El día de la boda, Tigre Juan se atavió a lo señor: chistera, levita, pantalones largos y botas de elástico. Doña Iluminada era de parecer, en su fuero íntimo, que la máscara terrible y el traje popular le sentaban mejor que la carátula grotesca y los arreos de petimetre. Quizás Herminia coincidía en la opinión de la viuda.
En el vestido de la novia Tigre Juan no quiso intervenir, salvo un pequeño detalle. El tránsito fugaz de la generala y sus hijas le había evocado una costumbre oriental: la de reducir el pie de la mujer en cárcel estrecha, como signo visible de la vida vegetativa y en clausura. Quiso él elegir los zapatos que llevase Herminia a la iglesia: tres números más pequeños de los que usualmente calzaba.
Por la mortificación intolerable del calzado, Herminia caminaba tambaleándose, con gesto de Dolorosa sobre andas. Contrastaban la satisfacción enfática de Tigre Jun y la concentración desolada de Herminia en una acorde discordante, vivo y romántico, de tragicomedia.
Asistieron a la ceremonia los veinticinco asilados del Colegio de Sordomudos y Ciegos, con don Sincerato a la cabeza. Todos eran desmedrados, voluminosa la cabeza; hacían muecas y visajes ridículos, como bufones enanos.
La boda se celebró al mediodía, en el templo de San Isidoro. Tigre Juan, deshecho de emoción, apenas pudo pronunciar el “sí “. Herminia, en cambio, respondió con un “sí quiero” arrogante, como si aceptase un reto. Después de la misa, los invitados fueron en carricoches a comer al merendero de Buenavista.
(Ramón Pérez de Ayala, en “Tigre Juan”)
