Los escritores cristianos de Hispania, al igual que otros autores eclesiásticos de la antigüedad, compusieron, a partir del siglo IV, tratados en los que se proponían comentar la Sagrada Escritura. Este legado literario y teológico ha llegado a constituirse en un rico fondo patrimonial que puede, con todo derecho, ser contado entre los capítulos importantes de la historia de la exégesis bíblica.
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Hispania, que el apóstol Pablo esperaba visitar (Romanos 15,24), se incorporó plenamente a la historia de la literatura cristiana a partir del siglo IV. Aunque existen alusiones a ella en escritos del siglo II, habrá que esperar al III para tener noticia de unas cartas dirigidas a la iglesia africana por cristianos de las comunidades de León, Astorga, Mérida y Zaragoza, tal como da a entender Cipriano de Cartago en la que él, junto con otros obispos, les envía en correspondencia (Epístola 67). El texto de la misiva hispana no se conserva.
Poco más tarde, con motivo de la persecución de Valeriano, murieron el obispo de Tarragona, Fructuoso, y los diáconos Augurio y Eulogio. Su acta martirial es el primer escrito hagiográfico de la península ibérica, al que, años después, en tiempos de Diocleciano, se sumará el de Vicente, diácono de Zaragoza. Ahora bien, teniendo en cuenta las discusiones de carácter crítico que existen respecto al valor histórico, al tiempo de composición o al género literario de estas passiones, al hablar de literatura cristiana propiamente dicha nos referimos a la que se generó como resultado de la reflexión bíblica o teológica, de la actividad poética y también de la epistolar.
El objetivo de este artículo es presentar sucintamente las obras que han sido redactadas en suelo hispano con el propósito de desarrollar una línea de pensamiento a partir de unos enunciados bíblicos antepuestos a modo de título. El uso de la Sagrada Escritura no ha quedado reducido sólo a los tratados que aquí se enuncian, pues, con motivo de la controversia arriana o la priscilianista, por ejemplo, son empleados con frecuencia versículos bíblicos que fortalecen el discurso dogmático. Lo mismo ocurre en las epístolas, escritas a variados destinatarios, y en la producción poética. Llegaremos hasta el tiempo de Isidoro de Sevilla.
El primer tratado sobre un argumento bíblico, atribuido a un escritor cristiano de la antigüedad hispana, fue De interpretatione vestium sacerdotalium quae sunt in Veteri Testamento de Osio (256 ca. – 357/358 ca.). La noticia es referida por Isidoro de Sevilla en De viris illustribus 1, en donde alaba al autor, obispo de Córdoba, y sus cualidades literarias; el texto, sin embargo, no ha llegado hasta nosotros.
En otro De viris illustribus 84, esta vez el de San Jerónimo, se dice que Juvenco “compuso cuatro libros …: casi a la letra los cuatro evangelios en versos hexámetros”. En efecto, este autor hispano escribió, hacia el año 330, Evangeliorum libri IV. La obra, a la que se da también el nombre de Historia evangelica, trata, en cuatro libros y 3.200 versos, de la vida de Jesús. Aunque, posteriormente, haya habido, como es el caso del igualmente hispano Aurelio Prudencio Clemente, mejores versificadores que Juvenco, éste es el primer poeta cristiano de occidente.
En cambio, el primer escritor hispano en prosa del que se pueden leer en la actualidad algunas obras es Potamio, obispo de Lisboa (fl. en la segunda mitad del siglo IV). Desde el siglo XVIII se le adjudican dos homilías, que anteriormente se pensaba podían ser de Zenón de Verona: De Lazaro (también atribuida a Juan Crisóstomo) y De martyrio Esaiae prophetae. La primera describe la muerte y resurrección de Lázaro; la segunda, la muerte del profeta Isaías. Ésta se inspira en el apócrifo Ascensión de Isaías 63.
Mas será Gregorio de Elvira el primero que se dedique a comentar en toda regla libros y pasajes de la Sagrada Escritura. A finales del siglo IV, Jerónimo cuenta, en De viris illustribus 105, que Gregorio, bético y obispo de Elvira, escribió diversos tratados y un libro sobre la fe. Aún vivía por entonces. Tras haber realizado un detenido estudio de diferentes manuscritos se ha llegado a establecer que Gregorio de Elvira es el primer comentarista en occidente del libro bíblico Cantar de los Cantares. El título de su obra es In canticum canticorum libri quinque, o también Tractatus V de epithalamio. Hace teología a base de alegorías y a partir de un edición bíblica prejeronimiana del Cantar sumamente apreciada por los especialistas en critica textus del Antiguo Testamento copiado en latín.
De entre las obras asignadas a Gregorio de Elvira hay una en torno a la cual ha corrido tinta abundante antes de determinar quién ha sido su autor: Tractatus Origenis de libris Sacrarum Scripturarum. Al final parece que es el obispo de Elvira, aunque no todos lo den por bueno. De los veinte tratados sobre la Sagrada Escritura, sólo el último está dedicado a comentar pasajes del Antiguo Testamento; los seis primeros versan sobre Génesis; el siete, ocho y nueve sobre Éxodo; el décimo, sobre Levítico; el once, sobre Números; el doce, sobre Josué; el trece y catorce, sobre Jueces; el quince, sobre Reyes; el dieciséis, sobre Isaías; el diecisiete, sobre Ezequiel; el dieciocho, sobre Daniel; el diecinueve, sobre Zacarías.
También se cree que son de Gregorio de Elvira otras cuatro obras con títulos bíblicos: De Archa Noe, que es un tratado sobre la Iglesia a partir de varios pasajes sobre Noé y la construcción del arca; Expositio Origenis de Psalmo nonagesimo primo, en que se comenta el principio y el final del salmo noventa y uno, que es donde el autor halla una referencia alegórica a Cristo y a la Iglesia; Fragmentum tractatus in Genesin (3,22), sobre el pecado de Adán, sobre la encarnación de Cristo y la deificación del hombre; Item de eiusdem senis tractatibus in Genesin, en el que parece comentar Génesis15,9-11, sobre la cabra partida antes de establecer la alianza abrahámica.
Entre las obras dudosas de Gregorio de Elvira se cuentan: Fragmenta in Ecclesiasten, en que se comentan Eclesiastés 3,2 y 3,6, aplicados al nacimiento y muerte de Cristo, el primer versículo; a su pasión y encarnación, el segundo; De Salomone, en que, tomando como referencia Proverbios 30,19, se construye un tratado de cristología y eclesiología; De diversis generis leprarum, en que se interpretan alegóricamente los pasajes del Levítico sobre la lepra, lo que sirve al autor para mostrar la variedad y gravedad del pecado, así como los medios para remediar sus efectos; De duobus filiis frugi et lujurioso, que versa sobre la parábola del hijo pródigo.
Prisciliano (340/345 ca. en adelante) es conocido, además de por lo que deja entrever acerca de sí mismo en sus tratados, también por lo que Sulpicio Severo (Crónica II,46), Jerónimo (De viris illustribus 121; Epístola 133,3-4; In Isaiam 64) e Isidoro de Sevilla (De viris illustribus 2) cuentan de él. Obispo de Ávila, es autor de varios tratados. Con el III (De fide et apocryphis) se inicia una serie de consideraciones hechas desde la Biblia o sobre ésta: Tractatus Paschae (IV), Tractatus Genesis (V), Tractatus Exodi (VI), Tractatus primi psalmi (VII), Tractatus psalmi tertii (VIII), Tractatus ad populum I(IX, es probablemente un comentario al salmo 14), Tractatus ad populum II (X, es una reflexión sobre el salmo 59). El último, Benedictio super fideles (XI), que es de tipo litúrgico, aunque también de carácter bíblico-teológico, no es sin embargo como los anteriores.
Entre los opúsculos que Jerónimo atribuye a Prisciliano se cuentan los cánones, que han llegado hasta nosotros retocados por el obispo Peregrino: Canones in Pauli Apostoli epistulas. La obra es la primera sistematización que se ha llevado a cabo de la teología paulina y la primera división que se ha realizado para poder manejar con mayor facilidad el texto bíblico. Aunque los críticos literarios se hallan divididos, algunos atribuyen a Prisciliano unos prólogos monarquianos a los evangelios, atribuidos también a Jerónimo.
Peregrino, mencionado en el párrafo anterior, anterior a Isidoro de Sevilla y posterior a Jerónimo, y supuestamente obispo español de la segunda mitad del siglo V, puso un prólogo a los cánones de Prisciliano -que corrigió- sobre las epístolas de Pablo. Debió de realizar además una edición completa de la Vulgata.
Si Dámaso (papa en el año 366) es español, tenemos en él al gran promotor de la traducción latina de la Vulgata.
Aurelio Prudencio Clemente (nacido en el año 348). En el Dittochaeum se hallan escenas del Antiguo y Nuevo Testamento destinadas a surtir de motivos bíblicos a los pintores.
A finales del siglo IV, Egeria, si es hispana, opinión que no todo el mundo comparte, emprendió un viaje a oriente, a los Santos Lugares, legando a la posteridad, en un Itinerario, una valiosísima fuente documental para el conocimiento del mundo bíblico y de la antigüedad cristiana. También a finales del siglo IV, en el año 398, Lucinio Bético introdujo la Vulgata en España (ver la Epístola 75 de San Jerónimo).
Dictinio, hijo de Simposio, obispo de Astorga, y luego obispo él también de esta diócesis, seguidor de las tesis priscilianistas, escribió un tratado, Libra, que aún se leía en el año 447 y que fue condenado en el año 561 por el concilio I de Braga. Se trata de una suma moral inspirada, según algunos autores, en la obra apócrifa Passio Thomae.
Avito, presbítero de Braga, vivió en Jerusalén en el año 409. Indujo a un tal Luciano a que pusiera por escrito las visiones que éste había tenido acerca del lugar en que se hallaba sepultado el cuerpo del protomártir Esteban. Él mismo tradujo, para los cristianos bracarenses, la carta escrita por Luciano a todas las iglesias: Epistula de revelatione corporis Stephani. En el año 460, la emperatriz Eudoxia construyó una basílica para venerar dichos restos y en ese lugar se alza actualmente l’École Biblique et Arquéologique Française (PL 41,807-18). Hay, no obstante, tres Avitos, dos de los cuales traen a Hispania el pensamiento de Victorino (¿de Pettau?) y de Orígenes, con el correspondiente uso, tanto en un caso como en el otro, de la Sagrada Escritura.
Eutropio, un presbítero del que se dice que ejerció su ministerio a principios del siglo V en el nordeste de Hispania, escribió, entre otros, un tratado en el que explicaba el rito judío de la circuncisión, interpretado alegóricamente: De vera circumcisione.
Severo, obispo de Menorca, es el primer escritor eclesiástico balear. En el año 417 escribió la Epistula ad omnem ecclesiam, en la que consideraba el recurso a la Sagrada Escritura como el mejor medio para que los judíos de Mahón se convirtieran al cristianismo.
Toribio, obispo de Astorga (445 ca.) escribió una carta a Hidacio de Chaves y a Ceponio (Epistola ad Hidatium et Ceponium) en la que daba cuenta de los libros apócrifos que leían los priscilianistas: Hechos de Santo Tomás, Hechos de San Andrés, Hechos de San Juan, Memoria de los Apóstoles (PL 54,694). A Ceponio se atribuye De fabula Phaetontis, sobre la caída de Luzbel, y el Hexameron, sive de sex dierum opificio, sobre el Génesis y en hexámetros.
Ya en el siglo VI, Apringio, obispo pacense (¿Pax Julia = Beja de Portugal?, ¿Pax Augusta = Badajoz de España?), escribió Tractatus in Apocalypsin, que constituye una muestra representativa de la exégesis hispana de ese siglo y de la defensa de la fe católica frente al arrianismo, así como merecedora de grandes elogios por parte de Isidoro de Sevilla.
Justo de Urgel, promovido al episcopado en el año 517, escribió In Cantica Canticorum explicatio mystica, un comentario alegórico, verso a verso, del Cantar de los Cantares, con abundante doctrina cristológica, eclesiológica, mariológica y ascética.
Finalmente, Isidoro de Sevilla (560 ca. – 636), considerado por muchos como el último de los Padres de la Iglesia en occidente, escribió, entre otras obras, algunas de tema bíblico: In libros veteris et novi Testamenti proemia, en que se tratan cuestiones relativas al contenido, finalidad y autores de los libros de la Biblia; se ofrece además una lista de los que componen el canon escriturario (véase también Etimologías VI); De ortu et obitu Patrum describe 86 personajes del Antiguo (64) y Nuevo Testamento (22), de Adán a los Macabeos, de Zacarías a Tito; Liber numerorum, en el que se ofrecen interpretaciones místicas de los números que se contienen en la Sagrada Escritura; Allegoriae quaedam sacrae Scripturae, en que se explican teológicamente los nombres de 127 personajes del Antiguo Testamento y 119 del Nuevo; De fide catholica ex veteri et novo Testamento contra judaeos libri duo, en el que, a petición de su hermana Florentina, hace uso de pasajes bíblicos para explicar la fe católica; Mysticorum expositiones sacramentorum seu quaestiones in vetus Testamentum versan sobre los acontecimientos más importantes referidos en el Antiguo Testamento e interpretados alegóricamente a la luz del Nuevo.Como puede apreciarse, la contribución de los autores cristianos hispanos a la historia de la exégesis bíblica no es en absoluto desdeñable. Isidoro de Sevilla ha sido el último de los autores seleccionados, pero aún puede proseguirse la indagación entre otros escritores que no sólo han redactado comentarios a la Sagrada Escritura sino que emprendieron iniciativas que habrían de contribuir notablemente a un mayor conocimiento y a una más amplia difusión de la Palabra de Dios, pero que, por razones editoriales, ha de quedar emplazada para un próximo artículo.
Jorge Juan Fernández Sangrador, «Los Padres Hispanos y la Biblia», en: Fernández Sangrador, J.J. (coord.), Los Padres Latinos y la Biblia. Reseña Bíblica, 55 (Estella: Verbo Divino 2007) 49-55.
