San Salvador acoge una multitudinaria celebración con siete bautizos y más de 270 primeras comuniones y confirmaciones de adultos
El arzobispo de Oviedo bautiza a uno de los asistentes a la celebración de los sacramentos.
La Catedral evidenció a primera hora de la tarde de ayer que no hay edad para subirse a una vida de fe. San Salvador fue escenario de una multitudinaria celebración de iniciación a los sacramentos en la que no cabía un alfiler en los asientos del templo para seguir el bautismo de siete personas adultas, así como la primera comunión y confirmación de unas 278 personas más, llegadas de todas las parroquias de Asturias.
El arzobispo de Oviedo, Jesús Sanz Montes, cogió la batuta de los oficios de una jornada especial para la Iglesia asturiana, que califica de buena noticia la iniciación cristiana de casi 300 personas de diferentes edades y procedencias, que ayer encontraron en la Catedral el nexo común de su deseo de dar un paso decisivo en su fe cristiana.
Las imágenes más llamativas fueron la de las siete personas que decidieron recibir el bautismo por parte del prelado, que contó para la ocasión con la compañía de un nutrido grupo de religiosos, entre sacerdotes, seminaristas, diáconos y acólitos.
El acto consistió en una eucaristía, en cuyo transcurso se llevaron a cabo la administración de los tres sacramentos con los que todos los participantes culminaron un proceso de catecumenado de entre uno y dos años litúrgicos, en función de si reciben solo la Confirmación o si también se van a bautizar y recibir la primera comunión. Un itinerario que han podido llevar a cabo y completar gracias al compromiso de un total de 30 catequistas.
La periodista asturiana María Teresa Álvarez ha recopilado en un libro los artículos que ha escrito, para el diario La Nueva España, durante sus estancias otoñales en Roma. Se trata de cuarenta aproximaciones a diferentes espacios de la Ciudad eterna, de los que ofrece, con una prosa limpia, su visión como mujer. “Mis otoños en Roma”, se titula.
De los viajes, existen, en la literatura, variados géneros. En las grandes librerías suele haber una sección en la que se encuentran, junto a las guías, las obras de aquellos que las han compuesto para trasladar a los lectores sus vivencias, hallazgos e impresiones como exploradores, turistas, aventureros, arqueólogos o novelistas.
El del viaje a Italia, y, dentro de este, a Roma, está claramente tipificado en la historia de la literatura. Desde que, en el siglo XVIII, en Europa, las clases económicamente pudientes enviaron a sus hijos a realizar el Grand Tour por los lugares más emblemáticos del continente, para conocer, sobre todo, las obras principales de la antigüedad, los testimonios de escritores acerca de sus experiencias de viajeros en Roma fueron vertiéndose en los folios que luego habrían de devenir un libro.
Tal vez el más representativo fue el de Johann Wolfgang von Goethe, aunque hubo otros, también importantes en la historia de la literatura, de los que los protagonistas nos han legado una biblioteca entera de observaciones y dichos metafísicos sobre la ciudad, las puestas de sol, los pinos, las estatuas, las callejuelas, los palacios y las iglesias.
Han alcanzado fama los escritos de Michel de Montaigne, Madame de Staël, Stendhal, François-René de Chateaubriand, Émile Zola, Charles Dickens, Oscar Wilde, Lord Byron, Percy Bysshe Shelley y Gilbert Keith Chesterton, y no han sido menos importantes los de los italianos, con Francesco Petrarca a la cabeza, seguido por Giacomo Leopardi, Giuseppe Gioachino Belli, Gabriele D’Annunzio, Elsa Morante, Alberto Moravia y Pier Paolo Pasolini.
Hay que decir, con todo, que el género literario no resulta tan fácil como parece. En el relato de su viaje desde Múnich a Génova, Heinrich Heine, poeta y ensayista romántico alemán, comenta: «No hay nada más aburrido en el mundo que leer la descripción de un viaje a Italia, excepto, quizá, escribirla; lo único que puede hacer el autor para hacerse más o menos soportable es hablar lo menos posible de Italia en sí».
Fue lo que hizo Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis, quien visitó Roma, por primera vez, en septiembre de 1901. Se enamoró de la ciudad, pero en ella aprendió a hablar de otras cosas, que fueron las que luego estudió, contó y le dieron fama. En una postal que le envió a su mujer le decía: «Parece increíble que no haya venido antes aquí». Y en la que escribió a sus hijos: «Es la ciudad más bella y eterna, de una belleza sin igual». Y en otra dirigida a la familia: «Lástima que no pueda vivir siempre aquí».
Caminaba por ella, en las siete ocasiones en que la visitó, «como un romano». Pero, de todo lo que la Urbe le brindaba, nada se podía equiparar, en la estatuaria, al Moisés de Miguel Ángel, en la iglesia de San Pietro in Vincoli. «Ninguna escultura me ha producido un efecto tan intenso», decía.
En septiembre de 1912, Freud le confesaba a su esposa: «Visito todos los días al Moisés de San Pietro in Vincoli». Y, en 1933, a Edoardo Weiss, su discípulo italiano: «Día tras día, durante tres solitarias semanas de septiembre de 1913 (desliz por 1912), permanecí en la iglesia frente a la estatua, estudiándola, midiéndola y dibujándola, hasta que me alumbró esa comprensión que expresé en mi ensayo, aunque solo osé hacerlo en forma anónima. Pasó mucho tiempo antes de que legitimara a este hijo no analítico».
Se dice que Miguel Ángel conminó a la estatua, golpeándola en la rodilla, con estas palabras: «¡Habla!». Solo que le habló, no al escultor, sino a Freud, que, como fruto de aquellas visitas, concibió su ensayo sobre el Moisés y otros estudios sobre esta figura del Antiguo Testamento y sobre el monoteísmo.
Y es que en Roma existen varias estatuas “parlantes”: Pasquino, Marforio, Il Facchino, Il Babuino, Madama Lucrezia y el Abate Luigi, pero ninguna tan oracular como el Moisés de Miguel Ángel, que habla, sugiere, incita, reprueba, legisla y advierte. Freud halló concentrada en esa imponente y marmórea imagen de Moisés toda la belleza de la Ciudad infinita.
Al igual que le sucedió, en 1823, al poeta Giacomo Leopardi, que encontró la belleza inmarcesible de Roma, inesperadamente, pues hasta entonces no se le había manifestado, en la Cuesta de San Onofrio y en la tumba del poeta Torquato Tasso, ante la cual lloró, en la iglesia de San Onofrio: «Fue el primer y único placer que experimenté en Roma». La plenitud se reveló en toda su magnificencia en un punto y en un instante.
De modo que la Biblia, la Iglesia y el Arte católico han estado, una vez más, presentes, como trasfondo, en el desarrollo del conocimiento humano, porque, ante aquella estatua de Moisés, en San Pietro in Vincoli, realizada por encargo de un Papa, se columbró el método más importante de todos los tiempos en el adentramiento en el interior de la persona y en la identificación de los factores que mayor influjo psíquico ejercen sobre ella.
Jorge Juan Fernández Sangrador
La Nueva España, domingo 29 de mayo de 2022, pp. 24-25.
Sanatorio Puig de Olena, Centellas, Barcelona, 20 de noviembre de 1951
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Tus cartas me hacen mucho bien. ¡Qué difícil es aprender a vivir! Algunas personas nacen sabiendo, otras no aprenden nunca, y algunas, como tú y como yo, vamos aprendiendo a través de la vida. Tú, muy pronto, yo cuando se me iba acabando. ¡Qué bien eso de que hay que podarnos! Yo no lo he sabido y he dejado crecer ese árbol de deseos cuanto ha querido. Algunas de sus ramas han dado frutos venenosos. ¡Bien lo he pagado! Ir descubriendo que el mundo espiritual tiene sus leyes como el material fue para mí obra muy lenta.
Además, hay también leyes personales, porque Dios no nos trata a todos lo mismo. Un día vi que mi vida era como una pieza musical con tres o cuatro melodías que se repetían siempre. Los compases que unían esas melodías eran como hilvanes unas veces de un color y otras de otro, y ahí estaba la variación verdadera, pues las melodías eran siempre iguales. Esto es muy largo de explicar y no me cabe en una carta, pero ya, apenas empieza la primera nota de una de ellas, cuando ya la reconozco y sé de qué se trata.
Dios se ocupa de mí, como un padre, en algunas cosas, en otras me deja sola días y días, como si fuera preciso que hiciera yo el esfuerzo… y le hago, pero como soy una pobre criatura débil y ya agotada, cuando estoy a punto de fenecer viene en mi ayuda… Aquí he de callar porque esto es ya la entrada en lo misterioso. Así, sé que económicamente Él se ocupará de mí en absoluto, que me mandará un mes o dos antes lo que aún ni sospecho que voy a necesitar, que compraré para mí lo que es para otro y se lo daré inmediatamente, en fin, que de los bienes materiales soy como un cauce por donde Dios hará pasar lo que otros necesitan, pero sin faltarme a mí.
Y sé también que en la enfermedad sufriré más que nadie, que estaré sola, que nunca sabrán lo que tengo, y que cuando ya no pueda más, Él me enderezará otra vez para seguir sufriendo. Así han sido todas mis enfermedades. En amistad sé que en el momento preciso se alargará la mano que necesito. Esta vez has sido tú.
No te he dicho bastante lo que me gustó el libro de Berdiaev. Lo mejor es lo que tú señalaste. Al final hay muchas repeticiones y hasta contradicciones. El de Música en Florencia también me gustó muchísimo, y también me interesó aquello de la ayuda que nos pueden dar nuestros semejantes.
Estoy muy triste porque han suspendido a Fernanda, por la pena que ella tendrá, pues por lo demás yo sé que no hay fracaso del que no tengamos que alegrarnos con el tiempo. Pienso en esta mala época económica que estás pasando y rezo mucho por ti. Dios me oirá. Aunque tú me dices que no, yo rezo para que tenga tu marido un trabajo bien remunerado. No dejo de rezar también por tu alegría, que es la Gracia que Dios da a sus elegidos, y tú lo eres, y para que te dé energía creadora, para que escribas y trabajes, y así seas más feliz, pues la inquietud de los remordimientos no es el mejor ambiente de alegría.
Sí, a mí me gustaría contarte toda mi vida, ¡tan larga, tan azarosa y tan inútil! Tal vez toda vida parece inútil cuando se la mira desde los sesenta años, y esto es porque hemos podido vivir mejor, hemos podido emplearla mejor para nosotros y para los demás, y sobre todo porque a veces hemos hecho llorar a los que queríamos, y eso se convierte en espinas que para siempre nos pincharán el corazón, y nos parecerá nuestra vida, peor que inútil, mala. El cura viejecito que viene a confesarme me asegura siempre que Dios me ha perdonado y que estos remordimientos me los da el diablo que no quiere mi paz…
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En Carmen Laforet y Elena Fortún, “De corazón y alma (1947-1952)”, Madrid 2021 (primera reimpresión de la edición de 2017), pp. 109-111.
Calle de Las Huertas, nº 41, en el Barrio de las Letras, de Madrid.
Sanatorio Puig de Olena, Centellas, Barcelona, 13 de octubre de 1951
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En una de tus cartas me dices: «Solo en el Evangelio hay una hermosura sublime. Todo lo demás me parece falso y hasta desviado. Es exacto. Desviado. Es la palabra justa. Lo ha desviado la humanidad para ponerlo en su camino, lo ha achicado para poderlo entender. Pero no importa. Ahí están las palabras y las verdades eternas, para quien pueda entenderlas. Tal vez tampoco nosotros las entendemos completamente. Una vez leí en un libro de Hesse que el abad de un convento había impuesto como penitencia a un amigo que pasaba una temporada con él que oyera misa al alba y rezara todas las noches tres padrenuestros y un himno mariano. El amigo lo hizo unos días y luego se aburrió, confesando al abad que le parecía un esfuerzo pueril [rezar] a un Dios que tal vez ni le oía. «No tienes por qué reflexionar si Dios oye nuestras oraciones o si existe ese Dios que nosotros podemos imaginar, ni si es un esfuerzo pueril. En comparación con Aquel a quien dirigimos nuestras preces, todo lo que hacemos es pueril».
Yo sé que Aquel me oye, que tal vez existo en él y que todo cuanto deseo me lo da. Me parece que las cosas materiales con más facilidad que las espirituales…, no sé por qué. Pido por ti.
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En Carmen Laforet y Elena Fortún, “De corazón y alma (1947-1952)”, Madrid 2021 (primera reimpresión de la edición de 2017), p. 90.
Entrevista que me hizo Josemar Carbajal para el diario La Nueva España (lunes 23 de mayo de 2022, p. 12) ante las próximas fiestas en honor de San Antonio, en Cangas de Onís, que serán inauguradas con el pregón que pronunciaré el viernes 10 de junio de 2022.
– ¿Le sorprendió que pensaran en usted como pregonero de las fiestas patronales de San Antoniu?
La verdad es que sí. Nunca imaginé que a la Sociedad de Festejos se le pudiese ocurrir mi nombre, porque estimo que hay personas más indicadas que yo para pronunciar el pregón. Pero he de decir que me sorprendió gratamente el que hubiesen pensado en mí.
– ¿Le costó aceptar la propuesta del presidente de la Sociedad de Festejos, José Luis García, «Fifu»?
No, en absoluto, aunque confieso que, después de haber aceptado, he padecido momentos de incertidumbre ante el significado, por su naturaleza oratoria y literaria, del género “pregón” y sobre cuál ha de ser su extensión.
– ¿Ya tiene pensadas las líneas que marcarán el pregón que ofrezca el próximo 10 de junio en la plaza Camila Beceña?
Algunas sí. Tal vez tenga que reducirlas aún. La vida en Cangas de Onís ofrece una infinitud de temas en los que cabe detenerse con afecto y gratitud. Pero no quisiera que fuera una evocación solo de historias pasadas, sino también un proporcionado despliegue, ante los asistentes al acto del pregón, de sueños de futuro. De un mañana, eso sí, que ha de estar bien hincado, para que sea vigoroso, dinámico y próspero, en el suelo de la tradición de nuestros antepasados.
– ¿Le han propuesto predicar la misa solemne, el 13 de junio?
Entiendo que la Misa principal de ese día ha de presidirla y predicarla el párroco o uno de los sacerdotes designados para el servicio de la parroquia. Pero sí, me han pedido que la presida y que predique. Y he aceptado.
– ¿Qué le pide un cangués de la calle San Pelayo, como usted, a San Antoniu, patrón de Cangas de Onís?
A san Antoniu, que es muy milagrero, le pido que aliente la esperanza de quienes sienten que se alza ante ellos un muro infranqueable a causa de las dificultades que circunstancias de la vida les estén ocasionando y que a los jóvenes no les falten ni imaginación, ni posibilidades, ni tesón para conducir proyectos de futuro que sean viables, útiles y fértiles en el plan, extensivo a todos, de seguir construyendo un Cangas de Onís de excelencia.
– ¿Guarda alguna anécdota especial de esas fiestas canguesas?
Muchas, como no puede ser de otra manera. Pero hay una que recuerdo en particular: el día de san Antoniu por la tarde hice pública, ya fuera del entorno familiar, mi intención de ir al Seminario y de prepararme para ser sacerdote.
Carmen Laforet, ganadora del Premio Nadal 1944, abrió de par en par las puertas de su corazón a Elena Fortún, autora de los cuentos de «Celia», en una carta que le dirigió, a finales de 1951. En ella, Carmen declara a su amiga Elena lo que le está sucediendo: «Dios me ha cogido por los cabellos y me ha sumergido en su misma Esencia». Hay una fecha clave: el domingo 16 de diciembre de 1951. Fue entonces cuando «me di cuenta».
El texto de la misiva se puede leer en Carmen Laforet y Elena Fortún, “De corazón y alma (1947-1952)”, Madrid 2021 (primera reimpresión de la edición de 2017), pp. 119-121, y es éste:
Sin fecha
Queridísima Elena mía:
Te debo esta carta que te escribo hoy. Me ha sucedido algo milagroso, inexpresable, imposible de comprender para quien no lo haya sentido y que sin embargo tengo absolutamente la obligación de contar a los que quiero… Y a todos, a todo el que quiera oírlo.
Sé que no se puede comprender porque yo no lo comprendía. Y no sé por qué a mí, a mí me ha sucedido. ¡A mí!… Ha sido debido a lo que habéis rezado por mí los que me queréis y al gran sufrimiento de alguien… Pero ha sido tan extraordinario, tan maravilloso que nunca sabré encontrar palabras para expresarlo.
Tú sabes, Elena mía, que hace tiempo, hace meses me interesaba por cosas de religión. El Evangelio entraba en mí con su encanto imposible de no ser entendido…, pero nada más. En cuanto quería ahondar un misterio con la inteligencia, el misterio se volvía insoluble. Prefería no entrar demasiado en ello.
El domingo 16, te escribí una carta. Fui a echarla a Correos y luego tenía que hablar de un asunto con una amiga. Fui a buscarla a la iglesia donde ella estaba en aquel momento rezando por mí. No lográbamos entendernos en algunas cosas; pero aquella tarde comprendí sus puntos de vista con gran facilidad. Me despedí, y al volver hacia mi casa, andando, sin saber cómo, Elena, sin que pueda explicártelo nunca, me di cuenta de que mi visión del mundo estaba cambiada totalmente.
Elena…, cuando no se tiene esto puede uno ver un milagro con los ojos del cuerpo y no creer en él; pero cuando uno siente dentro, dentro de uno, el milagro más maravilloso, la transformación radical del ser, el mundo del misterio es solo lo verdadero. Dios me ha cogido por los cabellos y me ha sumergido en su misma Esencia. Ya no es que no haya dificultad para creer, para entender lo inexpresable… Es que no se puede no creer en ello.
Rezo el credo por la calle sin darme cuenta. Cada una de sus palabras son luz. Elena, la Gracia tal como la he recibido es la felicidad más completa que existe. Jamás, jamás se puede sospechar una cosa así. La pobre voluptuosidad humana, Elena, no es nada comparado con esto. Nada… No existe ni una tentación…, solo un temor desesperado de perder esta sensación de Dios que sabes que te ha venido así, que se te ha dado por un misterio, por una elección indescifrable a la que tu mérito es ajeno por completo. Mientras tengas esto estás salvada… perderlo debe ser el mayor horror. Toda mi vida tiende a conservarlo. Todos los sufrimientos, todo lo que pueda sucederme no es nada si tengo esto, Elena mía. No es nada…
No se puede comprender. No se puede imaginar nunca lo que esto es… La Virgen y los santos y los dogmas todos de la Iglesia se acercan a uno, están dentro de uno. No puedo desear otra cosa en la vida que el que los que yo quiero tengan esta sensación infinita…, y todos, todos los hombres, Elena. ¡Si la pudieran tener!
Pero no se sabe por qué este milagro inexpresable viene y nos penetra y por qué precisamente algunos son elegidos. Sé, querida de mi alma, que hay personas piadosas y buenas y temerosas de Dios que jamás han sentido esto.
Es una llamada, una hoguera, un deslumbramiento, una claridad de maravilla. Es como si abrieran dentro de nosotros las puertas de la Eternidad.
Nunca lo podré decir, pero lo tengo que decir. Es VERDAD, todo es verdad, todo es verdad. La verdad me ha traspasado, me ha cambiado en una hora, en unos minutos de mi vida. Es verdad, Elena… ¡Y esa verdad ha venido a mí!
Estoy en las manos de Dios. Nada le puedo pedir; nada más que no me abandone otra vez, y sí, que dé su Gracia a todos, que dé su Gracia…, otra cosa no sé decir ni pedir.
Naturalmente he confesado y comulgado. Mi literatura ya no me importa. Sé que tengo que hacerla. Que tendré que trabajar más que nunca, pero mi nombre ya no me importa. Quiero a mi marido, a mis hijas con un amor nuevo y maravilloso, y a todos los hombres solo porque pueden ser salvados.
No estoy trastornada en absoluto, ni nerviosa, ni deprimida, solo maravillada, arrodillada delante de Dios, asombrada de que me haya dado esto. Temblando de no saber conservarlo.
Amiga mía querida, Elena mía querida… Seguiría escribiéndote así con infinitas repeticiones lo que sé que no se puede escribir ni explicar ni mucho menos entender si Dios no quiere que se entienda.
¿Por qué Él me ha escogido?… Una hora antes ni lo sospechaba. Todo lo que creía entender…, ¡qué absolutamente velado estaba para mí, hasta que Dios quiso, hasta el momento fijado desde toda la Eternidad en que Dios quiso!
Ahora sé que en Sus Manos soy algo… no sé qué. Él me dirá.
Querida mía. Escríbeme si puedes. Rezaré mucho por ti ahora que puedo hacerlo. Te quiero mucho.
Estoy embobada en esta maravilla que me pasa.
Te abrazo una y mil veces.
Tu
Carmen
P.S. Esta carta ha rodado muchos días por mi escritorio… San Nicolás legó… Yo creo que por sugestión tuya; y causó una alegría enorme.
Mi vida ha cambiado mucho. Ha tomado un sentido magnífico. Ahora sé lo que tengo que hacer. Sé también que muchas veces me parecerá duro, pero que en el fondo esa alegría de haber sentido esta llamada de Dios me sostiene…
En la Sala de Exposiciones del Instituto Cervantes, en Madrid, puede verse actualmente la que lleva por título “Próximo destino: Carmen Laforet”, abierta para conmemorar el primer centenario del nacimiento de la escritora (1921-2021), galardonada, en 1944, con el Premio Nadal por su novela “Nada”, de la que se exhiben, en la muestra del Cervantes, las siete primeras cuartillas manuscritas por la autora.
Fue en el verano de 1951 cuando Carmen comenzó a leer libros religiosos, a instancias de su amiga Lilí Álvarez (1905-1998), quien le prestó uno que le produjo gran impacto. De aquella lectura y de lo que sucedió en su interior posteriormente emanó su novela “La mujer nueva”, redactada íntegramente, en 1955, en Arenas de San Pedro.
En el libro que le dejó Lilí, su autor, el Padre Omer Englebert (1893-1991), relata el proceso de conversión de una famosa actriz francesa de “varietés” en el parisino barrio de Montparnasse. Se titula, en la versión española, “Vida y Conversión de Eva Lavallière”.
Es en el capítulo tres, de la tercera parte, en donde el Padre Englebert detalla cómo se obró el cambio de Lavallière (1866-1929). «Fue por el diablo que llegué a Dios», decía Eva cuando tenía que dar razón del instante en el que se produjo la inflexión trascendental de su vida. Y en el capítulo cuatro, el sacerdote escribe acerca de la regeneración interior de la actriz: «En ella latía un corazón nuevo. Le había nacido un alma nueva. Ecce nova facio omnia. He transformado de tal modo que todo está renovado».
Esta frase, que el Padre Englebert tomó del Apocalipsis (21,5), fue la que el gran orador francés Jacques-Bénigne Bossuet (1627-1704) glosó cuando tuvo lugar la profesión de Madame de La Vallière (1644-1710), quien, habiendo sido la principal favorita del rey Luis XIV, se apartó de la Corte, entró en un convento, adoptó el nombre de Luisa de la Misericordia y escribió unas sentidas reflexiones acerca del amor de Dios.
Como un trasunto de todas estas historias, aunque en un escenario geográfico y social muy distinto, es el que se lee en la novela “La mujer nueva”, de Carmen Laforet. También la protagonista, Paulina Goya, nacida en Asturias, recibe inesperadamente, viajando en tren, la suave moción de la gracia de Dios, que le infunde, en el difícil momento personal en el que se halla, una comprensión plena de lo que ve, de lo que fue y de lo que anhela, siendo a partir de ese instante lo que el título de la obra proclama: una mujer nueva.
En esa etapa tan religiosa de la vida de Carmen Laforet, hubo otro libro que a ella le gustó muchísimo: “La destinación del hombre”, de Nikolái Berdiaev (1874-1948). Le regaló un ejemplar a su gran amiga Elena Fortún (1886-1952), creadora del personaje literario “Celia”. Ambas hicieron referencias a él en algunas de las cartas que se intercambiaron durante varios años, hasta la muerte de Elena. La Fundación “Santander”, de la entidad bancaria homónima, las ha recopilado en el libro “De corazón y alma (1947-1952)”.
La que Carmen le dirigió a Elena, a finales de 1951, es uno de los textos autobiográficos más inspiradamente religiosos de entre cuantos han salido de la pluma de un escritor en lengua española: «Dios me ha cogido por los cabellos y me ha sumergido en su misma Esencia. Ya no es que no haya dificultad para creer, para entender lo inexpresable… Es que no se puede no creer en ello.»
Y prosigue: «Rezo el credo por la calle sin darme cuenta. Cada una de sus palabras son luz. Elena, la Gracia tal como la he recibido es la felicidad más completa que existe. Jamás, jamás se puede sospechar una cosa así. La pobre voluptuosidad humana, Elena, no es nada comparado con esto. Nada… No existe ni una tentación…, solo un temor desesperado de perder esta sensación de Dios que sabes que te ha venido así, que se te ha dado por un misterio, por una elección indescifrable a la que tu mérito es ajeno por completo. Mientras tengas esto estás salvada… perderlo debe ser el mayor horror».
De aquí el que, ahora que llega el verano, tiempo para ponerse al día en la lectura aplazada de los libros que, durante el invierno, hemos ido apilando sobre una mesa o en las baldas de una estantería, o para disfrutar otra vez de algunos que ya hayamos leído, “La mujer nueva”, de Carmen Laforet, podría ser uno de los seleccionados, para deleitarse con él en las horas estivales, para emocionarse con los apasionados arranques de sus personajes y para aproximarse a la “comprensión” que la fe religiosa, iluminante, otorga a quien es bendecido con ella.
Jorge J. Fernández Sangrador
La Nueva España, domingo 22 de mayo de 2022, pp. 27-28
En la localidad abulense de Arenas de San Pedro se mantiene vivo el recuerdo de la estancia de Carmen Laforet, del lugar en donde se encontraba la casa en la que residía, de la presencia de su marido y de sus hijos, de su paso por las calles para ir a Misa, y en la fachada del ayuntamiento hay una placa, colocada y descubierta en 2004, año de fallecimiento de Carmen, para rendirles homenaje a ella y a la obra gestada y alumbrada en aquella ciudad en la que san Pedro de Alcántara entregó definitivamente su alma a Dios en 1562.
Robert Louis Stevenson, autor de La isla del tesoro y El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, realizó, en 1878, un viaje desde Le Monastier-sur-Gazeille hasta Saint-Jean-du-Gard, que discurrió a través de las accidentadas regiones de Francia bañadas por los ríos Loira, Allier, Lot, Chassezac, Tarn, Tarnon, Mimente y Gardon. Tenía veintiocho años.
Dos motivos le impelieron a iniciar ese largo paseo, de casi doscientos cincuenta kilómetros, en el que empleó doce días, del 22 de septiembre al 4 de octubre: por una parte, el regreso a California de Fanny Osbourne, pintora norteamericana de la que estaba locamente enamorado, y, por otra, el deseo de conocer los lugares en los que se produjeron, a partir de 1702, los levantamientos de los camisardos, protestantes de las Cevenas, ante las persecuciones desatadas contra ellos después de la proclamación del Edicto de Fontainebleau.
Stevenson, que provenía de una familia protestante de Edimburgo, guardaba en su memoria las historias sobre los covenanters de Escocia que el aya Alison Cunningham le había contado durante la infancia. Además, entre sus preferencias literarias figuraba una novela de George Sand, El marqués de Villamar, cuyo enredo discurre en las Cevenas, que Stevenson recorrería en este viaje inolvidable.
Y para ilustrarse sobre lo acaecido en las comunidades protestantes de aquella región de Francia que iba a visitar, portaba en su equipaje Historia de los pastores del desierto. Desde la revocación del Edicto de Nantes hasta la Revolución francesa, 1685-1789, obra en dos volúmenes de Napoléon Peyrat, publicada en 1842, acerca del alzamiento camisardo.
En Le Monastier-sur-Gazeille, Stevenson compró, por sesenta y cinco francos, más dos copas de brandy, “una diminuta burra, no mucho más grande que un perro, de color ratón, con una mirada bondadosa y una quijada firme. Tenía aquella bribona un cierto aire de pulcritud y alcurnia, de elegancia de cuáquera, que me conquistó en el acto”.
Le impuso el nombre de Modestine. Sobre ella cargó lo que él llamó “producto de mi ingenio”: un saco de dormir. “Una especie de rollo o salchicha, color verde como de cubierta de carreta impermeable por fuera y forrado por dentro con piel de cordero azulada. Espaciosa como maleta, abrigada y seca como lecho”. Es la primera vez que se hace mención en la historia de la literatura de tal receptáculo.
Escribió Jorge Luis Borges: “Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson”. Pues bien, con unas dotes extraordinarias de observador, una presencia de ánimo para dormir en bosques o en descampados que sólo se halla en aventureros y exploradores británicos y una fluidez excepcional para referir con suma gracia lo visto, lo gozado o lo padecido, las anotaciones escritas en aquellos días otoñales de 1878 por Stevenson fueron publicadas al año siguiente con el título Viajes con una burra por las Cevenas. La tinerfeña editorial Baile del Sol ha sacado a la venta una traducción del libro en la colección “Dando pata”.
El 26 de septiembre, Stevenson se dirigió a la trapa de Notre Dame des Neiges, en Ardèche. El edificio en el que se alojó el viandante escocés no existe actualmente. Un incendio lo redujo a escombros y cenizas en 1912.
Fue el monasterio en el que ingresó Charles de Foucauld después de su conversión 1886. El 26 de enero de 1890, tomó el hábito y adoptó el nombre de Marie-Albéric. Allí celebró, el 10 de junio de 1901, su primera Misa. Aún siguen en la actual abadía algunas de sus pertenencias: el cáliz, la patena, la casulla, el alba, el estuche con los corporales, el maletín de viaje, el catalejo que usó en Marruecos, el alfiler de la corbata, el cinturón, el paraguas, cartas, dibujos y un medallón. La nueva iglesia fue consagrada en 1921.
En el monasterio estuvo refugiado Robert Schuman, padre de Europa y primer presidente del Parlamento Europeo. En 1942, los alemanes trataron de aprehenderlo, pero logró llegar al cenobio y permanecer en él clandestinamente con el nombre de Robert Durenne.
He aquí las fotografías que tomé, cuando pasé allí la Nochebuena y Navidad de 2016, de las pertenencias y recuerdos que se conservan en la abadía de Notre Dame des Neiges, que los monjes cistercienses, que no llegan a diez, abandonarán en septiembre de 2022:
La abadía de Notre Dame des Neiges
Maqueta de cómo era la abadía cuando vivió Charles de Foucauld en ella
Capilla dedicada a Charles de Foucauld en el jardín de la abadía
Cáliz y patena de Charles de Foucauld
Casulla y alba de Charles de Foucauld
Estuche para los corporales de Charles de Foucauld
Expositor con objetos pertenecientes a Charles de Foucauld
Alfiler de la corbata, paraguas y medallón de Charles de Foucauld
Catalejo que Charles de Foucauld utilizó en Marruecos
El maletín de viaje de Charles de Foucauld
Dibujo realizado por Charles de Foucauld
Dibujo realizado por Charles de Foucauld
Dibujo realizado por Charles de Foucauld
Varios motivos ilustrativos de episodios de la vida de Charles de Foucauld realizados artesanalmente:
Uno de los secretos que el sacerdote Henri Huvelin (1830-1910) se llevó a la tumba fue el del contenido de algunas de sus conversaciones con Émile Littré (1801-1881), el autor del “Dictionnaire de la langue française”, al que Huvelin había ido a ver, en 1878, para hacerle una consulta, «de historiador a historiador», acerca de cierto tema en el que se hallaba interesado.
Littré, que era de procedencia familiar protestante, pero alejado de las prácticas religiosas, positivista y miembro de la Logia del Gran Oriente, enfermó en 1880 y su mujer, católica, quiso que, antes de morir, hablase con un sacerdote. Pensó, entre otros, en Huvelin. Y, habiéndose puesto en contacto con él, le rogó que fuera a su casa para que tratase con su marido de los asuntos que atañen al final de una vida. Fue.
Desde entonces, el sacerdote visitaba frecuentemente el hogar de los Littré y, en aquellos encuentros, Émile iba abriéndose y mostrando, poco a poco, las interioridades de su alma a aquel interlocutor sabio, prudente, comprensivo, profundo y cercano que Dios había puesto en su camino, hasta el punto de que llegó a considerar la posibilidad de recibir el bautismo. Y así tuvo lugar la singular “conversión” del autor del “Diccionario de la lengua francesa”.
No sería la única que se produjo bajo la guía de Henri Huvelin. Pero, de todas, la más famosa fue la de Charles de Foucauld (1858-1916). En la iglesia parisina de Saint-Augustin hay una placa, en una capilla lateral, junto a un confesonario, en la que se recuerda que, allí, en octubre de 1886, confesándose con l´abbé Huvelin, se convirtió Foucauld.
Charles de Foucauld, que hoy, domingo 15 de mayo, será canonizado en Roma por el Papa Francisco, acudió a la iglesia para charlar acerca de la fe católica. Y se dirigió al confesonario en el que estaba sentado Huvelin, quien, en vez de entrar en dialécticas de nunca acabar, le sugirió que se confesase. Foucauld dijo que no era creyente. Huvelin insistió. Foucauld se resignó. Y se confesó.
Y a continuación recibió la comunión. En ese mismo instante, una paz luminosa, suave y transformadora inundó su alma. «Desde aquel día, mi vida no ha sido otra cosa que un encadenamiento de bendiciones… de gracias siempre crecientes, … una marea que sube y sube constantemente», escribió más tarde.
Anduvo luego por monasterios, viajó a Tierra Santa, fue ordenado sacerdote, marchó a Argelia, se instaló en Béni Abbès, primero, y en Tamanrasset, después. Y, estando entre las gentes del desierto, acopió vocablos locales, los tradujo, los ordenó y compuso, sin llegar a verlo impreso, su “Dictionnaire touareg-français. Dialecte de l’Ahaggar».
Es impresionante. Son dos mil veintiocho hojas manuscritas, que L’Harmattan publicó, en 2005, en segunda edición, en cuatro volúmenes. La letra es pequeña, clara, bien trazada y maravillosamente alineada. Y así en los dos mil folios. Con dibujos, tablas, mapas y gráficos. Y tachaduras. Al verlas he recordado aquello que dijo Eduardo Galeano acerca de las enmiendas literarias: «Por Juan Rulfo aprendí que también se escribe con la otra punta del lápiz, la de la goma de borrar».
Tengo los cuatro volúmenes y creo que nunca me he sentido tan perdido en el manejo de una obra como lo estoy con ésta cuando trato de adentrarme en ella. Las raíces, las flexiones, las acepciones, el orden del alfabeto, las glosas, las referencias y las ilustraciones sólo las entenderán las personas familiarizadas con el dialecto de l’Ahaggar y otros afines.
En el prólogo de la primera edición, de 1951, André Basset la aclamó como superior a todas las anteriores existentes en el universo lingüístico tuareg y bereber, aun con las posibles discrepancias a que hubiere lugar. Lo cierto es que este tipo de trabajos no se pasan nunca. Siempre habrá que recurrir a ellos.
Foucauld recopiló también poemas y textos en prosa transmitidos oralmente entre los nómadas y moradores del desierto. Y labores como la suya, no solo contribuyen a un mayor y más completo conocimiento de las lenguas y de las costumbres de los pueblos de la tierra, y de otras realidades humanas, sino que muestran de modo irrefragable el valioso servicio que los santos ofrecen a la sociedad en los diversos ámbitos del saber, y, en el caso concreto de san Carlos de Foucauld, los de la lexicografía, la lingüística, la literatura, la geografía, la historia y la etnografía.
Jorge J. Fernández Sangrador
La Nueva España, domingo 15 de mayo de 2022, p. 26
La firma de Foucauld
La letra de Foucauld
Las tachaduras
Lugar en el que se confesó y convirtió Charles de Foucauld
Charles de Foucauld murió en Tamanrasset, Argelia, a causa del disparo que un miembro del grupo senusista que lo había aprehendido le descerrajó en la cabeza. Fue el 1 de diciembre de 1916. Han transcurrido cien años desde entonces y el halo de luz que circunda esa gran figura del cristianismo no deja de dilatarse y de suscitar inmediata fascinación en quien se detiene, aunque no sea nada más que un instante, en conocer alguna de las etapas que jalonan su extraordinario periplo vital y espiritual.
De Foucauld nació, el 15 de septiembre de 1858, en Estrasburgo. Quedó huérfano de padre y madre siendo aún muy niño, por lo que tuvo que irse a vivir con un abuelo, al que profesaba un cariño enorme. Su familia era aristocrática y profundamente religiosa, pero la fe iría apagándose en Charles hasta desaparecer por completo. Cuando cumplió dieciocho años no creía absolutamente en nada.
Ingresó en la Escuela Especial Militar de Saint-Cyr, de la que egresó como oficial. Fue destinado a Argelia. Comedor, bebedor, jugador, lujurioso e indisciplinado. Así era el vizconde De Foucauld. Acabaron expulsándolo del ejército. Después lo readmitieron. Más tarde lo dejó él por su propia cuenta. En fin, un bala. Sin embargo, en ese período norteafricano, el indómito militar se hallaba inerme ante los sutiles e irrompibles lazos con los que el desierto ciñe para siempre a quien ha gustado de su telúrica soledad, los maravillosos atardeceres, los parajes lunares, la percepción de vaporosos espejismos, el disperso e ilimitado arboreto de palmeras, acacias y arbustos espinosos, el dulce sopor del mediodía, el paso solemne de las caravanas, la inmensidad del océano de arena y la infinitud del cielo estrellado.
El desierto, que, siglos antes de Cristo, era, según el profeta Oseas, un lugar para la seducción y el amor (“la llevaré al desierto y le hablaré al corazón”), exhala un lirismo que perciben, con particular sensibilidad, los franceses y los ingleses: Antoine de Saint-Exupéry, Michel Vieuchange, Richard Francis Burton o Thomas Edward Lawrence, por poner algunos ejemplos significativos. Y, por supuesto, Charles de Foucauld, quien, con veinticuatro años de edad, realizó un viaje de exploración por territorios, incógnitos para los europeos, de Marruecos, haciéndose pasar por rabino judío.
Esas incursiones son sumamente duras. El expedicionario sufre lo indecible: hay ocasiones en las que no se dispone de cabalgaduras, los pies se despellejan de caminar sobre guijarros cortantes, las rodillas duelen y tiemblan como las de un caballo enfermo de infosura, la piel se paspa por el calor sofocante del día y el frío glacial de la noche, la sed es terrible, se come cualquier cosa, los piojos constituyen una compañía ineludible desde la primera pernoctación, los episodios de supervivencia, sorteando salteadores y captores, acaecen constantemente, y sobre el rumí (cristiano) que huella territorios inviolados se ciernen, además, amenazas de índole religiosa.
Sin embargo, Charles de Foucauld se sintió cautivado, no sólo por la extraña hermosura del desierto, sino también por la fe vigorosa de los musulmanes, de modo que, cuando regresó a París, la búsqueda de Dios se hizo acuciante en él. Los coloquios con su prima Marie de Bondy, la relectura de Élévations à Dieu sur tous les mystères de la religion chrétienne, de Jacques Bénigne Bossuet, y la guía espiritual del sacerdote Henri Huvelin, lo condujeron finalmente a la paz inefable que experimentó cuando recibió la sagrada comunión en la iglesia de San Agustín de París. Allí sigue aún el confesonario en el que su vida dio un vuelco total. Se había cumplido el deseo hecho súplica: “Si existes, haz que te conozca”.
Charles de Foucauld escribiría más tarde: “Tan pronto como creí que había un Dios, comprendí que no podía hacer otra cosa que vivir para él”. Anduvo por los monasterios de Fontgombault, Solesmes y Soligny-La-Trappe, y se decidió, al fin, por la trapa de Nuestra Señora de las Nieves, en Ardèche, en la que ingresó; se trasladó, después, a su filial en Siria, Nuestra Señora del Sagrado Corazón, en Cheikhlé; luego, pasó a la de Nuestra Señora de Staouëli, en Argelia.
Sus superiores lo enviaron a Roma con el fin de que se preparase para el sacerdocio. Pero el abad general veía que la trapa no era lo de Charles. Y le concedió permiso para que prosiguiera, fuera de la obediencia cisterciense, la búsqueda de su verdadero camino de realización espiritual. Fue a Tierra Santa. Y allí sí, allí fraguó su plan de vida cristiana, que no era otro que el de imitar a Jesús de Nazaret, pobre y humilde, siendo el último a los ojos del mundo.
Fue ordenado sacerdote, el 9 de junio de 1901, en la diócesis francesa de Viviers. A continuación se marchó a Béni Abbès, en Argelia, en donde levantó su primer eremitorio. En 1905 se instaló en Tamanrasset, entre los tuaregs. Su vida se regía por la austeridad extrema, la oración constante, la hospitalidad ilimitada, la caridad ardorosa y la abyección de sí mismo. Y todo ello para ser esencialmente hermano universal.
El cierzo impetuoso habría borrado cualquier rastro de Charles de Foucauld en las inabarcables extensiones del Sáhara si, con la vocación religiosa, se hubiese anegado la fructífera pujanza literaria que pugnaba en su interior por derramarse, ya desde su adolescencia, en la incitadora lámina de un papel. Pero no fue así, sino todo lo contrario. Dejó cientos de cuartillas y folios escritos: diarios, anotaciones, carnés de viajes, meditaciones, cartas y reglas de vida. En el libro Reconnaissance au Maroc, 1883-1884, en el que refiere sus andanzas por Marruecos, dice de sí mismo, según la versión española de la obra: “Durante la marcha, tenía incesantemente un cuaderno de cinco centímetros cuadrados oculto en el hueco de la mano izquierda; con un lápiz de dos centímetros de largo que no abandonaba la otra mano, consignaba lo que de notable presentaba el camino”. No importaba que éste fuera accidentado o dificultoso. Tomaba notas todo el tiempo. Luego, en el silencio de la noche, las ordenaba cuidadosamente en otro cuaderno. Y así a lo largo de su vida.
Le gustaban las palabras. Recogía vocablos de los tuaregs, que después agrupaba y traducía. El resultado de ese trabajo de recopilación salió a la luz, tras su muerte, en forma de diccionario tuareg-francés. Y eso lo hacía también con poesías y textos en prosa bereberes. Sus apuntes filológicos poseen gran valor lingüístico y etnológico. Y es que, entre los incontables beneficios de la santidad, hay que registrar también el del servicio a los demás por medio de sustanciosas aportaciones científicas.
Tenía siempre a mano a Aristófanes, el Corán, Juan Crisóstomo, Teresa de Jesús y la Biblia. Fue, en su juventud, un dilapidador, pero la lectura de los clásicos grecolatinos y franceses impidió que el harmatán de la desesperanza agostara su espíritu sensible, libre y audaz. Y habiendo sido un gran descriptor de regiones inexploradas del Norte de África, lo fue aún mejor de aquellas otras que existen dentro de cada persona, en su alma, igualmente inexploradas, a las que Charles de Foucauld también viajó y describió con su cálamo de precisión, fluidez y hondura, a la luz del Amor. Fue beatificado el 13 de noviembre de 2005.