En la noche del 13 al 14 de septiembre de 1321: muerte de Dante Alighieri

«Rávena, para Dante, es la ciudad del “último refugio» —la primera había sido Verona—; de hecho, en vuestra ciudad el poeta pasó sus últimos años y completó su obra: según la tradición, allí se compusieron los cantos finales del Paraíso.

Así, en Rávena concluyó su viaje terrenal; y puso fin al exilio que tanto marcó su existencia y también inspiró su escritura. El poeta Mario Luzi ha resaltado el valor de la turbación y del descubrimiento superior que la experiencia del exilio reservó a Dante. Esto nos hace pensar inmediatamente en la Biblia, en el exilio del pueblo de Israel en Babilonia, que constituye, por así decirlo, una de las “matrices” de la revelación bíblica. De manera análoga para Dante, el exilio fue tan significativo que se convirtió en una clave para interpretar no sólo su vida, sino el “viaje” de cada hombre y mujer en la historia y más allá de la historia.

La muerte de Dante en Rávena tuvo lugar —como escribe Boccaccio— «el día en que la Iglesia celebra la exaltación de la Santa Cruz». El pensamiento va a aquella cruz de oro que el Poeta vio ciertamente en la pequeña cúpula azul noche, salpicada de novecientas estrellas, del Mausoleo de Gala Placidia; o a aquella, geminada y “resplandeciente” Cristo —por usar la imagen del Paraíso— (cf. XIV, 104), de la semicúpula del ábside de San Apolinar en Classe.

En 1965, con ocasión del séptimo centenario del nacimiento de Dante, san Pablo VI obsequió a Rávena con una cruz de oro para su tumba, que había permanecido hasta entonces —como dijo— «desprovista de tal signo de religión y esperanza». Esa misma cruz, con motivo de este centenario, volverá a brillar en el lugar que conserva los restos mortales del Poeta. Que sea una invitación a la esperanza, esa esperanza de la que Dante es profeta.

El deseo es, pues, que las celebraciones del séptimo centenario de la muerte del sumo Poeta nos estimulen a retomar su Comedia para que, conscientes de nuestra condición de exiliados, nos llame a ese camino de conversión «del desorden a la sabiduría, del pecado a la santidad, de la miseria a la felicidad, de la contemplación aterradora del infierno a la contemplación beatífica del paraíso» (San Pablo VI,Carta Apostólica Altissimi cantus, 7 de diciembre de 1965). Dante, en efecto, nos invita una vez más a redescubrir el sentido perdido u ofuscado de nuestro viaje humano.

Puede parecer, a veces, que estos siete siglos hayan cavado una distancia insalvable entre nosotros, hombres y mujeres de la era postmoderna y secularizada, y él, representante extraordinario de una edad de oro de la civilización europea. Y, sin embargo, algo nos dice que no es así.

Los adolescentes, por ejemplo —incluso los de hoy— si tienen la oportunidad de acercarse a la poesía de Dante de una manera que les sea accesible, inevitablemente constatan, por un lado, toda la distancia del autor y su mundo; y no obstante, por otro, sienten una resonancia sorprendente.

Esto sucede especialmente allí donde la alegoría deja espacio al símbolo, donde el ser humano aparece más evidente y desnudo, donde la pasión civil vibra más intensamente, donde la fascinación de la verdad, la belleza y la bondad, en último término, la fascinación de Dios hace sentir su poderosa atracción.

Así, aprovechando esta resonancia que supera los siglos, también nosotros —como nos invitaba san Pablo VI— podremos enriquecernos con la experiencia de Dante para atravesar las numerosas selvas oscuras aún dispersas en nuestra tierra y realizar felizmente nuestra peregrinación en la historia, para alcanzar la meta soñada y deseada por todo hombre: «el amor que mueve al sol y a las demás estrellas» (Par. XXXIII, 145)».

[Del Discurso que el Papa Francisco pronunció, el 10 de octubre de 2020, en la Sala Clementina del Palacio Apostólico, ante una delegación de la archidiócesis de Ravenna-Cervia con ocasión del año dedicado al séptimo centenario de fallecimiento de Dante Alighieri]

«La muerte de Dante», de Eugenio Moretti Larese

La biblioteca de Dostoevskij

En la bellísima Verbania, en el norte de Italia, Lucio Coco, un estudioso de la literatura cristiana antigua griega y latina, y buen conocedor de la rusa, ha realizado una meticulosa indagación acerca de cuáles fueron las lecturas y qué libros componían la biblioteca de Fedor Michailovich Dostoevskij (1821-1881), del que, en el próximo mes de noviembre, se conmemorará el segundo centenario de su nacimiento. El libro de Coco se titula “La Biblioteca di Dostoevskij. La storia e il catalogo” y ha sido editado por Leo S. Olschki.

Es probable que el núcleo originario de la biblioteca lo constituyesen aquellos pocos libros de los que el escritor dispuso durante los diez años de prisión, por el caso Petrashevskij, y de servicio militar. Es decir, entre 1849 y 1859. Al principio, solamente tenía a mano «las peregrinaciones a los Santos Lugares y las obras de S. Dimitrij de Rostov». Más tarde, su hermano Michail le envío la novela “Jane Eyre”, de Charlotte Brontë, y obras de Shakespeare.

Fue en este período, en Tolbol’sk, camino de Omsk, cuando las mujeres de unos decabristas le regalaron un ejemplar del Nuevo Testamento, cuya lectura fue su principal alimento intelectual y espiritual en los años de trabajos forzados[1]. No se separó jamás de él.

Por las cartas que, en aquella década, le envió a su hermano sabemos cuáles eran sus intereses bibliográficos: historiadores europeos, economistas, Padres de la Iglesia, autores griegos y romanos, filósofos, diccionarios y el Corán.

Libre ya de la cárcel y del ejército, y dedicado a la redacción de novelas y a escribir en las revistas “Vremja” y “Épocha”, Dostoevskij adquirió muchos libros, pues los necesitaba para desarrollar su vocación de literato. Bien porque él mismo los solicitaba a los proveedores, bien porque recomendaba ciertas lecturas a quienes le pedían consejo, bien porque sus familiares los ofrecían para la venta, fueron confeccionándose los elencos de libros de Dostoevskij, que Lucio Coco ha agrupado en las categorías de Literatura, Filología, Historia de la Literatura, Crítica, Folklore, Teología, Filosofía, Historia, Sociología, Derecho, Ciencias Naturales, Medicina, Arte, Literatura infantil, Diccionarios y Libros y Periódicos en lenguas extranjeras.

De esta biblioteca, que padeció la dispersión que sufren casi todas, me fijo en un libro que no podría pasar desapercibido en modo alguno para un asturiano: “Historia de Gil Blas de Santillana”, de Alain René Lesage (1668-1747). La ficha indica que es una edición en francés de 1835. Debió de gustarle mucho a Dostoevskij, porque, en una carta del 18 de agosto de 1880 dirigida a Nicolaj Ozmidov, le sugiere que su hija lea a Walter Scott, Dickens, Pushkin, Gogol’, Turgenev, Goncharov, “Don Quijote” y “Gil Blas”.

La novelada “Historia de Gil Blas de Santillana” comienza en Oviedo, desde donde el joven pícaro, educado en casa de un hermano de su madre, canónigo, que lo envía a Salamanca, para que curse estudios en la Universidad, da principio a sus andaduras y peripecias por España, acaeciendo el primero de los episodios que componen la trama narrativa en Peñaflor.

Y si un escritor de la talla de Dostoevskij encontró deleitosa y recomendable la lectura de la obra de Lesage, es como para que Asturias haga algo en reconocimiento del novelista ruso antes de que se acabe 2021, en el que se conmemorará, el 11 de noviembre, el segundo centenario de su nacimiento en Moscú.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 12 de septiembre de 2021, p. 26


[1] Nota: Se trata de una edición del Nuevo Testamento de 1823. En concreto se la regaló la mujer del decabrista Armenkov en enero de 1850, cuando el escritor estaba a punto de partir para Siberia, conmutando la pena de muerte por trabajos forzados. El ejemplar, que se conserva en Moscú, está subrayado con lápiz o con marcas de uñas. Su mujer le leyó, estando ya para morir el escritor, unos versículos del Evangelio de san Mateo (Mt 3,14-15).

Dostoevskij en la cárcel

La luz del Credo

Carmen Laforet nació el 6 de septiembre de 1921 en Barcelona. Hoy habría cumplido cien años.
En 1944 recibió el Premio Nadal por la novela «Nada».
En una etapa muy religiosa de su vida, manifestó que le había acontecido esto:
«Me ha sucedido algo milagroso, inexpresable, imposible de comprender para quien no lo haya sentido y que, sin embargo, tengo absolutamente la obligación de contar a los que quiero … Rezo el credo por la calle sin darme cuenta. Cada una de sus palabras son luz … La gracia, tal como la he recibido, es la felicidad más completa que existe. La pobre voluptuosidad humana … No es nada comparado con esto. Nada.»

(16 de diciembre de 1951)

En Anna Caballé – Israel Rolón, «Carmen Laforet. Una mujer en fuga», RBA, Barcelona 2010, 2ª edición, p. 225.

Chartres y Covadonga

Medio millar de jóvenes peregrinaron, el pasado mes de julio, desde la catedral de Oviedo hasta el santuario de Covadonga. En Francia, son miles los que caminan desde la de Notre-Dame de París hasta la de Notre-Dame de Chartres, en la que se venera la “Sancta Camisia” de la Virgen, donada por el rey Carlos el Calvo, en el año 876, a la Iglesia.

Estas peregrinaciones de jóvenes tuvieron su inicio en 1935, cuando un grupo de estudiantes de la Universidad de La Sorbona, en París, alentados por el capellán universitario, decidieron ir a Chartres caminando, para rememorar la peregrinación que, en 1912, realizó, desde Lozère, Charles Péguy, con el fin de cumplir un voto por la curación de su hijo enfermo.

Cuatro años antes, el escritor, que se había alejado de la Iglesia, entregado a la causa del socialismo y declarado ateo, le confesó, con lágrimas en los ojos, a un amigo, Joseph Lotte, que fue a visitarlo, esto: «No te lo he dicho todo … He vuelto a la fe … Soy católico». Sus anhelos de que llegase a existir una ciudad nueva, el contacto con algunos intelectuales convertidos al cristianismo y la profundización en su propio “ser religioso” lo condujeron, tras muchos años de distanciamiento, al umbral de la Iglesia.

Péguy vivió con gran zozobra interior esta circunstancia, que su familia no compartía ni aprobaba, pues el hecho de no estar casado por la Iglesia, ni bautizados su mujer ni sus hijos, era óbice para recibir los sacramentos. «Sin embargo, poseo tesoros de gracia, una inimaginable sobreabundancia de gracia», decía. De ahí el que se sintiese movido a hacer ciento cuarenta y cuatro kilómetros, en tres días («J’ai fait 144 kilomètres en trois jours» sic), para llegar a Chartres, «mi catedral», cumpliendo así el voto que había hecho para que su hijo Pierre, con difteria, recobrase la salud.

Cuando aún faltaban diecisiete kilómetros para llegar a Chartres, divisó la catedral. Al verla, «me extasié. Ya no sentía nada; ni cansancio, ni mis pies. Todas mis impurezas desaparecieron de repente. Era otro hombre». Y, ya en el templo, rezó «como nunca había rezado».

Las peregrinaciones de jóvenes a Chartres hallaron un renovado impulso cuando Jean-Marie Lustiger fue arzobispo de París. Este gran pastor de la Iglesia sabía bien de la importancia de las catedrales en algunos itinerarios personales de fe, pues él mismo, que había nacido en el seno de una familia judía, se convirtió al entrar, un Viernes Santo, en la de Orleans. Conmocionado ante la desnudez del templo, tan significativa en ese día del calendario cristiano, Lustiger decidió, en aquel punto y hora, pedir el bautismo.

De modo que, con el de este verano, el peregrinaje, durante tres días, de Oviedo a Covadonga, de basílica a basílica, forma parte ya de la red de vías europeas de la fe, de la cultura y de la juventud. «Si no regreso, te ruego que vayas todos los años en peregrinación a Chartres», le pidió Péguy, antes de ir a la guerra, a Charlotte, su mujer, que había comenzado a abrirse a la gracia. No regresó. Falleció, el 5 de septiembre de 1914, en Villeroy, durante la batalla del Marne.

Secundando el deseo del escritor, miles de jóvenes caminan todos los años por los senderos de Francia, para ir rezarle a la Virgen, en Chartres, como hacen, cada mes de mayo, los jóvenes que van desde Cangas de Onís hasta Covadonga. Y convendría que, después de haberla puesto en marcha, la iniciativa de peregrinar al Real Sitio, teniendo el punto de partida en la catedral de San Salvador de Oviedo, no languideciese y se apagase, sino que se mantuviese y siguiese gozando del espíritu joven y fervoroso de sus orígenes.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 5 septiembre de 2021, p. 24

La religiosidad de Leonardo

Agnese Sabato, directora de la Asociación “Leonardo da Vinci Heritage”, y Alessandro Vezzosi, director del “Museo Ideale Leonardo da Vinci”, han publicado, en la revista “Human Evolution”, los resultados de las investigaciones realizadas, junto a especialistas en descifre del ADN, con el fin de establecer la línea de descendientes de la familia de Leonardo da Vinci (1452-1519).

Hay 14 actualmente vivos. Y Jesse H. Ausubel, director del programa “Human Environment” en la Universidad “Rockefeller” y presidente de la Fundación “Richard Lounsbery”, que ha cofinanciado el proyecto, augura importantes progresos antes de que termine 2022.

Mientras que José Antonio Lorente Acosta, catedrático en el departamento de Medicina Legal, Toxicología y Antropología Física de la Universidad de Granada, también miembro del equipo de investigadores, ha adelantado la noticia de que se comparará el ADN de los familiares de Leonardo con el de los restos mortales sepultados en la tumba francesa del polímata y que se desarrollarán tecnologías que, por el microbioma, permitirán autentificar sus obras artísticas.

Los acontecimientos de la historia personal, los inventos, los bocetos, las ideas, la sexualidad de Leonardo y todo lo que tenga que ver con su multifacética figura han suscitado enorme curiosidad. Y también su modo de entender la religión o de practicarla. Sin embargo, es una empresa, ésta de la composición de su perfil histórico, intelectual y espiritual, destinada a no alcanzar el éxito pleno que se desea.

Porque el hombre aclamado como artista, científico, matemático, anatomista, lexicógrafo, gramático, poeta, músico, lector habitual de códices medievales con unos textos escritos en un latín dificilísimo, era, como se definió a sí mismo, «omo sanza lettere». Para saber lo que venía en documentos de esa índole precisaba de ayuda. No tenía estudios ni de lenguas ni de letras.

No parece, además, que hubiera sido aficionado a escribir antes de los treinta años. Lo fue, en cambio, después de cumplir los treinta y cinco, pero no para mantener abiertos unos diarios a los que confiar su biografía, sino cuadernos en los que iba anotando aforismos, pensamientos y observaciones muy prácticas, que eran el resultado de las lecturas que, a partir de esa edad, emprendió con avidez, pensando tal vez en componer más adelante tratados acerca de las materias por las que tanto se interesaba, como el de la Pintura.

Giorgio Vasari (1511-1574), en la semblanza que hizo de Leonardo en “Las vidas de los más excelentes arquitectos, pintores y escultores italianos desde Cimabue a nuestros tiempos””, dijo de él que era voluble e inestable: «Se ponía a estudiar muchas cosas, y una vez que las había empezado, las abandonaba». Esto lo repite en varias ocasiones. Lo suyo era el diseño, «dibujar y hacer relieves, actividades que nutrían su fantasía más que cualquier cosa». Es por ello por lo que su tío Piero da Vinci, que cuidaba de él, lo envió al taller de Andrea del Verrocchio (1435-1488), para que éste lo instruyese.

«A pesar de su dominio del arte, empezaba muchas obras y no acababa ninguna», insiste Vasari, para quien Leonardo poseía en grado superlativo todos los dones: belleza, destreza, fuerza, gracia y valor. «Admirable y celestial», pero inconstante. Las vicisitudes, por otra parte, que padecieron los manuscritos autógrafos de Leonardo dificultan aún más la sistematización del contenido de los documentos que se han conservado hasta el presente y que ahora están en vías de digitalización.

Es también Vasari quien ha referido cómo fueron los últimos instantes de la vida de aquel que «llegó a tener unas concepciones tan heréticas que no se aproximaba a ninguna religión, pues tenía en mucha más estima el ser filósofo que cristiano». Sin embargo, habiéndole llegado la hora de la muerte, «volvió al buen camino y se convirtió a la fe cristiana en medio de gran llanto. Se confesó y se arrepintió, si bien no podía mantenerse en pie; sostenido por los brazos de sus amigos y criados, quiso tomar el santísimo sacramento fuera del lecho».

Los indagadores de los principios filosóficos de Leonardo estiman que su fuente de inspiración se halla en el pensamiento del sacerdote Marsilio Ficino (1433-1499), del que asumió las nociones relativas al movimiento interno de la obra de arte, su energía interior y su vivacidad, el concepto “sustancia”, y, sobre todo, la idea de que es el Primer Motor quien inviste a la materia de su fuerza incorpórea, siendo también Sumo Maestro y Autor. Es decir, Dios. A quien Leonardo se dirigió con esta oración que aparece en uno de sus escritos: «Te obedezco a ti, Señor; primero, por el amor que, según razón, te debo; y, segundo, porque tú puedes acortar o prolongar la vida de los hombres».

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 29 de agosto de 2021, pp. 34-35

«Muerte de Leonardo da Vinci» (François-Guillaume Ménageot)

Afganistán

Hace unos años, en Afganistán había sólo un sacerdote católico, el padre dominico Serge de Beaurecueil, al que no se le permitía hablar de Jesucristo.

Muchas veces se preguntaba por la eficacia de su aparentemente inexistente labor, ya que lo único que podía hacer era rezar. Y así llevaba a cabo su misión.

Por la noche, mientras la gente dormía, él, descalzo y acurrucado en una pequeña capilla, oraba. Una ramita de sándalo exhalaba su perfume, símbolo de quienes, a lo largo de la jornada, se habían consumido en el trabajo, en el sufrimiento o en el amor.

El buen fraile cargaba sobre sus espaldas las aflicciones de todos los afganos; presentaba al Salvador a cuantos habían muerto en el día y hacía hijos de Dios a los recién nacidos; sus labios transformaban en Padrenuestro las oraciones recitadas en las mezquitas.

Y en el silencio de la noche, también nosotros podemos, por la oración de intercesión, ejercer cierta forma de sacerdocio, ser apóstoles del evangelio y cambiar, en el mundo, muchas cosas.

Peregrinos pensativos

Dante Alighieri refiere en “Vida nueva”, una pequeña obra en cuarenta y dos capítulos breves, cómo fue el primer encuentro con su adorada Beatriz. Y todo cuanto se dice en este amoroso tratadillo discurre “in itinere”.

Los hechos acontecen yendo de camino los personajes hacia alguna parte, mientras que no parece haber otra interioridad que no sea la del poeta, que derrama, enteramente enamorado, sus ensoñaciones hacia afuera en sublimes versos.

Destacaré, de entre éstos, el soneto “A toda alma cautiva”, que Dante compone tras haber tenido un sueño, en el que ve a un hombre, de pavoroso aspecto, aunque contento, que sostiene entre sus brazos a la amada y le dice a Alighieri: «Vide cor tuum» (Mira tu corazón). Es en el capítulo 3.

A partir de este texto, el irlandés Patrick Cassidy construyó una bellísima pieza musical, que se ha hecho popular gracias a la película “Hannibal”, del director británico Ridley Scott, que nuevamente hizo uso de ella en “El Reino de los Cielos”.

Mas tornando a “Vida nueva”, ya hacia el final de la obra, en el capítulo 40, habiendo fallecido Beatriz, Dante se encuentra con unos peregrinos que se dirigen «a ver la bendita imagen que Jesucristo nos dejó de su hermosísimo rostro». El poeta alude probablemente al Paño de la Verónica, que se custodia en Roma.

«Los cuales peregrinos iban, a lo que me pareció, muy pensativos», prosigue Alighieri. Y les dedica un soneto que comienza así: «¡Oh, peregrinos, que pensando vais!». Aunque, en sentido estricto, comenta él, no es propiamente peregrino «sino quien va hacia la casa de Santiago o vuelve».

Del temperamento reflexivo y taciturno de los peregrinos, escribe Dante en el Canto 23 del “Purgatorio”, en la “Divina Comedia”: «Como los peregrinos pensativos hacen al encontrar por el camino gente desconocida, que se vuelven a mirarla sin pararse, así detrás de nosotros, andando más de prisa, venía, y al adelantarnos nos miraba con asombro, una multitud de almas callada y devota».

Y al observar a los peregrinos que fluyen por las distintas vías que conducen a la tumba del Apóstol en Compostela y avanzan silenciosos, con bastones, soportando el peso de una mochila enorme, presurosos, sin detenerse, inexpresivos, uno se pregunta: ¿en qué van pensando?

¿Tal vez en lo que habrían querido decir a otros y no lo dijeron por falta de coraje? ¿Acaso en aquello que, habiendo dejado pasar la oportunidad de que llegase a ser, ya nunca va a poder ser? ¿O en lo que su imaginación les pinta como un futuro pleno de éxito y de felicidad? ¿Se habrá desatado en su interior el haz en el que se agavillan los sentimientos y las emociones?

Seguro que piensan en las personas a las que aman, con las que habrían deseado compartir la estética experiencia de ver los cendales de niebla reposar sobre el pando; de toparse con una casa de piedra en una aldea o una quintana en la que apetece quedarse a vivir para siempre; de transitar, a través de una fronda de robles y hayas, con líquenes, por una senda que las hojas de todos los otoños anteriores mullen obsequiosas para solaz del caminante; de saberse libre, en la falda de una colina, con sólo el cielo arriba, la tierra abajo y la brisa acariciadora.

En lo más alto del tramo jacobeo de los Hospitales, en Asturias, hay un “cairn”, un túmulo al estilo de los antiguos morcueros, con retratos de los seres queridos, que ya han fallecido, de los viandantes, que los depositaron allí junto a estampas de la Virgen María y plegarias escritas en papelillos guardados entre las piedras.

Los peregrinos fueron erigiendo, de ese modo, en aquella cima, un santuario lítico, vertical, elemental, esencial, edificado por el amor y para la oración. Y en un guijarro, alguien escribió esta frase, al estilo de las del escocés John Muir: «And up the mountain you go, to lose your mind and find your soul» (Y asciendes hasta lo más alto de la montaña para que, acallando tu mente, halles tu alma). Cierto. Así también en el Camino de Santiago. Se emprende con el fin de encontrar a Aquel que mora, como en un templo, en la propia alma. El “Tú” que explica el “yo”.

Y esto sucede durante las horas de marcha silenciosa. Meditando. El vocablo proviene de la misma raíz indoeuropea (-med) que “medicar”. Porque eso es precisamente la meditación: una medicina que lenifica y cura las heridas que las circunstancias vitales y particulares infligen al alma. El bálsamo que el peregrino se auto aplica sin restricción alguna mientras camina pensativo hacia el encuentro con Dios a través de las rutas trazadas por la fe cristiana.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 22 de agosto de 2021, p. 28

Acuarela del artista Julio Solís

«Vide Cor Meum» es una canción compuesta por Patrick Cassidy, basándose en «Vida Nueva», de Dante, concretamente en el soneto «A ciascun’alma presa», en el capítulo 3 de «Vida Nueva». Fue producida por Patrick Cassidy y Hans Zimmer, e interpretada por Libera / Lyndhurst Orchestrathe y dirigida por Gavin Greenaway. Los cantantes son Danielle de Niese y Bruno Lazzaretti, dando voz a Beatriz y a Dante respectivamente. La canción se escuchó por primera vez en la película «Hannibal», cuando el Dr. Hannibal Lecter y el Inspector Pazzi asisten a una opera al aire libre en Florencia. Fue compuesta especialmente para la película.

La fe olímpica

La archidiócesis de Tokio determinó que, durante la celebración de la última Olimpiada, la participación en las misas fuera, a causa del aumento de los contagios por COVID-19, a través de internet. Tomar esta decisión no resultó fácil, porque la gran demanda de servicios religiosos, tanto por parte de los deportistas como de sus acompañantes y de los asistentes, es algo que la organización olímpica debe tener en cuenta siempre, sea cual fuere la ideología predominante en el país anfitrión.

Y así, en Pekín, en 2008, ante el temor de que el ejercicio del derecho a la práctica de la religión fuese obstaculizado por el gobierno chino, éste tuvo que comprometerse, ya desde los inicios de las negociaciones, a que nada ni nadie lo impidiese o dificultase y a que estuviese asegurada su práctica en todo momento, con la misma disponibilidad y eficiencia que en los juegos anteriores.

Por lo general, son ciento sesenta personas aproximadamente, de diversas confesiones, las que se encargan de que no les falte la atención espiritual a quienes la soliciten. Aunque hay delegaciones que prefieren llevar su propio sacerdote, como es el caso de la italiana. Los rusos, en cambio, celebraron, en esta ocasión, antes de volar a Tokio, un acto religioso en la catedral ortodoxa de Cristo Salvador, en Moscú.

Al brasileño Italo Ferreira (27 años), medalla de oro en surf, no le supuso un problema el hecho de no poder contar con asistencia religiosa inmediata, ya que, a las tres de la madrugada, cuando reinaba el más absoluto silencio, rezaba en la habitación. En su cuenta de Instagram colgó una foto en la que, tras la victoria, señalaba hacia el cielo con un dedo indicando de dónde le había venido la fuerza que lo sostuvo sobre las olas y como un gesto de gratitud a Dios.

También la jamaicana Elaine Thompson-Herah (29 años), con tres medallas de oro en atletismo, es alma de oración. Ante la posibilidad de que, debido a un problema en el talón de Aquiles, tuviese que renunciar a ir a Tokio, abordó así la situación: «Hablé con Dios y le dije lo que pasaba, que me echara una mano». Y fue a Japón. «Mi misión como mujer y atleta que tiene fe en Dios es honrar siempre al Señor, escuchando su Palabra, que salva, y cumpliendo su voluntad», declaró.

El estadounidense Caeleb Dressel (24 años), quien regresó a su casa llevando cinco medallas de oro en natación, se confiesa cristiano y no se corta un pelo a la hora de confesar, en donde quiera que se encuentre, que «mi felicidad está en Dios». Suele llevar, en las competiciones, pintado sobre el cuerpo, con tinta soluble, un motivo tomado de la Biblia. En Tokio fue un águila. Se inspiró, al elegir la imagen, en este pasaje del profeta Isaías: «Los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas, echan alas como las águilas, corren y no se fatigan, caminan y no se cansan» (40,31).

De igual modo, la estadounidense Sidney McLaughlin (22 años), ganadora de dos medallas de oro en carrera con vallas, considera que el tener a Cristo vale más que cualquier otra ganancia y que poner el corazón en lo que realmente importa es lo que da estabilidad a las personas: «No corro para que se me reconozca a mí. La diferencia la establece la fe. Los records van y vienen. Pero lo que permanece es el amor de Dios».

Es lo que opina también la velocista costamarfileña Marie-Josée Ta Lou (32 años), que quedó cuarta y quinta en los cien y doscientos metros respectivamente: «Corro por mi gente y por las chicas africanas. Corro como si fuera una oración de glorificación al amor de Dios». 

Y no son éstos los únicos deportistas que piensan así. Hay más como ellos: jóvenes, audaces, estupendos y que aspiran a que se cumpla, tanto en su actividad como en su vida, aquello que se lee en la Biblia: «He acabado la carrera, he conservado la fe» (2 Timoteo 4,7).

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 15 de agosto de 2021, p. 28

Vanhoye

Fue, durante décadas, una figura destacadísima de la exégesis del Nuevo Testamento. El padre Albert Vanhoye, jesuita, era una autoridad indiscutida en el análisis e interpretación de los Evangelios, las cartas de san Pablo y otros escritos apostólicos de la Biblia.

En el momento de entregar su alma a Dios, el pasado 29 de julio, en la residencia “San Pedro Canisio”, aneja a la Curia general de la Compañía de Jesús, en Roma, el padre Vanhoye era, con 98 años, el cardenal más anciano de la Iglesia. Benedicto XVI lo había agregado al Sacro Colegio en 2006 y asignado la iglesia titular de Santa Maria della Mercede e Sant’Adriano a Villa Albani, en la Ciudad Eterna.

El Papa lo conocía bien. Habían trabajado juntos, cuando Ratzinger era prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y Vanhoye secretario de la Pontificia Comisión Bíblica, en la redacción de dos importantes documentos: “La interpretación de la Biblia en la Iglesia” y “El pueblo judío y sus Escrituras sagradas en la Biblia cristiana”. Asesoró, además, como consultor, con su saber, a diversos organismos de la Curia romana.

Vanhoye fue, antes de ser cardenal, rector del Pontificio Instituto Bíblico, al igual que dos egregios antecesores suyos, también purpurados: Augustin Bea y Carlo Maria Martini. Los tres sirvieron a la Palabra de Dios con una cualificación tan alta, que era imposible que su inteligencia y cultura pasaran inadvertidas a los ojos de los papas, de la Iglesia y de la sociedad en general. A uno de ellos, Martini, le fue otorgado, junto a Umberto Eco, el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales en el año 2000.

El Código de Derecho Canónico establece que quienes sean promovidos a cardenales, si no son obispos, «deber recibir la consagración episcopal». Vanhoye, que era sumamente modesto, solicitó del Papa que lo dispensase del cumplimiento de esa disposición y que pudiese seguir siendo sólo sacerdote. Y así fue. Todo el mundo se dirigía a él con el título que le era más querido: “padre Vanhoye”.

Nació en Hazebrouck, en la frontera entre Francia y Bélgica. Cuando tenía 18 años, en 1941, atravesó Francia a pie, de norte a sur, sorteando al ejército alemán, para llegar al noviciado jesuita de Le Vignau, en Las Landas. Obtuvo la Licenciatura en Letras por La Sorbona, la Licenciatura en Filosofía por el Escolasticado jesuita de Vals y la Licenciatura en Teología por el de Enghien, en donde fue ordenado sacerdote en 1954.

Con la Licenciatura y el Doctorado en Sagrada Escritura por el Pontificio Instituto Bíblico de Roma, y tras un tiempo de docencia de griego clásico en Izeure y de exégesis del Nuevo Testamento en Chantilly, Vanhoye devino profesor del “Biblicum” de Roma, en el que, desde 1963 hasta 1993, ejerció la meritoria labor investigadora y docente que lo acreditó como uno de los mejores biblistas de nuestro tiempo.

Su tesis doctoral, realizada bajo la dirección del padre Stanislas Lyonnet y defendida en 1961, siendo relator el padre Maximilian Zerwick, versó sobre la estructura literaria de la Carta a los Hebreos, de la que Vanhoye llegó a ser máximo especialista, aunque conocía también muy a fondo los Evangelios sinópticos, la teología de san Pablo y la estructura literaria de los libros del Nuevo Testamento. Dominaba magistralmente el griego clásico y esto le facilitaba la enjundiosa comprensión de los pasajes más intrincados de la Biblia.

Era claro, conciso, profundo, riguroso, metódico y humilde. Fue autor de varios libros y escribió numerosos artículos, tan de buen y fino estilo filológico, que serán tenidos en cuenta siempre. Dirigió veintiocho tesis doctorales e infinidad de tesinas y trabajos escritos por los alumnos que asistieron a los seminarios que ofreció sistemáticamente en cada curso académico durante décadas. Fue segundo relator de quince tesis doctorales.

Y cuando se trata de las tesis doctorales realizadas en el Pontificio Instituto Bíblico, se está hablando de unos trabajos de investigación elaborados a conciencia, con ocho o diez horas diarias de biblioteca, dominio pleno de las lenguas hebrea y griega, y no menos de cuatro años de dedicación absoluta a la tarea, después de haber superado la prueba en la que, tras dos o tres años de preparación exhaustiva, hay que demostrar, ante un tribunal, que se ha leído, y que se está en condiciones de dar razón de ella, toda la bibliografía básica que existe, en distintos idiomas, sobre el tema acerca del cual se va a hacer la tesis doctoral. Es la llamada «lectio coram».

En enero de 2008, Vanhoye predicó los Ejercicios espirituales en la tanda que la Conferencia Episcopal Española ofreció, como suele hacer a principios de cada año civil, a los obispos que la componen. Al mes siguiente, en febrero, a la Curia romana, en presencia de Benedicto XVI.

En la Misa exequial, que tuvo lugar en el altar de la Cátedra, en la Basílica de San Pedro, en el Vaticano, el cardenal argentino Leonardo Sandri, vicedecano del Sacro Colegio, que presidió la celebración eucarística, dijo del padre Vanhoye: «Si físicamente su vida estuvo marcada por el estudio y la enseñanza, a costa de muchas horas de dedicación y de profundización, su itinerario interior fue de un ahondamiento cada vez mayor, alimentado por el fuego del amor a la Palabra».

Y añadió: «Él nunca la trató como si fuese un texto árido que hubiese que diseccionar y desarmar, sino que fue capaz de extraer siempre, de las estructuras y la composición de los pasajes, la referencia a Aquel que habló en los tiempos antiguos de muchas maneras y que, últimamente, lo ha hecho por medio de su Hijo, como se dice en el comienzo de la Carta a los Hebreos».

Así era el padre Vanhoye. En eso consistía el núcleo de su actividad exegética. Mientras que, en su lema cardenalicio, quiso dejar patente cuál era la raíz que sustentaba su ser cristiano, sacerdotal y jesuítico: «Cordi tuo unitus». Unido siempre al corazón de Cristo.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 8 de agosto de 2021, p. 29

La Balmes

La Federación de Gremios de Editores de España (FGEE) ha concedido el Premio “Boixareu Ginesta” a la Librería Balmes de Barcelona, abierta ininterrumpidamente desde 1920, hace 100 años, en el mismo local, en la planta baja de un edificio modernista sito en el número 11 de la calle Duran y Bas, en el barrio gótico de la Ciudad Condal.

La FGEE le ha otorgado este galardón, con el que distingue, desde 1995, a los libreros y librerías que fomentan la cultura literaria y contribuyen a la consolidación de la cadena del libro en sus ámbitos de actuación, porque «sus cien años de existencia demuestran tanto la perseverancia como la adaptación a nuevas épocas y técnicas para ser un referente en su ciudad».

Los orígenes de la Balmes se remontan al año 1913, en el que el sacerdote Eudald Serra i Buixó, fundador de la entidad Fomento de Piedad Catalana, creó, en consonancia con su proyecto de atender y cultivar la religiosidad popular, una biblioteca y, en 1916, una librería, en la que se vendían y desde la que se divulgaban devocionarios y cantorales religiosos.

En 1923, el padre Ignasi Casanovas, jesuita, abrió la Biblioteca Balmes, como una sección cultural más de la obra Fomento de Piedad Catalana. Vino después la Editorial Balmes, con el propósito de publicar aquellos libros de piedad, liturgia y espiritualidad, que la Librería Balmes habría de hacer llegar al público en general, no solo en Barcelona, sino también en el resto de España y en América.

Recuérdese que la Biblioteca Balmes, con más de cincuenta mil volúmenes, está especializada en Historia eclesiástica de Cataluña, en la obra filosófica de Jaume Balmes y en la del obispo Josep Torras i Bages, cuya proclama «Cataluña será cristiana o no será» ha sido, durante décadas, sostenida con denuedo por el catolicismo catalán y figura, inscrita en grandes caracteres, en un relieve escultórico de la Fachada nueva de la Abadía de Montserrat.

La Librería Balmes fue adquirida hace veinte años por una Fundación erigida para promover el estudio de la Filosofía, Teología, Historia y Ciencias Humanas, bajo la guía de los principios cristianos: la Fundación Ramón Orlandis i Despuig. El nombre le viene del padre Orlandis i Despuig, jesuita, iniciador de la asociación de fieles “Schola Cordis Iesu”, inspirador de la revista “Cristiandad” y uno de los pilares de la llamada “Escuela tomista de Barcelona”.

Y es que, cuando existe un proyecto de gran envergadura intelectual y espiritual sustentándola y dinamizándola, una librería religiosa pervive cien años y todos los que sea menester, para que, siendo fiel a sí misma y al fin para el que fue creada, no se dejen de expandir, desde ella, ideas, literatura, arte, liturgia, ensayos, piedad o catecismos, en plena identificación con la doctrina católica.

A esa perduración en el tiempo contribuirá también, con su buen hacer, el librero, del que se espera que sea interlocutor paciente y afable, que esté familiarizado con los títulos, sepa de qué van los libros que hay en las estanterías porque ha hojeado los índices, el prólogo y la conclusión; distinga las materias, haya indagado quiénes son los autores y su grado de adhesión o no al Magisterio de la Iglesia.

Un librero que entienda de Biblia, Patrística, Filosofía, Teología e Historia; conozca las inquietudes intelectuales de cada cliente habitual, para proponerle razonadamente la obra que, si acierta a presentársela de modo conveniente, acabará comprando. Un librero, en fin, que sea consciente de su alta responsabilidad como servidor de la verdad, dispensador de cultura, mediador de conciencias en búsqueda y misionero de la fe cristiana.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 1 de agosto de 2021, p. 21