Sólo hay que ver cómo los han colocado en la foto, hecha en la propia sede de uno de los arzobispos, y a quién han colocado en el centro, para darse cuenta de quién manda realmente, o pretende mandar, en el patrimonio eclesiástico. Hablan de patrimonio «cultural», no sean que al adjetivarlo como lo que es, «religioso», se moleste alguien.
Y venga a colocar el váter y los contenedores de basura bien pegaditos al monumento. Y eso que justo al lado está el conservatorio de música, que es de propiedad pública y está cerrado por vacaciones.
Podían ponerlo, si es que es necesario, ahí, no en la fachada de una propiedad privada, como es el archivo de la catedral, en el que se custodian, además, algunos de los documentos más antiguos de Asturias. ¿A qué no lo habrían hecho junto el archivo de Simancas?
En cualquier otro ayuntamiento serio ya tendrían una sanción ejemplar por atentado contra el patrimonio. Aquí es el propio ayuntamiento el que les pone las instalaciones eléctricas por la fachada de un BIC.
Y esto es la antena de wifi para la zona: ¿en dónde mejor que en el muro de un monumento?
A esto es a lo que está entregando la Iglesia sus templos: a la irracionalidad y al mal gusto.
Lo de la «magia» es como para partirse de risa, si no fuera porque lo que realmente dan son ganas de llorar.
«Y pienso: ¡Quién me diera alas de paloma para volar y posarme! Emigraría lejos, habitaría en el desierto, esperaría en el que puede salvarme del huracán y la tormenta» (Salmo 55/54/, vv. 7-9)
En Viveiro están en plena celebración del “Resurrection Fest”. El “Resu” le llaman. Asisten miles de personas de las más variadas procedencias geográficas corrientes del rock, hard, heavy y metal. Se definen a sí mismos como “satánicos”.
Allí se van a representar durante el fin de semana, en una capilla que parece una estación del tren de la bruja, cuarenta bodas, en las que las parejas se combinan entre sí de todas las formas posibles en las que a la gente le gusta hacerlo hoy. Ni son bodas ni son nada. En realidad, son parodias de las que se celebran por el rito católico. Han tenido mil quinientas solicitudes.
A esa simulación la denominan «resumonio». El ministro del rito hace todo tipo de aspavientos para mostrarse como ciudadano del infierno. Alguien debería decirle a ese plagiario de cura que como acabe cayendo en manos del diablo, el de verdad, a base de tanto invocarlo, va a quedar bien enterado de lo que es tenerlo de huésped.
Da igual que se advierta, que se repita y que se insista, porque nadie hace caso: cuidado con realizar ese tipo de juegos, pues muchas de las personas que se prestan a ello terminan en la consulta del exorcista. Decía Nicolás Gómez Dávila que «el máximo error moderno no es anunciar que Dios murió, sino creer que el diablo ha muerto».
El ”Resu” de este año se inauguró con la actuación de Alice Cooper. Tiene 76 años y ha sido uno de los pioneros del rock gótico. Dado su aspecto, cuando se pinta el contorno de cada uno sus ojos para actuar, mejor es que no haya de verse uno en el trance de tener que montar a solas con él en un ascensor. Resulta, sin embargo, que es creyente: «Sé, como cristiano, que Jesús es mi Salvador».
Se siente muy orgulloso de que su padre hubiera sido misionero entre los apaches y su abuelo entre los sioux. Lee diariamente la Biblia y va los domingos a la iglesia. «Soy cristiano», confiesa. De siempre. «Desde niño he sido creyente. Es una de esas cosas que no puedes explicar, pero no me convencerán de lo contrario». Lo que sucede, reconoce abiertamente, es que le gusta montar ese tipo de espectáculos y, como le va bien con un público que se siente atraído por su estilo, es a lo que se dedica.
Es también como para que dé que pensar lo que ha sucedido en el festival de Eurovisión de este año. Dos cantantes ucranianas, Alyona Alyona y Jerry Heil, han concursado con una canción dedicada a la Virgen María y a santa Teresa de Calcuta. Se titula “Teresa & Maria”. La letra dice algo así: «La Madre Teresa y la Virgen María están con nosotros. Descalzas, caminan por el suelo».
Quedaron las terceras. Cosa rara, porque, tratándose de una canción de temática católica, lo normal es que hubiera ido a parar a uno de los últimos puestos, los de la cola, por detrás de España, que ya es decir. Yo creo que, en aquel zuriburri y con tanto montaje audiovisual, el jurado no entendió bien la letra, porque otra explicación no cabe. A no ser que haya más catolicismo en ese mundo festivalero de lo que se cree.
Otro caso significativo es el del croata Baby Lasagna, que quedó el segundo en Eurovisión con la canción “Rim Tim Tagi Dim”. El argumento versa sobre el tránsito de la sociedad rural a la urbana. Actuó moviéndose agitadamente sobre un escenario en el que había fumarolas y efectos luminosos y sonoros impactantes, y unos acompañantes que vestían extrañamente, con la cara amortajada, y otros que se revolvían y emitían rugidos. Las mangas de la casaca del cantante estaban hechas con una malla de arandelas, como las de un somier, a la altura del brazo, y eran aparatosamente abullonadas a la del antebrazo. En fin, muy en consonancia con el estilo de la edición de 2024.
Sin embargo, este joven, de nombre artístico Baby Lasagna, al que impusieron el de Marko en el bautismo, Marko Purisic, y que luce unos aros enormes en los lóbulos de las orejas, asiste, como buen católico, a Misa, lee diariamente la Biblia, quiere ser santo, admira a san Pablo y al Padre Pío, se dirige espiritualmente con un sacerdote, llora viendo la serie The Chosen y destina una buena parte de su dinero a obras de caridad.
Pertenece a una familia de práctica religiosa y fue educado en la fe católica, pero, al igual que otros jóvenes, se apartó, en una etapa de su vida, de la Iglesia, llegando a manifestarse incluso como anticristiano. Volvió a la fe cuando, tras una fuerte crisis interior y la conversación con un sacerdote, tuvo, en el momento más duro, oscuro y punzante de su desorientación existencial, una íntima experiencia de que Dios le decía sin palabras, haciéndoselo sentir muy adentro: «Tú eres mío».
Y, desde ese mismo instante, a Baby-Marko le cambió la vida, porque a una declaración así sólo cabe corresponder con esta otra: «Sí, tuyo. Y tú, mío». Y todo, entonces, se hace inconmensurablemente grande, nuevo, hermoso, infinito.
Jorge Juan Fernández Sangrador
La Nueva España, domingo 30 de junio de 2024, p. 30
Dominique Ponnau, historiador del arte, director de l’École du Louvre y firme defensor de la naturaleza cultual de las iglesias que componen el patrimonio histórico y cultural religioso de Francia, falleció el pasado mes de abril en París. En 2004 publicó un libro con el título «La beauté pour sacerdoce» (La belleza como sacerdocio).
Durante un viaje que realicé a la capital de Francia, lo vi expuesto, como novedad bibliográfica, en los anaqueles de Galignani y lo compré, no sólo por el contenido, sino por lo significativo que me resultó el título.
El libro caía en mis manos justamente en el período de mi vida en el que estuve plenamente incorporado a la Universidad Pontificia de Salamanca ejerciendo de profesor en la Facultad de Teología.
E hice una trasposición del título del libro a mi situación personal en la Academia salmantina: la universidad como sacerdocio. Porque hay quienes lo ejercen en una parroquia, o en una capellanía o en una misión.
Y los hay que desempeñan su ministerio sacerdotal en la universidad. Algunos de éstos han sido grandes figuras del pensamiento, de las humanidades, de la teología y de la docencia, pues también esa actividad es de carácter pastoral, y sus libros son aún hoy referentes irreemplazables de la cultura cristiana en su intento de acercamiento a la sociedad contemporánea.
El vínculo existente entre las universidades y la fe católica es patente si se tiene en cuenta quiénes fundaron las que son consideradas, por su antigüedad, históricas, quiénes velaron por su inicial andadura y quiénes les dieron identidad, renombre y futuro. Y fueron, en todas esas etapas, personalidades eclesiásticas.
Hoy, al ir desmarcándose de sus orígenes religiosos, las universidades estatales españolas proponen las asignaturas referentes al hecho cristiano como opcionales. Sucede así en la Universidad de Oviedo, en la que se imparten aún cursos de ese campo del saber y del espíritu, al igual que en las más prestigiosas de Alemania, en las que las «Geisteswissenschaften», las ciencias del espíritu, gozan de gran prestigio. Y en ellas entra naturalmente la Teología.
He tenido el privilegio de ser profesor de esta materia en la Facultad de Formación del Profesorado y Educación de la Universidad de Oviedo, en donde, llamada en otro tiempo Escuela Normal, se formaron los maestros de mi infancia. Ha sido una experiencia magnífica y la ocasión para conocer a personas extraordinariamente interesantes, tanto de los cargos directivos y del personal administrativo y de servicios, como de los profesores y de los alumnos.
Acabo de jubilarme y puedo decir de estos últimos, de los alumnos, lo mismo que manifestó Jacques-Bénigne Bossuet, obispo y célebre orador en Francia, respecto al Delfín, al que el rey Luis XIV le confió para que fuese el preceptor. Habiendo aceptado de no muy buena gana el encargo real, Bossuet reconoció que, al cabo de los años, había descubierto cuánto se puede aprender de las preguntas formuladas por un joven. Así también yo con mis alumnos de la Universidad ovetense, que han elegido libremente cursar la asignatura de «Mensaje cristiano» para completar su formación humanista y cristiana.
Gracias a todos ellos por su saber estar, por su interés intelectual y por su participación empática. Me han surtido, con sus comentarios y confidencias, de relatos biográficos sumamente interesantes e impactantes, que no olvidaré jamás.
Estos años en la Universidad han sido para mí de incalculable riqueza: en aprendizajes, en relaciones y en prodigalidad. Y eso que la materia que impartí podía ser considerada por algunos como inapropiada en aquel contexto de métodos pedagógicos y de implementos tecnológicos.
Digo esto porque lo mío era la Biblia, a la que el poeta, pintor y grabador inglés William Blake calificó de «gran código del arte». Basándose en esta sentencia, el profesor canadiense Northrop Frye publicó, en 1982, su conocida obra «The Great Code. The Bible and Literature», en la que trató de mostrar cómo la Sagrada Escritura es el gran código, la clave de interpretación, de la cultura occidental.
He ido viendo con el paso del tiempo que lo que confiere actualidad a un curso sobre Biblia es el adentramiento, con ánimo de filólogo, amante de la narración y de la poesía, en su léxico hebreo, arameo y griego para rescatar lo que en él se contiene de permanente, nuclear, existencial y humano. «So all my best is dressing old words new» (Revestir de novedad las palabras antiguas es lo que mejor sé hacer), escribió Shakespeare en uno de sus sonetos. Y eso es precisamente lo que intenté hacer en mis clases de Biblia en la Facultad de Formación del Profesorado y Educación: revestir de novedad palabras antiguas.
Y que no faltasen, además, las referencias a la belleza: «Lo que hayáis de decir, enseñar o hacer en el aula, que sea siempre expresado con belleza», les insistí. Esto resulta muy fácil de llevarlo a efecto en un curso sobre la Biblia, dada la correlación existente entre ésta y la historia del arte ¡Ha sido tan inspiradora la Biblia y ha generado, como decía Blake, tanta hermosura pictórica, escultórica, arquitectónica y literaria a lo largo de los siglos! De hecho, todas y cada una de sus perícopas pueden ser explicadas e ilustradas por medio de una obra de arte, como apreciará el lector si tiene un poco de tiempo para asomarse al sitio web “Christian Art”.
Me pregunto a menudo qué habrá sido de aquellos alumnos que Dios puso en mi vida y si les habrá sido de utilidad algo de lo que les expliqué con el apasionamiento de quien cree en lo que enseña, y le pido a Él que los sostenga siempre con la fuerza todopoderosa de su amor, a ellos y a los miembros que componen la gran familia de la Facultad de Formación del Profesorado y Educación de la Universidad de Oviedo, así como la de la Universidad Pontificia de Salamanca.
Jorge Juan Fernández Sangrador
La Nueva España, domingo 23 de junio de 2024, p. 24