Palabra y belleza

Dominique Ponnau, historiador del arte, director de l’École du Louvre y firme defensor de la naturaleza cultual de las iglesias que componen el patrimonio histórico y cultural religioso de Francia, falleció el pasado mes de abril en París. En 2004 publicó un libro con el título «La beauté pour sacerdoce» (La belleza como sacerdocio).

Durante un viaje que realicé a la capital de Francia, lo vi expuesto, como novedad bibliográfica, en los anaqueles de Galignani y lo compré, no sólo por el contenido, sino por lo significativo que me resultó el título.

El libro caía en mis manos justamente en el período de mi vida en el que estuve plenamente incorporado a la Universidad Pontificia de Salamanca ejerciendo de profesor en la Facultad de Teología.

E hice una trasposición del título del libro a mi situación personal en la Academia salmantina: la universidad como sacerdocio. Porque hay quienes lo ejercen en una parroquia, o en una capellanía o en una misión.

Y los hay que desempeñan su ministerio sacerdotal en la universidad. Algunos de éstos han sido grandes figuras del pensamiento, de las humanidades, de la teología y de la docencia, pues también esa actividad es de carácter pastoral, y sus libros son aún hoy referentes irreemplazables de la cultura cristiana en su intento de acercamiento a la sociedad contemporánea. 

El vínculo existente entre las universidades y la fe católica es patente si se tiene en cuenta quiénes fundaron las que son consideradas, por su antigüedad, históricas, quiénes velaron por su inicial andadura y quiénes les dieron identidad, renombre y futuro. Y fueron, en todas esas etapas, personalidades eclesiásticas.

Hoy, al ir desmarcándose de sus orígenes religiosos, las universidades estatales españolas proponen las asignaturas referentes al hecho cristiano como opcionales. Sucede así en la Universidad de Oviedo, en la que se imparten aún cursos de ese campo del saber y del espíritu, al igual que en las más prestigiosas de Alemania, en las que las «Geisteswissenschaften», las ciencias del espíritu, gozan de gran prestigio. Y en ellas entra naturalmente la Teología.

He tenido el privilegio de ser profesor de esta materia en la Facultad de Formación del Profesorado y Educación de la Universidad de Oviedo, en donde, llamada en otro tiempo Escuela Normal, se formaron los maestros de mi infancia. Ha sido una experiencia magnífica y la ocasión para conocer a personas extraordinariamente interesantes, tanto de los cargos directivos y del personal administrativo y de servicios, como de los profesores y de los alumnos.

Acabo de jubilarme y puedo decir de estos últimos, de los alumnos, lo mismo que manifestó Jacques-Bénigne Bossuet, obispo y célebre orador en Francia, respecto al Delfín, al que el rey Luis XIV le confió para que fuese el preceptor. Habiendo aceptado de no muy buena gana el encargo real, Bossuet reconoció que, al cabo de los años, había descubierto cuánto se puede aprender de las preguntas formuladas por un joven. Así también yo con mis alumnos de la Universidad ovetense, que han elegido libremente cursar la asignatura de «Mensaje cristiano» para completar su formación humanista y cristiana.

Gracias a todos ellos por su saber estar, por su interés intelectual y por su participación empática. Me han surtido, con sus comentarios y confidencias, de relatos biográficos sumamente interesantes e impactantes, que no olvidaré jamás.

Estos años en la Universidad han sido para mí de incalculable riqueza: en aprendizajes, en relaciones y en prodigalidad. Y eso que la materia que impartí podía ser considerada por algunos como inapropiada en aquel contexto de métodos pedagógicos y de implementos tecnológicos.

Digo esto porque lo mío era la Biblia, a la que el poeta, pintor y grabador inglés William Blake calificó de «gran código del arte». Basándose en esta sentencia, el profesor canadiense Northrop  Frye publicó, en 1982, su conocida obra «The Great Code. The Bible and Literature», en la que trató de mostrar cómo la Sagrada Escritura es el gran código, la clave de interpretación, de la cultura occidental.

He ido viendo con el paso del tiempo que lo que confiere actualidad a un curso sobre Biblia es el adentramiento, con ánimo de filólogo, amante de la narración y de la poesía, en su léxico hebreo, arameo y griego para rescatar lo que en él se contiene de permanente, nuclear, existencial y humano. «So all my best is dressing old words new» (Revestir de novedad las palabras antiguas es lo que mejor sé hacer), escribió Shakespeare en uno de sus sonetos. Y eso es precisamente lo que intenté hacer en mis clases de Biblia en la Facultad de Formación del Profesorado y Educación: revestir de novedad palabras antiguas.

Y que no faltasen, además, las referencias a la belleza: «Lo que hayáis de decir, enseñar o hacer en el aula, que sea siempre expresado con belleza», les insistí. Esto resulta muy fácil de llevarlo a efecto en un curso sobre la Biblia, dada la correlación existente entre ésta y la historia del arte ¡Ha sido tan inspiradora la Biblia y ha generado, como decía Blake, tanta hermosura pictórica, escultórica, arquitectónica y literaria a lo largo de los siglos! De hecho, todas y cada una de sus perícopas pueden ser explicadas e ilustradas por medio de una obra de arte, como apreciará el lector si tiene un poco de tiempo para asomarse al sitio web “Christian Art”.

Me pregunto a menudo qué habrá sido de aquellos alumnos que Dios puso en mi vida y si les habrá sido de utilidad algo de lo que les expliqué con el apasionamiento de quien cree en lo que enseña, y le pido a Él que los sostenga siempre con la fuerza todopoderosa de su amor, a ellos y a los miembros que componen la gran familia de la Facultad de Formación del Profesorado y Educación de la Universidad de Oviedo, así como la de la Universidad Pontificia de Salamanca.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 23 de junio de 2024, p. 24

Hospitalitas

“Las Edades del Hombre” es una de las más importantes propuestas artísticas, de iniciativa privada, realizadas en España. No sé a qué esperan para darle los premios “Princesa de Asturias” y “Ratzinger”. Desde 1988, doce millones de personas han visitado el total de las exposiciones, en las que se han podido admirar 5.228 obras. De éstas, 2.398 han sido restauradas antes de que las viese el público.

La de este año, bajo el título “Hospitalitas. La Gracia del Encuentro. A Graza do Encontro”, es la vigesimoséptima edición y fue inaugurada, el pasado 12 de junio, por Felipe VI. El acto real tuvo lugar en la iglesia de Santiago y en la colegiata de Santa María de Villafranca del Bierzo, si bien habrá simultáneamente otras dos sedes en Santiago de Compostela: la Cripta del Pórtico de la Gloria, en la catedral, y el monasterio de San Martín Pinario. Para la elección del tema y de los emplazamientos se quiso que estuvieran vinculados al Camino de Santiago.

En la colegiata de Villafranca, la disposición de las salas se ha hecho en conformidad con el dístico del dominico medieval Agustín de Dacia sobre los cuatro sentidos de la Sagrada Escritura: «La letra enseña los hechos, la alegoría lo que has de creer, / El sentido moral lo que has de hacer, la anagogía a lo que has de tender». 

Así, en la primera estancia (la de la “Letra”) se presentan hechos de hospitalidad, misericordia y compasión, tanto en la mitología greco-romana como en la historia bíblica; en la segunda (la de la “Alegoría”), imágenes que ilustran la noción teológica en la que se sustentan nuestras relaciones con el prójimo y con el extranjero; en la tercera (la de la “Moral”), representaciones de las acciones coherentes que se han de seguir a partir de la revelación divina y de la alianza sellada entre Dios y la humanidad en la Biblia; en la cuarta, (la de la “Anagogía”), expresiones de la bienaventuranza con la que Cristo premiará, cuando vuelva en gloria al final de los tiempos, a quienes lo hayan acogido y auxiliado en los demás, especialmente en los pobres y necesitados.

Antes de iniciar la visita de la exposición en la colegiata, conviene ir a la iglesia de Santiago, convertida en sala audiovisual, para “inmergirse” en una experiencia provocada por el flujo y el reflujo de imágenes y de envolventes efectos luminosos y sonoros, tan en boga hoy, que adelantan algunos de los temas que se podrán apreciar después serena y gustosamente en el placentero deambular entre las hermosas piezas artísticas seleccionadas para la muestra de este año.

El término latino “hospes” (huésped) proviene de la misma raíz indoeuropea, “ghosti-“, que “hostis” (hostil). Ambos están, en su origen, íntimamente imbricados y prevalecerá una acepción u otra según sea nuestra posición respecto a aquella persona de la que, por el mero hecho y desde el mismo instante en que ha llegado hasta la puerta de nuestra propia casa, puede decirse que ya ha entrado de alguna manera en nuestras vidas: ¿es potencialmente amigo o potencialmente enemigo?

El cristianismo, que se mostró extremadamente cauto, como puede leerse en la “Didajé” y en las reglas del monacato, en lo de dar recibimiento al giróvago, es decir, al zascandil que anda de acá para allá, logró crear una universal fraternidad en todo el mundo, haciendo del enemigo, un amigo; del forastero, un ciudadano; del extraño, un hermano; de la humanidad dispersa, un pueblo. Y es que Cristo allí en donde entra, une.

En la exposición berciana de “Las Edades del Hombre”, imágenes y tablas de antaño hacen presente un tema, el de la acogida, al que los desencuentros, el individualismo, la guerra y la soledad, en un mundo en el que la circulación de las personas de un sitio para otro se ha acentuado vertiginosamente, le confieren máxima actualidad, confluyendo en ella -la exposición- el pasado y el presente. Y también el futuro, pues, como escribió Rainer Maria Rilke en una de sus cartas a un joven poeta: 

“Se nos podría hacer creer fácilmente que nada ha ocurrido y, sin embargo, hemos cambiado como cambia una casa en la que ha entrado un huésped. No podemos decir quién ha llegado, tal vez no lo sepamos nunca, pero muchos indicios hablan del futuro que acaba de entrar para transformarse en nosotros, mucho antes de que acontezca y se manifieste.”

En efecto, con la llegada del huésped, el futuro se anticipa y se hace presente ya en nuestras vidas, y da comienzo, sin saber bien cómo, un proceso de transformación.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 16 de junio de 2024, p. 30

De la materia a la luz

Las obras de renovación de la capilla del Seminario Mayor de la Inmaculada Concepción de Plasencia, realizadas por el arquitecto de raíces extremeñas Pablo Guillén Llanos, han concluido. «Finis coronat opus». Tras una breve visita a ese espacio sagrado, corazón de la institución diocesana en la que se han formado los sacerdotes placentinos, puse por escrito algunas impresiones que deseo compartir con los lectores.

Un retranqueo en el pasillo, cuando nos aproximamos a la capilla, produce un efecto sorpresa. No nos lo esperábamos. Es, además, un ensanchamiento del camino. En realidad, eso es lo que sucede cuando nos dirigimos hacia el encuentro con Dios: todo es amplitud. «Correré por el camino de tus mandatos cuando me ensanches el corazón», dice un salmo. Mas, ¿qué es eso que tenemos ante nuestros ojos? ¿un armario? No: es la puerta. Flanqueándola, unas planchas de piedra rugosa y jaspeada de la cantera de Campaspero, en Valladolid, nos advierten de que la materia, no sólo espera, anhelante, a que el espíritu la perfeccione, sino que ella es, en sí misma, vía de acceso a la realidad espiritual, pues, en virtud del principio de la encarnación, según la teología cristiana, por lo tangible llegamos a lo intangible.

Por la materia y la vida cotidiana. El armario es un enser de los muchos que componen la habitabilidad de un hogar, un mueble en el que guardamos esas cosas que están en contacto inmediatamente con nuestra materia carnal y que casi son parte del propio cuerpo: la ropa con la que nos recubrimos y con la que proyectamos ante los demás la idea que deseamos que se formen de nosotros. El armario, como vía de acceso a un universo distinto de este nuestro, ha adquirido una singular significación a partir de la obra del escritor irlandés C.S. Lewis. Así también el armario que hace de puerta en la capilla del Seminario.

Por la materia, la vida cotidiana y un libro. El original tirador de la puerta evoca todo libro, cualquier libro: el que avivó en la infancia nuestra imaginación y nos hizo soñar despiertos, o aquel otro que abrió nuestro espíritu a la comprensión de la dimensión sobrenatural de la realidad, o el que escribimos ante el desafío provocador de una incitadora hoja en blanco. Y, por supuesto, la Biblia, el libro de los libros, inspirada por Dios, que quiso que nuestras palabras sirvieran de vehículo a su logos revelador.

Por la materia, la vida cotidiana, un libro y la humildad. Al igual que para entrar en la basílica de la Natividad en Belén hay que inclinarse para poder traspasar la puerta de altura rebajada, en la capilla del Seminario hay que doblarse para leer la inscripción grabada en el tirador: «Oh, Señora mía; oh, Madre mía, yo me ofrezco enteramente a ti». Es una antigua oración dirigida a la Virgen María, modelo y ejemplo de perfecta oferente, como habrá ocasión de apreciar ya en el interior de la capilla, y figura de la Iglesia, que es también nuestra Madre, en cuyo seno hemos sido engendrados para una vida nueva y eterna, y ser, nosotros también, una ofrenda viva.

Unos poyos de piedra, a ambos lados de la puerta, son para que nos sentemos en ellos, reposemos y nos recuperemos de las fatigas del tráfago cotidiano. A la Casa de Dios no se entra atropellada, presurosa o inconscientemente. Es preciso que nos dispongamos internamente, reflexionemos sobre en qué estado interior nos hallamos y que, si estamos airados con nuestro prójimo, nos levantemos y vayamos a reconciliarnos con él antes de traspasar el umbral del templo.

Una brevísima vía sacra, de madera, nos introduce en el santuario, revestido del rojo de los amaneceres, de los atardeceres y de la luna pascual que asistió silenciosa a los acontecimientos más trascendentales de la historia de la humanidad: la muerte y la resurrección de Cristo. Tres ventanales en lo alto, en forma de triángulo isósceles, hacen presente a la Santísima Trinidad. Y, si el triángulo es la figura geométrica de la perfección trinitaria, el efecto isósceles muestra que el Padre es la fuente primordial de la luz que ilumina la andadura humana, siendo luz también el Hijo y el Espíritu Santo.

Y, al fondo, del mismo tipo que las planchas de la entrada de la capilla, las piedras del altar, el ambón y la sede aparecen como las de un nuevo templo no construido por manos humanas, pero sí con los elementos que constituyen lo humano, lo carnal, lo material. Son las piedras que se conmovieron en el preciso instante de la muerte de Cristo, cuyo cuerpo es ofrecido, con las manos extendidas, por su madre, María, en el conjunto escultórico realizado por el donbenitense Fernando Cidoncha Pérez. El Hijo, glorioso, no la mira a ella, oferente y suplicante, sino a la ciudad, a través de un balcón, bendiciendo a sus habitantes.

Un ventanal, en el testero de la capilla, con láminas de alabastro, fungirá de faro en la noche, para que, cuando las tormentas que azotan la vida cotidiana se recrudezcan, tengan los placentinos una luz de referencia, hacia la que dirigir sus miradas, que les infunda confianza, esperanza y paz. De ese ventanal proviene la luz que se proyecta en el pedestal del sagrario. Es la luz de la eternidad, que emana de detrás del lienzo del presbiterio. Es la de la Jerusalén celestial, que se barrunta en una hilada de ladrillos apreciable desde la nave de la capilla. Los de la Jerusalén del cielo son de materiales preciosos, éstos, en cambio, se asientan sobre la mampostería del muro medieval, haciendo que converjan, en la capilla, la ciudad levantada por manos humanas, en la que perdura un glorioso pasado de historia y de fe cristiana, y la ciudad de Dios.

Y, por último, el sagrario, realizado por los orfebres que heredaron las habilidades artísticas del sacerdote asturiano Félix Granda. El diseño es del arquitecto Heliodoro Dols. Se inspiró en la Casa de los Picos de Segovia, pero, ¿no habíamos dicho que los triángulos son la más ajustada representación geométrica de la Santísima Trinidad? Hay en ese tabernáculo innumerables pirámides diminutas, triángulos que apuntan al cielo, y es que, en su interior, está Aquel que es perfecto Dios y perfecto Hombre, al que el cielo no puede contener, porque es inabarcable e inasible. Sin embargo, ha querido mostrarnos su gloria y su amor en ese cubo -figura geométrica asociada a la infinitud- pleno de triángulos, que es, en la exuberancia de sus hendiduras y picos, una representación de la zarza ardiente desde la que Dios habló a Moisés en el desierto para revelarle su Nombre: «Yo soy el que soy».

Jorge Juan Fernández Sangrador

El Periódico de Extremadura, domingo 8 de junio de 2024, p. 20

Otro ingrato

«Pero donde se inició mi verdadera inclinación hacia la música fue en Covadonga, y eso que casi no me quedo. Tras la selección preliminar por los pueblos de la región había una semana de pruebas donde se confirmaba quiénes se quedaban y quiénes no. El director no me escogió ya que por aquel entonces yo tenía nódulos en las cuerdas vocales, mi voz no funcionaba, aunque el oído y la destreza rítmica parece ser que sí. Con la maleta ya subida en el coche mi padre predijo: ‘Si no selecciona a este niño usted se arrepentirá toda su vida’. No sé qué efecto tuvieron estas palabras pero lo siguiente que oí fue al director decir: ‘Chaval, baja esa maleta’. Y así me quedé. Sin esta crucial decisión yo no podría haber disfrutado durante esos cinco años de cantar la música de Palestrina o de Victoria, ni haber empezado a tocar el violín o conocer a Bach o Beethoven. Pues bien, el año pasado el obispado asturiano se cargó la Escolanía tras ¡80 años de historia!».» (La Nueva España, 8 de junio de 2024).

¿Y no le dará el caletre para entender que, a base de acoger y mantener a quien no valía para cantar, como fue su caso, se ha venido la escolanía abajo? Tenía oído, eso sí, y ritmo, pero no voz para cantar, que es lo que se espera de una escolanía.

Con todo, la Iglesia le dio una aceptable formación musical. Culpa, por otra parte, al obispado sin saber de qué está hablando. El caso es intoxicar. Aunque tal vez tenga razón: igual habría sido mejor cerrar la escolanía antes, total …

Con su coro actúa y hace grabaciones en las iglesias, sin preguntar si se debe algo para poder pagar la luz, y luego promociona con ellas su propio negociado, creyendo, para colmo, que le hace un favor, dándole publicidad, al monumento luciéndose en él.

Screenshot
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Help us

A principios de esta semana que concluye tuvieron lugar en Madrid unas jornadas, organizadas por la Conferencia Episcopal Española, sobre economía, sostenimiento y transparencia en la Iglesia, en las que fue presentado un libro sobre normativa fiscal.

Uno de los intervinientes en el acto confesó que últimamente venía observando que, así como, hasta no hace mucho tiempo, el grueso mayor de libros editados por la Conferencia Episcopal provenía de los departamentos de acción pastoral, a éstos los había adelantado ahora, en lo que se refiere al volumen de producción bibliográfica, el departamento de economía.

Tal vez porque están viniendo a menos, en la Iglesia, el pensamiento, la teología, la literatura, el arte, el testimonio, el empuje vital y la creatividad apostólica. De ser así, nos hallaríamos ante un indicativo irrefutable del estado de descomposición eclesial que pronosticaba, hace años, Louis Bouyer. Era tan grande la inquietud que le producía el considerar que esa preocupante deriva de la Iglesia aconteciese, que Pablo VI, conversando en cierta ocasión con un prelado de la Curia romana acerca de la posibilidad de que eso llegase a suceder, le dijo: «Hemos de procurar que no sea así».

Todo esto viene a cuento porque nos hallamos ante unas elecciones de nuestros representantes en el Parlamento europeo y lo que los medios de comunicación social nos trasladan acerca de los candidatos es que están hablando de todo menos de Europa: que si la esposa de uno, que si hay que ponerles un pie delante a los otros, y todo así.

Para saber de qué va la cosa hay que leer los programas que han colgado en las respectivas páginas web. Con todo, no resulta fácil saber en qué se distinguen de aquellos que ofrecen en las campañas electorales ordinarias para el Congreso y el Senado de nuestro país, que versan también, por lo general, sobre agricultura, ecología, desarrollo, empleo, emigración, inclusión o sostenibilidad. O sea, los mismos. No es que se hayan matado precisamente en pensar y decir algo original.

Y es que esos son asuntos importantes, cómo no, pero se ve que la prioridad se la llevan la eficiencia reactiva ante ciertos problemas, el pragmatismo y la tecnocracia, mas no la búsqueda de la cohesión, que es el elemento constitutivo y el más importante del proyecto europeo, del que penden, como de una percha, los programas, las leyes y las acciones políticas concretas que emanan de la cámara de representantes en la Unión.

En realidad, se trata, pues, de hablar allí, en Bruselas, de lo mismo que aquí, en España, sin que se pueda apreciar en los candidatos, ni en unos ni en otros, una doctrina, una mirada global o una idea de Europa, siendo, pues, sumamente urgente el que se recupere el alma del proyecto europeo.

¿Y la Iglesia? En el capítulo 16 del libro de los Hechos de los Apóstoles se refiere cómo llegó el cristianismo a Europa. Pablo vio en sueños a un macedonio que le suplicaba: «Ayúdanos». El apóstol atendió a esta petición y se fue a Filipos, colonia romana, en donde, en coloquio con unas mujeres, sembró la semilla del Evangelio, que prendió, como primicia, en el corazón de una de ellas, la empresaria Lidia, primera conversa a la fe en Cristo y primera bautizada en nuestro continente.

Europa, que hoy no habla griego, sino inglés, implora, como aquel macedonio de los tiempos de san Pablo, a la Iglesia: «Help us». Necesita el Evangelio que anuncia la Iglesia. «Ayúdanos», le dicen las personas y los pueblos que viven, se afanan y esperan sobre el solar europeo. Y, aunque consideren que, con la disolución de la noción de Dios en sus intelectos, han alcanzado una meta de desarrollo humano impensable anteriormente en la inconmensurable historia de la humanidad, necesitan a Cristo, al que conocen, admiran, respetan y estiman de aquella peculiar manera con la que se relacionan con él quienes dicen negar su naturaleza divina.

Y le piden a la Iglesia que les hable de él con la libertad, autenticidad, diafanidad, sencillez y proximidad con las que ella ha de aparejarse constantemente a sí misma, sin desdibujarse en la adopción de erráticas estrategias, sin traicionarse por seguir cualquier suerte de intereses mundanos, sin sucumbir a la hoy frecuente fascinación que fútiles tecnicismos de limitada inmanencia ejercen en los ánimos humanos, y ejerza limpiamente la misión que le compete realizar en medio de quienes reclaman su ayuda y para que se manifieste ante ellos, con indubitable sinceridad, como el espacio inigualable de luz, verdad, concordia y trascendencia que esperan y desean que sea.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 2 de junio de 2024 ha, p. 24

”Pasa a Macedonia. Ayúdanos”, le dice, en sueños, un macedonio al apóstol san Pablo.

Placa conmemorativa laicista

En el camino primitivo de las peregrinaciones a Santiago de Compostela, con mil años (probablemente más) de profesión ininterrumpida de fe cristiana, con siglos de vida monástica a las espaldas, con una comunidad parroquial que es de lo mejor y un cura al que adoran, van los organizadores de los fastos y eliminan el nombre del titular: San Salvador.

La M ¿es la de gmail?

¡Ay, San Salvador de Cornellana, las artes de quienes quisieron desconfigurarte en el siglo XIX permanecen aún activas!

¿Hay diplomacia?

«Con estrategia se gana la guerra, el triunfo es fruto del consejo» (Proverbios 24,6). Es la cita bíblica que, durante muchos años, sirvió de lema al Mossad, es decir, al Instituto de Inteligencia y Operaciones Especiales de Israel. O sea, la agencia de espionaje israelí. Desde 2011 es este otro, también del libro de los Proverbios: «Pueblo sin gobernantes se hunde, con muchos consejeros se salva» (11,14).

Lo sinónimos del término «estrategia» más utilizados al traducir el correspondiente vocablo hebreo al español han sido los de «engaño», «ingenio» o «estratagema», siendo la versión más difundida ésta: «Por la vía del engaño ganarás la guerra». El lema tiene tela.

No creo que sea una buena idea, pues, la de desafiar abiertamente al Mossad sin haber considerado antes las consecuencias que las «estrategias» de una de las cinco o seis agencias de inteligencia más importantes del mundo le pueden acarrear a quien se crea que puede plantarle cara abiertamente.

Y es lo que ha hecho algún miembro del gobierno de España, que ha tenido la audacia de enarbolar con jactancia un estandarte en el que figura la consigna «Desde el río hasta el mar», tal vez porque no sabe que, a oídos de un judío, eso significa «querer arrojarlo al mar». Para que se ahogue. Y, como es natural, no se va a dejar.

Si yo trabajara en la administración del Estado, junto a esos altos cargos del gobierno de nuestro país que sacan alegremente la lengua a pacer, o fuera un familiar suyo, me miraría mucho en lo que hable por teléfono y me andaría con ojo, porque, en una guerra entre inteligencias, la del Mossad lleva las de ganar. Y afirmo esto dando por supuesto el que, en la parte española, la hubiere.

He recordado en estos días aquella etapa de mi vida en Jerusalén, en la que, cuando, desde el teléfono del Instituto Español Bíblico y Arqueológico, llamábamos a nuestras familias en España, había un residente que tenía la costumbre de saludar al escucha que controlaba nuestras conversaciones telefónicas, ya que manteníamos unas relación muy amistosa y casi diaria con el personal diplomático del Consulado General en aquella ciudad. 

Que todo ese lío internacional en el que se ha sumergido actualmente España se debe a que no hay cabeza ni política de Estado se aprecia sobremanera en el hecho de que el cuerpo diplomático no pinta en todo ello absolutamente nada. Los embajadores son llamados a consulta, no para atender a lo que puedan decir basándose en sus conocimientos y en su experiencia, sino para que formen parte del espectáculo de los enfados.

Los convocan, los quitan, los pasean de un país a otro con la solemnidad con la que un bobo se levanta de la mesa de juego tras no haber ganado ni una sola partida. Porque es que ya no hay visión global de política exterior. Tampoco interior. Hoy, y en todas las instancias, no sólo la estatal, la forma de gobernar se caracteriza por la voltariedad. Lo que impera es el capricho, la ocurrencia, el oportunismo, la conveniencia particular y el contradecirse si hace falta.

Hubo un tiempo en el que los embajadores eran plenipotenciarios y concertaban incluso matrimonios entre los miembros de las casas reinantes europeas. Unían naciones y pueblos. Ahora se decide el futuro de una relación comercial entre países, se inicia un conflicto o se fijan las condiciones de un acuerdo por guasap. Pobres diplomáticos. Incluidos los nuncios y los delegados apostólicos. Los puentea todo el mundo. Anteayer tuvo que salir el ministro de asuntos exteriores a decir que la política exterior era cosa suya, por si alguna ministra no lo tenía claro o no alcanzaba a entender la tautología.

Y ya que el artículo de hoy va de diplomacia, aprovecho para confesar que me he leído el texto de los “Cuadernos de la Escuela Diplomática”, número 51, que el Ministerio de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación tiene colgado en su web. Se titula “El judaísmo. Contribuciones y presencia en el mundo contemporáneo”. Para ser de la Escuela Diplomática lo encuentro bastante poco conciliador.

El autor del capítulo sobre el antisemitismo le zurra de lo lindo a la Iglesia Católica. Aunque no sólo a ella. Se le nota que lo hace con gusto. Qué atrabilis. Y eso que es el Presidente del Movimiento contra la Intolerancia y Secretario General del Consejo de Víctimas de Crímenes de Odio. No logro imaginarme qué otras cosas peores podría escribir si, en vez de estar en contra de la intolerancia, fuese partidario de ésta o alófobo.

Lo que dice de la Iglesia no voy a reproducirlo aquí, pero sí este puntapié que, en la página 193, le propina a quienes confunden, “per modum unius”, lo que no tiene por qué ir necesariamente asociado: «Para abundar en la inconsciencia, parte de la izquierda política y social no supo diferenciar el conflicto político palestino-israelí del conjunto de la comunidad judía reiterando erráticamente posiciones antisemitas». 

Me da que el autor de este parrafillo estaba pensando, entre otros, en los actuales socios de gobierno del Partido Socialista Obrero Español. Lo llamativo es que esté colgado en una web estatal. También pudiera ser que lo hayan hecho a propósito. Estimo que lo más probable es que nadie haya tenido el menor interés en leerlo. Pero, en fin, se ve que cosas de ese estilo, y en tono tan poco amistoso, son las que estudian quienes se preparan para la alta misión de servir a los intereses de España en el extranjero y a trabajar por la paz entre las instituciones y los pueblos.

Jorge J. Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 26 de mayo de 2024, p. 29

Dalí y Juan de la Cruz

El lunes pasado, 13 de mayo, fue inaugurada, en la iglesia romana de San Marcello al Corso, una nueva exposición, organizada por el sacerdote friulano Alessio Geretti, del ciclo “El Jubileo es cultura”, preparatorio del Gran Jubileo de 2025. Es la segunda. La anterior, en la iglesia de Sant’Agnese in Agone, en Plaza Navona, estuvo dedicada al Greco. En poco más de un mes, período en el que permaneció abierta al público, la vieron casi trescientas mil personas.

La de ahora se ha centrado en un solo cuadro: «El Cristo de san Juan de la Cruz», de Salvador Dalí. Delante de esta obra maestra está expuesto el dibujo, el original, que hizo san Juan de la Cruz, entre 1574 y 1577, tras un éxtasis. En él figura Cristo crucificado visto desde la perspectiva de Dios Padre. 

El obispo de Ávila y las monjas carmelitas del monasterio abulense de la Encarnación, que es en donde se custodia esa reliquia fabulosa, la han cedido con plena generosidad para que pudiera ser contemplada en Roma junto al cuadro de Dalí, puesto que en ella se inspiró el genio de Figueras cuando se la enseñaron durante una visita a Ávila. Captó de inmediato que lo que había visto san Juan en su éxtasis era una realidad muy superior a aquella que intentaban plasmar los surrealistas en sus obras.

Después de ese viaje a la ciudad castellana, Dalí frecuentó en París al autor de una importante biografía de san Juan de la Cruz, a saber, el padre carmelita Bruno de Jésus-Marie, quien inició al pintor de Figueras en las sucesivas etapas de la vía sanjuanista para llegar a la amorosa y perfecta unión del alma con Dios. A él dirigió estas palabras en una dedicatoria: «A mi amigo en san Juan de la Cruz, el reverendo padre Bruno, y a José-María Sert; la comunión espiritual con ellos estuvo en el origen de mi Cristo de san Juan de la Cruz».

El viaje de Salvador Dalí a Ávila se inscribe dentro del proceso de su regreso a la fe católica en los años cuarenta del siglo pasado. El artista, que la había recibido de su religiosa madre, la abandonó en cierta manera, entre otros factores, por inducción de un maestro, que todos los días lo machacaba en la escuela con el martilleo de la sentencia «Dios no existe».

Una reproducción del Cristo de Velázquez, muy querida por Dalí, porque acompañaba a un retrato de su hermano fallecido prematuramente, mantuvo abierta en la sensible alma del pintor, durante los años de apagamiento religioso, la posibilidad del retorno a la fe, que dio comienzo cuando se encendió en él una irresistible fascinación por la física cuántica, en la que, cuanto más se adentraba en su conocimiento, más patente se le mostraba la naturaleza espiritual de la sustancia de la realidad. De hecho, llegó a confesar que, si bien no lograba establecer una relación con él, creía en la existencia de Dios. 

Y en 1951, año en el que publicó su «Manifiesto místico», Dalí pintó el cuadro de Cristo que hoy conocemos como «de san Juan de la Cruz». La institución británica «Kelvingrove Art Gallery and Museum» de Glasgow, a la que pertenece la obra, la ha cedido para que pueda ser contemplada en la iglesia romana de san Marcello, en la que se custodia una muy venerada imagen de Cristo crucificado, del siglo XV, que se salvó milagrosamente del incendio que devastó por completo el templo en 1519, que libró, también milagrosamente, a la ciudad de Roma de la peste en 1522 y que todo el mundo vio en la pantalla de su televisor en la impresionante celebración nocturna que el Papa presidió, el 27 de marzo de 2020, en el «sagrato» de la Plaza de San Pedro cuando los contagios por coronavirus se hallaban en el punto más alto y letal de la pandemia.

Ese Cristo de Dalí es conmovedor. He visto a la gente contemplándolo absorta en la iglesia de San Marcello. Y admirarse del dibujo de san Juan de la Cruz, poco conocido fuera de España. El contraste de oscuridad y luz en el de Dalí, en el que no se le ve el rostro a Cristo, ni muestra señales de la pasión, porque nadie le ha quitado la vida, sino que ha sido él mismo quien la ha entregado por nosotros voluntariamente; la serenidad de la bahía de Port Lligat, el perfil del pintor en lontananza contemplando al  Crucificado; la unión, en Jesús, del cielo y la tierra, de lo divino y lo humano, de la redención y la miseria, de la eternidad y la finitud, del pasado y el presente hacen que este cuadro del pintor español merezca con toda justicia ser tenido por una de las más representativas muestras de arte religioso de todos los tiempos.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 19 de mayo de 2024, p. 24

Encarnita

Ha fallecido Encarnación González Rodríguez. Encarnita para todos los que tuvimos la oportunidad de conocerla y de trabajar con ella. La hemos recordado el pasado viernes, fiesta del Maestro Juan de Ávila, santo patrono del clero secular español, porque la tenacidad de Encarnita, su firme convicción de que el santo de Almodóvar del Campo debía, con toda justicia, ser declarado doctor de la Iglesia; su formación como historiadora, sus conocimientos sobre los procesos de canonización, sus contactos en Roma y su diligencia en elaborar la “positio” que se precisaba para que Benedicto XVI proclamara doctor de la Iglesia a san Juan de Ávila hicieron que el deseo del clero español, el de ver elevado a ese gran Maestro de santos a tan alta dignidad magisterial, se hiciera realidad en octubre de 2012.

Puedo dar personalmente testimonio de lo mucho que hizo Encarnita para que la causa del doctorado avilista llegase, por un camino nada fácil de transitar y con dificultades a primera vista insuperables, a su fin. Soy testigo igualmente de los trabajos de esta burgalesa infatigable en la Oficina de las Causas de los Santos de la Conferencia Episcopal Española, creada en 2001 para ayudar a las partes actoras y a las diócesis en los procesos de beatificación de mártires del siglo XX en España.

Bajo la coordinación de los Secretarios generales de la Conferencia Episcopal Española, monseñor Juan José Asenjo Pelegrina, primero, y monseñor Juan Antonio Martínez Camino, después, Encarnita, nombrada Directora de la Oficina, hizo acopio de nombres, datos, retratos y testimonios de obispos, sacerdotes, religiosos y seglares asesinados por odio a la fe en los años anteriores a la Guerra civil y durante ésta en nuestro país, publicados en una serie, editada por la Conferencia Episcopal Española, que lleva por título “¿Quiénes son y de dónde vienen?”.

Encarnita, que pertenecía a la Institución Teresiana, trabajó lo suyo también para que su venerado Pedro Poveda, canónigo de Covadonga y mártir, fuese canonizado. El sueño se hizo realidad el 4 de mayo de 2003 en la madrileña plaza de Colón, cuando Juan Pablo II lo declaró inscrito en el catálogo de los santos, junto con José María Rubio, Ángela de la Cruz, Genoveva Torres y Maravillas de Jesús, ante un millón de personas. Siempre que paso cerca de Los Negrales, en la carretera hacia Madrid, me vienen a la memoria las cosas que Encarnita me contó allí del padre Poveda, cuya biografía, firmada por ella, fue publicada en una de las colecciones de la BAC.

También escribió la de la Venerable Josefa Segovia, primera Directora general de la Institución Teresiana, cuyas virtudes, vividas en grado heroico, fueron reconocidas por Benedicto XVI. Y la de la beata María Victoria Díez y Bustos de Molina, mártir. Y la de Elisa Giambelluca. Y la de Isabel del Castillo Arista. Y la de Carmen Cuesta del Muro. Todas ellas realizaron una labor educativa extraordinaria.

Hemos de esperar que Encarnita esté cantando ahora las alabanzas eternas ante el trono de Cristo, el Cordero degollado del Apocalipsis, con cuya sangre blanquearon sus mantos los mártires y los confesores de la fe, amigos todos ellos de esta hija espiritual de Pedro Poveda, nacida en Villaveta (Burgos) y llamada por Dios a comparecer en su presencia, tras una larga enfermedad, en Pamplona, en vísperas de la solemnidad de la encarnación de Jesucristo, que asumió nuestra humana naturaleza, llegada la plenitud de los tiempos, en las entrañas purísimas de la Virgen María.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 12 de mayo de 2024, p. 26

Vespasiennes

Y en el conjunto monumental de la Corrada del Obispo, pegaditos -deliberada y maliciosamente- a la fechada de un palacio, la del Arzobispado, los wáteres. Igualito iigualito que en la Plaza de la Señoría en Florencia o la de la Concordia en París.

A estos wáteres se les llama vespasianos o vespasianas porque se dice que la idea se remonta a los tiempos del emperador romano Vespasiano.