Sholomo, nato a Varsavia

Recojo el artículo, firmado por Antonio Monda, tal como aparece en el diario «La Repubblica» (8 de julio de 2022).

Sholomo (Salomón) nació en el ghetto de Varsovia y ahora es carnicero kosher en Nueva York. El relato forma parte de una serie publicada en el diario italiano «La Repubblica» con el título «Nel deserto di New York». Este hace el número 45:

«Il mio nome significa la pace di Dio, ma io, di pace, nella mia vita ne ho avuta poca. E non mi sto riferendo solo alla tragedia del mio popolo, che ho visto sterminare quand’ero bambino senza capire perché. Né al lancinante senso di vuoto che mi aggredisce quando penso ai miei genitori, trascinati a forza su un treno gelido e piombato prima che mi potessero insegnare ad affrontare questa barzelletta poco divertente che è la vita.

Perché anche in quei momenti sentivo di averlo accanto, il D-o di Abramo, Isacco e Giacobbe e sapevo che era anche il D-o di Shlomo, nato nel ghetto di Varsavia e diventato macellaio kosher a New York.

Ho sofferto e pianto, ma non ho mai avuto paura, perché sapevo che D-o sa esprimersi anche attraverso il dolore, l’ingiustizia e la follia.  

E ogni volta che tagliavo la carne pensavo che il nostro compito non è pretendere, ma fare con umiltà il nostro dovere, fino all’arrivo del Messia.

Il mio dovere ho cercato di farlo sempre, leggendo e studiando in silenzio. E tagliando secondo le nostre norme che preservano la purezza ed il rispetto.

Perché io voglio crederTi, il D-o di Abramo, Isacco, Giacobbe e Shlomo, e celebrarTi proprio con quelle norme che hai tramandato fino a me, e sono sopravvissute a chi ha tentato di sterminarci, illudendosi di uccidere il nostro amore per Te.

Voglio crederTi anche oggi, D-o di Abramo, Isacco, Giacobbe e Shlomo, anche se la pace l’ho persa, perché ho sentito che non mi parlavi più, e questa è la più grande delle Tue prove.

Perché, ti chiedo, perché?

Non ce la faccio ad accettarla, questa prova, né lo voglio, e oggi ho deciso di affrontarTi e dirTi basta.  

Basta.

Ci hai creato solo per darci dolore?

Cos’altro vuoi da me, cos’altro puoi chiedermi?

Ho chinato il capo quando hai deciso di chiamare a Te Sarah, che ho amato come la mia stessa esistenza e mi ha insegnato che nella vita esiste anche il sorriso. E anche quando hai segnato con la malattia il nostro unico figlio Mordecai, perché so che è un modo di ricordarci che siamo deboli, e che la vita è un dono da apprezzare e celebrare.

Ed ho chinato il capo quando le cose non sono andate bene nel lavoro, perché non è la ricchezza che ci può rendere felici, e la povertà ci fa vedere meglio la realtà del mondo.

Ho sempre pensato di essere un uomo fortunato di fronte ai fratelli e che ho visto massacrare dalla furia nazista. E so che altri prima dei nazisti hanno massacrato il mio popolo fin dall’inizio dei tempi. E altri ce ne saranno ancora, perché questa è la Tua volontà fin quando non ci manderai il Messia.

Ma tu mi sei stato sempre accanto. E non mi sono mai sentito solo.

Non sentirti mi fa sentir morto, e come tutte le persone che non sanno cos’è la vita, mi ribello.

E Ti chiedo: sei mai stato in pace con il mondo?»

Premio de Periodismo “Ángel Herrera Oria” 2020

Palabras de agradecimiento en la entrega del Premio de Periodismo “Ángel Herrera Oria”

Madrid, 29 de junio de 2022

Universidad CEU San Pablo

Señoras y señores

Buenas tardes

Deseo manifestar, ante todo, mi gratitud a la Fundación Cultural “Ángel Herrera Oria”, a su Presidente, a su Vicepresidente, al Consiliario Nacional y a los Vocales; a la Asociación Católica de Propagandistas y a los miembros del jurado que lo otorga por el premio que se me concede junto a la honrosa compañía de don Rafael Miner Navarro, doña Cristina Sánchez Aguilar, don Ignacio Santa María Pico y Trece TV, y que lleva el nombre de una figura egregia de la Iglesia y de la sociedad española: el del Siervo de Dios Ángel Herrera Oria, en cuya extraordinaria personalidad me adentré de mano de nuestro admirado don José Luis Gutiérrez García, quien, tras una larga vida de reconocidas virtudes cristianas, de fructíferas realizaciones intelectuales y académicas, y de bendecida fecundidad familiar, fue llamado por Dios a su presencia hace unas semanas.

Hubo una etapa particularmente interesante de mi historia personal en la que fui simultáneamente director de la Biblioteca de Autores Cristianos y de Publicaciones de la Conferencia Episcopal Española, profesor de la Universidad Pontificia de Salamanca, columnista de la revista Vida Nueva y colaborador de la COPE y de Popular Televisión. Aquello me parecía que era como estar en el mejor de los sueños.

La Biblioteca de Autores Cristianos (BAC), el proyecto editorial más importante de toda la Iglesia de lengua española, fue fundada en 1943 por don Máximo Cuervo Radigales y don José María Sánchez de Muniáin, miembros los dos de la Asociación Católica de Propagandistas, amigos y colaboradores de don Ángel Herrera Oria.

La BAC publicó en 1944 la Biblia de Nácar-Colunga. Fue la Biblia que siempre tuvimos en mi casa y la que leí cuando era chaval. Y la que a día de hoy consulto cuando quiero cerciorarme de la fidelidad en la traducción de un pasaje bíblico.

Permítanme aún otro recuerdo. Hace dos semanas publiqué en el diario La Nueva España un artículo sobre los manuscritos del mar Muerto con motivo del septuagésimo quinto aniversario de su descubrimiento. Yo, cuando escribo, sea del tema que sea, viajo mentalmente. Y me trasladé por medio de la memoria a octubre de 1980. Fue entonces el primer acto formativo en el que participé como estudiante de la especialidad en Sagrada Escritura.

Y tuvo lugar porque por entonces se encontraba en Tierra Santa don Maximino Romero de Lema, propagandista “kat’exochén”, y, de aquella, Secretario de la Sagrada Congregación para el Clero. Fuimos a Qumrán, porque don Maximino, que había conocido a los primeros estudiosos del sitio arqueológico y de los manuscritos hallados en las cuevas y habiendo transcurrido muchos años desde la última vez que estuvo allí, quería ver las mejoras que se había acometido para hacer visitable el emplazamiento.

Acompañando a don Maximino fuimos don Julio Trebolle Barrera, director de la Casa de Santiago en Jerusalén (fundada por don Maximino), Emeterio Pato Pato, compañero de estudios, y yo. Don Julio Trebolle hizo de guía en las excavaciones. Nunca olvidaré aquella primera clase in situ, que recibí junto al arzobispo y herreraoriano don Maximino Romero de Lema, en donde se dice que sucedió el descubrimiento arqueológico más importante del siglo XX.

Y siempre abrazando y tutelando los grandes proyectos de trascendencia eclesial, ejerciendo de alma mater, la Universidad Pontificia de Salamanca, erigida –restaurada, se dice- en 1940 por Pío XII a instancias del obispo Enrique Pla y Deniel y de los obispos de España. «Bajo los auspicios y la alta dirección de la Universidad Pontificia de Salamanca» era la leyenda que figuraba en la página de honor de los libros de la BAC.

Bajo el amparo de la Universidad Pontificia de Salamanca nació también PPC (Propaganda Cultural Católica), obra editorial en cuyo origen tuvo tanta participación don Antonio Montero Moreno, periodista y primer arzobispo de Mérida-Badajoz, que falleció hace unos días.

La columna fija que mantuve durante mucho tiempo en la revista Vida Nueva, inscrita en el gran marco editorial de PPC, no solo me permitió expresarme por escrito y comunicarme con infinidad de lectores en España e Hispanoamérica, sino también forjar grandes y perdurables amistades. Mi último libro, El hecho religioso diario. Trazos de periodismo cultural, me lo publicó precisamente PPC.

Entenderán, pues, lo que significa para mí el acto de esta tarde. La Fundación que custodia la memoria y la obra de don Ángel Herrera Oria ha tenido a bien unir de alguna manera mi nombre al suyo. Y esa es para mí la mayor distinción con la que quepa honrarme.

Mientras escribía estas letras y evocaba mentalmente las etapas de mi historia, tan conjuntadas y con tanto sentido exterior e interior, pensaba: «Pero si es que yo soy de esto». De modo que lo que acontece hoy, aquí, en esta Sala de tesis, es un fruto del árbol de mi vida, que hinca sus raíces en un humus que es el que he descrito hace unos instantes. Todo ello es urdimbre que me constituye.

Así que muchas gracias.

Hace treinta años que escribo en periódicos. Mi primeros artículos aparecieron en La Nueva España y en la hoja diocesana de Asturias Esta Hora. Fui durante bastante tiempo columnista semanal de El Comercio y mensual de la revista Vida Nueva. Y tuve colaboraciones ocasionales en el ABC, La Razón y L’Osservatore Romano.

He tenido en la COPE una sección propia, he participado de muchas maneras en distintos programas de esa cadena radiofónica y he celebrado la Misa infinidad de veces en Popular Televisión, en la que también participé en una tertulia semanal sobre libros.

Desde 2016 escribo semanalmente un artículo sobre Cultura y Religión en el diario La Nueva España, del grupo Prensa Ibérica. Y, como han podido apreciar los miembros del jurado que me ha concedido el premio, está siempre presente de fondo la Doctrina Social de la Iglesia. Pero soy consciente de que lo que he hecho todo como diletante.

Algunos directores de periódicos del grupo mediático Prensa Ibérica han tenido a bien publicar algunos de esos artículos en sus respectivos diarios. Así, por ejemplo, en los de Las Palmas, Levante, Murcia, Mallorca o Málaga. Se lo agradezco. Pero reparen Ustedes en que son todos de la periferia de España.

Y ello me da pie para agradecer nuevamente a la Fundación Cultural “Ángel Herrera Oria” y al jurado que designa a los premiados con el galardón que lleva el nombre del Siervo de Dios, por la concesión del premio, porque se lo otorgan a alguien que no es nadie en el periodismo, que viene a recoger el galardón desde una región ultramontana del septentrión, de un mundo de «nieblas hiperbóreas», que diría don Marcelino Menéndez Pelayo, de un lugar que se encuentra lejos del centro de España y de donde se toman las decisiones que repercuten en la vida de todos.

De la periferia peninsular, sí, pero hay que reconocer que del extrarradio hispano han salido periodistas santos, como el beato Manuel Lozano Garrido Lolo, el de Linares, y de donde ha venido la gran figura que da nombre al premio, la personalidad que se halla en el origen de este gran proyecto académico y cultural que hoy nos acoge aquí e iniciador del periódico cuyo cabecera vuelve a estar en boga: El Debate. Me estoy refiriendo, naturalmente, al santanderino don Ángel Herrera Oria.

¡Es tanto, tanto, lo que se hace por el periodismo desde el no ser nadie relevante, desde la vocación de servir, desde el deseo de alzar la voz para denunciar una injusticia, para agradecer el buen trato recibido, para poner criterio en la confusión, para aportar un dato ilustrativo, para decir lo que sea, y decirlo bellamente!

Así que, en nombre de todas las personas que no viven del periodismo, pero sostienen diariamente los periódicos con sus colaboraciones escritas, su numen, su estilo, su desinteresada constancia, y lo compran y lo leen: ¡muchísimas gracias!

La Academia Dominicana de la Lengua me ha distinguido haciéndome miembro correspondiente en virtud de lo que escribo semana tras semana en el periódico, velando, hasta fatigarme, por la precisión, la pulcritud y la verdad de lo que afirmo, porque trato de aproximarme cuanto puedo a aquello que un día dijo por la radio, a la hora del Ángelus, en la Cope, otro periodista que va camino de los altares: el dominico padre José Luis Gago del Val:

«Deja que la palabra salga bruñida y limpia de tu boca. Que tu mente la engendre entretejida de verdad. Que el corazón la aliente con el amor más ancho y brote de tu paladar con el perfil inconfundible de lo auténtico. Que el tono de tu voz sea templado y cálido. Que todo lo que digas sea terso y amable, sin esquirlas o aristas que rocen la piel de tu hermano. Así, toda palabra que salga de tu boca será lejana imagen, -pero imagen, al fin- de la Palabra eterna que se hizo carne nuestra». 

Muchísimas gracias.

Jorge Juan Fernández Sangrador

Vicario General de la Diócesis de Oviedo

Mi nombre es Nadie

Hace treinta años que escribo en periódicos. Mi primeros artículos aparecieron en “La Nueva España” y en la hoja diocesana de Asturias “Esta Hora”. Fui durante bastante tiempo columnista semanal de “El Comercio” y mensual de la revista “Vida Nueva”. Y tuve colaboraciones ocasionales en el “ABC”, “La Razón” y “L’Osservatore Romano”.

Desde enero de 2016 envío semanalmente un artículo a La Nueva España, manteniendo el ritmo con regularidad, salvo en un período de tiempo en el que hice una pausa con el fin de poder revisar los ya publicados y agavillarlos en un libro. Este que firmo hoy hace, en los últimos seis años en que escribo de continuo, el número doscientos sesenta y cuatro.

La Fundación Cultural “Ángel Herrera Oria” me ha concedido el Premio de Periodismo que lleva el nombre de esa egregia figura de la Iglesia en España por varios artículos que publiqué, en 2018 y 2019, en La Nueva España. Han contribuido, por lo visto, a «difundir, extender y destacar, hechos, acciones u opiniones que entroncan o encuentran su razón de ser en los principios y valores de la Doctrina Social de la Iglesia».

La placa y el diploma acreditativos del Premio me fueron entregados el pasado miércoles, 29 de junio, en la Universidad CEU San Pablo de Madrid. El acto, que debía haber tenido lugar en 2020, no pudo realizarse en su momento a causa de la pandemia provocada por el coronavirus.

Me produce una satisfacción inmensa el que, con la concesión de este galardón, se me asocie de alguna manera a la persona y a la obra de Ángel Herrera Oria, abogado, primer presidente de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas, fundador de la “Editorial Católica”, director del diario “El Debate”, obispo de Málaga y cardenal de la Santa Iglesia Romana. En 1996 se abrió el proceso para su canonización.

Y no puedo menos que manifestar públicamente mi gratitud hacia la Fundación, porque me ha premiado a mí, que no soy nadie en el periodismo. Tan solo un modesto diletante. Pero, eso sí, de la “gens” de la innumerable multitud de colaboradores en los periódicos, sobre todo en provincias, que los sostienen con sus columnas espontáneas y plenas de convicciones, su estilo y su desinteresada constancia. Y, además, los compran y los leen, cosa que ya no hace ni el más reconocido “dir.com” de la más prestigiosa empresa de lo que sea.

Es tanto, tanto, lo que se hace por el periodismo, sin ser de los que viven de él, en las regiones periféricas de España, que ya va siendo hora de que se reconozca, se agradezca y se premie. Hay un periódico de escala nacional que suplica que se le envíen artículos de opinión, porque cada vez hay menos gente dispuesta a hacerlo. Así que ¡gracias! a la Fundación Cultural Ángel Herrera Oria por fijarse en quien, en el periodismo, no es nadie.

Y no tengo reparo en confesarlo porque hace ya mucho tiempo que hizo mella en mí lo que William Shakespeare puso en boca del protagonista de la “Vida y muerte de Ricardo II”: «Ni yo ni hombre alguno, que no sea más que hombre, se satisfará con nada hasta que se contente con ser nada».

Y en la “Odisea”, ante la pregunta de Polifemo, que quiere saber cómo se llama Ulises, éste le responde: «Mi nombre es Nadie; y Nadie me llaman mi madre, mi padre y mis compañeros todos». Pues ese es también el mío en los ámbitos del periodismo: Nadie.

Y es por ello por lo que reitero mi agradecimiento a la Fundación Cultural “Ángel Herrera Oria” en nombre de cuantos, aunque ocupados, en la vida ordinaria, en tareas que nada tienen que ver con las del gremio de los periodistas, encuentran tiempo para salir “motu proprio” en la prensa diaria a defender ideas, a contar cosas, a denunciar injusticias y arbitrariedades, a poner criterio y sensatez en la confusión, a aportar datos ilustrativos, a decir lo que sea, a intentar expresarlo bellamente y a hacerlo, como deseaba Ángel Herrera Oria, con corazón y pensando, con voluntad de verdad, en el bien común.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 3 de julio de 2022, p. 24

Oûtis emoí g’ ónoma: «Mi nombre es Nadie»

¡Es genial: Ni existo!

Así lo cuenta la revista Ecclesia. Y todavía me preguntan que por qué me he dado de baja de la revista.

TRECE y Alfa y Omega galardonados con el premio de Periodismo Ángel Herrera Oria: «Bien común y corazón»
El programa Fuera de Foco y la directora adjunta del semanario de la archidiócesis de Madrid, Cristina Sánchez Aguilar, premiados por su compromiso con el «periodismo en valores»

“Fuera de Foco, pero todo Trece en general, durante los días de la pandemia, cumplió con su razón de ser”. Con estas palabras, José Luis Hornillos, director de Contenidos de TRECE, recogió el premio de Periodismo Ángel Herrera Oria, en categoría audiovisual, en nombre de todo el equipo de la sección “Fuera de foco” de TRECE al día, el programa dirigido por Jose Luis Pérez.

Por su parte, la directora adjunta de Alfa y Omega, Cristina Sánchez Aguilar, ganó el premio a Prensa Escrita por sus trabajos en Alfa y Omega.

Después de dos años condicionados por la pandemia del coronavirus, la Fundación Cultural Ángel Herrera Oria, obra de la Asociación Católica de Propagandistas (ACdP) ha entregado los III y IV premios de Periodismo Ángel Herrera Oria. El acto estuvo presidido por el presidente de la Fundación Cultural Ángel Herrera Oria y de la ACdP, Alfonso Bullón de Mendoza y Gómez de Valugera; la decana de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Comunicación, María Solano; el director de la Fundación Cultural Ángel Herrera Oria, Fernando Lostao; y el secretario nacional de Comunicación de la ACdP, Pablo Velasco.

La labor de la Iglesia a través de la pantalla

“Fuimos refugio de los que se sintieron solos, de los que tenían miedo”, explica Hornillos.

“Acompañamos con la misa diaria, la oración, el santísimo, el cine o los programas de actualidad a una sociedad llena de temores. Fuera de Foco quiso mostrar que en esos momentos, la labor de la Iglesia con enfermos, moribundos o necesitados se redoblaba”.

Los últimos «Princesa de Asturias»

No debo de tener mal ojo para fijarme y detenerme en las obras de figuras señeras del arte y de la cultura, y escribir sobre ellas, porque a dos de las últimas personalidades a las que les han sido otorgados Premios “Princesa de Asturias” 2022 les he dedicado anteriormente artículos en prensa. A saber, a Juan Mayorga y a Shigeru Ban, de las Letras y de la Concordia respectivamente.

Juan Mayorga nació, en 1965, en Madrid. Es hijo de Alfredo Mayorga, miembro de la Asociación Católica de Propagandistas, de la que el Padre Ángel Ayala, SJ, fue fundador y el periodista Ángel Herrera Oria, después obispo de Málaga y luego cardenal, primer presidente.

Juan es, en estos momentos, el dramaturgo más importante de España. Y basta con leer las reseñas biográficas que, con motivo de la designación para el premio, han firmado, en los medios de comunicación social, los conocedores de su persona y de sus creaciones, para darse cuenta enseguida de que lo adornan también grandes cualidades humanas. En todas las reseñas se aprecia un afecto grande hacia él.

Conozco a fondo, porque las he leído más de una vez, sus obras “Himmelweg”, “La paz perpetua”, “La lengua en pedazos” y “El Golem”. Ésta se representó hace unas semanas en el Niemeyer de Avilés. De la sesión matinal que allí tuvo con los chavales de Secundaria, Juan Mayorga hizo el siguiente comentario: «Ojalá los mayores tengan mañana una escucha tan generosa como la que hoy han tenido los adolescentes». Hay que llevar mucho arte dentro y saber verterlo hacia afuera para poder sintonizar de forma tan inmediata con el público joven.

Hace un mes vi, en el Teatro de la Comedia de Madrid, su adaptación de “El diablo cojuelo”, de Luis Vélez de Guevara. Lo que me reí con la interpretación que de ella hicieron los actores de la compañía de payasos Rhum&Cia.

Mientras que del arquitecto Shigeru Ban, natural de Tokio, seguí con interés sus obras en la ciudad japonesa de Kobe y en la neozelandesa de Christchurch. La primera fue sacudida, en 1995, por un terremoto de magnitud 6,8, viniéndose abajo una iglesia católica.

Le pidieron a Shigeru Ban que construyese una provisional y la levantó en cinco semanas con la ayuda de ciento sesenta y cinco voluntarios. Era de lona traslúcida, papel prensado y paneles de policarbonato. La bautizaron con el nombre de “iglesia de papel”. Me parece que la desmontaron y que ahora está en Taiwán

La de Christchurch, por su parte, cayó también a causa de un seísmo de magnitud 6,3. Fue en 2011. Era la clásica catedral anglicana de estilo neogótico. Pues nada, Shigeru Ban se puso manos a la obra e hizo una con cartón, policarbonato y poliuretano impermeable. A ésta se la conoce como “catedral de cartón”. Bastante más grande que la anterior. Con capacidad para setecientas sillas. La otra era para ochenta solamente.

Así pues, considero que estos premios “Princesa de Asturias” están muy bien dados. Y a ver si con la buena mano que tengo se lo conceden de una vez al compositor de música sacra Arvo Pärt, quien, al igual que Juan Mayorga y Shigeru Ban, ha logrado que toda su obra se sostenga sobre el más sólido fondo que quepa establecer: el del silencio y la esencialidad.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 26 de junio de 2022, p. 26

«Catedral de cartón» de Christchurch

«Iglesia de papel» de Kobe

«Iglesia de papel» de Kobe

«Catedral de cartón» de Christchurch

Templos de papel

El Premio «Princesa de Asturias de la Concordia» ha sido otorgado, en la edición de este año 2022, al arquitecto japonés Shigeru Ban, al que dediqué un artículo en 2014, cuando le fue concedido el Premio «Pritzker». Decía así:

«Jay A. Pritzker (1922-1999) ha dado nombre al prestigioso galardón con el que, desde 1979, se premia anualmente a aquel arquitecto que haya logrado unir, en su obra, talento, visión y compromiso social, y haya contribuido de una manera significativa a procurar el bien de la humanidad y a preservar la calidad del medio ambiente.

La familia Pritzker es conocida en los Estados Unidos por poseer la cadena Hyatt Hotels, cuya sede principal se encuentra en Chicago, y por el mecenazgo de numerosas actividades educativas, científicas, médicas y culturales.

El Premio Pritzker ha sido otorgado a Shigeru Ban, nacido, en 1957, en Tokio. El jurado ha apreciado sus elegantes diseños, las innovaciones introducidas gracias a su acción creadora y sobre todo el hecho de que, durante veinte años, haya puesto su inventiva al servicio de aquellas personas que han padecido el efecto devastador de catástrofes naturales en Ruanda, Turquía, India, China, Italia, Haití, Japón y Nueva Zelanda.

Además, ha logrado implicar en la realización de sus proyectos a estudiantes, voluntarios y ciudadanos en general, que suelen colaborar en la construcción de los edificios diseñados por él. Los materiales empleados son sencillos, dignos, baratos y reutilizables: bambú, papel, cartón, plástico o compuestos de fibra de papel reciclado.

En 2011, un terremoto de magnitud 6,3 sacudió la ciudad de Christchurch, la segunda más importante de Nueva Zelanda, provocando el derrumbe de varios edificios y ocasionando numerosas víctimas mortales. Entre los edificios derruidos se encontraba la catedral anglicana, un edificio neogótico de la segunda mitad del sigo XIX.

Shigeru Ban construyó una nueva, en forma de A, con tubos de cartón de seiscientos milímetros de diámetro, recubiertos de poliuretano impermeable y de repelentes del fuego, con cubierta de policarbonato y con fachadas a través de las cuales entra una hermosa luz de colores. La catedral de cartón fue inaugurada en agosto de 2013, puede alojar a setecientas personas y tiene una garantía de cincuenta años.

En 1995, un seísmo de magnitud 6,8 asoló la ciudad japonesa de Kobe. La iglesia católica de Takatori, al igual que muchas construcciones de la zona, fue destruida. Había sido consagrada en 1929. El padre Hiroshi Kanda convirtió la parroquia en un centro de ayuda a los damnificados e hizo construir un nuevo templo, que sirviese no sólo como lugar de oración, sino también de reunión.

Shigeru Ban realizó el proyecto, que ciento sesenta voluntarios, en su mayoría estudiantes de arquitectura, llevaron a efecto en tan sólo cinco semanas. Es de planta oval. Tiene cincuenta y ocho columnas de papel prensado, de cinco metros de alto y treinta y tres centímetros de diámetro.

La iglesia de papel está recubierta de lona traslúcida, sostenida por cables tensores, y el exterior es de paneles de policarbonato en cercos de aluminio. Caben ochenta sillas. En 2006 fue desmontada y donada a una comunidad católica de Taiwán, que la usa como lugar de culto.

Está previsto que, tanto en Nueva Zelanda como en Japón, los templos caídos sean nuevamente levantados, pero esas iglesias de papel, de uso transitorio, tiendas de campaña erigidas en escenarios en los que el drama del sufrimiento humano alcanza el grado máximo del sinsentido, proclaman, con diafanidad incontrovertible, cuál es el papel de la Iglesia en el mundo: hacer presente la salvación de Dios precisamente allí en donde las preguntas por las cuestiones definitivas de la existencia humana se hallan en su extremo más exasperante.

Shigeru Ban ha trazado una vía en la arquitectura para que el agujero negro de la soledad, la insolidaridad y la impotencia, sea colmatado por una modalidad de arte en la que la conciencia, la sobriedad, la colaboración y la generosidad apuntalen, con una solidez y una estabilidad que no aseguran solamente los materiales empleados, la estructura que vertebra la casa en la que se reúne la familia de los hijos de Dios.»

Jorge Juan Fernández Sangrador

Hoja diocesana «Esta Hora» (24 de abril de 2014)

Más de 160 concelebrantes

El homenaje último que el presbiterio de Asturias rindió al que fue durante treinta y dos años su Pastor, Monseñor Gabino Díaz Merchán, es la muestra más evidente del afecto y respeto que el clero asturiano le profesaba.

Funeral de Monseñor Gabino Díaz Merchán, arzobispo de Oviedo entre 1969 y 2002 y presidente de la Conferencia Episcopal Española entre 1981 y 1987. En Oviedo (Asturias), a 17/06/2022 (© Jorge Peteiro / Europa Press)

El san Jerónimo de Leonardo da Vinci

El Vaticano ha atendido a la petición de François Saint Bris, dueño del Château de Clos Lucé, en Amboise, en donde Leonardo da Vinci vivió desde 1516 a 1519 por invitación del rey Francisco I, de que le fuese cedido, hasta el 20 de septiembre próximo, el «San Jerónimo» de Leonardo da Vinci, con el fin de exponerlo en ese castillo en el que el artista toscano murió en 1519.

El cuadro, inacabado, está datado como de 1480/1482. No se tuvieron noticias de él hasta el siglo XIX, en que la pintora suiza Angelica Kauffmann lo atribuyó, en su testamento, a Leonardo. Parece que hay una aceptación generalizada de la autoría.

Pasó mil vicisitudes. Las historias que se cuentan acerca de él son truculentas. Una de ellas refiere que el cuadro fue dividido en dos partes. Con la superior, en la que está la cabeza del santo, se habría recubierto un taburete. Con la inferior, se habría hecho la tapa de una caja. Y también que fue troceado en cinco partes.

Después de haber sido vendido y revendido por unos y otros, Pío IX lo adquirió para la Pinacoteca Vaticana (1856).

Representa a san Jerónimo (340-420), traductor de la Biblia al latín, haciendo penitencia en el desierto.

Los manuscritos del mar Muerto

Está en el punto más bajo de la superficie de la tierra. El nivel del mar se halla a unos 400 metros por encima.  Es, en realidad, un enorme lago, en el que no hay vida alguna. Al menos no como nosotros la entendemos.

Los bañistas gozan allí de la insólita experiencia de flotar sin sumergirse y piden que se les haga una fotografía mientras, dejándose mecer por las leves ondulaciones del agua, con un periódico en las manos, hacen como que leen.

Me estoy refiriendo al mar Muerto, junto al cual vivió, hace siglos, una enigmática comunidad religiosa, a cuyos escribas se les atribuye la redacción de unos manuscritos que aparecieron, a finales de 1946 o principios de 1947, en las cuevas de los acantilados alineados al noroeste del mar Muerto.

Fue cosa de beduinos, a los que nadie logra igualar en lo de ser los mejores conocedores del desierto de Judá y los más hábiles descubridores de los tesoros que en él yacen escondidos.

En una cueva, a la que se acercaron para echarle un vistazo, según dicen, y comprobar si estaba allí el ganado que se les había extraviado, se encontraron con unas tinajas que contenían unos manuscritos.

Y ahí empezó una carrera desenfrenada de arqueólogos y beduinos para ver quién llegaba antes a nuevas cuevas en las que pudiera haber documentos antiguos. Entre unos y otros acabaron dando con ellas. Once en total. Y en su interior, más recipientes con rollos de pergamino y miles de fragmentos de textos diversos, bíblicos y extrabíblicos.

Todo eso está en el Museo de Israel, en el de Jordania y en colecciones particulares, como la Schoyen de Noruega. En Israel, la visita al Santuario del Libro, en el que se exhiben algunas muestras de lo que fue hallado en las cuevas y en las excavaciones de Khirbet Qumran, y a las ruinas de este sitio arqueológico, también a orillas del mar Muerto, constituyen uno de los principales atractivos turísticos y culturales del país.

Uno de los primeros rollos descubiertos fue el de Isaías. Tiene 7,34 metros y es del año 125 a.C. El más largo, sin embargo, es, con 8,14 metros, el del Templo, en el que se dan instrucciones para la construcción del santuario y para el culto. Es de finales del siglo I a.C. o de la primera mitad del siglo I d.C.

De finales del siglo I a.C. es la Regla de la Guerra, en la que se relata cómo será la lucha que se entable entre los Hijos de la luz y los Hijos de las tinieblas. Y de principios del siglo I a.C. es la Regla de la Comunidad, referencia escrita de primer orden para conocer el tipo de vida que llevaban los miembros del grupo religioso asentado en la ribera del mar Muerto y tal vez en otros lugares del país.

Los documentos están, en su mayor parte, en hebreo; algunos, en arameo; unos pocos, en griego. Y además de habernos proporcionado una información valiosísima acerca del judaísmo del período en el que nació el cristianismo, son el soporte más antiguo de que disponemos en la actualidad con los textos de la Biblia en lengua hebrea.

No está todo el Antiguo Testamento de la Iglesia católica, porque, en éste, junto a los libros de la Biblia en hebreo, figuran los de la tradición judía alejandrina, que están en griego.

Y si el lector del periódico desea, con motivo del septuagésimo quinto aniversario de tan importante descubrimiento, verlos y explorarlos en una edición de alta resolución, basta sólo con que escriba en Google “Proyecto Digital de los Manuscritos del Mar Muerto”, haga clic en la entrada que dice “Los manuscritos del Mar Muerto. Proyecto Digital” y accederá a los más importantes.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 18 de junio de 2022, pp. 24-25