Hoy ha sido beatificado en Sevilla, con otros 26 mártires, el Padre Luis Suárez Velasco, O.P.
En la nota redactada a martillazos por no sé quién, se dice:
Nació en el pueblo asturiano de Pelúgano, en Aller, el 29 de enero de 1897, hijo de Juan y Manuela. Recibió el bautismo el 31 de enero de 1897. Tomó el hábito en Almagro, el 22 de septiembre de 1916. Profesó el 23 de septiembre de 1917.
Con muy altas calificaciones, estudió filosofía en Almagro. Cursó teología en San Esteban de Salamanca y recibió el presbiterado de manos de Mons. Julián de Diego y García Alcolea, en la capilla del Seminario pontificio, el 10 de febrero de 1924.
Pasó después al «Angelicum» de Roma y frecuentó, asimismo, la Escuela Bíblica y Arqueológica Francesa de Jerusalén. Obtuvo el lectorado y la licenciatura en Sagrada Escritura. En 1931 enseñaba ya esta especialidad en Almagro. Se recuerda también su entrega al apostolado entre la juventud de Acción Católica de Almagro. Le dieron muerte a los 39 años. Sus reliquias pueden venerarse en Sevilla.
Y añado yo:
Fueron beatificados también dos dominicos que estudiaron en Corias (Asturias): el lisboeta Padre Manuel Fernández (Herba) y el palentino, de Castromocho, Padre Natalio Camazón Junquera. Los dos martirizados en Almagro (Ciudad Real).
Creo que, con la beatificación del Padre Luis Suárez Velasco, el número de beatos asturianos asciende a cuarenta y tantos.
La capilla toledana de la Catedral o cuando los obispos de Oviedo eran condes de Noreña
La historia de tres prelados castellanos, San Ildefonso, Gutierre de Toledo y Díaz Merchán, confluye en el recinto de la seo ovetense, donde desde ayer reposan los restos mortales del emérito de la diócesis
La Nueva España (18 de junio de 2022), firmado por Francisco García
Recojo el texto del artículo tal como aparece en el periódico:
«Esta es una historia, con algún tinte de leyenda, que reúne a obispos toledanos en torno a la Catedral de Oviedo, y que viene hoy a cuento a resultas del entierro en lugar relevante de la seo capitalina del que fuera arzobispo Gabino Díaz Merchán, nacido en Mora (Toledo), que pudo haber sido conde de Noreña de no haber mediado el Concilio Vaticano II.
Hasta 1954, año en el que la célebre reunión ecuménica prohibió a los miembros de la Iglesia católica el uso de títulos nobiliarios, los titulares de la sede episcopal ovetense disponían de reconocimiento condal. Tal consideración se remonta a los años finales del siglo XIV, cuando un obispo –otro toledano– al frente de la diócesis de Oviedo, Gutierre Gómez de Toledo, miembro del Consejo Real durante el reinado de Juan I y oidor de la Audiencia, defendió los intereses regios frente a las pretensiones del noble local Alfonso Enríquez, contrarias a los intereses de la Corona. Gutierre, lugarteniente y plenipotenciario del rey en Asturias, comandó la derrota del conde de Noreña, que perdió su título en favor del obispo.
Curiosidades de la historia, ayer fue enterrado Díaz Merchán en una capilla de la Catedral bajo la advocación de la Virgen de Covadonga, la cual es todavía más desde ayer la capilla toledana de la sede catedralicia asturiana, como certeramente apuntaba en este periódico Jorge Fernández Sangrador, vicario general de la diócesis.
Será el arzobispo emérito el tercer prelado nativo de esa provincia castellana vinculado a ese pequeño recinto que preside una imagen de la Santina. El primero fue Gutierre; el otro mencionable, padre de la Iglesia, es San Ildefonso,cuya casulla, de procedencia milagrosa, se dice que se encuentra entre las reliquias del principal templo asturiano. Aunque esa prenda, que según la leyenda entregó la Virgen en aparición al santo por su defensa del culto mariano, nunca ha sido hallada.
Pese a la lejanía de los tiempos, muchos detalles se conocen del obispo Gutierre y de la fallida rebelión del conde de Noreña contra su hermano el rey. Reza en su testamento, hecho en Segovia en septiembre de 1387, que fue hijo de Tello Fernández de Toledo y de Mencía Fernández, segundo de doce hermanos de una familia noble de origen mozárabe. Estudió leyes en Salamanca y obtuvo beneficio de las influencias de su tío Gutierre Gómez de Toledo, obispo de Palencia, que lo tuvo de canónigo en esa sede. Capellán mayor de la Reina, en abril de 1377 es nombrado obispo de Oviedo mediante bula papal de Gregorio XI. Bajo su prelatura se creó en la capital helmántica, de viejísima universidad, el Colegio Pan y Carbón, que daba cobijo a estudiantes pobres de Oviedo.
Fue Gutierre, promotor de la obra gótica de la Catedral, quien mandó erigir la capilla primitiva sobre la que se asienta la actual, donde reposan ya los restos mortales de Gabino Díaz Merchán, y que había sido destruida durante la revolución del 34. Y a él se debe la inicial advocación de ese espacio fúnebre al tercer toledano que interviene en este relato, el más antiguo de todos: San Ildefonso.
Cuenta la tradición cristiana que la noche del 18 de diciembre de 665, Ildefonso, acompañado de otros clérigos, entró en la Catedral de Toledo a entonar himnos en honor de la Virgen María.Y que al acceder al templo contemplaron una luz resplandeciente, plena de fulgor. Llenos de temor, algunos huyeron pero no Ildefonso, que se acercó al altar y pudo ver a la Virgen sentada en el sillón obispal, rodeada de ángeles que entonaban cantos celestiales. Según la leyenda, la madre de Dios le dijo: “Tú eres mi capellán y fiel notario. Recibe esta casulla que mi Hijo te envía de su tesorería”. Y le entregó la prenda con la instrucción de solo usarla los festivos designados en conmemoración mariana.
Curiosamente, en memoria de ese milagro se erigió una capilla en el templo primado de Toledo que fundó el rey castellano Enrique II de Trastámara, en el lugar en el que se ubicó una antigua basílica visigótica. En esa capilla de la seo toledana, denominada de la Descensión de la Virgen, donde supuestamente se apareció a San Ildefonso, está enterrado un obispo asturiano, Francisco Álvarez, que lo fue de la capital castellano-manchega, fallecido el pasado enero.
Se sabe que para salvaguardar los restos mortales del santo de la previsible invasión sarracena, se decidió el traslado de las reliquias y de la casulla a un lugar seguro del norte, la región asturiana. Por los motivos que fuera, los restos quedaron en Zamora, en la iglesia que lleva su nombre, situada en el corazón del casco antiguo, en la ruta que desde el Ayuntamiento conduce a la Catedral. Para su custodia se creó la Real Cofradía de los Caballeros Cubicularios, que a día de hoy defiende, a capa que ya no a espada, un legado cuya devolución los toledanos reclaman con vehemencia a la capital del Duero.
Lo que resta de contar, sea realidad o leyenda, culmina así: la casulla llegó a Oviedo y como tal figura en una relación de reliquias de la Catedral. Pero nunca fue encontrada, aunque existen crónicas que relata alguien que aseguró haberla conocido. En el archivo catedralicio de Toledo se conserva una comunicación de finales del siglo XVI en la que el padre jesuita Sebastián Sarmiento reconoce a otro miembro de la Compañía de Jesús, Francisco Portocarrero, haber visto con sus propios ojos la reliquia:
“Se abrió el arca grande que está en el medio de la Cámara Santa con ocasión de la consagración del obispo Pedro Junco de Posada, natural de Llanes (…) Dentro había un cofrecito muy pequeño, como de un palmo muy largo, el cual tenía un rótulo que decía “La casulla que Nuestra Señora dio a San Ildefonso”. Mucho les espantó por parecerles casi imposible que allí cupiese una casulla. Abrieron el cofrecillo con muy gran dificultad, tanto que casi estuvieron desahuciados de poderlo abrir y dentro hallaron un cendal de color de cielo en forma de un capuz portugués, tan grande que pudiera cubrir al hombre más alto que hay en España, sin textura ni costura como una tela de cebolla, tan delicado y sutil que con solo el aliento que respiraban se hinchaba como una vela cuando le da el recio viento. Y volviéndola a doblar como estaba, la recogieron en su cofrecito, juramentándose todos que no habían de decir nada a nadie si no era saliendo veinte leguas de Oviedo, y así lo cumplieron”.
Se escribió y se llegó a asegurar que la casulla, por temor a que la diócesis de Toledo la reclamara, permaneció escondida en la bola grande de la torre de la Catedral, pero tal conjetura se comprobó que no era cierta. También que estaba debajo del Arca Santa, donde tampoco. O detrás del retablo de la capilla de San Ildefonso, destruida en el 34. El caso es que se desconoce dónde se encuentra. Puede incluso que su existencia sea mera cuestión de fe. Tal vez haya que preguntarlo en oración al personaje del lienzo, obra del Greco, que se conserva en el santuario de Nuestra Señora de la Caridad, de Illescas (Toledo), y que tantas y tantas veces contemplé de niño: el San Ildefonso paladín de la causa mariana.»
Monseñor Gabino Díaz Merchán, natural de Mora, provincia de Toledo, y arzobispo emérito de Oviedo, será inhumado en la capilla de Nuestra Señora de Covadonga de la Catedral de San Salvador de Oviedo. ¿Por qué ahí?
En primer lugar, por su devoción hacia la Santina, ante la cual celebró, el 20 de septiembre de 1969, en el altar de la Santa Cueva de Covadonga, la Santa Misa. Fue su primer acto solemne como arzobispo de Oviedo.
En segundo lugar, porque en esa capilla se hallan los restos mortales del protomártir asturiano san Melchor García Sampedro (1821-1858), también conocido como san Melchor de Quirós, mártir en Vietnam y canonizado por Juan Pablo II en 1988.
En tercer lugar, por la proximidad a la Cámara Santa, en la que se guardan el Santo Sudario de Cristo y otras santas reliquias, así como las cruces de la Victoria y de los Ángeles.
En cuarto lugar, por la significación toledana del espacio. Hoy es capilla de Nuestra Señora de Covadonga. Anteriormente, de San Ildefonso, obispo de Toledo, quien recibió, de manos de la Virgen María, una casulla, la cual figuró en la lista de reliquias de la Catedral.
La capilla primitiva, sobre la que luego se realizaron diversas actuaciones, hasta quedar configurada como está en la actualidad, fue erigida por el obispo toledano don Gutierre (1330-1389). De aquí el nombre también de capilla de don Gutierre. Hasta que fueron retirados de allí, sus restos mortales se encontraban en una de las hornacinas que hay en lo alto del muro.
Y en esa capilla, que es mariana, relicario y toledana, será en donde Monseñor Gabino Díaz Merchán, espere, junto al último arzobispo diocesano fallecido, Monseñor Francisco Javier Lauzurica Torralba (1890-1964), la resurrección de la carne.
Jorge J. Fernández Sangrador
La Nueva España, viernes 17 de junio de 2022, p. 19
Fue su primer acto solemne como arzobispo de Oviedo: celebrar la Misa en el altar de la Santa Cueva, ante la imagen de Nuestra Señora de Covadonga, a la que profesaba sentida devoción. Era el 20 de septiembre de 1969.
Hoy la imagen de la Virgen, traída desde el santuario de Covadonga, lo acompaña en sus últimas horas entre nosotros en la capilla ardiente instalada en el Arzobispado de Oviedo.
Y aquí, en el Arzobispado de Oviedo, ante esa imagen de Nuestra Señora de Covadonga, rezaremos el Rosario a las 20 horas del jueves 16 de junio de 2022.
La Nueva España me pide que glose en unas líneas la figura de Monseñor Gabino Díaz Merchán y, puesto que no serán pocos quienes, con mejores títulos que yo, lo harán durante los próximos días, me limitaré solamente a trazar unas pinceladas rápidas acerca de su persona.
Don Gabino no permitió jamás que se hablase mal ni se hiciese befa de nadie en su presencia. Mantuvo esta altura moral, que él mismo observaba no hablando mal de los demás, durante los años, todos, de su pontificado en Asturias y de su jubilación en la Casa Sacerdotal.
Cuando tratábamos algún asunto con él, en el que hubiera que mencionar a terceras personas, había que hacerlo con gran miramiento de no emitir un juicio negativo sobre ellas. Nos habituó de tal manera a este modo de proceder, que la primera vez que yo oí a un obispo hablar mal de un sacerdote me escandalicé.
La libertad, la sobriedad, la templanza, el sentido de la justicia, la ecuanimidad, la dignidad personal, la majestad en la celebración de la Eucaristía, la sabiduría, la piedad, el humor, la lucidez, el criterio, la ponderación, la amenidad, el respeto, el comedimiento, la prudencia, la perspicacia, le eran connaturales.
Nos ha legado un acervo de sentencias inolvidables. Las conservamos como un tesoro. Y voy a referir una. Era yo entonces director del Instituto Superior de Estudios Teológicos del Seminario Metropolitano y del Instituto Superior de Ciencias Religiosas. Despachaba con él con frecuencia.
Al preguntarle, en un momento de confidencias, cómo se las arreglaba para no verter nunca una opinión negativa sobre nadie, me reveló cómo lo hacía, pero no voy contarlo. Lo que sí repetiré aquí fue lo que me dijo cuando le confesé que, ante cierto problema, de difícil solución, yo no sabía cómo actuar y si lo que estaba haciendo era lo correcto. «Con rectitud de intención», me respondió, «Tú ten siempre rectitud de intención».
En efecto, puede que uno se equivoque en el modo de abordar una situación, que yerre al enjuiciarla, que las formas no sean las adecuadas, pero de lo que nunca estaremos dispensados, puesto que eso siempre nos será dado realizarlo, es de tener rectitud de intención.
Para ello hay que estar muy purificado por dentro, pero no es algo imposible, porque, durante tres décadas, Don Gabino Díaz Merchán nos dio ejemplo continuado de que esa meta se puede alcanzar. Y de ésta y de otras muchas virtudes y cualidades que lo adornaron en vida emanaba de él ese perfil tan difícilmente hallable en los que gobiernan: la autoridad moral.
Jorge Juan Fernández Sangrador
La Nueva España, miércoles 15 de junio de 2022, p. 20
«La Santina nos echó una manina», agradece la mujer que sobrevivió al monóxido junto a sus dos hijos en Grado
La Nueva España (14 Junio de 2022)
Servicios de emergencias desplegados en La Mata (Grado) el trágico día de la fuga de monóxido. |
La tragedia vivida en La Mata (Grado) el domingo 15 de mayo está muy lejos de poder con la fe y la fortaleza de Covadonga LópezAcevedo Fernández. Una intoxicación por monóxido de carbono, desprendido por una mala combustión en un generador, acabó entonces con la vida de su marido, Eduardo Suárez Colunga (48 años), y dejó heridos graves tanto a ella como a sus dos hijos, Alicia (11 años) y Eduardo (9 años), «ya recuperados». López-Acevedo vive ahora centrada en salir adelante junto a ellos, «con una sonrisa y unidos», pero se siente «en deuda» con los servicios de emergencias y sanitarios que les atendieron. Así lo expresa en una carta de agradecimiento que ha querido hacer pública a través de LA NUEVA ESPAÑA.
«El pasado día 15 de mayo marcará para siempre nuestras vidas», asume Covadonga López-Acevedo. De lo sucedido en su hogar familiar de La Mata extrae alguna reflexión, pero con especial fuerza enlaza agradecimientos «a la Guardia Civil y a los servicios de emergencias que acudieron en primer lugar a nuestra vivienda», y también a sus vecinos de Grado –se volcaron con una familia muy apreciada, con fuertes vínculos con la vida social y empresarial de la villa moscona– y a médicos y enfermeras que les atendieron. «Soy creyente y creo firmemente que la Virgen de Covadonga nos echó una manina para encontrarnos tanto en el hospital de Asturias como en el de Valdecilla, en Santander, con unos equipos de 10, a los que no olvidaremos jamás. ¡Cuánto cariño y empatía nos habéis regalado, cuando más lo necesitábamos!», expresa.
Y no se olvida de su marido fallecido: «Si algo hemos aprendido de él, es a no rendirnos y afrontar lo que venga con una sonrisa y siempre unidos. Y así lo haremos».
«En EE.UU. avanza el español americano, no el peninsular»
El escritor habla sobre el papel de España en América y analiza la leyenda negra
Recojo el texto del artículo tal como aparece en el periódico
ABC (12 de junio 2022), firmado por KARINA SAINZ BORGO BRUSELAS
Sergio Ramírez fue el primer escritor centroamericano en obtener el premio Cervantes. En su discurso, que pronunció en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá durante el año 2017, insistió en dos aspectos: la lengua como territorio común entre América y España y el elogio de la naturaleza civil del poder. Al igual que Miguel de Cervantes, en la vida de Sergio Ramírez coinciden las armas y las letras; la acción y el verbo y, cómo no, la naturaleza de un idioma que une a Rubén Darío con el autor del ‘Quijote’.
Por eso, porque conoce la condición expansiva de un idioma de más de 600 millones de hablantes, al ser preguntado sobre si es suficiente el impulso que hace España de la lengua, Sergio Ramírez resitúa el punto de vista del debate. ¿Qué y quiénes son los verdaderos impulsores del español en el mundo y, sobre todo, en América del Norte?
«Iberoamérica es un espacio cultural enorme, con diversas expresiones y un eje común: el idioma. El español como lengua es espacio de influencia por sí mismo», comenta el escritor, no sin antes dejar clara una dinámica característica de la lengua y que obedece justamente a su capacidad de expansión. «El español no es un idioma defensivo, sino que avanza hacia el norte. En tanto avanzan los emigrantes, avanza el idioma, la prueba es que es hoy la segunda lengua en los EE.UU. Florida, Texas o Nuevo México son territorios del español. El español peninsular no es muy relevante. Es el español americano el que avanza», así lo entiende el autor de la trilogía de novela negra protagonizada por el exguerrillero y comisario Dolores Morales, una serie que relata la violencia y corrupción en Nicaragua y ha marcado un hito en la novela negra latinoamericana. La saga, que comenzó con ‘El cielo llora por mí’, en 2008, continuó con ‘Ya nadie llora por mí’, en 2017, y tuvo su entrega más reciente con ‘Tongolele no sabía bailar’, una novela prohibida en Nicaragua y que le valió la persecución del régimen de Ortega.
Leyenda negra
No solo se expande y cambia el idioma en América Latina, también lo hace el paisaje político. En medio de los discursos de reparación histórica y en pleno auge de los populismos de izquierdas y derechas, ha rebrotado la leyenda negra española de la que muchos gobernantes han echado mano y que Sergio Ramírez considera una «propuesta demagógica, sin ningún sentido».
Los episodios de derribo de estatuas y la recriminación a España por la conquista, así como el reproche oficial del gobierno de México son, para Sergio Ramírez, la expresión de un populismo insustancial que no atiende ni aporta a las culturas y derechos de los pueblos indígenas. «¿Qué buscan, que España pida perdón por la conquista? ¿Qué resuelve eso, en términos de la modernidad? No sirve para nada, ni soluciona el problema indígena en América Latina», aclara, escéptico, Sergio Ramírez. «En Guatemala, el 60% de la población es indígena y no tiene el tratamiento que debería, al igual que Perú, Ecuador o México. Mientras López Obrador exige a España que pida perdón por la conquista, viola los derechos indígenas con el tren maya».
Un colega mío construyó una iglesia cuya forma arquitectónica no se corresponde con las que tradicionalmente se estilan en la región.
Este sacerdote cayó en la cuenta, más tarde, después de que hubo transcurrido mucho tiempo, de que, cuando la diseñó, fue porque un recuerdo latente de su infancia emergió en el momento de concebir, exponer y debatir su idea de lo que quería, de hacer los ajustes cuando se trazaba el proyecto técnico y de velar por el exacto cumplimiento, durante la realización de la obra, de lo que había sido previamente convenido.
Resultó que la inspiración le venía, sin ser consciente de ello, de una imagen de una iglesia estampada en un plato que había en una antigua casa familiar, que aquel sacerdote veía cuando pasaba allí, siendo niño, temporadas.
En el plato figuraban una torre alta y esbelta, y un paisaje, que quedaron grabados en su memoria infantil y cuyo recuerdo actuó proyectivamente cuando tuvo que decidir cómo había de ser la iglesia que deseaba construir.
En la medida en la que avanzan las horas del reloj biológico, vamos dándonos cuenta de lo determinantes que han sido en nuestras vidas las experiencias iniciales del particular decurso vital, sin que, en esto, Freud nos hubiera desvelado algo que no supiéramos.
En su relato “Piloto de guerra”, Antoine de Saint-Exupéry, escribió: «¡La infancia ese gran territorio del que cada uno de nosotros ha salido! ¿De dónde soy? Soy de mi infancia. Soy de mi infancia como de un país». Max Aub sostenía, en cambio, que «uno es de donde hace el bachillerato, que es decir que uno es de donde nace conscientemente al mundo, a los sentidos, al amor».
Por cualquiera de estas circunstancias, que en mi caso concurren, la de la infancia y la del bachillerato, está claro de dónde soy: de Cangas de Onís. Y así lo he proclamado con orgullo, el viernes pasado, ante los vecinos de esta ciudad asturiana que acudieron a escuchar el pregón de las fiestas locales en honor de san Antonio de Padua, que los organizadores de los festejos tuvieron a bien confiarme.
En este tipo de eventos se recuerdan anécdotas del pasado, se recrean escenas costumbristas y son evocados, con agradecida memoria, los nombres y cosas de los antepasados, retrotrayéndose, orador y auditorio, como los salmones que remontan la corriente del Sella para regresar al remanso en el que eclosionaron a la vida, a los días dorados de la infancia.
Son miles de alevines de salmón los que descienden año tras año por la hermosura del río, para acometer, a mar abierto, un aventurado y peligroso viaje hacia las frías y nutritivas aguas del Atlántico noroccidental. Después regresarán de aquellas gélidas latitudes para dar cumplimiento al divino mandato de hacer crecer la vida.
Arrostrarán dificultades que tal vez no logren vencer, semejantes a las que padecieron durante la ida, pero las afrontarán con arrojo y determinación, al igual que entonces, y, aunque agotados, dando briosos saltos, ascenderán, por aquel mismo río por el que se fueron, hasta la placidez de las umbrías pozas fluviales, de la serena, fecunda e irreemplazable belleza de sus orígenes.
Y son precisamente las fiestas religiosas las que nos transportan, como ninguna otra, con sus ritos, con su colorido, con su sacramentalidad y con su trascender, a la hermosura de nuestro pasado, de nuestras raíces y de lo que somos.
Aunque es entonces también cuando a uno le sobreviene aquel mismo pensamiento que asaltaba a Antoine de Saint-Exupéry en Buenos Aires, lejos de su casa en Francia, tal como le confesó a su madre en una carta que le dirigió en enero de 1930: «No estoy seguro de haber vivido después de la infancia». En efecto, porque una vez que se ha dejado atrás el país de la infancia, el sentimiento de hallarse en una suerte de exilio permanente resulta inevitable.
Jorge Juan Fernández Sangrador
La Nueva España, domingo 12 de junio de 2022, p. 25
Capilla de San Antonio de Padua
Capilla de Santa Cruz y el aula (con las persianas blancas) de la Escuela «Vázquez de Mella» en la que aprendí a leer
Cruz de roble de don Pelayo (año 718), en la Capilla de Santa Cruz
Recojo el texto en su integridad, tal como aparece en el periódico:
El último viaje de sir John Elliott
Oxford despidió con un bello y solemne memorial al gran hispanista
ABC (11 de Junio de 2022), firmado por MANUEL LUCENA GIRALDO
Un momento del homenaje en Oxford a sir John Elliott, tras el servicio religioso
OXFORD
Acostumbrados como estamos en España y el mundo hispánico a los funerales que conllevan una operación amnésica inmediata sobre el recién fallecido, se nos olvida que nos referimos a un ser humano, con luces y sombras, que vivirá en nuestra memoria, personal y colectiva. Nada más, ni nada menos. La muerte no es el final, señala la famosa marcha militar española, también una conmovedora oración por los caídos. El tránsito al más allá no supone un salvoconducto. En este sentido, una de las grandes diferencias ante el hecho de la muerte en el norte y el sur de Europa, reside en el sentido del humor.
En Inglaterra, los funerales no solo pueden ir acompañados de sonrisas. Estas deben producirse. Alguien que, con independencia de un paso más o menos feliz por esta tierra, no logre rescatar en la memoria de quienes lo conocieron un recuerdo feliz, no merece, seguramente, semejante esfuerzo por parte de sus deudos. El funeral celebrado ayer en la iglesia de Santa María Virgen de la Universidad de Oxford en memoria del historiador sir John Elliott fue muy inglés. También muy español, por la magnitud, imposible de esconder, de su huella sobre un pasado hispánico que nos afecta y determina.
A las dos y media de la tarde, ni un segundo antes, ni un segundo después, tras unos minutos de música sacra al órgano, el coro formado por 15 estudiantes de los cinco continentes interpretó ‘Tiento de diez tonos de mano derecha’ y ‘Tiento de falsas de cuarenta tonos’, de los compositores barrocos Pablo Bruna, aragonés, y Juan Cabanilles, valenciano. En orden de jerarquía universitaria, los miembros de la facultad y el colegio de Oriel, del cual el profesor Elliott era miembro honorario, desfilaron por el pasillo central. Música protagonista
Familia –en lugar prominente su esposa Oonah, con quien ha vivido un matrimonio feliz de 64 años–, colegas y discípulos, algunos llegados de lejos, llenaban los bancos. Muchos lucían la preceptiva toga universitaria oxoniense. En Gran Bretaña todavía es frecuente en las iglesias católicas la posibilidad de asistir a una misa tridentina. El papel determinante jugado en ella por la música encamina la celebración, que fue cristiana en lo particular, ecuménica en su espíritu. Himnos, cantos, oraciones, consumieron más de la mitad de las casi dos horas que duró el funeral, de modo que, como a él le hubiera gustado, la apelación a lo visual y auditivo formó parte integral de la experiencia de su recuerdo personal. Intentar comprender
En Oxford, las rememoraciones de la figura del fallecido a cargo de catedráticos y profesores son parte sustancial de ceremonias que celebran una vida y una obra que han terminado, pero dejan rastro. Sir Keith Thomas, amigo de Elliott desde la juventud, miembro del colegio de ‘Todas las almas’, puso en valor las decisiones bizarras que tomó, entre ellas dedicarse a estudiar España, lo que fue un severo riesgo para quien quería, en la Gran Bretaña de 1950, vivir de su trabajo. El siguiente ‘Tributo’ a la figura de Elliott lo impartió la actual catedrática regia de Historia moderna de Oxford, Lyndal Roper, que recalcó, con gran acierto, lo que supuso su regreso desde Estados Unidos en 1990 para la renovación local de los estudios históricos. Fernando Cervantes, en el último tributo, recordó con gracia e ironía que leer tan solo un libro de Elliott, ‘La España imperial’, le había evitado, cuando era estudiante, tener que leerse otros treinta. Antes de acabar con la interpretación sublime de una fuga de Bach, sus palabras evocaron el más importante mandato que transmitió a sus discípulos. Ser humano es, al final, mantener la curiosidad, e intentar comprender.
En Inglaterra, los funerales van siempre acompañados de sonrisas. Si alguien no dejase al menos un recuerdo feliz, no merecería tan hermoso esfuerzo por parte de sus deudos