La Biblia de Danila

La abadía benedictina de la Santísima Trinidad de Cava se halla a unos tres kilómetros de la pequeña ciudad de Cava dei Tirreni, en la región de Salerno, en el meridión de Italia. A los pies del cenobio corre, rumoroso, un arroyo, el Selano, que desciende de las cumbres que coronan el parque de los Montes Lattari. Restos de un acueducto del siglo I o II de la era cristiana se mantienen aún en pie. Transportaba el agua a los predios de una familia patricia, gens Metella, de quien tomó su nombre el monte hendido por el Selano: Mitilianum.

Por encima del monasterio se encuentra el pueblo de Corpo di Cava, con hermosas casas, calles empinadas y sumamente silencioso. La naturaleza se muestra exuberante en esas montañas, tupidas de boscaje, que se yerguen majestuosas entre el Vesubio y Vietri, y contemplan, desde su altura, el azur del mar Tirreno y la feracidad de la evocadora Campania. Eso sí, un viento ululante, húmedo y frío, cumple el ingrato deber de recordar a monjes, huéspedes, peregrinos y lugareños, que el ameno paraje es también un éremo.

La abadía de Cava es imponente. San Alferio Pappacarbone la fundó en 1011. Durante los mil años de su existencia ha estado habitada ininterrumpidamente por monjes. Después de san Alferio la rigieron los abades san León de Lucca, san Pedro y san Costabile, y los beatos Simeón, Falcone, Marino, Pedro II, Bálsamo, Leonardo y León II. El actual, dom Michele Petruzzelli, proviene de la abadía benedictina de Santa María de la Scala, en Noci, en la que fue prior y maestro de novicios.

Desde 1394, en que Bonifacio IX lo elevó a sede episcopal, hasta que, en 2013, dejó de ser abadía territorial, el monasterio tuvo períodos de desigual desarrollo y esplendor. La magnificencia de la basílica, del siglo XVIII, y de las dependencias destinadas a morada de monjes, clérigos, novicios, seminaristas y empleados, permiten darse una idea de cuáles fueron, a lo largo del tiempo, su grandeza y poderío. De allí, por cierto, partieron hacia Australia, en 1844, dos monjes del monasterio compostelano de San Martín Pinario: José Benedicto Serra y Rosendo Salvado. Habían tenido que abandonar España a causa de la desamortización llevada a cabo por Juan de Dios Álvarez Mendizábal. Estos benedictinos fundaron, en 1846, la misión de Nueva Nursia, la cual llegaría a ser un faro extraordinario de irradiación cristiana en las tierras avistadas por Pedro Fernández de Quirós en el hemisferio sur, a las que bautizó con el nombre de Austrialia del Espíritu Santo en homenaje a la Casa de Austria, según refirió él mismo en el memorial octavo que envió en 1606 al rey de España,

La abadía de Cava es famosa por su archivo, ornado con pinturas de estilo pompeyano y amueblado con armarios del siglo XVIII. Pertenece al Estado, si bien el abad es su custodio, quien, con la ayuda cualificada de los monjes, vela por la preservación de sesenta y cinco códices membranáceos y quince mil pergaminos. En él se conservan tratados de san Gregorio Magno, san Jerónimo, Hugo de San Víctor, Pedro Lombardo, san Bruno Astense, Pedro de Capua, Genadio, san Martín de Braga, san Benito, san Clemente I, Zacarías Crisopolitano, san Ambrosio, Inocencio III, Aristóteles, san Efrén, san Juan Crisóstomo, san Anselmo, san Cesáreo de Arlés, san Agustín, Cicerón y san Bernardo, entre otros autores.

Los documentos más importantes son los clasificados como Cava 1 (Biblia de Danila, del siglo IX), Cava 2 (Etimologías, de san Isidoro, del siglo VIII), Cava 3 (san Beda, del siglo XI), Cava 4 (Codex Legum Langobardorum, del siglo XI), De septem sigillis libri IV (obra de Benedicto de Bari, monje de la abadía; es del siglo XIII y versa sobre los principales misterios de la vida de Cristo) y el pergamino Morgen Gabe (donación de la mañana), del siglo VIII: un documento en el que el marido otorga, en la mañana después de las nupcias, un cuarto de sus bienes.

Dom Leone Morinelli, monje archivero, hojea con sumo cuidado, y guantes blancos, los códices y los pergaminos. Dice que, en la Biblia de Danila, se aprecian las trazas de dos manos, que han procurado atenerse a la contextura del soporte sobre el que han escrito, como da a entender la maña con la que se han eludido los huecos u ojos, y que la primera parte del códice es claramente superior. Se llama de Danila porque, en donde comienza el prólogo a la profecía de Ezequiel, se lee “Danila scriptor”. En el monasterio existe la idea de que podría haber sido llevado hasta allí por el antipapa Gregorio VIII, Mauricio “Burdino”, que fue obispo de Coimbra y arzobispo de Braga. Recluido como prisionero en la abadía de Cava, en 1121, habría portado consigo la Biblia y la habría donado o dejado en el cenobio. Téngase en cuenta que éste fue, por su alejamiento de núcleos de población, carcer domini papae, es decir, cárcel de papas, y que en él estuvieron presos tres antipapas. No hay que excluir, empero, que el códice se hallase entre aquellos que el príncipe salernitano Guaimario IV donó a san Alferio en 1035.

Fue Teófilo Ayuso Marazuela, reconocido especialista en Crítica Textual, quien afirmó que la Biblia de Danila pudo haber sido manuscrita e iluminada en Oviedo, en el siglo VIII o a principios del IX, y llevada a Italia por un monje que huyó de la invasión mahometana. En la edición de esta biblia, promovida en 2010 por el Gobierno del Principado de Asturias, a través de la Consejería de Cultura y Turismo, en la que, coordinados por César García de Castro Valdés, han participado Paolo Cherubini, Alfonso García Leal y José Antonio Valdés Gallego, se expone el estado de la cuestión acerca de la datación y del lugar de confección textual.

Ahora, el profesor Paolo Cherubini, Vice Prefecto del Archivo Secreto Vaticano, está estudiando las glosas que figuran en los márgenes y espacios interlineales del texto bíblico, las cuales constituirían el primer testimonio de exégesis escrituraria en Asturias. A ver qué resulta. Como es de suponer, no todos los investigadores comparten las inferencias expuestas más arriba, pero cualquier vía de investigación que se abra en otra dirección ha de tenerlas en cuenta, aunque no sea más que por la amplia difusión que han tenido. Los monjes de la abadía de Cava las conocen bien y las refieren con benedictina sapiencia a quien peregrina hasta aquella altura hermosa para ver la que pudiera ser la biblia de Asturias.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, 16 de octubre de 2016

Amar en un pulmón de hierro

Paul Richard Alexander tenía seis años, y no había aún vacuna, cuando contrajo la polio, que lo dejó inmovilizado de cuello para abajo. Y, mientras le llegaba la hora fatal, pues los médicos le dieron pocos meses de vida, lo encapsularon en un pulmón cilíndrico de hierro para que le resultase más fácil respirar.

Paul aprendió a administrar, a pesar de la atrofia que padecía, el beneficio que recibía de la máquina y logró no sólo sobrevivir, incluso estando algunas horas fuera del encierro, sino cursar estudios de derecho y llegar a ser abogado. Falleció hace unos días con setenta y ocho años.

Escribió como pudo, sin prisa, con paciencia, su autobiografía, que redactó valiéndose de una pluma que conducía con la boca o bien con la ayuda de alguien que trasladaba al papel lo que le iba dictando. Quedaron consignadas así, en un cuaderno, sus vivencias y su extraordinario testimonio de lucha, tenacidad y decisivas victorias personales.

El libro autobiográfico se titula “Three minutes for a dog. My Life in an Iron Lung” (Tres minutos por un perro. Mi vida en un pulmón de hierro). Convendría que alguna editorial se preocupase de traducirlo al español. Hará mucho bien a quienes la lean.

El título se debe a que una persona que atendía a Paul, cuando era pequeño, le ofreció como regalo un perrito si se arriesgaba a estar, ¡horror!, tres minutos fuera de la máquina. Seducido, con todo, por la idea de tener una mascota, aceptó el reto. Y poco a poco aprendió a respirar por sí mismo, lo cual le permitió actuar fuera del cilindro metálico durante horas y trabajar como abogado.

Paul creció en la fe cristiana, que sus padres profesaban. De hecho, en la boca del pulmón de hierro hizo colocar una cruz y esta inscripción del Evangelio de san Juan (3,16): «Porque tanto amó Dios al mundo». Este amor, del que se nutrió, como oxígeno del alma, toda su vida, fue el que le infundió esperanza, deseo de superación y un carácter jovial, afable y positivo.

Si el lector siente curiosidad por saber algo más acerca del Paul Alexander, encontrará algunos vídeos en internet que le permitirán apreciar el drama, el humor y la luz que emanan de su bondadosa persona. Las imágenes colgadas en TikTok, Facebook e Instagram, en las que aparece dentro de la máquina que llegó a ser parte de él, gozan del aplauso de miles de admiradores. Para muchos de éstos, Paul ha sido un referente importante de tesón, superación y serenidad en sus vidas golpeadas por el sufrimiento, las limitaciones y el sinsentido.

De modo que no es preciso que uno sea una gran estrella del espectáculo, del deporte, de la belleza, de la locución o de la espiritualidad para que lo busquen, lo sigan y lo quieran en el universo de las redes sociales. Basta con estar ahí, incluso con dificultades en la expresión oral y sin tener que mostrar un aspecto físico atrayente según los cánones de la estética fitness, basta con estar ahí infundiendo ánimo, fe e ilusión a quien se sienta desmotivado para seguir viviendo y necesite un impulso vigoroso para emprender iniciativas particulares de realización personal.

Es maravilloso el que haya corazones a los que no los atenaza nada, sino que son absolutamente libres para amar, agradecer, alegrar y bendecir. La situación a la que la enfermedad abocó a Paul Alexander no lo aherrojó interiormente en la desesperación, la amargura, la tristeza, la dureza ni la frialdad del hierro, material al que le debe, como él mismo reconocía, la vida. Es por ello por lo que lo consideraba como una parte de su carnal organismo.

Ha logrado sobrevivir durante siete décadas como una crisálida. Una crisálida de amor. Le costaba respirar, pero infundió, con su hálito entrecortado y su fatigado resuello, aliento a los desalentados. Paul ha sido liberado ahora de las constricciones de la existencia temporal y ha alzado el vuelo, como mariposa que sale de la cápsula, culminando así el proceso de metamorfosis, hacia el encuentro de Dios, el de sus padres, el que es Amor, el que nos da su Pneuma, el que ha venido al mundo para decirnos que somos una semilla sembrada en tierra y destinada a florecer en una vida que no tiene fin, el Dios de la cruz y del amor que lo cuidó y lo santificó en el universo ilimitado de un cilindro de hierro.

La Nueva España, domingo 7 de abril de 2024, p. 36

https://www.theguardian.com/society/2020/may/26/last-iron-lung-paul-alexander-polio-coronavirus?fbclid=IwAR2ET2sLtFv_XJ7dkbxZR1ODlFjfV3VOMUytrwVZorgptX3h-PbCLBti_X4_aem_AUkr7H2Uv2NDzQNim1XsOES5rUwUZ8cCscQOpnApKursUGRrieYrrhh58TF19S5stPZ5CVM_c4lfGaRZFoe6G5oN

Ateos, escépticos y humanistas

La universidad más prestigiosa del mundo, la de Harvard, cuenta con veintiséis capellanías: bahá’í, budista, hindú, católica, ortodoxa, metodista, adventista, zoroástrica e islámica, entre otras. En el campus existe también una capellanía en la que se agrupan humanistas, agnósticos, escépticos y ateos. Fue fundada en 1974 por Thomas Ferrick, después de haber abandonado el ministerio sacerdotal, que ejerció en la archidiócesis de Boston hasta 1969.

Actualmente hay capellanías humanistas en varias universidades de los Estados Unidos. Forman parte de la American Humanist Association, que, desde 1941, trabaja en favor de los derechos de cuantos sostienen que la realización del bien y el logro de la excelencia moral se alcanzan sin necesidad de creencias religiosas. “Buenos sin Dios” es el lema. Sin embargo, no se muestran indiferentes ante la religión. Además del Día de Darwin y de los solsticios, en el calendario humanista se señalan fechas conmemorativas de rupturas entre la Iglesia y el Estado o la ciencia y la fe. Son the secular holidays, como, por ejemplo, el 23 de diciembre, fiesta de la luz, la compasión, la razón y la esperanza.

Por otra parte, la habilitación de ministros humanistas, hombres y mujeres, para conducir celebraciones del matrimonio, nacimiento o muerte, o de otras vivencias personales o de grupo, se ajusta a los parámetros de formación que se requieren para el desempeño de esas mismas funciones en las comunidades cristianas o judías de América. Y para ejercerla en las mismas condiciones legales que los rabinos y los clérigos. El uso de la estola, o de la kipá, o de ambas a la vez, como prendas rituales de los ministros de las celebraciones no teístas visibiliza la tradición religiosa de la que se proviene y a la que se aspira a suplantar. El lector curioso puede ver un muestrario de ornamentos en los sitios web Happy Humanist Stoles y Kit’s Karma Creations.

El hecho de que una capellanía de humanismo ateo haya sido erigida en igualdad de condiciones que las de las confesiones religiosas, en una universidad privada y puritana de Estados Unidos, no es un fenómeno equiparable al de España en la última década en lo que se refiere a la consideración social de la religión. Aunque existan concomitancias en la pretensión de revestirse de su paño volviéndolo del revés: transformando una iglesia en restaurante, auditorio o pista de patinaje, la Navidad en saludo al sol, la cabalgata de Reyes en parade del mes nivôse republicano francés, Dios en Energía, Enmanuel en la Fuerza te acompañe, los Evangelios en guion de película provocativa, las hostias consagradas en teselas de un mosaico o las sacristías en almacenes de utillaje para carnaval. Es la irreverencia en compañía de la extravagancia. Emmanuel Todd lo atribuye a que la humanidad vive por primera vez sin ninguna creencia metafísica.

Este sociólogo judío francés ha publicado un ensayo, ¿Quién es Charlie? Sociología de una crisis religiosa, que ha suscitado una vehemente controversia sobre la situación en la que se halla sumida actualmente Francia. “El fantasma del catolicismo habita en la izquierda”, afirma. Son impactantes sus consideraciones sobre laicismo, religión y política, en una sociedad que se jacta de racional, moderna y liberada de costumbres anacrónicas, pero que sigue siendo incuestionablemente deudora –aun sin declararlo- del catolicismo. En él se han originado los valores de su predilección. Ahora, empero, parecen discurrir entre desconcertantes desvaríos, tal como G.K. Chesterton apuntó en su libro Ortodoxia: “El mundo moderno está lleno de viejas virtudes cristianas que se han vuelto locas”.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, 17 de enero de 2016

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Estola humanista:

Screenshot

El ciempiés

Rita: Tú mira pa’hí.

Roque: ¿El qué?

Rita: El ciempiés esi.

Roque: ¿Onde?

Rita: Los cures.

Roque: ¿Los que entren per la puerte en procesión?

Rita: Sí, esos. Mira qu´estolaxa (*).

Roque: Pa ser un ciempiés va derrangau a más no poder. Paez que i falten pates.

Rita: Va cad´un como i da la gana. No son quienes a tar unu juntu a otru como Dios manda.

Roque: Y que lo digas. No logren ponese d´acuerdu ni pa dir en orden pasillu alante.

Rita: Habíen de colocalos d´unu’n’unu.

Roque: Ya, pa que por llevar la contraria vayan de dos en dos.

Rita: Efetivamente.

Roque: Y mira aquelli: el que va saludando y sobando al primeru de cada bancu.

Rita: Jaz feu. Y no se ta quietu, no. El fatu d´elli, ¿no parará con eses manes?

Roque: Va como un tibetanu templu arriba, rabilando cada molinillu d’oración que topa.

Rita: ¿Y esos sayones esfarxoletaos que lleven dalgunos per encima?

Roque: Son cogulles. Llámense cogulles.

Rita: ¡Madre, qué traces!

Roque: Ora engalánense asina: unos con normalidá y otros con cogulla.

Rita: ¡Eses mangones!¡Y la caperucha! ¡Aplastuñaa!

Roque: Muyer, ellos con tal de tar dividíos y de distinguise unos d´otros jacen lo que sea.

Rita: Mira, a dalgunos vénseyos los playerucos per debaxu’l sayu.

Roque: Cálcenlos sobre tou los que tienen ya una edá. Depués de vieyos, gaiteros.

Rita: Hailos que no tan revestíos.

Roque: Sí, tienen idees propies sobre´l sacramentu.

Rita: ¿No dicen Misa tos los dís?

Roque: ¡Qué va!

Rita: ¿Y aquelli co´l patchwork (*) colgandoi del pescuezu? 

Roque: Esi jui misioneru. Diz que i gusta seguir pusiendo (*) la estola de colorinos que i tejieren exprofesu pa elli per onde tuvo allá´lantrones.

Rita: ¡Home, quita pa´llá! ¡Con tantu colorín enriba más que misioneru paez otra cosa!

Roque: No te pases, Rita. Por ciertu, ¿a ti paezti propiu el que besen l´altar jaciendo esi ademán con el anu cara’l que vien detrás?

Rita: Pa ná, Roque, pa ná. Vengo diciéndolo yo jaz tiempu.

Roque: Pues e verdá, dijístimilo cuando ti saqué el tema n´otra ocasión. No sé qué mi pasa: estoy quedándome desmemoriau.

Rita: Ya ti lo noté yo, pero no ti diji nada. Ala, y ora tate calladín, eh, que da comienzu el santu sacrificiu.

Roque: Luego que no se mi olvide diciti lo de aquelli que no e pa cerrar el picu. Menudu cascabeleru …

Rita: ¡Chisss! Ciérralu tú tamién.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 31 de marzo de 2024, p. 23

(*) «Estolaxa» es como lo decía mi madre. En asturiano suele decirse «estolaxe».

(*) Cosido de piezas de tela en un conjunto mayor.

(*) «Pusiendo»: el gerundio se construye con el pretérito indefinido del verbo poner. Así, por ejemplo, en Sotu la Sertal.

Masarnau

Las conferencias cuaresmales de la catedral de Notre-Dame de París son, desde 1835, las más famosas del mundo. Surgieron por idea del joven laico Frédéric Ozanam, beatificado por Juan Pablo II en 1997. Aunque, al principio, el arzobispo de París albergaba dudas sobre si convenía que tuvieran lugar en Notre-Dame, cuando se decidió a dar su aprobación consideró que la denominación más adecuada era, siguiendo el consejo de los que avalaban la propuesta de Ozanam, la de «conferencias».

Nada de sermones, charlas o pláticas, sino conferencias de teología impartidas desde el púlpito de la catedral. Y el primer orador fue el famoso padre Lacordaire, dominico, quien logró proyectar luz sobre las cuestiones más candentes de aquel tiempo valiéndose solamente de los principios de la fe cristiana y del dogma católico.

Las de este año tienen lugar, mientras concluyen las obras de reparación de Notre-Dame, en la iglesia parisina de Saint-Germain l’Auxerrois. Versan sobre literatos y sacramentos. Es decir, sobre cómo cada uno de los seis escritores seleccionados han vivido la experiencia de la participación sacramental y cómo ésta los ha introducido en una mejor comprensión de Dios, de la Iglesia, del hombre y del mundo.

El título del ciclo, que concluye hoy por la tarde, es este tan sugerente: «La mystérieuse musique des sacrementes. Littérature et spiritualité» (La misteriosa música de los sacramentos. Literatura y espiritualidad). Y lo escritores a los que fueron dedicadas las sesiones dominicales postmeridianas de esta cuaresma fueron:  Léon Bloy, Paul Claudel, Charles Péguy, Georges Bernanos, Joris-Karl Huysmans y Marie Noël.

Pueden seguirse en internet a través de KTO. A las 16,30. Hoy es la última. Promete ser interesante, porque es sobre una poetisa poco conocida en España: Marie Noël (1883-1967). Ha sido introducida ya la causa para su beatificación. Habrá que dedicarle en un futuro, en Asturias, algún acto cultural y religioso de aproximación a su vida y a su obra literaria.

De mano de Ozanam y sus amigos nacieron también las Conferencias de San Vicente de Paúl. Contemporáneamente a las de Notre-Dame. Eran las dos laderas de un volcán en plena erupción: la de la fe y la del amor. Veritas et caritas. Las de San Vicente de Paúl fueron traídas a España por un músico, al que le cambió totalmente la vida después de haber confesado y comulgado, en 1839, en la iglesia de Nuestra Señora de Loreto, en París: Santiago de Masarnau y Fernández (1805-1882), en proceso de beatificación. «¡Día de sensaciones, grandes, puras, benéficas! ¿Cómo podré agradecérselo al Señor?», dijo refiriéndose a esa fecha memorable.

Masarnau nació y murió en Madrid, pero se formó musicalmente en Londres y París. Amigo de los más renombrados compositores, su actividad artística fue extraordinariamente creativa. Mas su corazón estaba con los pobres, a los que se dedicó con toda el alma y a los que entregó todo cuanto estaba en su mano dar. Cuando murió Masarnau, Concepción Arenal, que había creado una Conferencia de San Vicente de Paúl femenina, dijo de él: «Hemos perdido un artista, un sabio y un santo».

El próximo martes 26 de marzo de 2024, en la Santa Iglesia Catedral de Oviedo habrá un concierto en el que se interpretarán, con órgano y piano, piezas del Venerable Santiago de Masarnau, que así es como se les llama a los que, estando en proceso de beatificación, han sido reconocidas por el Papa sus virtudes, vividas en grado heroico. Lo organiza la Sociedad de San Vicente de Paúl para conmemorar los ciento setenta y cinco años de la fundación de las Conferencias en España por el artista, sabio y místico Masarnau. De este modo, la caridad, la cultura y la santidad se harán presentes simultáneamente, gracias a la música, en un solo acto, en un lugar sagrado, en un contexto de oración cristiana, como exordio del Triduo pascual.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 24 de marzo de 2024, p. 26

Inteligencia artificial y sabiduría del corazón

Paolo Benanti es un fraile franciscano de la Tercera Orden Regular y profesor de la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, en la que dirige cursos sobre inteligencia artificial (IA) y ética. Su especialización en ese campo lo ha llevado a ser el asesor del Vaticano en cuestiones de IA, a sentarse en la mesa constituida por la ONU para evaluar los riesgos, las consecuencias y las oportunidades de la IA en la política internacional, y a presidir una Comisión, vinculada a la Presidencia del Consejo de ministros de Italia, sobre IA e información.

La inteligencia artificial es el futuro, no cabe la menor duda, pero comienza a dar muestras de poseer unos rasgos tan sumamente animales -¿o humanos?- que es como para estar preocupados. Su voracidad es insaciable. Parece que se traga unos 4.3 GW de energía en todo el mundo, que son, según dicen, los niveles de consumo de varios países pequeños juntamente, y se prevé que, en 2028, devore entre 13.5 y 20 GW. Para echarle de comer, la empresa Microsoft está pensando en construir reactores nucleares modulares.

La tragona de ella es, además, dipsómana. No de alcohol, sino de agua. Cuando Meta anunció que iba a crear un “datacenter” en las inmediaciones de Talavera de la Reina cundió el pánico entre los residentes en la zona, porque, con la sequía que hay, la empresa dijo que necesitaría 665 millones de litros de agua potable al año. Luego resultó que podían arreglarse con menos.

Según el informe “Global Cloud Computing Energy and Water Impact”, realizado por la Universidad de Nuevo Méjico, un centro de datos puede consumir entre 1.7 y 2.2 millones de litros de agua por día, principalmente para la refrigeración. De modo que, a ese paso, la IA acabará bebiéndose los océanos.

Pero lo más gordo es que tiene pulsiones criminales. Un equipo de científicos le pidió que tomara decisiones en situaciones de alto riesgo en una serie de simulaciones de juegos de guerra y la IA se decidió por la solución más efectiva: el empleo de armas nucleares. «¿Las tenemos? Pues úsense, ¿para qué andar con rodeos, negociaciones diplomáticas y componendas?», vino a decir. Y se quedó tan fresca.

Es, pues, comprensible que el Papa haya dedicado a las diversas formas de Inteligencia artificial su mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2024, en el que advierte:

«La búsqueda de tecnologías emergentes en el sector de los denominados “sistemas de armas autónomas letales”, incluido el uso bélico de la inteligencia artificial, es un gran motivo de preocupación ética. Los sistemas de armas autónomos no podrán ser nunca sujetos moralmente responsables. La exclusiva capacidad humana de juicio moral y de decisión ética es más que un complejo conjunto de algoritmos, y dicha capacidad no puede reducirse a la programación de una máquina que, aun siendo “inteligente”, no deja de ser siempre una máquina. Por este motivo, es imperioso garantizar una supervisión humana adecuada, significativa y coherente de los sistemas de armas».

De no seguir el rumbo correcto, al final, dice el Papa, el que acabará siendo «artificial» será el corazón del hombre.

Y de inteligencia artificial y sabiduría del corazón va el mensaje pontificio para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales 2024:

«No podemos esperar esta sabiduría de las máquinas. Aunque el término “inteligencia artificial” ha suplantado al más correcto utilizado en la literatura científica, “machine learning”, el uso mismo de la palabra “inteligencia” es engañoso. Sin duda, las máquinas poseen una capacidad inconmensurablemente mayor que los humanos para almacenar datos y correlacionarlos entre sí, pero corresponde al hombre, y sólo a él, descifrar su significado. No se trata, pues, de exigir que las máquinas parezcan humanas; sino más bien de despertar al hombre de la hipnosis en la que ha caído debido a su delirio de omnipotencia, creyéndose un sujeto totalmente autónomo y autorreferencial, separado de todo vínculo social y ajeno a su creaturalidad».

Así pues, fray Paolo Benanti tiene por delante una tarea inmensa. Seguramente se quedará solo defendiendo sus ideas y principios de antropología cristiana en un entorno al que todo eso debe de importarle bastante poco, o nada, pero, por su cualificación en los dominios de la inteligencia artificial, se ve que goza de reconocimiento internacional y su trabajo contribuirá, sin duda, a que la humanidad del mañana logre que la inteligencia artificial y la sabiduría del corazón corran de la mano en la apasionante misión de forjar una sociedad nueva, que, a día de hoy, no sabemos con certeza por qué derroteros va a transitar.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 17 de marzo de 2024, p. 26

El móvil

«Tomad y bebed todos de él», dijo el sacerdote que presidía la Misa, y, en ese instante, sonó la alarma de un teléfono móvil.

Stop en la consagración. Paró la Misa. Los concelebrantes se quedaron con las manos en suspensión, extendidas hacia el cáliz. El que trataba de establecer contacto con alguno de los que estaban en el templo a esa hora insistía, erre que erre. El presidente de la asamblea litúrgica decidió que la Misa no podía seguir adelante con aquella tabarra, porque música no era, pitidos tampoco. No sé definirlo. Algo como acuático.

Tenía que ser el celular de un cura, porque, cuando es el de un fiel, éste se pone inmediatamente nervioso e intenta apagarlo a toda prisa, pero la pantalla táctil no reconoce, en ese trance de apuro, las líneas digitales que la golpean. Al final, abandona, azorado, la iglesia.

Ciertamente debía de ser de uno de los curas presentes. Mas ¿de cuál? Pero, nada, no había modo de saberlo, ya que el dueño del aparatejo no movía ni un músculo. Ni del rostro, ni de los brazos, ni de las piernas.

En ocasiones como ésa suele ponerse cara de póker, a ver si así, al igual que cuando se le escapa a alguien una ventosidad, se diluye la culpa entre todos los asistentes. Es preciso decir, no obstante, que quienquiera que fuese, el sujeto vale para agente secreto. Esas estrategias de disimulo y de despiste son las que algunos gobiernos enseñan a niños, seleccionados desde los primeros días de su vida, para que, cuando sean adultos, ejerzan de espías.

Al cabo de un rato, cuando la intempestiva cantilena cesó, pudo proseguir serenamente la Misa. No me extrañaría que el cura del móvil, si es que era un concelebrante, fuese de los que arremeten desde el púlpito contra los actuales hábitos humanos de dependencia de cachivaches.

Los curas ¿por qué no dejan los celulares en la sacristía, o los ponen en modo silencio, antes de salir a Misa? ¿O es que, si coincide la llamada con otra parte de la celebración que no sea la de la consagración, van a atenderla? ¿Tal vez aprovechando que todos estén rezando el credo nicenoconstantinopolitano, el largo, por ejemplo? No sería de extrañar porque ya se ha visto de todo.

Es en este tipo de cosas en las que se aprecia la edad avanzada del clero. Y de los fieles. No hay Misa en la que no suene un teléfono. Es el de gente ya mayor. A un adolescente o a un joven no le sonará jamás, estando incluso todo el tiempo pendiente de él, pues sabe cómo hacer para que no se oiga. Ni siquiera la vibración.

Lo que adolescentes y jóvenes, en cambio, no pueden evitar es el que la luz de la pantalla no brille en una sala de cine. Entre las palomitas, el kétchup o la mostaza de los perritos calientes y las luciérnagas de los móviles no hay quien pueda estar relajado viendo una película. Wasapean todo el tiempo, mastican el maíz quebrándolo con ruido, es decir, ronzan, hacen partícipes a los espectadores de cuándo han llegado al fondo del barreño, que no vaso, de Coca-Cola, por la vehemencia con la que sorben por una pajita los residuos del refresco, y, además, hablan. Es preciso añadir que hay adultos que tampoco hacen mal todo esto. El hedor del kétchup o de la mostaza pertenece a otra gama de percepciones sensoriales, no a las auditivas.

En fin, que, después de todo, me quedo con los curas. Hasta con aquellos a los que les suena el teléfono durante la consagración. Y mi felicitación a las personas que gozan de esa magnífica puntería, la de acertar, desde sus casas, con ese momento de la Misa ¡Qué sincronía!¡Qué telepatía!¡Qué sinestesia! Llaman, por lo general para nada, no antes ni después, sino en el minuto exacto: «Tomad, comed», «Tomad, bebed».

Con un poco de perfeccionamiento, el celular podría llegar a suplantar, a distancia, a la campanilla de la elevación. He de averiguar si suena también, durante la oración comunitaria, en las mezquitas y en las pagodas. En las sinagogas, al menos los sábados no. ¿Y por semana? Lo preguntaré.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 10 de marzo de 2024, p. 35

En constelación

Agradezco de todo corazón el premio El Ciervo–Enrique Ferrán de periodismo, del que me hicieron entrega el pasado 29 de febrero de 2024 en el significativo espacio artístico y universitario «Elisava. Facultad de Diseño e Ingeniería de Barcelona».

Las primeras personas que, en 1968, recibieron el galardón fueron «ex aequo» el sacerdote riosellano Salvador Blanco Piñán (1911-1987) y el periodista barcelonés Agustí Pons Mir (1947-). Al primero le fue otorgado por su artículo «Hacia nuevas fronteras de la teología», escrito cuando era capellán del monasterio de agustinas recoletas de Oviedo.

Otro asturiano, el gijonés Jordi Doce (1967-), recogió, a principios de este año, el premio Lorenzo Gomis de poesía, promovido igualmente por la revista El Ciervo, que el jurado concedió a su poema «Descenso».

Blanco Piñán fue asiduo escritor de un periódico colegial salmantino que se titulaba «Incunable», dirigido por el canonista Lamberto de Echeverría, que, en su primer número, llevaba como encabezamiento el de «Revista de la Residencia Jaime Balmes de Salamanca».

No era la única revista que nacía a la sombra de la Universidad Pontificia de Salamanca, erigida en 1940 con el fin de restaurar, en la Ciudad del Tormes, los estudios de teología y de derecho canónico, suprimidos en 1852. Otras cabeceras de esos años eran «Pax», «Ambiente» y «Reparación», que confluyeron, en 1958, en la revista que aún se publica hoy «Vida Nueva», de la que fue director Bernardino M. Hernando, segundo ganador del premio El Ciervo–Enrique Ferrán, en 1970, por el artículo «La abolición de la pena de muerte».

De esos años es también la creación de la asociación «Propaganda Popular Católica», fundada en 1955. Hoy es sello editorial PPC y está, al igual que la revista «Vida Nueva», dentro del grupo SM.

Y bajo los auspicios de la Universidad Pontificia de Salamanca nació, en 1944, la Biblioteca de Autores Cristianos (BAC), que comparte un mismo logo con la revista El Ciervo. Se trata del ciervo del salmo 42, que comienza con el conocido verso en latín: «Sicut cervus ad fontes». Igual que va el ciervo hacia las fuentes de agua viva, así te anhela mi alma, Dios mío.

Además, tanto en el origen de la BAC como en el de la revista El Ciervo han estado presentes miembros de la Asociación Católica de Propagandistas.

¿Y por qué cuento todo esto?

Pues porque he sido profesor de la Universidad Pontificia de Salamanca, columnista de la revista «Vida Nueva», director de la Biblioteca de Autores Cristianos, mi último libro fue publicado por PPC y, en 2020, recibí el Premio «Ángel Herrera Oria» de periodismo, otorgado por la Universidad San Pablo-Ceu de Madrid, promovida por la Asociación Católica de Propagandistas.

Está claro que somos seres en constelación. Así que yo debía acabar necesariamente, de una forma u otra, en El Ciervo, que es, por otra parte, la primera revista de carácter social y cultural que manejé en mi vida. En el Seminario de Oviedo. Tenía yo dieciséis años.

Recuerdo el enorme esfuerzo intelectual que por entonces yo hacía para tratar de adentrarme del modo que fuese en un mundo de ideas que me rebasaba, dada la altura de los argumentos expuestos en sus páginas y la aún poco desarrollada trayectoria cultural en aquel tránsito mío entre la adolescencia y la juventud.

Fue la convocatoria de este concurso la que salió a mi encuentro cuando tuve que presentar hace unos meses a un periodista que ganó varios premios de relatos cortos. Buscando algunos de esos títulos en la red me encontré con el argumento de la «soledad» que la revista proponía para que se escribiese una reflexión sobre esta realidad que tiene, como todo lo humano, un aspecto bifronte: belleza y negación, sentido y caos, horizontes y rutina, esperanza y decepción.

Agavillé cuatro casos reales, en los que la soledad no es una maldición, sino una posibilidad de poder desarrollar la vida personal como uno desea que discurra. El de Luisa, la señora que reside sola en un pueblo de Asturias, se corresponde plenamente con la foto de Nara Fusté, alumna de Elisava, que figura en la portada del número de la revista. 

Sin embargo, los efectos negativos que la soledad está acarreando no sólo a personas ancianas, sino también a jóvenes, han llevado a los gobiernos del Reino Unido y de Japón a tomarse en serio esta situación de grave emergencia social y a crear el Ministerio de la Soledad (Ministry of Loneliness)

El teólogo Olegario González de Cardedal, amigo y colaborador de la revista El Ciervo, dice que, de los tres vocablos que existen en castellano para referirse a ella, «soledumbre», frente a «muchedumbre», sería, desde la perspectiva de las lesiones anímicas, el más adecuado, mientras que «soledad» se referiría a la necesaria distancia que se requiere para poder reconocernos a nosotros mismos y a los demás. «Solitud», el tercero, designaría la absoluta cerrazón de quien se afianza a sí mismo sin relación con nadie. Ni con los demás ni con Dios.

Reitero mi agradecimiento a Jaume Boix Angelats, director de El Ciervo, al igual que a los restantes cargos directivos y al personal de la revista por sus atenciones para conmigo, así como a los miembros del jurado que han tenido a bien concederme este galardón, que me colma de felicidad porque me une a quienes lo han recibido en ediciones anteriores con mayores merecimientos que yo y, sobre todo, porque me une a una historia intensa, poblada de personalidades de primer orden y de máxima categoría, colmada de logros y de realizaciones, como ha sido, es y será la de la revista El Ciervo.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 3 de marzo de 2024, pp. 24-25

El sacramento cuaresmal

Las oraciones en lengua española de la edición última del Misal romano han sido revisadas en su totalidad con el fin de que fuesen más fieles, en la literalidad, a los textos originales en latín.

Algunas resultan extrañas a oídos de quienes han empleado durante décadas la edición anterior. Una de ellas es ésta del domingo pasado, primero de Cuaresma, en la que se dice: «Dios todopoderoso, por medio de las prácticas anuales del sacramento cuaresmal (quadragesimalis exercitia sacramenti) concédenos progresar en el conocimiento del misterio de Cristo».

¿Qué es el sacramento cuaresmal?, se preguntan muchos sacerdotes y fieles, que no entienden bien a qué se está refiriendo esta traducción novedosa.

Y, para saber cuál es su significado, es preciso remontarse a la antigua y venerable consideración del tiempo de Cuaresma como el de un combate, el que emprende la Iglesia entera, ejército en orden de batalla, contra el Maligno, sus obras y sus seducciones, siendo el ayuno, instituido por Cristo mismo en el desierto, el arma más eficaz para derrotarlo durante la sagrada cuarentena eclesial.

El carácter militar puede apreciarse en la actual traducción de la oración colecta de la Misa del Miércoles de Ceniza: «Concédenos, Señor, comenzar el combate cristiano (praesidia militiae christianae) con el ayuno santo, para que, al luchar contra los enemigos espirituales (contra spiritales nequitias pugnaturi), seamos fortalecidos con la ayuda de la austeridad (continentiae muniamur auxiliis)».

¿Qué es entonces el sacramento cuaresmal? La primera acepción de «sacramentum» en este contexto es «juramento militar». Es decir, la firme determinación, el compromiso, la implicación personal, la convicción, la lealtad, la perseverancia con la que se van a acometer los entrenamientos, las maniobras, las pruebas, las estrategias que se precisan para alcanzar las victorias parciales y la victoria final del combate último. Y, por encima de todo, la promesa inquebrantable hecha a Dios de mantenerse en el propósito inicial y de tratar, por todos los medios posibles, a sabiendas de las dificultades que inevitablemente habrá que arrostrar y de los sacrificios que será necesario autoimponerse, alcanzar la meta y conseguir los laureles de la gloria.

Eso mismo es también lo que el pueblo cristiano se juramenta («sacramentum») que hará al salir a pelear, bajo el estandarte de Cristo, en una batalla que durará cuarenta días («quadragesimalis»), en la que, insisto, el arma principal será el ayuno, que purifica y autentifica la oración y la caridad. Éstas dos son, en realidad, de todos los días del año.

Hay que decir que hoy el ayuno ha quedado tan relegado en las prácticas cuaresmales que los sacerdotes ya ni saben cómo proponerlo en las vaguedades que predican acerca de la Cuaresma, presentándola como si fuese el paseo romántico de unos turistas que emprenden un viaje, en plan aventura, por un desierto de postal, privándose tan sólo de algunas, poquitas, cosillas. A Wadi Rum, en Jordania, por ejemplo. Nada que ver ni con la extenuante marcha de Israel hacia la Tierra prometida, según el libro del Éxodo; ni con la estancia de Jesús en las solitarias estepas a las que lo condujo el Espíritu para ser tentado por el diablo, ni con las asperezas del modo de vida de Juan el Bautista, ni con los rigores ascéticos de los primeros monjes cristianos de Oriente.

Por otra parte, aunque, en teología, la noción de «sacramento» está reservada principalmente a los sietes signos sensibles que, instituidos por Jesucristo, según el Concilio de Trento, comunican la gracia, estos cuarenta días gozan del privilegio, conferido por la Iglesia, de ser, por la observancia de la materialidad de las obras penitenciales, un sacramento, que, al igual que la Eucaristía, hace posible el que quien se aplica en cumplirlas, por inspiración y con el auxilio de la gracia, se adentre en los arcanos del misterio de Cristo. Se retomará esta idea en la oración sobre las ofrendas del domingo primero de Cuaresma: «El comienzo de un mismo sacramento admirable».

Así pues, la Cuaresma es un período sacramental en el que toda la Iglesia se encuentra en estado de Ejercicios espirituales. De aquí el que estas fechas sean muy apropiadas para hacerlos individualmente. Como a muchas personas les resulta imposible recluirse durante varios días, a causa de sus obligaciones familiares o profesionales, en una casa para Ejercicios, en ésta y en cualquier otra época del año, les cabe la posibilidad de participar en los que, desde el 4 al 8 de marzo, de 20,00 a 21,00 horas, se predicarán en la iglesia de San Tirso el Real de Oviedo. Serán unos Ejercicios espirituales, con el Evangelio de san Lucas, abiertos a todo el Pueblo de Dios.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 25 de febrero de 2024, p. 26

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