El discurso de Carlo Maria Martini en Oviedo

El Cardenal Carlo Maria Martini, Arzobispo de Milán, pronunció, en el Teatro Campoamor de Oviedo, en presencia de los Reyes de España y del Príncipe de Asturias, con motivo de la entrega del Premio «Príncipe de Asturias» de Comunicación y Humanidades 2000, este discurso:

«Estoy profundamente agradecido por la concesión de este premio, que me honra y me estimula en el servicio a la Iglesia y a la sociedad actual.

Sé que se ha tenido en cuenta para esta concesión el compromiso de abrir caminos de diálogo entre creyentes y no creyentes, y entre grupos sociales con dificultades de entendimiento mutuo.

Querría decir que la raíz de este servicio que he intentado llevar a cabo (con la ayuda también de tantos otros, maestros míos, colegas y colaboradores, para los que envío toda mi gratitud) está en los libros de la Biblia, que he tenido la gracia de poder estudiar científicamente durante tantos años, dedicándome en particular a la crítica textual y a la hermenéutica. He podido, de esta forma, experimentar en mí mismo y en muchos otros cómo la Biblia es el libro fundamental de nuestra historia y el libro del futuro de Europa.

De la atención y la continua lectura de las Sagradas Escrituras hebreas y cristianas nacen senderos de profundización espiritual que llevan a las raíces de los grandes problemas humanos y permiten tomar una base común de diálogo con todas las personas de buena voluntad, incluso de otras religiones o no creyentes.

Meditando durante mucho tiempo sobre las Sagradas Escrituras me daba cuenta de que lo que se producía en mí, en la mente y en el corazón (el «corazón que arde» del que hablan los dos discípulos de Emaús en Lc 24,32) se podía encontrar también en la experiencia profunda de otros, particularmente de los jóvenes.

Puedo, así pues, decir que son el estudio de la Biblia y la meditación sobre la Biblia los que me han llevado a la práctica del diálogo.

Hoy un espíritu dialogante es más necesario que nunca. Pero para eso es necesario antes de nada haber profundizado bien la propia identidad. La Biblia, y en particular los evangelios y las cartas de Pablo, son como el espejo que nos revela a nosotros ante nosotros mismos, nos hace entender quiénes somos y qué estamos destinados a ser.

Para dialogar es además necesario cultivar una espiritualidad basada en el silencio, en la escucha. La familiaridad con la Biblia enseña ante todo a escuchar: «escucha, Israel» (Dt 6, 4) y el ruego lo repite a menudo Jesús: «Escuchad» (Mt 4, 3); «Si uno tiene oídos para entender que entienda» (Mt 4, 23). Pero la escucha implica el silencio.

Hoy es necesario que cualquiera que tenga una responsabilidad pública tenga en su jornada momentos de silencio prolongado, tanto más largos cuanto más grandes son sus responsabilidades. El episodio bíblico de Elías en la caverna del monte Horeb nos cuenta que la voz de Dios no se manifestó ni en el viento impetuoso ni en el terremoto ni en el fuego, sino «en un débil murmullo de silencio» (1 R 19, 13). El silencio abre el corazón y la mente a la escucha de lo que es esencial y verdadero.

Por último, para el diálogo es necesario tener sincera simpatía hacia el otro, acercarse a él con confianza, estar dispuesto a aprender de cualquiera que hable con sinceridad y honestidad.

Un diálogo sobre las cosas más importantes de la vida es hoy necesario para la supervivencia y el desarrollo de las culturas, especialmente en Europa, para evitar además que nos relegue a espectadores de aquel «clash of civilizations» [sic] («choque de civilizaciones») que ha sido pronosticado por algún estudioso como consecuencia del final de los grandes bloques ideológicos.

En un mundo que cada vez se va unificando más desde el punto de vista económico y financiero y en el que hoy es posible comunicar en tiempo real desde todos los puntos de la Tierra a cualquier otra parte de ella, es necesario un estilo de diálogo y de escucha que incluya, además, los problemas sociales y económicos, y permita pasar de una globalización de los mercados y de las informaciones a una globalización de la solidaridad, como ha pedido con frecuencia el Papa Juan Pablo II, invitando para el año del Jubileo a «crear una nueva cultura de solidaridad y cooperación internacionales, en la que todos … asuman su responsabilidad para un modelo de economía al servicio de cada persona» (Juan Pablo II, Incarnationis Mysterium, nº 12).

Se trata de interpretar y organizar la economía reconociéndole el valor y los límites, y su subordinación a la ética. «Ello conlleva además la búsqueda de instrumentos jurídicos idóneos para un efectivo gobierno «supranacional» de la economía: a una comunidad económica tiene que corresponder una sociedad civil internacional, capaz de expresar formas de subjetividad económica y política inspiradas en la solidaridad y la búsqueda del bien común en una visión cada vez más amplia, capaz de abarcar el mundo entero» (Juan Pablo II, A los profesores y a los alumnos de la Universidad Comercial «Luigi Bocconi» de Milán, 20 de noviembre de 1999, nº 4).

Así será posible hacer frente, además, a los problemas candentes de hoy: la paz entre las etnias y las religiones, especialmente en Medio Oriente; los derechos humanos y la defensa de la dignidad de la persona en cada país del mundo y en cada momento de la vida; los problemas ambientales y la defensa de la Tierra de la degradación que la está amenazando.

El creyente se guiará por la certeza de que hay, debajo de los caminos humanos, una gracia del Espíritu Santo que conduce la lucha contra todo absurdo y toda injusticia. Quien tiene por lo menos confianza en la vida, aunque no tenga una particular fe religiosa, podrá entonces encontrar compañeros de viaje con los que compartir el ansia por la dignidad de cada hombre y mujer y de cada pueblo de la Tierra.

La gran tradición civil y religiosa de esta tierra de Asturias, en la que la cultura europea reconoce uno de sus núcleos fundadores, nos hace mirar al futuro con una esperanza que por sí misma puede dar impulso frente a las dificultades y a las tinieblas del presente».

Puede verse aquí el vídeo del Cardenal, que lee su discurso, ante los Reyes y otras autoridades presentes en el acto:

https://www.fpa.es/multimedia-es/videos/carlo-maria-martini-premio-principe-de-asturias-de-ciencias-sociales-200068.html

La Biblia, gran código de la humanidad

Benedicto XVI ha definido la Biblia, en la exhortación apostólica postsinodal Verbum Domini, como “un gran código para las culturas”. Escribe el Papa: “La Sagrada Escritura contiene valores antropológicos y filosóficos que han influido poderosamente en toda la humanidad. Se ha de recobrar plenamente el sentido de la Biblia como un gran código para las culturas” (110). Esta expresión proviene de un  libro de Northrop Frye, The Great Code. The Bible and Literature (New York, 1982), traducido al español con el título El gran código. Una lectura mitológica y literaria de la Biblia (Barcelona, 1988). Frye se inspiró, a su vez, en el poeta y pintor inglés William Blake (1757-1827), quien, en las notas acerca de su grabado de Laocoonte, escribió: “El Antiguo y el Nuevo Testamento son el gran código del arte”.

Northrop Frye

Herman Northrop Frye nació, en 1912, en Sherbrooke, Québec. Descendía de una familia metodista. Estudió en el Victoria College de Toronto y en el Merton College de Oxford, y se preparó en el Emmanuel College para el ministerio de pastor. Fue ordenado al servicio de la Iglesia Unida de Canadá en 1936, aunque se dedicó principalmente a la docencia universitaria. Las clases en el Victoria College fueron el laboratorio en el que se gestaron sus ensayos –más de trescientos- sobre teoría y crítica literarias. Falleció en Toronto en 1991. El libro de David Cayley, Conversación con Northrop Frye(Barcelona 1997), surtirá de interesantes noticias biográficas a quien desee conocer mejor la trayectoria humana, intelectual y religiosa del profesor canadiense.

Unidad de la Biblia

La idea de que la Biblia es un gran código fue desarrollada por Northrop Frye en el libro arriba mencionado y en otro posterior: Words with Power. Being a Second Study of “The Bible and Literature” (San Diego 1990), traducido al español con el título Poderosas palabras. La Biblia y nuestras metáforas (Barcelona 1996). Según Frye, la Biblia ha sido leída como una unidad por confesiones religiosas, pensadores y literatos, que han sabido captar el significado universal de sus relatos, metáforas, imágenes y símbolos. El impacto causado por la Sagrada Escritura en la imaginación creadora ha sido de tal magnitud que puede ser considerada con toda justicia como el gran código no sólo de Occidente sino también de la humanidad. 

Atlas del espíritu

La expresión de Northrop Frye fue incorporada al Mensaje del Sínodo de los Obispos sobre la Palabra de Dios que tuvo lugar en el Vaticano en octubre de 2008: “La Biblia, como se suele decir, es el gran código de la cultura universal” (15). No quedó recogida, en cambio, en las proposiciones elevadas al Papa. Aunque en una de ellas se dice: “La Biblia es un libro destinado a toda la humanidad. Ha inspirado a los artistas de las diversas culturas” (39). A este respecto, recuérdese que Juan Pablo II, en la Carta a los artistas (1999), evocando a Paul Claudel y a Marc Chagall respectivamente, calificó a la Sagrada Escritura de “inmenso vocabulario” y “atlas iconográfico” del que se han nutrido la cultura y el arte cristianos (5). “Lengua materna de Europa”, dijo Johann Wolfgang von Goethe que era el Evangelio.

En efecto, sin la Biblia sería imposible dar razón de las innumerables manifestaciones del espíritu humano, que se ha volcado y expresado en la literatura, la pintura, la escultura, la arquitectura, el urbanismo, el cine, la fotografía y la música, y lo ha hecho desde la Sagrada Escritura. En ella y por ella, el hombre ha reconocido cuanto hay de grande, noble y trascendente en su ser, ha hallado el resorte que lo impele hacia la libertad, ha llegado a apreciar el perdón como un valor, ha aprendido a esperar y a perseverar en la paz, ha descubierto que la relación interpersonal es una potencia creadora y ha caído rendido ante el amor. La Biblia es, por ello, el gran código al que el hombre que se interpela sobre sí mismo ha de recurrir para autointerpretarse, y en el que el cristiano que se pregunta por su misión en el mundo ha de inspirarse para dar curso a la nueva evangelización.

Jorge Juan Fernández Sangrador

Publicado en: Revista «Vida Nueva», 12 al 18 de marzo de 2011, p. 50; y en: Jorge Juan Fernández Sangrador, El hecho religioso diario, PPC Editorial, Boadilla del Monte 2018, páginas 286-288.

Grabado de Laocoonte, de William Blake

Ser raíz

El pasado 12 de septiembre, antes de celebrar la Misa de clausura del 52.º Congreso Eucarístico Internacional, en la plaza de los Héroes de Budapest, el Papa mantuvo un encuentro, en el Museo de Bellas Artes, con representantes del Consejo Ecuménico de las Iglesias y de algunas comunidades judías.

En su discurso, después de haber ilustrado con la evocación del puente de las Cadenas, que une las dos partes de que se compone la ciudad de Budapest, cómo se ha de ser la relación entre las distintas confesiones religiosas, Francisco mencionó, entre «tantas figuras de amigos de Dios que han irradiado su luz en las noches del mundo», al húngaro Miklós Radnóti (1909-1944), preso en un campo de concentración y poeta hasta el último instante de su vida.

El 19 de junio de 1946, cerca de Abda, en el noroeste de Hungría, fue descubierta una fosa común en la que estaban enterrados veintidós cadáveres. Habían sido deportados desde la región de Bor, en Serbia, y asesinados en noviembre de 1944. En el impermeable de uno de ellos se encontró un cuaderno, en el que venía una súplica escrita en cinco idiomas: húngaro, serbio, alemán, francés e inglés.

La petición consistía en que, si alguien hallaba aquellas notas, las hiciese llegar al profesor Gyula Ortutay, de la Universidad de Budapest. La firmaba Miklós Radnóti. A la libreta, salvada de la furia de los asesinos, se le llamó “El cuaderno de Bor”, por ser el lugar en el que se encontraba el “lager” en el que Radnóti estuvo preso desde el 22 de julio hasta el 31 de octubre de 1944 y en el que escribió los diez poemas que figuran en él.

Fue, desde muy joven, apasionado de la lectura y aficionado a las lenguas. Sabía latín, griego, francés y alemán. Mas pronto empezó a padecer, por haber nacido judío, las agresiones del antisemitismo, creciente en aquel tiempo, sobre todo en el período en el que cursó Letras y Filosofía en la Universidad de Szeged, hasta que acabó siendo obligado a realizar, como ayuda al ejército, trabajos forzados.

Gracias a que unos amigos consiguieron recoger suficientes firmas de apoyo en pro de su liberación, ésta le fue concedida, si bien, en mayo de 1944, lo deportaron a la región minera de Bor y encerrado en el campo de Heidenau. Para entonces ya se había convertido al cristianismo y bautizado en la Iglesia Católica.

El teniente que estaba al frente del campo de concentración, que tenía fama de no ser tan cruel como los otros jefes, autorizó la creación del “Círculo Radnóti” para la lectura de poemas y el debate de temas culturales. Sin embargo, ante el avance de los soviéticos y de los partisanos afines, fue evacuado el “lager” y el viaje extenuante que emprendieron los prisioneros concluyó con el tiro en la nuca que el jefe del grupo les descerrajó a aquellas veintidós personas, que fueron exhumadas, el 19 de junio de 1946, de la fosa común en las proximidades de Abda. El número 12 era Miklós Radnóti.

De los textos del “Cuaderno”, el Papa citó, en su discurso ante los representantes del ecumenismo y del judaísmo, tres, deteniéndose especialmente en el poema “Raíz”, en el que Radnóti expresó con la brevedad de una sentencia el sentido que cabía conferir a una vida que parecía no tenerlo: ser raíz.

«Yo era una flor. Ahora soy raíz. Oscura, la tierra me cubre por entero», escribió. Era como si previese lo que iba a acontecerle pronto. Así lo hizo constar en otro poema del “Cuaderno”: «Caí junto a él, junto a su cuerpo entregado y tenso como una cadena recién ajustada, tenía un disparo en la nuca. “Así acabaré” – me dije- “acostado e inmóvil, como una flor que aguarda en medio de la muerte”. Entonces una voz cercana me dijo desde arriba: “florecerás de nuevo”, mientras el barro y la sangre sellaban mis oídos» (“Última postal”).

Miklós Radnóti ha sido, con su vida y con su muerte, con sus versos y con sus anotaciones, una voz que la violencia no ha conseguido silenciar y una luz que la muerte no ha logrado apagar. Llevaba consigo, bien guardado en el impermeable, un tesoro, que permaneció escondido, cual raíz, bajo la tierra, contenido en las hojas de un bloc, en una tumba.

Era el tesoro de la fe y de la esperanza. «Florecerás de nuevo», le susurró alguien, o mejor, Alguien, que le hablaba desde lo alto. Mientras tanto, sería raíz. «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto», dice Jesús en el Evangelio (Juan 12,24).

«Con fuerza se desliza la raíz, bebe de la lluvia, vive bajo tierra, sus sueños son limpios como la nieve, / de la tierra brota y rompe el suelo, a escondidas se arrastra la astuta raíz, levantando sus brazos, como una soga», escribió Radnóti en el poema “Raíz”, y si hubiese declamado los versos que lo conforman ante Rainer Maria Rilke, éste le habría dicho con palabras semejantes a las que pronunció uno de sus personajes en la obra “Vladimir, pintor de nubes”: ¡Ánimo, no tengas miedo, que Dios espera donde están las raíces!

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 26 de septiembre de 2021, p. 27

Fanni Gyarmati y su marido Miklós Radnóti

Poema «Raíz», en el «Cuaderno de Bor»

La despedida de Belmondo

La iglesia de Saint-Germain-des-Prés ha sido, desde el siglo VI, en que fue fundada como templo de una comunidad monástica, un observatorio privilegiado del decurso vital de la ciudad de París. A la sombra de su compacta torre han nacido y crecido las diversas modalidades culturales que han constituido a la capital de Francia en capital también de la intelectualidad, el arte y las mitomanías.

«La vida de un barrio es tan rica en acontecimientos de todo tipo que no se deja resumir en tan pocas líneas; pero si logro al menos transmitir al lector un poco de ese ambiente de Saint-Germain-des-Prés que ha conquistado a tantas mentes lúcidas, me sentiría cerca de haber conseguido mi objetivo», escribió, en su “Manual de Saint-Germain-des-Prés”, Boris Vian, buen conocedor de la zona, de lo que acaecía en sus “cuevas” y de quienes las frecuentaban, 

La iglesia es hoy sede parroquial y, en ella, además de los grupos de oración, formación y caridad, hay encuentros periódicos con políticos, economistas y agentes sociales; reuniones de profesionales de entre 25 y 35 años, que son católicos y proceden de diversos distritos de la ciudad, y, naturalmente, ya que los restos mortales de Descartes descansan en una capilla del templo, mucha labor con universitarios de La Sorbona y de las Grandes Escuelas del centro de París: Assas, Jussieu, Censier y Beaux-Arts.

En octubre del año pasado se celebraron, en la iglesia de Saint-Germain-des-Prés, las exequias por el eterno descanso de la cantante Juliette Gréco y, hace unos días, por el del actor Jean-Paul Belmondo, pues su familia quiso que hubiese un acto religioso después del homenaje estatal, con Emmanuel Macron a la cabeza, en el patio del Hôtel National des Invalides.

La misa fue presidida por monseñor Philippe Marsset, obispo auxiliar de París, quien, tras la lectura del pasaje del Evangelio, elegido por Paul, hijo del actor, en el que Jesús menciona los frutos que el grano de trigo produce cuando muere (Juan 12,23-26), habló de la vida nueva que comienza en el momento de la muerte y rememoró ante los presentes unas palabras pronunciadas por  Belmondo en una entrevista que le hizo un periodista e historiador del cine y en la que manifestó cuáles eran sus ideas acerca de la fe cristiana.

«Soy creyente sin ser practicante. Voy a misa, como mucho, en las grandes ocasiones, comenzando por las más tristes: los entierros. Creer me ayuda en la vida. Creer en una entidad superior orientada al Bien. Creer me infunde la certeza de que al final me encontraré con las personas que he amado», confesó Jean-Paul a su biógrafo Philippe Durant en una de los coloquios que mantuvieron con vistas a la publicación del libro “Belmondo”.

Y es que Bébel, que es como le llamaban los amigos al actor, recibió educación católica y, cuando vivió en Clairefontaine-en-Yvelines, ejerció de monaguillo y asistió al padre Graziani en los entierros de los pilotos americanos que perecían abatidos por el enemigo durante la Segunda Guerra Mundial. Fue allí en donde se familiarizó con la muerte. «Yo no temo la muerte. Es ineluctable y hace tiempo que la he aceptado», le dijo a Durant.

«Creo en otra vida. Está claro que hay algo en el más allá. El camino prosigue de una manera o de otra. Siento, a menudo, la presencia de mis padres junto a mí y eso me reconforta. Pienso que los volveré a ver, al igual que a las personas que he amado: Lino, Gabin, Audiard, y todos los demás. Espero encontrarlos alrededor de una mesa y que, en torno a ella, fantaseemos como en los viejos tiempos», le declaró a su biógrafo.

Y en esto Jean-Paul Belmondo coincidía con el profeta Isaías, que pensaba también en un banquete cuando intentaba imaginarse cómo sería la gozosa existencia de la humanidad nueva al final de los tiempos: «El Señor preparará para todos los pueblos, en este monte, un festín de vinos de solera; manjares exquisitos, vinos refinados. Y arrancará en este monte el velo que cubre a todos los pueblos, el lienzo extendido sobre todas las naciones, y aniquilará la muerte para siempre» (25,6-8).

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 19 de septiembre de 2021, p. 27

Dante Alighieri y el resplandor de la Luz eterna

«La obra de Dante, en efecto, es parte integrante de nuestra cultura, nos remite a las raíces cristianas de Europa y de Occidente, representa el patrimonio de ideales y valores que también hoy la Iglesia y la sociedad civil proponen como base de la convivencia humana, en la que todos podemos y debemos reconocernos como hermanos.

Sin adentrarme en la compleja historia personal, política y jurídica de Alighieri, quisiera recordar sólo algunos momentos y acontecimientos de su existencia, en los que él aparece extraordinariamente cercano a muchos de nuestros contemporáneos, y que son esenciales para comprender su obra. 

Nació en 1265 en la ciudad de Florencia, donde se casó con Gemma Donati y procrearon cuatro hijos. Al principio estuvo vinculado a su ciudad natal por un fuerte sentido de pertenencia que, sin embargo, a causa de desacuerdos políticos, con el tiempo se convirtió en una abierta oposición.

Aun así, el deseo de regresar allí nunca lo abandonó, no sólo por el afecto que, no obstante, siguió teniendo por su ciudad, sino sobre todo por haber sido coronado poeta en el lugar donde había recibido el bautismo y la fe (cf. Par. XXV, 1-9). En el encabezado de algunas de sus Cartas (III, V, VI y VII) Dante se define «florentinus et exul inmeritus», mientras que en la XIII, dirigida a Cangrande della Scala, precisa «florentinus natione non moribus».

Él, güelfo de la parte blanca, se encontró implicado en el conflicto entre los güelfos y los gibelinos, entre los güelfos blancos y los negros y, después de haber ocupado cargos públicos cada vez más importantes, hasta convertirse en Prior, por una serie de acontecimientos políticos adversos fue exiliado por dos años en 1302, inhabilitado para ejercer cargos públicos y condenado a pagar una multa.

Dante rechazó la sentencia, que consideraba injusta, y el juicio contra él se hizo aún más severo: exilio perpetuo, incautación de los bienes y condena a muerte en caso de que regresara a su patria. Comenzó así la parte más dolorosa de la historia de Dante, que en vano intentó regresar a su amada Florencia, por la que había combatido con vehemencia. 

Se convirtió así en el exiliado, el “peregrino pensativo”, caído en una condición de «dolorosa pobreza» (El convite, I, III, 5) que lo llevó a buscar refugio y protección con algunos señores de la región, como los Scaligeri de Verona y los Malaspina en Lunigiana.

En las palabras de Cacciaguida, antepasado del poeta, se percibe la amargura y la desolación de esta nueva condición: «Tú dejarás las cosas / más dilectamente amadas, que es el primer dolor / que produce la primera saeta del arco del exilio. / Tú probarás cómo sabe amargo / el pan ajeno y qué duro camino / es el de bajar y subir por las escaleras de los demás» (Par. XVII, 55-60).

 Posteriormente, no aceptando las condiciones humillantes de una amnistía que le hubiera permitido regresar a Florencia, en 1315 fue condenado a muerte nuevamente, esta vez junto con sus hijos adolescentes. La última etapa de su exilio fue Rávena, donde lo acogió Guido Novello da Polenta y donde murió la noche del 13 al 14 de septiembre de 1321, al volver de una misión en Venecia, a la edad de 56 años.

Su sepultura, en San Pedro el Mayor, en un arca situada cerca del muro externo del antiguo claustro franciscano, fue trasladada posteriormente al contiguo templete del setecientos donde, después de convulsas vicisitudes, en 1865 fueron depositados sus restos mortales. El lugar es todavía hoy destino de numerosos visitantes y admiradores del sumo poeta, padre de la lengua y la literatura italiana. 

En el exilio, el amor por su ciudad, traicionado por los «muy infames florentinos» (Carta VI, 1), se transformó en triste nostalgia. La desilusión profunda por la caída de sus ideales políticos y civiles, junto con la dolorosa peregrinación de una ciudad a otra en busca de refugio y apoyo, no son ajenos a su obra literaria y poética, sino que constituyen su raíz esencial y su motivación de fondo.

Cuando Dante describe a los peregrinos que se ponen en camino para visitar los lugares santos, representa de algún modo su condición existencial y manifiesta sus sentimientos más íntimos: «¡Oh peregrinos!, que pensando vais…» (Vida Nueva, 29 [XL (XLI), 9], v. 1). El tema vuelve más veces, como en el verso del Purgatorio: «Como los peregrinos pensativos hacen / al encontrar por el camino gente desconocida, / que se vuelven a mirarla sin pararse» (XXIII, 16-18).

La angustiosa melancolía de Dante peregrino y exiliado se percibe también en los célebres versos del canto VIII del Purgatorio: «Era ya la hora en que renace el deseo / y se enternece el corazón de los navegantes / el día que han dicho adiós a sus queridos amigos» (VIII, 1-3). 

Dante, reflexionando profundamente sobre su situación personal de exilio, de incertidumbre radical, de fragilidad y de constante desplazamiento, la transforma, sublimándola, en un paradigma de la condición humana, que se presenta como un camino, interior antes que exterior, que nunca se detiene hasta que no llega a la meta. Nos encontramos así con dos temas fundamentales de toda la obra dantesca: el punto de partida de todo itinerario existencial, que es el deseo, ínsito en el alma humana, y el punto de llegada, que es la felicidad, dada por la visión del Amor que es Dios. 

El sumo poeta, aun viviendo sucesos dramáticos, tristes y angustiantes, nunca se resignó, no sucumbió, no aceptó que se suprimiera el anhelo de plenitud y de felicidad presente en su corazón, ni mucho menos se resignó a ceder a la injusticia, a la hipocresía, a la arrogancia del poder y al egoísmo que convierte a nuestro mundo en «la pequeña tierra que nos hace tan feroces» (Par. XXII, 151).

[Carta Apostólica «Candor Lucis Aeternae» del Papa Francisco en el séptimo centenario de la muerte de Dante Alighieri (1321-2021), número 3]

Dante y Beatriz en el Paraíso (Gabriele dell’Otto)

En la noche del 13 al 14 de septiembre de 1321: muerte de Dante Alighieri

«Rávena, para Dante, es la ciudad del “último refugio» —la primera había sido Verona—; de hecho, en vuestra ciudad el poeta pasó sus últimos años y completó su obra: según la tradición, allí se compusieron los cantos finales del Paraíso.

Así, en Rávena concluyó su viaje terrenal; y puso fin al exilio que tanto marcó su existencia y también inspiró su escritura. El poeta Mario Luzi ha resaltado el valor de la turbación y del descubrimiento superior que la experiencia del exilio reservó a Dante. Esto nos hace pensar inmediatamente en la Biblia, en el exilio del pueblo de Israel en Babilonia, que constituye, por así decirlo, una de las “matrices” de la revelación bíblica. De manera análoga para Dante, el exilio fue tan significativo que se convirtió en una clave para interpretar no sólo su vida, sino el “viaje” de cada hombre y mujer en la historia y más allá de la historia.

La muerte de Dante en Rávena tuvo lugar —como escribe Boccaccio— «el día en que la Iglesia celebra la exaltación de la Santa Cruz». El pensamiento va a aquella cruz de oro que el Poeta vio ciertamente en la pequeña cúpula azul noche, salpicada de novecientas estrellas, del Mausoleo de Gala Placidia; o a aquella, geminada y “resplandeciente” Cristo —por usar la imagen del Paraíso— (cf. XIV, 104), de la semicúpula del ábside de San Apolinar en Classe.

En 1965, con ocasión del séptimo centenario del nacimiento de Dante, san Pablo VI obsequió a Rávena con una cruz de oro para su tumba, que había permanecido hasta entonces —como dijo— «desprovista de tal signo de religión y esperanza». Esa misma cruz, con motivo de este centenario, volverá a brillar en el lugar que conserva los restos mortales del Poeta. Que sea una invitación a la esperanza, esa esperanza de la que Dante es profeta.

El deseo es, pues, que las celebraciones del séptimo centenario de la muerte del sumo Poeta nos estimulen a retomar su Comedia para que, conscientes de nuestra condición de exiliados, nos llame a ese camino de conversión «del desorden a la sabiduría, del pecado a la santidad, de la miseria a la felicidad, de la contemplación aterradora del infierno a la contemplación beatífica del paraíso» (San Pablo VI,Carta Apostólica Altissimi cantus, 7 de diciembre de 1965). Dante, en efecto, nos invita una vez más a redescubrir el sentido perdido u ofuscado de nuestro viaje humano.

Puede parecer, a veces, que estos siete siglos hayan cavado una distancia insalvable entre nosotros, hombres y mujeres de la era postmoderna y secularizada, y él, representante extraordinario de una edad de oro de la civilización europea. Y, sin embargo, algo nos dice que no es así.

Los adolescentes, por ejemplo —incluso los de hoy— si tienen la oportunidad de acercarse a la poesía de Dante de una manera que les sea accesible, inevitablemente constatan, por un lado, toda la distancia del autor y su mundo; y no obstante, por otro, sienten una resonancia sorprendente.

Esto sucede especialmente allí donde la alegoría deja espacio al símbolo, donde el ser humano aparece más evidente y desnudo, donde la pasión civil vibra más intensamente, donde la fascinación de la verdad, la belleza y la bondad, en último término, la fascinación de Dios hace sentir su poderosa atracción.

Así, aprovechando esta resonancia que supera los siglos, también nosotros —como nos invitaba san Pablo VI— podremos enriquecernos con la experiencia de Dante para atravesar las numerosas selvas oscuras aún dispersas en nuestra tierra y realizar felizmente nuestra peregrinación en la historia, para alcanzar la meta soñada y deseada por todo hombre: «el amor que mueve al sol y a las demás estrellas» (Par. XXXIII, 145)».

[Del Discurso que el Papa Francisco pronunció, el 10 de octubre de 2020, en la Sala Clementina del Palacio Apostólico, ante una delegación de la archidiócesis de Ravenna-Cervia con ocasión del año dedicado al séptimo centenario de fallecimiento de Dante Alighieri]

«La muerte de Dante», de Eugenio Moretti Larese

La biblioteca de Dostoevskij

En la bellísima Verbania, en el norte de Italia, Lucio Coco, un estudioso de la literatura cristiana antigua griega y latina, y buen conocedor de la rusa, ha realizado una meticulosa indagación acerca de cuáles fueron las lecturas y qué libros componían la biblioteca de Fedor Michailovich Dostoevskij (1821-1881), del que, en el próximo mes de noviembre, se conmemorará el segundo centenario de su nacimiento. El libro de Coco se titula “La Biblioteca di Dostoevskij. La storia e il catalogo” y ha sido editado por Leo S. Olschki.

Es probable que el núcleo originario de la biblioteca lo constituyesen aquellos pocos libros de los que el escritor dispuso durante los diez años de prisión, por el caso Petrashevskij, y de servicio militar. Es decir, entre 1849 y 1859. Al principio, solamente tenía a mano «las peregrinaciones a los Santos Lugares y las obras de S. Dimitrij de Rostov». Más tarde, su hermano Michail le envío la novela “Jane Eyre”, de Charlotte Brontë, y obras de Shakespeare.

Fue en este período, en Tolbol’sk, camino de Omsk, cuando las mujeres de unos decabristas le regalaron un ejemplar del Nuevo Testamento, cuya lectura fue su principal alimento intelectual y espiritual en los años de trabajos forzados[1]. No se separó jamás de él.

Por las cartas que, en aquella década, le envió a su hermano sabemos cuáles eran sus intereses bibliográficos: historiadores europeos, economistas, Padres de la Iglesia, autores griegos y romanos, filósofos, diccionarios y el Corán.

Libre ya de la cárcel y del ejército, y dedicado a la redacción de novelas y a escribir en las revistas “Vremja” y “Épocha”, Dostoevskij adquirió muchos libros, pues los necesitaba para desarrollar su vocación de literato. Bien porque él mismo los solicitaba a los proveedores, bien porque recomendaba ciertas lecturas a quienes le pedían consejo, bien porque sus familiares los ofrecían para la venta, fueron confeccionándose los elencos de libros de Dostoevskij, que Lucio Coco ha agrupado en las categorías de Literatura, Filología, Historia de la Literatura, Crítica, Folklore, Teología, Filosofía, Historia, Sociología, Derecho, Ciencias Naturales, Medicina, Arte, Literatura infantil, Diccionarios y Libros y Periódicos en lenguas extranjeras.

De esta biblioteca, que padeció la dispersión que sufren casi todas, me fijo en un libro que no podría pasar desapercibido en modo alguno para un asturiano: “Historia de Gil Blas de Santillana”, de Alain René Lesage (1668-1747). La ficha indica que es una edición en francés de 1835. Debió de gustarle mucho a Dostoevskij, porque, en una carta del 18 de agosto de 1880 dirigida a Nicolaj Ozmidov, le sugiere que su hija lea a Walter Scott, Dickens, Pushkin, Gogol’, Turgenev, Goncharov, “Don Quijote” y “Gil Blas”.

La novelada “Historia de Gil Blas de Santillana” comienza en Oviedo, desde donde el joven pícaro, educado en casa de un hermano de su madre, canónigo, que lo envía a Salamanca, para que curse estudios en la Universidad, da principio a sus andaduras y peripecias por España, acaeciendo el primero de los episodios que componen la trama narrativa en Peñaflor.

Y si un escritor de la talla de Dostoevskij encontró deleitosa y recomendable la lectura de la obra de Lesage, es como para que Asturias haga algo en reconocimiento del novelista ruso antes de que se acabe 2021, en el que se conmemorará, el 11 de noviembre, el segundo centenario de su nacimiento en Moscú.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 12 de septiembre de 2021, p. 26


[1] Nota: Se trata de una edición del Nuevo Testamento de 1823. En concreto se la regaló la mujer del decabrista Armenkov en enero de 1850, cuando el escritor estaba a punto de partir para Siberia, conmutando la pena de muerte por trabajos forzados. El ejemplar, que se conserva en Moscú, está subrayado con lápiz o con marcas de uñas. Su mujer le leyó, estando ya para morir el escritor, unos versículos del Evangelio de san Mateo (Mt 3,14-15).

Dostoevskij en la cárcel

La luz del Credo

Carmen Laforet nació el 6 de septiembre de 1921 en Barcelona. Hoy habría cumplido cien años.
En 1944 recibió el Premio Nadal por la novela «Nada».
En una etapa muy religiosa de su vida, manifestó que le había acontecido esto:
«Me ha sucedido algo milagroso, inexpresable, imposible de comprender para quien no lo haya sentido y que, sin embargo, tengo absolutamente la obligación de contar a los que quiero … Rezo el credo por la calle sin darme cuenta. Cada una de sus palabras son luz … La gracia, tal como la he recibido, es la felicidad más completa que existe. La pobre voluptuosidad humana … No es nada comparado con esto. Nada.»

(16 de diciembre de 1951)

En Anna Caballé – Israel Rolón, «Carmen Laforet. Una mujer en fuga», RBA, Barcelona 2010, 2ª edición, p. 225.

Chartres y Covadonga

Medio millar de jóvenes peregrinaron, el pasado mes de julio, desde la catedral de Oviedo hasta el santuario de Covadonga. En Francia, son miles los que caminan desde la de Notre-Dame de París hasta la de Notre-Dame de Chartres, en la que se venera la “Sancta Camisia” de la Virgen, donada por el rey Carlos el Calvo, en el año 876, a la Iglesia.

Estas peregrinaciones de jóvenes tuvieron su inicio en 1935, cuando un grupo de estudiantes de la Universidad de La Sorbona, en París, alentados por el capellán universitario, decidieron ir a Chartres caminando, para rememorar la peregrinación que, en 1912, realizó, desde Lozère, Charles Péguy, con el fin de cumplir un voto por la curación de su hijo enfermo.

Cuatro años antes, el escritor, que se había alejado de la Iglesia, entregado a la causa del socialismo y declarado ateo, le confesó, con lágrimas en los ojos, a un amigo, Joseph Lotte, que fue a visitarlo, esto: «No te lo he dicho todo … He vuelto a la fe … Soy católico». Sus anhelos de que llegase a existir una ciudad nueva, el contacto con algunos intelectuales convertidos al cristianismo y la profundización en su propio “ser religioso” lo condujeron, tras muchos años de distanciamiento, al umbral de la Iglesia.

Péguy vivió con gran zozobra interior esta circunstancia, que su familia no compartía ni aprobaba, pues el hecho de no estar casado por la Iglesia, ni bautizados su mujer ni sus hijos, era óbice para recibir los sacramentos. «Sin embargo, poseo tesoros de gracia, una inimaginable sobreabundancia de gracia», decía. De ahí el que se sintiese movido a hacer ciento cuarenta y cuatro kilómetros, en tres días («J’ai fait 144 kilomètres en trois jours» sic), para llegar a Chartres, «mi catedral», cumpliendo así el voto que había hecho para que su hijo Pierre, con difteria, recobrase la salud.

Cuando aún faltaban diecisiete kilómetros para llegar a Chartres, divisó la catedral. Al verla, «me extasié. Ya no sentía nada; ni cansancio, ni mis pies. Todas mis impurezas desaparecieron de repente. Era otro hombre». Y, ya en el templo, rezó «como nunca había rezado».

Las peregrinaciones de jóvenes a Chartres hallaron un renovado impulso cuando Jean-Marie Lustiger fue arzobispo de París. Este gran pastor de la Iglesia sabía bien de la importancia de las catedrales en algunos itinerarios personales de fe, pues él mismo, que había nacido en el seno de una familia judía, se convirtió al entrar, un Viernes Santo, en la de Orleans. Conmocionado ante la desnudez del templo, tan significativa en ese día del calendario cristiano, Lustiger decidió, en aquel punto y hora, pedir el bautismo.

De modo que, con el de este verano, el peregrinaje, durante tres días, de Oviedo a Covadonga, de basílica a basílica, forma parte ya de la red de vías europeas de la fe, de la cultura y de la juventud. «Si no regreso, te ruego que vayas todos los años en peregrinación a Chartres», le pidió Péguy, antes de ir a la guerra, a Charlotte, su mujer, que había comenzado a abrirse a la gracia. No regresó. Falleció, el 5 de septiembre de 1914, en Villeroy, durante la batalla del Marne.

Secundando el deseo del escritor, miles de jóvenes caminan todos los años por los senderos de Francia, para ir rezarle a la Virgen, en Chartres, como hacen, cada mes de mayo, los jóvenes que van desde Cangas de Onís hasta Covadonga. Y convendría que, después de haberla puesto en marcha, la iniciativa de peregrinar al Real Sitio, teniendo el punto de partida en la catedral de San Salvador de Oviedo, no languideciese y se apagase, sino que se mantuviese y siguiese gozando del espíritu joven y fervoroso de sus orígenes.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 5 septiembre de 2021, p. 24