María de Nazaret: lectora

La representación más antigua que se conserva de la Virgen María con un libro en la mano, en el momento en el que el ángel Gabriel le anuncia que ha sido elegida por Dios para que Jesús, el Salvador del mundo, se encarne en sus entrañas purísimas, es en un cofre de marfil del siglo IX que se conserva en el Herzog Anton Ulrich Museum de Braunschweig, en Alemania.

A partir de entonces, el número de las representaciones de la Virgen hablando con el ángel junto al brocal de un pozo o mientras hilaba fue disminuyendo y se multiplicaron las de la lectora que sostiene un libro en las manos o reposando en su regazo, o lo tiene junto a ella en un atril o sobre una mesa. 

Y la primera vez que aparecieron caracteres escritos en el libro de la Virgen fue en un capitel, del siglo XII, de la lionesa iglesia de Saint-Martin d’Ainay, en Francia. María lo alza, abierto, como si fueran las dos tablas de la Ley en el monte Sinaí y se aprecian cuatro letras capitales incisas, que se corresponden con las iniciales de las primeras palabras de la profecía mesiánica de Isaías: «E(cce) V(irgo) C(oncipiet) E(t)», es decir, «He aquí que la Virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Enmanuel» (Isaías 7,14).

Comentando el relato lucano de la Anunciación, escribió san Ambrosio, obispo de Milán: «Al final, le dijo el ángel: “Mira la prueba: He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo”. Esto lo había leído ya María (legerat hoc Maria) y por eso creyó; pero lo de cómo podría suceder no lo había leído».

Resulta llamativo el hecho de que, en épocas en las que la lectura se hallaba restringida a círculos muy selectos, se muestre, y cada vez con mayor frecuencia, a la humilde María de Nazaret con un libro. Y el texto impreso en sus páginas es, o bien el oráculo arriba mencionado de Isaías, o bien el salmo 44 («Audi, filia, et vide… Escucha, hija, y mira…»), o bien el salmo 8 («Domine, Dominus noster, quam admirabile est nomen tuum… Señor, Dueño nuestro, qué admirable es tu nombre…»), por citar solo los pasajes habituales.

Dejando a un lado ahora el del “Magníficat” o el del “Officium beatae Mariae Virginis”, que figuran en algunas representaciones de la Anunciata lectora, como anticipaciones del futuro, en el que María será ensalzada e invocada como intercesora ante Dios, la Virgen aparece, sobre todo en el instante de la salutación angélica, como escrutadora de las profecías del Antiguo Testamento.

Con los dedos índice y pulgar entre las páginas del libro, conservando los registros, va de una perícopa a otra y las coteja, porque, para revelar el sentido pleno de lo que anuncian, no se valen solas sino que han de hacerlo a coro, estando todas juntas.

Lectora, sí, y también escritora. Así en el tondo “Virgen del Magníficat”, de Sandro Botticelli, y en el cuadro de Marie Ellenrieder, en el que la Virgen, sujetando con la mano izquierda la tabla que mantiene apoyada sobre el muslo, compone el Magníficat.

No sé si fue porque se remontaron hasta las tradiciones apócrifas sobre la infancia de María y su presentación y estancia en el templo de Jerusalén o si emanó de los sentimientos devotos del pueblo cristiano hacia san Joaquín y santa Ana, padres de la Virgen y abuelos de Jesús, pero el caso es que tanto pintores como imagineros han reproducido en sus obras, con inspirada maestría, el aprendizaje de las primeras letras por parte de María bajo la guía de santa Ana. En algunas de las imágenes triples (“Anna selbdritt”), la abuela enseña a leer a la hija y al nieto.

Más tarde, como puede verse, por ejemplo, en Sandro Botticelli, Pinturicchio o Simone Martini, la Virgen hará lo mismo con Jesús, su hijo, ejerciendo así, al igual que santa Ana, de madre y maestra. “Mater et magistra”. Con este título publicó Juan XXIII, hace sesenta años, una encíclica sobre el desarrollo de la cuestión social a la luz de la doctrina cristiana. Porque también la Iglesia es, como María, lectora y hermeneuta de las Escrituras sagradas, y pedagoga que enseña a adentrarse en el interior de las cosas (“intus-legere”) a quien siente anhelos de conocer la Verdad. Y porque también la Iglesia es, como María, madre y maestra.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 12 de diciembre de 2021, p. 25

Cofre de marfil del siglo IX, en el Herzog Anton Ulrich Museum de Braunschweig

Capitel del siglo XII en la iglesia de Saint-Martin d’Ainay

Retablo mayor de la catedral de Oviedo

Retablo lateral de la capilla de Santa María del rey Casto, en la catedral de Oviedo

Virgen del Magníficat, de Marie Ellenrieder

Santa Ana enseñando a leer a la Virgen, de Juan Carreño de Miranda

Santa Ana triple (Anna Selbdritt), en el Museum Catharijneconvent de Utrecht

La Virgen enseñando a leer a Jesús, de Pinturicchio

La Anunciación, de fra Angelico