Si existes …

Charles de Foucauld murió en Tamanrasset, Argelia, a causa del disparo que un miembro del grupo senusista que lo había aprehendido le descerrajó en la cabeza. Fue el 1 de diciembre de 1916. Han transcurrido cien años desde entonces y el halo de luz que circunda esa gran figura del cristianismo no deja de dilatarse y de suscitar inmediata fascinación en quien se detiene, aunque no sea nada más que un instante, en conocer alguna de las etapas que jalonan su extraordinario periplo vital y espiritual.

De Foucauld nació, el 15 de septiembre de 1858, en Estrasburgo. Quedó huérfano de padre y madre siendo aún muy niño, por lo que tuvo que irse a vivir con un abuelo, al que profesaba un cariño enorme. Su familia era aristocrática y profundamente religiosa, pero la fe iría apagándose en Charles hasta desaparecer por completo. Cuando cumplió dieciocho años no creía absolutamente en nada.

Ingresó en la Escuela Especial Militar de Saint-Cyr, de la que egresó como oficial. Fue destinado a Argelia. Comedor, bebedor, jugador, lujurioso e indisciplinado. Así era el vizconde De Foucauld. Acabaron expulsándolo del ejército. Después lo readmitieron. Más tarde lo dejó él por su propia cuenta. En fin, un bala. Sin embargo, en ese período norteafricano, el indómito militar se hallaba inerme ante los sutiles e irrompibles lazos con los que el desierto ciñe para siempre a quien ha gustado de su telúrica soledad, los maravillosos atardeceres, los parajes lunares, la percepción de vaporosos espejismos, el disperso e ilimitado arboreto de palmeras, acacias y arbustos espinosos, el dulce sopor del mediodía, el paso solemne de las caravanas, la inmensidad del océano de arena y la infinitud del cielo estrellado.

El desierto, que, siglos antes de Cristo, era, según el profeta Oseas, un lugar para la seducción y el amor (“la llevaré al desierto y le hablaré al corazón”), exhala un lirismo que perciben, con particular sensibilidad, los franceses y los ingleses: Antoine de Saint-Exupéry, Michel Vieuchange, Richard Francis Burton o Thomas Edward Lawrence, por poner algunos ejemplos significativos. Y, por supuesto, Charles de Foucauld, quien, con veinticuatro años de edad, realizó un viaje de exploración por territorios, incógnitos para los europeos, de Marruecos, haciéndose pasar por rabino judío.

Esas incursiones son sumamente duras. El expedicionario sufre lo indecible: hay ocasiones en las que no se dispone de cabalgaduras, los pies se despellejan de caminar sobre guijarros cortantes, las rodillas duelen y tiemblan como las de un caballo enfermo de infosura, la piel se paspa por el calor sofocante del día y el frío glacial de la noche, la sed es terrible, se come cualquier cosa, los piojos constituyen una compañía ineludible desde la primera pernoctación, los episodios de supervivencia, sorteando salteadores y captores, acaecen constantemente, y sobre el rumí (cristiano) que huella territorios inviolados se ciernen, además, amenazas de índole religiosa. 

Sin embargo, Charles de Foucauld se sintió cautivado, no sólo por la extraña hermosura del desierto, sino también por la fe vigorosa de los musulmanes, de modo que, cuando regresó a París, la búsqueda de Dios se hizo acuciante en él. Los coloquios con su prima Marie de Bondy, la relectura de Élévations à Dieu sur tous les mystères de la religion chrétienne, de Jacques Bénigne Bossuet, y la guía espiritual del sacerdote Henri Huvelin, lo condujeron finalmente a la paz inefable que experimentó cuando recibió la sagrada comunión en la iglesia de San Agustín de París. Allí sigue aún el confesonario en el que su vida dio un vuelco total. Se había cumplido el deseo hecho súplica: “Si existes, haz que te conozca”.

Charles de Foucauld escribiría más tarde: “Tan pronto como creí que había un Dios, comprendí que no podía hacer otra cosa que vivir para él”. Anduvo por los monasterios de Fontgombault, Solesmes y Soligny-La-Trappe, y se decidió, al fin, por la trapa de Nuestra Señora de las Nieves, en Ardèche, en la que ingresó; se trasladó, después, a su filial en Siria, Nuestra Señora del Sagrado Corazón, en Cheikhlé; luego, pasó a la de Nuestra Señora de Staouëli, en Argelia.

Sus superiores lo enviaron a Roma con el fin de que se preparase para el sacerdocio. Pero el abad general veía que la trapa no era lo de Charles. Y le concedió permiso para que prosiguiera, fuera de la obediencia cisterciense, la búsqueda de su verdadero camino de realización espiritual. Fue a Tierra Santa. Y allí sí, allí fraguó su plan de vida cristiana, que no era otro que el de imitar a Jesús de Nazaret, pobre y humilde, siendo el último a los ojos del mundo.

Fue ordenado sacerdote, el 9 de junio de 1901, en la diócesis francesa de Viviers. A continuación se marchó a Béni Abbès, en Argelia, en donde levantó su primer eremitorio. En 1905 se instaló en Tamanrasset, entre los tuaregs. Su vida se regía por la austeridad extrema, la oración constante, la hospitalidad ilimitada, la caridad ardorosa y la abyección de sí mismo. Y todo ello para ser esencialmente hermano universal.

El cierzo impetuoso habría borrado cualquier rastro de Charles de Foucauld en las inabarcables extensiones del Sáhara si, con la vocación religiosa, se hubiese anegado la fructífera pujanza literaria que pugnaba en su interior por derramarse, ya desde su adolescencia, en la incitadora lámina de un papel. Pero no fue así, sino todo lo contrario. Dejó cientos de cuartillas y folios escritos: diarios, anotaciones, carnés de viajes, meditaciones, cartas y reglas de vida. En el libro Reconnaissance au Maroc, 1883-1884, en el que refiere sus andanzas por Marruecos, dice de sí mismo, según la versión española de la obra: “Durante la marcha, tenía incesantemente un cuaderno de cinco centímetros cuadrados oculto en el hueco de la mano izquierda; con un lápiz de dos centímetros de largo que no abandonaba la otra mano, consignaba lo que de notable presentaba el camino”. No importaba que éste fuera accidentado o dificultoso. Tomaba notas todo el tiempo. Luego, en el silencio de la noche, las ordenaba cuidadosamente en otro cuaderno. Y así a lo largo de su vida.

Le gustaban las palabras. Recogía vocablos de los tuaregs, que después agrupaba y traducía. El resultado de ese trabajo de recopilación salió a la luz, tras su muerte, en forma de diccionario tuareg-francés. Y eso lo hacía también con poesías y textos en prosa bereberes. Sus apuntes filológicos poseen gran valor lingüístico y etnológico. Y es que, entre los incontables beneficios de la santidad, hay que registrar también el del servicio a los demás por medio de sustanciosas aportaciones científicas.

Tenía siempre a mano a Aristófanes, el Corán, Juan Crisóstomo, Teresa de Jesús y la Biblia. Fue, en su juventud, un dilapidador, pero la lectura de los clásicos grecolatinos y franceses impidió que el harmatán de la desesperanza agostara su espíritu sensible, libre y audaz. Y habiendo sido un gran descriptor de regiones inexploradas del Norte de África, lo fue aún mejor de aquellas otras que existen dentro de cada persona, en su alma, igualmente inexploradas, a las que Charles de Foucauld también viajó y describió con su cálamo de precisión, fluidez y hondura, a la luz del Amor. Fue beatificado el 13 de noviembre de 2005.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 11 de diciembre de 2016

De maestro a doctor

Uno de los criterios por los que se rige la Santa Sede para declarar doctor a un hijo de la Iglesia es el de la eminencia en la doctrina. Mas quienes hayan ejercido como teólogos censores en procesos ordinarios de canonización habrán podido comprobar que, en numerosas ocasiones, en las expresiones orales o escritas de los siervos de Dios sometidos a examen, no sólo no se contienen errores dogmáticos, sino que dan muestras de haber adquirido un conocimiento de las realidades trascendentes por una vía que es igualmente sobrenatural, máxime si se trata de santos pastores, a quienes por naturaleza corresponde ser maestros de la fe además de modelos de vida cristiana: “fortaleciendo a tu Iglesia con el ejemplo de su vida, instruyéndola con su palabra”, se rezará, si son elevados a los altares, en el prefacio de su fiesta.

Un plus teologal

Se requiere, por tanto, un plus para ser declarado doctor. Hay actualmente treinta y tres. De éstos, veinticinco son padres de la Iglesia o autores medievales. El importante papel que unos y otros han desempeñado en la historia de la teología y de la espiritualidad cristianas es universalmente reconocido. Es más, cabría aun agregar nuevos nombres, como, por ejemplo, el de Ireneo de Lyon, o el de alguna de las grandes figuras eclesiales que, por haber contribuido de manera eximia a una mejor comprensión de los misterios de la fe, han sido sucesivamente destacadas por Benedicto XVI en las catequesis de los miércoles. Los ocho restantes han vivido en el período comprendido entre los siglos XVI y XIX: Teresa de Jesús, Pedro Canisio, Roberto Belarmino, Juan de la Cruz, Lorenzo de Brindis, Francisco de Sales, Alfonso María de Ligorio y Teresa del Niño Jesús. La proclamación de esta última manifiesta bien a las claras que el plus requerido no es de orden académico, sino teologal.

Aclamado como Maestro

Dos papas, dieciocho obispos, ocho presbíteros, un diácono, un abad y tres vírgenes constituyen la nómina de doctores de la Iglesia. Si se adujese en pro del doctorado de Juan de Ávila el hecho de que falta un presbítero secular en el elenco –el que más se aproxima es Jerónimo, pues los siete restantes son religiosos-, podría dar la impresión de que se opera con categorías de cuota. Y mejor que no sea así. Pero, en el caso del Maestro Ávila, lo de secular no es accidental, sino esencial. Y la designación de Maestro, indicativa. En efecto, no se tiene noticia de presbítero alguno al que se haya adjudicado semejante título por parte del clero de toda una nación y proclamado con ardor durante más de cuatrocientos años; clero que, movido únicamente por su admiración hacia tan venerable personalidad y luminoso magisterio, ha trabajado denodadamente en favor, primero, de su beatificación; después, de su canonización; ahora, de su doctorado.

Ser sacerdote

¿Qué es lo que el clero español –y también el hispanoamericano- ha captado de eminente en la vida y en los escritos del Maestro Ávila? Que ser sacerdote lo es todo. Sacerdote. Sólo sacerdote. Nada más que sacerdote. Y este fenómeno merece el reconocimiento de la Iglesia. En un período de la historia en el que cada vez es más frecuente oír que los tenidos por estados perfectos de vida cristiana excluyen en principio el sacerdocio ordenado, justificando así el nacimiento de institutos de toda índole, que son expresión de corrientes coyunturales de espiritualidad, en los que el presbiterado sobreviene posteriormente según conveniencia, la voz de Juan de Ávila se alza desde hace siglos, coreada por todos los presbiterios diocesanos de lengua española, para proclamar que el sacerdocio es, junto con el matrimonio, un estado de vida santificado por la gracia sacramental, que pertenece a la naturaleza de la Iglesia y que es insustituible, ya que, por medio de él, Jesucristo sigue ofreciéndose al Padre, se unen lo divino y lo humano, son perdonados los pecados y se crea la Iglesia: ¿cabe, por todo ello, proponer, en un año dedicado al sacerdocio, doctrina más eminente?

Jorge Juan Fernández Sangrador

Pliego “San Juan de Ávila. Razones para un doctorado”, en Revista “Vida Nueva”, 26 de septiembre al 2 de octubre de 2009 (número 2676) p. 30.

Las Hurdes

Los reyes de España visitarán, dentro de unos días, algunos de los lugares en los que estuvo el rey Alfonso XIII durante su famoso viaje por Las Hurdes, que comenzó en la tarde del 20 de junio de 1922 con la compañía del obispo de Coria, del ministro de la Gobernación y de otras autoridades.

Se dice que el monarca se sintió impelido a visitar esa región de España después de haber conocido un informe elaborado por Gregorio Marañón, en el que se enumeraban los tipos de enfermedades que aquejaban a sus pobladores a causa de la falta de medicinas y de prestaciones médicas y asistenciales. El doctor Marañón formó parte también de la comitiva real de 1922.

En realidad, fueron eclesiásticos quienes alzaron la voz para llamar la atención acerca la situación de pobreza en la que se hallaban las alquerías hurdanas. Destacan, de entre ellos, el obispo de Plasencia, Francisco Jarrín y Moro (1843-1912), «celosísimo protector de Las Jurdes», y el deán de la catedral de Plasencia y después de la de Toledo, José Polo Benito (1879-1936).

El deán Polo Benito fue director de la revista “Las Hurdes”, organizó el primer “Congreso Nacional de Hurdanos y Hurdanófilos”, publicó “El Hogar Jurdano”, “Crónica del Congreso Nacional a favor de Las Jurdes”, “Las Hurdes y la Esperanza de Las Hurdes” y otros escritos en los que proponía ideas y soluciones de carácter social para la mejora de las condiciones de vida de los habitantes de aquellas tierras.

De ahí el que el canónigo José Polo Benito sea considerado como el verdadero promotor de la memorable visita real. Con todo, fue vilmente asesinado, en 1936, en Toledo, por «odio a la fe». Setenta años después, Benedicto XVI lo proclamó beato, junto a otros casi quinientos mártires durante la persecución religiosa en España, en una ceremonia que tuvo lugar, en 2007, en Roma.

En el archivo fotográfico que se custodia en el Centro de Documentación de Las Hurdes se puede apreciar la presencia de la Iglesia, desde siempre, en aquellos pueblos, ya que hay muchísimas fotos en las que aparecen, en medio de su gente, los sacerdotes.

A día de hoy la Iglesia sigue haciéndose presente en Las Hurdes a través de las comunidades parroquiales, con sus pastores, y de diferentes obras sociales: Cáritas; o la “Casa de la Misericordia”, de los Esclavos de María y de los Pobres, en Pinofranqueado; o el “Cottolengo del Padre Alegre”, atendido por las Hermanas Servidoras de Jesús, en La Fragosa.

Para recorrer en coche la ruta que hizo Alfonso XIII hay que ir a Casar de Palomero y desde aquí seguir por Azabal, Pinofranqueado, Mesegal, Cambroncino, Vegas de Coria, Rubiaco, Nuñomoral, Cerezal, Martilandrán, La Fragosa, El Gasco, Asegur, Las Heras, Casares de Las Hurdes, Carabusino, Riomalo de Arriba, Ladrillar, Cabezo y Las Mestas. Si se quiere realizar el viaje del rey en su totalidad, se debe llegar entonces hasta La Alberca, que es en donde concluyó, fuera ya de Las Hurdes.

En algunos pueblos hay un monolito que indica que por esa población pasó Alfonso XIII. Aunque de todos los sitios que componen el itinerario regio, tal vez sea en el valle del río Malvedillo, entre Nuñomoral y El Gasco, en donde el viajero pueda darse una idea exacta de cómo eran las vías de comunicación entre los núcleos de población hurdanos en 1922. 

De las visiones que más deleitarán al aventurero que emprenda la ruta real, para rememorarla, en estos días de primavera, serán las de las sonrientes jaras, que alegran el paisaje con sus flores, revistiéndolo de tal belleza que no es menor que la del valle del Jerte en el período de floración de los cerezos.

Y, además, cuántos vocablos nuevos se van aprendiendo durante el viaje, no empleados en las regiones hiperbóreas: “moheda”, “alquería”, “guijo”, “ahulaga” o “volvedero”.

Aunque es preciso decir que el firmante de esta columna periodística, que es natural de Cangas de Onís, en el Oriente de Asturias, y que es, por tanto, “jiyu” (hijo) para sus mayores, que come “jabes” (habas) al mediodía, debe coger con cuidado un “jachu” (hacha) y reza a “san Antoniu benditu”, se ha encontrado con que la lengua de su infancia, en la confluencia de los ríos astures Güeña y Sella, es la misma que se habla en Jurdes. Y también en Tierras de Granadilla.

Allí se pueden oír voces que son comunes a las que se emplean en la septentrional y primera capital de España: “jornu”, “jierve”, “jartu”, “jigu”, “jacer”, “jartón”, “jocicú”, “jolgazán”, “jormiga”, “jozar”, “ríu”, “tou” o “Cristu benditu”. Y esto hace que un cangués se sienta en Las Hurdes como en su propia casa, a lo que contribuyen, en no menor medida, la amabilidad de sus habitantes y no pocos elementos etnográficos, arquitectónicos, orográficos y fluviales, idénticos a los existentes en Asturias.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 8 de mayo de 2022, p. 44

Campanario, exento, con una fuente y un rosal, de la iglesia de Casares de Las Hurdes

Belleza, kerigma y catequesis

Entrevista en la Hoja Diocesana de Plasencia

Publicada el 1 de mayo de 2022

Jorge Juan Fernández Sangrador (Cangas de Onís, 1958) es, en la diócesis de Oviedo, vicario general, canónigo de la Catedral y profesor del Seminario Metropolitano. En la Universidad de Oviedo es rector de la Capilla universitaria y profesor en la Facultad de Formación del Profesorado y Educación. Publica semanalmente un artículo de opinión sobre «Cultura y Religión» en el diario «La Nueva España» (Grupo «Prensa Ibérica») y ha sido galardonado con el Premio de Periodismo “Ángel Herrera Oria” 2020. Es Miembro correspondiente de la Academia Dominicana de la Lengua.

Ante la gran exposición que está a punto de ser inaugurada con el título “Transitus” en la catedral de Plasencia, el sacerdote asturiano ha sido invitado por el Instituto «San Fulgencio» de Estudios Teológicos-Pastorales, para que, a través de  la Cátedra «San Juan Pablo II» y de la Formación Permanente del Clero, hable en ambos foros sobre “Via pulchritudinis”, el camino de la belleza en la vida de la Iglesia y en la de las personas que sienten en su interior un anhelo de elevación existencial, de trascendencia y de encuentro, en definitiva, con Dios.

En el camino de acceso a fe, ¿qué relación existe entre la Verdad, la Belleza y la Bondad?

Comparto lo que dijo, en 1970, Alexander Solzhenitsyn cuando recogió el Premio Nobel de Literatura. La idea era más o menos ésta: si del árbol del ser se van desmochando las ramas de lo Verdadero (verum) y lo Bueno (bonum), quedando podadas y cercenadas, como parece que está sucediendo, habrá de ser la de lo Bello (pulchrum) la que actúe en nombre de las tres. De ahí el que el camino de la Belleza, «via pulchritudinis», sea el que se muestre como el más adecuado hoy para llegar a apreciar el esplendor de la Verdad y la fuerza de la Bondad, y para encontrarse con Cristo, pues Él es la Verdad, Luz del Mundo, Amor que da la Vida y Maestro de Bondad.

La belleza ¿conduce al encuentro con Dios?

A Dios se puede llegar por la belleza, pues Él es Suma Belleza. No obstante, hay muchas personas que viven inmersas en un entorno de extraordinaria belleza y no son creyentes, porque el encuentro con Dios es, ante todo, obra de su gracia. Pero la belleza nos dispone siempre internamente para ese encuentro, porque eleva el espíritu a niveles que se alzan por encima de lo inmediato, lo tangible y lo útil, creándose así las circunstancias que se han de dar para acoger el don de su Presencia.

El encuentro con Dios tiene lugar principalmente por medio de Jesucristo, mientras que el acercamiento a Él por la belleza, ¿no resulta impersonal?

El escritor ruso Fiódor Dostoyevski puso en boca de uno de los personajes de su novela “El idiota” la sentencia que se ha hecho famosa: «La belleza salvará el mundo». Y luego la pregunta: «¿Qué clase de belleza será la que salve al mundo?». La respuesta se halla en el Evangelio: será la belleza de Cristo, la del “pastor bello” (kalós), como dice san Juan (10,11), la del que quedó humanamente desfigurado por la Pasión, pero manifestó antes su gloria en la Transfiguración, y al tercer día después de morir resucitó. No, no será el esteticismo impersonal lo que nos salve, sino Cristo, icono perfecto de la Belleza de Dios Uno y Trino.

¿En qué medida puede ser la exposición “Transitus” de las Edades del Hombre un cauce de evangelización?

En primer lugar, porque en ella se mostrará la belleza de la Iglesia. Hace unos meses, el Papa le dijo a la comunidad del Pontificio Seminario Lombardo de Roma: «Os invito a pedirle a Dios que soñéis con la belleza de la Iglesia. ¡La Iglesia es bella!». Lo es sobre todo por la caridad, que es epifanía en ella del Amor de Dios. Pero también por el arte. Los visitantes de “Transitus” se preguntarán: ¿Qué fe es ésta que crea tanta belleza? La exposición de Plasencia será puro kerigma. En segundo lugar, por el relato que la acompaña, no menos importante que las piezas que se exhiben. Será una catequesis perfecta. Y en tercer lugar, porque, al finalizar la visita, el “peregrino” que deambule por el espacio sagrado de la catedral saldrá de ella con paz, con una vivencia sobrenatural originada por la contemplación de las obras de arte y con un recuerdo “deuteronómico”, es decir, grato y agradecido. En conclusión, regresará a su vida cotidiana transfigurado por lo que ha visto, oído y leído en Plasencia.

¿Qué otros medios están al alcance de la diócesis o de las parroquias para llevar a cabo la misión de evangelizar siguiendo el camino de la belleza?

Si no existen centros culturales católicos, tanto a nivel diocesano como parroquial, hay que erigirlos. En ellos se estimulará la creatividad, se organizarán ciclos de conferencias y exposiciones, se publicarán libros y materiales que ayuden a conocer e interpretar correctamente el arte cristiano, se invitará a los representantes de corrientes culturales actuales, a escritores, arquitectos, músicos, cantantes, pintores, bailarines, cineastas, escultores, diseñadores, orfebres o ceramistas, para que hablen de sus ideas, propuestas o trabajos; y se organizarán encuentros de la modalidad “atrio de los gentiles”. En fin, actividades que serán de gran interés para quienes participen en ellas y que conferirán prestigio a la diócesis y a las parroquias ante la sociedad en general.

La exposición «Transitus»

El beato Frédéric Ozanam (1813-1854), profesor en la Universidad de la Sorbona, decía que había que crear cátedras al margen de las del Estado, para que, en ellas, los pensadores católicos pudiesen exponer libremente sus ideas acerca de los asuntos en los que la clase política tratara de dirigir a la sociedad y a la opinión pública por derroteros que no fuesen los de la antropología cristiana ni los de la doctrina social de la Iglesia.

En la diócesis de Plasencia existe, como componente de la estructura académica del Instituto “San Fulgencio” de Estudios Teológicos-Pastorales, una cátedra que lleva el nombre de san Juan Pablo II, a la que son invitados especialistas en las múltiples áreas en las que se anastomizan fe cristiana y cultura, para que diserten sobre cuestiones que, aunque coyunturales, sean de máxima relevancia, por sus implicaciones, para la Iglesia, para su ser, su misión y su estar en el mundo.

Deseo expresar, en esta tribuna del periódico, mi agradecimiento a los órganos directivos de la diócesis y del Instituto “San Fulgencio” por haberme distinguido con el honor de ser el primero en dictar una conferencia, en este caso sobre el estrado de la mencionada cátedra, dentro de la serie de las que van a tener lugar en los próximos meses en la Perla del Jerte como complementación de la magna exposición que pronto será inaugurada en la catedral placentina.

El título de la muestra será “Transitus” y figurará como la vigésima sexta en la secuencia de las organizadas por la benemérita Fundación “Las Edades del Hombre”. El de la conferencia fue “Ver y creer. El camino de la belleza” y ha fungido de pórtico al infinito horizonte de la fe y de la belleza que se abrirá ante la sociedad española con la apertura de las puertas de la catedral de Plasencia y la exhibición, en ella, de significativas obras de arte religioso y de espiritualidad cristiana.

En “Hipias mayor”, diálogo atribuido tradicionalmente a Platón, el coloquio entre Sócrates e Hipias finaliza con estas palabras que pronuncia, sentencioso, el primero: «Lo bello es difícil». Cierto. Sobre todo si hemos de formular nuestra propia definición de belleza. Aunque, si lo lográsemos, nunca sería tan breve en palabras y extensa en sentido como la que nos regaló el teólogo suizo Hans Urs von Balthasar, para quien la belleza era «la aureola de resplandor imborrable que rodea a la estrella de la verdad y del bien, y su indisociable unión».

En las exposiciones de “Las Edades del Hombre”, el visitante se siente dispensado de la tarea de andar buscando términos definitorios porque es la belleza misma la que le sale al encuentro, abrazándolo y elevándolo, en la envolvente belleza del templo, de las imágenes, de los dibujos, de la música, del relato, de la disposición de las piezas artísticas y de la idea rectora del conjunto. Solo hay que dejarse llevar, en estado de continuo embelesamiento, por el itinerario trazado, y anteriormente muy meditado, para que, por la belleza visible, se vislumbre la del Invisible.

Belleza, la que allí resplandece, que es antigua y nueva, y simbólica, porque es unitiva. “Simbólico” viene del griego “symballein”, que tiene, entre otros significados, el de “reunir”. Y se dice de la belleza que es simbólica cuando consigue juntarse con sus dos hermanas, la verdad y la bondad, confiriéndoles a éstas una claridad que las hace atrayentes, deseables y amables.

Y esa belleza que luce en las iglesias, en las imágenes y en las tablas con representaciones sagradas, es una vía, una senda, por la que se puede llegar, conducidos por la gracia, al encuentro personal con Dios, Suma Belleza, que ha revelado su Hermosura en la vida, pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, segunda persona de la Santísima Trinidad e hijo de María, “tota pulchra”. Y fue Él quien nos enseñó, en el Sermón de la Montaña, que también nuestra vida será luminosa a los ojos de los demás cuando las obras que hagamos sean “kala erga”, es decir, bellas, por su autenticidad, simplicidad, coherencia, esplendidez, verdad y bondad.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 1 de mayo de 2022, p. 22

Preámbulo de «Transitus»: Conferencia de introducción a las «Edades del Hombre» en Plasencia

Primeros libros impresos de Italia

En un monasterio había de ser. En este caso el de Subiaco, levantado sobre las estructuras arquitectónicas del tiempo de san Benito.

Allí fueron impresos por dos clérigos alemanes (Arnold Pannartz y Konrad Scheynheym) los primeros libros de Italia:

«Donatus pro puerulis» (una gramática para niños, que se perdió), «De oratore», de Cicerón (año 1464), «De divinis institutionibus adversus gentes», de Lactancio (año 1465) y «De Civitate Dei», de san Agustín (año 1467).

De modo que también en Italia, al igual que en España, los primeros libros impresos se debieron a la Iglesia, promotora inigualable de la cultura libraria.

 

Primer libro impreso español

No podía ser nadie más que ella. La que protagonizase un acontecimiento de semejante envergadura cultural. La primera que hiciese cuanto estaba en su mano, antes que cualquier otra institución, para posibilitar el acceso de todos a los diferentes saberes. Como ha sucedido siempre. La que trajese la imprenta a España: la Iglesia.

Fue en Segovia. De mano del obispo Juan Arias Dávila. Corría el año 1472. El prelado hizo venir a su diócesis a Juan Párix de Heidelberg. Y en ella instaló su taller. Allí se imprimió el primer libro sobre suelo hispano: la Sinodal de Aguilafuente, con las disposiciones emanadas del sínodo celebrado en esa localidad segoviana. Y había de ser también ella, la Iglesia, la que conservase un ejemplar, el único que existe en el mundo.

El incunable está en la catedral de Segovia. Solo que ahora podrá verse, hasta el 23 de julio, en la Biblioteca Nacional de España, en Madrid, en la exposición que lleva por título “Incunabula: 550 años de la imprenta en España”.

Se mostrará también el incunable más antiguo de la Biblioteca Nacional. Obra naturalmente de un eclesiástico: el dominico genovés Giovanni Balbi. En latín, Johannes Balbus. Se trata del “Catholicon, seu Vocabularius universalis et prosodia vel grammatica”. Es de 1460. Debió de imprimirlo el propio Johannes Gutenberg, en Maguncia.

Procede de la catedral de Ávila. Se insiste mucho en la naturaleza profana de la obra. Pero son ganas de secularizarla. Versa sobre prosodia, ortografía, sintaxis, retórica y etimologías de las palabras. Al escribirla, Balbi pretendía poner, por medio de ella, al alcance de sus lectores, deseosos de frecuentar la Biblia y los textos de los Santos Padres de la Iglesia, el instrumental que les facilitase la comprensión de las fuentes de la divina Revelación.

En la Biblioteca Nacional de España podrá verse también un libro xilográfico: “Biblia pauperum”. La Biblia de los pobres. Así se llamaba. Para que todo el mundo llegase a tener conocimiento de los principales acontecimientos referidos en la Sagrada Escritura. La “Biblia pauperum” fue el primer libro xilográfico europeo y la que se muestra en la exposición es de 1440-1450.

También estará allí el primer incunable español con grabados: “Fasciculus temporum”. De 1480. Salió de unas prensas sevillanas. Es de otro eclesiástico: el cartujo Werner Rolewinck. En latín, Wernerius. Natural de Westfalia. Con representaciones del Arca de Noé, de la Torre de Babel y de algunas ciudades antiguas, es una historia universal abreviada que tuvo gran difusión en Alemania.

Y aunque se expondrán una veintena de incunables, hay que mencionar expresamente el primer libro con anotaciones musicales: “Lux bella seu Artis cantus”. El título es precioso. De 1492. Impreso en Sevilla. Su autor fue el cacereño Domingo Marcos Durán, natural de Garrovillas de Alconétar y primer tratadista español de Musicología. La temática va también de Religión, ya que la obra versa sobre el gregoriano. 

En fin, que hay que ir a ver estas joyas bibliográficas y, de paso, darles las gracias a las autoridades de la Biblioteca Nacional de España, inigualable santuario de la Letras en nuestro país, por hacer visible con tan alto grado de excelencia, en esta exposición que se inaugura con las celebraciones del Día del Libro, la histórica relación existente entre la Iglesia católica y la cultura.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 24 de abril de 2022, p. 41

La Pasión en los Museos Vaticanos

En el Museo Diocesano «Carlo Maria Martini» de Milán se exponen actualmente cuarenta obras de artistas del siglo XX sobre la Pasión de Cristo. Están en los Museos Vaticanos y proceden en su mayor parte de la colección de Arte contemporáneo de la que el Papa Pablo VI fue principal promotor.

Boceto de «La resurrezione», de Pericle Fazzini

«Il bacio di Giuda», de Giuseppe Montanari

«Flagellazione», de Salvatore Fiume

«Crocifisso», de Giacomo Manzù

Véase: