La infancia es un país

Un colega mío construyó una iglesia cuya forma arquitectónica no se corresponde con las que tradicionalmente se estilan en la región.

Este sacerdote cayó en la cuenta, más tarde, después de que hubo transcurrido mucho tiempo, de que, cuando la diseñó, fue porque un recuerdo latente de su infancia emergió en el momento de concebir, exponer y debatir su idea de lo que quería, de hacer los ajustes cuando se trazaba el proyecto técnico y de velar por el exacto cumplimiento, durante la realización de la obra, de lo que había sido previamente convenido.

Resultó que la inspiración le venía, sin ser consciente de ello, de una imagen de una iglesia estampada en un plato que había en una antigua casa familiar, que aquel sacerdote veía cuando pasaba allí, siendo niño, temporadas.

En el plato figuraban una torre alta y esbelta, y un paisaje, que quedaron grabados en su memoria infantil y cuyo recuerdo actuó proyectivamente cuando tuvo que decidir cómo había de ser la iglesia que deseaba construir.

En la medida en la que avanzan las horas del reloj biológico, vamos dándonos cuenta de lo determinantes que han sido en nuestras vidas las experiencias iniciales del particular decurso vital, sin que, en esto, Freud nos hubiera desvelado algo que no supiéramos.

En su relato “Piloto de guerra”, Antoine de Saint-Exupéry, escribió: «¡La infancia ese gran territorio del que cada uno de nosotros ha salido! ¿De dónde soy? Soy de mi infancia. Soy de mi infancia como de un país». Max Aub sostenía, en cambio, que «uno es de donde hace el bachillerato, que es decir que uno es de donde nace conscientemente al mundo, a los sentidos, al amor».

Por cualquiera de estas circunstancias, que en mi caso concurren, la de la infancia y la del bachillerato, está claro de dónde soy: de Cangas de Onís. Y así lo he proclamado con orgullo, el viernes pasado, ante los vecinos de esta ciudad asturiana que acudieron a escuchar el pregón de las fiestas locales en honor de san Antonio de Padua, que los organizadores de los festejos tuvieron a bien confiarme.

En este tipo de eventos se recuerdan anécdotas del pasado, se recrean escenas costumbristas y son evocados, con agradecida memoria, los nombres y cosas de los antepasados, retrotrayéndose, orador y auditorio, como los salmones que remontan la corriente del Sella para regresar al remanso en el que eclosionaron a la vida, a los días dorados de la infancia.

Son miles de alevines de salmón los que descienden año tras año por la hermosura del río, para acometer, a mar abierto, un aventurado y peligroso viaje hacia las frías y nutritivas aguas del Atlántico noroccidental. Después regresarán de aquellas gélidas latitudes para dar cumplimiento al divino mandato de hacer crecer la vida.

Arrostrarán dificultades que tal vez no logren vencer, semejantes a las que padecieron durante la ida, pero las afrontarán con arrojo y determinación, al igual que entonces, y, aunque agotados, dando briosos saltos, ascenderán, por aquel mismo río por el que se fueron, hasta la placidez de las umbrías pozas fluviales, de la serena, fecunda e irreemplazable belleza de sus orígenes.

Y son precisamente las fiestas religiosas las que nos transportan, como ninguna otra, con sus ritos, con su colorido, con su sacramentalidad y con su trascender, a la hermosura de nuestro pasado, de nuestras raíces y de lo que somos.

Aunque es entonces también cuando a uno le sobreviene aquel mismo pensamiento que asaltaba a Antoine de Saint-Exupéry en Buenos Aires, lejos de su casa en Francia, tal como le confesó a su madre en una carta que le dirigió en enero de 1930: «No estoy seguro de haber vivido después de la infancia». En efecto, porque una vez que se ha dejado atrás el país de la infancia, el sentimiento de hallarse en una suerte de exilio permanente resulta inevitable.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 12 de junio de 2022, p. 25

Capilla de San Antonio de Padua

Capilla de Santa Cruz y el aula (con las persianas blancas) de la Escuela «Vázquez de Mella» en la que aprendí a leer

Cruz de roble de don Pelayo (año 718), en la Capilla de Santa Cruz

Cruz de la Victoria, en el Puente romano

Puente romano

Un funeral en Oxford. Igualito que en España

Recojo el texto en su integridad, tal como aparece en el periódico:

El último viaje de sir John Elliott
Oxford despidió con un bello y solemne memorial al gran hispanista
  • ABC (11 de Junio de 2022), firmado por MANUEL LUCENA GIRALDO
Un momento del homenaje en Oxford a sir John Elliott, tras el servicio religioso

OXFORD

Acostumbrados como estamos en España y el mundo hispánico a los funerales que conllevan una operación amnésica inmediata sobre el recién fallecido, se nos olvida que nos referimos a un ser humano, con luces y sombras, que vivirá en nuestra memoria, personal y colectiva. Nada más, ni nada menos. La muerte no es el final, señala la famosa marcha militar española, también una conmovedora oración por los caídos. El tránsito al más allá no supone un salvoconducto. En este sentido, una de las grandes diferencias ante el hecho de la muerte en el norte y el sur de Europa, reside en el sentido del humor.

En Inglaterra, los funerales no solo pueden ir acompañados de sonrisas. Estas deben producirse. Alguien que, con independencia de un paso más o menos feliz por esta tierra, no logre rescatar en la memoria de quienes lo conocieron un recuerdo feliz, no merece, seguramente, semejante esfuerzo por parte de sus deudos. El funeral celebrado ayer en la iglesia de Santa María Virgen de la Universidad de Oxford en memoria del historiador sir John Elliott fue muy inglés. También muy español, por la magnitud, imposible de esconder, de su huella sobre un pasado hispánico que nos afecta y determina.

A las dos y media de la tarde, ni un segundo antes, ni un segundo después, tras unos minutos de música sacra al órgano, el coro formado por 15 estudiantes de los cinco continentes interpretó ‘Tiento de diez tonos de mano derecha’ y ‘Tiento de falsas de cuarenta tonos’, de los compositores barrocos Pablo Bruna, aragonés, y Juan Cabanilles, valenciano. En orden de jerarquía universitaria, los miembros de la facultad y el colegio de Oriel, del cual el profesor Elliott era miembro honorario, desfilaron por el pasillo central. Música protagonista

Familia –en lugar prominente su esposa Oonah, con quien ha vivido un matrimonio feliz de 64 años–, colegas y discípulos, algunos llegados de lejos, llenaban los bancos. Muchos lucían la preceptiva toga universitaria oxoniense. En Gran Bretaña todavía es frecuente en las iglesias católicas la posibilidad de asistir a una misa tridentina. El papel determinante jugado en ella por la música encamina la celebración, que fue cristiana en lo particular, ecuménica en su espíritu. Himnos, cantos, oraciones, consumieron más de la mitad de las casi dos horas que duró el funeral, de modo que, como a él le hubiera gustado, la apelación a lo visual y auditivo formó parte integral de la experiencia de su recuerdo personal. Intentar comprender

En Oxford, las rememoraciones de la figura del fallecido a cargo de catedráticos y profesores son parte sustancial de ceremonias que celebran una vida y una obra que han terminado, pero dejan rastro. Sir Keith Thomas, amigo de Elliott desde la juventud, miembro del colegio de ‘Todas las almas’, puso en valor las decisiones bizarras que tomó, entre ellas dedicarse a estudiar España, lo que fue un severo riesgo para quien quería, en la Gran Bretaña de 1950, vivir de su trabajo. El siguiente ‘Tributo’ a la figura de Elliott lo impartió la actual catedrática regia de Historia moderna de Oxford, Lyndal Roper, que recalcó, con gran acierto, lo que supuso su regreso desde Estados Unidos en 1990 para la renovación local de los estudios históricos. Fernando Cervantes, en el último tributo, recordó con gracia e ironía que leer tan solo un libro de Elliott, ‘La España imperial’, le había evitado, cuando era estudiante, tener que leerse otros treinta. Antes de acabar con la interpretación sublime de una fuga de Bach, sus palabras evocaron el más importante mandato que transmitió a sus discípulos. Ser humano es, al final, mantener la curiosidad, e intentar comprender.

En Inglaterra, los funerales van siempre acompañados de sonrisas. Si alguien no dejase al menos un recuerdo feliz, no merecería tan hermoso esfuerzo por parte de sus deudos

La niña del napalm

Sucedió el 8 de junio de 1972. En la aldea vietnamita de Trang Bang. A cuarenta kilómetros al oeste de Saigón. El próximo miércoles hará cincuenta años. Del cielo caían bombas de napalm. Todo el mundo corría. También una niña que iba desnuda. 

Era Kim Phuc Pahn Thi, de la que el reportero Nick Ut hizo unas fotografías que dieron la vuelta al mundo. Kim tiene ahora 59 años. Nick, 71. Y los dos estuvieron, hace unos días, con el Papa, para decirle que la guerra, cuyo cese implora constantemente Francisco, es, en efecto, una locura.

Nick, el fotógrafo, recuerda que, en aquel día fatídico, una bomba hizo explotar una pagoda y pensó que todos los que estaba dentro habían muerto. Eran refugiados procedentes de las zonas boscosas del país, a las que los Estados Unidos y Vietnam del Sur bombardeaban indiscriminadamente para acabar con los guerrilleros del Vietcong.

De repente, entre el humo, vio aparecer a una señora mayor, que llevaba entre sus brazos a un niño muerto. Y a una niña, desnuda, que pedía ayuda. Era Kim. A Nick lo primero que se le ocurrió fue echarle agua por encima. Y dejando la máquina de fotografiar, los subió a ella y a los otros niños, que escapaban de la aldea, a un furgón y los trasladó a un hospital.

Si no estoy equivocado, a Kim se le había volatilizado la ropa a causa de las emisiones de fósforo. Estuvo ingresada catorce meses y fue sometida a diecisiete operaciones quirúrgicas. «Aquella imagen sigue recordándome que he perdido mi infancia. Aunque, con el paso del tiempo, he comprendido su valor. Al principio, la odiaba. Veía en ella una humillación: una niña en exposición ante todo el mundo, desnuda, gritando desesperada. Pero también recibí ayuda y fui curada», reconoce.

Cuando, en 1982, comenzaba a hacerse realidad su sueño de llegar a ser médico, Kim tuvo que abandonar los estudios porque tenía que estar todo el tiempo dando conferencias y concediendo entrevistas a periodistas, pues así se lo exigía el gobierno de Vietnam, que se proponía elevarla a símbolo de la guerra, lo que le supuso un dolor espiritual añadido al físico. Y se hizo muy rencorosa.

Fue por entonces cuando, en una biblioteca de Saigón, dio con una Biblia. Y algo empezó a cambiar en su mente y en su corazón, porque, con su lectura, iba hallando las respuestas que, desde hacía años, demandaba. Y he aquí la pregunta que la asaltaba incesantemente y que la afligía sobremanera: «¿Por qué a mí?».

Mas lo que sucedía en realidad era que se estaba encontrando con Cristo, quien con su luz iba esclareciendo, poco a poco, las oscuridades que la entenebrecían por dentro y disipaba con su amor los miedos que la atenazaban.

«Mi tragedia, desde la guerra hasta la pérdida de la libertad, me llevó hasta Jesús». ¿Frágil la niña quemada, desnuda, avergonzada y utilizada? En absoluto. Es el paradigma de la antifragilidad de la que habla el ensayista libanés Nassim Nicholas Taleb. Supo extraer toda la energía que se contenía en cada una de sus heridas corporales y espirituales. Esas de las que nadie diría que se pueda sacar algo bueno.

Kim lo logró. Y fue capaz de perdonar, porque ella, que llegó a odiar a quienes le habían hecho trizas la vida, se sintió perdonada. «Tenía tanto odio en el corazón que era como una taza llena de café denso y amargo. He debido ir vaciándolo día a día y de manera constante. Hubo momentos en los que me parecía dificilísimo conseguirlo, pero pude por misericordia y gracia de Dios».

En el corazón de Cristo halló la fuente del amor. «Dios me ha hecho capaz de perdonar, no de tolerar el mal que me hicieron. Y he aprendido a incorporar sus nombres, uno a uno, en mis oraciones y me he dado cuenta de que no existe nada más grande que eso».

Y así, cuando, en 1999, se encontró con uno de los soldados americanos que habían bombardeado el poblado de Trang Bang en 1972, alcohólico desde entonces, porque no podía soportar el peso de la culpa, Kim le dijo: «Te perdono». Al fin y al cabo, pensó, también él era una víctima de la guerra. Y allí nació una amistad que fue en aumento, porque ambos hicieron lo posible por seguir cultivándola en adelante.

Kim se fue a vivir a Cuba, en donde asistió a la universidad, aprendió español y conoció a su marido. Durante la luna de miel, en una escala aérea en Canadá, escaparon del avión, pidieron asilo político y se quedaron a vivir en ese país, en donde han creado una familia. Publicó un libro, “Fire Road”, en el que cuenta cómo repercutió en su vida lo que aconteció, hace cincuenta años, en el poblado de Trang Bang, y se ha hecho misionera del perdón:

«El perdón me liberó del odio. Todavía tengo muchas cicatrices en el cuerpo y aún siento fuertes dolores la mayoría de los días, pero mi corazón está limpio. El napalm es muy poderoso, pero la fe, el perdón y el amor tienen mucho más poder. Si todos aprendiésemos a vivir con verdadero amor, con esperanza y con perdón, no habría más guerras. Y si esa pequeña niña de la foto ha sido capaz de hacerlo, pregúntate tú: ¿Puedo yo?», declaró Kim a un periodista que le hizo una entrevista para una revista.

Y ante ese testimonio de regeneración, tanto corporal como espiritual, no cabe pasar de largo como si nada, sin detenerse, al menos unos instantes, a reflexionar sobre la interpelación con la que ¿tal vez la niña del napalm nos pone en evidencia? Porque, de verdad, ¿puedo? ¿puedes?

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 4 de junio de 2022, pp. 26-27

Kim Phuc Pahn Thi y Nick Ut muestran al Papa la fotografía hecha por Nick, premiada con el Pulitzer en 1973

Escuchar, leer, crecer

«San Agustín enseña retórica» es el título de la tabla que Nicolò di Pietro pintó en 1415. Está en la Pinacoteca Vaticana y ha sido elegida como emblema de la 16.ª edición del encuentro de editoriales religiosas, que tendrá lugar del 23 de septiembre al 8 de octubre de 2022, en diferentes localidades de la región italiana de Friul-Venezia Giulia.

El título bajo el que se acogen esta serie de encuentros anuales es el de «Ascoltare Leggere Crescere».

En la tabla se representa a san Agustín disponiéndose a impartir una lección ante un grupo de oyentes de edades y ropajes diferentes, sentados frente a él en los bancos. En la cátedra y abierto está el libro, que fue sacado del armario con puerta que está detrás del santo, en el que se lee «Liber retorice».

Se da así a entender que la escena corresponde al período en el que enseñaba Retórica y antes de haber recibido el bautismo en Milán de manos de san Ambrosio en el año 387.

La obra del maestro Di Pietro se inscribe en una amplia serie de escenas de la vida de san Agustín y ésta en concreto debió de formar parte de un políptico de la iglesia conventual de San Agustín de Pesaro que fue desmembrado.

Sobre la edición del año 2021, véase:

Haz clic para acceder a ALC2021_programma_web-DEF.pdf

De vergüenza

En el diario El Comercio:

https://www.elcomercio.es/oviedo/semana-arte-abre-20220603000601-ntvo.html

La II Semana del Arte abre sus puertas en La Vega y congrega a más de 50 artistas
La Fundación Municipal de Cultura diseña un programa con creadores nacionales e internacionales y siete sedes en la ciudad

(…)

«Costillas presentó la programación junto a la comisaria de las exposiciones, Marta Fermín, en La Vega. El edil destacó que «Oviedo necesitaba estar a la altura de otras grandes ciudades en materia de artes plásticas y lo estamos consiguiendo. De hecho, esta ciudad es amante del arte con multitud de exposiciones y una gran pinacoteca como el Museo de Bellas Artes».

Fermín, por su parte, destacó que la Semana del Arte este año «es transgeneracional porque hemos escogido artistas jóvenes recién licenciados, de edad media y los más consagrados para unirlos aquí».

Elogió también la labor de los colaboradores de la cita, entregándoles un recuerdo; en concreto lo que llamó una «teta de oro». Así, desfilaron los representantes del Museo de Bellas Artes, del Museo Arqueológico, del Seminario, del Colegio de Abogados, del Ministerio de Defensa y de la Universidad

Juan Mayorga: Constructor de silencios

Juan Mayorga Ruano, dramaturgo, matemático y estudioso del pensamiento de Walter Benjamin, tomó posesión, en la tarde del domingo 19 de mayo de 2019, del sillón que le fue asignado, el 12 de abril de 2018, en la Real Academia Española, rematado por la letra M, en el que se había sentado, desde el 19 de octubre de 1980 hasta el 24 de octubre de 2015, fecha de su fallecimiento, el asturiano Carlos Bousoño Prieto.

En la Casa de las palabras, Juan Mayorga habló del silencio. Esto me trajo a la mente una conversación que mantuve con el teólogo Olegario González de Cardedal, en 2004, año en el que él cumplía setenta, que es la edad de jubilación profesoral según los estatutos de la Universidad Pontificia de Salamanca.

Días antes, la editorial Sígueme había publicado un libro suyo que llevaba por título “Dios”. Al darle la enhorabuena por tal circunstancia, me respondió que escribir ese libro era un deber autoimpuesto, porque, después de casi cuarenta años de consagración a la teología, y a punto ya de franquear el umbral de la puerta de salida de la Universidad, no había acometido una obra dedicada expresamente al argumento principal (“sit venia verbo”) de su quehacer intelectual y sacerdotal: Dios.

De igual modo, Juan Mayorga ha llevado a la Casa de los amigos de las palabras la evocación de aquella sola que confiere valor a todas las demás: silencio. El discurso, colmado de ideas sugerentes y de citas oportunas, fungió de recordatorio y de apelación, no fuera que en la Academia, foresta de vocablos, faltase el oxígeno del silencio, sin el cual no puede existir una real, profunda y fructífera comunicación.

Como autor teatral, Juan ejerce la atávica función de convertir las palabras escritas en palabras proferidas, como los hebreos en el antiguo Israel, que no leían los pasajes bíblicos con la boca cerrada, sino musitándolos. “Meditabor ut columba” (meditaré como paloma), dice la versión latina de Isaías 38,14, porque el lector, a la par que recorría con la vista los oráculos divinos, los susurraba con la cadencia del arrullo de la tórtola. 

Mas para el linaje de los dramaturgos, las palabras escritas solo adquieren pleno sentido cuando son pronunciadas, declamadas y acompasadas por el silencio, que no es mera pausa, sino el excipiente que las engrandece en la específica singularidad de cada una y las ensarta haciéndolas gustosas. Y fértiles: “Las palabras divinas crecen con quien las lee”, sentenció san Gregorio Magno.

“Mi trabajo como dramaturgo ha consistido en poco más que intentos de construir silencios”, dijo Juan Mayorga, el otro día, ante los académicos de la Docta Casa. Y concluí, al reflexionar sobre ello, que esa es también la función que ejerce la liturgia cristiana, en la que el creyente, y a veces también el no creyente, se adentra en una suerte de representación, ritual, ceremonial y sacramental, que lo remite, en sagrado recogimiento, a las voces y los silencios que componen la trama que diariamente se desarrolla en el escenario particular de su propia vida, en la que Dios no es el “deus ex machina” de una tramoya, sino Aquel que por medio de su Palabra inspiradora, nos crea, sostiene, rige, santifica y perfecciona.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 26 de mayo de 2019, pp. 30-31

Dentro del mármol, la obra de arte

«Cuentan que un pequeño, vecino del taller donde trabajaba Miguel Ángel, entró un día en el estudio del escultor y se encontró con un enorme bloque de mármol que acababan de traer. Se marchó sin decir nada. Meses más tarde volvió de nuevo para curiosear por allí, y se encontró, prácticamente terminada, la impresionante escultura de Moisés. Volviéndose al escultor, le preguntó esta vez: ¿Y cómo sabías que dentro del mármol estaba Moisés?

Realmente, aquel bloque contenía la obra de arte que causa tanta admiración y sorpresa. La maestría de Miguel Ángel estuvo, en primer lugar, en saber ver la figura dentro del mármol, en penetrar en el interior de aquella masa amorfa y creer en sus posibilidades, a pesar de la tosquedad externa. Sin esa mirada penetrante del artista, aquel mármol hubiera quedado para siempre falto de gracia y de belleza.

(…)

Con la mirada del artista, Miguel Ángel veía ya en la piedra que tenía delante de sus ojos la imagen-guía que, escondida, esperaba ser liberada y sacada a la luz. La tarea del artista, según él, era la de quitar lo que todavía recubría a la imagen. Miguel Ángel concebía la auténtica acción artística como un volver a sacar a la luz la imagen, un volver a poner en libertad, no como un hacer.

La misma idea, aplicada al ámbito antropológico, se encuentra ya en san Buenaventura, quien explica el camino a través del cual el hombre se hace auténticamente a él mismo, tomando como punto de partida la comparación con el tallista de imágenes, es decir, con el escultor. El escultor propiamente no hace. Su obra consiste en eliminar, en quitar lo que no es auténtico. De esta forma sale a la luz la nobilis forma, es decir, la figura preciosa.

De la misma manera también el hombre, para que resplandezca en él la imagen de Dios, debe, sobre todo y antes de todo, acoger esa purificación, a través de la cual el escultor, es decir, Dios, lo libera de todas las escorias que oscurecen el aspecto auténtico de su ser, haciéndolo aparecer solo como un bloque de piedra en bruto, mientras que, en realidad, inhabita en él la forma divina (cf. Cardenal Joseph Ratzinger, Una compañía siempre responsable, en La belleza de la Iglesia, Encuentro, Madrid 2005, pp. 31-32)»

En Francisco Fernández-Carvajal, Para llegar a puerto: El sentido de la ayuda espiritual, Palabra, Madrid 2011, 5º edición, pp. 39-40

Y esta misma historia de la obra de arte dentro del mármol se dice también de «La Piedad» de Miguel Ángel