
Ejercicios Espirituales al Pueblo 2024


Hoy es el primer domingo de Cuaresma. En la Misa se leerá el fragmento evangélico de las tentaciones diabólicas que padeció Jesús en el desierto. Es por ello por lo que creo que, para un católico, puede ser de interés el que vea la película que está actualmente en las salas de cine: «Nefarious. Cuando habla el diablo».
Tal vez no reciba ningún premio por ser un film en el que se desarrolla un tema de carácter religioso, aunque lo merece, pues el guion y los actores, sobre todo los principales, que son dos, logran captar la atención del espectador, sin que decaiga ni un instante, en la hora y treinta y siete minutos que dura la película. A los que han hecho el doblaje al español habría que otorgarles una mención especial en algún festival de ese ramo por la calidad de su trabajo.
Digo que a un católico puede resultarle de interés el verla, ya que, en el coloquio entre un preso y un psiquiatra, van saliendo, muy bien entrelazadas, diferentes cuestiones de la dogmática cristiana: Dios Padre, Cristo, la creación, las creaturas, el pecado, el mal, el dolor, la muerte, la culpa, la condenación, la redención, la fe, la no fe, las posibilidades de la razón humana, la gracia, la biblia, el evangelio y la vida eterna.
Se verá que siempre está de fondo la incredulidad humana, a la que también puede sucumbir un sacerdote, respecto a las realidades que nos sobrepasan y que no apreciamos inmediatamente con los ojos o que no somos capaces de reconocer valiéndonos de los recursos de nuestra inteligencia, que se complace en reposar sólo sobre datos aparentemente constatables.
El psiquiatra es, por supuesto, jactanciosamente ateo. Hasta que alguien del inframundo, en este caso Nefarious, le revela con insidiosa puntería cuáles son los males morales que hay en su vida. Se trata, en realidad, de un descenso momentáneo, no como el de los condenados eternamente, sino como el de Dante Alighieri, hasta el último círculo del infierno, en donde, tras contemplar, cara a cara, la faz inabarcable del Mal, con mayúscula, cabe, con la ayuda de la gracia de Dios, iniciar el camino que conduce al Paraíso.
Porque, mientras hay vida, hay esperanza, como le sucedió, en la “Divina Comedia”, a Bonconte de Montefeltro, quien, antes de emitir el último hálito de su existencia en el campo de batalla, la invocación del nombre de María, la Virgen, y una lágrima de arrepentimiento impidieron que fuera atrapado por las garras de los seres infernales:
«Allí donde el nombre le resulta ya inútil llegué yo, herido en la garganta, huyendo a pie y ensangrentando la llanura. Allí perdí la vista, pronuncié como última palabra el nombre de María, allí caí y allí quedó mi cuerpo abandonado. Te diré la verdad y tú la repetirás entre los vivos: el ángel de Dios me acogió y el del infierno gritaba: “¡Oh, tú, el del cielo! ¿Por qué me privas de él? Te llevas lo eterno suyo por una lagrimita que me lo arrebata» (Canto 5 del Purgatorio).
Confíe, pues, el que haya estado alejado de Dios, negándolo, ignorándolo u ofendiéndolo, en que una sola «lagrimita» de devoto arrepentimiento y un grito de sincera súplica dirigido a Él pidiendo su auxilio puedan abrirle, en el último trance, las puertas del Paraíso. «Lavant aquae, lavant lacrimae».
En la película se cita una frase en latín y no se da razón de su procedencia. Es del evangelio. Sale de la boca del endemoniado de Gerasa: «Me llamo Legión, porque somos muchos». Y, al final, unas palabras en arameo: «Mene, Tekel Uparsim». Son del libro bíblico de Daniel. Un dedo las escribió en la pared del palacio del rey Baltasar de Babilonia durante un banquete, en el que los comensales usaban, para beber, los vasos sagrados del templo de Jerusalén. Significan «Contado, Pesado y Dividido».
El claretiano Darrin Merlino, que aparece en la película haciendo de guardia, fue el asesor teológico, si bien el guion se corresponde con el argumento de la novela “A Nefarious Plot”, de Steve Deace. Y el obispo José Ignacio Munilla, que, en una de sus intervenciones radiofónicas, ha recomendado, al igual que el exorcista de nuestra diócesis, verla, la ha calificado de «un gol al demonio».
Jorge Juan Fernández Sangrador
La Nueva España, domingo 18 de febrero de 2024, p. 24

«¿Y qué va a ser de esta imagen de la Virgen?», se preguntaban Diego y Encarnita cada vez que, desde Figueras, iban a la antigua Residencia Sanitaria “Nuestra Señora de Covadonga” de Oviedo y pasaban a hacerle una visita en la capilla.
Y, temiendo que pudiera quedar abandonada y sucederle sabe Dios qué cosas, concibieron la idea de ofrecerle un hogar en la capilla de San Román, junto al puente de Los Santos, en la desembocadura del Eo.
Iniciaron conversaciones con el párroco de Figueras, los capellanes de la Residencia Sanitaria y el Arzobispado de Oviedo para ver qué trámites había que hacer con el fin de que la imagen de la Virgen de Covadonga pudiera estar con su hijo, el Cristo del Buen Viaje, en la capilla de La Atalaya, y recibir con Él a quienes, por la autovía A-8, dejando atrás la provincia de Lugo, entrasen en Asturias.
Con el interés que siempre mostraron Diego López García y Encarna Díaz Fernández, y junto a ellos José Vijande Méndez, para que ese sueño suyo se hiciese realidad, enseguida se sintieron implicados en la operación los miembros de la Asociación parroquial “Vía al Pa”, erigida hace años para colaborar en las obras de mejora del cementerio. De aquí el nombre, tal como dirimió el por entonces párroco de Figueras, don Luciano, ante otras posibles denominaciones: «¿A dónde vamos cuando nos morimos? Al Padre. Así que ‘Vía al Pa’ se llamará la Asociación». Camino hacia Dios Padre, primera Persona de la Santísima Trinidad. Hoy la Asociación, bajo la presidencia de María del Carmen Rodríguez Pérez, desarrolla también otras actividades desde su identidad eclesial.
Después, gracias a las gestiones realizadas por el Ecónomo del Arzobispado de Oviedo, la Delegada del Gobierno en Asturias y el Director Provincial de la Tesorería General de la Seguridad Social, así como por algunas personas que trabajan en estas entidades, se pudo arribar al fin deseado, con la cesión, por parte del Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, de la imagen de Nuestra Señora de Covadonga, por un período de setenta y cinco años, a la capilla de San Román de Figueras.
Y hubo que redactar entonces un Convenio en el que quedasen establecidas las condiciones para la entrega, iniciándose así una cordial relación de colaboración entre la Iglesia y la Dirección Provincial de la Tesorería General de la Seguridad Social en Asturias para ultimar los detalles de ese documento, que se firmó el 13 de diciembre de 2023. La imagen, restaurada, se halla, desde el 31 de enero de 2024, sobre un sólido pedestal de granito en La Atalaya.
El pasado jueves, 8 de febrero de 2024, tuvo lugar la ceremonia de entronización de la imagen de la Virgen de Covadonga. Hubo airón, gotas de agua de la ría por todas partes, misa, devoción, chocolate, bizcocho, alegría, discursos, gaita, desvelamiento de una placa conmemorativa y una oración de bendición y de súplica por cuantos hicieron posible el que la Virgen esté en la capilla. El coro dedicó un canto a san Román y aclamó a la Virgen con el «Estrella de los mares» y el «Bendita la Reina». Salió todo perfecto.
¿Lo más guapo? Lo que se leyó allí del libro bíblico del Eclesiástico como referido a la Virgen: «Yo soy la madre del amor hermoso y del temor, del conocimiento y de la santa esperanza. Me doy a todos mis hijos, escogidos por él desde la eternidad. Venid a mí los que me deseáis y saciaos de mis frutos. Pues mi recuerdo es más dulce que la miel, mi heredad más dulce que los panales. Los que me comen todavía tendrán hambre y los que me beben todavía tendrán sed. Quien me obedece no pasará vergüenza y los que se ocupan de mí no pecarán». Así que, vecinos de Figueras, a ello: a amarla, a cuidarla y a vivir en gracia de Dios.
Jorge Juan Fernández Sangrador
La Nueva España, domingo 11 de febrero de 2024, p. 20

«Buenas, desearía ver un cuadro que, tras recorrer las salas y no hallarlo expuesto, debe de estar en el almacén», le digo a un miembro del personal de un importante museo. Doy la referencia completa de la obra. «Ese cuadro no está aquí», me responde. «Jamás oí hablar de él», me confiesa con total sinceridad.
«He visto la ficha en internet y figura como depositado aquí», insisto. «Espere». Y llama por teléfono a alguien que viene inmediatamente a mi encuentro. Vuelvo a contar la historia. Tampoco a esta persona le suena que tal cuadro pernocte en el museo.
Nos tuteamos. «Tengo interés en verlo. Si podéis hacer averiguaciones y confirmarme si está con vosotros, o no, en algún estante del sótano, os lo agradeceré». Les facilito el modo más eficaz de ponerse en contacto conmigo. Hasta hoy. Y eso que han pasado meses. Muchísimos. Deduzco que no está allí. Y no es cosa de preguntarle al propietario, al que tengo acceso, pues se alarmaría, y con razón, si es que realmente se lo cedió en depósito. Por otra parte, ¡como para fiarse de internet!
Tengo la impresión, porque no estoy metido en esa harina, de que muchas pinacotecas están recogiendo cuadros de aquí y de allá con demasiada benevolencia. A mi juicio, desnaturalizándose, porque devienen almacenes de obras que, en no pocas ocasiones, provienen de líos de herencias, de personas que envejecen y no saben qué hacer con ellas. No pueden venderlas, por trabas legales, y, por si esto fuera poco, las supremas instancias culturales les exigen mantenerlas en buen estado. En conclusión, lo mejor es no tener nada.
Otra de las razones que impele a los donantes a depositar sus cuadros en las pinacotecas estatales, amén de posibles beneficios fiscales, es la de que sus nietos no quieren recibir como legados “post mortem” ni cuadros ni libros, salvo que quepa mutarlos inmediata y fácilmente en dinero. Es la generación de Wallapop, de la venta cuanto antes de todo lo que ocupe, estorbando, sitio en casa.
Además, las «experiencias inmersivas», con mareo del personal a base de torbellinos audiovisuales, que los fondos NextGeneration han promovido, están haciendo mella en la gente joven, a la que lo que realmente le gusta es ¡emoción! ¡emoción! Por lo general, le resulta más atrayente eso que los museos, que deberán resituarse, e incluso redefinirse, ante los intereses culturales y recreativos de las generaciones venideras.
Y luego a ver quién paga la restauración de los cuadros, que llegan con hongos, descoloramientos y la obligación, por parte de la dirección, de conservarlos, repararlos y exponerlos, si no permanentemente, de vez en cuando. Esto último los museos, si pueden, se lo saltan, porque el cedente no va a ir a retirar el bien, ya que logró quitárselo de encima y, con él, un problema, pero es que, como sea un pelma, pobre director del museo.
Pero todo esto tiene, empero, sus ventajas: sabes a dónde ir a pedir un cuadro en caso de que haya que montar una exposición temporal. Encontrarás lo que casi nadie ha podido ver porque estaba en el salón o en el pasillo de una residencia particular. La pinacoteca te lo prestará con enorme alivio, sobre todo si vas a pagar la restauración que se precisa para que el cuadro esté aceptablemente contemplable.
De paso, y eso siempre es de agradecer, se le da publicidad a la institución y, en la cartela, al propietario. ¡Ay, las cartelas, la guerra que dan! Se requiere más tacto y paciencia para redactar las cuatro líneas que las componen que para conducir una negociación como la que precedió a la puesta por escrito de los acuerdos del Tratado de Tordesillas.
He de ir a ver un cuadro que está, según se cree, en la bodega de un museo. A saber. Hay que echar una solicitud. Espero que esté allí. Y que respondan en el sentido que sea, afirmativa o negativamente, pero algo. Cruzaré los dedos. Ya les contaré.
Jorge Juan Fernández Sangrador
La Nueva España, domingo 4 de febrero de 2024, p. 27

Cerca de todos, cerca de ti y haciendo el negocio en el campo sagrado de la Iglesia.
Y los coches bien pegaditos al monumento. Sólo faltan los contenedores de basura.
Y esta es la publicidad de un banco que dice que contribuye a sostener la cultura.

Y luego los ayuntamientos no saben qué hacer con lo suyo:

Y esto es en Asturias. Los contenedores de basura incorporados como parte esencial del monumento. Será por falta de prados para habilitar algo saneado:



Hubo un tiempo en el que se consideraba que un estudioso de la Biblia, serio y riguroso, debería dedicarse al Antiguo Testamento y, sobre todo, a los niveles primitivos y arcaicos de éste. Y mejor que al hebreo, tendría que frecuentar preferentemente otras lenguas del Oriente: sumerio, acádico, ugarítico, por señalar sólo las más representativas.
¿Y el Nuevo Testamento? Al estudio de éste habrían de dedicarse quienes se sintiesen llamados a ejercer el ministerio de las pláticas espirituales dirigidas a sacerdotes, religiosos y cristianos de a pie. En fin, cosas de franciscanos, pensaban los jesuitas del Pontificio Instituto Bíblico de Roma y los dominicos de la Escuela Bíblica y Arqueológica Francesa de Jerusalén, en cuyos programas de estudios, amén de en sus imponentes bibliotecas, ocupaban, y ocupan, un lugar preponderante las ciencias auxiliares de la Biblia: arqueología, epigrafía, numismática, paleografía, papirología y el orientalismo antiguo en general.
Ese juicio sobre los franciscanos se debía a que, en Tierra Santa, éstos son administradores, desde hace siglos, de la mayoría de los santuarios cristianos y a que, para el culto y la atención a los peregrinos, su trabajo haya consistido principalmente en la construcción y en la conservación de iglesias, capillas y hospederías, con el fin de que los fieles pudieran alojarse en albergues económicos, oír misa, rezar y meditar sobre los misterios de la vida de Cristo en los lugares en los que ha pervivido la memoria del paso del Redentor por este mundo. Los franciscanos de la Custodia de Tierra Santa tienen conventos también en Jordania, Líbano, Siria, Egipto, Chipre y Grecia.
No se debe olvidar que, en ese servicio a la cristiandad, ha habido frailes que, por su deseo de permanecer en aquella tierra para salvaguardar los Santos Lugares y la posibilidad de que los peregrinos pudieran visitarlos, padecieron el martirio, como puede leerse en el “Martirologio di Terra Santa”, de Cristoforo Alvi, en el que se recogen sus nombres y el día de su conmemoración litúrgica.
Sin embargo, en 1923, los franciscanos crearon un centro de estudios que, durante los cien últimos años, fue adquiriendo importancia en los círculos de estudio de la Biblia gracias a los trabajos arqueológicos que los Hermanos menores emprendieron en los santuarios cristianos y en otros sitios de importancia para el conocimiento de la historia evangélica y bíblica: Santo Sepulcro, Monte Sion, Nazaret, Belén, Cafarnaúm, Dominus Flevit, Emaús-Qubeibeh, Betania, Tabgha, Herodion, Maqueronte, Monte Nebo o Mádaba.
Los nombres de quienes condujeron esas campañas arqueológicas y nos las mostraron a los que entonces nos iniciábamos en los estudios de Sagrada Escritura permanecerán siempre en nuestro recuerdo: Bellarmino Bagatti (1905-1990), Virgilio Corbo (1918-1991), Michele Piccirillo (1944-2008) o Stanislao Loffreda (1932-). Y los profesores de hebreo, griego, geografía, historia y judaísmo: Virginio Ravanelli (1927-2014), Lino Cignelli (1931-2010) o Frédéric Manns (1942-2021).
Este centro centenario, acerca del que estoy escribiendo, se llama “Studium Biblicum Franciscanum” y concede los grados de licenciatura y doctorado en Ciencias bíblicas y Arqueología. Tiene su sede en el convento anejo al santuario de la “Flagelación” y contiguo al antiguo Litóstrotos de Jerusalén, sobre cuyas losas Jesús fue golpeado, escupido, insultado, vestido de purpura y coronado de espinas. Los peregrinos lo conocen bien porque en la “Flagelación” se cogen las cruces que han de portar por la Vía Dolorosa que recorrerán, haciendo el Vía Crucis, hasta llegar a la roca del Calvario.
El Papa recibió, hace unos días, a los franciscanos de la comunidad académica del “Studium Biblicum Franciscanum”, para agradecerles el servicio que realizan en los Santos Lugares al servicio de la fe, de la ciencia y de las comunidades cristianas que hay allí y que son hijas de la primitiva Iglesia de Jerusalén.
Fue en esa audiencia cuando el Papa confesó que hablaba todos los días por teléfono con la parroquia de Gaza. Y es que, en aquel escenario de guerra, han permanecido, para estar en todo momento con sus feligreses, además de los franciscanos de la Custodia de Tierra Santa y de los miembros de otras congregaciones religiosas, también los sacerdotes del Patriarcado latino de Jerusalén, los de los ritos orientales católicos y los de las diversas confesiones cristianas que tienen, en Gaza, iglesias, escuelas y dispensarios médicos, y que tratan de vivir según aquel alto ideal de caridad por el que se distinguió a ojos de todo el mundo, según los Hechos de los Apóstoles, la primera comunidad cristiana de Jerusalén.
Jorge Juan Fernández Sangrador
La Nueva España, domingo 21 de enero de 2024, p. 27


Presbiterio de la iglesia parroquial de La Foz de Morcín.
Y sobre el altar, los disfraces.
Una estrella guio a los Magos desde Oriente por el camino de la inteligencia hasta la Luz que era acunada por su Madre en el pesebre de Belén, y esa Luz, que no se pone jamás, llegó hasta nosotros, siguiendo el curso de las estrellas, para dar sentido a nuestras vidas. “Ex Oriente lux”. La luz viene de Oriente. Y lo hace de muchas maneras. Una de ellas es la que voy a referir a continuación.
Marie-Joseph Lagrange (1855-1938) fue el dominico francés que fundó la famosa Escuela Bíblica y Arqueológica Francesa de Jerusalén y la revista bíblica más importante de todos los tiempos: la “Revue Biblique”.
La “Biblia de Jerusalén”, que tal vez algún lector tenga en los estantes de su librería, se llama así porque esa edición, con la traducción de los textos originales de la Biblia en hebreo, griego y arameo, las introducciones y las notas a pie de página, se hizo siguiendo los resultados de las investigaciones de los exegetas, arqueólogos y orientalistas de la Escuela Bíblica de Jerusalén.
Cuando expulsaron a los dominicos de Francia en 1880, Lagrange vino al convento de San Esteban de Salamanca, y, en Salamanca y Ávila recibió las distintas órdenes ministeriales previas al sacerdocio, que le fue conferido en Zamora. En 1886 abandonó España.
Anteriormente, siendo estudiante en el Seminario de Issy-les-Moulineaux, en Francia, se hizo amigo de Henri Hyvernat (1858-1941), más tarde eminente estudioso de lenguas orientales, y de Pierre Batiffol (1861-1929), más tarde eminente estudioso del cristianismo primitivo.
Los tres desarrollaron su labor investigadora y docente en lugares distintos: Lagrange en Jerusalén, Batiffol en Toulouse y en París, Hyvernat en Roma y en Washington; pero, aun residiendo tan lejos unos de otros, estuvieron profundamente unidos durante toda su vida.
¿Cuál fue la circunstancia que los vinculó entre sí a lo largo de su fructífera existencia temporal? El período que pasaron juntos en el Seminario de Issy-les-Moulineaux. Fue durante el curso académico 1878-1879. Un año solamente. Unos meses de formación sacerdotal originaron una amistad íntima, cultivada en la distancia geográfica hasta el final de sus días. Cuando se encontraron en Issy, Lagrange tenía 23 años; Hyvernat, 20; Batiffol, 17.
No fueron las caminatas de los días de paseo, ni el practicar juntos un deporte, ni pasarse los ratos libres hablando de cualquier cosa o en silencio. Fueron la Biblia y la Filología las que los unieron para siempre, aprendiéndose los libros del Nuevo Testamento en griego de memoria y perfeccionándose en el conocimiento de aquellas lenguas modernas que pudieran servirles para conocer mejor, gracias a bibliografía secundaria, la Sagrada Escritura y el mundo, los mundos, en que se originó y fue escrita.
Todo esto lo supe después de adentrarme en el archivo de Padre Lagrange en la Escuela Bíblica de Jerusalén y de leer allí sus cartas a esos dos amigos, de las que he dado cuenta en un artículo publicado recientemente, y a las que he vuelto casualmente en esta tarde de ilusiones y remembranzas, víspera de Reyes, en Roma.
Y al recordar a esos tres estudiosos de la Biblia, del cristianismo y del Antiguo Oriente, se me ha despabilado dentro una luz, brillante como la de los Magos, que me ha llevado y me ha hecho rememorar a las grandes, sólidas y duraderas amistades que he forjado estudiando apasionadamente, en años pasados, la Biblia: el deleite en el alefato, en el hifil, en el nifal, en el hitpael, y en las paronomasias del hebreo; en las conjunciones griegas, en la belleza, tanta o más que la de los poéticos, de los textos narrativos, en los géneros literarios, en la teología inyectada por Dios en las palabras, en la sabiduría de los maestros.
Además, me he encontrado esta mañana, en la biblioteca del Pontificio Instituto Bíblico de Roma, con un antiguo compañero de aprendizajes en esa benemérita institución de la Iglesia. Hoy es un reputado profesor en la Universidad Pontificia de Salamanca. Y éstas fueron sus primeras palabras al saludarnos: «Volvemos al lugar de nuestros orígenes». Así es. Allí nacimos a algo sublime, extraordinariamente hermoso y por lo que es preciso dar gracias a Dios en cada instante de nuestras vidas.
Con la frecuentación gustosa y sapiencial, instruidos por magníficos profesores, de esos libros que nos han llegado del Próximo Oriente, en los que subyacen tradiciones antiquísimas del Medio Oriente y quién sabe de dónde más, nos ha amanecido dentro ciertamente, a través de ellos, una luz que perdura inapagable y que corrobora lo dicho desde siempre: “Ex Oriente lux”.
Jorge Juan Fernández Sangrador
La Nueva España, domingo 7 de enero de 2024, p. 30

«Mus, no te preocupes, sábete que Cristo te espera», le dijo Glenn a su amigo y colega de carrera militar Mus, Mustafá, miembro de la comunidad islámica.
¿Qué había querido decir con esas palabras?
Mustafá Taieb nació en 1975 en las landas de Aquitania, en un pueblecito que se llama Sorbets. Sus padres eran emigrantes argelinos y fervientes musulmanes en lo que se refiere a la práctica de la religión. Después se fueron a vivir a Nogaro, también en el mediodía francés.
De pequeño se sorprendió a sí mismo un día santiguándose, cosa que nadie le había enseñado a hacer, pero tampoco le dio mayor importancia, aunque sí lo recordaría, años después, como algo representativo en su proceso de conversión al cristianismo.
Durante la enseñanza secundaria descubrió que le gustaban las lenguas, especialmente el alemán, y, cuando tuvo que decidirse, en la universidad, por las áreas a las que desearía dedicarse laboralmente en el futuro, se decantó por el alemán, el árabe y la geopolítica.
En esos años no es que fuese notoriamente religioso. Al contrario, en tres años debió de ir a la mezquita en dos o tres ocasiones. Fue entonces cuando observó que, en la formación y en la práctica religiosa, había estado toda su vida solo y que nunca tuvo con quién compartir sus inquietudes y sus interrogantes.
En 1998 lo llamaron para hacer el servicio militar. Le fue tan bien durante ese período de campamento e instrucción que alguien lo animó para que se enrolase en el ejército. Con sus conocimientos de alemán y, sobre todo de árabe, podía ser muy útil en los servicios de escucha y de comunicación. Y así lo hizo.
Al estudiar más a fondo el árabe, quiso profundizar también en el Corán, cosa que no le resultó nada fácil. Le costaba interpretarlo. Y descubrió algo muy importante: para conocer mejor la fe, hay que orar. No es cuestión sólo de lectura o de investigación meramente literaria.
Sin embargo, le faltaba algo no menos importante que lo anterior: un interlocutor para poder hablar con él de religión. Había imanes, sí, pero los encontraba fríos y hallaba dificultades en entenderse con ellos.
Estando en misión militar en El Cairo, un compañero, el católico Cédric, lo invitó a que fuese con él a la Misa dominical en una iglesia de rito copto. Aceptó. Ninguno de los dos entendió nada de lo que allí se decía, pero, cuando concluyó la celebración, Cédric se puso de rodillas, juntó las palmas de las manos y se sumió durante unos instantes en oración. Mustafá no había visto nunca semejante recogimiento. Lo impactó. Y no lo olvidó.
De nuevo en Francia, se hizo amigo, en Draguignan, de cuatro militares católicos que lo pusieron en el camino de la conversión al cristianismo: Jacques-Antoine, Benoît, Glenn y Mickaël. En ellos, percibió Mustafá, había «algo más». Se les notaba en los ojos.
«Qu’avaient-ils de plus?», se preguntaba. ¿Y qué era ese plus? La paz de Cristo. Y además la capacidad de crear vínculos de amistad entre ellos y con Mustafá en libertad y jovialidad desde una sincera vivencia religiosa.
Mustafá empezó entonces a estudiar el cristianismo. Y como tenía infinidad de preguntas que demandaban respuestas, sus amigos militares lo pusieron en contacto con Hervé, un capellán laico del ejército, que lo inició en la fe cristiana: «El Catecismo de la Iglesia Católica fue el instrumento determinante de mi conversión», reconoció Mustafá. Y el haber descubierto el don de la Eucaristía.
Visitó el monasterio benedictino de Solesmes, se matriculó en unos cursos de Teología y, en 2010, finalizados los años de catecumenado, recibió el Bautismo, la Confirmación y la Primera comunión en Lourdes. Tomó el nombre de Mateo, por el apóstol de Cristo, sin renunciar al de Mustafá.
La hospitalidad que le dispensaron en la abadía de Solesmes, la liturgia solemne y elocuente, el recogimiento en la oración y el gran número de almas en búsqueda que hallaron un hogar espiritual entre los monjes lo condujeron, en 2016, a hacerse oblato benedictino.
Llegó incluso, tras varias estancias en el monasterio, fundación de Solesmes, de Palendriai, en Lituania, a considerar si su vocación no sería la de ser monje. Alguien le mostró que no era ese su camino, sino el de dar testimonio ante el mundo de cuál había sido su itinerario en la fe y de cómo había encontrado la vida verdadera en Cristo y en la Iglesia.
Es, desde entonces, apóstol, sin más. Y de ahí el relato de su vida en el libro, con Cyriac Zeller, “Devenir votre frère. Français, militaire et musulmán: La fraternité entre chrétiens l’a converti” (2023). Aún no ha sido traducido al español.
Mientras tanto, si el lector desea conocer otra historia impactante de conversión, con trazos semejantes a ésta, hágase con el de Joseph Fadelle: “El precio a pagar”. Va por la 13.ª edición. No podrá dejar de leerlo hasta que el autor le haga saber cómo logró al fin sobrevivir a la dura persecución familiar que hubo de padecer por haberse adherido, con su mujer y sus hijos, a Cristo.
Jorge Juan Fernández Sangrador
La Nueva España, domingo 31 de diciembre de 2023, p. 23

Acta del jurado:
Reunido en Barcelona el día 21 de diciembre de 2023, el jurado de la 48 edición del premio El Ciervo-Enrique Ferrán de artículos periodísticos, que planteaba la pregunta ¿Por qué estamos tan solos? ha decidido otorgar el premio al artículo titulado Alexitimia, paramnesia y soledad. Su autor es Jorge Juan Fernández Sangrador.
A esta cuadragésimo octava edición del premio han concursado 238 originales procedentes de 21 países: España, Argentina, Bolivia, Brasil, Canadá, Chile, Colombia, Cuba, Ecuador, Estados Unidos, Estonia, Francia, Guatemala, México, Panamá, Paraguay, Perú, República Dominicana, Turquía, Uruguay y Venezuela.
El jurado ha estado formado por el psiquiatra Juan Manuel Blanqué, el filósofo Norbert Bilbeny y los periodistas Soledad Gomis y Jaume Boix, director de la revista El Ciervo, convocante del certamen. Desean los miembros del jurado que conste en acta su satisfacción por el muy elevado número de participantes, que supera con creces los de las últimas ediciones del premio, además de las siguientes consideraciones: constata el jurado el tono de cierto pesimismo que se desprende de buena parte de los artículos, lo que es reflejo, seguramente, de la preocupación por la soledad no deseada existente en amplias capas de la sociedad. En contrapartida, aparecen también artículos que dan una visión positiva y desdramatizada de la soledad y sus virtudes. Los originales presentados observan el tema desde distintos ángulos y muchos coinciden en subrayar los efectos del uso de las nuevas tecnologías en el ascenso del sentimiento de soledad. Con la selección de los artículos finalistas, el jurado trata de mostrar el abanico de enfoques con los que los concursantes responden a la pregunta planteada y por ello recomienda la publicación de los artículos firmados por David Márquez, María Coma, Diego Santana y Ximena Yisel Hernández.
Barcelona, 21 de diciembre de 2023