Herminia nunca salía, sino los domingos, a misa. Le empavorecía la calle; exhibirse a la publica mirada reprobatoria, remover y soliviantar comentarios de difamación, menosprecio y burla. grosera. Según caminaba, abatida la cabeza el velillo tapándole el rostro, se figuraba ser una basura, expuesta en mitad del arroyo, que todo el mundo escupía o pisoteaba con la intención. No los sentía tanti por ella como por Tigre Juan. A Tigre Juan, por el contrario, le hubiera gustado sacar a lucir a su mujer muy a menudo, altaneramente y en son de desafío a la maledicencia calumniosa.
En un principio, Herminia declaró que no saldría ni a misa, como no fuese la de alba. Tigre Juan le respetó ese antojo. Pero, más tarde, obligó, como marido, a Herminia a ir con él a misa de doce a San Isidoro, la más concurrida de todo Pilares (Oviedo). Llevaba a su mujer del brazo, pausado y majestuoso el andar, los riñones muy hundidos, y en correspondiente proporción sacado el pecho afuera, tenso y enhiesto el pescuezo hasta su máxima longitud de más de un palmo, y al cabo de él, como en El Hierro de na lanza, clavada la cabeza, rotunda e implacable, desparramando en torno belicosas ojeadas.
(Ramón Pérez de Ayala”, en “El curandero de su honra”. Segunda parte de “Tigre Juan”, coda)
