Fue, durante décadas, una figura destacadísima de la exégesis del Nuevo Testamento. El padre Albert Vanhoye, jesuita, era una autoridad indiscutida en el análisis e interpretación de los Evangelios, las cartas de san Pablo y otros escritos apostólicos de la Biblia.
En el momento de entregar su alma a Dios, el pasado 29 de julio, en la residencia “San Pedro Canisio”, aneja a la Curia general de la Compañía de Jesús, en Roma, el padre Vanhoye era, con 98 años, el cardenal más anciano de la Iglesia. Benedicto XVI lo había agregado al Sacro Colegio en 2006 y asignado la iglesia titular de Santa Maria della Mercede e Sant’Adriano a Villa Albani, en la Ciudad Eterna.
El Papa lo conocía bien. Habían trabajado juntos, cuando Ratzinger era prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y Vanhoye secretario de la Pontificia Comisión Bíblica, en la redacción de dos importantes documentos: “La interpretación de la Biblia en la Iglesia” y “El pueblo judío y sus Escrituras sagradas en la Biblia cristiana”. Asesoró, además, como consultor, con su saber, a diversos organismos de la Curia romana.
Vanhoye fue, antes de ser cardenal, rector del Pontificio Instituto Bíblico, al igual que dos egregios antecesores suyos, también purpurados: Augustin Bea y Carlo Maria Martini. Los tres sirvieron a la Palabra de Dios con una cualificación tan alta, que era imposible que su inteligencia y cultura pasaran inadvertidas a los ojos de los papas, de la Iglesia y de la sociedad en general. A uno de ellos, Martini, le fue otorgado, junto a Umberto Eco, el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales en el año 2000.
El Código de Derecho Canónico establece que quienes sean promovidos a cardenales, si no son obispos, «deber recibir la consagración episcopal». Vanhoye, que era sumamente modesto, solicitó del Papa que lo dispensase del cumplimiento de esa disposición y que pudiese seguir siendo sólo sacerdote. Y así fue. Todo el mundo se dirigía a él con el título que le era más querido: “padre Vanhoye”.
Nació en Hazebrouck, en la frontera entre Francia y Bélgica. Cuando tenía 18 años, en 1941, atravesó Francia a pie, de norte a sur, sorteando al ejército alemán, para llegar al noviciado jesuita de Le Vignau, en Las Landas. Obtuvo la Licenciatura en Letras por La Sorbona, la Licenciatura en Filosofía por el Escolasticado jesuita de Vals y la Licenciatura en Teología por el de Enghien, en donde fue ordenado sacerdote en 1954.
Con la Licenciatura y el Doctorado en Sagrada Escritura por el Pontificio Instituto Bíblico de Roma, y tras un tiempo de docencia de griego clásico en Izeure y de exégesis del Nuevo Testamento en Chantilly, Vanhoye devino profesor del “Biblicum” de Roma, en el que, desde 1963 hasta 1993, ejerció la meritoria labor investigadora y docente que lo acreditó como uno de los mejores biblistas de nuestro tiempo.
Su tesis doctoral, realizada bajo la dirección del padre Stanislas Lyonnet y defendida en 1961, siendo relator el padre Maximilian Zerwick, versó sobre la estructura literaria de la Carta a los Hebreos, de la que Vanhoye llegó a ser máximo especialista, aunque conocía también muy a fondo los Evangelios sinópticos, la teología de san Pablo y la estructura literaria de los libros del Nuevo Testamento. Dominaba magistralmente el griego clásico y esto le facilitaba la enjundiosa comprensión de los pasajes más intrincados de la Biblia.
Era claro, conciso, profundo, riguroso, metódico y humilde. Fue autor de varios libros y escribió numerosos artículos, tan de buen y fino estilo filológico, que serán tenidos en cuenta siempre. Dirigió veintiocho tesis doctorales e infinidad de tesinas y trabajos escritos por los alumnos que asistieron a los seminarios que ofreció sistemáticamente en cada curso académico durante décadas. Fue segundo relator de quince tesis doctorales.
Y cuando se trata de las tesis doctorales realizadas en el Pontificio Instituto Bíblico, se está hablando de unos trabajos de investigación elaborados a conciencia, con ocho o diez horas diarias de biblioteca, dominio pleno de las lenguas hebrea y griega, y no menos de cuatro años de dedicación absoluta a la tarea, después de haber superado la prueba en la que, tras dos o tres años de preparación exhaustiva, hay que demostrar, ante un tribunal, que se ha leído, y que se está en condiciones de dar razón de ella, toda la bibliografía básica que existe, en distintos idiomas, sobre el tema acerca del cual se va a hacer la tesis doctoral. Es la llamada «lectio coram».
En enero de 2008, Vanhoye predicó los Ejercicios espirituales en la tanda que la Conferencia Episcopal Española ofreció, como suele hacer a principios de cada año civil, a los obispos que la componen. Al mes siguiente, en febrero, a la Curia romana, en presencia de Benedicto XVI.
En la Misa exequial, que tuvo lugar en el altar de la Cátedra, en la Basílica de San Pedro, en el Vaticano, el cardenal argentino Leonardo Sandri, vicedecano del Sacro Colegio, que presidió la celebración eucarística, dijo del padre Vanhoye: «Si físicamente su vida estuvo marcada por el estudio y la enseñanza, a costa de muchas horas de dedicación y de profundización, su itinerario interior fue de un ahondamiento cada vez mayor, alimentado por el fuego del amor a la Palabra».
Y añadió: «Él nunca la trató como si fuese un texto árido que hubiese que diseccionar y desarmar, sino que fue capaz de extraer siempre, de las estructuras y la composición de los pasajes, la referencia a Aquel que habló en los tiempos antiguos de muchas maneras y que, últimamente, lo ha hecho por medio de su Hijo, como se dice en el comienzo de la Carta a los Hebreos».
Así era el padre Vanhoye. En eso consistía el núcleo de su actividad exegética. Mientras que, en su lema cardenalicio, quiso dejar patente cuál era la raíz que sustentaba su ser cristiano, sacerdotal y jesuítico: «Cordi tuo unitus». Unido siempre al corazón de Cristo.
Jorge Juan Fernández Sangrador
La Nueva España, domingo 8 de agosto de 2021, p. 29










