Cometas y colibríes

En el convento franciscano de El Muski, en El Cairo, se guarda una valiosa colección de manuscritos en árabe, siríaco, copto, armenio, turco y persa, que, junto con los treinta mil volúmenes que componen la biblioteca, hacen que ese espacio de catolicismo culto, estudioso y servicial, sea frecuentado por investigadores de la Historia de la Iglesia en Oriente provenientes de ámbitos universitarios tanto egipcios como extranjeros, tanto cristianos como no cristianos.

La iglesia del convento, dedicada a la Asunción de María Santísima, es, con las dependencias anejas, sede parroquial de una comunidad católica de rito latino. El número de fieles ha ido en disminución desde que, en 1952, con la revolución egipcia y la intervención del Canal de Suez, las familias de los trabajadores italianos, malteses, austriacos, eslavos, franceses y de diversos países orientales, fueron abandonando el país. La parroquia llegó a tener cuarenta y cinco mil feligreses.

El Muski es un distrito cairota en el que uno se siente inmediatamente transportado a El Cairo medieval. Solo el trafico logra retrotraerlo al presente. De en medio de la congestión ocasionada por la apretura de coches en las calles no se sale si no es con la determinación y el arrojo con el que los conductores acometen la nada fácil empresa de ir abriéndose paso en la interminable colada de chapa que forman los automóviles.

En medio de aquel tráfago, el convento de los franciscanos es un oasis de paz. Y ya en el convento, la azotea. Desde ella se divisa una extensión interminable de terrados. Son los ajarafes del mundo bíblico y oriental. Y en los de El Cairo, al atardecer, se despliegan, vistosas, embridadas por manos de niños, un sinfín de cometas, que revolotean graciosamente haciendo repentinas guiñadas.

Las hay con pequeñas bombillas, para que produzcan efectos luminosos durante la noche, o con dibujos de superhéroes de Hollywood, o con el retrato de Mohamed Salah, jugador del Liverpool Football Club. Pues bien, el gobierno egipcio ha prohibido el vuelo de las cometas so pretexto de que, si se colocan en ellas cámaras de grabación, podrían tomarse desde el aire imágenes de instalaciones vitales para la seguridad nacional.

Con esta medida, las autoridades se han cargado sin miramientos la tradicional forma de diversión entre la chavalería egipcia. Durante el confinamiento covid, se organizaban certámenes. Los participantes no tenían que abandonar, para ello, su propio domicilio, ya que concursaban desde la azotea de su casa. Y servía, además, como un recordatorio de que es preciso saber mantenerse siempre por encima de las dificultades de la vida y no venirse abajo. Como un colibrí.

Esta es precisamente la idea de fondo con la que Sandro Veronesi ha tejido la trama de su novela “El colibrí”, cuya traducción, del italiano al español, ha llegado, en este mes de noviembre, a las librerías de nuestro país. El protagonista, un oftalmólogo, ha de afrontar una serie de infortunios que le van sobreviniendo intempestivamente, pero logra no perder, bajo el ametrallamiento al que le someten las circunstancias, ni el ánimo, ni la confianza en sí mismo, ni la esperanza, porque sabe mantenerse en vuelo, como un colibrí.

Existe una fábula en la que se cuenta que, tras haberse declarado un incendio en la selva, a causa del cual huyen, aterrorizados, todos los animales, un colibrí no deja de volar desde un lago hasta el fuego. A continuación, regresa al lago; después, nuevamente al fuego. Uno de los animales en fuga le pregunta: «¿Qué haces? ¿No ves que hay un incendio?». El colibrí le responde: «Recojo agua con el pico para derramarla sobre el fuego». Su interlocutor le dice: «¡Es absurdo! ¡No lograrás apagarlo con cuatro gotas!». El colibrí le replica: «¡Yo hago mi parte!».

Es tan sencillo y realista lo que pueden llegar a enseñarnos un juego de niños o un pequeño pájaro mosca acerca de cómo hemos de situarnos ante esas adversidades que, en la vida, tiran de nosotros para que descendamos a su suelo estercolado de desánimo y de claudicación. Y la cosa consiste en, primero, no venirse abajo, y, segundo, no dejar de realizar aquello que esté en nuestra mano hacer. «To keep a stiff upper lip», dicen los ingleses: mantenerse fuertes en las situaciones difíciles y no sucumbir a las emociones. Y que cada cual haga, además, su parte. Como el colibrí.

Jorge J. Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 15 de noviembre de 2020, p. 25

Invisible belleza

Ha sido una deliciosa lectura de verano la de la biografía de Antoine de Saint-Exupéry escrita por el periodista italiano Enzo Romeo. Y, mientras pasaba las páginas, me venían a la mente entrañables recuerdos de la adolescencia en Cangas de Onís, en donde un joven profesor de francés, Jorge V. Gutiérrez Carrillo, nos guiaba con excelentes dotes pedagógicas, en el Instituto “Rey Pelayo”, en una primera, y nada fácil, aproximación a “Le Petit Prince”.

El título del libro de Romeo es “L’invisibile bellezza”. Se halla en perfecta correspondencia con la línea del discurso trazada en el cuento de Saint-Exupéry, en el que el zorro le dice al Principito: «He aquí mi secreto, que no puede ser más simple: sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible para los ojos».

Comentaba dom Jacques Dupont, prior de la cartuja de Serra San Bruno, evocando las palabras de un maestro de novicios, que no es para cartujo quien no sea capaz de gustar la sabiduría remansada en “El principito”, del que el citado pensamiento sobre el escondido bien se ha erigido en destacado emblema.

Y es que, a Dios, tampoco lo vemos, pero está siempre ahí, invisible y esencial, y dándose a conocer por medio una “noticia amorosa” que él nos hace llegar como experiencia de comunicación interior, verdadera y totalizante, en el corazón, centro de nuestro ser.

A Saint-Exupéry se le hizo manifiesta la percepción de “lo que está y no se ve” durante un viaje en barco a Argentina. Fue en septiembre de 1929. Se dio cuenta de que, si arrimaba la frente a una pieza de hierro en la estructura de la nave, sentía una tenue vibración. Eran golpes secos, rítmicos y omnipresentes. Provenían de los motores, que, aunque nadie los veía, impulsaban incesantemente el bastimento.

Y la travesía, que duraba dieciocho días, podía transcurrir enteramente sin que los pasajeros se percatasen en absoluto de la existencia de aquella fuente de energía, oculta a sus ojos, que hacía posible el que, tras haber llegado al puerto de destino, comenzaran a realizarse sus sueños de éxito y de felicidad.

En Argentina precisamente conoció a la que luego fue su mujer, Consuelo Suncín, salvadoreña, quien, estando ya en Europa y residiendo en Jarcy, al regresar a casa desde París, vio que los rosalistas de la región estaban desesperados porque la helada iba a acabar con las flores. Ella, con determinación, entró en su alcoba y en el ropero, cogió las sábanas bordadas con el escudo de la familia de su marido y las tendió sobre las rosas, sobre las que buenamente pudo cubrir, para protegerlas. Y de igual modo, siguiendo su ejemplo, los vecinos.

Las rosas sobrevivieron. Al referirle el hecho a Saint-Exupéry, una persona le comentó: «Madame ama mucho las rosas, porque quiere salvarlas cueste lo que cueste. Más aún, Madame es ella misma también una rosa». Y esta fue probablemente una de las circunstancias que contribuyó a pergeñar la imagen de la rosa en “El principito”.

Sin embargo, para Saint-Exupéry es en el desierto en donde realmente se puede llegar a descubrir el real imperio del hombre: el interior. «Al principio, parece que no hay nada más que vacío y silencio; pero es sólo porque no se entrega a amantes de un solo día». Quienes entienden bien esto son los monjes. «El Sáhara se revela, aunque en nosotros mismos. No se allega uno a él visitando un oasis, sino en el sentimiento religioso de una fuente», escribió Saint-Exupéry.

Lo decía también el Principito: «Lo que da belleza al desierto es que oculta un pozo en algún sitio». En este capítulo, en el que el protagonista se expresa en tales términos, se reconocen semejanzas con el pasaje evangélico de la Samaritana, a la que Jesús le manifiesta, con las mismas palabras del Principito, su deseo: «Tengo sed de esta agua. Dame de beber». Solo que, en el Evangelio de san Juan, esa agua que fluye dentro, en torrentes incontenibles, salta hasta la vida eterna. Y es ella, y su búsqueda, la que hace infinitamente hermosa la vida. «¡Ya se trate de la casa, de las estrellas o del desierto, lo que les da belleza es un algo invisible!».

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 13 de septiembre de 2020, p. 26

La casa de Etty Hillesum

El edificio sito en Gabriël Metsustraat 6 podría ser demolido si el nuevo plan urbanístico de Ámsterdam sigue adelante. Su propietario, Ronald Egger, tiene vía libre, según las leyes, para hacerlo y para construir, en aquel espacio, varios apartamentos de lujo, porque el inmueble no figura en la lista de bienes con valor histórico y arquitectónico de la ciudad.

¿Por qué habría de ser clasificado como un bien cultural y preservado de la destrucción? Porque es un “mnemotopo”, es decir, un lugar para el recuerdo de lo que allí sucedió en un período trágico de la historia de Holanda: la invasión alemana de los Países Bajos. El próximo 5 de mayo se celebrará el 75.º aniversario de la Liberación.

En el segundo piso de esa casa vivió, desde 1937 hasta su reclusión en el campo de tránsito de Westerbork, Etty (Esther) Hillesum, autora de un Diario, que escribió, entre el 8 de marzo de 1941 y el 5 de junio de 1943, acodada sobre la mesa que se hallaba cerca de la ventana, a través de la cual veía, cuando levantaba los ojos del cuaderno en el que iba anotando su vida y sus pensamientos, el Rijksmuseum.

Fragmentos del Diario fueron publicados por primera vez en 1981, con el título “Het verstoorde leven” (Una vida trastornada). Todo un acontecimiento editorial. Y eso que, hasta entonces, nadie había querido publicar el Diario.

Antes de partir hacia Westerbork, Etty entregó los once cuadernos, en los que había dejado consignado su itinerario espiritual, a su amiga Maria Tuinzing, para que los hiciera llegar al escritor Klaas Smelik, quien, desde comienzos de los años cincuenta, estuvo llamando de puerta en puerta en busca de editor, sin encontrar a ninguno que se interesase por ese tesoro de humanidad y religiosidad. A finales de los setenta, Jan G. Gaarlandt accedió a descifrarlos, mecanografiarlos y publicarlos.

Y es que ya era un delito de lesa cultura el no darlos a conocer, pues Etty Hillesum forma parte de ese friso de mujeres judías que han escrito, ellas solas, un capítulo de la historia de Europa: Edith Stein, Anne Frank, Simone Weil y Hanna Arendt. La primera, convertida al catolicismo, ha sido declarada, por Juan Pablo II, Co-Patrona de Europa.

En el Diario, del que una parte está traducida al español, Etty describe su compleja relación amorosa con Julius Spier y Han Wegerif, de cómo la introdujo el primero en la lectura de los Evangelios, las cartas de san Pablo y los escritos de san Agustín, y, sobre todo, en la oración.

En su tránsito de la carnalidad a la espiritualidad, Etty descubrió a Dios entrando en sí misma de la mano de Rilke, escribiendo el Diario y tratando de llegar al alma de las cosas. De este modo, acabó entregándose por entero a Dios, al que deseaba ayudar (sic) con todas sus fuerzas en el campo de concentración, con el fin de que su luz no se extinguiese en aquella landa, en la que, si alguien había tenido algún principio de fe religiosa en su vida anterior al confinamiento, el terror y el sufrimiento lo laminaron por completo, haciéndose imposible seguir creyendo allí en la existencia, la justicia y la bondad de Dios.

Cuando se le presentó la oportunidad de ponerse a salvo, de refugiarse en un lugar oculto y seguro, Etty la rechazó, pues deseaba compartir el destino de su pueblo e ir con él al exterminio, siendo, mientras tanto, en el infierno de Westerbork, «un bálsamo derramado sobre tantas heridas», como confesó en la última línea de la última hoja del último cuaderno del Diario.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 3 de mayo de 2020, p. 36

Respirar

Respirar bien se ha convertido en el primordial anhelo de cientos de miles de personas, afectadas por la COVID-19. Las imágenes de pacientes extendidos sobre el suelo, en el pasillo de un hospital, tosiendo, ahogándose, que las cadenas de televisión han mostrado en los noticiarios, no las olvidaremos jamás.

El madrileño Paco Sanz, exjugador del Real Oviedo e hijo de Lorenzo Sanz, expresidente del Real Madrid, contó en La Nueva España, hace unos días, cuáles fueron sus padecimientos, a causa del coronavirus, durante su estancia en el hospital: «Me costaba respirar en cualquier posición. No entraba más aire. Como si te pasara un tren por encima. Un día tienes el cuerpo helado y a las horas sientes muchísimo calor». Paco logró, afortunadamente, salir adelante; no así, por desgracia, su padre.

De ahí el que los respiradores artificiales sean, en este momento, instrumentos imprescindibles en las unidades de cuidados intensivos. Son de tal importancia para salvar vidas humanas que, ante la escasez de este tipo de máquinas, los empleados de una casa de automóviles se han puesto a fabricar, bajo la dirección del ingeniero Sergio Arreciado, ventiladores mecánicos con motores de limpiaparabrisas de coches; en concreto, del modelo Seat León.

Y como la experiencia religiosa se imbrica en aquello que es esencialmente humano, y me estoy refiriendo al comer, beber, pensar, andar, dormir, reposar, cantar o amar, lo hace también en esa función básica de nuestra naturaleza: el respirar. En hebreo, lengua en la que fue escrita la mayor parte del Antiguo Testamento, “salvar” se dice “yasha’”, que significa, sin perjuicio de ulteriores desarrollos teológicos, posibilitarle a alguien el que tenga espacio para respirar. Puede verse en el capítulo del paso del mar Rojo: «Aquel día salvó el Señor a Israel» (Éxodo 14,30), porque no le faltó en ningún momento, mientras lo atravesaba a pie, pisando en seco, el oxígeno y pudo aspirar y espirar el aire a pleno pulmón cuando alcanzó la orilla de la libertad.

Estar salvado es, pues, vivir en desahogo, expansión, hondura y armonía, es poder ser uno mismo, sin constricciones, y, así, por poner otro ejemplo, quienes oran con los salmos suplican a Dios que los saque de la angustia, los rescate de la opresión, les perdone los pecados que atenazan la conciencia y los lleve a un lugar en el que se sientan seguros, sin estrecheces que los asfixien.

En la oración “Absolve” se pide para los difuntos «ut in resurrectionis gloria inter sanctos et electos tuos resuscitati respirent». Tras haber pasado el oprimente trance de la agonía y de la oscurísima noche de la muerte, la resurrección es como abrir las ventanas del ser a una nueva atmósfera, pura y luminosa. Aunque hay que decir también que suaves ráfagas de esa brisa de eternidad acariciaron ya la faz de la humanidad doliente, afligida y desesperanzada, cuando Cristo exhaló su último aliento, hálito divino, en la cruz, y, después, resucitado, lo insufló a los apóstoles, encerrados en una habitación a causa del miedo. De modo que si la salvación es anchura, es también respirar en Cristo.

En la historia ha habido figuras que se tomaron muy en serio lo de la respiración. Una de ellas fue Marcel Duchamp, el que nos endilgó como obra de arte “ready-made” un urinario de porcelana, tipo Bedfordshire, de fondo plano, con piquera, al que llamó “La fuente”. Duchamp, sin embargo, no se tenía por artista, sino por un “respirador” («Je suis un respirateur»), un individuo dedicado solo a respirar. Nada más. Y nada menos. Y en un acto de coherencia abandonó su labor creadora, pues decía que no quería repetirse ni pasarse la vida conformándose al cliché de sí mismo, así que decidió dedicarse a lo que realmente le gustaba, que era jugar al ajedrez. “Ars longa, vita brevis”.

No sé lo que habría dicho el filósofo Ludwig Wittgenstein si hubiese sabido del repunte, del pico de esencialismo en el que nos hallamos en este período de cuarentenas prolongadas, debatiendo si esto o aquello es esencial o no, pero estoy seguro de que quienes no albergan duda alguna acerca de la cuestión son los que han estado o están afectados por la COVID-19. Y si se les hiciese la pregunta de qué es, para ellos, lo realmente esencial, después de haber sufrido lo que nunca llegaron a imaginar que pudiera sobrevenirles, les bastaría con una sola palabra, un verbo, para formular la más convencida, densa y precisa respuesta: respirar.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 12 de abril de 2020, pp. 38-39

Catedral de Oviedo 2021

Desde el 24 de noviembre de 2019, la ciudad de Amiens se viene preparando para la celebración del octavo centenario de la dedicación de su catedral, el templo gótico más amplio de Francia, según dicen. La llaman “Biblia en piedra”. En el programa, que se desarrollará a lo largo de estos meses, hasta el 22 de noviembre de 2020, figuran conciertos, conferencias y vigilias de oración.

En diciembre, para iniciar la campaña de promoción del jubileo, la catedral fue iluminada, durante tres noches sucesivas, por 5.000 candelas. La empresa Nations 153, especializada en la organización de este tipo de eventos, se encargó de todo. Como ha declarado su presidente, Jean-Baptiste Brejon, la finalidad principal de ese gran despliegue de luces no era otra que la de causar un fuerte impacto por medio de la belleza lumínica en el interior de las personas que no frecuentan la iglesia.

Por otra parte, en Burgos fue constituida, en 2017, la “Fundación VIII Centenario de la Catedral. Burgos 2021”, con el fin de coordinar, realizar y financiar los actos conmemorativos de la dedicación del primer templo de aquella diócesis. Se prolongarán hasta 2022. Y, ya de paso, se impulsarán otros entes de máxima importancia cultural y turística: Atapuerca, el Camino de Santiago, el Geoparque de Las Loras, la Lengua castellana, el Camino del Cid y, ¡en Burgos, curiosamente!, el Consulado del Mar.

Pues bien, según el arqueólogo César García de Castro Valdés, la dedicación de la basílica de San Salvador de Oviedo tuvo lugar probablemente el 13 de octubre de 821. El año que viene habría que celebrar, de ser así, en la ciudad de Oviedo y en la diócesis, el duodécimo centenario de la consagración de la iglesia que devino tabernáculo de la cátedra episcopal ovetense. Se espera, no obstante, que los historiadores arrojen luz sobre la datación, por si hubiese otras opiniones al respecto.

Se ha dejado pasar la conmemoración de los mil doscientos años de la designación del primer obispo, Adolfo, que, tal como figura en la “Guía diocesana”, aconteció en 811. No se debería dejar caer ahora en el olvido, en puertas del Año Santo Compostelano 2021, una efeméride como la que constituye la de la dedicación de la basílica de San Salvador de Oviedo, dada su significación espiritual e histórica en los inicios de la peregrinación a la tumba del apóstol Santiago. Tampoco las de la consagración de San Tirso el Real y San Julián de los Prados.

Y es que, como sostiene Ken Follet, autor de la celebérrima novela “Los pilares de la tierra” y de una obrita titulada “Notre-Dame”, publicada recientemente en homenaje al templo parisiense, los basamentos del mundo no son ni los regímenes políticos ni las teorías socioeconómicas, sino las catedrales, que apuntan al cielo, elevando a la humanidad hacia Dios, quien, con la fuerza de su amor, sostiene a la ciudad y a sus habitantes. 

Follet pensaba en las de estilo gótico, que es, al fin y a la postre, del que se revistió la prerrománica basílica de San Salvador de Oviedo, la cual nos reclama, mil doscientos años después de su exclusiva dedicación al culto, a la dispensación de la gracia, al conocimiento del evangelio y a la edificación de la comunidad, que sigamos construyendo, desde ella, la catedral del mañana, con el mismo grado de excelencia que hasta el presente.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 12 de enero de 2020, p. 24

Catedral de Oviedo

Catedral de Amiens

Catedral de Amiens, iluminada por cinco mil candelas

Catedral de Amiens, iluminada por cinco mil candelas

La perla de la fragilidad

En el proceso de la Creación, existieron de las primeras, porque sin ellas no habría sido posible la vida en la tierra. Antes que el sol, la luna y las estrellas; antes que los seres marinos y las aves; antes que los ganados, los reptiles y las fieras; antes que el hombre y la mujer.

Después de haber sido proferida la luz, establecidos los límites de las aguas, antes que todo lo demás, comenzaron a existir las plantas, con semillas dotadas de una irreprimible fuerza multiplicadora, para que pudiesen reproducirse según sus especies.

Lo afirman el libro bíblico del Génesis y la bióloga argentina Sandra Myrna Díaz, galardonada con el Premio Princesa de Asturias de Investigación Científica y Técnica de este año. En el discurso que pronunció en el Teatro Campoamor habló amorosamente de las plantas: “Cada día llevan a cabo el increíble acto de transformar las moléculas inanimadas del agua y el suelo en vida para todo el planeta y también en alimento, cobijo e historias, para los seres humanos”.

Y nos dejó, como cierre de su alocución, una joya, hermosa como las gemas engarzadas en la Cruz de la Victoria, que los reyes de España, acompañados de sus hijas, admiraron durante la visita que realizaron, el día anterior, a la Cámara Santa de la catedral de Oviedo.

Sandra Myrna nos regaló esta perla: el tapiz de la vida, de la naturaleza, de lo que somos, «tiene la robustez de los muchos, una robustez hecha de innumerables fragilidades entretejidas».

Y fue ésta precisamente una de esas ocasiones en las que se tiene la impresión de que, tras una vida entera, gastada en un laboratorio, entre instrumentos de alta precisión, con extraordinarias aportaciones de orden práctico, gracias a las cuales la sociedad progresa saludablemente, el verdadero logro personal del científico consiste en haber sabido condensar toda la extensión de sus conocimientos de alta especialización en una breve sentencia. Clara, útil, inagotable.

Acerca de la fragilidad se ha escrito un libro exitoso en Italia. En cinco meses se vendieron trescientos mil ejemplares. Ha sido traducido al español con el título “El arte de la fragilidad”, aunque suena mejor el original: “L’arte di essere fragili”. Su autor, Alessandro d’Avenia, es uno de los profesores de Instituto más famosos en aquel país y sus libros gozan de gran popularidad entre la grey estudiantil.

Inspirándose en el poema de Giacomo Leopardi «La ginestra» (La retama), que Harold Bloom tenía por el mejor de los compuestos por el vate de Recanati, d’Avenia ha escrito un ensayo en el que, partiendo de las inquietudes de los adolescentes, y tras recorrer las etapas que conducen a la madurez personal, intenta guiar al lector hacia la aceptación de las propias debilidades como requisito necesario para ser felices. Y, en ese itinerario hacia la evidencia de lo que uno realmente es, los amigos, los otros, son indispensables. 

Es lo que pretendía también el Apóstol Pablo, quien llegó a confesar, en la segunda de sus cartas a los cristianos de Corinto, que la debilidad era su fuerza y que la ayuda para no sucumbir le venía de Otro. Y el hallazgo de esta perla, como si se tratase de aquella escondida en un campo, de la que habla Jesús en el Evangelio, y el aprecio de su valor acontecen cuando se ha llegado, no solo a aceptar, sino a amar la propia fragilidad.

El hecho de reconocerla denota grandeza de alma, fortaleza de espíritu y realismo existencial, y el mantener siempre encendida la conciencia de que todos estamos unidos en lo hondo del ser, al igual que los árboles de un bosque en sus soterradas raíces, es nutrir de motivos vitales el terreno, en ocasiones yermo, sobre el que se alzan las realizaciones humanas más sólidas y estables.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 27 de octubre de 2019, p. 27

Sandra Myrna Díaz

Biblia y arqueología

Ha fallecido el pintor y escultor asturiano José Manuel Legazpi Gayol, que inició su andadura artística en los años de estudiante en el Seminario de Oviedo y de residente en el Instituto Español Bíblico y Arqueológico de Jerusalén, en donde colaboró como dibujante con Emilio Olávarri Goicoechea, canónigo de la catedral ovetense, en los trabajos arqueológicos que este condujo en Tierra Santa cuando se creó la benemérita Casa de Santiago en Jerusalén, de la que Olávarri fue director desde 1965 hasta 1971.

El Instituto Español Bíblico y Arqueológico, conocido también como Casa de Santiago, fue fundado por el sacerdote gallego Maximino Romero de Lema en 1955, con el fin de que, así como a los eclesiásticos españoles les era dado realizar investigaciones sobre Historia de la Iglesia en el Centro de Estudios anejo a la Iglesia Nacional de Santiago y Montserrat en Roma, tuviesen la oportunidad de seguir también cursos de Sagrada Escritura en Jerusalén, frecuentando la prestigiosa Escuela Bíblica y Arqueológica Francesa, fundada por el dominico Marie-Joseph Lagrange, y visitasen los lugares en los que acontecieron los hechos referidos en la Biblia.

El interés por verificar la historicidad de los relatos bíblicos, la preocupación por conocer las lenguas semíticas y la exhumación, a lo largo del siglo XX, de los restos de ciudades importantes del Antiguo Oriente y de otros testimonios de civilizaciones desaparecidas se hallan entre las razones principales que impulsaron a los gobiernos de naciones que han tenido siempre en gran aprecio la historiografía y la preservación de lo que aún perdura de las culturas del pasado, y a algunas fundaciones particulares a crear, en Jerusalén, instituciones dedicadas al estudio de las llamadas ciencias auxiliares de la Biblia, a saber, Historia, Arqueología, Geografía, Epigrafía, Numismática, Etnología y Lingüística del Próximo y Medio Oriente.

España se incorporó enseguida, gracias a la preclara visión de Maximino Romero de Lema, a esta corriente de investigación múltiple, que, hasta el momento de la instauración de institutos altamente especializados en Oriente, estuvo, en gran parte, a cargo de religiosos, embajadores y cónsules, amantes del Mundo antiguo, destinados en las correspondientes misiones evangelizadoras o diplomáticas existentes en los países que componen el Cuadrilátero Semítico, entre los mares Mediterráneo, Rojo, Caspio y Negro.

Las revistas científicas en las que se vertieron los resultados de aquel quehacer pionero en las arriba mencionadas áreas del saber atestiguan la seriedad, el rigor, la calidad, la minuciosidad y la trascendencia de una admirable empresa cultural acometida desde diferentes vertientes en un contexto ampliamente interdisciplinar.

A la Casa de Santiago, que es propiedad de la Conferencia Episcopal Española, la cual ha confiado su gestión a la Universidad Pontificia de Salamanca, se hallan asociadas importantes vías de investigación, de ámbito internacional, como son, entre otras, las que tienen que ver con los manuscritos de Qumrán, la literatura midrásica y la targúmica, y los orígenes del cristianismo.

En lo que se refiere a las excavaciones arqueológicas, merecen ser destacadas las dirigidas por Emilio Olávarri Goicoechea en El Khiam, Khirbet Arair, Ammán, Tel Medeineh y Jerash; por el sacerdote cántabro Joaquín González Echegaray en Mogaret-Dalal y El Khiam; por el dominico asturiano Juan A. Fernández-Tresguerres en Khirbet es-Samra y Jebel al-Mutawwaq; y por el agustino leonés Florentino Díez Fernández en el Santo Sepulcro y San Pedro in Gallicantu. 

Las generaciones jóvenes sostienen, en su deriva hacia el adanismo, que el de ayer fue un mundo en blanco y negro; sin embargo, en eso no andan acertadas, y uno, que ya peina canas, suscribe aquella confesión de Plutarco, que es extensible a otras muchas áreas de la cultura: “Yo quisiera haber sido zapatero en Atenas para que a mi casa viniera Sócrates a sentarse a departir a mi lado”.

Y es que, incluso sin haber tenido la proyección universal del célebre filósofo griego, los grandes que ha habido en el campo de la ciencia bíblica y de la arqueología han sido verdaderos colosos, pertenecientes a una estirpe hoy cuasi extinta de titanes en cuanto a la erudición, el léxico, el estilo literario, la ponderación y la sapiencia. Avistaron espacios inexplorados en territorios lejanísimos y supieron cómo adentrarse en ellos. En tiempos, además, en los que la actual tecnología se encontraba todavía en pañales, por lo que solamente desde su intelecto, admirablemente configurado, podían entrever y colegir aquello que, décadas más tarde, los modernos métodos de análisis e investigación han otorgado su plena confirmación en cuanto a la veracidad de los resultados, dando figuradamente la razón a aquella noticia que se lee en el libro del Génesis (6,4): “Había por entonces gigantes sobre la tierra” (Gigantes autem erant super terram in diebus illis), pues gigantes eran, en efecto, de la ciencia y de la cultura.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 21 de julio de 2019, pp. 30-31

La primera comida en la Luna

Hace cincuenta años que los dos astronautas de la misión Apollo XI, Neil Armstrong y Edwin (Buzz) Aldrin, pisaron la Luna, acontecimiento que Pablo VI siguió por medio del televisor en la Specola (Observatorio) de Castel Gandolfo. A ellos dos y a Michael Collins, que permaneció en órbita tripulando el módulo Columbia, les dirigió, apenas tuvo lugar el alunizaje y desembarco del Eagle, estas palabras: “¡Honor, saludo y bendición a vosotros, conquistadores de la Luna, pálida luz de nuestras noches y de nuestros sueños! ¡Llevadle, con vuestra presencia, la voz del espíritu, el himno a Dios, nuestro Creador y nuestro Padre!”.

Al igual que los Jefes de Estado de varios países del mundo, que hicieron llegar a los astronautas diferentes tipos de mensajes, para que fuesen depositados en la Luna, con el fin de que pudiesen ser hallados allí por ulteriores visitantes, Pablo VI hizo entrega del texto latino del salmo 8, con esta anotación personal, también en latín: “A la gloria del nombre de Dios que concede tan gran poder a los hombres, rezamos por el éxito de esta admirable empresa”.

Lo que el Papa tal vez no sabía era que Aldrin portó consigo, en el viaje al espacio exterior, una funda que contenía un fragmento de pan, un frasquito con vino y una pequeña copa, que llevó desde la tierra para comulgar, según la teología presbiteriana de los sacramentos, en el módulo lunar apostado en el Mar de la Tranquilidad. En presencia de Armstrong leyó, en un papel que sacó igualmente de aquel hatillo, un pasaje del Evangelio de san Juan (15,5): “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada”.

En la nota figuraban también estos dos versos del salmo 8,4-5: “Cuando contemplo los cielos, obra de tus manos; la Luna y las estrellas, que tú has establecido. ¿Qué es el hombre para que de él te acuerdes, y el hijo del hombre para que de él te cuides?”. Y consumió las especies. Así pues, la primera comida que tuvo lugar en la Luna fue la del pan y el vino eucarísticos.

Aldrin se había dirigido por radio, momentos antes de comulgar, a la central de Houston en estos términos: “Deseo pedir unos momentos de silencio e invitar a cuantos están escuchando, en donde sea y a quienquiera que sea, a detenerse por un instante y contemplar los acontecimientos de las últimas horas y a que cada cual dé gracias a su manera”. En la nota manuscrita con esta exhortación, que aún se conserva, junto con el cáliz, se dice también: “La mía será participando de los elementos de la Santa Comunión”. Luego fue cuando leyó el texto bíblico y comulgó. Lo cuenta él mismo en su libro autobiográfico “Magnificent Desolation”.

La escena ha sido recreada en un episodio de la serie para la televisión “From the Earth to the Moon”, cuyo corte puede verse en YouTube (Buzz Aldrin´s Communion on the Moon / Alunizaje Apolo 11 / From the Earth to the Moon cap. 6). La NASA lo mantuvo en secreto porque se hallaba por entonces en un pleito a causa de la denuncia cursada contra ella por Madelyn Murray O’Hair, una activista del ateísmo en los Estados Unidos de América, que consideraba inconstitucional el hecho de que, en la Nochebuena de 1968, los tripulantes de la misión Apollo VIII, en órbita alrededor de la Luna, retransmitiesen por radio estas palabras del libro del Génesis: “Al principio creó Dios los cielos y la tierra”.

Y entre los tres astronautas, William Anders, Frank  Borman y James Lovell, leyeron, sucediéndose, los primeros quince versículos de la Biblia, hasta concluir: “Haya en el firmamento de los cielos lumbreras para separar el día de la noche y servir de señales a estaciones, días y años; y luzcan en el firmamento de los cielos, para alumbrar la tierra”. Y desearon una feliz Navidad a todos: “Que Dios os bendiga”.

La causa emprendida en los tribunales contra la Agencia Espacial quedó en nada, pero puso de manifiesto una cosa: que el pequeño paso, dado por el hombre sobre la superficie de la Luna, era, en efecto, como dijo Neil Armstrong, de enorme trascendencia para la humanidad; pero también el que, a la vista de la visceral y encendida reacción legal e ideológica desatada contra los sentimientos religiosos de los héroes de la misión Apollo XI, aquel salto épico e histórico se estaba dando nada más que con un pie, y que quedaba aún por dar, con el otro, el no menos importante, irrenunciable y decisivo de la libertad.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 14 de julio de 2019, p. 31

Comunión de Aldrin tras el alunizaje del Apolo 11, en «From the Earth to the Moon» cap. 6

Eternidad en lo concreto

En los seminarios españoles de la década de los 70 del siglo pasado se leían, para ejercitación intelectual y edificación espiritual, dos libros del teólogo luterano Dietrich Bonhoeffer (1906-1945): “Vida en comunidad” y “Resistencia y sumisión. Cartas y apuntes desde el cautiverio”. Y era porque se consideraba que ambos representaban, respectivamente, como ningún otro de los que se hallaban al alcance, las dos categorías principales por las que se reglaba la formación sacerdotal de entonces: “comunidad” y “profecía”.

Ahora, quienes hace cincuenta años abrían estas obras sin conocer adecuadamente el contexto en el que fueron escritas disfrutarán leyendo la biografía que acaba de publicar Editorial Trotta: “Extraña gloria. Vida de Dietrich Bonhoeffer”. El autor es Charles Marsch, profesor en la Universidad de Virginia. Con notas, índices y bibliografía ronda las 560 páginas.

La obra causa desazón, porque, al igual que la de Stefan Zweig, describe “el mundo de ayer” de la teología cristiana, la cual ha dejado de existir en el grado de excelencia que alcanzó en la segunda mitad del siglo XIX y primera del XX en Europa. Y de ahí el que relatos biográficos como el de Marsch cumplan el necesario cometido de mantener vivo el recuerdo de aquellos que se consagraron por entero a pensar la fe, la gracia, la creación, el pecado, la redención, la comunidad, la historia o la vida eterna, y a hacerlo con el rigor y la pasión que estas realidades intrínsecamente afectas al ser humano requieren; a pensar, en definitiva, el misterio de Dios, uno y trino, y la posibilidad de su comunicación con el hombre.

Dietrich Bonhoeffer jugaba con su hermana gemela, Sabine, cuando eran pequeños, a imaginarse cómo sería la eternidad, en alemán “Ewigkeit”, vocablo que a él le sonaba “portentonso”. Al cumplir trece años anunció su intención de hacerse teólogo. Su padre, neurólogo y psiquiatra, era escéptico respecto a la religión, pero consideraba que ésta podría serle útil a la gente a la hora de organizar sus vidas y mantener a raya el caos, si bien existían métodos más eficaces. Su madre, en cambio, lo inició en los ritos del luteranismo y le inculcó una piedad amable y alegre, aunque exigente en el cumplimiento del deber.

Para sus hermanos mayores, la religión constituía una evasión de la realidad, un obstáculo para alcanzar la igualdad social y una distracción que impedía el avance de los derechos humanos. “Mira la Iglesia”, le decían. “No cabe imaginar una institución más insignificante”. A lo que Dietrich respondía: “Si es así, ¡yo la reformaré!”. A los quince años, firmaba aponiendo el título de “teólogo” a su nombre y apellido.

En la Universidad Friedrich-Wilhelm de Berlín conoció a tres grandes figuras del protestantismo liberal: Adolf von Harnack, Karl Holl y Reinhold Seeberg. El primero de ellos, Harnack, fue determinante en la formación de Bonhoeffer, por su meticulosidad en la lectura crítica de las fuentes escritas del cristianismo, que rastreaba infatigable con la pretensión de identificar la esencia, el núcleo, el grano sin la paja del mensaje evangélico. Pero también conoció, estando en la Universidad, la obra de un teólogo contemporáneo, que había dejado Berlín para ir a Safenwil, en Suiza, y ejercer allí como pastor: Karl Barth, para el que ni la literatura ni la filosofía lograban responder adecuadamente a las preguntas del hombre de la calle, mientras que los personajes e historias de la Biblia, en cambio, palpitaban con vida propia y le hablaban, desde la lejanía de los siglos, de Dios, trascendente y totalmente Otro.

Bonhoeffer logró unificar en una síntesis admirable ambos sistemas, formalmente contrapuestos, al introducir la dimensión relacional y dialogal: el conocimiento de Dios comienza con un encuentro personal con Aquel que es el “enigmático e impenetrable Tú”. Sin embargo, su disertación para el doctorado no la elaboró con ninguno de los dos, sino con Reinhold Seeberg, sobre la comunión de los santos. Se trataba de un estudio, desde la teología, de la “socialidad” de la Iglesia, en el que abordaba incipientemente los temas que preponderarían en sus trabajos posteriores: Cristo, comunidad y concreción.

La vida de Bonhoeffer discurrió, en su primera juventud, de una manera alegre, desenfadada y consumista, haciendo viajes por Italia, Norte de África, España, Estados Unidos e Inglaterra. Pero con el advenimiento de Hitler y la sumisión de miembros del luteranismo al nazismo, Bonhoeffer se sintió llamado a servir con todas sus fuerzas a la verdad y a la libertad del Evangelio, hasta concluir sus días en un campo de Flossenbürg.

El anhelo de eternidad lo había llevado a dedicarse en cuerpo y alma a la teología. Y ésta lo fue preparando internamente para acometer con decisión, aun a riesgo de equivocarse en sus elecciones, las exigencias que comportaba el seguimiento de Jesús, en la concreción de la vida, y las no menos radicales que se siguen de la pertenencia a la Iglesia, sin la que es impensable la reflexión teológica, el ejercicio de la caridad y la misión de transformar el mundo desde la incomparable originalidad, especificidad y novedad del Evangelio de Jesucristo.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 28 de abril de 2019, pp. 32-33

Diaconía de la belleza

Hace veinte años que Juan Pablo II dirigió una Carta a los artistas, “que con apasionada entrega buscan nuevas epifanías de la belleza para ofrecerlas al mundo”. Fue el 4 de abril de 1999. En ella, el Pontífice manifestaba su deseo de que la alianza entre la Iglesia y los artistas se mantuviese siempre viva y fecunda. El Papa tenía en la mente a “los artistas de la palabra escrita y oral, del teatro y de la música, de las artes plásticas y de las más modernas tecnologías de la comunicación”, y de modo particular “a los artistas cristianos”.

Treinta y cinco años antes, el 7 de mayo de 1964, fiesta de la Ascensión, Pablo VI celebró, en la Capilla Sixtina, la “Misa de los artistas”, cuya misión, dijo, consiste “en recoger del cielo del espíritu sus tesoros y revestirlos de palabras, de colores, de formas, de accesibilidad”. Sin embargo, se han distanciado de la Iglesia, reconoció el Papa en la homilía: “Nos habéis abandonado un poco, os habéis ido lejos, a beber a otras fuentes, con la intención legítima de expresar otras cosas, pero ya no las nuestras”.

Aunque tampoco es que la Iglesia haya estado especialmente amable con ellos: “Os hemos turbado”, “Os hemos abandonado”, “No os hemos explicado nuestras cosas”, “No os hemos tenido como alumnos, amigos e interlocutores”. De modo que, llegados a este punto, y habiendo puesto de relieve que las deslealtades eran mutuas, Pablo VI les propuso hacer las paces: “¿Queréis volver a ser amigos?”. Al año siguiente, en diciembre de 1965, al clausurar el Concilio Vaticano II, se dirigió nuevamente a ellos, diciéndoles: “Sois los guardianes de la belleza en el mundo”.

Para rememorar aquella Misa celebrada por el Papa Montini y la Carta escrita por el Papa Wojtyla, Benedicto XVI reunió, el 21 de noviembre de 2009, en la Capilla Sixtina, a representantes de todas las artes. Les recordó un pensamiento impactante del pintor Georges Braque: “El arte está hecho para turbar, mientras que la ciencia tranquiliza”. Pero, sobre todo, les dijo el Papa, el arte tiene la alta misión de alentar la esperanza de la humanidad, suscitar sueños y esperanzas, y ensanchar los horizontes del conocimiento y de la actividad humana.

Este fabuloso magisterio pontificio sobre el arte y los artífices halló eco en el corazón de los esposos franceses Anne y Daniel Facérias, que, en 2012, cuando el Sínodo de los Obispos sobre la Nueva Evangelización, en Roma, se sintieron llamados a incoar un proyecto de diálogo y de colaboración entre la Iglesia y los artistas, al que han designado con un nombre que expresa perfectamente el carácter ministerial y eclesial de la tarea: “Diaconía de la belleza”.

El matrimonio Facérias contó siempre con el apoyo de Dominique Rey, obispo de Fréjus-Toulon, que ha sido prácticamente cofundador junto a ellos de la Diaconía, y en esta diócesis del sur de Francia se realizan las acciones más emblemáticas del programa, al que ya se han incorporado promotores afincados en París, Lyon o Toulouse.

Organizan liturgias vespertinas, a las que sigue un coloquio con un artista; un simposio anual en Roma sobre arte y fe, coincidiendo con la fiesta del beato fra Angélico; cursos sobre materias que se correspondan con los fines de la Diaconía; el “Festival Sacro de la Belleza” en Cannes, durante los días del famoso certamen del cine; ayudan a artistas que precisan de medios para realizar su vocación y habilitan residencias para que puedan desarrollar su genio creador.

Los impulsores de esta interesante iniciativa estiman que la sociedad actual padece un inmenso vacío de belleza, de sentido y de espiritualidad, y que necesita de la elevación, la verticalidad y la trascendencia que el arte proporciona, no sólo a los creyentes, sino también a los que no tienen fe.

Hay, además, en todas partes, músicos, cantantes, escritores, arquitectos, pintores, escultores, actores, cineastas y bailarines, que se sienten profundamente solos. Y, de estos, algunos han encontrado, en esa aún pequeña familia de la “Diaconía de la belleza”, un ámbito para vivir, con otros, su apasionada búsqueda de la Belleza, la Verdad y el Amor.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 7 de abril de 2019, p. 36

Del Salmo 71,8