Libros

El Papa ha regalado hoy, 23 de diciembre, estos tres libros a los miembros de la Curia romana, durante el acto de felicitación navideña:

Convertir a Peter Pan. El destino de la fe en la sociedad de la eterna juventud

La piedra desechada. Cuando los olvidados se salvan

Palabra abusada. El chismorreo en las enseñanzas del Papa Francisco

La Madonna de Covadonga

Angelo Roncalli. patriarca de Venecia y luego Papa Juan XXIII, visitó, en 1954, el santuario de Covadonga, y, en cierta ocasión, escribió: “Yo amo a la Madonna de Covadonga como la amáis vosotros los asturianos. Tengo su imagen en mi dormitorio y para ella es mi primera oración de la mañana…”

En efecto, la imagen de la Virgen de Covadonga estuvo en la alcoba pontificia, al igual que anteriormente en el patriarcado de Venecia, tal como puede apreciarse en las fotografías realizadas por Felici.

En 1960, siendo ya Papa, recordaba así, en una carta al arzobispo de Oviedo, Francisco Javier Lauzurica y Torralba, su estancia en Covadonga:

«La querida Virgen de Covadonga ha suscitado en Nos una devota contemplación y ha sido uno de los puntos más luminosos de Nuestro viaje a España, en el año 1954; es la sonrisa de Dios en la naturaleza y ha llenado mi corazón de gratitud y de gozo. Apenas la conocimos después de haber llegado a la cueva de Nuestra Señora, en la mañana del 21 de julio, celebramos la Santa Misa delante de Ella. ¡Cuánta dulzura inundó Nuestro espíritu y cuánto disfrutamos en aquel bendito lugar! Suavísima impresión dejó en Nos la visita al Seminario, durante la cual, en agradable reunión, hablamos en latín cum magna simplicitate, lo que fue muy bien acogido entre aquellos queridísimos jóvenes. (…) Todos estos recuerdos viven siempre en Nuestro espíritu».

Aula Pablo VI

Varios obispos españoles se hallan en “Visita ad limina Apostolorum”. Se trata de una serie de actos, que, cada cinco años aproximadamente, cumplen, en Roma, todos los obispos del mundo, manifestando así su comunión con el Papa.

Con anterioridad, las diócesis envían al Vaticano un informe completo acerca del estado en el que se encuentran y dan cuenta de las actividades desarrolladas en ellas desde la última visita cursada a la Sede de Pedro, que, en el caso de España, tuvo lugar en 2014.

Ya en la Ciudad Eterna, los obispos son recibidos por el Papa, al que sus colaboradores le han pasado previamente resúmenes de los documentos remitidos desde las respectivas curias diocesanas. Y en esos días, los obispos, además de encontrarse con el Pontífice, mantienen entrevistas de trabajo con los responsables de los distintos organismos vaticanos y siguen la tradición de ir a rezar en las cuatro basílicas mayores: San Pedro, San Juan de Letrán, Santa María la Mayor y San Pablo Extramuros.

El pasado miércoles, Francisco saludó a los obispos españoles que estaban presentes en el “Aula Pablo VI”. Es en miércoles cuando el Papa acoge, bajo aquella gran bóveda, a los peregrinos que acuden a verlo, escucharlo y recibir su bendición. En su intervención de ese día, Francisco habló de la necesidad de cultivar el silencio y así estar en condiciones de ayunar de la palabrería vana, aduladora, mentirosa, maledicente y calumniadora.

Recuérdese que, en esa misma Aula, se celebró hace diez años el concierto que la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias, dirigida por Maximiano Valdés, ofreció, con el patrocinio de la Fundación “María Cristina Masaveu Peterson”, a Benedicto XVI.

El “Aula Pablo VI” fue construida por el arquitecto Pier Luigi Nervi (1891-1979) y se compone, no solo de la gran superficie en la que el Papa se encuentra con miles de personas, sino también de otras piezas que se destinan a diversos usos. La segunda más importante, en el conjunto, es el “Aula del Sínodo”, en la que se reúnen los obispos cuando el Papa los convoca a Roma para que reflexionen junto a él acerca de las cuestiones más graves que atañen a la Iglesia, en su ser y en su relación con el mundo. Cuenta asimismo con “aulette” para reuniones de grupos pequeños.

El edificio levantado por Nervi fue inaugurado, el 30 de junio de 1971, por Pablo VI, quien, en 1964, le había encargado que hiciese una sala lo suficientemente amplia como para poder acomodar en ella a las multitudes que, crecientes, llegaban ininterrumpidamente a Roma para ver al Papa. Las obras comenzaron en mayo de 1966.

En aquel encuentro de 1964 el arquitecto le preguntó a Pablo VI si no era una osadía el hacer el magno auditorio a la sombra de la monumental cúpula de Miguel Ángel, y el Pontífice le respondió: «¡Ose!¡Hay que saber osar en el momento justo!». Y es que Nervi se estremecía cuando le sobrevenía el pensamiento de que su obra debería ser proyectada y ejecutada con el grado de excelencia que le imponía la inmediata vecindad de la basílica de San Pedro.

En el área elegida para la construcción del Aula estaba el Oratorio “San Pietro”, con una escuela y patios de recreo. Fue trasladado a otro lugar. Y hubo que demoler el Museo Petriano, erigido por Benedicto XV, y llevar su archivo y los tesoros en él expuestos al Museo de la Basílica de San Pedro.

Se pensó también, para disponer de más espacio, en derruir el Palacio del Santo Oficio, en el que se hallan alojadas las oficinas de la Congregación para la Doctrina de la Fe, pero, por respeto a la historia y para no causarle un disgusto al cardenal Alfredo Ottaviani, que era el prefecto, el Papa no dio su aprobación a esa parte del plan.

En el Aula caben, holgadamente dispuestas, 6.300 sillas; de pie, y ocupando el atrio, 12.000 personas. La preside una gran escultura en bronce: la Resurrección. Tiene 7 metros de altura y 20 de longitud. Fue realizada por Pericle Fazzini (1913-1987), entre 1970 y 1977, en la iglesia de San Lorenzo “in piscibus”, en la que por entonces no había culto.

Representa a Cristo, que asciende con los brazos extendidos. Mas no se eleva desde el sepulcro, en el que fue depuesto tras el descendimiento de la cruz, sino desde el Huerto de los Olivos, «en donde agonizó a causa de la gran angustia que le procuraba la humanidad de todos los tiempos… Cristo triunfa sobre una pila de árboles calcinados, de naturaleza y de cosas devastadas como por una explosión atómica. Cristo resucita y, bendiciendo, lleva la resurrección al mundo que el hombre quiere destruir», explicaba el autor de la obra.

Las vidrieras ovales fueron encargadas al pintor Marc Chagall (1887-1985), que llegó a preparar algunos bocetos en los que se aludía a la paz y al ecumenismo, pero surgieron dificultades y no se pudo ejecutar el proyecto inicial. Las realizó el húngaro János Hajnal (1913-2010).

En diciembre de 1978, para honrar la memoria de su predecesor, que la había pensado e impulsado, Juan Pablo II le dio el nombre de “Aula Pablo VI”, pues hasta ese momento se la conocía por “Sala Nervi”, y para que le sirviese como recordatorio de que también él, como Papa, debía «continuar y desarrollar el interés que Pablo VI demostró constantemente por las causas de la cultura y del arte».

Interés que se ha de procurar que no disminuya, porque, a lo largo de la historia, el amor a la cultura y al arte ha sido uno de los más señalados rasgos distintivos de la Iglesia y uno de los mejores títulos, en cuanto a gloria y prestigio, que pueda exhibir ante el mundo.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 19 de diciembre de 2021, p. 26

Inauguración y bendición del Aula Pablo VI, con un tapiz de la Resurrección, de Rafael, presidiendo la sala

Pablo VI saluda a Pier Luigi Nervi

Aula Pablo VI vista desde la cúpula de la basílica de San Pedro

Aula del Sínodo

Auletta

La Resurrección

«Questa scultura per me è stata una grande preghiera. Ogni giorno lavoravo con la mia chiave fumante, come se qualcuno sopra di me guidasse la mia mano e il mio cervello perché potessi raggiungere il cielo» (Pericle Fazzini)

Pericle Fazzini

Vitral

Janos Hajnal

Gaudí y Barluzzi

Antonio Gaudí recibió, en 1883, el encargo de proseguir la construcción del templo expiatorio de la Sagrada Familia de Barcelona, pues el arquitecto Francisco de Paula del Villar, iniciador de las obras, había cesado por desavenencias con Juan Martorell, asesor de José María Bocabella, que fue quien realmente ideó el proyecto original. Este consistía en hacer una réplica de la Santa Casa de María y José en Nazaret, conservada según una piadosa tradición en Loreto; luego, la cosa derivó por otros derroteros.

Un año después de que Gaudí hubiera empezado a trabajar en la iglesia de la Sagrada Familia, nacía, en Roma, Antonio Barluzzi, arquitecto que habría de levantar importantes santuarios –los primeros, en vida aún de Gaudí- en Tierra Santa: Tabor, Huerto de los Olivos, Monte de las Bienaventuranzas, Campo de los Pastores, Betania y Dominus Flevit. A ellos, con el fin de leer la palabra de Dios y celebrar la eucaristía, peregrinan sin cesar gentes provenientes de todos los países del mundo.

Si Antonio Gaudí se entregó en cuerpo y alma a la edificación del templo barcelonés, pernoctando incluso al abrigo de su incipiente estructura, y llevó una vida cristiana devota y ejemplar, Antonio Barluzzi no se quedó, en eso, atrás. Pues también él entendió, y así procuró conducir su existencia, que, en la construcción de la Casa de Dios, el arquitecto ha de ser el mejor sillar.

Antonio Gaudí (1852-1926)

Sagrada Familia (Barcelona)

Cripta de la Colonia Güell (Santa Coloma de Cervelló)

Cripta de la Colonia Güell (Santa Coloma de Cervelló)

Antonio Barluzzi (1884-1960)

La Transfiguración (Monte Tabor)

Basílica de las Naciones (Huerto de los Olivos – Jerusalén)

Las bienaventuranzas (Galilea)

Campo de los Pastores (Beit Sahur)

Lázaro, Marta y María (Betania)

Dominus flevit (Jerusalén)

Le Corbusier y Renzo Piano

He vivido días, y también noches de vigilia contemplativa, inolvidables en la colina de Ronchamp, sobre todo cuando, habiéndose ido los visitantes, quedaba, para mí solo, la iglesia de Notre-Dame du Haut, acerca de la cual publiqué un artículo, en 2017, en el diario La Nueva España (Véase la entrada anterior: «La colina de la Señora»).

La iglesia fue construida por Le Corbusier. Y desde hace diez años, una comunidad de monjas clarisas reside en el monasterio que, en las entrañas de la colina, construyó Renzo Piano, el arquitecto que levantó, en Santander, el Centro Botín.

Recibo periódicamente el boletín de noticias que me envían las religiosas, poniéndome al día de lo que allí sucede, y en el último publican unos pensamientos «architecturales» de los dos maestros arquitectos.

Este es el de Le Corbusier:

«El afuera es siempre un adentro… Todos cuantos tienen el sentido de la armonía, tienen el sentido de lo sagrado. ¡Los evangelios! ¡Describen con un lenguaje tan lleno de luz la vida de Cristo, elevándonos a la cima del pensamiento y del amor. Y luego, esas pocas páginas espeluznantes sobre la Pasión! ¡Esos ocho días gigantescos y atroces de fechorías y de grandezas del ser humano. Ese sacrificio, esa anonadación, ese fin que es la salvación, que es la inmensa esperanza de felicidad, de que es fruto!

Edificar ¿es confrontar el sueño con la realidad… arquitectura y luz?

Cuando una obra se halla en su climax de intensidad, de proporción, de calidad de ejecución, de perfección, se produce un fenómeno de espacio indecible: los lugares irradian. Determinan lo que yo llamo el espacio indecible, es decir, una conmoción que no depende de las dimensiones, sino de la calidad de perfección. ¡Es el ámbito de lo inefable!»

Y este, el de Renzo Piano:

«Mantenerse lo más cerca del suelo es recibir la luz de lo alto. Este lugar (dice refiriéndose al monasterio de las clarisas) es un espacio hecho de interior y de exterior, posee un alma constituida por estos dos elementos: el silencio y la alegría. La alegría es suministrada por la luz y por esa reverberación continua que penetra desde el bosque. El color ha jugado también un papel muy importante: gris, rojo, naranja. La alegría está presente y se percibe en esta relación entre el bosque, la luz y esos colores dentro del monasterio ¡Lo bello es lo bueno!»

Jorge Juan Fernández Sangrador

La colina de Ronchamp

Monasterio de clarisas

La colina de la Señora

“Cuando desperté por tercera vez, el mundo apareció inundado de una luz azulada, la madre de la aurora”, escribió Robert Louis Stevenson en el cuaderno en el que anotaba sus impresiones durante el viaje que realizó por las Cevenas. Sucedió entre Fouzilhac y Fouzilhic, en el bosque de Mercoire. Y esa misma percepción es la que se tiene, antes del amanecer y después de irse el sol, en la colina de Bourlémont, sobre la que se alza la capilla de Notre-Dame du Haut, obra de Le Corbusier. En esos dos momentos, breves y serenamente arrobadores de la jornada, el cielo es de un fascinante color azul tungsteno.

La colina se yergue frondosa en el valle del Rahin, en los históricos territorios de  Borgoña y el Franco Condado. Es una atalaya desde la que se divisan otras cimas más altas del macizo de los Vosgos y las llanuras del Saona. A sus pies está Ronchamp, un pueblo perjudicado por la crisis en la minería.

La capilla de la Señora, Notre-Dame du Haut, pertenece a una asociación privada, compuesta por los herederos de las cuarenta familias que la compraron, en 1799, a un ciudadano de Luxeuil, a cuyas manos había ido a parar en los días de la Revolución francesa. La convirtió en almacén. Los nuevos propietarios la dedicaron a honrar nuevamente a la Virgen, tal como se venía haciendo desde el siglo XIII, en el que ya existe constancia documental de las peregrinaciones al santuario de la colina.

En septiembre de 1944 resultó dañada a causa de los proyectiles dirigidos contra el lugar. Y cuando acabó la guerra, tras considerar la posibilidad de restaurarla siguiendo el estilo neogótico, tan en boga, los promotores de la obra se decantaron por la construcción de un edificio enteramente nuevo y moderno. Eran tiempos en los que, en Francia, había eclesiásticos que abogaban por una regeneración plena del arte sacro. Entre éstos, los dominicos Marie-Alain Couturier y Pie Régamey gozaban de especial notoriedad. El primero se lamentaba: “Han sido construidas ciento veinte iglesias alrededor de París sin que fuese consultado ni uno solo de los arquitectos franceses que todo el mundo respeta”.

Según el padre Couturier, en la edificación de espacios nuevos para la vivencia eclesial de la fe cristiana, habría que tener en cuenta este principio de actuación: “Para que renazca un arte sacro, lo ideal sería tener genios que fueran también santos. Pero en las circunstancias presentes, si esos hombres no existen, creemos que a fin de provocar ese renacimiento, esa resurrección, es más sabio buscar genios sin fe que creyentes sin talento”.

Tanto Couturier como Régamey estimaban que las formas artísticas son “signos ciertos del estado real de una moral o de una espiritualidad”. Un verdadero maestro, aunque no sea creyente, sostenían ellos, será capaz de producir, con su genio, una obra de altísima espiritualidad, aunque no pueda ser calificada de arte sacro.

Cuando hubo que buscar al arquitecto que diseñase y levantase la iglesia de la colina de Bourlémont, se pensó en Charles-Édouard Jeanneret-Gris, un protestante suizo que había adoptado el pseudónimo de Le Corbusier, en homenaje al albigense Lecorbésier, antepasado suyo. François Mathey y Lucien Ledeur, dos figuras irreemplazables en el desarrollo del proyecto de Notre-Dame du Haut, enviaron a un intermediario para que lo sondease, antes de cursarle una propuesta formal, pero el mensajero regresó con una negativa: “No le interesa trabajar para una institución muerta”. Le Corbusier debía de sentirse aún herido por no haber podido construir la basílica de la Sainte-Baume, de la que había hecho los planos. Para nada. Por otra parte, albergaba enormes prejuicios respecto al catolicismo.

Mathey y Ledeur volvieron a la carga, yendo a visitarlo. Y, esta vez, de manera inexplicable, acogió favorablemente la propuesta: “Hacer una iglesia para el culto católico y no la iglesia de Le Corbusier”. Luego se supo que el arquitecto aceptó definitivamente la realización de la obra seducido por el paisaje y el recuerdo de su propia madre: una mujer de fe. “Yo no había hecho jamás nada que fuese religioso, pero cuando me hallé ante aquellos cuatro horizontes, no me pude resistir”. Ese germen de contemplación fue sembrado y cultivado en el alma del joven Jeanneret por Charles L’Eplattenier: “Mi maestro había dicho que sólo en la naturaleza se encuentra inspiración, sólo la naturaleza es verdadera y capaz de ayudar al hombre en sus cometidos”.

Los trabajos, entre proyectos, trámites, arranque, desarrollo y finalización, duraron cinco años, de 1950 a 1955. El edificio, cubierto por unas estructuras que reproducen la cáscara de un cangrejo, son como dos naves, drakkars, vikingas, que convergen en una elevación en punta que señala la dirección en la que se encuentra Jerusalén. Mas no están en contacto con los muros sobre los que reposan. Un rayo de luz horizontal, por efecto de una ranura interpuesta, confiere ligereza a la techumbre. “La arquitectura no es asunto de columnas”.

La superficie granulada del cemento, la faz albayaldada del conjunto, los vitrales irregulares y coloreados, los pozos de luz, los elementos litúrgicos interiores y exteriores, los pequeños detalles, han sido pensados en indisoluble relación con el paisaje circundante, para que aquel altozano, pedestal de la Virgen María, fuera “un lugar de silencio, oración, paz y gozo interior”.

Desde 2011, una comunidad de monjas clarisas vive franciscanamente en las entrañas mismas de la colina, en el convento diseñado y realizado por el arquitecto italiano Renzo Piano. Aseguran una presencia evangélica, orante, acogedora, comunicativa, espiritual y confesante, en aquel singular emplazamiento, en el que la naturaleza, la materia y la luz, proclaman junto a María, la obra maravillosa de la redención en Cristo. “Rompiendo el silencio de los muros, la capilla proclama la mayor tragedia vivida sobre una colina, en Oriente”.

El sitio ha sido declarado por la Unesco, en 2016, al igual que otras dieciséis realizaciones arquitectónicas de Le Corbusier, bien patrimonial de la humanidad y un ejemplo extraordinario de la paciente búsqueda de las nuevas y rupturistas formas de expresión artística que componen el Movimiento Moderno, extensible a las realidades de la fe cristiana y la devoción religiosa.

Publicado en: Jorge Juan Fernández Sangrador, El hecho religioso diario, PPC Editorial, Boadilla del Monte 2018, páginas 195-198.

María de Nazaret: lectora

La representación más antigua que se conserva de la Virgen María con un libro en la mano, en el momento en el que el ángel Gabriel le anuncia que ha sido elegida por Dios para que Jesús, el Salvador del mundo, se encarne en sus entrañas purísimas, es en un cofre de marfil del siglo IX que se conserva en el Herzog Anton Ulrich Museum de Braunschweig, en Alemania.

A partir de entonces, el número de las representaciones de la Virgen hablando con el ángel junto al brocal de un pozo o mientras hilaba fue disminuyendo y se multiplicaron las de la lectora que sostiene un libro en las manos o reposando en su regazo, o lo tiene junto a ella en un atril o sobre una mesa. 

Y la primera vez que aparecieron caracteres escritos en el libro de la Virgen fue en un capitel, del siglo XII, de la lionesa iglesia de Saint-Martin d’Ainay, en Francia. María lo alza, abierto, como si fueran las dos tablas de la Ley en el monte Sinaí y se aprecian cuatro letras capitales incisas, que se corresponden con las iniciales de las primeras palabras de la profecía mesiánica de Isaías: «E(cce) V(irgo) C(oncipiet) E(t)», es decir, «He aquí que la Virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Enmanuel» (Isaías 7,14).

Comentando el relato lucano de la Anunciación, escribió san Ambrosio, obispo de Milán: «Al final, le dijo el ángel: “Mira la prueba: He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo”. Esto lo había leído ya María (legerat hoc Maria) y por eso creyó; pero lo de cómo podría suceder no lo había leído».

Resulta llamativo el hecho de que, en épocas en las que la lectura se hallaba restringida a círculos muy selectos, se muestre, y cada vez con mayor frecuencia, a la humilde María de Nazaret con un libro. Y el texto impreso en sus páginas es, o bien el oráculo arriba mencionado de Isaías, o bien el salmo 44 («Audi, filia, et vide… Escucha, hija, y mira…»), o bien el salmo 8 («Domine, Dominus noster, quam admirabile est nomen tuum… Señor, Dueño nuestro, qué admirable es tu nombre…»), por citar solo los pasajes habituales.

Dejando a un lado ahora el del “Magníficat” o el del “Officium beatae Mariae Virginis”, que figuran en algunas representaciones de la Anunciata lectora, como anticipaciones del futuro, en el que María será ensalzada e invocada como intercesora ante Dios, la Virgen aparece, sobre todo en el instante de la salutación angélica, como escrutadora de las profecías del Antiguo Testamento.

Con los dedos índice y pulgar entre las páginas del libro, conservando los registros, va de una perícopa a otra y las coteja, porque, para revelar el sentido pleno de lo que anuncian, no se valen solas sino que han de hacerlo a coro, estando todas juntas.

Lectora, sí, y también escritora. Así en el tondo “Virgen del Magníficat”, de Sandro Botticelli, y en el cuadro de Marie Ellenrieder, en el que la Virgen, sujetando con la mano izquierda la tabla que mantiene apoyada sobre el muslo, compone el Magníficat.

No sé si fue porque se remontaron hasta las tradiciones apócrifas sobre la infancia de María y su presentación y estancia en el templo de Jerusalén o si emanó de los sentimientos devotos del pueblo cristiano hacia san Joaquín y santa Ana, padres de la Virgen y abuelos de Jesús, pero el caso es que tanto pintores como imagineros han reproducido en sus obras, con inspirada maestría, el aprendizaje de las primeras letras por parte de María bajo la guía de santa Ana. En algunas de las imágenes triples (“Anna selbdritt”), la abuela enseña a leer a la hija y al nieto.

Más tarde, como puede verse, por ejemplo, en Sandro Botticelli, Pinturicchio o Simone Martini, la Virgen hará lo mismo con Jesús, su hijo, ejerciendo así, al igual que santa Ana, de madre y maestra. “Mater et magistra”. Con este título publicó Juan XXIII, hace sesenta años, una encíclica sobre el desarrollo de la cuestión social a la luz de la doctrina cristiana. Porque también la Iglesia es, como María, lectora y hermeneuta de las Escrituras sagradas, y pedagoga que enseña a adentrarse en el interior de las cosas (“intus-legere”) a quien siente anhelos de conocer la Verdad. Y porque también la Iglesia es, como María, madre y maestra.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 12 de diciembre de 2021, p. 25

Cofre de marfil del siglo IX, en el Herzog Anton Ulrich Museum de Braunschweig

Capitel del siglo XII en la iglesia de Saint-Martin d’Ainay

Retablo mayor de la catedral de Oviedo

Retablo lateral de la capilla de Santa María del rey Casto, en la catedral de Oviedo

Virgen del Magníficat, de Marie Ellenrieder

Santa Ana enseñando a leer a la Virgen, de Juan Carreño de Miranda

Santa Ana triple (Anna Selbdritt), en el Museum Catharijneconvent de Utrecht

La Virgen enseñando a leer a Jesús, de Pinturicchio

La Anunciación, de fra Angelico

Tisserant el Justo

En 2007, la Fundación “Príncipe de Asturias” otorgó el “Premio de la Concordia” al Museo de la Memoria del Holocausto “Yad Vashem” de Jerusalén, «recuerdo vivo de una gran tragedia». Le fue concedido «por su tenaz labor para promover, entre las actuales y futuras generaciones, y, desde esa memoria, la superación del odio, del racismo y de la intolerancia».

En hebreo, “yad” es “mano”; “shem”, “nombre”. Aunque, por extensión, “yad” es también “monumento”, dado que, en la antigüedad, los cipos, cual brazos hincados en el suelo, ejercían esa función. Para la denominación de ese gran espacio consagrado al recuerdo de los que padecieron la Soá, en el que, además del Museo, hay un centro de investigación histórica, un archivo y una biblioteca, se halló, en el profeta Isaías (56,5), la expresión más conveniente: «Les daré en mi casa y dentro de mis murallas un monumento y un nombre (yad vashem) mejores que hijos e hijas, un nombre eterno que no será extirpado».

En Yad Vashem hay una avenida flanqueada por árboles, que han sido plantados para recordar a aquellas personas no judías que ayudaron a salvar a los judíos, perseguidos durante la Segunda Guerra Mundial y en períodos anteriores a ésta. Una plaquita con su nombre, colocada junto a un árbol, testimonia la gratitud de todo un pueblo hacia quien puso su propia vida en peligro para que otros la conservasen.

Y será tenido por siempre como “Justo entre las naciones”, que es el título que se le da a perpetuidad. Son casi treinta mil, aunque no todos figuran en el Jardín de los Justos, sino en otros registros que se guardan en diversos lugares de honor de Yad Vashem. De entre las incorporaciones últimas se encuentra la del cardenal francés Eugène Tisserant (1884-1972), filólogo, orientalista y miembro eminente de la Curia romana.

Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, este purpurado, nacido en Nancy, prestó auxilio a judíos que acudieron a él solicitando que los amparase. Y lo hizo, bien escondiéndolos, bien empleándolos en la Biblioteca Apostólica Vaticana, bien proporcionándoles visados para viajar. Fue muy sonada su decisión de conceder la medalla de honor del dicasterio que presidía en el Vaticano al médico hebreo Guido Mendes, que había sido cesado, en aplicación de las leyes raciales, de su cargo de director de un hospital romano.

Tisserant cursó estudios, después de los del Seminario, en l’École biblique et arquéologique française de Jerusalén y, en París, en l’École des langues orientales vivantes, l’École des hautes études de la Sorbonne, l’École du Louvre y l’Institut catholique. Se desenvolvía con soltura en quince lenguas, de las cuales cinco eran semíticas: hebreo, siríaco, asirio, árabe y etíope. Y es por ello por lo que fue llamado a Roma para trabajar como conservador de manuscritos orientales en la Biblioteca Apostólica Vaticana, de la que llegó a ser prefecto y su modernizador. 

Fue profesor de asirio en el centro académico de Sant’Apollinare, en Roma, y colaboró en la revisión de los libros litúrgicos del Oriente cristiano. Presidió la Pontificia Comisión Bíblica y la Comisión preparatoria del Concilio Vaticano II. Era un gran estudioso y lo adornaba una extraordinaria erudición, y resulta difícil exponer con brevedad la magnitud de su currículo vital, siendo el título que mejor se ajusta a su trayectoria eclesial e intelectual el de “Príncipe de la Iglesia”, al que catorce universidades le confirieron otros tantos doctorados “honoris causa”.

L’Académie française le asignó el sillón 37, en el que anteriormente se habían sentado notables figuras de la Iglesia y de la cultura en Francia: Daniel Hay du Chastelet, Jacques-Bénigne Bossuet, Melchior de Polignac, Joseph Giry de Saint Cyr o Charles Batteux. El cardenal Tisserant dedicó el discurso de ingreso en la Academia, en el que se pudo apreciar su gran altura como orador, historiador y científico, al físico Maurice de Broglie, su predecesor en el sillón 37.

Antes de finalizar su intervención, el nuevo académico dijo de De Broglie: «¿Acaso no fue su cristianismo el que explica la armonía perfecta entre su elevada inteligencia y su vida de plena simplicidad y bondad, caridad y –digámoslo- de humildad, virtudes que, unidas, hacen agradables las relaciones sociales y procuran al investigador la calma y el equilibrio que precisa para sus descubrimientos, y, al maestro, la autoridad que guía a sus discípulos, feliz por haber conseguido un éxito del que no se enorgullece, pues reconoce que es mérito de todos?».

Con Eugène Tisserant fue declarado también “Justo entre las naciones” otro francés: monseñor André Bouquin (1902-1973), rector de San Luigi dei Francesi, la iglesia romana, cerca de la plaza Navona, en la que fueron acogidos y escondidos muchos judíos y en la que penden de sus muros unos cuadros pintados por Caravaggio (1571-1610) sobre tres momentos de la vida de un judío al que Jesús llamó para que fuese apóstol: san Mateo. Y estos son el de su vocación, el de la inspiración de su Evangelio y el de su martirio.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 4 de diciembre de 2021, p. 29

Cardenal Eugène Tisserant

Yad Vashem

Placa indicativa del Jardín de los Justos

«La inspiración de san Mateo», de Caravaggio, en la iglesia de San Luis de los Franceses

La religión de Cohen

“Kohen” significa, en hebreo, “sacerdote”. Y de este vocablo, que la Biblia cita con frecuencia y veneración, proviene el apellido de Leonard, al que la Cátedra homónima de la Universidad de Oviedo ha dedicado unas jornadas de estudio a mediados de este mes de noviembre.

Leonard Cohen nació, el 21 de septiembre de 1934, en Montreal (Canadá). Era viernes, víspera del “shabbat”, día séptimo de la Creación, en el que Dios descansó de la realización de su obra genesíaca e inauguró esa entrañable fiesta que el pueblo judío celebra semanalmente.

Sus ancestros eran, por parte de padre, polacos; y, de madre, lituanos. A su abuelo materno Solomon Klinitsky-Klein, conocido por sus escritos acerca del Talmud, le llamaban “Príncipe de los gramáticos” y a él le dedicó Leonard uno de sus poemas: “The song of the hellenist”. Mientras que su abuelo paterno Lyon Cohen fue cofundador del periódico “The Canadian Jewish Times”.

Provenía, pues, de una familia religiosa e ilustrada. Los primeros contactos de Leonard con la Iglesia tuvieron lugar por medio de su niñera, que era católica y solía llevarlo con ella a los actos de culto. Aquella participación en la vida litúrgica y devocional de la Iglesia hizo que se viese a sí mismo como un «outsider» del catolicismo.

Se sentía, sin embargo, hebreo hasta la médula. Aunque hubiera transitado por diversos senderos espirituales. En cierta ocasión comentó: «Me gusta la compañía de los monjes, de las religiosas, de los creyentes y de los extremistas de todo género. Me he sentido siempre en casa con personas de esa clase. Y no sé exactamente por qué. Sé que eso hace solo las cosas más interesantes».

Nada pudo, con todo, reemplazar a su multisecular religión. Era la de sus antepasados, que se sabían descendientes de Aarón, el hermano de Moisés. Era la de la Biblia, en la que se inspiró para componer tantas de sus memorables canciones. «I’m the little jew / who wrote de Bible», dejó escrito en “The Future”. Era la de su madre, que poseía el don de relatar historias.

Cuando Leonard salió del monasterio zen de Mount Baldy, cerca de Los Ángeles, en el que estuvo desde 1994 hasta 1999, confesó: «No buscaba una nueva religión ni la embriaguez de una conversión o de una apostasía. Me he rapado la cabeza, he vestido el hábito de monje zen, pero no he nadado en otros océanos. He nacido judío y moriré judío. La religión de mi familia satisface todos mis deseos espirituales. Regresar a casa ha sido una hermosa sensación».

En efecto, suele suceder que, cuando se anda a la búsqueda de nuevas experiencias en el bazar de las espiritualidades, sean del tipo que sean, acaba uno por descubrir que en donde se encuentra realmente la suya es en el punto de origen, en la religión de su casa y familia, en la del templo en el que recitó las primeras oraciones de la infancia, en la de la tradición espiritual y cultural en la que nació y creció.

Y de ahí el que sea especialmente cruel esa modalidad de ateísmo en el que sus militantes no solo se desapuntan de una religión en cuanto hecho confesional histórico, sino que reniegan del Dios en el que cree su madre y tratan de desprestigiarlo ante el universo mundo valiéndose de todos los medios posibles. Y mientras tanto Dios no cesa de preguntarles a través de la esencial, verdadera y amorosa voz de sus religiosas, y tal vez ya ancianas, madres: «¿Por qué me persigues?»

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 27 de noviembre de 2021, p. 28