La pintora estadounidense Sandra G. McKeehan ha tratado de plasmar, en su acuarela “Journey”, la soledad del hombre moderno, al que ni el progreso, representado por los altísimos edificios de una megaurbe, ni la variedad de ofertas religiosas, representadas por las cúpulas de distintas mezquitas, impiden que se halle sumido en una profunda soledad, en la que, por otra parte, se siente único, protagonista, grande, omnipotente. Para él la libertad es estar solo, ir y venir a su antojo, hacia una sociedad sin alma.
En la pintura se aprecian igualmente testimonios de la destrucción causados por esa nueva forma de hacer la guerra que el Papa Francisco ha calificado de «guerra a pedazos», que ha tenido un momento de decisiva importancia en los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York. La cruz es, en realidad, la del punto cero en Manhattan.
Es precisamente dirigiéndose a la cruz como el hombre satisface su deseo de encontrar un sentido a su vida desbordada, al individualismo que lo entristece, a la necesidad de estar con otros. En torno a la cruz se origina la humanidad nueva, que nace del costado abierto de Aquel que murió clavado en ella: Cristo.
Y ese espacio en el que, a la sombra de la cruz, todos pueden encontrarse, caminar juntos, avanzar hacia el verdadero progreso y experimentar una genuina relación con Dios es la Iglesia, que se hace visible en cada diócesis, parroquia y comunidad cristiana, y es refugio, hogar y santuario del amor verdadero y de una gozosa esperanza.
«¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!»
Jorge Juan Fernández Sangrador
Vicario Episcopal de Cultura y de Relaciones Institucionales
