A esto es a lo que está entregando la Iglesia sus templos: a la irracionalidad y al mal gusto.
Lo de la «magia» es como para partirse de risa, si no fuera porque lo que realmente dan son ganas de llorar.
«Y pienso: ¡Quién me diera alas de paloma para volar y posarme! Emigraría lejos, habitaría en el desierto, esperaría en el que puede salvarme del huracán y la tormenta» (Salmo 55/54/, vv. 7-9)


No ha de extrañar, pues, que se acabe en esto:
