Nada de torres

A 5 de diciembre de 1725 los regidores de Oviedo «son noticiosos que el Colegio de la Compañía pretende hacer y fabricar ciertas obras sobre las paredes de su Yglesia, fronteando con la plaza pública y casas de la Ciudad en que viven los Regentes y se dice que dicha fábrica es para hacer dos torres levantadas sobre las paredes de dicho frontispicio lo cual si se ejecutase es en gravísimo perjuicio de la plaza pública y casas referidas y otras de las calles de esta Ciudad y de sus vecinos y lo sombrío que queda dicha plaza y las dichas casas de a dicha Ciudad aonde habitan los señores rexentes sin luz ni sol».

Así se lee en un documento del Archivo del Ayuntamiento de Oviedo. Las autoridades civiles no querían que se levantasen las torres de la Iglesia de San Matías (hoy San Isidoro). Decían que les iban a quitar el sol. Ponían palos en las ruedas a los jesuitas en cuanto se les presentaba la ocasión.

Así que edificaron la que estaba junto al colegio; la otra, seguramente la dejaron sin construir para no buscarse enemistades y problemas con los vecinos de ese lado de la plaza. Y si, además, andaban mal de dinero, un quebradero menos de cabeza. Yo nunca creí que los jesuitas, que jamás hicieron a medias los proyectos y las tareas que debían acometer, renunciaran a ella solamente por falta de dinero, visto todo lo que lograron levantar ahí a pesar de las dificultades que tuvieron que vencer.

Si la hubieran construido, habrían dejado mal al ayuntamiento, que tiene una torre, raquítica, y a las iglesias de alrededor, que tienen todas una sola torre, incluida la catedral. Habría quedado patente así su superioridad respecto a las instituciones civiles y religiosas de Vetusta, a las que Clarín, feligrés de la parroquia, caricaturizó magistralmente en «La Regenta».

Cuarenta años después de este affaire que recojo, los expulsaron de España. ¿Razón? Por listos, libres y eficientes. Pero nada, peor para España; los quiso, sin embargo, Catalina la Grande en Rusia. Por algo era Grande.