha confiado para que caminen junto a ellas guiándolas como pastores buenos y fieles.