
Feliz Navidad A.D. 2023


La recordaré a usted, y mucho, en esta Navidad. Estuvimos ayer, separados por un biombo durante horas, en la sala de butacas de urgencias del hospital. No en boxes, sino en las butacas. Sin vernos. Hasta que nos llevaron juntos a la sección de rayos X. Usted iba en silla de ruedas. Yo, a pie, de clergyman. Y mientras aguardábamos a que nos mandasen pasar a donde se hacen las placas, me dijo:
– «Yo es que me fatigo mucho», arrancó.
– «Para que no se fatigue es para lo que está la silla de ruedas», fue lo que se me ocurrió.
– «Yo tengo necesidad de hablar con un sacerdote. Soy atea». Y se le escapó un sollozo.
– «¡Qué va a ser atea!», repuse.
– «Pues sí, lo soy», me respondió con determinación.
– «¿Pero lo fue siempre?», pregunté.
– «No. Antes iba a Misa». Y me confesó a qué iglesia solía ir.
Y aquí se acabó el primer tramo de la conversación, porque nos llamaron para que pasáramos, usted primero y yo después, a donde nos atravesarían los rayos.
Francamente, los dos deseábamos volver a las butacas para proseguir la conversación. Y me senté en la suya. Me hizo una relación en breves instantes de las personas queridas que habían ido falleciendo a lo largo de los años. La última fue su madre, a la que adoraba.
– «¡Cómo no voy a ser atea!», me dijo con tono elevado y el conato de un sollozo, al recordar a su madre.
– «Si lo que tiene es que estar agradecida de haberla tenido durante tantos años junto a usted. A mí me faltó la mía cuando yo tenía veintinueve años. Y no hay día en que no me acuerde de ella. Y le rece. Ya quisiera yo haber podido tenerla a mi lado tantos años como usted a la suya», repliqué serio. Y le conté las historias de las viudas de mi familia y de cuánto habían sufrido.
Pero nada. Y cómo se puso usted al sugerirle que por qué no rezaba e iba, con el buen tiempo, a Covadonga, a visitar a la Virgen: «¡Ah, no!». Cuando me hice cargo de cuál era la situación, le dije con un sentimiento de inmensa ternura: «A usted lo que le sucede es que está muy sola». Y asintió: «Sí, muy sola, muy sola». Y en ese momento llegó no sé si un médico o un celador y se la llevó. No volví a verla. Una señora pasó a recoger la bolsa con sus cosas y un nuevo paciente ocupó la butaca.
No creo que usted vaya a leer esta carta. Y si alguna persona cercana a usted lo hiciese, no nos asociará en absoluto. Pero sé que el afecto con el que se la escribo llegará, no sé de qué manera, hasta usted, como un bálsamo de paz, de consuelo y de amistad. El mismo que usted derramó en mi corazón con sus confidencias. Y es por ello por lo que le deseo: «¡Santa y feliz Navidad, amiga!»
Usted, así como también los que me han auxiliado en la bendita lipotimia, los que se han llevado un susto de muerte al verme confundido, la enfermera que ha logrado instalar dos belenes en su puesto de trabajo, el reencuentro con dos antiguas conocidas que estaban para consulta en nuestra misma sala y me dieron un ratito de compañía, la diligencia del personal asombrosamente joven del hospital; el médico, sabio, claro en la exposición y educado, al que le ha hecho mucho bien recorrer en bici el Camino de Santiago; los pacientes con los que compartí en silencio la nuda percepción de cuál es en realidad la naturaleza de nuestra carne en su más neta esencia, algunos de ellos muy solos, apañándoselas por sí mismos no sé cómo, sin nadie a su lado; todos ustedes me han regalado, amiga mía, en tan sólo unas horas, el mejor Adviento que cupiera imaginarse.
Jorge Juan Fernández Sangrador
La Nueva España, domingo 24 de diciembre de 2023, p. 27

Sr. Arzobispo
Nos reunimos un año más junto a la representación del misterio navideño para felicitarle las Pascuas, que es como solemos decir en España, vinculándolas, como no puede ser de otra manera a la Pascua, ya que el Niño que nace en Belén se halla desde el mismo instante de su alumbramiento bajo el signo de la Pascua, siendo las tablillas de su cuna, como dice una piadosa tradición, las mismas con las que se compuso la cruz en la que había de morir para redención de todos.
El 25 de diciembre, día en el que desde antiguo se conmemora el Nacimiento de Cristo, no fue una cristianización de la celebración del “Dies Natalis Solis Invicti”, que fue instaurada en el año 274 por el emperador Aureliano, enemigo acérrimo del cristianismo, para diluir la fiesta cristiana del nacimiento de verdadero Sol que nace de lo alto, sino que, en el año 221, cincuenta años antes, ya estaba atestiguada la fecha de la celebración de la Navidad por Sexto Julio Africano en sus famosas “Cronografías”.
La del 25 de diciembre no es en modo alguno fiesta de origen pagano, sino todo lo contrario. Más tarde, Juliano el Apóstata, haría algo semejante, en su odio anticristiano, para desdibujar en todo cuanto le fuese posible la obra de su antecesor Constantino en favor de la verdadera fe, que es la cristiana, y no otra. Como es ya práctica habitual lo principales altavoces de estas falsedades son no pocos púlpitos eclesiásticos, en los que se incorpora acríticamente cualquier dato que pueda contradecir, no solo lo que siempre se ha enseñado, sino la Verdad en sí misma. Pero como es de todos sabido, la Iglesia es la única institución que se ha podido permitir desde siempre el lujo de mantener a los propios detractores con cargo al presupuesto.
Aunque el año 2023 comenzó con el anuncio del fallecimiento del admirado Papa Benedicto XVI y con la triste noticia de la muerte instantánea en accidente de tráfico del joven sacerdote Enrique Álvarez Moro, ha sido un año éste de la habitual actividad diocesana, que es increíblemente continuada y, a la vez, poco conocida, y que no puedo glosar ahora con la extensión que se merece, pero sí, al menos, enumerar en una mínima parte: la nueva sede de Cáritas, junto al arzobispado; el nuevo museo de Covadonga, la creación de la Fundación “Educatio Servanda”, la siembra de una nueva semilla en Gamia, Benín, con la bendición de la iglesia de san Francisco; la constante atención a los bienes inmuebles y muebles de las parroquias. En lo que llevamos de año se han invertido en torno a dos millones de euros en obras de restauración de templos, casas rectorales, cementerios y otras instalaciones de la Iglesia. De abandono del patrimonio eclesiástico, nada de nada. Al contrario. Es una de nuestras más perentorias ocupaciones.
A lo anteriormente dicho hay que añadir la Santa Visita Pastoral al arciprestazgo del Fresno, la ordenación de seis nuevos sacerdotes, la administración de sacramentos de iniciación cristiana a más de doscientos catecúmenos en la catedral en mayo y la inscripción de más de doscientos para el presente curso. Hemos de agradecer a la Conferencia Episcopal Española el que, al fin, haya publicado el material que se precisa para instruir a los catecúmenos en la maravillosa, luminosa e inigualable fe cristiana que nos llega a través de nuestra santa Madre la Iglesia.
Usted, Señor Arzobispo, recibió a los visitadores apostólicos de nuestros dos seminarios y asistió con la Conferencia Episcopal Española a la audiencia papal con motivo de la entrega del informe de esa visita, que, cuando llegue con las particularidades de cada diócesis, será de gran utilidad para saber en qué aspectos.
Otro encuentro mantenido con el Papa, esta vez en Lisboa, contó con una numerosa participación de jóvenes de nuestra diócesis, que, tras unos días de convivencia, reflexión y meditación en la capital lusa, regresaron a Asturias con una fuerte experiencia de Iglesia universal y de fortalecimiento de su fe ya de por sí, siendo jóvenes, audaz, libre y apostólica.
Usted, Sr. Arzobispo, como metropolitano, presidió el encuentro en Covadonga de Obispos, Vicarios y Arciprestes de la Provincia Eclesiástica, que versaron sobre la comunicación en la vida de la Iglesia y de los presbíteros, y como metropolitano despidió al hasta hace poco Obispo de Santander, Mons. Manuel Sánchez Monge, y recibió al nuevo Pastor de esa diócesis sufragánea de Oviedo: Arturo Pablo Ros Murgadas.
Hemos celebrado en este año la creación de un Cardenal asturiano, el luanquín y salesiano Padre Ángel Fernández Artime; el quincuagésimo aniversario de la Casa Sacerdotal Diocesana, de la Iglesia de San Miguel de Pumarín, en Gijón, y de la Iglesia de La Fresneda. Y nos hemos alegrado al saber que, con el inicio del Adviento, se ha recuperado la Misa dominical Valdediós, en donde reside desde hace unos meses la Comunidad de la Presencia de Dios, consagrada a la oración y a la atención espiritual de quienes la soliciten.
Al levantar ahora la vista de los papeles y extenderla sobre este auditorio, en el que está presente el personal que atiende día a día los servicios diocesanos, deseo manifestar públicamente la minuciosidad, la implicación y la competencia con la que desarrollan su respectivos encargos y cometidos y pedirles perdón y lamentar sinceramente el mal ejemplo que damos ante ellos los sacerdotes.
En este año, ha habido un acontecimiento de gran importancia y que no debe ser obviado en una circunstancia como ésta: la marcha de Angelín. De Angelín segunda fase, porque hubo una primera: la del Seminario en su día y hace ya mucho tiempo. De Angelín poco puedo deciros que no sepáis. Eso que no sabéis y yo podría contar debería ser en un libro. Y me estoy refiriendo a sus años de trabajo en la Casa de Santiago de Jerusalén y de su participación en las importantes campañas arqueológicas en las estuvo presente, así como en los decisivos acontecimientos políticos en el Próximo Oriente que están aún sin resolver, como podemos ver en la reciente crisis bélica en la franja de Gaza.
Finalmente, ha habido en este último trimestre unos encuentros por las tres vicarías territoriales para conocer un poco mejor la teología del evangelista san Lucas y, en concreto, su libro de los Hechos de los Apóstoles. Se cree que, al principio, ambos libros eran solo uno, que comenzaba en el capítulo 3 de Evangelio:
En el año decimoquinto del imperio del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, y Herodes tetrarca de Galilea, y su hermano Filipo tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanio tetrarca de Abilene, bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, vino la palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto. Y recorrió toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de conversión para perdón de los pecados, como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías: «Voz del que grita en el desierto: Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; los valles serán rellenados, los montes y colinas serán rebajados; lo torcido será enderezado, lo escabroso será camino llano. Y toda carne verá la salvación de Dios».
Pero a todo eso le faltaba algo. A ese gran relato de la vida de Jesús, de los apóstoles, de Pablo, de los diáconos, de los misioneros, de la Iglesia naciente, le faltaba algo. Le faltaba la Navidad. Y fue lo último que se incorporó a esa magna obra. Hemos realizado infinidad de tareas aquí, en casa, en donde quiera que hayamos estado, pero a eso si le falta la Navidad le falta algo. Le falta lo que debe haber siempre al final de los quehaceres: la esperanza de Isaías, la alegría de los pastores, la clarividencia nocturna de los Magos, la humildad del Bautista, la confianza de Simeón, la religiosidad de Ana Fanuel, el silencio meditativo de Zacarías, la fecundidad a última hora de Isabel, la paciencia de José, la fe de María, la exultación de los ángeles, la luminosidad de la estrella, la tenacidad de la mula, la perseverancia del buey, la paz en los corazones y las tablillas del pesebre, que son las de la cruz que no ha de faltar, para que nazcamos de nuevo, que se puede. Los relatos de la infancia, como los prólogos de los libros, se han insertado al final. Y esta Navidad, como todas, está al final del año para que iniciemos con espíritu renovado el año 2024.
Que la Curia diocesana de Oviedo le desea, Señor Arzobispo, que esté colmado de salud, paz y frutos de santidad sacerdotal.
Antes de concluir, deseo dar las gracias a Saúl, que nos acompaña todos los años con su arco para embellecer la lectura del Evangelio y el canto del villancico, y a la Asociación de belenistas que nos deja, para estas fiestas, esas imágenes hermosísimas del misterio navideño.
Sr. Arzobispo, todos los que componemos su Curia episcopal, y en este año en el que se conmemoran los 800 años de la tradición franciscana del Belén, le deseamos que tenga una santa y feliz Navidad.
Hay un libro, del que son autores los ingenieros Michel-Yves Bolloré y Olivier Bonnassies, que ha tenido mucha difusión en Francia y la está teniendo actualmente en España: “Dios. La ciencia. Las pruebas. El albor de una revolución”. Robert W. Wilson, Premio Nobel de Física en 1975, escribió el prefacio para la edición original en lengua francesa.
En esta obra se hace un repaso de algunos temas de la mayor relevancia hoy en el ámbito de la cosmología en su relación con la teodicea y la teología: la muerte térmica del universo, la teoría de la relatividad, el big bang, el principio antrópico, el paso de lo inerte a la vida, la contingencia del universo, el comienzo del tiempo, las matemáticas y la lógica o la verdad de la Biblia.
Contemporáneamente al de Bolloré y Bonnassies, se publicó en España uno de José Carlos González-Hurtado, presidente de EWNT España, “Nuevas evidencias científicas de la existencia de Dios”, en el que trata de mostrar cómo es posible encontrarse con Dios a través de la ciencia y la razón, ya que las nuevas contribuciones de la física, la cosmología, la biología y las matemáticas apuntan hacia su existencia.
Estos libros, y otros de la misma temática y orientación, son para uso principalmente de creyentes, a los que se les ofrecen datos, pruebas empíricas o argumentos, que les permitan apreciar con facilidad la razonabilidad del acto de creer. No son para convencer a nadie, sino para que quienes tienen la inmensa suerte de gozar de la fe religiosa no se dejen amilanar por quienes los motejan de irracionales y anacrónicos.
Ayudan a que se vea que, en el cristianismo, existe coherencia entre lo que se cree, se lee, se investiga, se siente, se hace y, en definitiva, se vive. Y es de sentido común el reconocer que, si los argumentos de libros como los de Bolloré-Bonnassies y González-Hurtado fueran tan evidentes y convincentes como se asevera en las sesiones para promover la venta de libros en estas fechas, habría una multitud de científicos a la puerta de la Iglesia solicitando el bautismo o el retorno a ella. Y no parece que sea el caso. Es más, puede que provoquen en algunos una furibunda reacción en contra. De modo que a este tipo de tratados no hay que exigirles lo que no les compete realizar.
Fue sobre todo el Concilio Vaticano I el que enseñó con autoridad dogmática que a Dios se puede llegar por la razón y por las creaturas, tal como se lee también en la carta a los Romanos (1,20). La probación, sin embargo, ha de ser de orden filosófico, puesto que Dios no es un ser material. Los datos empíricos apuntan hacia su existencia, pero no son ellos los que la demuestran, sino que es la articulación filosófica de esa información la que permite volar hacia las alturas o las profundidades divinas. La escalera es la razón, no el dato en sí mismo.
Hace unos años, el jesuita Manuel María Carreira Vérez impartió, ante unas mil personas, una conferencia sobre fe y ciencia en el Auditorio–Palacio de Congresos “Príncipe Felipe” de Oviedo. La mejor de todas las que yo he escuchado a lo largo de mi vida. Fue de tal rigor, precisión y dominio de la materia, que el público estaba fascinado a la vista de aquel espectáculo de voz, saber y ciencia.
Mas ¿eran sus conocimientos de física los que tenían cautivado al auditorio? Pues no. Era su capacidad de asociar datos, muy sólidos, coadyuvantes al fin que se proponía alcanzar con su discurso. Y esto gracias a su formación filosófica, que era la que lo había dotado de los rudimentos que se precisan para abordar las cuestiones fundamentales de la existencia humana con la destreza de un cirujano, para saber ir a lo esencial, establecer distinciones proporcionadas, correlacionar lo aparentemente disociado y construir un relato lógico, clarividente y con sentido. Sobre datos fehacientes y hechos incontrovertibles, naturalmente.
A pensar y a redargüir ante las impugnaciones, por parte de los que se han empeñado siempre en denostarla, de la racionalidad de la fe cristiana, del credo o del dogma era lo que se enseñaba antes en los seminarios, en la especialidad denominada “Apologética”. Fue eliminada de los programas de formación, al igual que la oratoria. Tal vez no estaban bien planteadas, para estos tiempos, ni la una ni la otra en el momento de la cancelación, pero, como puede verse, hay demanda de una modalidad de discurso y de literatura que, en el ágora de nuestro mundo, muestre con lucidez, exactitud y libertad, la coherencia interna de las verdades de la fe, los hallazgos de los científicos y los principios de la moral evangélica.
Jorge J. Fernández Sangrador
La Nueva España, domingo 17 de diciembre de 2023, p. 28

En el suelo del presbiterio de la basílica de san Esteban de Jerusalén hay una lápida con una inscripción que indica el lugar de enterramiento de Marie-Joseph Lagrange, dominico francés, fundador de la famosa Escuela Bíblica y Arqueológica de la Ciudad Santa y de la revista bíblica más importante de todos los tiempos, la Revue Biblique.
El Padre Lagrange, cuyo proceso de beatificación ha sido ya incoado, nació en 1855 y murió en 1938. Exiliado en España, al igual que otros dominicos expulsados de Francia en 1880, residió en Salamanca, y en su renombrada Universidad se inició en el conocimiento de la lengua hebrea.
En septiembre de 1883, y en la ciudad del Tormes, fue ordenado diácono; en octubre hizo la profesión religiosa solemne; en diciembre celebró la primera misa en la iglesia del convento de san Esteban, ya que fue ordenado presbítero en Zamora; anteriormente, en diciembre de 1880, había recibido, en Ávila, las órdenes menores y el subdiaconado. Tras una larga y fructífera vida, no exenta de dificultades, prolífica en prestigiosos trabajos científicos sobre asuntos de Biblia y arqueología, el eminente dominico escribió, al final de sus días, unas páginas memorables en las que evocaba con emoción su estancia en Salamanca.
El Padre Lagrange abandonó España en 1886. Años más tarde, en 1903 y 1905, publicó sendos libros, que constituyen, en la Iglesia católica, el punto de arranque de la aplicación del método histórico a la lectura de la Biblia. Fue una gran figura de la exégesis, que, en san Esteban de Jerusalén, hizo que produjeran fruto las semillas que llevaba en su morral de predicador mendicante, proporcionadas por sus hermanos, hijos como él de santo Domingo, en san Esteban de Salamanca.
Jorge Juan Fernández Sangrador
Revista «Vida Nueva», 26 de febrero de 2008

Algo está sucediendo en el panorama de la exégesis escrituraria que afecta a la relación lector-texto y repercute seriamente en la recepción e interpretación de la Sagrada Escritura por parte de las comunidades que forman la Iglesia. Así lo ha puesto de manifiesto Joseph Ratzinger – Benedicto XVI en su libro sobre Jesús de Nazaret. Y tiene que ver con la aplicación del método histórico.
¿Cómo nació y qué devino? Los tres nombres elegidos para conducir este periplo se hallan en el origen, no del método en cuanto tal, sino de su incorporación a la exégesis católica. No se trata de acometer ahora la ardua labor de hacer una historia de la cuestión, sino de poner sobre la mesa algunos datos que permitan conocer mejor el ambiente en el que se forjó la personalidad de quienes trabajaron denodadamente por implantar un sistema, bien articulado científicamente, de análisis e interpretación del texto de la Biblia y de la tradición literaria del cristianismo antiguo.
Aunque, si se atiende a la fecha de nacimiento, el orden de los apellidos debiera ser otro, a saber, Lagrange, Hyvernat, Batiffol, sin embargo, la secuencia que se ha elegido para encabezar esta reflexión parece la más conveniente. No cabe duda de que Lagrange, cuya obra perdura hasta el día de hoy en la escuela que fundó, que tan lealmente cultiva su recuerdo y sigue publicando la revista científica creada por él, Revue Biblique, en Jerusalén, es, de los tres, el más relevante; Batiffol colaboró con él, y sus estudios sobre los orígenes del cristianismo y la historia de la Iglesia han tenido mucha difusión. Hyvernat, en cambio, volcado enteramente en el estudio de las lenguas orientales, fue menos popular, pues el alto grado de especialización que se requería para leer y entender su producción científica hacía que fueran principalmente élites intelectuales las que pudieran estar al día de los resultados de sus investigaciones.
Estos tres estudiosos de la Biblia, del cristianismo primitivo y de las lenguas antiguas desarrollaron su labor investigadora y docente en lugares distintos: Lagrange en Jerusalén, Batiffol en Toulouse y en París, Hyvernat en Roma y en Washington; pero, aun así, estuvieron profundamente unidos durante toda su vida. ¿Cuál fue la circunstancia que los vinculó entre sí a lo largo de su fructífera existencia temporal? El tiempo que pasaron juntos en el Seminario de Issy-les-Moulineaux. Fue durante el curso académico 1878-1879. Un año solamente. El hecho merece ser destacado. Unos meses de formación sacerdotal originaron una amistad íntima, cultivada después en la distancia geográfica, que iba a perdurar hasta el fin de sus vidas y a hacerse presente de diferentes maneras en los cambios inminentes que se avecinaban en lo referente al modo de leer la Biblia en la Iglesia.
Lagrange describió con emoción los días de Issy. Allí, entre los sulpicianos, comenzó a sentir “un gusto apasionado” por la Palabra de Dios. Cuando decidió entrar en el Seminario, su padre le sugirió que, ya que sólo le quedaba un año para obtener el doctorado, acabara los estudios. Así lo hizo. Sin embargo, Lagrange conoció al irlandés M. Hogan, superior de Saint- Sulpice, que lo aceptó como seminarista externo; le recomendó que leyera a san Pablo, comenzando por 1 Tesalonicenses.
Lagrange traía ya una buena base humanista adquirida en el Seminario Menor de Autun, en donde había estado anteriormente y en donde adquirió un conocimiento sólido del griego –hasta el punto de saber de memoria el tercer evangelio- y de varias lenguas modernas, así como de geología y arqueología. Por si fuera poco, en cierta ocasión, habiendo estado enfermo, para que se pusiera al día en los estudios, su padre le buscó un profesor, humanista, que hizo que progresara notablemente en el conocimiento de las lenguas clásicas.
Al abandonar el Seminario Menor, Lagrange hizo balance de los estudios realizados, y él mismo se sorprendió de lo completo que había sido el programa de formación, particularmente el de griego. Lagrange dedicará, años después, a los maestros de Autun, su libro Critique Textuelle, como muestra de agradecimiento. También Henri Hyvernat amaba a sus profesores de antaño. Había cursado humanidades en el Seminario Menor de Saint-Jean de Lyon y, cuando, en 1877, entró en Issy, se manejaba bien en lenguas clásicas y modernas. No es extraño que lamentara, siendo ya profesor, que hubiera bajado tanto el tesón y el nivel intelectual de sus alumnos. Pero en Issy habrían de experimentar algo nuevo: la amistad fundada en el estudio de la Biblia y de la Filología.
Cuando se encontraron en Issy, Lagrange tenía 23 años; Hyvernat, 20; Batiffol, 17. De esa etapa de su vida, da cuenta Lagrange. Puesto que el paso por el Seminario Mayor era, para él, un período de prueba, antes de ingresar en la Orden de Predicadores, se entregó con ahínco a la lectura de la Biblia y particularmente del Evangelio. Se propuso hacerlo metódicamente. Batiffol e Hyvernat compartían esa misma afición, aunque la filosofía no debía de ser una disciplina fuerte. Lagrange dejó escrito que, en esta etapa de su vida, estuvo profundamente unido a Hyvernat por el estudio de las lenguas, que el religioso dominico calificó de “apasionado”, y a Batiffol por una amistad segura y desprendida.
Esos meses fueron inolvidables para Lagrange. Años más tarde, al igual que en su día hizo con los de Autun, dedicó el comentario del evangelio de san Mateo, pensando que sería ya su último trabajo, a los profesores del Seminario de Issy, profundamente agradecido por la formación recibida, tanto bíblica como espiritual, en esa institución que, por otra parte, tan importante había sido para la Iglesia en Francia. Mas no era éste un pensamiento de última hora, cuando la vida llega a su ocaso, sino que la mente de Lagrange había volado en múltiples ocasiones a Issy. En una carta escrita a Hyvernat desde Jerusalén, el 15 de febrero de 1935, cuando hacía ya cincuenta y seis años que los tres se habían separado para seguir caminos distintos, Lagrange preguntaba: “Où sont les jours d’Issy?”
Où sont les jours d’Issy? Se conservan sesenta y cuatro documentos, que son, en su mayor parte, cartas enviadas por Lagrange a Hyvernat, desde Bourg, Salamanca, Roybon (Isère), Toulouse, Jerusalén (Turquie d’Asie), París, Roma, S. Bernard du Touvet (Isère), Lyon; de Hyvernat hay cuatro manuscritos; de A.A. Vaschalde, uno, que es una carta a Lagrange a propósito de un trabajo que envió para su publicación en la Revue Biblique, con el fin de completar la lista de manuscritos coptos elaborada por Hyvernat.
La primera carta, enviada por Lagrange a Hyvernat, tiene fecha del 9 de j(ulio?) de 1879, es decir, en las primeras vacaciones después de haber estado en Issy; la última, a la que se ha aludido en el párrafo anterior, fue escrita el 15 de febrero de 1935, tres años antes de su muerte (10 de marzo de 1938), y en ella se pregunta por los días de Issy. Lo había hecho ya en cartas anteriores; en otras, simplemente había evocado aquellos días memorables, sin formular expresamente la pregunta. Asociado a los recuerdos de Issy, menciona a Batiffol en seis cartas, aunque no son las únicas en las que habla de él a Hyvernat, ni éste, de él, a Lagrange. La primera vez que Lagrange menciona Issy, en la correspondencia epistolar con Hyvernat, es en una carta que le envía desde Salamanca, en donde, unos meses antes, había celebrado la primera misa y hecho la profesión religiosa solemne. Le recuerda su amistad en Cristo y lo felices que han sido, en Issy, leyendo a Esquilo bajo los árboles del parque. Exiliado en la ciudad del Tormes, el joven dominico le comunica que sus superiores le han encargado que se especialice en Sagrada Escritura y le pide consejo. Aunque estudia hebreo desde hace tres años, se siente solo y ligeramente desorientado. Además, lo de las raíces nunca se le ha dado bien, sobre todo retenerlas. Le pregunta también qué otras lenguas es preciso saber. Él mismo se adelanta a sugerir el siríaco y el árabe. Pide igualmente que le indique cuáles son los mejores diccionarios y en dónde puede adquirirlos.
La segunda carta fue enviada desde Toulouse por el mismo motivo que la anterior. Tras evocar a Batiffol y la buena relación existente entre los tres en Issy, Lagrange pide a Hyvernat que lo ponga al día en los estudios bíblicos. Ha solicitado permiso del padre provincial para ir a Roma con el fin de seguir los cursos de Hyvernat, pero no se lo concede; se le permite, en cambio, que, durante el verano, si es que cabe la posibilidad, haga los deseados cursos. Lagrange pide entonces a su amigo que le dedique algunas horas en París, aprovechando el período de vacaciones. Lagrange le confesará más tarde que todo este asunto lo ha cogido ya demasiado tarde y además sin maestro.
La tercera carta fue enviada desde Jerusalén. Lagrange se lamenta de que Hyvernat no escriba en la Revue Biblique, pero no desespera de que llegue a hacerlo, como Batiffol, que es de tanta ayuda para él. No en vano la Providencia los ha unido en Issy. Si a Hyvernat le parece que la revista no está a la altura de su nivel científico, es precisamente por lo que se le pide que envíe un artículo, con el fin de que aquella no derive hacia la vulgarización, pues el objetivo que Lagrange se ha marcado es el de que aparezca ante los no católicos como una publicación seria y rigurosa. Se aborda, en esta carta, el tema Loisy.
No era ésta la primera vez que Lagrange escribía a Hyvernat para hacerlo partícipe de sus proyectos. En 1890 le había hablado ya de la creación de una escuela práctica de estudios bíblicos en Jerusalén y le rogaba que, además de hacerle publicidad, enviara uno o dos alumnos y dinero. En 1891 le había pedido que colaborara en la creación de un boletín científico, pues Lagrange pensaba que Dios había propiciado el encuentro entre ambos para que, juntos, hicieran algo que fuera de provecho; en esta carta, Lagrange da cuenta de cómo ha concebido la que después sería la Revue Biblique. En 1892 le recuerda que sigue esperando su artículo y estudiantes para la escuela; se necesita dinero y Lagrange le expone la idea de que un dominico vaya a América a recaudar fondos.
La cuarta carta fue enviada desde Jerusalén. En ella, Lagrange ruega a Hyvernat que, si va a Roma, intervenga para pacificar los ánimos; habla del Padre Vincent y de su salud, así como del estudio de éste sobre los cananeos (“je crois que cela fera époque”); deja caer que le gustaría pronunciar alguna conferencia en América; muestra gran entusiasmo por el estudio de la Masora cuya publicación está en trámite; menciona la colaboración, en el pasado, de Guidi y confiesa su deseo de que siga haciéndolo en el futuro; bromea con el rumor que circula acerca del posible nombramiento episcopal de Batiffol y, al hilo del comentario, le vienen a la mente antiguos recuerdos: “Où sont les bons jours d’Issy?”.
La quinta carta, escrita en París, acusa el recibo del dinero que ha enviado Hyvernat, a la vez que se lamenta de la mala salud de éste; retoma el rumor del episcopado de Batiffol y completa la información con una confidencia del propio interesado a Lagrange: lo ha rechazado; comunica la aparición de su comentario a la carta a los Romanos; pide colaboración escrita para la Revue Biblique; refiere novedades sobre Vincent, Dhorme y Jaussen, movilizados a causa de la guerra; evoca la primavera en Issy.
En la sexta carta, escrita en Roybon Isère, hace saber que ha recibido el estudio de A. Vaschalde y que, en la Revue Biblique, existen dos niveles en cuanto a los trabajos que se publican en ella; comunica que ha sido sometido a una operación, aunque lo que realmente lo preocupa es la disminución de la vista para la lectura; refiere las novedades sobre la guerra en Europa; informa sobre la situación en que se encuentran Vincent, Dhorme, Jaussen y Savignac, y que los turcos se han llevado trescientos volúmenes de la escuela; se lamenta de que los jesuitas proyecten abrir un instituto bíblico en Jerusalén por las consecuencias que ello puede acarrear a la escuela dominicana; recuerda los días de Issy.
La séptima carta enviada desde Jerusalén acusa el recibo del cheque enviado por Hyvernat y se interesa por la salud de éste, que ha sido sometido a una operación; comenta algunas cuestiones sobre manuscritos; se lamenta de que los estudios bíblicos de los dominicos de Jerusalén tengan mala reputación en Roma, mientras que, en París, no puede ser mejor; confiesa que está existencialmente cansado; recuerda la fiel amistad, nacida en Issy, entre los tres.
La octava carta es particularmente emotiva, pues, al conmemorar la ordenación sacerdotal, recuerda que, en Issy, entraron juntos en la vida clerical; anuncia que prepara un manual de crítica textual del Nuevo Testamento; comenta algunas cuestiones relativas a manuscritos y cursa consultas sobre crítica textual; menciona nuevamente Issy y la amistad, indestructible, mantenida durante tantos años, que se ha de convertir en oración a la hora de la muerte.
La novena y última carta del archivo fue enviada desde Jerusalén y trata de la operación de vesícula a que se vio sometido Hyvernat; comunica la publicación del libro sobre crítica textual del Nuevo Testamento, que saldrá a la luz con las opiniones que Hyvernat ha ido transmitiendo a Lagrange epistolarmente; pide, como siempre, la colaboración científica y literaria con la escuela bíblica; diserta sobre una teoría acerca del origen del evangelio de san Juan; recuerda los días de Issy y anuncia que Jean Batiffol, sobrino de Pierre, y, al igual que éste, historiador, va a ingresar en el Seminario de París. Se diría que, en la vocación sacerdotal de Jean Batiffol, Lagrange ve el inicio de un nuevo ciclo, pero que es, a la vez, por muchas razones, continuación de la historia precedente, en la que él, junto con sus dos amigos de siempre, ya han consumado o están a punto de consumar la carrera ¡quién sabe si el joven Batiffol encontrará, en el Seminario de Paris, compañeros de la estatura intelectual y espiritual de aquellos que él conoció en Issy!
Como ya se ha dicho más arriba, Hyvernat se marchó a los Estados Unidos, por eso no participó directamente en los avatares en que se vieron inmersos Lagrange y Batiffol. Sin embargo, las cartas que hemos dado a conocer atestiguan la comunión vital existente entre ellos, con idependencia de las actividades concretas en las que estuviera comprometido cada cual, pues, en el fondo, había una experiencia irrepetible de hallazgos compartidos durante las horas de estudio en el Seminario de Issy, a la que se veían permanentemente remitidos, y que produciría, además, importantes efectos en la exégesis escrituraria.
Ciertamente, sin el encuentro de Issy, no habrían tenido lugar las conferencias de Toulouse, publicadas en forma de libro y que constituyen, en la Iglesia Católica, el punto de arranque de la aplicación del método histórico en la lectura de la Biblia; Batiffol ayudó a Lagrange cuando puso en marcha la Revue Biblique, e hizo, además, en los primeros años, desde París, las funciones de secretario; Lagrange correspondió colaborando en el Bulletin de Littérature Ecclésiastique, creado por Batiffol. E Hyvernat lo hizo con ambos, desde la distancia geográfica, en la medida y el modo que le fueron posibles. Quede, pues, como testimonio fehaciente de cuán determinante puede ser un solo año de formación en el seminario y cuáles han sido las bases sobre las que se han construido tres proyectos vitales distintos, que, sin embargo, han hallado el punto de convergencia en el sacerdocio y en la Palabra de Dios.
Publicado en la revista Helmántica 74 (2023) 233-247
Véase el artículo completo con las notas en:
https://revistas.upsa.es/index.php/helmantica/article/view/931/645
https://revistas.upsa.es/index.php/helmantica/article/view/931

Marie-Joseph Lagrange
Pierre Batiffol
Henri Hyvernat
Sucedió en esta semana que pasó: fans del equipo de fútbol Olimpique Lyonnais despliegan una pancarta en honor de la Virgen con motivo de la solemnidad de la Inmaculada Concepción. En la laica Francia. Igualito igualito que en España.

El Cabildo de la Catedral de Oviedo se enteró por la prensa del 19 de abril de 2021 que el acceso al albergue de peregrinos que se pretende crear en el Real Monasterio de San Pelayo será por los jardines de la Catedral.
Era de suponer que, puesto que se trata de un espacio que da acceso a la Capilla de Santa María del Rey Casto, en la que se celebra diariamente el culto y es Panteón Real, la Catedral fuese debidamente informada. Y escuchada. Es por ello por lo que el Cabildo presentó un escrito, con fecha 21 de octubre de 2021, en el Ayuntamiento de Oviedo, en el que lo instaba a que no emprendiese la acción irreversible de abrir un acceso independiente desde los jardines de la Catedral al proyectado albergue del Monasterio de San Pelayo y a que no alterase la fisonomía de ese hermoso y recogido lugar del Oviedo histórico que es el Jardín de los Reyes Caudillos.
De nada ha servido. El pasado 30 de noviembre se dio nuevamente la noticia en la prensa de que el Principado mantiene su propósito de «abrir un acceso directo al edificio de Las Pelayas desde las inmediaciones del Jardín de los Reyes Caudillos». Se ve que lo están hablando a tres bandas el Principado, el Ayuntamiento y las monjas, y trazando ya un protocolo de actuación.
Resulta incomprensible el que la Dirección General de Cultura y Patrimonio del Gobierno del Principado de Asturias haya dado su aprobación al proyecto, pues, en ese lienzo de la pared del Monasterio de San Pelayo, colindante con el Jardín de los Reyes Caudillos, no procede abrir una vía de acceso que descomponga el entorno monumental catedralicio, del que forman parte integrada los amplios espacios que lo circundan y que no deberían ser empleados para usos de hospedería. Ni siquiera monástica. Y de ningún modo para extensiones de hostelería. La escalera, el rellano y el Jardín de los Reyes Caudillos constituyen una entrada ceremonial a la Catedral.
Por otra parte, si se trata de ofrecerles a los peregrinos la acogida que se merecen, no cabe imaginar un área de recepción mejor que el majestuoso portón del Monasterio de San Pelayo en la calle del Águila, por el que se accede a un patio interior, en el que los usuarios del albergue podrán dejar sus pertenencias: coches, bicicletas, motos, caballos, borriquillos, mascotas, mochilas, ropa, calzado y todos los elementos que se precisan para hacer el Camino de Santiago. De este modo, el Jardín, la Plaza y los aledaños de la Catedral se mantendrán despejados y limpios, como corresponde en una ciudad que se precia de ser una referencia cultural para las demás capitales de provincia españolas y sueña con que la Unesco la proclame Patrimonio Mundial de la Humanidad.
Jorge Juan Fernández Sangrador
La Nueva España, domingo 10 de diciembre de 2023, p. 28
Cuatro décadas son, según la Biblia, el tiempo que dura una generación. El número cuarenta no es sólo la suma de unidades que se van añadiendo cada doce meses, sino que, en su totalidad, indica que se ha alcanzado una cima, que se ha logrado la madurez, que el proyecto vital se ha consumado y que se ha perfeccionado aquello que se encontraba “in fieri”, en proceso, en búsqueda de la plenitud.
No significa esto que la Historia haya llegado a su final, sino que ha concluido una etapa y que, en la que se inicia después de la de la primera y laboriosa andadura de autodefinición, de construcción y de estabilización, en la que se han cosechado no pocos éxitos, será preciso, en la segunda, concebir nuevas metas, reclutar a personas jóvenes y trazar los métodos que mejor convengan a lo que exigen los tiempos.
El grupo Prensa Ibérica cumple cuarenta y cinco años de existencia. Ha traspuesto, pues, el umbral del cuadragésimo de su primera etapa vital y se ha adentrado en una segunda y nueva, incoada en estos cinco últimos años, que son, por decirlo siguiendo la idea que la Biblia tiene de la sucesión de las generaciones, los de un hoy que es en realidad un momento de inflexión entre el ayer y el mañana.
Mas los responsables de Prensa ibérica saben bien que no se trata de realizar adaptaciones coyunturales, de mejoras puntuales o de modernización instrumental, sino que lo que tienen ante sí es la fisura cultural e intergeneracional de enormes dimensiones que singulariza a nuestro tiempo, la cual es descrita como un fenómeno absolutamente único, nunca antes acaecido en la historia de la humanidad.
Hay que dejarse tranquilizar, con todo, por el sereno qohélet, como el de la Biblia, que, de vez en cuando, en alguna parte, aquí y allá, alza su voz para recordarnos que, aunque todo lo que está aconteciendo aparezca como un “novum” insólito, inusitado e inabordable, no hay que sucumbir temerosos ante las emergentes incertidumbres: «Lo que pasó volverá a ocurrir: nada hay nuevo bajo el sol. De algunas cosas se dice: “Mira, esto es nuevo”. Sin embargo, ya sucedió en otros tiempos, mucho antes de nosotros» (Eclesiastés 1,9-10).
En efecto, hay que desdramatizar. Cuando se fundó Prensa ibérica en 1978 se debatía si el nombre y la realidad de la Iglesia católica debía figurar en la Constitución española o no. Algunos tal vez pensaron que era una entidad ya sin significación y sin proyección de futuro. Mas prevaleció el sentido común y fue incluida. En el artículo 16.
Desde entonces, al igual que ya sucedía con anterioridad, no hay día en el que la luz de la Iglesia no brille en los medios de comunicación social con el fulgor de la belleza de su historia y de su mensaje, mostrando lo importante, esencial y capilar que es su presencia y su actividad en la vida pública de nuestro país.
Y esto gracias, en gran medida, a los periódicos de Prensa ibérica, que fungen de correa de transmisión entre el quehacer de la Iglesia en todos y cada uno de los pueblos de España y los miles de lectores de los diarios del Grupo. Allí, en cualquier lugar de nuestra geografía en el que haya una realidad eclesial, están siempre sus profesionales para informar de cuanto compone el día a día de la vida de la Iglesia en aldeas, villas y ciudades: obras en templos, fiestas, cofradías, cáritas, cursillos, campamentos, coros, campañas o exposiciones artísticas, por citar sólo algunas de las más representativas de las infinitas realidades que existen en las diócesis.
Sí, es éste ciertamente un tiempo de inflexión entre un ayer y un mañana, para todos, también para los medios de comunicación social y para la Iglesia, pero no de una preocupante, sino, como acreditan sus respectivas andaduras, de una apasionante y esperanzada inflexión.
Jorge Juan Fernández Sangrador
Número especial con motivo de 45.º aniversario del grupo Prensa Ibérica, 6 de diciembre de 2023, página 289

Es la tarde del sábado 27 de octubre. Le pregunto al conductor del taxi que me lleva a casa:
– «Las luces ornamentales que hay colgadas sobre la calle, ¿son todavía las de las fiestas patronales de septiembre?»
– Responde: «No, son las de Navidad».
– Pregunto: «¿Tan pronto?»
– Responde: «Sí. Están instaladas ya en todos los barrios de la ciudad».
– Protesto: «¡Pero si faltan todavía dos meses para la Navidad!»
– Responde: «Es que dicen que, si no, no les da tiempo a ponerlas».
Lo entendí cuando leí que hay una carrera a nivel nacional para ver quién enciende primero las luces navideñas. El Adviento, que empieza hoy, llega tarde. Se le adelantó la Navidad. Una Navidad sin Adviento.
El Adviento nació en suelo hispano. Ya en el Concilio de Zaragoza del año 380 se establecieron algunas disposiciones para que se observasen entre el 17 de diciembre y el 6 de enero, fiesta de la Epifanía. Esos veintiún días son el germen del actual Adviento. Los galos empezaron a celebrarlo más tarde, en el siglo V. Y lo de que dure cuatro semanas se debe al papa san Gregorio Magno (siglos VI-VII). Eran tiempos aquellos en los que todos nos copiaban. Así que el Adviento lo hemos creado nosotros y llevamos celebrándolo en la Península ibérica desde hace más de mil seiscientos años.
En las parroquias se sabe que estamos en Adviento por la casulla morada del sacerdote y el paño de ese mismo color que cubre el ambón de las lecturas de la Misa; por las cuatro velas, tres moradas y una rosada, de la corona que ahora se estila tanto, importada del norte de Europa, con una más alta y blanca en el centro; por el canto del «¡Ven, ven, Señor, no tardes!» y porque hay cajas con cosas del belén y adornos navideños por los rincones de la sacristía. Y nada más.
Debería haber, al igual que en Cuaresma, conferencias de Adviento que versasen sobre alguno de estos temas: la esperanza, el sentido de la existencia, la escatología, la paz, la alegría, la humildad, la pobreza, los textos celebrativos de la liturgia hispana, la singularidad de la Virgen María, las figuras de san José y de san Juan Bautista, los ángeles y los profetas; el origen de la Navidad y el del día de su celebración, dejando bien claro que la designación de la fecha del 25 de diciembre no fue para cristianizar una fiesta pagana.
En Adviento, además, la liturgia invita a estar vigilantes, a mantenerse en vela. Sería conveniente rezar en días señalados el Oficio de Lecturas de la Liturgia de las Horas. Y para que la comunidad celebre sobriamente el Día del Señor, pero que no deje de celebrarlo, estaría muy bien el ofrecer a la feligresía un ágape después de la Misa dominical con dulces de los que se hacen sólo en Adviento, o requesón con miel, o caldo, o vino caliente con especias, o refrescos de frutos silvestres, o castañas acompañadas de zumo de manzana.
En España no existe la costumbre, pero se puede iniciar: regalar velas con frases de los profetas de Israel o del Evangelio, alusivas a la venida del Mesías o al nacimiento de Cristo, para ponerlas encima de un mueble del salón de casa o de la mesa del comedor, y que estén encendidas mientras se reza el Rosario, y en especial los misterios gozosos, o se lee la Biblia en familia, o durante las comidas, e iluminen con resplandores de esperanza los hogares.
Y es ahora también, cuando comienza el año litúrgico, el momento de adquirir un almanaque bonito y original, en el que figuren bien visibles las fiestas cristianas de los doce próximos meses y para que, teniéndolo a la vista, se programen, en familia, actividades conjuntas, sin tener que echar mano constantemente del calendario del teléfono móvil.
El de Adviento es, sin duda, de los cuatro períodos que componen el año cristiano, el más hermoso. No dejemos que el alocamiento, el frenesí, el dispendio, la superficialidad y el secularismo fútil lo ahoguen. Y que lleguemos a la santa Navidad sin que le hayan faltado a ésta ni la preparación, ni la luz, ni el calor, ni la alegría, ni la esperanza, ni la belleza del Adviento.
Jorge Juan Fernández Sangrador
La Nueva España, domingo 3 de diciembre de 2023, p. 28
