Misa en Filipinas

El Papa presidió, el domingo pasado, 14 de marzo, en la basílica de San Pedro de Roma, una Misa de acción de gracias por la llegada del cristianismo a Filipinas hace quinientos años. Del papel principal que jugó España en la evangelización de aquellas islas, en las que la mayor parte de la población es católica, no se dijo ni una sola palabra.

Y no habría estado de más el que se hiciese mención, al menos, de la primera Misa que se celebró en Filipinas, oficiada por el sacerdote Pedro de Valderrama, natural de Écija, capellán en la expedición de Magallanes, pues fue él quien dijo también la primera Misa en el territorio que luego sería la República Argentina, país de proveniencia del Papa. Fue el 1 de abril de 1520, Domingo de Ramos, en Puerto San Julián.

La de Filipinas tuvo lugar el 31 de marzo de 1521, Domingo de Pascua, en Mazaua, emplazamiento que no se sabe bien con qué localidad actual se corresponde, siendo varias las que reclaman para sí el privilegio de haber sido el suelo sobre el que se ofreció la primera Misa. Un santuario en la isla de Limasawa mantiene vivo el recuerdo de aquel momento.

Valderrama había oficiado anteriormente Misa en el sitio que los españoles denominaron de las Sardinas, a la altura del Estrecho que hoy lleva el nombre de Magallanes, aunque su descubridor le dio el de Todos los Santos, por ser el día del avistamiento. Fue la primera Misa celebrada en los territorios que después formaron la República de Chile. Era el 11 de noviembre de 1520.

Las parroquias chilenas conmemoraron el acontecimiento hace unos meses, adoptando como lema este versículo del libro bíblico del profeta Habacuc (3,3): “Dios entró desde el sur” (“Deus ab austro veniet”), pues desde allí se extendió, iluminando las regiones del norte, el conocimiento de Cristo, que, en aquella primera Misa, se hizo sacramentalmente presente en medio de dos océanos y seis continentes.

Después del viaje de Magallanes, financiado por España, hubo otros: el de Loaysa, en 1525; el de Saavedra, en 1527; el de Villalobos, en 1541; y el de Miguel de Legazpi, en 1564, desde Méjico. En el de Villalobos viajaron cuatro sacerdotes y cuatro agustinos; en el de Legazpi, y bajo la autoridad de Andrés de Urdaneta, cinco agustinos. A partir de 1578 fueron llegando los franciscanos, los jesuitas y los dominicos.

A los dominicos precisamente es a quienes les hay que agradecer la creación, en 1611, de la Universidad de Santo Tomás de Manila. Es la más antigua de Asia. La presidieron como rectores, entre otros, los asturianos Joaquín Fonseca, de Aramil; José Noval, de Valdesoto; Jesús Castañón, de Casorvida; y Jesús Díaz, de Jomezana. En ella se doctoró en Filosofía y Teología, y ejerció de profesor, Zeferino González, de Villoria; más tarde, obispo de Córdoba, arzobispo de Sevilla y de Toledo, y cardenal.

En aquella Universidad dio clases, y fundó el Museo de Historia Natural, Ramón Martínez Vigil, de Tiñana, al que el Papa nombró, en 1884, obispo de Oviedo. En cambio, el quirosano Melchor García Sampedro, vicario apostólico y santo mártir en Tonkín, rechazó la propuesta de ser profesor en tan emblemática institución académica. 

Y, además de éstos, hubo otros muchos asturianos, y muchísimos españoles, que trabajaron, con todo el entusiasmo del que una persona es capaz, en la obra de la evangelización de Filipinas, dejando incluso allí su vida e incontables frutos de fe. Y, gracias a ésta, de progreso humano.

De ahí el que, hace unos días, en un acto organizado por el Seminario de Historia «Cisneros», en la Fundación Universitaria Española, con motivo de la celebración del quinto centenario de la llegada de los españoles a Filipinas, el nuncio apostólico en nuestro país, Bernardito Cleopas Auza, natural de Talibon, tras reconocer que «Filipinas es un poco de España en Asia», afirmase con toda justicia: «La fe cristiana fue la herencia más importante que dejó España en Filipinas».

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 21 de marzo de 2021, p. 22

Santuario de Limasawa

En Mesopotamia

Jardín de Edén. Discurrían por él cuatro ríos. Dos de ellos se llamaban Éufrates y Tigris. Ambos delimitan la extensión territorial que el Papa visitó la semana pasada. En aquel vergel, Dios conversaba, a la hora de la brisa vespertina, con Adán y Eva, que habían sido advertidos, a la vista de un árbol, de a dónde podía arrastrarlos el ciego deseo de lo imposible. 

Al este de Edén, la descendencia de Caín levantó la primera ciudad y hubo pastores, citaristas, flautistas y forjadores de herramientas de bronce y de hierro. Y héroes. Y surgieron los linajes y las genealogías, de las que fueron quedando noticias impresas en las tablillas de arcilla que se guardaron en las bibliotecas allí formadas.

En aquellas inmensidades mesopotámicas refulgió la luz de la fe religiosa, vivida como acto de relación personal con Dios, de tú a Tú, en un diálogo que acontece en el decurso de las horas cotidianas. Coloquio que la muerte no podrá acallar, porque, el hombre y la mujer, amorosamente moldeados por los dedos de Dios a su imagen y semejanza, fueron creados para estar siempre con Él.

Era, además, tierra de inundaciones purificadoras, porque la violencia sembrada por Caín en la historia no fue erradicada jamás de ella, sino que creció, se multiplicó y se expandió. Hasta el presente. Mas Dios, valiéndose de la inmejorable pedagogía de las pruebas de la vida, fue enseñándole a la humanidad, con infinita paciencia, el valor de la bondad y del perdón, como proclamó, en Nínive, el profeta Jonás.

Y cuando aquí morábamos aún en abrigos de cuevas o en chozas, unos emigrantes de Oriente construyeron, con ladrillos y alquitrán, en la llanura de Senaar, una torre altísima, con pretensiones de que llegase hasta el cielo. Fue, a partir de entonces, cuando la lengua “primaeva” se diversificó en tantas como pueblos se originaron tras la dispersión de Babel.

Siglos después, fue levantada en aquellos sequedales la ciudad de Babilonia, irrigada por rumorosas corrientes de agua fluyente a través de las acequias que proveían de la vital linfa a las exóticas especies de árboles y plantas que alegraban con sus colores y fragancias los jardines colgantes.

Junto a los sauces, de cuyas ramas pendían, silenciosos, los instrumentos musicales que se habían llevado consigo cuando fueron conducidos al cautiverio, los israelitas se lamentaban de su suerte, de haber sido trasplantados tan lejos de Sion. Y eso que no les faltaban ni los oráculos de Ezequiel, ni las visiones de Daniel, ni los testimonios de fe en Dios, que salvó de morir en el fuego a los jóvenes Ananías, Azarías y Misael.

El cristianismo, que fue aceptado muy pronto por los habitantes del Creciente Fértil, arraigó profundamente en aquel suelo. Al fin y al cabo, las civilizaciones que allí habían existido coprotagonizaron las historias que refiere el Antiguo Testamento. Eran, en cierto modo, prehistoria del cristianismo. Y esto lo captaron inmediatamente los oyentes mesopotámicos del anuncio del Evangelio, el cual, a la par que arrojaba una luz esclarecedora sobre su riquísimo pasado, confería a éste plenitud de sentido. Asumir, inculturar y resignificar. En eso consistió la clave del éxito apostólico.

De ahí el que el cristianismo mantuviese, en sus estructuras, jerarquías, liturgias y tradiciones, los adjetivos “caldeas”, “asirias” y “babilónicas”, y quepa decir con orgullo que los cristianos son los herederos y únicos representantes vivos de aquellas culturas poderosísimas que se originaron en la antigüedad dentro de los confines señalados por el Éufrates y el Tigris, en Mesopotamia.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 14 de marzo de 2021, pp. 22-23

Rutas de san Martín

Desde 1987, los Itinerarios Culturales del Consejo de Europa no han dejado de multiplicarse y visibilizarse, mostrando, a través de esta red cuán vivo, difundido y compartido se halla el patrimonio cultural europeo.

De todos, el más emblemático es el Camino de Santiago, pero hay otros: el de san Olav, el de los cistercienses, el de los cluniacenses, el de los hugonotes y los valdenses, el de los vikingos, el de los fenicios, el de los impresionistas, el de los cementerios, el del vino, el del románico, el de la cerámica, el de Mozart, el de Le Corbusier, el de Napoleón, el de Carlos V, el de Carlomagno o el de Robert Louis Stevenson, por citar solo algunos.

Existe, desde 2005, la Ruta de san Martín (Via sancti Martini). Parte de Szombathely, en Hungría, lugar en el que se dice que nació, en el año 316; entra en Eslovenia, se detiene en Pavía, a donde se trasladó a vivir en su infancia, y concluye en Tours, sede de la que fue obispo y en la que se encuentra su tumba.

Se abrió, después, una segunda Ruta (Via caesaraugustana), desde Zaragoza hasta Tours. Atraviesa los Pirineos y recorre las regiones francesas de Aquitania, Poitou-Charentes e Indre-Loire. Se basa en la suposición de que san Martín asistió al Concilio de Zaragoza del año 380.

Se añadió a las anteriores, más tarde, una tercera Ruta (Via treverorum), que discurre por tierras de Alemania, Luxemburgo, Bélgica y Francia. San Martín, que fue soldado, dejó, en Worms, las armas, y, siendo ya obispo, visitó en varias ocasiones la corte de Tréveris. Se pasa por Maguncia, Las Ardenas, Reims, París y el valle del Loira, rememorando capítulos importantes de la historia de Europa.

La última en ser declarada de interés cultural y espiritual fue la Ruta (Via trajectensis) que va desde Utrecht hasta Tours. En este itinerario, la ciudad de Amiens es un lugar que tiene gran importancia para el peregrino, porque allí fue en donde san Martín encontró a un pobre desnudo, al que le dio, tras haberla cortado con la espada, la mitad de su capa. Del oratorio que se creó para venerar la reliquia de la capa proviene el vocablo “capilla”; de su custodio, el de “capellán”.

En Asturias, las capillas dedicadas a san Martín de Tours son 25; las parroquias, 54. Es decir, 79 templos llevan el nombre del santo monje y obispo. De éstos, unos están vinculados a la monarquía asturiana; otros, al Camino de Santiago; muchos, a comunidades monásticas; todos, a la oración y a la caridad. Entre ellos está el que tiene la piedra fundacional más antigua de la diócesis, el de Argüelles, en la que el año que figura es, según los epigrafistas, el 583.

Y hay que tener presente que cuando el Consejo de Europa declaró “Itinerario cultural” la Ruta de san Martín, incluyendo en ella a todas las que existen y agrupándolas bajo el genérico “Via sancti Martini”, fue porque el hecho de que una persona que venía del Este compartiese su capa con otra del Oeste sigue siendo un gesto de gran significación a los ojos de la Europa de hoy, que, para ser ella misma, porque así fue en sus orígenes, ha de mantenerse unida en la diversidad que la caracteriza y en la altura moral que le confirió el cristianismo.

De ahí el que esos 79 enclaves sean otras tantas lámparas encendidas en el mapa de Asturias, pues, desde ellos, el santo obispo de Tours llama a todos a la unidad, la reconciliación y la autodonación, como dijo, en el Ángelus del 11 de noviembre de 2007, el papa Benedicto XVI:

«Que san Martín nos ayude a comprender que solamente a través de un compromiso común de solidaridad es posible responder al gran desafío de nuestro tiempo: construir un mundo de paz y de justicia, en el que todos los hombres puedan vivir con dignidad. Esto puede suceder si prevalece un modelo mundial de auténtica solidaridad, que permita garantizar a todos los habitantes del planeta el alimento, el agua, la asistencia médica necesaria, pero también el trabajo y los recursos energéticos, así como los bienes culturales, el saber científico y tecnológico».

Más actual, imposible. Y habría que estudiar el modo de trazar, con los 79 santuarios arriba mencionados, ajustándose a criterios históricos, artísticos y religiosos, una “Via sancti Martini” diocesana e inscribirla en el Programa de Itinerarios Culturales del Consejo de Europa, para que pueda beneficiarse de las ayudas que este organismo destina a la conservación de los bienes que se acogen a su patronazgo y al cumplimiento de los fines para los que fueron creados.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 7 de marzo de 2021, pp. 28-29

Una misma raíz

Tres personalidades, de distintas edades y ámbitos vitales, han aparecido, en días pasados, en los medios de comunicación social a causa de sus cualidades científicas o artísticas. Y las tres gozaron, en los instantes iniciales de su actividad, del estimulante ejemplo y alentador apoyo de una institución católica. Se trata de la investigadora Özlem Türeci, el violagambista Fahmi Alqhai y la poetisa Amanda Gorman.

Özlem Türeci ha logrado desarrollar, junto con su equipo, la vacuna que parece más eficaz en la inmunización ante el SARS-CoV-2. La empresa BioNTech, fundada y dirigida por ella y su marido, Ugur Sahin, es la que, con su tecnología, ha hecho posible la viabilidad del producto fabricado por la casa farmacéutica Pfizer: el tozinamerán (BNT162b2), en el que la humanidad, hoy, ha puesto su esperanza de supervivencia frente al coronavirus.

Pues bien, esta científica alemana, hija de inmigrantes turcos, que pasaba muchísimo tiempo con su padre en el hospital católico en el que él trabajaba como médico, se sintió, observándolas en el día a día, totalmente atraída por la vida de las monjas que allí atendían a los enfermos. Ella misma confesó que en algún momento pensó en entrar a formar parte de aquel grupo de mujeres, vestidas de blanco y negro, que hablaban con Dios y estaban enteramente consagradas a Él y al servicio del prójimo.

Abandonó, sin embargo, la idea de ser monja al considerar las complicaciones que podrían seguirse por el hecho de ser musulmana, pero no la de dedicarse, como ellas, a hacer el bien a los demás.

Y su marido, Ugur Sahin, que nació en Iskenderun, Alejandreta, en el extremo oriental del Mediterráneo, en donde tuvo lugar la batalla de Issos, y emigró de niño a Alemania, no oculta, al hablar de sus años de estudiante, que hubo una etapa en la que pudo hacer uso de los libros que precisaba gracias a que se los proporcionaba la biblioteca de una parroquia católica cercana a su domicilio.

Del Próximo Oriente también, llegaron a Sevilla, para estudiar Medicina, dos jóvenes cristianos, que, aunque se habían conocido, siendo niños, en la ciudad siria de Homs, la antigua Emesa, se enamoraron y se casaron en España. Ella, palestina; él, libanés. De esa unión nació, en nuestro país, Fahmi Alqhai, al que una importante publicación cultural ha calificado, en su último número, como «uno de los violagambistas más prestigiosos de nuestro tiempo».

Puesto que pensaban regresar a Siria en cuanto acabasen la especialidad, sus padres lo enviaron a Homs cuando tenía dos años, a casa de su abuela, quien lo inscribió en las clases de piano que impartía una religiosa: «Una monja francesa en un colegio de jesuitas», dice Fahmi Alqhai, que es católico. Y confiesa: «Ese fue mi primer contacto con la música occidental». Después, con su perseverancia, llegaron los éxitos.

Mientras que, en Norteamérica, Amanda Gorman, la joven afroamericana de 22 años que declamó, en el acto de toma de posesión de Joe Biden como presidente de los Estados Unidos, el poema “The Hill We Climb” (la colina que escalamos), se ha convertido en una figura nacional por lo que dijo en su intervención ante todo el país respecto al sueño posible de una humanidad unida.

Amanda y su hermana gemela Gabrielle recibieron el bautismo en la parroquia católica de Santa Brígida, en Los Ángeles, y en ella, además de cursar “middle school”, se prepararon para la primera comunión y la confirmación. Es una parroquia en la que los sacerdotes están muy comprometidos en la defensa de los derechos de los afroamericanos y de los hispanoamericanos.

Y mientras escribo este artículo llega la noticia de que el embajador de Italia en la República Democrática del Congo, un escolta y el chófer han sido asesinados en un ataque perpetrado por un grupo armado cuando viajaban en un convoy que se dirigía a Rutshuru para visitar el Programa de Distribución de Alimentos a Escolares (World Food Programme) de la ONU.

El embajador Luca Attanasio nació y creció en la fe católica en la iglesia de Limbiate. Siendo adolescente, estaba muy implicado en el desarrollo de las actividades parroquiales, y siempre se mantuvo, aun en los distintos destinos a los que fue enviado en misión diplomática, en contacto con su párroco y con su parroquia de origen, en la que se ejercitó, pues siempre la consideró como una escuela, la mejor, para la vida, en el arte de darse a los demás, con generosidad total, tratando de asemejarse a Aquel que tenía por su principal modelo de referencia: Jesucristo.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 28 de febrero de 2021, pp. 28-29

Ugur Sahin y Özlem Türeci

Fahmi Alqhai

Amanda Gorman

Luca Attanasio

El desierto

“Comprender el desierto es comprender el mar” es el título del libro del periodista madrileño Francisco Javier Expósito Lorenzo, que la editorial La Huerta Grande acaba de sacar a la luz.

En él, el autor da cuenta de lo vivido en carne propia durante una estancia en el Sáhara hace año y pico. Allí gustó, entre los bereberes, de las delicias del desierto: la sencillez, la libertad, la calma y la espiritualidad.

Dice el autor que «donde hay un desierto siempre ha habido un mar». Es lo que sostienen los científicos, basándose en el estudio de los restos fósiles. De modo que, en tiempos remotísimos, especies marinas habrían poblado, sumergidas, aquellos inmensos espacios hoy secos y desolados. 

No es el desierto, sin embargo, un lugar en el que no haya nada. Oasis, palmeras, acacias, acuíferos, jaimas y abrigos en la roca forman parte del paisaje, que, aun asemejándose al de la Luna, condesciende ofreciendo algunos espacios habitables.

E incluso en aquel silencio, diríase que absoluto, se escuchan aullidos, advierte Moisés en el libro bíblico del Deuteronomio. Así que, en la estepa hay, pues, noticias del océano; en la soledad, de la humanidad; en el alma, de Dios.

Tal vez sea eso lo que pretenden decir los tuaregs con un proverbio que se transmite entre ellos de generación en generación y en el que se muestra cuál es la verdadera naturaleza del desierto, gran seductor de espíritus atormentados en búsqueda de una paz imperecedera:

«Dios ha creado un país lleno de agua, para que los hombres puedan vivir, y un país sin agua, para que los hombres tengan sed; y ha creado el desierto: un país con y sin agua, para que los hombres encuentren su alma».

Y para orientarse en el desierto anímico, Dios le regaló una brújula al pueblo de Israel: la «tôrah», término hebreo que solemos traducir por «ley», refiriéndonos a la de Moisés, aunque el primer significado de la raíz verbal de la que proviene el sustantivo es «indicar con el dedo» o «mostrar una dirección».

Luego, adquirió la connotación de «instrucción», «enseñanza» o «guía». Es la que se contiene en el conjunto de libros que componen el Pentateuco: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio, a los que el judaísmo venera con especial predilección y custodia, escritos sobre un solo rollo de pergamino, en el interior del tabernáculo que preside la sala principal de cada sinagoga.

Y ahora que comienza la Cuaresma, tiempo en el que se rememora la estancia de Jesús en el desierto, y dado que habremos de pasarla confinados o casi, puede ser ésta una magnífica ocasión para leer los cinco libros de la Ley de Moisés, el Pentateuco, y peregrinar, bajo su guía, desde el caos y confusión de nuestros sinsentidos y tristezas, hacia esa tierra de promisión que es el gozo de hallar nuestra propia alma, recorriendo cada cual, como reza el título de la obra de Doris Lessing, su particular desierto: “Each His Own Wilderness”.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 14 de febrero de 2021, p. 30

La Misa: Patrimonio de la Humanidad

En la entrevista que le hizo La Nueva España y que ésta publicó a mediados del mes de enero, el Director general de Cultura y Patrimonio del Gobierno del Principado de Asturias, Pablo León Gasalla, declaró, a propósito de la catedral de Oviedo, lo siguiente: «Queremos apostar por la recuperación del patrimonio inmaterial: las ceremonias, la liturgia, el patrimonio musical, mejorar el archivo».

Al expresarse en estos términos, el Director general de Cultura y Patrimonio de Asturias muestra que posee la amplitud de visión de la Unesco, que reconoce las realidades espirituales, rituales y religiosas como incuestionables bienes de la humanidad.

Sirvan como ejemplo, entre las muchas, de esas características, que el alto organismo internacional ha incorporado a la lista del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, éstas: peregrinación al monasterio de san Tadeo, en Irán y Armenia; el Perdón celestiniano, en Italia; fiesta del Señor Jesús del Gran Poder, en Bolivia; la Epifanía y el hallazgo de la Vera Santa Cruz de Cristo, en Etiopía; procesiones de Semana Santa de Mendrisio, en Suiza; fiesta del icono de Nuestra Señora de Budslau, en Bielorrusia; la Llevada de la Virgen, en Méjico; fiesta de la Virgen de la Candelaria de Puno, en Perú; fiesta de los Cuarenta Santos Mártires de Stip, en Macedonia; la Pasión de Skofja Loka, en Eslovenia; las ostensiones septenales lemosinas, en Francia; procesiones de la Semana Santa de Popayán, en Colombia; o la creación y el simbolismo de las cruces, en Lituania. En España hay tres: el misterio de Elche, el Canto de la Sibila de la Misa de Gallo, en Mallorca, y la fiesta de la Madre de Dios de la Salud de Algemesí.

Es preciso decir, sin embargo, que éstas, al igual que las demás manifestaciones devocionales y culturales que han brotado en el fértil mantillo del cristianismo, tienen su origen y centro en el misterio pascual de Jesucristo, que, actualizándose en la Misa, es el que las sustenta y revitaliza.

Desde la primera mitad del siglo I de nuestra era, la Cena que compartió Jesús con sus discípulos en una casa de Jerusalén, antes de su Pasión, no ha dejado de repetirse, como memorial de su encarnación, muerte y resurrección, y prenda de su segunda venida, hasta el presente. Y no hay un solo instante, durante las veinticuatro horas del día, en el que no se celebre la Misa sobre la faz de la tierra. Al ritmo de la rotación del planeta. Ininterrumpidamente.

Al principio, los cristianos se reunieron para la fracción del pan eucarístico en los domicilios de miembros de la comunidad; luego, también en lugares descampados, grutas, barcos o catacumbas; después, en los edificios que fueron construyendo para colocar en ellos el altar y para custodia de las sagradas especies, y para que los bautizados saboreasen, anticipadamente, en la hermosura de la Casa de Dios, las delicias del banquete del cielo.

Los estilos de las iglesias han sido según el gusto de las regiones o el del siglo: bizantino, normando, visigótico, escandinavo, eslavo, románico, gótico, renacentista, barroco o neoclásico. Las revistieron con retablos, imágenes, vidrieras, tapices, cuadros, órganos, lámparas y rejerías. Con las mejores gemas, los materiales más nobles y los más primorosos recamados, y para su uso en la Misa, se hicieron cálices, patenas, crucifijos, vinajeras, incensarios, navetas, candelabros, aguamaniles, atriles, campanillas, casullas, dalmáticas, lienzos de altar, arquetas-relicarios, sacras y antipendios.

Renombradas personalidades de la música le dedicaron inspiradísimas y universalmente admiradas, por su excelencia, sean cuales sean las creencias de quienes las escuchan, composiciones. Ahí están las Misas de Palestrina, Tomás Luis de Victoria, Monteverdi, Allegri, Scarlatti, Charpentier, Cherubini, Pergolesi, Bach, Haydn, Mozart, Beethoven, Rossini, Schubert, Schumann, Liszt, Gounod, Bruckner, Poulenc, Britten, Stravinsky, Bernstein, Kodály o Morricone. Y las de muchos más. Las hay también que, por el ritmo, el instrumental, el lugar o el contexto cultural en el que se originaron, gozan de gran popularidad.

¿Y qué decir de las Misas en gregoriano? Durante siglos, en todas las iglesias del mundo, urbanas y rurales, de rito latino, se ha sabido y cantado la “De Angelis”. Imagino que, en las orientales, habrá sucedido algo parecido con sus tradicionales y antiquísimas melodías. Las que entonan las polifónicas voces bizantinas frente a las celestiales representaciones del iconostasio logran transportar a quienes participan en la Divina Liturgia hasta el mismísimo umbral de la gloria eterna.

La Misa forma parte, pues, de la cultura universal. Si no fuese por ella, no habrían surgido las magníficas e innumerables obras que, en los dos últimos milenios, han realizado un sinfín de literatos, pintores, filósofos, escultores, arquitectos y músicos. Y es por ello por lo que la Unesco debería, en justicia, inscribir la Misa, de la que también han nacido la organización Cáritas y otras muchas que desarrollan importantes labores de ayuda y promoción social en todo el mundo, en el catálogo de aquellos bienes que constituyen el Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 7 de febrero de 2021, p. 26

«Misa de san Gregorio», obra de Juan Ducete Díez (escultor) e Isidoro Ruiz y Juan de Espinosa (doradores) (año 1606). Formó parte del antiguo retablo de la Capilla de la Universidad de Oviedo.

Springsteen: The Middle

Se hablaba en la antigüedad del ombligo (ómphalos) del mundo. Era el centro a partir del cual habría sido creado todo, deviniendo ese lugar un espacio sagrado, como, por ejemplo, el “ádyton” de Delfos.

El “ómphalos” de los Estados Unidos se halla en la localidad de Lebanon, en Kansas. Allí, una pequeña capilla, de madera y pintada de blanco, en la que hay una cruz clavada, en el testero, sobre una bandera de los Estados Unidos, señala el centro geográfico de la nación.

Del significado de esa capilla trata el anuncio que protagoniza Bruce Springsteen, en la conmemoración del nacimiento, hace ochenta años, de la marca Jeep, la de los famosos vehículos todoterreno.

En la grabación, retransmitida durante el reciente Super Bowl, el cantante no menciona ni el modelo ni la firma, sino solo ese pequeño santuario que se alza en el punto de convergencia de los Estados contiguos de la Unión, en el que deja encendida, al final del soliloquio, una vela.

El vídeo está colgado en YouTube y, en él, dice Bruce Springsteen: «Hay una capilla en Kansas, que está en el centro exacto de los 48 estados meridionales (contiguos). Nunca está cerrada. Todo el mundo es bienvenido y a todos se los invita a que se reúnan aquí, en el centro».

A continuación, habla del descentramiento estructural: «No es un secreto. El centro ha sido un lugar difícil de alcanzar últimamente. Entre el rojo y el azul. El siervo y el ciudadano. Entre nuestra libertad y nuestro miedo. Ahora bien, el miedo no ha sido nunca la parte mejor de aquello que somos».

Y prosigue: «En cuanto a la libertad, no es patrimonio de unos pocos afortunados, sino que pertenece a todos. Quienquiera que seas y de donde quiera que seas. Esto es lo que nos une. Y tenemos necesidad de esa conexión. Tenemos necesidad del centro. Debemos solamente recordar que el terreno sobre el que nos encontramos es un espacio común».

Springsteen concluye su mensaje con una evocación de la marcha por el desierto, la luz en el camino, la subida a la montaña y la esperanza de futuro: «Así que podemos ir allí. Podemos llegar a la cima de la montaña, a través del desierto, y superaremos esta división. Nuestra luz ha encontrado siempre su camino en la oscuridad. Y hay esperanza en el camino … más adelante».

Como se recordará, el pasado mes de enero, en la gala de inauguración del mandato de Joe Biden como presidente de los Estados Unidos, Springsteen entonó, al pie de las escaleras del Lincoln Memorial de Washington, D.C., la que él calificó de «oración por nuestro país», refiriéndose a la canción “Land of Hope and Dreams”, que trata de campos, vías de tren, oscuridad y luz, cansancio, compañía, santos y pecadores, almas perdidas, fe y campanas de libertad, en un viaje hacia una tierra de sueños y esperanza.

Esos mismos motivos son los que subyacen en algunas de las imágenes del anuncio de Jeep: una carretera hacia el infinito, un paisaje nevado, un sombrero de cowboy, unas botas de piel en color “camel”, un molino de viento, un tren en marcha, el porche de una casa con la bandera de los Estados Unidos, un caballo, las torres de centrales termoeléctricas, los rascacielos de colores metálicos, los edificios de ladrillo rojo y un bar con el rótulo luminoso de una marca de bebida. Es la América profunda. A cuyos valores más genuinos y esenciales es preciso volver, para, así, recomponer el maltrecho tejido social.

Y el lar en el que permanecen aún vivas las brasas del fuego que ha surtido de energía a quienes han sido capaces de hacer realidad el sueño de los constructores de una nación, es un pequeño santuario, en el centro del país y del ser de cada ciudadano, en el que la fe religiosa es impulso configurador y dinamizador.

Es la fe religiosa a la que Martin Luther King aludía en el discurso que pronunció durante la Gran Marcha de la Libertad, en Detroit, en junio de 1963: «Con esta fe, iré y excavaré un túnel de esperanza a través de la montaña de la desesperación. Con esta fe, iré contigo y transformaré los oscuros ayeres en luminosos mañanas. Con esta fe, lograremos alcanzar ese nuevo día en el que todos los hijos de Dios, negros y blancos, judíos y gentiles, protestantes y católicos, unamos nuestras manos y cantemos con las palabras del antiguo espiritual negro: ¡Libres al fin! ¡Libres al fin! ¡Gracias, Dios todopoderoso, somos libres al fin!».

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 21 de febrero de 2021, p. 28

Véase el vídeo más abajo

Puede verse el vídeo subtitulado en Youtube: «Springsteen: The Middle subtitulado en español»

El de la esperanza (en la «Divina Comedia»)

«Abridme las puertas de la salvación», dijo el arzobispo de Santiago ante la Puerta Santa de la catedral compostelana, y el pueblo respondió: «Y entraré para dar gracias al Señor». El prelado dio entonces un golpe en la Puerta con la cara de un martillo de plata y madera de encina, regalo de un matrimonio alemán, en la que figura la ovetense Cruz de los Ángeles.

Y así otras dos veces, después de proclamar los correspondientes versículos bíblicos: «Entraré en tu casa, Señor» y «Abrid las puertas, que nuestro Dios está con nosotros». A continuación, alternando las acciones con versos sálmicos, introdujo una gran llave en la cerradura de la Puerta Santa y la hizo girar dentro, y atrajo luego hacia sí, ceremonialmente, sus hojas.

Repicaron las campanas, estallaron las bombas de una traca, encendieron la linterna de la Berenguela-Torre del Reloj, y sonaron, jubilosos, el órgano y las trompetas. El arzobispo recitó una oración, se arrodilló, enarbolando una cruz, en el umbral, los diáconos purificaron con ramos de olivo, impregnados de agua bendecida, las jambas de la Puerta y las personas designadas para ello la ornaron con capullos de rosas blancas. El coro cantaba “Iubilate Deo”.

El ingreso en la catedral fue procesional. Un solista desgranaba, con voz admirable, las estrofas del “Te Deum”. Impresionante. «Te per orbem terrarum sancta confitetur Ecclesia, Patrem immensae maiestatis», se escuchaba, mientras el cortejo avanzaba por una nave lateral hacia la Via Sacra, la que conduce «in recto» al Altar mayor, que luce, en sus dorados, imágenes y filigranas, con resplandores que evocan la gloria de la Jerusalén celestial. Inefable. «Tu, devicto mortis aculeo, aperuisti credentibus regna caelorum».

Y en el centro de aquel reflejo del cielo en la tierra, haciendo las funciones del clavero san Pedro, el apóstol Santiago. Asentado en un trono, como le había anunciado Cristo (Mateo 19,28), recibe a los peregrinos, que, vestidos con el traje que se requiere para la fiesta, le imploran que les alcance de Dios la gracia de poder tomar parte en el banquete de bodas del Cordero, como en la Ciudad Santa del Apocalipsis.

No creo que a san Pedro le parezca mal el que Santiago ejerza ese menester, dada la alta estima que se profesan, según refiere Dante en la “Divina Comedia”: «Igual que un palomo se posa junto a un compañero y le muestra el afecto dando vueltas y zureando, así vi que un gran príncipe glorioso acogió al otro mientras alababan el alimento que allá arriba se come». Es en el Canto 25 del Paraíso.

Concluido aquel «gratular», el apóstol Santiago y el Poeta mantuvieron un coloquio sobre la esperanza. «Es la esperanza, dijo Dante al Apóstol, certidumbre, producida por la gracia divina y el mérito precedente, de la gloria futura. De muchas estrellas me llegó esta luz, pero en mi corazón la destiló primero el máximo cantor del Guía supremo». Dante estaba pensando en David. «Después tú me la instilaste con tu epístola, y estoy tan lleno de ella, que en otros la derramo». Aludía a la neotestamentaria Carta de Santiago.

Es Santiago, pues, Apóstol de la esperanza y vector para que acaezca la transformación que se opera por la fe, activa en el amor. Decía Carl Gustav Jung que «el encuentro de dos personalidades es como el contacto de dos sustancias químicas: se produce una reacción tal que ambas se transforman». Y eso fue lo que les sucedió, cuando se encontraron con Jesús, a Pedro, Santiago y Juan; y a Dante, al compenetrarse con el alma inspirada de los autores de «las nuevas y las viejas escrituras».

Y eso es lo que le sucede al peregrino, que, cual palomo, por seguir usando la imagen de la “Divina Comedia”, vuela gozoso hasta el lugar del apóstol Santiago, el de la esperanza, para abrazarlo, regenerarse por el sacramento del perdón y gustar, ya en esta tierra, bajo la benevolente mirada del hijo de Zebedeo, el «alimento que allá arriba se come».

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 10 de enero de 2021, p. 29

Año de Dante

Cuando, en 1921, Benedicto XV publicó la encíclica “In praeclara summorum”, dedicada a Dante Alighieri en el sexto centenario de la muerte del poeta (Rávena, 13/14 de septiembre de 1321), el Papa se lamentaba ya por entonces de que hubiese fuerzas sociales que intentaran eliminar la religión de la escuela y educar a los jóvenes «como si Dios no existiera».

Lo de querer expulsar a la religión de dondequiera que esté es cosa que, como se ve, viene de antiguo. Y en aquellos tiempos no se hablaba de “deconstruccionismo”, pero esa era precisamente la noción que el Papa tenía en la cabeza cuando deploraba el que se explicase la “Divina Comedia” despojándola de su significado teológico.

Los últimos Papas han sido mucho de Dante. También el actual, que ha anunciado que, en este año, en el que se conmemora el séptimo centenario de la muerte del Sumo Poeta, publicará algunas consideraciones acerca de su figura. Pío XI tenía la “Divina Comedia” sobre la mesa de estudio siempre. Cuando era director de la Biblioteca Ambrosiana de Milán, la leía en los ratos de descanso. Y León XIII, buen conocedor de Dante, quiso, días antes de su muerte, según el testimonio de uno de sus colaboradores, tenerla junto a sí, para seguir nutriéndose, como había hecho desde su ya lejana juventud, del néctar celestial de los cantos.

«Los más dotados, que no solo tengan en la mano día y noche un ejemplar de la “Divina Comedia”, sublime obra maestra, sino que profundicen también en todo cuanto hay en ella de inexplorado y de oscuro. Procuren leerla todos íntegramente, sin precipitación ni de prisa, sino con mente penetrante y reflexión atenta», pedía Pablo VI en la Carta apostólica “Altissimi cantus”, publicada el 7 de diciembre de 1965, víspera de la clausura solemne del Concilio Vaticano II.

En una conversación con el pensador Jean Guitton, el Papa Montini le manifestó: «Dante me ha estado presente continuamente durante todo el Concilio. El final del Concilio coincidía con el séptimo centenario de su nacimiento en Florencia. Y al terminar la cuarta sesión, hice enviar a los obispos, a los observadores y a los auditores un ejemplar impreso exclusivamente para ellos, ligero y de bolsillo, ilustrado con alguna miniatura tomada de un códice del siglo XV conservado en el Vaticano, como un recuerdo del Concilio y un breviario de poesía. Incluso me arriesgué a componer para esa edición una dedicatoria en latín lapidario, intentando trasladar lo que podía aportar Dante a nuestro ideal ecuménico».

Y de todos los Papas del siglo XX se podría decir algo respecto a su relación con Dante. Existe un libro, publicado en 2018, en el que la autora, Valentina Merla, ha recogido y comentado las referencias dantescas por parte de los pontífices reinantes entre el final del siglo XIX y el inicio del XXI. Se titula “Papi che leggono Dante”. De los más recientes, Benedicto XVI será el que haya que estudiar con particular atención.

De modo que, en este Año Santo Compostelano, en el que se conmemora el séptimo centenario de la muerte de Dante Alighieri, habrá que leer detenidamente sus obras, pero, antes que ninguna otra, la “Divina Comedia”, con la que podremos realizar la más reparadora y salutífera de las peregrinaciones, la que discurre por dentro de cada cual, la del camino interior que conduce de la coacervación a lo esencial, la dispersión a la unidad, la fragmentación a la integridad, el engaño a la verdad, la tristeza al gozo, la desesperación a la esperanza, las tinieblas a la luz, el pecado a la gracia, el abismo a las alturas, el infierno al paraíso.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 3 de enero de 2021, p. 25

Illegio

Illegio es un pueblo que no llega a 350 habitantes. Se halla en la región histórica y geográfica de Friuli, en donde Italia alinda con Austria. Y se ha hecho famoso por las exposiciones de arte y los eventos culturales que en él se vienen organizando desde hace veinte años.

Al frente de todo ello están los dos sacerdotes que llevan la parroquia, dedicada a san Floriano: Angelo Zanello y Alessio Geretti. Atienden otras de la zona, pero en la de Illegio es en la que concurren los factores que han permitido desarrollar la fabulosa empresa que la ha hecho merecedora del respeto y del apoyo de las principales instituciones gubernamentales y culturales de Italia y de los museos más importantes de Europa.

En el año 2000, los dos sacerdotes le hablaron al pueblo en estos términos: «Vivís inmersos en un gran patrimonio de historia y de arte, pero, sobre todo, de fe: es necesario valorizarlo, por vosotros mismos y por los demás, inventando nuevas formas de misión y de evangelización».

Y el vecindario entero se puso manos a la obra. Se sumaron al “Proyecto cultural” que por entonces dirigía la Conferencia Episcopal Italiana. Ningún episcopado del mundo fue capaz de emprender una iniciativa como la que, durante varios años, lideró la Iglesia en Italia. Era algo fuera de serie. Y, siguiendo las indicaciones que les hacían llegar desde Roma, crearon el “Comitato di San Floriano”, acondicionaron la Casa Rectoral como sede de las exposiciones y echaron a andar. Un evento por año.

Quedó muy claro desde el principio que las actividades formaban parte del plan evangelizador y divulgador del conocimiento de la cultura cristiana por parte de la parroquia. De ahí el que las primeras exposiciones versasen sobre estos argumentos: “Mysterium. La eucaristía en las obras maestras del arte europeo”, “Apocalipsis. La última revelación”, “Génesis. El misterio de los orígenes” y temas por el estilo. 

Lograron, además, que la Galería de los Uffizi de Florencia, el Museo del Louvre de París, la Galería Doria-Pamphilj de Roma, los Museos Vaticanos o la Galería Estatal de Tret’jakov de Moscú les cediesen piezas para que fuesen expuestas en la casa parroquial del pequeño pueblo friulano. Y comenzaron a llegar los visitantes. No menos de 30.000 personas cada año.

¿Cómo se pueden alcanzar tal cota de éxito en una localidad de semejantes características? Pues con un trabajo previo, continuado y eficaz. Esos sacerdotes de la parroquia, que le decían a la gente que uno está en la periferia sólo cuando quiere estarlo y que hay que conservar y dar a conocer el patrimonio artístico y religioso local, habían creado anteriormente una cooperativa de trabajadores, mantuvieron abierta la escuela para solo cinco niños y reactivaron la tienda, a punto de cerrar por jubilación de la dueña, en la que los de Illegio se abastecían de los productos básicos y a la que acudían para verse, tomar algo y pasar un rato juntos, entre otras muchas realizaciones de carácter social.

La pandemia, especialmente dura en Italia, no consiguió aminorar el entusiasmo de los miembros del Comitato y de sus colaboradores. Han montado, para ilustración y deleite del público, en estos días, una exposición que se titula “Nulla è perduto”. Nada hay que no deje un rastro de vida, sentimientos, belleza o amistad tras de sí. 

Y, para alentar la esperanza de los habitantes de los pueblos de Friul-Venezia Giulia y de sus visitantes, en este complicado período global, han recurrido a los trabajos de Factum Arte, la organización que dirige Adam Lowe en Madrid, quien ha reconstruido, valiéndose de la más avanzada tecnología digital, y con el asesoramiento de historiadores y conservadores, algunas obras de arte que han desaparecido, bien porque fueron robadas, bien porque fueron quemadas. Han participado también Sky Arte y Ballandi Arts.

De modo que, en Illegio, gracias a las nuevas técnicas de reconstrucción y reproducción digital, pueden verse a día de hoy estas obras “rematerializadas”: “Concierto a tres”, de Johannes Vermeer; “La torre de los caballos azules”, de Franz Marc; “Myrto”, de Tamara de Lemicka: “Jarrón con cinco girasoles”, de Vincent van Gogh; “Medicina”, de Gustav Klimt; “Nenúfares”, de Claude Monnet; “Retrato de Sir Winston Churchill”, de Graham Sutherland; “San Mateo y el ángel”, de Caravaggio; y las vidrieras de la catedral de Chartres, que, aunque siguen estando en su lugar, resulta imposible apreciar de cerca, por su ubicación, los detalles.

La selección de los cuadros se corresponde con la de la serie de documentales, dirigidos por Giovanni Troilo y producidos por Sky Arts Production Hub, en los que, con el título “Il mistero dei capolavori perduti”, se muestra cómo fueron recreadas cada una de esas obras de arte. 

Y es que no hay que desesperar jamás. Es el mensaje que trae cada año, por estas fechas, el Adviento. Y quien sienta que su ilusión se viene abajo, por la razón que sea, que sepa que en un tronco seco puede nacer siempre una plantita que alegre con sus diminutas hojitas verdes la vista de aquel caminante que, cansado de deambular en la espesura del bosque, decida sentarse, para recobrar fuerzas, en el húmedo, ennegrecido, agrietado y deformado cilindro del árbol caído. Porque los milagros, en los que ahora nadie parece creer, siguen sucediendo, ¡vaya que si suceden! Y como muestra de ello, ahí está la “Casa delle Esposizioni” de Illegio.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 6 de diciembre de 2020, p. 27